Comentario de los mensajes

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2 de enero de 2012

Queridos hijos, como madre que se preocupa por sus hijos, miro en sus corazones y veo en ellos dolor y sufrimiento; veo un pasado herido y una incesante búsqueda. Veo a mis hijos que desean ser felices pero no saben cómo. Abran sus corazones al Padre. Ese es el camino a la felicidad, el camino por el que deseo conducirlos. Dios Padre nunca deja solos a sus hijos, menos aún en el dolor y en la desesperación. Cuando comprendan esto y lo acepten serán felices. Finalizará vuestra búsqueda. Amarán y no tendrán temor. Vuestra vida será esperanza y verdad, que eso es mi Hijo. Gracias. Les imploro, oren por aquellos que mi Hijo eligió. No juzguen porque todos ustedes serán juzgados.

Comentario

Queridos hijos, como madre que se preocupa por sus hijos, miro en sus corazones y veo en ellos dolor y sufrimiento; veo un pasado herido y una incesante búsqueda. Veo a mis hijos que desean ser felices pero no saben cómo.
         A lo largo de la vida todos, alguna o muchas veces, hemos sido heridos y todos mucho o poco, lo sabe el Señor, hemos herido a otros. Si el haber sido herido es válido para todos, en cambio varía, y mucho, la sensibilidad que cada uno tiene o ha desarrollado así como la intensidad, profundidad y gravedad de la herida.
         No todos han podido encontrar el camino de sanación y cicatrizar completamente sus llagas, por eso siguen buscando.
         El mal hiere siempre a quien lo padece pero también a quien lo comete. Es la herida del pecado. Cuando no se ha encontrado el verdadero camino, la persona sólo acusa el dolor por el mal que le han hecho o le ha caído encima. Cuando, en cambio, se marcha hacia Dios aparece otro tipo de dolor: el dolor por el mal que se ha cometido en perjuicio de otros y el de ofender a Dios.

         
El pasado herido, del que habla nuestra Madre, es el pasado del mal que hemos sufrido por culpa propia o ajena. Nuestro corazón no soporta ese dolor y procura quitarlo, incluso intentando arrancar el mismo pasado, en algunos casos sepultándolo en un olvido que no es olvido. Porque la historia atenaza y el pasado permanece, mostrándose humanamente imposible de cancelar. Si la herida no cicatriza y permanece abierta, la puerta de la felicidad permanecerá cerrada.

Abran sus corazones al Padre. Ese es el camino a la felicidad, el camino por el que deseo conducirlos.
         Porque a Dios se le rehúye, porque se niega entregar la propia historia y el presente, porque cerrándose en el dolor se impide a la luz de su gracia penetrar y así se sigue sumido en la oscuridad, en el sufrimiento, en la angustia, en la infelicidad que día a día corroe, por todo ello es que la Santísima Virgen viene en auxilio.
         Dios, sólo Él, tiene el poder de cicatrizar las heridas. Sólo Él puede satisfacer la búsqueda de paz y felicidad del corazón humano porque tiene el poder de recrear. Tiene el Señor el poder de darnos un corazón y un espíritu nuevo; de hacer nuevas todas las cosas y cambiar el lamento en gozo. La condición para alcanzar tal felicidad es acercarnos a Él. Eso significa dar pocos pasos, los que se nos pide en este mensaje: abrir el corazón al Padre.
         Abrir el corazón al Padre implica reconocer, ante todo, que Dios es Padre. El Padre que nos reveló el Hijo, Jesucristo. Él nos enseñó cómo era y quién era el Padre y cómo dirigirnos a Él: como nuestro Padre, plenos de la confianza de sabernos amados.
         Abrir el corazón a Dios es buscar su perdón y –según lo rezamos- al mismo tiempo perdonar a quienes nos han herido y nos hieren. “Padre nuestro… perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

Dios Padre nunca deja solos a sus hijos, menos aún en el dolor y en la desesperación. Cuando comprendan esto y lo acepten serán felices. Finalizará vuestra búsqueda. Amarán y no tendrán temor. Vuestra vida será esperanza y verdad, que eso es mi Hijo.
         El Padre, Dios creador de todo lo visible e invisible, ama tanto al hombre y específicamente a cada uno de nosotros, sin excepción, que envió a su Hijo y nos lo entregó para que creyendo en el Hijo, acogiéndolo como el Salvador, aceptando su sacrificio como nuestra liberación y sus mandamientos como ley, tuviéramos acceso a Él y así pudiéramos alcanzar la paz, el amor, la felicidad que colma todo corazón.
         Y tan grande es el amor de nuestro Creador que, -completada ya en el Hijo la obra de salvación y redención- en tiempos en que el hombre se ha apartado más que nunca de Dios, envía a la Santísima Virgen para que respondamos a sus llamados.
         Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo –ni lo hace ahora enviando a la Santísima Virgen- sino para que el mundo se salve por Él (Cfr. Jn 1:17). Siendo así, ¿Cómo Dios podría abandonarnos, dejarnos en la angustia y en la desesperación cuando recurrimos a Él?

         Para quien está herido con la herida más profunda posible, la de no haberse sentido nunca amado; para quien fue abandonado y despreciado; para quien se ha sentido una y otra vez rechazado, al responder el llamado y así descubrir que Dios lo ama, que lo ha amado antes de darle la vida, desde la eternidad y lo ama infinitamente, es ya motivo de dicha y anticipo de felicidad más plena. El resto lo seguirá obrando la gracia.

         Eco de las palabras de la Santísima Virgen son las del salmista cuando dice: “A los que buscan al Señor nada les falta… El Señor está cerca de quien tiene el corazón herido” (Sal 34). “Busca la alegría en el Señor, Él dará satisfacción a los deseos de tu corazón”. “Encomienda tu vida al Señor, confíale tu camino y Él cumplirá su obra” (Sal 37).
         Nos lo dice la Palabra de Dios, nos lo repite nuestra Madre: “Abandónate en el Señor, confíale tu camino, el itinerario de tu vida, y él te dará lo que busca tu corazón, Él te dará la verdadera dicha, la felicidad que anhelabas”.

         La búsqueda del camino a la felicidad termina cuando el hombre encuentra a Dios. Termina la búsqueda y comienza la alegría de descubrir a Dios en Jesucristo, el Salvador, que dijo: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14:9). Es Jesucristo quien no sólo nos revela el rostro y el amor del Padre sino que obra en cada uno la sanación cerrando las heridas que hacen posible una vida plena.

         Las últimas palabras del mensaje son, una vez más, por los sacerdotes. Por cuanto críticable sea el actuar de algunos sacerdotes, nos pide no juzgarlos sino orar por ellos. Juzgar a un sacerdote, con juicio y hasta dictamen de condena, no le hace ningún bien ni al sacerdote ni a quien lo juzga. No son la crítica acerba ni el juicio los que cambian los comportamientos y la vida de una persona sino el amor manifestado en la oración de intercesión dirigida a Dios por esa persona, para que Dios obre en ella y le convierta el corazón.
         Antes de juzgar recordemos que Satanás ataca fieramente a los pastores, porque sabe muy bien que herido el pastor se dispersan las ovejas.
         Dios, lo muestra la Sagrada Escritura, es celoso de aquellos a quienes elige (leer Num 12:1s).
         No lo olvidemos: el que juzga también ha de ser juzgado y sólo uno es el Juez: Dios.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


2 de febrero de 2012 

    
Veinticinco mil personas estaban presentes en el estadio de Nápoles, donde Mirjana recibió su aparición. Ya desde las tres de la madrugada comenzaron a llegar multitudes para la aparición, que tuvo lugar a las nueve menos cuarto. Venían de todas partes de Italia, a pesar de la nieve y el mal tiempo desatado sobre la península. Antes de la aparición fue celebrada la Santa Misa con la participación de más de sesenta sacerdotes. A contin
uación el mensaje dado por la Virgen:

    
Queridos hijos, estoy con ustedes desde hace ya mucho tiempo y desde entonces les estoy mostrando la presencia de Dios y su ilimitado amor, que deseo que ustedes conozcan. Pero, ustedes, ¡hijos míos!, aún están ciegos y sordos; mientras miran el mundo que los rodea no quieren ver hacia dónde está yendo sin mi Hijo. Están renunciando a Él, pero Él es la fuente de todas las gracias. En tanto les hablo me oyen pero sus corazones están cerrados y no me escuchan. No están rezando al Espíritu Santo para que los ilumine. Hijos míos, está reinando la soberbia. Yo les indico la humildad. Recuerden, hijos míos, sólo un alma humilde brilla de pureza y de belleza, porque ha conocido el amor de Dios. Sólo un alma humilde se vuelve un paraíso, porque en ella está mi Hijo. Les doy las gracias. Nuevamente, les ruego: oren por aquellos que ha elegido mi Hijo, es decir por sus pastores. 

Comentario 


          Sabemos que los días dos de cada mes la Santísima Virgen los dedica a la oración por aquellos que aún no conocen el amor de Dios: los distantes, los que a sí mismo se llaman ateos o agnósticos, los que van por caminos errados, los tibios e indiferentes y tantos otros que creyéndose cristianos en realidad no lo son porque no se han encontrado con Cristo, porque no saben de su amor. Al mismo tiempo resulta evidente que estos mensajes van dirigidos no a los que no llegarán a leerlo sino sobre todo a quienes sí los leemos. Quiere esto decir que, en primer lugar, este mensaje va dirigido a cada uno de nosotros. Debo asumir que va dirigido a mí, sacerdote, así como a todos los demás que han sabido de ellos. Somos los que estamos seguros que Dios está actuando en Medjugorje desde hace más de treinta años. Sin embargo, y esto es lo que debemos admitir, creer en las apariciones y en la veracidad de los mensajes no nos exime ahondar en el cumplimiento de los mismos y de reconocer que podemos y tenemos el deber de hacer más. Porque, atención, también se puede “ser ciego y sordo” cuando se mira para otro lado y no se siente aludido por llamados como el del actual mensaje. Una vez más vale recordar que la conversión no es un estado que se ha alcanzado y ya está, como un grado que se conquistó. No es así. La conversión es un camino, que necesita ser transitado día a día. Por eso, nadie puede ni debe decir “estoy convertido” o “me convertí”, en primer lugar porque nadie se convierte por sí solo sino que es Dios quien convierte, y luego por lo dicho, porque siempre estamos en proceso de conversión, el cual concluirá el último día de nuestra vida aquí en la tierra.

 

Dice la Santísima Virgen que estamos mirando al mundo sin ver hacia dónde va sin su Hijo. El mundo sin Cristo va a la perdición. No basta mirar en torno la devastación de este mundo que hace cada vez menos sin Dios si no se ve en profundidad que cada uno es parte importante del plan de salvación divino. Ese plan empieza por la propia conversión diaria al Señor. La obra es de Dios pero cada uno debe co-operar (unirse a la obra) poniendo de lo suyo, poniendo su voluntad para permitir que la gracia lo penetre y transforme.

Porque no alcanzamos a ver necesitamos más luz y esa luz viene del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios que ilumina nuestro interior, es el Espíritu que nos convence también a nosotros del pecado, que nos hace ver todas las manchas y puntos negros que hay en nuestra alma, que nos evidencia cuánta necesidad tenemos de ser purificados, por tanto, por la gracia y misericordia divinas.

Cuando nos falta humildad y por lo mismo sinceridad, para no ver lo que hay que ver en nosotros, justificamos comportamientos equivocados y oponemos resistencias muy sutiles a la gracia de conversión. Cuando, en cambio, dejamos que el Espíritu Santo nos ilumine entonces vemos lo que no queríamos ver.

Las mayores oposiciones a la transformación que la Santísima Virgen desea de nosotros, para nuestro bien y el de muchos otros hijos, vienen de la falta de humildad. Puede que confesemos nuestra soberbia, pero ¿hasta dónde sabemos o estamos dispuestos a reconocer cuán soberbios somos? ¿Hasta dónde se esconde en nosotros y se nos oculta la falta de humildad que suele ser justificada como cuestiones de genio, de carácter, de temperamento o porque hay que hacerse valer y respetar? Cuando nos contrastan, cuando nos hacen una crítica a nuestra persona o a algo que hemos dicho o hecho ¿cómo reaccionamos? Si discutimos o damos nuestras razones ¿lo hacemos buscando la verdad, en la verdad? ¿o reaccionamos porque esa oposición hiere o molesta a nuestro orgullo? ¿Hasta qué punto es cierto que no nos importa que nos tengan en consideración? ¿Qué ocurre cuando nos dejan ostensiblemente de lado? ¿Nos entristecemos por esas actitudes u otras similares? ¿Cuán críticos somos con el comportamiento de los otros? Porque el ser críticos suele significar la  mirada puesta fuera y no dentro. Ser críticos suele ser falta de misericordia y signo de soberbia. Éstos son sólo algunas preguntas que puedan ayudarnos a ver cuán lejos estamos de la humildad que atrae la presencia de Dios en nosotros y que nos impulsa a acercarnos a Él.

 

El salmo 36, que se podría titular “Dios, luz del hombre”, habla del soberbio diciendo: “se halaga tanto a sí mismo que no descubre y detesta su culpa. Sólo dice mentiras y engaños, renuncia a ser sensato y hacer el bien…  Se obstina en el camino equivocado, incapaz de rechazar el mal”. El salmista, como nos alerta nuestra Madre, nos muestra las consecuencias de la soberbia. Más que Dios rechazar al soberbio es él que se excluye de la gracia de Dios por no creer necesitarla. El corazón que no es humilde se excluye del amor de Dios porque se cierra al mismo Dios poniendo el yo en un lugar que no le corresponde. Rechazando la luz que viene de Dios sigue viviendo en la penumbra sin ver todas sus manchas. Manchas que si Dios no se las quita las llevará a la eternidad. 

La Santísima Virgen nos dice cómo salir de esa prisión que la persona a sí misma se ha construido, la prisión del “yo”, del egoísmo, del amor propio, del orgullo, de la soberbia. La liberación, que es la vía al Cielo ya desde esta vida, es hacer lo que nos pide: tomar el camino de la humildad, implorando al Espíritu Santo para que haga luz en nuestras vidas y podamos así abrirnos a su acción transformadora.

 

La Santísima Virgen alude al mundo circundante. ¿Qué vemos en él? Vemos que cuando la sociedad rechaza a Dios la medida es el hombre y el hombre no tiene medida fuera de Dios. Cuando Dios es quitado de la vida sólo queda la desesperante suma de soledades que nada ya esperan y que ante las adversidades, que cada uno ha contribuido a formar, desesperan. Cuando se pretende una libertad sin Dios, o para algunos incluso una “libertad” de Dios, se establece el “todo vale” siendo la víctima el amor, y desaparece la caridad fraterna. La libertad sin límites, que pueda yo hacer todo lo que se me antoje, conduce inevitablemente a la anarquía de individualidades que se contraponen y en la que prevalece el más fuerte en desmedro del débil.

          “Lo que hago a costa de otros –ha dicho el Papa- no es libertad, sino una acción culpable que les perjudica a ellos y también a mí”. 
            Hoy nos enfrentamos al desplazamiento de Dios por la idolatría moderna que quema incienso sobre el altar del yo para tributar culto al dinero, al poder, al placer.

Cuando se cancela la presencia de Dios no hay verdad absoluta y por no haber una verdad todas lo son, o sea ninguna es verdad. Eso es el relativismo tantas veces denunciado por la Iglesia. Lamentablemente ha penetrado tanto que a muchos, que se dicen cristianos, les resulta arrogante decir que sólo en Cristo está la verdad, que sólo Él es la Verdad, y por no admitirlo terminan pensando que todas las religiones son igualmente válidas y menospreciar la obra de salvación y al mismo Señor que puede salvarlos.

El relativismo desemboca en el individualismo egoísta de no ser capaz de ninguna renuncia o sacrificio, de no tener deberes para con nadie. Al final queda que el principal propósito de la vida sea la búsqueda del placer según la concepción de placer de cada uno. Esto es la destrucción de la persona y de la humanidad.

 

Todo lo que Jesucristo vino a traernos -comenzando por la salvación y siguiendo por el amor, la verdad, la belleza, la bondad- es de lo que quien vive encaramado en la torre de su soberbia se priva y privándoselo queda sumido en el absurdo de una vida sin sentido, oscura, aturdida en un presente sin futuro, sin trascendencia, sin nada por lo que valga la pena vivir. En el fondo vive en la angustia, la infelicidad, la tristeza cuando no en un infierno helado del que no puede salir.

Por lo contrario, la humildad, que nace de nuestra relación con Dios, de nuestro ser creaturas y deudores de su misericordia, vuelve al alma transparente a la acción luminosa del Espíritu Santo, al que atrae desde su oración, y entonces brilla de pureza y de belleza porque ha conocido el amor de Dios. En esa alma Cristo implanta su reino de amor, Él es Rey y Señor en esa alma como lo es en el Cielo.

 

Se despide la Santísima Virgen con la reiteración de un pedido: rezar por los sacerdotes, rezar por los obispos, rezar por el Papa. Nunca dejemos de hacerlo.

 

Dios Omnipotente, eterno, justo, misericordioso,

concédeme, mísero de mí, hacer siempre, por gracia tuya,

lo que Tú quieres, y de querer siempre lo que a ti te place.

Purifica mi alma para que, iluminado de la luz del Espíritu Santo

y encendido de su fuego,

pueda seguir el ejemplo de tu Hijo y Señor nuestro, Jesucristo.

Dame, por tu sola gracia, poder unirme a ti,

Altísimo y Omnipotente Dios,

que vives y reinas en la gloria,

en perfecta trinidad y en simple unidad,

por los siglos eternos. Amén. (San Francisco de Asís) 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de febrero de 2012

¡Queridos hijos! En este tiempo de manera especial los invito: oren con el corazón. Hijitos, ustedes hablan mucho pero oran poco. Lean, mediten la Sagrada Escritura y que las palabras allí escritas sean vida para ustedes. Yo los exhorto y los amo, para que en Dios puedan encontrar vuestra paz y la alegría de vivir. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 

Comentario 

 

“Sea parca y frugal la mesa,

sean sobrios la lengua y el corazón;

es tiempo, hermanos, de escuchar

la voz del Espíritu”.

 

Esas palabras, traducción del himno del oficio para este tiempo de Cuaresma, se pueden muy bien asociar a este mensaje de la Santísima Virgen. Los excesos -sean de comida, de bebida o de palabras, o de pasiones o de otra índole- impiden la escucha de Dios que es uno de los fines de la oración. Las palabras ociosas, de las que también deberemos dar cuenta, quitan el espacio y el tiempo a la oración.

 

Cuaresma: Tiempo para aprovechar

Cuando, como ahora, la Santísima Virgen dice “en este tiempo” se refiere en primer lugar al corriente tiempo litúrgico y luego también al tiempo histórico actual que estamos viviendo. Bajo ese entendimiento, vemos que está especialmente invitándonos a aprovechar el tiempo cuaresmal.

La Cuaresma es tiempo privilegiado con gracias especiales y necesarias para nuestro camino de conversión. Es el tiempo de profundización de la conversión, de abandonar la fe cansada y caminar con decisión hacia Dios.

Desde el comienzo de las apariciones, la Madre de Dios nos llama a la sobriedad, al despojamiento de todo lo superfluo e inútil y sobre todo, a la liberación de todas las formas de mal, para así liberar lo que más cuenta: el corazón. Así como tantas veces nos ha exhortado al ayuno, ahora nos pide ayuno de palabras innecesarias y de temas que distraen nuestro atención engañando nuestro espíritu, para ocuparnos de lo más importante: establecer, con un corazón purificado, una relación más estrecha e intensa con Dios. Nos está diciendo “hablen menos y recen más”. Si oramos desde el corazón seremos escuchados porque en él podremos escuchar la voz de Dios.

 

Mucho hablar, un caso recurrente

Los ejemplos son siempre útiles y uno cercano de mucho hablar es, entre tantos, el hablar de temas aparentemente buenos, aparentemente espirituales pero que en realidad son accesorios, no fundamentales y que no hacen ni al anuncio de Salvación ni a la salvación misma. Es el caso de hablar y propagar presuntas, y aún verdaderas, manifestaciones divinas, cuando lo que mueve a hacerlo queda en satisfacción de curiosidades o de cierta morbosidad que provoca la sensación, falsa, de creerse por eso protegido del mal y partícipe de un grupo de elegidos que tienen asegurada la salvación. Tal actitud provoca en otros desvío de la atención a lo importante y, al mismo tiempo, crea ansiedades y en algunos pánico. De esos temas hacen una gran cosecha los falsos videntes y falsos profetas. Son esas personas que con lenguaje críptico, como hacen los adivinos, anuncian calamidades o grandes acontecimientos o esas otras que dan fechas para luego, cuando no se verifican, cambiarlas por otras nuevas. 

Necesidad de discernir entre el verdadero bien y el mal

Aquellos que han dado crédito a falsos mensajes y falsos profetas terminan, decepcionados, por poner en pie de igualdad lo verdadero con lo falso y ya no saben a qué ni a quién creer. Cuando esto ocurre el trabajo de contaminación de la verdad, cuyo efecto es la confusión y el descreimiento, está logrado. A eso se refería la Reina de la Paz cuando, hace ya muchos años, dijo que Satanás se había apropiado de parte de su plan.

Conocer las fechas de grandes acontecimientos o contenidos de secretos no salvan a nadie. Salva la oración; salva recorrer con fe las cuentas del Rosario en oración del corazón; salva arrodillarse humilde y devotamente ante el Señor en adoración; salva el llevar a Cristo en el corazón asistiendo a quien lo necesite, consolando, intercediendo, amando; salvan –en fin- los sacramentos de la Iglesia. 

Orar con y del corazón

La oración del corazón es aquella de un corazón que tiene anhelo de Dios, y porque lo anhela lo busca para encontrarse con Él. Más aún, la oración del corazón es ya encuentro, porque Dios está ya presente en el deseo del encuentro. Y tal deseo está más allá de estados anímicos y sensibilidades especiales. Es decir, no siempre nos son dadas señales sensibles como la certeza de una cercanía, porque hay veces en que puede sobrevenir aridez. La oración del corazón es, entonces, la del corazón que goza cuando percibe espiritualmente el encuentro y que, sufriendo cuando Dios decide ocultarse, persevera en el combate de la fe y no pierde la paz.

La oración del corazón es la de quien se deja purificar reconociendo sus miserias ante el Señor, pidiendo la absolución de sus pecados en el sacramento de la confesión. ¿Cómo puede alguien con resentimientos, con odio, con envidias y celos, con maledicencia en la boca rezar con el corazón?

La oración del corazón es aquella que lleva a amar a Dios con toda la voluntad, con todas las fuerzas, con toda el alma y amar al otro, hasta al mismo enemigo.

 

Cuando la oración llena el tiempo de la vida, la boca habla de la plenitud de ese corazón orante y las palabras pronunciadas o pensadas son agradables a Dios y constructivas para los hombres.

Debemos hablar más con Dios, nos pide la Santísima Virgen. El Padre se ha mostrado cercanísimo en su Hijo Jesucristo, que lo ha revelado. Y está ahí, a la puerta esperando que le abramos para dejarlo entrar en nuestra vida. No irrumpe, respeta nuestra libertad. Si le abrimos entra en nuestra intimidad y nos revela la suya. La puerta es el corazón y la llave de la puerta: la oración que brota de él. La llave es sobre todo la adoración que hace que nos arrodillemos, que nos postremos descubriendo nuestra medida, la medida de nuestra fe y de nuestro amor hacia este Dios que -como lo recuerda el Santo Padre- fue Él quien primero se arrodilló ante nosotros para lavarnos nuestros pies sucios. Pies sucios por el camino equivocado de la vida.

Sin la oración del corazón, sin la adoración que nos vuelve humildes, el corazón permanece cerrado y la vida en la oscuridad.

 

Dios habla. Su Palabra

Nuestra Santísima Madre nos invita a leer y meditar la Sagrada Escritura. En el mensaje del 18 de octubre de 1984 decía: “Queridos hijos, los invito a leer todos los días la Sagrada Biblia en sus casas; colóquenla en un lugar bien visible para que siempre los estimule a leerla y a orar. A lo largo de todos sus mensajes, la Reina de la Paz pide sólo dos cosas de práctica diaria: el rezo del Santo Rosario y la lectura de las Sagradas Escrituras, principalmente los Evangelios.

La Iglesia nos enseña que el autor de la Sagrada Escritura es el Espíritu Santo y que en el mismo Espíritu debe ser leída y meditada. Por tanto, es recomendable rezar invocando el Espíritu de Dios antes de la lectura. Así la Palabra hará camino en nosotros interpelándonos y obligándonos a responder con actos concretos de vida. Por su parte, la Eucaristía, celebrada y adorada, nos dará la fuerza para vivir todo lo que Dios nos pide y enseña a través de su Palabra.

Como la Santísima Virgen, debemos custodiar la Palabra en nuestro corazón y hacerla crecer para nosotros crecer con ella. 

La paz y la alegría del corazón

Porque nuestra Madre nos ama, quiere que nos acerquemos cada vez más al Señor para que vivamos felices y en paz.

Muchos y por muy diferentes motivos, han perdido la alegría de vivir. Una de las enfermedades más comunes al día de hoy es la depresión. La depresión es de raíz espiritual. Necesarias son curas y atenciones pero quien sana es el Señor. 

El Señor habla en la Sagrada Escritura y dice: “Venid a mí, vosotros que estáis cansados y agobiados. Yo os restauraré”. Si se desconoce u olvida el Evangelio y si no se ora, no es posible responder al llamado del Señor. No es posible porque no se lo ha escuchado.

La Virgen viene para que respondamos abriendo el corazón a la gracia, enseñándonos el camino y acompañándonos en él. Cada vez que respondemos al llamado de la Virgen estamos acercándonos más a Dios.

Cuando la cercanía con Dios se vuelve encuentro se recupera el gusto y el sentido de la vida. En cada encuentro Dios sana las heridas, realza de los fracasos, resucita de las muertes interiores llenando el alma de paz y alegría.

 

“Marchando hacia la alegría de la Pascua

tras las huellas de Cristo Señor,

sigamos el austero camino

de la Santa Cuaresma”.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


2 de marzo de 2012 

Queridos hijos, vengo entre ustedes por el inmenso amor de Dios, y persistentemente los llamo a los brazos de mi Hijo. Con corazón materno les imploro, hijos míos, y también les advierto para que en primer lugar esté en ustedes la preocupación por aquellos que aún no han conocido a mi Hijo. No permitan que ellos, observándolos a ustedes y a sus vidas, no quieran conocerlo. Oren al Espíritu Santo para que sea mi Hijo impreso en ustedes. Oren para que puedan ser apóstoles de la luz de Dios en este tiempo de tinieblas y desesperación. Éste es el tiempo en el que son puestos a prueba. Vengan conmigo, con el Rosario en la mano y el amor en el corazón. Yo los conduzco a la Pascua en mi Hijo. Oren por aquellos a quienes eligió mi Hijo, para que puedan vivir siempre por Él y en Él, Sumo Sacerdote. Gracias.
 

Comentario 


Un mensaje diferente a otros

Las apariciones de los días dos de cada mes están dedicadas a abrirnos a la realidad de una inmensa humanidad que no cree o niega o es indiferente a Dios, para que oremos, ofrezcamos por ellos y podamos ser, sino ejemplos a imitar, al menos testimonios a considerar.

Esta humanidad sin Dios es para nosotros en gran parte anónima, pero no lo es para la Santísima Virgen que los ha heredado como hijos al pie de la cruz y los conoce, como a nosotros, a cada uno en particular. Ella no condena y quiere que no apuntemos el dedo sobre ninguno sino que cooperemos a su salvación.

 

En el curso de los años ha dado varios mensajes similares a éste, pero el actual tiene una carga mayor y un tono diverso. Diverso porque pone ante nosotros una imagen, nuestra propia imagen, que confrontan quienes no conocen el amor de Dios.

Sabemos que muchos se han alejado de la fe debido a experiencias negativas en el trato con la Iglesia. Por eso, mucho debemos cuidarnos de dar ningún paso en falso que ponga en compromiso la salvación de otro. Los pasos en falso no son sólo los escándalos, también lo son las ambigüedades, el egoísmo, la mezquindad, la hipocresía, la arrogancia y soberbia.

 

La imagen que reflejamos

Debemos ser conscientes que las personas ven lo externo, no ven nuestro mundo interior. Es lo primero que ven y a veces lo único que ven.

Preguntémonos qué cara ponemos, qué impresión les produciremos a los demás. Por ejemplo, ver si acaso en nosotros no hay gestos de impaciencia, irritación, intolerancia, falta de acogimiento o actitudes de superioridad.

¡Qué terrible impresión ver personas que van asiduamente a Misa, que practican rigurosamente, en la iglesia o fuera de ella, sus devociones y se las ve luego con rostros avinagrados y sombríos! Esos rostros algo dicen, algo reflejan de un camino que no es el del amor.

Del Santo Cura de Ars, san Juan María Vianney, catedráticos y obispos decían “no sé si este señor es erudito, pero es luminoso”. ¡Ser luminoso! Luminoso es quien refleja algo de la Luz de Cristo. La santidad es luminosa, y lo que hace luminosa la mirada es el amor con que miramos. ¡Ah, si pudiéramos con nuestra sola presencia expresar que estamos enamorados del Señor!

 

Tengamos siempre en cuenta que vivimos sumergidos en una cultura icónica, en un mundo de imágenes. Nuestra imagen, la que debemos dar es la de un Dios que es amor. Debemos reflejar a Cristo y por eso –como nos exhorta la Santísima Virgen en este mensaje- debemos pedir al Espíritu Santo que quede impresa su imagen en nosotros.

 

La pureza

El Señor dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Los limpios de corazón captarán mucho más las cosas que los que llevaron una vida sucia. Los limpios de corazón llegarán a ver al Dios invisible.

La pureza arranca de la limpieza afectivo-sexual para llegar a la de corazón.

La afectivo-sexual hace limpia la relación humana hombre-mujer. En el lenguaje cristiano se la llama castidad. Es el relacionarnos limpiamente. Castos en la relación, castos en el matrimonio. Luego, está la otra, la castidad virginal, que implica tener el corazón indiviso y con todo ese corazón amar a Dios. Es la castidad del consagrado, del sacerdote y religioso o religiosa.

La pureza o limpieza de corazón, de la bienaventuranza, no se reduce a las otras sino que va más allá. Una persona puede ser muy casta pero muy orgullosa. Un obispo que había visitado a unas monjas jansenistas, dijo de ellas: “Son puras como ángeles y soberbias como demonios”. Esa pureza va siempre acompañada de la humildad.

Debemos ser verdaderos, auténticos, sin dobleces. Auténtico es el que se esfuerza en vivir como debe vivir, como Dios quiere que se viva.

 

El corazón es el símbolo de la vida entera. Toda la dimensión de la persona debe ser limpia. Lo primero a limpiar es la intención. Debemos purificar nuestras intenciones. Tener mucho cuidado con la malicia. Hasta en el silencio de quien calla puede haber malicia.

Un sabio obispo, muy anciano en edad pero lleno de fuego vital, en un retiro para sacerdotes, nos proponía estas preguntas: “¿Mi vida es limpia? ¿Busco la verdad? ¿La busco con amor? ¿La realizo con amor?”.

            Llenarse de Dios, esa es la clave de todo. Es decir pasar un tiempo cultivando nuestra intimidad con Dios y tener esos grandes momentos de adoración. Apartarse con el Señor no es alejarse de los demás porque nunca estamos más cerca de los demás que cuando estamos en el corazón de Cristo.

 

Advertencia seria

La Santísima Virgen nos advierte: No ocurra que mis otros hijos, los que no conocen el amor divino, no quieran conocer a Dios al ver cómo ustedes se comportan y llevan sus vidas. No sea cosa que mirando cómo nos comportamos, cómo vivimos nuestra fe, sea para ellos motivo de escándalo, piedra de tropiezo y digan “si estos son los que dicen que Dios existe, que conocen a quien llaman el Salvador y así viven, entonces todo debe ser un gran cuento porque si fuera cierto serían muy diferentes”.

 

Otro aspecto de lo mismo es cómo se vive y participa de la Santa Misa. La liturgia refleja la fe en lo que se celebra. Nosotros creemos que la Sagrada Eucaristía es el signo de la Presencia real, verdadera, substancial de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Creemos que en la comunión recibimos la Persona de Cristo y la Persona de Cristo es Dios. Por tanto la comunión sacramental es sobre todo un encuentro con la Persona de nuestro Creador y Salvador. Tal encuentro con Dios exige siempre adoración, de donde la celebración va junto a la adoración. Esa es parte esencial de nuestra fe católica. Supongamos luego que alguien, proveniente de otra religión o del ateísmo, está en un proceso de conversión para hacerse católico y se lo lleva a una Misa donde no ve ningún gesto de adoración, donde las personas van a recibir la comunión como se recibe un caramelo, donde se manosea la Sagrada Eucaristía, donde ni siquiera inclinan la cabeza en señal de reverencia y respeto ante la presencia del Señor, donde ve continuo movimiento de personas alrededor del altar, donde pasan frente al sagrario sin hacer ninguna genuflexión, ¿qué llegará a pensar esa persona? ¿Qué podrá concluir cuando a la Eucaristía se la trata como una cosa, como un objeto y ni siquiera un objeto sacro? ¿Quién podrá convencerla que aquella asamblea cree que Dios está realmente allí presente? Por cierto que dirá que alguno miente porque o es verdad y entonces todos esas personas no tienen ni idea del sacrilegio que cometen o bien lo que ha leído, lo que le ha dicho el catequista es todo mentira.

 

La oscuridad del mundo y la luz de Cristo

Es hora de recapacitar, de cambiar y en total humildad y sumisión dejar que Dios haga su obra de conversión en nosotros. Debemos acercarnos más a Dios, aceptar y desear entrar en intimidad con Él para que nos transforme.

La Madre de Dios nos llama a la oración, a la invocación al Espíritu Santo para que Cristo esté en nosotros y viva en nosotros. Nos llama a ser portadores de la Luz de Dios en un mundo sumido en la oscuridad. Nos habla de este tiempo como tiempo de prueba. Desconocemos el alcance de esta prueba, sólo que es indicio de tiempos difíciles y la prueba es siempre prueba en el amor. De cada prueba debe salir fortalecida la fe y el amor en nosotros.

El Santo Padre recientemente ha recordado que Dios es luz y Jesús la lámpara que jamás se apaga ni siquiera en la noche más oscura. Él quiere dar a sus amigos más íntimos “la experiencia de esta luz que mora en Él”. El Señor quiere hoy darnos ese don, a nosotros que tenemos necesidad de esa luz interior para superar las pruebas de la vida. Exhortaba el Papa a dejarnos colmar interiormente de esta luz subiendo con Jesús sobre el monte de la oración y contemplar su rostro, pleno de amor y de verdad.

 

Exhortación final

Oremos con el corazón para que por la oración entre el amor. Recemos con el Santo Rosario, porque Dios le ha dado un gran poder a esta oración humilde. Seamos enviados de nuestra Madre para –reflejando la luz de Cristo- llevar la luz a la oscuridad del mundo.

Por fin no juzguemos a los sacerdotes, a nuestros obispos, porque el mismo Señor los ha elegido y Él es el único juez. A él, ellos, cada uno de nosotros deberemos darle cuenta. Sabemos que grandísima es la responsabilidad de los sacerdotes, de los obispos porque “a quien se le dio mucho se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más” (Lc 12:48). Debemos saber también que son los blancos de Satanás porque herido el pastor se dispersan las ovejas y un pastor herido, un sacerdote que provoca escándalo hiere a muchísimas almas. Quien se está condenando no necesita que otros lo juzguen para condenarlo, necesita sí que lo ayuden para salvarlo del abismo. La ayuda se llama oración, sacrificio, ofrecimiento.

Damos gracias al Señor por este mensaje de su Madre, le damos gracias por Ella, que en este tiempo de prueba, cuando la Iglesia está sufriendo la Pasión del Señor, la Santísima Virgen está junto a nosotros, Iglesia de Cristo, para conducirnos a la Pascua de Resurrección, a la contemplación de Cristo Resucitado vencedor de Satanás y de todas nuestras muertes. 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org



¡Pascua de la Resurrección de Cristo! 
Florece el árbol de la fe, 
el agua se vuelve fecunda y regeneradora, 
la noche resplandece de una nueva luz, 
desciende el don del Cielo  
y nutridos somos del Pan de la Vida. 
"Éste es el día que ha hecho el Señor, 

alegrémonos y exultemos en él".


18 y 25 de marzo y 2 abril de 2012

    
En esta ocasión el comentario no es de un solo mensaje sino que son reflexiones de los tres últimos mensajes (anual a Mirjana del 18 de marzo, el del 25 de marzo y el del 2 de abril) sobre parte de sus contenidos, con la esperanza que estas reflexiones puedan servir a una más profunda comprensión de la presencia constante de la Santísima Virgen entre nosotros y de la urgencia del llamado.

 

Aparición anual a Mirjana - 18 de marzo de 2012

¡Queridos hijos! Vengo entre ustedes porque deseo ser su Madre, su  intercesora. Deseo ser el vínculo entre ustedes y el Padre celestial, vuestra mediadora. Deseo tomarlos de las manos y caminar con ustedes en la lucha contra el espíritu impuro. Hijos míos: conságrense totalmente a mí. Yo tomaré sus vidas en mis manos maternas y les enseñaré la paz y el amor, entregándolas entonces a mi Hijo. Les pido que oren y ayunen, porque solamente así sabrán dar testimonio de mi Hijo por medio de mi Corazón materno en el modo justo. Oren por sus pastores, para que en mi Hijo puedan siempre proclamar la Palabra de Dios con alegría. Les agradezco. 


    
Al leer este mensaje a alguno puede sorprenderle que la Santísima Virgen manifieste el deseo de ser vínculo, mediadora, intercesora entre nosotros y el Padre Celestial. ¿Es que acaso Jesucristo, el Hijo de Dios, no es el único Mediador entre Dios y los hombres, según lo expresa san Pablo en su carta a Timoteo (Cf. 1 Tm 2:5)?

     Si la verdad de la fe dependiese exclusivamente de lo que taxativamente está escrito en la Sagrada Escritura, excluyendo la Tradición apostólica como la otra fuente de la Revelación y la profundización compresiva del depósito de la fe (Palabra de Dios que viene de las Sagradas Escritura y la Tradición) de parte del Magisterio de la Iglesia, se podría concluir que el mensaje contiene un error posiblemente atribuible a la interpretación del instrumento, en este caso Mirjana, o a la traducción que luego se hizo. 
     Sin embargo, en la Última Cena con sus discípulos, el Señor manifestó que no todo estaba dicho: “Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello (soportar esa carga, según algunas traducciones del mismo pasaje)” (Jn 16:12). Ciertamente, no se puede abusar de esa frase para atribuirla a cualquier despropósito o herejía, como es el caso de sectas que, por ejemplo, niegan la divinidad de Cristo o bien su verdadera humanidad, y de falsos videntes que hablan, sólo para dar otro ejemplo, de ovnis o de seres extraterrestres que serían los ángeles, etc. Quien define aquella parte de la Revelación que estaba ya presente, pero no explicitada, es la autoridad del único Magisterio de la Iglesia[1] por inspiración del Espíritu Santo y con la autoridad de Cristo.

     Para saber, entonces, porqué nuestra Madre dice que quiere ser vínculo entre nosotros y el Padre, nuestra intercesora y mediadora, tenemos que conocer qué dice la Iglesia de Ella. Lo primero a considerar es que la Santísima Virgen es no sólo miembro excelso de la Iglesia sino que fue proclamada Madre de la Iglesia. Es Madre de todos nosotros, según el legado del Señor en la cruz. De esa maternidad le viene toda intercesión.

     Jesús es el Camino al Padre y María es el camino que debe atravesar nuestra oración dirigida a Dios. Encarnándose en Ella, vino Dios a la humanidad y en el momento supremo de la cruz, María, uniendo su sacrificio al de su Hijo, ofreciéndose con Él y por Él, da su respuesta perfecta y definitiva a toda la plenitud de la gracia recibida.

     Dicho de otro modo, la plenitud de la gracia de la Virgen nazarena permite que el mismo Dios descienda a los hombres encarnándose en Ella y, cumplida su misión salvífica, el Hijo de Dios asocia a su Madre, y Ella lo acepta plenamente, al abrir la vía de acceso al Padre que se había cerrado por el pecado.

     Como en la Encarnación, en el momento culminante de la salvación, la Santísima Virgen participa en grado excelso con la entrega de todo su ser. De ahí viene su misión en la obra salvífica, su poderosa intercesión, su mediación, que recibe de su Hijo.

     La salvación viene por el único sacrifico de Cristo cumplido en la cruz y por ello es el único Mediador. Pero, esa cruz es también la de la Madre y el corazón traspasado del Hijo es también traspasado en María. Esa unión, a y en la Pasión del Hijo hace de la Santísima Virgen no sólo aquella que muestra el camino a Dios[2] sino que, subalternamente, es también camino, o sea mediadora.

 

     El mensaje debe ser así entendido y ulteriormente interpretado a la luz del signo más importante de estos tiempos finales: la presencia, especialmente en este último medio siglo, de la Santísima Virgen. Éste es el tiempo de la revelación de María, quién es, cuál es su misión.

     En la Escritura su figura es discretísima apareciendo oculta, silenciosa, relegada, mencionada muy pocas veces en los Evangelios y, si se excluye la interpretación mariológica de Apocalipsis 12, sólo una en el resto del Nuevo Testamento[3].

     Pues, así como la Virgen se hizo a un lado para dar lugar al misterio del Verbo Eterno hecho hombre, que debía ser proclamado, reconocido, aceptado; así es ahora el Hijo quien deja espacio a su Madre no sólo para que sea conocida y exaltada sino también para que sea comprendida y aceptada su misión maternal y salvífica.

 

     Éste es el tiempo de la batalla final entre la Mujer y el Dragón. Es el tiempo en que se revela la figura de esa Mujer -nombrada al comienzo y al final de la Biblia (Génesis y Apocalipsis)- en la Madre del Señor.

 

     En Lourdes se da a conocer como la Inmaculada Concepción[4], como la Mujer absolutamente nueva, más joven que el pecado, en quien la muerte no ha podido enseñorearse. Es la creatura que lleva la impronta de Dios intacta, verdadera imagen del Creador, de quien toma la humanidad el mismo Dios.

     Es el mismo Señor que le dice a Sor Lucía de Fátima, cuando era novicia en España, que quiere que se conozca el Corazón Inmaculado de la Virgen, lo que equivale a decir penetrar el misterio de la misma persona de María, quién es María, quien fue María, cuánto amó y cuánto nos ama, qué poder Dios le concedió a Ella y a la oración toda suya, que es el Rosario, como intercesión que entregamos a su Corazón. Por ello, pedía la consagración de Rusia y la reparación a las ofensas cometidas contra este Inmaculado Corazón.

     En Akita, advirtiendo sobre el castigo que viene al mundo por el rechazo a Dios, le dice la Santísima Virgen a la vidente Sor Inés Sasagawa: “solamente yo puedo aún salvarlos de la calamidad que se acerca. Aquellos que ponen su confianza en mí serán salvados”. ¿Por qué no menciona a su Hijo y dice solamente yo? Porque el Hijo ha puesto todo en las manos de su Madre.

     Todo ha sido hecho por el Señor para nuestra salvación, desde asumir la humanidad hasta morir en la cruz y resucitar. Su sacrificio redentor se vuelve actual en cada Eucaristía que se celebra. Pese a eso, son muchos que aún no lo aceptan, y la Eucaristía es menospreciada, ignorada, banalizada en su misma Iglesia. En estos tiempos, como nunca antes, envía a su Madre, cual último recurso que su misericordia ha puesto a disposición de la humanidad. Si la Virgen es rechazada entonces no habrá ya más posibilidad de salvación.

     Ella ahora nos pide aceptarla como mediadora[5] ante el Padre –esta es la clave de este mensaje-, como guía de nuestro camino que, anticipa, es de lucha contra los demonios. Dejémonos confiadamente guiar, que sea nuestra intercesora y mediadora. Su guía debe ser total y nuestra obediencia plena, sin reticencias. Consagrados, en confiado abandono a nuestra Madre, seremos conducidos de su mano, como un niño. De la mano porque la confusión es y será tan grande que si nos soltáramos nos perderíamos. Ella nos conducirá hacia la paz y hacia el amor. Presentará nuestras vidas a su Hijo, de quien nos pide dar testimonio y para eso orar y ayunar.

     Y reitera el pedido, que no cesen las oraciones por los sacerdotes en general y los obispos en particular, para que proclamen jubilosamente la Palabra y con amor guíen al rebaño. 

Mensaje del 2 de abril de 2012 dado a Mirjana
 

Queridos hijos, como Reina de la Paz deseo darles a ustedes, hijos míos, la paz, la verdadera paz que viene del Corazón de mi Hijo Divino. Como Madre oro para que en sus corazones reine la sabiduría, la humildad y la bondad; que reine la paz, que Mi Hijo reine. Cuando mi Hijo sea el soberano en sus corazones, podrán ayudar a los demás a que lleguen a conocerlo. Cuando sean regidos por la paz celestial, aquellos que la buscan en lugares equivocados –provocando así dolor a Mi Corazón materno- la reconocerán. Hijos míos, grande será mi alegría cuando vea que ustedes aceptan mis palabras y desean seguirme. No teman, no están solos. Denme sus manos y yo los guiaré. No olviden a sus pastores. Oren para que sus pensamientos estén siempre con Mi Hijo, que los llamó para que den testimonio de Él. Les agradezco! 

    
La paz verdadera es don mesiánico y viene por Cristo. Es gracia divina, sello de un camino en Dios, que necesita ser preservada, mantenida y propagada. Quien recibe la paz en su corazón no la tiene sólo para sí puesto que, aún sin proponérselo, en su transitar la irradia. Es así como la persona se vuelve paz para otra, se la transmite en cada encuentro y acoge también al otro en la paz.

     Que Jesucristo reine en el corazón de alguien significa que esa persona vive en la gracia y se esfuerza por mantenerla. Y si el medio le es hostil, si en su propia familia es contestada, quizás hasta burlada y hostigada por su fe, no por ello la dejará la paz. Sí, en cambio, perderá la paz si por su pecado pierde la gracia. Por eso, nuestra Madre reza, para que seamos humildes, buenos, sabios, para que no caigamos fácilmente y perdamos la gracia y con ella la paz y nos alejemos del autor de la misma gracia.

     La soberbia, el orgullo, la maldad, la misma malicia son pecados que apartan de Dios y nos vuelven no instrumentos de paz sino de discordia.

     La sabiduría, por la que ora nuestra Madre, no es la del mundo sino la de las cosas de Dios. Es el sabor de las cosas santas, la apreciación y deleitación por lo santo, el conocimiento por el amor de la santidad. Esa sabiduría, cuyo principio –según las Escrituras[6]- es el santo temor de Dios, ilumina la Palabra, profundiza la comprensión del Evangelio de Cristo.

     Por ello, quien posee la paz de Cristo y asimila su Palabra encarnándola, se vuelve apóstol de María. El apóstol de la Virgen es su instrumento en la obra de salvación, encomendada por el Hijo a la Madre, en este tiempo que puso bajo su potestad. María es la Enviada de Dios en este tiempo final de la batalla contra los espíritus impuros, contra Satanás y los demás demonios. Ella necesita de nosotros para que reflejemos la bondad de Dios, por el bien que ha hecho en nosotros, por el bien que nosotros seamos capaces de transmitirles. Sólo nos pide que nos dejemos guiar, de su mano, y que no olvidemos de rezar por los pastores porque con ellos, como lo dijo en otro mensaje, ha de triunfar: con los sacerdotes de Cristo, sus sacerdotes[7]

Mensaje del 25 de
marzo de 2012


¡Queridos hijos! También hoy con alegría deseo darles mi bendición maternal e invitarlos a la oración. Que la oración se convierta en necesidad para ustedes, para que cada día crezcan más en santidad. Trabajen más en su conversión, porque están lejos hijitos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 

    
El pedido que más se ha repetido, casi infaltable en cada mensaje, a lo largo de estos ya casi 31 años, es el de la oración. Oración permanente, insistente, perseverante, del corazón. Que la oración se vuelva alegría, ha dicho; que se convierta en necesidad, dice ahora. Sin la oración no hay salvación, no hay santidad, no hay nada.

     Lo que no recuerdo de sus mensajes, al menos dicho en un modo tan directo como ahora, y esto debe golpearnos y mucho, es que estamos lejos de la conversión. Después de tanto tiempo ¡estamos lejos! Me doy cuenta que no puedo mirar para otro lado, pensar en quien tengo cerca o quizás lejos, diciéndome: “lo está diciendo por otro, o por aquél, o por aquellos otros que recién llegan a la fe o que son todavía tibios”. No, me lo dice a mí. Y me sabe a perentorio. No hay tiempo para perder. Basta de excusas, de “si” y de “peros”. La conversión es de cada día, es hoy.

 

¡Santa y jubilosa Pascua de Resurrección porque Jesucristo resucitó, verdaderamente resucitó!

 

P. Justo Antonio Lofeudo

www.mensajerosdelareinadelapaz.org

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[1] Es decir, a los obispos en comunión con el Papa cuya autoridad viene de Cristo. Dicho Magisterio es el único que interpreta auténticamente la Palabra de Dios, escrita o transmitida. La pretensión protestante de que la única fuente de la Revelación es la sola Escritura ignora, por una parte, que la Escritura vino como consecuencia de la Tradición que definió cuáles Evangelios eran los canónicos, dignos de todo crédito, y provoca -como efecto de la libre interpretación- que no haya un Magisterio único sino tantos como pastores de comunidades o de lectores de la Biblia.

[2] Representada iconográficamente como la Hodoguitria, tanto en Oriente como en Occidente.

[3] Esa única vez es en la carta de san Pablo a los gálatas y sólo en modo transversal o referencial cuando refiriéndose a Cristo dice “nacido de mujer, nacido bajo la Ley”. Por otra parte, resulta más que curioso que nombrada por Juan en el Gólgota no haya ninguna mención de un encuentro con su Hijo ya resucitado.

[4] En esa declaración: “Yo soy la Inmaculada Concepción” da confirmación al dogma poco antes proclamado de la Inmaculada Concepción de María. Ejemplo de una verdad de fe que no figura expresamente en la Sagrada Escritura pero que proclama el Magisterio con la autoridad conferida por el Señor.

[5] En Amsterdam, otra de las apariciones recientemente aprobadas, reclama el título de Medianera o Mediadora, Abogada y Corredentora, títulos que ya estaban implícitos en la Medalla Milagrosa o apariciones de la Rue du Bac, también aprobada.

[6] Cf. Pr 1:7; 9:10. Sal 111:10; Jb 28:28 Ese santo temor de Dios es reverencia, piedad, verdadero sentimiento y actitud religiosa.

[7] Este mensaje debe ser leído junto al anterior del 18 de marzo.


2 de mayo de 2012 

Queridos hijos, con amor materno les ruego: denme sus manos, permítanme que los guíe. Yo, como Madre, deseo salvarlos de la inquietud, de la desesperación y del exilio eterno. Mi Hijo, con su muerte en la cruz, ha demostrado cuánto los ama, dándose a sí mismo en sacrificio por ustedes y por sus pecados. No rechacen su sacrificio y no renueven sus sufrimientos con sus pecados. No se cierren a ustedes mismos la puerta del Paraíso. Hijos míos, no pierdan tiempo. Nada es más importante que la unidad en mi Hijo. Yo los ayudaré, porque el Padre Celestial me envía para que juntos podamos mostrar el camino de la gracia y de la salvación a cuantos no Lo conocen. No sean duros de corazón. Confíen en mí y adoren a mi Hijo. Hijos míos, no pueden avanzar sin pastores. Que cada día estén ellos en sus oraciones. ¡Gracias!

 

¡Con cuánta ternura la Santísima Virgen se dirige a todos sus hijos para pedirles que, como los niños pequeños hacen con sus madres, le den sus manos y no se suelten de la suya! Lo pide porque simplemente los riesgos son cada vez mayores, porque el camino se vuelve escabroso y es fácil caer y perderse. La oscuridad y la confusión crecen y con ellos la desorientación de las personas, aún de las creyentes. Éste es el tiempo en el que se tienden falsas manos. Lo que es más preocupante y desconcertante es que algunas de esas falsas guías vienen hasta de algunos religiosos y miembros –al menos nominalmente- de la Iglesia, ofreciendo consejos de auto ayuda y falsamente espirituales, que nada tienen que ver con las enseñanzas de Nuestro Señor y que lejos de llevar a Cristo apartan de Él o dan la imagen de un Cristo falso. Y, lo peor, hay que decirlo, es que sus libros se venden en librerías católicas como se vendieron por muchos años libros de otro autor, libros que fueron condenados por la Iglesia.

A este panorama de gran confusión se suman los falsos videntes que pululan por doquier, con ropajes de profetas y mensajes que imitan el tono y las palabras de la Santísima Virgen, pero que no es Ella. El riesgo de caer en la emboscada lo corren quienes están detrás de nuevas revelaciones y se deslumbran ante mensajes, en sí aparentemente buenos, pero en los que el énfasis está puesto en predicciones de calamidades. Es decir, cuando el punto de atracción es el futuro, probablemente por miedo a ese futuro. Queriendo, muchas veces morbosamente, saber qué va a ocurrir en lo inmediato, cuándo será la fecha del Aviso, o de la Señal, no sólo no se ocupan del presente, como manda el Señor, sino que caen en la trampa que tiende el Enemigo. 

 

Nuestra Madre nos ofrece la guía verdadera y segura para salvarnos “de la inquietud, de la desesperación y del exilio eterno”. Se advierte que esos tres males que menciona no están aislados entre sí, sino que suele ser la escala creciente por donde se puede llegar a la condenación. Esto ocurre cuando se comienza con el ánimo perturbado, el corazón en agitación y esa suerte de inquietud permanente, para pasar luego a la desesperación y -cuando Dios es lejano o no está presente en la vida de la persona- desesperar terminando en el exilio eterno, o sea en el mismo infierno.

Pues, para salvarnos de caer en la angustia, en el desasosiego, en la inquietud y en la desesperación y en consecuencias aún peores, la Madre de Dios nos lleva a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador. Nos pide unirnos a Él porque fuera o apartados de Él no hay salvación. Claramente nos lo dice el Señor: “Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden” (Jn 15:5-6). Permanecer en Cristo es, como lo pide nuestra Madre, estar unido a Él. 

Ignorar a Cristo es ignorar y despreciar la salvación, es hacer vano su sacrificio. Jesucristo dio su vida para liberarnos de todo mal. La muerte del Señor en la cruz, por la que viene nuestra salvación, es también muerte ejemplar porque a través de ella, Jesucristo nos muestra cuánto nos ha amado y cuánto nos ama. Su muerte en la cruz -que voluntariamente aceptó porque así lo quería el Padre- es la mayor evidencia posible de hasta qué extremo nos ama Dios.

El Señor derramó toda su sangre para que nuestros pecados fueran cancelados. Y los pecados son cancelados en la medida de nuestro arrepentimiento y de nuestra aceptación del sacrificio redentor. De nuestra aceptación de Jesucristo como nuestro único Salvador. Por eso, no unirse a Él en las oraciones y en la participación del sacrificio de la Santa Misa, no recurrir al sacramento de la confesión es cerrarse, por propia voluntad o negligencia, la puerta del Paraíso, es excluirse de la eternidad con Dios, es ir hacia el exilio eterno.

No hay nada más importante en la vida que salvar la vida para la eternidad y la salvación propia implica necesariamente la salvación de otros. La salvación no es una simple aventura personal. Como cuando se dice: “Yo me salvo y basta”. Porque la salvación implica un camino hacia Dios y en ese camino hay otros a quienes amar y ayudar y con quienes compartir la marcha. 

El Papa Pío XII había quedado vivamente impresionado por una frase pronunciada por la Santísima Virgen en Fátima: “Muchas almas se pierden porque no hay quienes rueguen y hagan sacrificios por ellas”. Para que las almas no se pierdan la Santísima Virgen insiste en la profundización de la conversión de los hijos que la escuchan. Esos hijos somos nosotros. Por eso, nos pide orar y sacrificarnos por aquellos que aún no conocen el amor de Dios. Por eso, de distintas maneras, nos dice: “Ayúdenme”. Mientras tanto, nos asegura que Ella nos ayuda. “Yo los ayudaré, porque el Padre Celestial me envía para que juntos podamos mostrar el camino de la gracia y de la salvación a cuantos no Lo conocen”.

Nosotros, unidos a Ella, para poder estar unidos a Cristo, y juntos, en esta obra de corredención, mostrar, en momentos de gran confusión, por dónde pasa el camino que lleva al Dios verdadero.

 

El celo por la salvación de la almas debe estar íntimamente unido al amor de Dios en todo cristiano y particularmente en todo pastor. El egoísmo, la dureza del corazón cierran la visión al drama que está por delante. Nada menos que el drama de la salvación eterna. Este llamado “no sean duros de corazón”, “no hay tiempo para perder”, como el otro “ustedes aún están lejos”, debe hacernos recapacitar a todos y mucho.

Esta parte del mensaje concluye con la exhortación a confiar en Ella, en total abandono, y en adorar a su Hijo. Esta mención breve y al final del mensaje es de suma importancia. Confiar en Ella, abandonarse a su guía y adorar al Señor.

Al Corazón del Señor no sólo lo ofenden los ultrajes y los sacrilegios que se cometen contra él sino también -como lo expresa la oración de reparación que el Ángel de la Paz le enseñó a los pastorcitos de Fátima- las indiferencias.

La presencia de Dios exige de nosotros la adoración. Por eso, ante la presencia del Señor en la Eucaristía nuestra inmediata respuesta debe ser la adoración. Adoración del corazón, adoración espiritual pero también gestual. En el gesto, en la actitud debe reflejarse el sometimiento amoroso a quien es nuestro Creador y Salvador.

La más íntima unión con Cristo, a la que nos urge nuestra Madre porque “nada hay más importante”, esa unidad que no admite más demoras, adviene en la Eucaristía, sea durante el sacrificio de la Misa sea en la adoración ante el Santísimo.

La Santa Misa es en sí mismo el acto más sublime de adoración y en ella hay momentos particulares de adoración (que incluso se manifiestan con gestos corporales como el arrodillarse) como son la consagración del pan y del vino y la elevación del Cuerpo y del cáliz con la Sangre del Señor. El momento culminante es el de la comunión sacramental, encuentro personal entre Dios presente en la Sagrada Hostia y el comunicante. Tal encuentro exige adoración. Más aún, la adoración debe preceder la comunión sacramental. Tanto el Beato Juan Pablo II como nuestro actual Papa, Benedicto XVI, han recordado las palabras de san Agustín: “Que nadie coma de esa carne (es decir, que nadie comulgue) sin antes adorarla… porque si no la adorásemos pecaríamos”.  La unión con Cristo es, necesariamente y primero, unión de adoración.

Como leemos al final del mensaje, la Santísima Virgen, que reclama de nosotros seguimiento, no excluye de la guía a los pastores, sacerdotes y obispos. Más aún, dice que sin pastores el pueblo de Dios no puede avanzar. Pues está diciendo poco más o menos “si ustedes no rezan (y agrega muchas veces “si no ofrecen sacrificios”) no tendrán buenos pastores que los guíen”.

También los pastores, como hijos de la Santísima Virgen, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes, debemos abandonarnos a su guía. El Beato Papa Juan Pablo II había consagrado su persona y su pontificado a la Santísimo Virgen, haciendo suyo el lema “Totus tuus”. Benedicto XVI, en el mismo año sacerdotal, fue a Fátima y delante de la imagen de la Capelinha, donde apareció la Virgen por vez primera, consagró a todos los sacerdotes con estas palabras que en el presente mensaje tienen especial resonancia: 

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre. 

Somos conscientes de que, sin Jesús,no podemos hacer nada (Cf. Juan 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo... Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (Cf. Mateo 5,13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno… 

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores  que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro "aquí estoy".

Guiados por ti queremos ser apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar  y ofrecer a todos los que nos lo pidan  el sacramento de la Reconciliación… Madre nuestra desde siempre,  no te canses de "visitarnos", consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan. Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal…”. 

P. Justo Antonio Lofeudo

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2 de junio de 2012 

Queridos hijos, estoy continuamente entre ustedes porque con mi infinito amor deseo mostrarles la puerta del Cielo. Deseo decirles cómo se abre: por medio de la bondad, la misericordia, el amor y la paz, a través de mi Hijo. Por ello, hijos míos, no pierdan tiempo en vanidades. Sólo el conocimiento del amor de mi Hijo puede salvarlos. Por medio de ese amor salvífico y el Espíritu Santo, Él me eligió y yo junto a Él, los elijo para que sean apóstoles de su Amor y Voluntad. Hijos míos, sobre ustedes hay una gran responsabilidad. Deseo que por sus ejemplos ayuden a los pecadores a que vuelvan a ver, que enriquezcan sus pobres almas y que los devuelvan entre mis brazos. Por ello, oren, oren, ayunen y confiésense regularmente. Si el recibir a mi Hijo en la Eucaristía es el centro de sus vidas entonces no tengan miedo; ustedes todo lo pueden. Estoy con ustedes. Oro todos los días por los pastores y espero lo mismo de ustedes. Porque, hijos míos, sin la guía de ellos y el fortalecimiento que viene de la bendición no pueden ir adelante. Gracias.

Queridos hijos, estoy continuamente entre ustedes porque con mi infinito amor deseo mostrarles la puerta del Cielo.
          Es el amor quien trae a nuestra Madre hasta nosotros. Su amor que desea estemos con Ella en el Cielo. Su amor que quiere la salvación de todos nosotros, siendo ese “nosotros” universal, sin exclusiones. Todos somos sus hijos, los que heredó en la cruz. Todos, quiere la Santísima Virgen que alcancen la salvación, que lleguen a destino. El que Dios tiene preparado para cada uno, puesto que la voluntad del Padre es que todos los hombres se salven por Jesucristo su Hijo.

          Sin embargo, entre la voluntad divina y la salvación personal media la voluntad de cada persona. Por eso, no es como -errónea y trágicamente- se quiere hacer creer: que todos se salvan sin importar qué vida hayan hecho. Al final -se suele oír y esto en muchos ámbitos cristianos- todos serán salvos, todos irán al Cielo, nadie será condenado porque ya Jesucristo pagó por todos. Eso no es cierto. Si fuera cierto el Señor no habría advertido, como lo hace repetidas veces en la Sagrada Escritura, que existe el Infierno y que hay y que habrán condenados por la eternidad (“e irán estos al castigo eterno” Mt 25:46), ni la Santísima Virgen vendría entre nosotros. La existencia del Infierno es verdad de fe (ver el Catecismo). Jesús descendió a los infiernos no para cancelarlo ni para liberar a los condenados sino para liberar a los justos que no tenían acceso al Cielo antes de la redención. La Santísima Virgen ha sido maestra sobre la existencia del Infierno. Recordemos sino las apariciones de Fátima, cuando a los tres niños les hizo conocer y ver aquella terrible realidad donde iban los pobres pecadores. En Medjugorje, la Santísima Virgen llevó a Vicka y a Jakov al Cielo, pero también al Purgatorio y al Infierno para mostrarles que lo confesado por la fe no son mitos sino las últimas realidades. Existe ciertamente el Cielo pero también el Purgatorio y el Infierno. Esta verdad tan obvia, por la confusión que ahora reina entre los creyentes, es necesario recordarla.

          Ahora nuestra Madre nos dice que viene a mostrarnos y enseñarnos cómo se accede al Cielo, cómo se abre esa Puerta. La puerta es una figura que indica el acceso a la visión beatífica, a la felicidad eterna. El primer significado de la Puerta al Cielo es nuestro Señor Jesucristo, único Camino al Padre. Él mismo, en el evangelio de san Juan, se presenta como el Buen Pastor y también como la Puerta que da a las ovejas la entrada a la vida eterna (Cfr Jn 10:9s). En modo subordinado también a nuestra Santísima Madre se la llama Puerta del Cielo. Ya los santos Padres la mencionan así y también así es nombrada en el Akathistos, el magnífico himno con el que la Iglesia de Oriente honra a la Madre de Dios.
          Ciertamente, la verdadera devoción a María lleva al Cielo por la sencilla razón que la Madre lleva a su Hijo y del modo más seguro, rápido y breve. Fue el sí de la Virgen que hizo que Dios entrara en la humanidad. Por ello, es tanto la puerta del Cielo por la que desciende Dios hacia los hombres como la Puerta a Dios, que está en el Cielo, para los hombres.
          Ella viene ahora en nuestra ayuda para que podamos atravesar esa puerta que en sí es estrecha, tanto que son pocos los que logran entrar por ella (Cfr. Mt 7:14). Podríamos decir que la Madre de Dios nos enseña a hacernos pequeños, en la humildad del corazón. Esa pequeñez paradójicamente supone ensanchar el corazón con la presencia constante de Dios en nuestras vidas. Para lograrlo nos ofrece la llave, al decirnos:

Deseo decirles cómo se abre: por medio de la bondad, la misericordia, el amor y la paz, a través de mi Hijo.
         
Es Jesucristo quien nos ha dicho que si somos misericordiosos obtendremos misericordia, que si somos portadores y obradores de paz seremos llamados hijos de Dios (Cf. Mt 5:7.9); que en el amor a Dios y al otro se resume toda la Ley y los profetas (Cf. Mt 22:40); que la bondad es el atributo de Dios (Cf. Mt 19:17). Seguir la enseñanza del Señor es seguirlo a Él, es recorrer el camino de santidad que nos propone y por el que nos conduce nuestra Madre del Cielo.

          A continuación agrega:

Por ello, hijos míos, no pierdan tiempo en vanidades. Sólo el conocimiento del amor de mi Hijo puede salvarlos.
         
Estas palabras poseen la fuerza de despertarnos a la realidad y sacarnos del sopor en que estamos. El mundo está narcotizado. Mientras se desarrollan acontecimientos tremendos en los que cada vez es mayor la ofensa a Dios, en que se pisotea la vida, en que se mata impunemente y hasta amparados por leyes sacrílegas que hacen del abominable crimen –el aborto- un derecho, mientras se destruye a la familia quitando a los padres la potestad sobre sus hijos; corrompiendo el nombre del matrimonio y de familia; dando en adopción a niños a quienes no los cuidarán sino que los pervertirán; mientras todo esto ocurre, poquísimos son quienes combaten y oran y se sacrifican para reparar e interceder. La Santa Misa es el acto mayor, de infinito mérito para interceder y salvar un mundo que va hacia la perdición. Sin embargo, la mayoría ignora el valor de la Eucaristía y ni celebra ni participa de acuerdo a tan infinito don. Por lo contrario, no sólo se la vanifica y banaliza sino que se la somete a todo tipo de sacrilegios. Mientras las multitudes despiertan sólo cuando tocan sus bolsillos pero siguen adormecidas cuando se trata de defender la Ley de Dios, porque han perdido el sentido moral y sólo viven por el -cada vez menos- pan y –cada vez más- circo, mientras todo eso acontece el tiempo pasa en vanidades sin reparar que se está marchando hacia la muerte y muerte eterna.

          Urge volver a Cristo, urge encontrarse con el Señor que es encontrarse con su amor, conocer su amor y responder amándolo y adorándolo. Conocer el amor sin límites ni medida de todo un Dios que se hace uno de nosotros para salvarnos y se vuelve Eucaristía para que entremos en su intimidad y seguir ofreciéndonos su salvación. Tan grande es todo este misterio de amor casi como lo que se puede meditar y decir de él. En realidad, no nos ha de alcanzar la eternidad para comprender este amor salvífico de Dios.           Sí, lo sabemos o lo intuimos, pero ¿lo vivimos? Por ejemplo ¿Vemos en el otro un antagonista o alguien a quien amar o a quien salvar? ¿Somos en nuestros actos y gestos bondadosos y llevamos paz y amor o a veces nos prestamos al litigio o nos convertimos en instrumentos de discordia? ¿Sabemos detenernos ante el impulso de enemistad, de crítica hacia el otro? ¿Somos misericordiosos? Ante la miseria moral y material ¿experimentamos la necesidad de cubrir esas miserias y de ayudar a rescatar esa alma? ¿Es nuestra reacción de venganza y condena o nos proponemos ser instrumentos de salvación haciendo lo que nos pide nuestra Madre?

Por medio de ese amor salvífico y el Espíritu Santo, Él me eligió y yo junto a Él, los elijo para que sean apóstoles de su Amor y Voluntad. Hijos míos, sobre ustedes hay una grande responsabilidad. Deseo que por sus ejemplos ayuden a los pecadores a que vuelvan a ver, que enriquezcan sus pobres almas y que los devuelvan entre mis brazos.
          El acercarnos a la gracia y el haberla acogido nos hace responsables de propagarla con el ejemplo de la propia vida y con las obras.
          Quien recibe la luz debe dar testimonio de esa luz, reflejándola en la oscuridad. Debemos ser “sal de la tierra y luz del mundo” (Cfr. Mt 5:13s). Dar ejemplo con la vida para que los que están alejados, por la luz que llevamos en nosotros, puedan ver; por el amor del que debemos ser portadores se enriquezcan esas pobres almas que no saben de amor, y entonces regresen al regazo virginal y maternal de María que los llevará al Señor y Salvador.
          Somos llamados a ser apóstoles, los apóstoles de los últimos tiempos, profetizados por san Luis María Grignion de Monfort. Ser apóstoles de la Santísima Virgen o de Cristo a través de Ella, es un altísimo honor que comporta una gran responsabilidad.
          No temamos porque el Señor nos unge con el Espíritu Santo para poder estar iluminados en tiempos de confusión, para tener fortaleza en tiempos de persecución y para poder llevar a término la misión.

Por ello, oren, oren, ayunen y confiésense regularmente. Si el recibir a mi Hijo en la Eucaristía es el centro de sus vidas entonces no tengan miedo; ustedes todo lo pueden.
         
Oración, ayuno, confesión regular (al menos una vez al mes y toda vez que por cometer un pecado grave, o sea mortal, se necesite) y Eucaristía frecuente. Aquí agrega algo importantísimo que no se nos puede escapar: hacer de la Eucaristía el centro de nuestras vidas. Eso significa amarla, celebrarla con una participación activa que implica también adorarla en la celebración y adorarla fuera de la Misa. Quien esto vive, quien vive una vida así –atención con lo que nos dice en el mensaje- todo lo puede y nada debe temer. Quien así vive conoce el amor de Dios y lo reconoce en su vida. Ese amor que salva.

Estoy con ustedes. Oro todos los días por los pastores y espero lo mismo de ustedes. Porque, hijos míos, sin la guía de ellos y el fortalecimiento que viene de la bendición no pueden ir adelante.
         
La Virgen no se interpone a la Iglesia de su Hijo y no viene a suplantar a los pastores. En todo caso viene sí a decir lo que los pastores (léase obispos y sacerdotes) no dicen. Ella no los sustituye ni los ignora. ¿Cómo podría hacerlo, Ella que es Madre de la Iglesia y Madre de todos los sacerdotes? Por eso, en este mensaje –como en otros- manifiesta la imprescindibilidad de los pastores. Los pastores, por criticables que puedan ser sus actitudes, han sido elegidos por Cristo. Y si los pastores no son buenos, si los sacerdotes o los obispos tienen deficiencias, pues hay que orar por ellos. La crítica no salva al malo y condena a quien critica.
          Por ello, la Madre de Dios espera que la actitud de sus otros hijos no sea de crítica sino de oración. Eso significa que la oración es muy importante. Aunque no nos lo creamos nuestra oración tiene importancia y mucha. La oración junto al testimonio ejemplar y al sacrificio puede cambiar aún aquello que parecía imposible. Por una simple razón, porque Dios los tiene en cuenta.
          El camino de salvación, ese que conduce a la Puerta del Cielo, se hace con los pastores, que son los que guían al pueblo de Dios a través de la enseñanza de la sana doctrina, y lo santifican con los sacramentos, la oración y bendiciéndolo, y lo gobiernan.

P. Justo Antonio Lofeudo

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2 de julio de 2012

Hijos míos, nuevamente les ruego maternalmente que se detengan un momento a reflexionar sobre ustedes mismos y sobre la transitoriedad de esta vuestra vida terrena. Mediten luego acerca de la eternidad y sobre la eterna bienaventuranza. ¿Qué desean? ¿Por cuál camino quieren andar? El amor del Padre me envía para que yo sea para ustedes mediadora; para que con amor materno les muestre el camino que conduce a la pureza del alma, de un alma no cargada de pecado, de un alma que ha de conocer la eternidad. Ruego que la luz del amor de mi Hijo los ilumine, que venzan las debilidades y salgan de la miseria. Ustedes son mis hijos y yo los quiero a todos en el camino de la salvación. Por ello, hijos míos, reúnanse en torno a mí, para que pueda hacerles conocer el amor de mi Hijo y así abrir la puerta de la bienaventuranza eterna. Oren, como lo hago yo, por sus pastores. Nuevamente los amonesto: no los juzguen, porque los ha elegido mi Hijo. Gracias.

          Nadie se ha creado a sí mismo así como nadie puede salvarse por sí mismo. Salvarse de qué, preguntan algunos. Salvarse de la muerte y de toda muerte del alma. Nadie que no sea el Señor puede dar la paz verdadera y sanar el alma en lo profundo. Los males espirituales no se curan con psicofármacos. Muchos se agitan, se llenan de cosas para hacer o para tener y lo único que logran es correr tras el viento. Se mueven aunque la mayoría de las veces no se sabe hacia cuál destino final. Los días y los años pasan y la mayoría sin dejar rastros. Esto le ocurre a muchos, pero nadie está exento de caer en la vorágine sin darse cuenta. Por eso, el llamado de la Virgen es a todos, no sólo a los más alejados. Es momento de detenerse, dice nuestra Madre, y de reflexionar. De salir de la narcosis, del letargo o del aturdimiento que tapa la verdad de nuestra vida en la tierra. Nuestra vida es corta. Dice el salmista que se puede vivir hasta los 70, los más robustos hasta los 80 pero la mayoría de esos años son fatiga y vanidad pues pasan rápido y nosotros volamos (Cf. Sal 90). Somos como la flor del campo que hoy está y mañana pasa un soplo y desaparece (Cf. Sal 103).

          Todo pasa y nuestra vida también. ¿Es que la muerte es el fin de todo? Ciertamente no lo es. ¿Entonces para qué fatigamos? ¿Dónde van dirigidos nuestros esfuerzos y nuestras preocupaciones? ¿Para lo efímero o para lo eterno?
          Porque fuimos creado para la vida y no para la muerte, ésta se presenta como una irrupción que contradice nuestra propia íntima naturaleza. Anhelamos la eternidad, lo infinito. Pero no una eternidad de sucesión de días como los que vivimos aquí en la tierra. Eso sería un castigo no una dicha. La bienaventuranza es gozar de toda la belleza y el bien que nadie vio ni escuchó ni corazón humano puede llegar a concebir. Es lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman (Cf. 1 Cor 2:9).

          ¿Queremos transitar el camino de esta vida sin horizonte trascendente o queremos encaminarnos hacia esa eternidad que atisbamos por nuestra fe y que ahora viene a nuestro encuentro en la Enviada de Dios?
          Cristo resucitó. Cristo está vivo. Cristo es la Resurrección y la Vida. Y nos llama a la vida, vida en abundancia, vida eterna que podemos y debemos elegir ya, ahora, sin dilaciones.
          Pero, para saber de qué estamos hablando, para conocer el significado profundo del mensaje de la Virgen Santísima que se ofrece como mediadora y guía hacia la verdadera felicidad de la eternidad, el alma, el corazón, debe ser puro. El de corazón puro verá a Dios (Mt 5:8); el de corazón puro es el que podrá estar en el recinto santo y en el monte del Señor (Cf. sal 24), es decir que será elevado por Dios a las alturas espirituales de inefable felicidad. Todo eso implica purificación porque nadie puede decir que él mismo ha limpiado su corazón (Cf. Prov 20:9).
          El pecado agobia el alma y lleva a la tristeza, al alejamiento del bien. Sólo el amor de Cristo salva. Ese amor es el mismo del Padre y es el que nos ofrece la Santísima Virgen. Ella conduce al Hijo para que el Hijo por su amor misericordioso purifique nuestro corazón.
          El sentir de la Madre del Señor es el mismo de Dios: que todos los hombres se salven. Dios salva de la muerte, de toda muerte, en Jesucristo y en Él y por Él nos ofrece la gracia de la salvación. A nosotros nos toca acogerla y fructificarla. Es de san Agustín el famoso aforismo: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Este Padre de la Iglesia de Occidente, con su genialidad, sentencia en pocas palabras la verdad que la salvación, siendo obra primaria de Dios, requiere la participación del hombre que acoge la gracia salvífica.

          En tiempos de gran confusión espiritual, de confusión en la doctrina de la fe y en la moral; en tiempos de silencio y hasta ausencia pastoral (cuando sólo muy pocas voces se alzan para anunciar la salvación en Jesucristo, para denunciar el pecado del mundo, y para guiar al pueblo de Dios);en tiempos tan difíciles, Dios nos ofrece la salvación a través de la Santísima Virgen.
          Muchos aún son reacios a reconocer la autenticidad de estas apariciones extraordinarias en tierra de Herzegovina, objetando que nunca se vio apariciones tan largas (no es cierto porque las de Laus se dieron durante un período de 54 años, aunque no eran diarias); además argumentan que son diarias y habla mucho y que se repite en sus mensajes. Pero, ¿es que están ciegos y no ven la oscuridad en que está sumida la tierra? ¿Es que no perciben que las grandes verdades de la fe están acalladas o falsificadas? ¿Es que no se dan cuenta que María es Madre de toda la humanidad y cuando la humanidad está al borde del cataclismo y de la autoextinción, Ella debe estar presente?
          Días pasados le decía a una persona que hacía esas objeciones –y que muchos, sobre todo teólogos, hacen- que si ante este momento dramático para la humanidad, que se puede volver en cualquier momento trágico para todos, no existieran estas apariciones, entonces dudaría yo que la Virgen es nuestra Madre. ¿Cómo nos va a dejar solos? El P. Slavko contaba la conversión de un psicoterapeuta protestante al catolicismo por las apariciones de la Virgen en Medjugorje. Cuando el P. Slavko le preguntó cómo había sido su conversión aquél le contestó: “Me convencí que aquí se aparecía la Virgen cuando reconocí que Ella es Madre. Como psicoterapeuta sé que la principal causa de los problemas en las familias en Occidente se debe a la ausencia de la figura materna. Pues Ella viniendo todos los días, repitiendo las mismas cosas, está mostrando que es Madre, Madre de todos nosotros, sus hijos”. Ella viene a sanarnos, a reunirnos en torno a Ella, para llevarnos a su Hijo y Él a la Vida, a la felicidad que no termina.

          Finaliza este mensaje reiterando, y amonestando porque no se le hace caso, que hay que orar por los pastores (sacerdotes y obispos) y no juzgarlos. Por más que seamos malos, que podamos dar escándalo y comportarnos indebidamente, dando mal ejemplo y desviando al pueblo de Dios, la Madre de Dios no viene a acusarnos sino a orar por cada uno de nosotros. Nos pide que la imitemos, que recemos todos por nuestros pastores para que no se condenen, para que rectifiquen el rumbo, para que sean buenos pastores de la grey que les ha sido confiada, para que enseñen la recta doctrina católica y la vivan, para que sean santos y santifiquen al pueblo de Dios. Ya lo dijo la Santísima Virgen: Ella ha de triunfar con sus pastores.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de julio de 2012

¡Queridos hijos! Hoy los invito al bien. Sean portadores de la paz y de la bondad en este mundo. Oren para que Dios les dé fuerza a fin de que en su corazón y en su vida, reinen siempre la esperanza y el orgullo de ser hijos de Dios y portadores de su esperanza, en este mundo que está sin alegría en el corazón y sin futuro, porque no tiene el corazón abierto a Dios que es su salvación. Gracias por haber respondido a mi llamado.

          Las invitaciones de la Santísima Virgen no son llamados al voluntarismo. No nos está diciendo que lograremos, como en este caso por ejemplo, ser portadores de paz y de bondad como efecto de nuestra sola voluntad. No es que yo me propongo ser bueno y con eso basta. No es así. La voluntad es imprescindible, claro está, en tanto voluntad de orar a Dios para que conceda esos bienes, voluntad de rezar para estar cerca del Señor y vayan sus gracias penetrando en mí. Es decir que la voluntad va dirigida primero y siempre a la oración, a la apertura del corazón a Dios, y luego al ejercicio de las virtudes y la represión de los malos hábitos. De la oración parte todo y viene todo, porque ella es encuentro con Dios. Nada podremos llevar al mundo si antes no lo hemos recibido de Dios. Nada bueno. La oración es el reclamo constante para poder hacer lo que la Madre del Señor nos pide. Por eso, implícitamente, la invitación al bien es ante todo un nuevo llamado a la oración del corazón y, especialmente a la oración mayor de todas, la Eucaristía, que es la oración dirigida al Padre ofreciendo el sacrificio puro, santo, propiciatorio que el mismo Hijo hizo de sí. El sacrificio por el que nos viene la salvación es la Eucaristía. La Eucaristía celebrada es, al mismo tiempo, la presencia del sacrificio del Señor, “aquí y ahora”; la presencia de su Persona, y el banquete sacro por el que recibimos su carne y su sangre gloriosas que nos dan la vida eterna. Esa presencia es un don infinito que Dios nos hace, es un grandísimo regalo que nos permite amar, trabajar para los otros y volvernos instrumentos de salvación porque allí recibimos la fuerza del Espíritu, allí recibimos la paz y el bien que se nos pide, allí nos cargamos de esperanza y aumenta nuestra fe. Ante la infinita donación totalmente gratuita del Señor nuestra respuesta es la gratitud perenne que ofrecemos en la tierra en cada Eucaristía dignamente celebrada y conscientemente participada y en adoración perpetua.

          Al mismo tiempo el llamado al bien, a ser portadores de bienes celestiales, requiere en nosotros una conciencia activa. Es decir, detectar inmediatamente toda desviación al bien que surja en nuestros corazones, toda tendencia y acción maléfica, a veces disfrazada de cosas buenas. Y una vez detectadas purificar el corazón mediante la confesión sacramental. No debemos tolerar el mal que quiere constantemente anidarse en nosotros.
          Sólo con corazón purificado podemos recibir la Sagrada Comunión, libres de todo pecado mortal. De otro modo, no sólo no recibiremos gracias sino que estaremos comiendo nuestra propia condena. Por eso, los sacramentos de salvación de la confesión y la comunión van juntos, estando prefigurados en la sangre y el agua que brotaron del corazón traspasado del Señor muerto en la cruz. El agua, signo del bautismo pero también de la confesión por ser lavado purificador y regenerador, y la sangre, signo de la misma Eucaristía.

          Una segunda reflexión es que nuestra Madre del Cielo no deja de pedirnos seamos sus enviados a este mundo triste y desolado, es decir a los demás que no abren su corazón a Dios. Ella viene por todos sus hijos y no sólo por los que la aman, los que la siguen, los que creen en Dios, rezan y se esfuerzan por ser mejores a sus ojos. Viene, sí, a hablarles a esos hijos -que somos nosotros- para que sean instrumentos suyos en el acercamiento de otros al Señor y en Él encuentren la salvación. Este tema es muy importante, sobre todo cuando por muchas partes se ve o se oye acerca de presuntas revelaciones. Hay profusión de mensajes y algunos que suenan muy bien. Sin embargo, en algunos de ellos aparecen exhortaciones a la salvación de los “elegidos”, que son los que leen y siguen esos mensajes. No, esa no es la Madre de salvación. Esa no es nuestra Madre. Porque Ella está siempre urgiéndonos a que la ayudemos en su plan de salvación para toda la humanidad. La Santísima Virgen no desecha a nadie puesto que quiere la salvación de todos y hasta el último momento la intentará.

Oren para que Dios les dé fuerza a fin de que en su corazón y en su vida, reinen siempre la esperanza… en este mundo que está sin alegría en el corazón y sin futuro
          Sin la virtud, o sea la fuerza de la esperanza, que viene de Dios, el futuro se ensombrece hasta alcanzar la mayor oscuridad de la desesperación y, por supuesto, que se borra toda alegría del corazón. Si no hay esperanza no hay futuro.

porque no tiene el corazón abierto a Dios que es su salvación
          Dios salva en y por Jesucristo, el único Salvador de todos los hombres, ya que “en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos” (Hch 4:12).
          Sabiamente comprueba el salmista que “nadie puede redimirse ni pagar a Dios por su rescate. Es muy cara la redención de su alma y siempre faltará, para que viva aún y nunca vea la fosa”(Sal 49:7). Nadie puede salvarse a sí mismo. Se salva quien se abre a Dios y cuando la persona se cierra, es voluntad divina -para penetrar en esa alma que se resiste o es tibia o indiferente- la intercesión de otros por medio de la oración y el sufrimiento. Esa intercesión la ejerce por sobre todas las creaturas la misma Madre de Dios, María Santísima, y todos nosotros junto a ellas. Ésta es la clave de estas largas apariciones, por las cuales no deberíamos de parar de agradecer a Dios.

Sean portadores de la paz y de la bondad en este mundo
          La bondad, junto con la paz, el gozo o sea esa alegría del corazón, la misma benignidad son frutos todos del Espíritu Santo.
          Ser personas bondadosas es tener ojos de misericordia ante aquel que te cae tan mal, es verlo con benignidad. Es antes que criticar amar. Es no murmurar sino comprender. No odiar sino perdonar. Es, como exhorta san Pablo: tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Cf. Flp 2:5). O sea no actuar movido por intereses egoístas sino conformar nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar al que nos muestra Jesús en el Evangelio: ir hacia el otro despojado de todo rango de superioridad, abriendo nuestro corazón al otro y a Dios con confianza y obediencia. Es esa misma bondad que nos manifiesta nuestra Madre con esta presencia suya y sus palabras. Ella no ha venido a acusarnos y a todos nos llama “queridos hijos” por más que sepa de nuestras miserias.
          Ser portador de paz y de bondad es, por lo mismo, respetar toda vida porque ninguna es superflua, porque el hombre lleva en sí la impronta de Dios que lo hace digno.

          Para ser portador de paz, de bondad, de esperanza hay que recibir el impulso de lo alto que viene por la oración y en la vida en Dios, en el Espíritu y de su Espíritu. Quien vive en y desde el Espíritu no sólo se beneficia de los frutos del Espíritu sino que se vuelve, por impulso del mismo Espíritu portador de ellos. La tradición de la Iglesia, basada sobre la carta de san Pablo a los gálatas, enumera doce frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia o templanza y castidad (Cf. Gal 5:22-23), la misma alegría, esa que la Santísima Virgen llama orgullo de ser hijos de Dios, es fruto del Espíritu. Pues, para recibir y ser llevados por la fuerza del Espíritu hay que vivir en él y de él. En uno de sus primeros mensajes en Medjugorje, la Reina de la Paz pidió que lo primero que hiciéramos al levantarnos fuera invocar al Espíritu Santo. Decía “ustedes no saben pedir. Pidan el Espíritu Santo y lo tendrán todo”.

          Finalizo con otra reflexión. Inmediatamente luego de dar su consentimiento al Arcángel de ser madre del Hijo del Altísimo, el Espíritu Santo se posó sobre María de Nazaret y la cubrió con su sombra, y la impulsó a ir deprisa a su pariente Isabel. ¿Cuáles fueron las consecuencias de aquella visita de la Madre del Señor? Por la sola presencia de la virgen madre, apenas ella saludó a Isabel, el Espíritu se efundió sobre la que había sido estéril y sobre el hijo que estaba gestando. El Espíritu Santo llenó de gozo a quien sería el Bautista, el Precursor de Jesús y lo ungió. El niño, como profetizado por el ángel, fue lleno de Espíritu Santo en el seno de su madre. Pero, la escena no termina allí sino que sigue plena de la acción del Espíritu Santo, porque por el mismo Espíritu es que Isabel reconoce en su joven pariente nada menos que a la Madre de su Señor y en el mismo Espíritu María proclama su canto de alabanzas a Dios. La reflexión es más bien una invitación a nuestros hermanos separados, a los protestantes, para quienes la revelación es por la sola Escritura. La invitación es que mediten ese pasaje del evangelio lucano. Quién es María y quién soy yo. María no es una mujer como las demás, no es una como nosotros en rango y dignidad ni por elección ni preparación ni misión. Isabel dijo y con ella decimos todos, desde el Espíritu, quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga hasta mí. Todos los decimos. Ella, enviada de su Altísimo Hijo, viene hasta nosotros para traernos la salvación en el Salvador. También en nosotros grandes cosas hará Dios si nos abrimos a estos mensajes del Cielo en la docilidad del Espíritu Santo. Y constantemente experimentaremos el orgullo de ser hijos de Dios, que es la alegría del bautizado.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de agosto de 2012

Queridos hijos, estoy con ustedes y no me rindo. Deseo darles a conocer a mi Hijo. Deseo a mis hijos conmigo en la vida eterna. Deseo que experimenten la alegría de la paz y que obtengan la salvación eterna. Oro para que superen las debilidades humanas. Oro a Mi Hijo, para que les conceda corazones puros. Queridos hijos míos, sólo los corazones puros saben cómo llevar la cruz y saben cómo sacrificarse por todos los pecadores que han ofendido al Padre Celestial y que también hoy lo ofenden, porque no lo han conocido. Oro para que conozcan la luz de la verdadera fe que viene sólo de los corazones puros. De este modo, todos aquellos que les están cerca experimentarán el amor de Mi Hijo. Oren por aquellos que mi Hijo ha elegido, para que les guíen por el camino de la salvación. Que vuestra boca esté cerrada a todo juicio sobre ellos. Gracias.


“…no me rindo”
         
La Santísima Virgen no se rinde, no se da por vencida. Es como si dijera, no me rindo pese a que no me escuchan; a que leen mis mensajes pero no cambian; a que algunos y no pocos, en mi Iglesia me ignoran y se cuestionan cómo puede ser que hable tanto, que venga por tanto tiempo. Estas tres palabras, “no me rindo”, encierran ya el futuro triunfo de nuestra Madre celestial.

“Deseo a mis hijos conmigo en la vida eterna… que obtengan (alcancen) la salvación eterna”
         
Porque nos ama como nos ama nos quiere con Ella.
          En tiempos en que salvación es un término que se usa sólo para esta vida y que el alma es sustituida por el cuerpo, tanto que la preocupación principal es la salud (1) y el gimnasio se ha convertido en el lugar de culto masivo; cuando no se habla de justicia de Dios y, por tanto, de infierno porque se llega a decir que está vacío y que todos se salvan, la Madre de Dios manifiesta que su preocupación es la salvación de todos y especialmente de esos hijos suyos que van hacia la condenación, y por eso viene a recordarnos que lo que cuenta es la eternidad.
          Su deseo, el que alcancemos la salvación por y en su Hijo Jesucristo, único Salvador de los hombres, es la razón de su venida.

“Deseo darles a conocer a mi Hijo… que experimenten la alegría de la paz”
         
Jesucristo es quien nos salva de la muerte eterna y ya desde aquí nos da su paz que es plenitud y da alegría a nuestra vida.

“Oro para que superen las debilidades humanas. Oro a Mi Hijo, para que les conceda corazones puros… Oro para que conozcan la luz de la verdadera fe que viene sólo de los corazones puros”
         
Y Ella reza y reza. Ora para darnos fuerzas y así superar nuestras debilidades y miserias que nos tienen atados y nos hacen incapaces de avanzar, esas también que nos hacen caer una y otra vez. Esas debilidades y grietas de las que se vale el Enemigo para ahondándolas hundirnos y esclavizarnos.
          Ella, nuestra Madre, nos fortalece y realza. Satanás busca constantemente destruirnos, llevarnos al conflicto, al odio, al resentimiento y la tristeza, y a la total oscuridad y desesperación. Es el Padre de la mentira que primero hace creer que no existe ni el pecado, ni él, ni el infierno y, Acusador, pone en las mentes que la Iglesia es la represora y oscurantista ya que no deja hacer lo que cada uno quiera, la que cercena la libertad del hombre. Que no se puede decir a la gente lo que tiene que hacer, que hay católicos adultos que no deben hacer lo que les diga el Magisterio de la Iglesia… Luego cuando consigue su objetivo de muerte y hace un deshecho humano de la persona, le dice que ya no tiene salvación, que su vida es un total fracaso y que lo mejor es acabar cuanto antes matándose.
          La Santísima Virgen nos trae la paz y la alegría, la felicidad ya en esta tierra porque nos lleva a su Hijo que cambia nuestras vidas. Para su Hijo, a quien no importa cuánto y por cuánto tiempo un alma haya caído en lo más profundo del mal, ninguna vida está perdida y, a quien lo busca sinceramente, le da la salvación, lo purifica, le devuelve la dignidad perdida y cambia su tristeza y llanto en canto de júbilo.
          Jesucristo purifica nuestros corazones y nos vuelve capaces de encontrarnos con Él en cada oración. De la oscuridad pasamos a la luz de la verdad de la fe, de la verdad del amor y de la vida.
          ¡Cuántas veces en estos más de treinta años la Reina de la Paz nos ha invitado a la oración y al ayuno! Son ya incontables. Y en todas, si se mira bien, el énfasis va más allá de la práctica de la oración y el ayuno, va directamente al corazón. Oración y ayuno son medios pero lo que nuestra Madre quiere, lo que Dios busca de nosotros, es el corazón. El corazón es lo más profundo e íntimo de la persona. A ese corazón nuestro, con tantas oscuridades, con tantas dobleces, con tantas cobardías y negaciones, sólo lo puede hacer puro el Señor.
          El Santo Cura de Ars recordaba que en la unión con Dios, que es la verdadera oración, el corazón puro experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente rodeado de una luz admirable. Se produce la intimidad con Dios y por ella viene una felicidad inefable.

“…sólo los corazones puros saben cómo llevar la cruz y saben cómo sacrificarse por todos los pecadores que han ofendido al Padre Celestial y que también hoy lo ofenden, porque no lo han conocido”
         
También decía san Juan María Vianney que nuestro corazón es pequeño pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. Ese amor se vuelve celo por su gloria y dolor por cada afrenta que se comete contra Él. Entonces, el amor a Dios se manifiesta en reparación e intercesión por aquellos que lo ofenden.
          La pureza del corazón implica sacrificarse por amor, como nos los muestra el ejemplo de los pastorcitos de Fátima. El corazón puro es el corazón amante que soporta la cruz con dignidad, alegría y generosidad. Es el corazón que sabe que el dolor ofrecido tiene valor de corredención.

“De este modo, todos aquellos que les están cerca experimentarán el amor de Mi Hijo”
         
Sí, la Virgen ora a su Hijo para que nos conceda esa pureza, esa transparencia. Pureza es la que deja penetrar la luz de la verdad, de la fe, de la belleza, del amor y que no permite ser enturbiada ni por el engaño, ni por ningún sentimiento negativo. El corazón puro vuelve luminosa a la persona. La vuelve translúcida a la Luz, que es Jesucristo. El corazón puro es orante y adorante impregnado del perfume de Dios. Perfume que otros perciben.

“Oren por aquellos que mi Hijo ha elegido, para que les guíen por el camino de la salvación. Que vuestra boca esté cerrada a todo juicio sobre ellos”
         
La misma exhortación de anteriores mensajes: orar por los sacerdotes, no criticarlos. No es que los sacerdotes seamos inobjetables o que tengamos patente de impunidad y por eso no hay que criticarnos. No se trata de eso. Diría que de lo contrario: en la misma persona suele el buen grano mezclarse con la cizaña y junto a encomiables acciones pastorales y a grandes desprendimientos vemos que somos objetables, hacemos cosas que no están bien. Sin ir a los grandes escándalos siempre lamentables pero que no involucran a la mayoría de los sacerdotes, hay siempre motivos y situaciones que no son las que deberían ser. Hacer acepción de personas, caer en la rutina, no ser lo espiritual que se debería y aparecer mundano, tener arranques de impaciencia, no estar siempre disponible para quien lo necesita, cerrar la iglesia al culto, descuidar de la liturgia y tantas otras cosas. Pues sí, todo esto y lo que cada uno pueda agregar. Sin embargo –y esto es válido para cualquier persona no sólo para los sacerdotes-, la crítica no hace bien a nadie, ni al que critica ni al criticado. Pero además, los sacerdotes -más que los demás mortales- llevan un tesoro en una vasija de barro. ¿Qué significa esto? Que junto a la fragilidad humana está la dignidad única del sacerdocio, que hace de un hombre otro Cristo. El sacerdote no se pertenece a sí mismo, pertenece a Otro. Desde su ordenación no es el quien vive sino Cristo que vive en él. El sacerdote es responsable del anuncio de la fe en su integridad y exigencias y quien debe ayudar a los demás a conocer y a amar a Dios. El sacerdote posee una dignidad única y actúa en la persona de Cristo realizando lo que ningún hombre podría hacer: la consagración del pan y del vino para que sean realmente la presencia del Señor, la absolución de los pecados. El Señor se hace presente por medio de su sacerdote, de esa persona que Él mismo ha elegido, como nos lo recuerda nuestra Madre Santísima. Cristo resucitado por medio de los sacerdotes enseña, santifica y gobierna. Los sacerdotes son un gran don para la Iglesia y para el mundo. Sin sacerdocio no hay Eucaristía y sin Eucaristía no hay Presencia del Señor, ni hay Iglesia. A través del ministerio sacerdotal el Señor continúa salvando a los hombres y a hacerse presente y a santificar. En medio de la oscuridad y la desorientación trae la luz de la Palabra, que es Cristo. Enseña en nombre de Cristo presente, propone la verdad que es Cristo. Como recordaba el Santo Padre, el sacerdocio es respuesta a la llamada del Señor, a su voluntad, para llegar a ser anunciadores no de una verdad personal, sino de su verdad. Por eso, los fieles tienen que estar cerca de sus sacerdotes, cerca con la oración y con el sostén, sobre todo en momentos de dificultad, para que ellos puedan ser siempre pastores según el corazón de Dios.          
          Finalmente, aún cuando Dios en su juicio será necesariamente exigente para con los sacerdotes ya que “a quien mucho se dio mucho se le pedirá”, es al mismo tiempo celoso de sus elegidos (2). Por eso, a “cerrar la boca y no enjuiciar a los sacerdotes” y a abrir el corazón a la oración por ellos.

P. Justo Antonio Lofeudo
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(1) Salud y salvación tienen la misma raíz etimológica: salus/salutis.
(2) Sugiero releer el episodio protagonizado por Aarón y Miriam y Moisés su hermano, relatado en el capítulo 12 del libro de Números.


2 de setiembre de 2012

Queridos hijos, mientras mis ojos los miran, mi alma busca almas con las cuales desea ser una sola, almas que hayan comprendido la importancia de la oración por aquellos hijos míos que no han conocido el amor del Padre Celestial. Los llamo porque los necesito. Acepten la misión y no teman: los fortaleceré. Los llenaré de mis gracias. Con mi amor los protegeré del espíritu del mal. Estaré con ustedes. Con mi presencia los consolaré en los momentos difíciles. Gracias por sus corazones abiertos. Oren por los sacerdotes. Oren para que la unión entre Mi Hijo y ellos sea la más fuerte posible, para que sean uno. Gracias.

          El mensaje es un nuevo llamado a la oración por los que no han conocido el amor de Dios y por los sacerdotes. La Santísima Virgen le da el nombre de misión porque es la oración que hace salir de uno mismo, de sus propias necesidades para ocuparse del otro y ese otro es quien más lo necesita sea para salvarse como para ser instrumento elegido e imprescindible de salvación.
          En el mensaje hay resonancias particulares en las que conviene adentrarse.

Queridos hijos, mientras mis ojos los miran

          Ya al inicio nos está diciendo que sobre nosotros tiene constantemente puesta su mirada. ¿Cómo es su mirada? La del amor que no conoce límites. Es penetrante y dulce al mismo tiempo. Es la mirada maternal de esos ojos suyos misericordiosos, que no acusan y se conmueven. Es la mirada llena de atento amor hacia todos y cada uno de sus hijos, tanto los que están cerca como los que están lejos de Ella y de Dios.

…mi alma busca almas con las cuales desea ser una sola, almas que hayan comprendido la importancia de la oración por aquellos hijos míos que no han conocido el amor del Padre Celestial.

          Porque tendemos a olvidarlo, reitera lo que tantas veces nos ha dicho: la oración es lo primero, lo más importante, urgente, absolutamente necesaria.
          Siendo esto así, entonces la pregunta que cada uno debemos hacernos es hasta dónde hemos respondido a estos mensajes de rezar por los que están alejados de Dios y en camino de perdición. Cada uno debe interpelarse: cuándo fue la última vez que lo hice y si rezo por ellos con cuánta asiduidad. ¿Siempre? ¿Rezo por personas concretas o por todas en general? ¿Agrego sacrificio a mi oración? ¿Qué ocurre cuando me cruzo con alguien que me disgusta por su talante agresivo, inmoral o blasfemo? ¿Lo critico en mi fuero íntimo o tal vez expreso un juicio de reprobación o lo veo como a alguien por quien debo rezar?
          A los que ignoran a Dios, blasfeman, se ríen de todo lo santo, la Santísima Virgen no los juzga para condenarlos sino que en la plenitud de la misericordia y con tristeza -porque ve que se están perdiendo y que pueden perderse para siempre- desea salvarlos e incansablemente ora por ellos y busca a hijos generosos que se unan a sus plegarias.

          Lo dice claramente: busca almas que se unan para todas ser un alma sola con la suya. Es un llamado a la unión y esa unión es la que hace ser Iglesia. Iglesia como lo fue la primer Iglesia. Sabemos, porque nos lo narra los Hechos de los Apóstoles, que los Apóstoles, los otros discípulos y los nuevos conversos al camino de la fe en Jesucristo, estaban unidos a la Madre del Señor y eran un corazón solo, un alma sola, unánimes(1) en la oración (Cf. Hch 4:32), compenetrados todos en un mismo espíritu y en un mismo amor a Dios y entre ellos.
          Es la misma unión a la que exhortaba san Pablo en su carta a los efesios, cuando les decía: “esforzaos en mantener la unidad del Espíritu”. Y luego, para aclarar de qué unión se trata, agregaba: “Un solo cuerpo (la Iglesia ) y un solo Espíritu… Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo y lo penetra todo y lo invade todo” (Cf. Ef 4:3-6). La unión viene del Espíritu Santo y se manifiesta en la misma fe en Dios, Trino y Uno. Parafraseando al Apóstol podemos agregar que la unidad viene además de “una sola Madre”, que está constantemente presente y que nos llama para que la ayudemos en la obra de salvación que el Señor le ha confiado. Por ello, la unión que anhela la Virgen es la suya, de Madre con sus hijos, aquellos que la siguen y viven sus mensajes.

Los llamo porque los necesito

          A algunos les ha impresionado que Ella, la Reina de todo lo creado, la creatura más cerca e íntima de Dios, diga “los necesito”. Cierto es que, sin esas palabras, muchas veces lo ha dado a entender. Esa necesidad viene del mismo acontecimiento de salvación, la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En un sentido estricto a la Pasión de Cristo nada le falta y Él es el único Salvador. Sin embargo, ha querido que todos nos viéramos implicados en la obra de co-redención, asociándonos con nuestras oraciones y nuestros sufrimientos al suyo. En esta obra a quien primero asoció fue a su Santísima Madre, que es la Corredentora por antonomasia. Aunque Ella es la omnipotencia suplicante y su oración ya está en el mismo corazón de su Hijo, también –por decisión divina- son necesarias nuestras súplicas y sacrificios unidos al de la Madre de Dios. La necesidad, en síntesis, es la necesidad del amor que une a todos en un mismo acto salvífico.

Oren por los sacerdotes. Oren para que la unión entre Mi Hijo y ellos sea la más fuerte posible, para que sean uno.

          Nuevamente clama por la unión, pero esta vez entre los sacerdotes y Cristo. La unión es la que enlaza las dos partes del mensaje: la unión con Ella en la intercesión por aquellos que no conocen el amor del Padre y la oración –también unida a la suya- por la unión de los sacerdotes con Cristo.

          En el Evangelio según san Juan, en el marco de la Última Cena, Jesús ora al Padre, es la oración conocida por muchos como oración sacerdotal o más propiamente oración de Cristo por la unidad de la Iglesia. Esa oración tuvo lugar en el momento culminante, antes de dejar el Señor este mundo (Cf. Jn 17).
          Ruega Cristo al Padre por los Apóstoles, sus primeros sacerdotes, para que se mantengan unidos, y por los que vendrán a incorporarse a lo largo del tiempo. En aquella oración al Padre, que es oración permanente, el Señor pide que los proteja y pide la adhesión de fidelidad a su persona y a su mensaje.

          Como Jesucristo, quienes a Él están consagrados aunque estén en el mundo no son del mundo.
          Muchas son las fuerzas que hacen imperfecta la unión del sacerdote con Cristo y una de ellas es el mundo: pensar como el mundo, querer agradar al mundo o caer en la tentación del mundo que adula a los suyos, y terminar sirviendo al mundo en lugar de Dios.
          El mundo puede penetrar muy sutilmente en la vida del consagrado, sin que él lo note. Sin embargo, actualmente el peligro no es tanto el que viene directamente de afuera sino desde dentro donde el mundo se ha metido en cuanto a criterios, falsas teologías, corrientes racionalistas y post modernistas.

          Cristo pide al Padre no sólo que los guarde sino que los santifique. El sentido de la santificación es la consagración y, por tanto la conformación a Cristo(2) .

          Si tenemos en cuenta que la oración la pronuncia el Señor en el momento de la primera ordenación sacerdotal de la historia podemos concluir que, aunque es por la unión de toda la Iglesia presente y futura, está particularmente dirigida a los sacerdotes. La unión por la que ruega Jesucristo es la unión entre ellos y de ellos con el Padre y el Hijo. Ruega para que esa unión sea perfecta; “como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros… para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno” (Cf. Jn 17:21-23). Es la perfecta unión del amor. Es unidos a Él y entre nosotros sacerdotes que debemos presentarnos e ir al mundo. Ir al mundo llevando a Cristo, con quien debemos estar fuertemente unidos, para que el mundo se salve(3) .

Acepten la misión y no teman: los fortaleceré. Los llenaré de mis gracias. Con mi amor los protegeré del espíritu del mal. Estaré con ustedes. Con mi presencia los consolaré en los momentos difíciles.

          Va implícito que la misión comporta una lucha espiritual. Es por ello que la Santísima Virgen promete no dejarnos solos ni desprotegidos, por lo contrario, nos confirma su amor de Madre Santísima llenándonos de sus gracias, dándonos su protección, fortaleciéndonos y consolándonos con su presencia en momentos de tribulación.
          El espíritu del mal o sea Satanás y los demás demonios huyen ante la presencia de la Santísima Virgen. Esa presencia en nosotros –la de su amor en la que somos revestidos- nos da fuerzas y seguridad y nos reanima.

          La abundancia de las gracias que nos promete son aquellas que la Santísima Virgen obtiene de Dios por sus súplicas y luego distribuye entre sus hijos.
          En 1830, en la Rue du Bac de París, la novicia vicentina Catalina Labouré se ve privilegiada por apariciones de la Santísima Virgen. En una de aquellas apariciones ve que rayos luminosos salen de las manos de la Virgen, son las gracias. Algunos de esos rayos quedaban cortados y no llegaban a la tierra, eran –palabras de la Virgen- “los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque las gentes no los piden. Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden”. Por supuesto que quien está lejos de Dios no las va a pedir pero sí -y por eso es que la Santísima Virgen nos necesita- otros pueden pedirlas intercediendo por ellos.

          Tú, Santísima Madre, no apartas tu mirada de nosotros y lo conoces todo, nuestras necesidades, nuestras debilidades así como nuestra fe y amor. Tú –lo dices- nos necesitas. El amor siempre necesita del otro. Este amor tuyo inconmensurable necesita de nosotros por amor también a quienes desconocen el amor.
          Tú nos llamas a la misión y queremos decirte que sí, que la aceptamos y que nada temeremos porque Tú nos amas, porque eres nuestra Madre y no te separas de nosotros, porque intercedes ante Dios por cada uno de nosotros. Queremos ser un alma sola, todos nosotros contigo; despojarnos de egoísmos, desprendernos de nosotros mismos para, con un mismo corazón y en un mismo espíritu, salvar a los que se pierden y fortalecer la unión de los sacerdotes de Cristo con su Señor, para que -como tu Hijo lo pidió al Padre- sean uno como ellos son uno. Nuestros corazones abiertos te dan gracias santa Madre de Dios y se unen al tuyo, Inmaculado, en perpetua oración, alabanza y adoración a Dios.
          ¡Oh, María, sin pecado concebida! Rogad por nosotros que recurrimos a Vos.

P. Justo Antonio Lofeudo
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(1) El significado genuino de la palabra unánime es “una sola alma”.
(2) La consagración es a la verdad del Evangelio. Cristo es la Verdad y quien da a conocer la verdad.
(3) Sabemos, por lo que Mirjana explicó a los peregrinos, que la oración por los sacerdotes es sobre todo para que sean fuertes en los tiempos que están viniendo. Para que el Señor nos dé fortaleza ya que, siempre según la vidente, los sacerdotes son los puentes por los que todos deberán pasar. Los puentes entre este tiempo y el tiempo nuevo que vendrá. El 24 de agosto, en la aparición a Ivan, según relato del mismo vidente, la Virgen rezó durante mucho tiempo por los sacerdotes, obispos y por el Papa. Cuando Ivan comentó la aparición puso énfasis en la oración de la Virgen por ellos.


25 de septiembre de 2012

¡Queridos hijos! Mientras miran en la naturaleza la riqueza de colores que el Altísimo les da, abran el corazón y oren con agradecimiento por todo el bien que tienen, y digan: he sido creado aquí para la eternidad, y anhelen las cosas celestiales, porque Dios los ama con un amor infinito. Por eso, El también me dio a ustedes para decirles: solamente en Dios está vuestra paz y esperanza, queridos hijos. Gracias por haber respondido a mi llamado.

          Dios ha coloreado la naturaleza y la ha hecho tan variada y rica porque infinito es su amor. Y nos la ha entregado no sólo para que hagamos buen uso de ella sino para que nos deleitáramos en ella. Cada flor, cada hoja, cada ser participa y refleja algo de la belleza de Dios.
          Por eso, con el salmista nos admiramos al vernos así amados. Pues, al hombre “lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies… Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Cf. Sal 8).
       Contemplar lo creado y meditar sobre nuestra propia existencia debe, necesariamente, abrirnos el corazón y arrancar de nosotros el agradecimiento que se vuelve oración.
          Nuestro destino no es la tierra ni la muerte sino la eternidad. Hemos sido creados para ser salvados por Jesucristo (Cf. 1 Ts 5:9).

          El pasado 2 de julio la Madre de Dios nos instaba a reflexionar sobre la transitoriedad de esta vida sobre la tierra y nos exhortaba a meditar sobre la eternidad y la eterna felicidad de la que se benefician sólo quienes creen en el amor sin límites de Dios y se acogen a su salvación. La Virgen nos interpelaba diciendo: “¿Qué desean? ¿Por cuál camino quieren andar?” El camino, decía, es el de la pureza del alma.
          Es el Cielo nuestra meta y para alcanzarlo nuestro corazón debe ser puro. “Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5:8).
          Anhelar el Cielo es comenzar a vivirlo desde aquí, es –mirando con ojos puros la creación- vislumbrar la Suma Belleza que un día encontraremos y que será el amor infinito y eterno. Es conocer que sólo Dios es el Bien Supremo, nuestra perfecta felicidad. Sabremos nosotros, entonces, en quién habremos puesta nuestra fe (Cf. 2Tim 1:12). Porque Dios es nuestra Paz y en Él está puesta toda nuestra esperanza.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de octubre de 2012

Queridos hijos, los llamo y vengo en medio de ustedes porque los necesito. Necesito apóstoles de corazón puro. Oro, pero también ustedes oren para que el Espíritu Santo los haga capaces y los guíe, los ilumine y los llene de amor y de humildad. Oren para que los llene de gracia y de misericordia. Sólo entonces me comprenderán, hijos míos. Sólo entonces comprenderán mi dolor por aquellos que no han conocido el amor de Dios. Entonces podrán ayudarme. Serán mis portadores de la luz del amor de Dios. Iluminarán el camino a aquellos a quienes se les ha dado ojos pero no quieren ver. Deseo que todos mis hijos vean a mi Hijo. Deseo que todos mis hijos vivan su Reino. Los invito nuevamente y los ruego que oren por aquellos a quienes mi Hijo ha llamado. Gracias.

“Queridos hijos, los llamo y vengo en medio de ustedes porque los necesito. Necesito apóstoles de corazón puro”.
          El pasado 2 de julio, la Santísima Virgen en su mensaje dado a Mirjana, nos decía: “El Padre me envía para que yo sea para ustedes mediadora, para que con amor materno les muestre el camino que conduce a la pureza del alma”. Decir pureza del alma es lo mismo que decir pureza del corazón. La Madre de Dios, que viene a enseñarnos el camino que lleva a un corazón puro, ahora nos vuelve a decir que nos necesita como apóstoles, es decir como sus enviados al mundo. Apóstoles sí, que han dejado que su corazón sea purificado. Porque “sólo los corazones puros saben cómo llevar la cruz y saben cómo sacrificarse por todos los pecadores que han ofendido al Padre Celestial y que también hoy lo ofenden”(1). Quienes busca, entonces, para enviarlos a ese mundo hostil a Dios, que no deja de ofenderlo, son aquellos que entregan a su vida a Él, sabiendo padecer la cruz de cada día por amor. Esos son los que purifican con la cruz sus corazones, los verdaderos seguidores de Jesús(2) y apóstoles de estos últimos tiempos.

“Deseo que todos mis hijos vean a mi Hijo. Deseo que todos mis hijos vivan su Reino”.

          El corazón puro es el corazón abierto del amor limpio. Es el corazón de quien ama y comprende las exigencias del amor, y del amor de esta Madre nuestra que quiere, como lo quiere Dios, que todos sus hijos se salven, que todos estén un día en el Cielo, con Ella, contemplando el rostro del Señor, gozando de la visión beatífica y que ya -desde ahora- vivan el Reino de Dios en la tierra, que es el de la paz, la alegría, el amor, la felicidad.

“Serán mis portadores de la luz del amor de Dios. Iluminarán el camino a aquellos a quienes se les ha dado ojos pero no quieren ver”.
          Quien ama responde al llamado del Corazón para ayudarla en esta obra de salvación. Será ése el hijo que lleve la luz del amor de Dios, la luz de la verdad que Dios es Amor. A esos hijos generosos que acuden a su llamado les dice: “Deseo que sus ejemplos ayuden a los pecadores a que vuelvan a ver, que enriquezcan sus pobres almas y que los devuelvan entre mis brazos”(3).

“Oro, pero también ustedes oren para que el Espíritu Santo los haga capaces y los guíe, los ilumine y los llene de amor y de humildad. Oren para que los llene de gracia y de misericordia”.
          El Espíritu Santo es nuestra guía que ilumina para avanzar y no caer o desviarnos por el camino y cuando éste se bifurca nos da el discernimiento de cuál senda tomar. Para vivir en el Espíritu y ser dóciles a sus inspiraciones debemos estar con el corazón atento. Debemos dejarnos convertir a Dios en un proceso de continuo acercamiento o sea de purificación. Ello implica la conversión de las lágrimas que el corazón contrito y humillado derrama en cada confesión sacramental. Confesamos nuestras miserias para alcanzar la misericordia de Dios; confesamos nuestros pecados para recibir la absolución.
          Cuando en el sacramento de la penitencia nos acercamos a la misericordia de Dios, hacemos nuestra la oración del salmista: “Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”(4).
          Por el amor y la humildad somos llevados a destino puesto que sin ellos podremos conocer el destino pero nunca llegaremos a alcanzarlo.
          Si la caridad es la mayor de todas las virtudes ordenadas a Dios, por la que lo amamos sobre todas las cosas y amamos a los otros como a nosotros mismos por amor de Dios; la humildad es la madre de las demás virtudes morales.
          El Señor nos exhorta a ser como Él: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón(5) y encontraréis descanso para vuestras almas”(6).
          Es, nuevamente, el Espíritu Santo que nos convence de pecado y que bajo su luz nos permite realizar un verdadero y honesto examen de conciencia para reconocer en qué no soy humilde y qué debo hacer para practicar esta virtud.
          Quien ve su nada, quien reconoce sus muchas limitaciones y miserias no puede menos que tener ojos y entrañas de misericordia en su juicio y en su obrar sobre los demás.

“Los invito nuevamente y los ruego que oren por aquellos a quienes mi Hijo ha llamado”.
          La Santísima Virgen no puede concluir su mensaje sin mencionar a los sacerdotes. Muchas son las razones y varias de ellas ya las hemos ido comentando. Una principal, sin duda alguna, es que son los sacerdotes quienes deben conducir al rebaño en todo tiempo y siendo éstos ya de mucha confusión doctrinaria y moral, deben ser firmes pastores, iluminados y fortalecidos especialmente por el Espíritu Santo. Deben ser los primeros apóstoles porque la misión de todo sacerdote es la de llevar a Cristo y ser otro Cristo en la obra de la salvación de las almas.
          Es en la Iglesia que se encuentran, y sólo en ella, todos los medios de salvación y los sacerdotes son sus ministros. Ministros de los sacramentos. Por eso es que coinciden los mayores ataques tanto a la Eucaristía -a la que se la pretende banalizar a través de liturgias desacralizadas y de negaciones de falsa teología- como al sacerdocio ministerial donde se busca igualarlo al común de los bautizados y donde un feminismo extemporáneo absurdamente pretende que haya mujeres sacerdotisas. La intención es diabólica y clara: eliminado el sacerdocio ministerial no hay Eucaristía ni absolución de pecados; devaluados los sacramentos a meros símbolos el sacerdocio pierde su razón de ser.
          Estos son tiempos en que también se necesitan profetas que no sólo anuncien sino que además denuncien el mal que aqueja al mundo debido al alejamiento de Dios.
          Por todo esto, porque –lo dijo la Madre de Dios- que junto a los sacerdotes será el triunfo de su Corazón Inmaculado, y porque son los más atacados por el Enemigo en todos los frentes posibles, es que reitera el pedido de no dejar de rezar por aquellos a quienes su Hijo ha llamado.

          Reina de los apóstoles y Madre de todos los sacerdotes, hijos tuyos predilectos, acompaña nuestro camino y no permitas que nos perdamos ni que desfallezcamos fallándole a tu Hijo. Ora por nosotros para que siempre fielmente lo sigamos y seamos sacerdotes según su Corazón. Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo
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(1) Mensaje del 2 de agosto de 2012
(2) Cf. Lc 9,23
(3) Mensaje del 2 de junio de 2012
(4) Sal 50,12
(5) Dice santo Tomás de Aquino: "La humildad no es propia de Dios por no tener superior, al estar por encima de todo... Pero aunque la virtud de la humildad no pueda aplicarse a Cristo en Su naturaleza divina, sí puede aplicársele en Su naturaleza humana y Su divinidad hace que su humildad sea más digna de alabanza porque la dignidad de la persona se suma al mérito de la humildad. Y no puede haber una dignidad más grande para un hombre que ser Dios. Por lo tanto la mayor de las alabanzas le corresponde a la humildad del Dios Hombre, quien para rescatar los corazones de los hombres de la gloria del mundo al amor de la gloria divina, eligió aceptar no una muerte común sino la muerte más ignominiosa" (Suma Contra Gent. lb. IV, cap. iv; cf. lb. III, cap. cxxxvi).
(6) Mt 11,29


25 de octubre de 2012

¡Queridos hijos! Hoy los invito a orar por mis intenciones. Renueven el ayuno y la oración, porque satanás es astuto y atrae muchos corazones al pecado y a la perdición. Yo los invito, hijitos, a la santidad y a vivir en la gracia. Adoren a mi Hijo para que Él los colme con Su paz y Su amor a los que ustedes anhelan. Gracias por haber respondido a mi llamado.

Hoy los invito a orar por mis intenciones. Renueven el ayuno y la oración, porque satanás es astuto y atrae muchos corazones al pecado y a la perdición.
          Mientras en la Iglesia se suele callar y pocos hablan de satanás, del infierno, de las acciones diabólicas y cómo contrarrestarlas, nuestra Santísima Madre continuamente nos alerta acerca de la acción demoníaca y nos dice cómo combatirla.
          Se ha dicho, y con razón, que sobre satanás y los demonios se puede incurrir en dos graves errores: nunca mencionarlo y con ello contribuir a la estrategia del Enemigo -que es la de hacer creer que no existe y que tampoco existe el infierno, que todo es rémora de tiempos de ignorancia- o bien todo lo contrario, o sea atribuir al Demonio un poder omnímodo dándole así una desmedida importancia, ya que se lo convierte en una especie de segundo dios. Esto último es grave herejía, porque satanás es una criatura, ciertamente poderosa, pero jamás se lo puede comparar a Dios a quien está sometido.
          La Santísima Virgen es la potentísima enemiga del Adversario de Dios y de los hombres, el Dragón o la serpiente antigua o Diablo o satanás (Cf. Ap 12:9). Ante su presencia huye el Demonio. Ella, la que le aplasta la cabeza al Soberbio Enemigo (Cf Gn 3:15) nos recuerda, a nosotros sus hijos, cómo combatir a satanás, cómo impedirle que se aproveche de nuestras grietas y debilidades. ¿Cómo? Pues, renovando la oración y el ayuno, que significa reforzar la oración alicaída y retomar el ayuno si se lo ha dejado.
          En el episodio del joven poseído (Mc 9:17ss) -a quien los discípulos de Jesús no pudieron exorcizar del demonio que lo tenía esclavo y que hasta en ocasiones intentaba matarlo- luego de que el Señor lo había expulsado, sus discípulos le preguntan porqué ellos no lo habían logrado. El Señor les responde que a ciertos demonios no es posible expulsarlos si no es con oración y ayuno (Cf. Mc 9:29).
          A satanás se lo combate con la oración y el ayuno. Con la oración del corazón y el ayuno del corazón. Es decir poniendo el corazón en la oración y en el ayuno, puesto que ambos van dirigidos y ofrecidos a Dios.
          Es con el poder de Jesucristo acompañado del ayuno, sacrificio ofrecido al Señor, que satanás es alejado.
          Oración y ayuno van juntos. La oración ayuda a ayunar y el ayuno potencia la oración. Cuando una persona ora y ayuna con el corazón en él reina sólo Dios y no hay lugar para el Enemigo.

          Pareciera que en este mensaje la Santísima Virgen se refiriese a la acción ordinaria del Demonio, que es la tentación por la que atrae a las almas hacia el pecado que aparta de Dios y las lleva a la destrucción y perdición final. Sin embargo, también cabe su advertencia, y hoy más que nunca, para no caer víctima de las acciones extraordinarias del Demonio que tienen lugar cuando, por ejemplo, repetidas veces se cae en pecados graves; cuando la tentación es buscar poderes o satisfacer deseos espurios y se recurre a la magia de cualquier tipo; cuando se incursiona en el esoterismo y el ocultismo porque en esos casos se les está abriendo puertas de acceso a satanás cayendo así en sus garras y terminando siempre padeciendo males mayores que se manifiesta en esas acciones extraordinarias y que llegan a requerir la intervención del exorcista(1). En esos casos –que ocurren cuando los llamados suyos son desoídos o ignorados- lo primero es hacer la inmediata renuncia a tales prácticas y a satanás, el instigador, y hacerlo en el ámbito de una confesión sacramental con el propósito de emprender una vida de intensa conversión a Dios. Sólo así el exorcismo o las oraciones de liberación hechos por el sacerdote serán eficaces. La lucha puede llegar a ser ardua, el combate largo en el tiempo pero, nunca, aún quien ha cometido graves pecados y se ha visto implicado en prácticas satánicas, debe perder la esperanza porque sólo Dios es Omnipotente y puede, por ello mismo, revertir el mal en un bien mucho mayor que el imaginado.
          El Padre Emmanuel Dumont en su libro de demonología pastoral(2) escribe: “Como el demonio se opone con todas sus fuerzas a nuestra santificación, es un hecho que Dios se sirve de él de un modo particular para hacernos avanzar en las profundidades de la vida espiritual por medio de un camino de purificación, de fe y de esperanza. Es así como muchos despiertan y se vuelven fervorosos gracias a los ataques demoníacos, redescubriendo la importancia de los sacramentos y de la oración, como también de otros medios de combate espiritual (la palabra de Dios, el ayuno y la vigilia, la limosna, la devoción mariana)”.
          Puede que la persona que se ve muy afectada por acciones perturbadoras del Enemigo acuda a la Iglesia y busque un sacerdote con la sola y única idea de quitarse de encima el mal que la acosa. Como quien busca un remedio sólo para su alivio, sin más, y pretenda hacer uso meramente instrumental de un sacramental, como la oración de liberación o la de exorcismo. Puede que entienda que los sacramentos son como una medicina que se toma en tanto aqueja la enfermedad y después se discontinúa, sin darse cuenta que la raíz de todo su mal está en su alejamiento de Dios y que su problema sólo se resuelve acercándose a Él, a su amor. En esos casos, es labor del sacerdote no sólo procurarle el alivio y la liberación sino llevarla al encuentro con Cristo, el Salvador. El sacerdote deberá ayudarle a encontrar el camino de fe y de esperanza hacia Cristo victorioso, del mal por la Cruz, y a hacer experiencia del amor del Señor que la sanará y salvará. A medida que la persona recupera la esperanza pone en perspectiva y relativiza la acción del demonio, y ello por la certeza que Dios hará que el mal se vuelva un bien para ella. Por eso, la cuestión no es tanto saber de dónde vino el mal sino de poner en evidencia el camino de gracia que se le está ofreciendo. Ese camino es camino de conversión y la conversión implica oración y plena acogida a los sacramentos así como a la adoración. Se trata, en definitiva, de desplazar la mirada sobre el mal padecido volviéndola hacia Jesucristo, con la conciencia que es una prueba de la que se debe salir con una mayor fe y un mayor amor.
          El poder liberatorio, sea de las acciones ordinarias de tentación y también de discordias por malentendidos y por incitación a litigar, o bien de las extraordinarias, está –vale la pena repetirlo- en los sacramentos y en la adoración. Puesto que cuando nuestra Madre nos dice:

Yo los invito, hijitos, a la santidad y a vivir en la gracia.
         
Lo que está diciendo es que vivamos una vida sacramental, con buenas y frecuentes confesiones(3), participación asidua de la Misa(4), a lo que se agrega la oración diaria y fundamentalmente el Rosario diario. Rezar por la mañana y por la noche. La oración debe ser la puerta que abra y cierre el día. Rezar más y mejor, con seriedad, con la paz del corazón reconciliado con Dios y con el otro (el perdón antes que nada). Decidir buscar siempre la voluntad de Dios en todo y obedecer a los Mandamientos de amor (Dt 5:1-22; Mt 5:6-7). Ayunar, como lo pide la Santísima Virgen, los miércoles y los viernes a pan y agua(5). Renunciar a las banalidades, vanidades y frivolidades. Vestirse decentemente. Cuidar de no mirar en la TV o Internet aquello que sea nocivo como escenas de erotismo, pornografía, violencia. Ayunar con el corazón, como pide nuestra Madre. Nutrirse con la meditación de la Palabra de Dios, las enseñanzas de los santos(6) y de la Iglesia.

Adoren a mi Hijo para que Él los colme con Su paz y Su amor a los que ustedes anhelan.
         
A la oración y el ayuno, Ella agrega la adoración a su Hijo, o sea la adoración eucarística(7). La adoración nos permite ahondar el misterio, tener encuentros con el Señor más profundos, prolongados y perdurables que los que tenemos en las celebraciones eucarísticas, y así, en la medida que entramos en su intimidad Él entra en la nuestra. Porque adorar es penetrar en el misterio del amor de Dios, que es su intimidad más profunda, y dejarse penetrar por su amor.

          De esa cercanía a Dios en Jesucristo viene la paz y se recibe el amor porque en la adoración se acude a la fuente del amor y de la vida.
          Todos, aún aquellos que no son conscientes de ello, añoran la paz y el amor. La única paz verdadera es la que viene no del mundo sino de Jesucristo (Cf Jn 14:27). Todos anhelan el amor, sentirse amados y poder amar, y ese amor viene de la única fuente inagotable que es la misma fuente de agua viva: Jesucristo, el Señor. Éste es el don de Dios que está al alcance de todos. De todos los que se comuniquen con Él mediante la oración y lo adoren en espíritu y en verdad (Cf Jn 4:10s).

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org
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(1) Las acciones extraordinarias del Demonio son la obsesión diabólica (un caso típico es cuando la persona siente interiormente una voz o algo que la impulsa a cometer suicidio o a matar), la opresión o vejación diabólica (es la acción externa y física contra la persona, ésta la padecieron santos de la talla del P. Pío y del Santo Cura de Ars), la infestación diabólica (es sobre los objetos, sobre las casas) y la posesión diabólica (cuando se apodera del cuerpo de la persona, este caso requiere del exorcismo). Se puede caer víctima por haber estado la persona involucrada en el esoterismo, ocultismo, tarot, prácticas como el Reiki y otras, pero también sin participación directa alguna sino como consecuencia de otras causas. La protección es siempre vivir en la gracia de Dios, como nos exhorta nuestra Madre en este mensaje.
(2) Emmanuel Dumont, Louis Pelletier, “Demonologie pastorale et pratique de la prière de Liberation”, en Combattre le démon, histoire, thèologie, pratique. Èditions de l'Emmanuel, 2011, pag. 205
(3) Pidió que la confesión sea al menos mensual y para los consagrados semanal. Las personas divorciadas que vivan con otra pareja pueden acceder a los sacramentos si deciden vivir como hermanos.
(4) Si fuera posible diariamente y, desde luego, no faltar a la dominical o de precepto.
(5) Quien no pueda por razones médicas siempre podrá hacer algún sacrificio en la comida, privarse de algo que le guste.
(6) La Reina de la Paz en todos estos más de 30 años de apariciones en Medjugorje las únicas lecturas a que hizo referencia y recomendó fueron la Sagrada Escritura (diariamente) y la vida de los santos.
(7) No hay mejor exorcismo para un lugar que tener adoración y sobre todo perpetua, es decir incesante.


2 de noviembre 2012

Queridos hijos, como Madre les imploro: perseveren como mis apóstoles. Ruego a mi Hijo para que les dé sabiduría y la fuerza divina. Ruego para que puedan discernir todo lo que los rodea según la verdad de Dios y se opongan fuertemente a todo lo que desea alejarlos de mi Hijo. Ruego para que puedan testimoniar el amor del Padre Celestial según mi Hijo. Hijos míos, grandes gracias les han sido dadas para ser testimonios del amor de Dios. No tomen a la ligera la responsabilidad que les es dada. No aflijan a mi Corazón maternal. Como Madre deseo fiarme de mis hijos, de mis apóstoles. Por medio del ayuno y la oración ustedes me abren el camino a que yo ruegue a mi Hijo, para que Él esté junto a ustedes y para que a través de ustedes su Nombre sea santificado. Oren por los pastores, porque nada de todo esto sería posible sin ellos. Gracias.

Queridos hijos, como Madre les imploro: perseveren como mis apóstoles
         
En este mensaje hay un llamado concreto con un nombre también concreto: ser apóstoles y perseverar como tales.
         Sentir que formamos parte de aquellos hijos que escuchan a la Madre no necesariamente equivale a afirmar que se la sigue y se cumple con lo que Ella nos pide. El seguimiento va más allá del sentimiento de amor que digamos profesarle. El seguimiento es la acción concreta en el amor. Seguirla significa ir a los demás y no encerrarse en un reducto, es convertirse en enviado de Ella, ya que apóstol significa eso: enviado. Ser apóstol no es una cuestión de exhibir un título sino de ejercerlo. Y el apostolado, lo dice, es el de dar testimonio del amor de Dios revelado en su Hijo, Jesucristo.

Ruego a mi Hijo para que les dé sabiduría y la fuerza divina
         
Nuestra Madre no deja de orar por nosotros para que seamos sus auténticos enviados, para que perseveremos en la misión que se nos encomienda y para que el Señor nos dé sabiduría y fortaleza, que son dones del Espíritu Santo. Sabiduría para tener la luz del discernimiento en la gran confusión actual y en la aún mayor confusión que se cierne sobre el mundo: la gran apostasía, la impostura de la mentira que niega a Dios, niega su salvación –incluso bajo la diabólica trampa que siendo Dios bueno no puede condenar a nadie y que todos finalmente se salvan-, y niega a Jesucristo como único Salvador de los hombres.
          La persecución, por parte del poder en sus distintas manifestaciones, que ha comenzado y que cada vez será mayor, más evidente y feroz, requerirá tesón y heroísmo para poder dar testimonio, y por ello, debemos ser revestidos de fortaleza. Fortaleza para el combate espiritual y para, en medio de ese combate, dar testimonio de la fe verdadera en el amor de Dios. Ese mismo amor que envía a la Virgen Santísima para guiarnos y revelarnos el tiempo que estamos viviendo. Por eso mismo, una de las estrategias del Enemigo –para sembrar más confusión, que es lo suyo propio, y para desviar del verdadero camino a los fieles y a toda persona que intenta acercarse a Dios- es la de disfrazarse del Señor o de la Virgen con falsos videntes, con mensajes que remedan a los de Medjugorje y a través de estos inocular el veneno. Para ello se vale de muchas debilidades nuestras y una, no menor, la de la curiosidad.
          La curiosidad, a veces asociada a la morbosidad de conocer calamidades que se dice van a acontecer, lleva a muchos a hurgar en la red para saber qué dice en tal o en cual parte la supuesta Virgen, qué apariciones nuevas hay, y por añadidura a volverse, por falta de discernimiento, en propagadores de esas mentiras que de inocentes no tienen nada. Pues, la exhortación es a abandonar todas esas cosas y a dedicarse a vivir los mensajes. A rezar y ayunar. Poniendo siempre el corazón en el ayuno y en la oración, para que sean verdaderamente del corazón. A confesarse asiduamente, no por rutina sino para purificar el corazón, convencidos del mal que anida en nosotros, acusando los propios pecados (¡no lo de los demás!) con ánimo contrito y por ese medio de la reconciliación acercarse cada vez más a Dios. A vivir la Eucaristía que se celebra y a adorarla, que es adorar a Dios mismo. A leer y orar la Palabra de Dios, sobre todo los Evangelios. Y siempre a vivir en la caridad, en el amor, amando y perdonando.

Ruego para que puedan discernir todo lo que los rodea según la verdad de Dios y se opongan fuertemente a todo lo que desea alejarlos de mi Hijo. Ruego para que puedan testimoniar el amor del Padre Celestial según mi Hijo
         
Discernir lo bueno de lo malo; y no sólo eso sino también discernir lo mejor, lo perfecto, lo que más agrada a Dios de lo que en sí es bueno, todo eso supone actuar luego acorde a lo discernido, a lo que hemos pasado por el tamiz de la verdad y el amor, y, por tanto, a escoger y vivir lo verdadero, lo puro, lo auténticamente bello para caminar en la santidad.
          Santidad es unión con Cristo, santidad es avanzar en el amor y oponerse con todas las fuerzas al engaño, a la mentira, a la seducción del mal en todas sus formas.
          Oponerse fuertemente a todo lo que desea alejarnos de Cristo, como lo pide nuestra Santísima Madre, significa tolerancia cero para con el mal, por más que venga disfrazado de bien para uno mismo o para los demás.
          Nuestra oposición al mal es combatida por la falsa tolerancia que nos acusa a nosotros de intolerantes. La falsa tolerancia es tolerancia al mal, a la ofensa a Dios e intolerancia a todo lo bueno y santo. La falsa tolerancia se reviste del ropaje del falso lenguaje, aquel que llama a las cosas por lo que no son, y lo hace para confundir a las almas desprevenidas y débiles en la fe y en la moral. Por eso, se debe pedir constantemente a Dios la luz del discernimiento.
          No puede haber tolerancia alguna con el pecado, con lo que aleja de Dios. La única tolerancia debida es la de la caridad hacia el pecador. La revelación de Dios no es materia opinable. El orden moral no es relativo; la ley de Dios es explícita, clara, inequívoca. El mal o el bien no son productos de culturas, no están en función del momento histórico en que se vive, no pueden ser intercambiables de acuerdo a las épocas. La Verdad es para todo tiempo y lugar. No es cuestión de ver cuándo se puede matar o cuándo no, cuando es lícito el adulterio y cuándo no. No matarás es para siempre y en toda circunstancia. Una unión ilegítima aunque para los hombres sea lícita porque la ley que han hecho lo admita, sigue siendo ilegítima. El pecado contra natura es pecado contra natura y no hay más.
          No se puede dialogar con la mentira, no se puede aceptar que para unos lo que está mal para otros está bien y que no creerlo así es ser intolerante. El mal penetra en la vida de las personas a fuerza de costumbre, de ver lo anormal como si fuera “normal”. No hay que permitir que nos invada y nos volvamos complacientes con él.
          El mal seduce y no debemos dejar que nos seduzca. Y toda vez que se caiga –de hecho, de pensamiento, de palabra o por omisión de obrar el bien que podríamos haber brindado- hay que acudir rápidamente al Salvador para que Él nos vuelva a levantar, nos transmita la gracia y haga que recuperemos la perdida dignidad de hijos de Dios. Dicho lo mismo con otras palabras: hay que confesarse ante un sacerdote confesor.

          Dar testimonio de Dios no es posible hacerlo por la sola voluntad. Nuestra voluntad es débil y por sí misma no puede lograr el bien al que estamos llamados. Sólo la gracia de Dios permitirá repeler las tentaciones que constantemente padecemos, sólo la gracia nos fortalecerá para el rudo combate, sólo la gracia nos enviará al mundo a dar testimonio de Dios que ama y que salva.

Por medio del ayuno y la oración ustedes me abren el camino a que yo ruegue a mi Hijo, para que Él esté junto a ustedes y para que a través de ustedes su Nombre sea santificado
         
La oración y el ayuno no sólo son nuestras armas para el combate contra satanás, sino también la vía, que abrimos con nuestra participación, para que nuestro Señor atienda los ruegos de su Madre y venga a nuestro lado.
          Vale decir, tenemos que hacer nuestra parte. No puedo quedarme con que, por ejemplo, soy sacerdote, o soy consagrado a la Virgen, o que porque difundo o comento los mensajes considerarme su apóstol si en los hechos no vivo lo que me está pidiendo, si no oro ni hago y ofrezco mis sacrificios para que Dios me convierta en portador de su amor.

Hijos míos, grandes gracias les han sido dadas para ser testimonios del amor de Dios. No tomen a la ligera la responsabilidad que les es dada. No aflijan a mi Corazón maternal. Como Madre deseo fiarme de mis hijos, de mis apóstoles
         
El momento es muy serio, la misión muy importante como para tomarla a la ligera. Los dones que nos dan no son para esconderlos. No caigamos en una falsa humildad, que en esto nada tiene que ver cuánto conocidos eres o qué posición tienes en la vida, porque sólo Dios y la Virgen saben la importancia de cada uno en este drama de la salvación. No puedo ni debo decirme, por ejemplo, no soy nada, no cuento para nada, quién me va a escuchar, porque eso lleva al desaliento y al quietismo. Por supuesto, que soy nada y que todo lo debo al amor de Dios y a su gracia, pero esta nada que soy es amada por Dios, por la Virgen, y esta nada está ahora llamada a la misión de ser enviado a este mundo como testigo del amor de Dios, de que ese amor suyo, que pasa por mí, va dirigidos a todos, para que el mundo se salve. Entonces sí, orando, ayunando, viviendo los mensajes de la Virgen que son los de la Iglesia (aunque ya no se hable de ayunar y poco de orar) podremos ser los apóstoles, enviados de la Madre de Dios para estos tiempos, dando –con la fuerza que viene del Espíritu Santo- testimonio del amor de Dios Padre, en Cristo, con Cristo y por Cristo.

Oren por los pastores, porque nada de todo esto sería posible sin ellos
         
Por la importancia que reviste, nuestra Madre no deja de repetir en cada mensaje su pedido de rezar por los sacerdotes. El triunfo de su Corazón Inmaculado vendrá junto a sus sacerdotes. Puesto que ¿cómo sería posible purificar el corazón y obtener el perdón de Dios sin el sacerdote que te confiesa? ¿Dónde te alimentarías espiritualmente y tendrías las fuerzas para el camino y para el duro combate sin la Eucaristía? ¿Dónde encontrarías guía espiritual y consejos en momentos de confusión? Rezar por los sacerdotes es rezar para que sean santos y puedan ser verdaderos, luminosos, valientes pastores de estos tiempos turbulentos.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de diciembre 2012

Queridos hijos, con amor maternal y con maternal paciencia los invito nuevamente a vivir de acuerdo a mi Hijo, a difundir su paz y su amor, y así, como apóstoles míos, puedan acoger con todo el corazón la verdad de Dios y orar para que el Espíritu Santo los guíe. Entonces podrán fielmente servir a mi Hijo y mostrar a los otros su amor con sus vidas. Por el amor de mi Hijo y mi amor, como Madre, lucho para llevar todos mis hijos extraviados en mi abrazo maternal y para mostrarles el camino de la fe. Hijos míos, ayúdenme en mi lucha maternal y oren conmigo para que los pecadores puedan volverse conscientes de sus pecados y sinceramente se arrepientan. Oren también por aquellos que mi Hijo ha elegido y consagrado en su Nombre. Gracias.


Queridos hijos, con amor maternal y con maternal paciencia los invito nuevamente a vivir de acuerdo a mi Hijo
          ¿Cómo se vive de acuerdo a Jesús? En obediente unión con Dios y con corazón humilde y puro.

a difundir su paz y su amor
         
No se trata de solamente difundir el anuncio evangélico, el Kerigma. Es decir no basta con anunciar que Jesucristo murió y resucitó, que es Dios hecho hombre que vino a salvar al hombre y que no hay otro Salvador sino Él. Sí, es necesario hacerlo pero no es suficiente sino se lo vive en sí mismo. A la Buena Nueva se la propaga difundiendo, junto al mensaje de salvación, la paz y el amor de Cristo.

y así, como apóstoles míos

         
Queda claro, entonces, que el apóstol de la Santísima Virgen es quien viviendo de acuerdo al Señor, obediente a Dios, manso y humilde de corazón, lleva la paz y el amor al ambiente donde le toque vivir e ir.

puedan acoger con todo el corazón la verdad de Dios y orar para que el Espíritu Santo los guíe
         
Esta parte del mensaje es de una densidad enorme porque hoy más que nunca no sólo vivimos inmersos en la negra oscuridad del error, de la falsedad, del pecado sino que la sociedad a todo esto que es intrínsecamente malo lo toma por un bien. Por tanto, se vive de modo tal que en materia de moral y de fe nada hay que corregir y de nada hay que arrepentirse. Se vive sin Dios.
          La advertencia de Dios es tremenda y no deja lugar a dudas cuando dice, por boca de su profeta Isaías: “Ay, de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas” (Is 6:20).

         
El apóstol verdadero es apóstol de la verdad y puede servir de guía para otros porque es, a su vez, guiado por el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien muestra la verdad e ilumina la Palabra siempre viva, que es la Verdad misma, para que la Palabra sea anunciada tal cual es y para que seamos por ella interpelados.

          A la verdad de Dios se opone la mentira del Demonio. Nuestro Señor en el Evangelio lo llama Padre de la Mentira y también Príncipe de este mundo.
          La mentira se enseñorea en el mundo disfrazándose de verdad y en ocasiones de caridad. Es el caso de lo que se llama eufemísticamente “muerte digna”. La Iglesia habla de defensa de la vida desde el momento de la concepción hasta el de su muerte natural. Por muerte natural se entiende que el hombre no acorte la vida de otro, matándolo, ni que prolongue su muerte en un ensañamiento terapéutico. Usando esa expresión, que tan bien suena, “muerte digna”, se cuela la eutanasia.
          Bajo los nombres mentirosos de ley de salud reproductiva y de interrupción del embarazo se mata a un inocente y a eso se lo llama derecho.
          Este tipo de mentiras criminales a fuerza de repetirse sofocan las conciencias y entran a formar parte de la categoría de bienes.
          Mentira, otro ejemplo, es decir que todas las religiones son iguales. Mentira es sostener que, siendo Dios misericordioso, no puede haber castigo eterno y que finalmente todos se salvan.
          Diabólico es culpar a Dios del mal del mundo. Es diabólico porque el Acusador no sólo nos acusa a nosotros sino a Dios mismo. Por eso, ante el mal que padecen los inocentes, unos -interpelando a Dios- se declaran ateos y otros ante el mismo mal se interpelan a sí mismos. Estos últimos son los que transitan caminos de santidad, los que se preguntan qué puedo hacer yo para aliviar el dolor y para combatir el mal.

          En el gran libro de la mentira los falsos profetas junto a los falsos maestros ocupan todo un capítulo aparte.
          Entre los falsos profetas hay falsos teólogos y falsos videntes. Los primeros erigen conjeturas que elevan a la categoría de verdad. Si sus teorías son desmentidas por la realidad, entonces peor para la realidad. Nunca se desdicen, nunca admiten errores. Para ellos el Magisterio no es infalible, sólo ellos son infalibles. Al Magisterio lo atacan constantemente. Atacan al Papa porque la única autoridad es la de ellos. Si son biblistas tratan a la Palabra como quien diseca un cadáver. Parten del prejuicio de la no sobrenaturalidad y así los milagros y el mundo sobrenatural como el angélico no existen ni existieron sino que han sido invenciones posteriores, recursos o estilos literarios propios de la Biblia o bien elaboraciones teológicas que persiguen dar una enseñanza. Estos falsos teólogos son los que sostienen que hubo un Jesús histórico, de quien se conoce muy poco o nada, mientras que se predica y cree en un Cristo de la fe que surge posteriormente como decantado de las primeras comunidades cristianas. Una de las viles consecuencias de esta herejía es el poner en duda (o sea insidiosamente negar) el acontecimiento central de la fe que es la Resurrección. San Pablo lo pone muy claramente cuando dice: “Y si Cristo no resucitó vana es nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Cor 15:14). Y agrega: “Si sólo para esta vida tenemos puesta la esperanza en Cristo, ¡somos, de todos los hombres, los más dignos de compasión! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, primicia de los que murieron” (1 Cor 15:19-20).

          Falso vidente es el que engaña o el que es engañado y cree que lo que recibe es de Dios cuando no lo es. Las advertencias sobre este tema nunca serán suficientes. Hay una gran profusión de estos personajes, algunos ya de vieja data y otros que se van incorporando. Decididamente, éste es un signo de los tiempos: el acrecentarse de falsos videntes con falsos mensajes, verdaderos agentes de confusión. sumado al otro signo, la apostasía general.
          Entre ellos están, entonces, los que se hacen pasar por auténticos videntes que reciben mensajes, los que, a su vez, son plagiados o imitados de los auténticos, y están los que sí reciben mensajes pero no vienen de Dios. Por ese motivo, hoy más que nunca es importante el discernimiento de espíritus.
          Muchas personas de buena fe juzgan equivocadamente porque piensan que si alguien tiene conocimiento de realidades que están ocultas a los demás y si anticipan cierto acontecimiento futuro, son por eso auténticos profetas. Para ilustrar este peligroso equívoco es necesario recurrir a la Palabra de Dios. Concretamente a Hechos de los Apóstoles, al capítulo 16 donde san Lucas relata el episodio de una esclava que seguía a Pablo y a sus compañeros gritando: “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian un camino de salvación”. Si simplemente nos atuviéramos al anuncio diríamos que esa mujer estaba en la verdad. Por cierto que lo que decía era verdad, lo que se le había revelado hasta allí era verdad. Pero –nos informa san Lucas- estaba poseída de un espíritu de adivinación. El mal espíritu puede decir la verdad pero nunca puede ser espíritu de verdad y por tanto fuente de verdad. Si usa la verdad es para enmascarar un engaño mayor. ¿Qué hace san Pablo? La exorciza. Le dice al espíritu: “En nombre de Jesucristo, te mando que salgas de ella”, y el espíritu en el mismo instante salió. (Cf. Hch 18:16ss).
          Faltando discernimiento se corre el peligro de caer en la trampa y dar por auténtico lo que es falso, dar por algo de Dios lo que es del Diablo. Esto es lo que hoy ocurre y no pocas veces. Es así como la medianidad, que es de origen diabólico, se toma por carisma. La medianidad consiste en penetrar la realidad y saber de acontecimientos distantes en la geografía o en el tiempo o de padecimientos de una persona. Así, sin más, es adivinación y la práctica de la adivinación es abominable a Dios, como claramente lo dice la Palabra en Deuteronomio, capítulo 18 versículos 9 y siguientes. Ciertamente que hay quienes se dicen adivinos y son meros embusteros, pero hay otros que tienen verdaderos poderes de adivinación y eso es demoníaco. Por supuesto que quien engaña y miente lo hace bajo la acción del Padre de la Mentira, pero el alcance del daño es más limitado.
          El falso vidente de mayor cuidado es el que recibe sí mensajes que no vienen de Dios y a quien el Maligno le transmite además poder de seducción.

          También se difunden las falsas enseñanzas de falsos maestros. Sus escritos suelen presentarse o como auto ayuda o como una suerte de guía espiritual. Dicen ser católicos, habiendo, por cierto, entre ellos y entre los falsos teólogos, sacerdotes y alguna que otra religiosa. Para colmar la confusión sus libros se venden en librerías católicas y sus opiniones aparecen en algunas revistas también llamadas católicas. Uno de ellos, muy renombrado y muy vendidos sus libros, suplanta directamente a Cristo por Freud.

          Porque la oscuridad es tan grande, porque el humo de Satanás –como lo denunciaba el Papa Pablo VI a comienzos de los años setenta- penetró hasta en la misma Iglesia, es por ello que la Santísima Virgen viene y viene como Madre de cada uno de nosotros y Madre de la Iglesia. Viene para decirnos que permanezcamos unidos a Ella, que es estar unidos a Cristo, que esparzamos el perfume del Señor llevando su paz y su amor a todas partes. Que sigamos fieles a la verdad, que es la verdad de Cristo, que es la verdad del Magisterio de la Iglesia que tenemos compendiada en el Catecismo, y nos exhorta a que oremos al Espíritu Santo para que, en todo momento, tengamos la luz de la verdad en medio de las tinieblas del error y de la mentira.

          Orar al Espíritu Santo, valga también esto decirlo, no es simplemente hacerle una novena o buscar una oración más o menos larga sino poner el corazón al pedir su guía porque sin su guía el alma se pierde.

Entonces podrán fielmente servir a mi Hijo
         
Es recién a partir de la iluminación de la verdad que se podrá ser fiel a lo que el Señor quiere de nosotros. Porque quien, aún de muy buena fe, está en el error, quien permanece en la confusión, desatendiendo las advertencias del Magisterio, y no discierne los signos cayendo en el engaño, por ejemplo de falsos profetas, no está siguiendo al Señor y si difunde la mentira no lo está sirviendo sino que sirve, mal que le pese, al Enemigo.
          La seducción de la mentira se ejerce sobre todo, como lo dice san Pablo en su segunda carta a los cristianos de Tesalónica, en quienes no aceptan el amor a la verdad. Son, en palabras de nuestra Santísima Madre, en este mismo mensaje, aquellos que no “acogen con todo el corazón la verdad de Dios”. Al no acogerla, con pasión, con todo el corazón, se quedan con la “verdad” del Diablo, que es el engaño que lleva a la perdición (Cf 2 Ts 5:16-17).

y, mostrar a los otros su amor con sus vidas
         
La soberbia, el empecinamiento orgulloso en el error, el rechazo a seguir la verdad, oscurece el corazón y lo mantiene frío, incapaz de amar.

          Recapitulando: Este camino de seguimiento de Cristo bajo la guía segura de nuestra Madre –que se manifiesta en cada mensaje- es el del apostolado de los hijos de María. De esos apóstoles que veía brillar san Luis María Grignion de Monfort en los últimos tiempos. Es el apostolado de los hijos de la Mujer, “los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12:17).           El apóstol de la Virgen es aquel que combate con la oración y entre ellas principalmente el Rosario y que convence más que con la palabra con el ejemplo testimonial, por su amor de donación y por su generoso despojamiento.

Por el amor de mi Hijo y mi amor, como Madre, lucho para llevar todos mis hijos extraviados en mi abrazo maternal y para mostrarles el camino de la fe
         
Por el amor de los Sagrados Corazones, de Jesús y de María, la Virgen entabla batalla para rescatar a los hijos que están fuera del camino de fe. Y Ella lucha para arrebatarlos de las garras del Demonio y protegerlos encaminándolos hacia la fe en Cristo que salva.

Hijos míos, ayúdenme en mi lucha maternal y oren conmigo
         
Nos está diciendo: “Ustedes que quieren ser o que son ya mis apóstoles –ustedes que viven en la paz y el amor de Dios- únanse a mi lucha llevando esa paz y ese amor donde estén y adonde vayan. Que ese amor los impulse a unirse a mi oración para “que –por la oración y el testimonio de vida de ustedes- los pecadores puedan volverse conscientes de sus pecados y sinceramente se arrepientan”.

         
Quienes han desalojado a Dios de sus vidas por la indiferencia o por la rebeldía de una falsa autonomía pretenden vivir libres sin la verdad. Cuando la libertad no está ordenada a la verdad, cuando lo voluntad no es por ella gobernada entonces son las sensaciones, las emociones y los instintos los que gobiernan la voluntad. Cuando esto ocurre se peca sin saber que se ha pecado, porque se ha perdido la conciencia moral, pero ello no quita ni disminuye las consecuencias. Por eso, nunca pueden ser felices quienes siguen ese camino. Los que así viven, dándose sus propias reglas o ninguna, no saben porqué no tienen paz, no ven porqué sus vidas son caóticas y sin sentido, no alcanzan a comprender porqué el calor del amor no llega a ellos ni parte de ellos. Caminan por el ancho camino en declive que los lleva a la total perdición. Sin notarlo, sin darse cuenta. No conocen el gozo del corazón. No hay alegría en sus rostros ni sonrisa en sus labios porque no hay esperanza, ya que todo es efímero y corto, muy corto y el horizonte es la nada.
          Por esos hijos que están adormecidos en letargo mortal, porque viven en pecado grave sin siquiera notarlo, porque están anestesiados e incapaces de discernir al tomar acríticamente lo que le presentan como bueno cuando no lo es, porque son estafados espiritualmente y van hacia la ruina espiritual, por todos ellos, nuestra Madre nos llama a unirnos a la lucha.

          Nuestro acompañamiento a la obra de salvación de nuestra Madre es la oración de intercesión por ellos y nuestro ejemplo de vida para que, confrontándose, se den cuenta de dónde viene la verdadera paz y la alegría que a ellos les falta.

          La consigna es orar, no dejar de orar. Y también, siempre, por los sacerdotes a quienes hoy los identifica como aquellos a quienes Cristo eligió y consagró.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de diciembre de 2012

La Virgen vino con el Niño Jesús en brazos y no dio ningún mensaje, pero el Niño Jesús comenzó a hablar y dijo: "Yo soy vuestra paz, vivan mis mandamientos". Con la señal de la Cruz, la Virgen y el Niño Jesús, juntos, nos bendijeron.

          Este mensaje no conoce precedentes. En todos los años, desde que comenzó la Virgen a dar los mensajes los días 25 (1) de cada mes, nunca dejó Ella de hablarnos. Alguna vez nos dijo muy lacónicamente “oren, oren, oren”. Pero, nunca faltó a su empeño de hablarnos en esas fechas. Tampoco nunca, desde hace 31 años y medio o sea desde el comienzo de las apariciones, hubo un solo mensaje de nuestro Señor (2). Pues, ahora no sólo la Virgen no habla sino que quien lo hace es su Hijo.
          Todo esto puede hacernos pensar que estamos ante el cierre de una etapa o que nos encontremos quizás hasta ya próximos al mismo final de los mensajes.
          No es de descartar que tal impresión pueda estar condicionada porque, según se había dicho, pronto Roma dirá algo y, es de suponer también, que hará algo con respecto a Medjugorje. Es decir que el Vaticano podría disponer que se haga algo distinto de lo que estamos acostumbrados a ver y vivir.
          Este mensaje, en su modalidad y contenido, nos daría razones para pensar en un cambio radical a partir de ahora y el primer indicio sería justamente este cambio en la modalidad de quién da el mensaje.

          Al menos dos son las conjeturas que avalarían el pensar que estamos ante el fin de un tiempo en Medjugorje. Ambas surgen del análisis del mensaje mismo.
          La primera es por cierta simetría entre el primer mensaje de la Reina de la Paz, del 26 de junio de 1981 y este último. Es como si se tratara del abrir y el cerrar un tiempo especial, que el Cielo nos ha concedido.
          En efecto, la primera vez que la Santísima Virgen habló en Medjugorje fue para decirnos: “Paz, paz y sólo paz. Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres”. Y luego se dio a conocer como Reina de la Paz, venida -como Enviada de su Hijo- a traernos la paz que es el camino de la reconciliación con Dios y entre nosotros.
        Sin duda alguna estos casi 32 años han sido, para quienes acogieron los mensajes y los vivieron y viven, una escuela de conversión diaria a Dios, de consecuente crecimiento espiritual personal y de propagación de la fe renovada; totalmente acorde con las enseñanzas del Magisterio y la tradición de la Iglesia, como lo atestiguan los muchísimos grupos de Medjugorje en tantísimas parroquias y diócesis del mundo que han reavivado la oración y la adoración al Santísimo.
          La Virgen vino a hablarnos de lo esencial y a repetirlo, porque muchas veces no nos damos por enterados y porque su intención es resaltar la importancia de lo que nos pide hacer.
          Ahora, es el Hijo quien recapitula todo lo dicho por su Madre en este mensaje suyo. Está diciéndonos “esa paz a la que mi Madre los llamaba soy Yo. Esa paz viene de hacer lo que Yo les mando vivir”. “Ella les ha dicho lo que tenía que decir y, porque es vuestra Madre, lo dijo no una sino muchísimas veces y además permaneciendo todo este largo tiempo con ustedes”. Tantas veces ha repetido los mensajes que muchos, confundiendo las cosas, han despreciado esta gracia sobreabundante del cielo porque juzgaban que la Virgen no puede hablar tanto, ni repetirse tanto, ni decir cosas tan sabidas e incluso –se ha llegado hasta decir- banales. Quienes así opinaban y opinan no comprenden la gravedad de los tiempos que estamos viviendo y, por tanto, porqué la Virgen ha venido y ha estado y está tanto tiempo con nosotros y nos ha conducido por la mano mes tras mes.

          La otra razón, por la que daría la impresión de una despedida o al menos de un próximo final, está en la resonancia de las palabras del Niño Jesús: “Yo soy vuestra paz, vivan mis mandamientos”. El Señor, al despedirse de sus discípulos también menciona la paz, su paz, y los mandamientos como legados que les deja. Lo encontramos en los capítulos 13 y 14 del Evangelio de san Juan, cuando les dice: “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros… Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Cf. Jn 13:33-34). Y luego cuando agrega: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No dejéis que vuestro corazón se turbe ni tengáis miedo” (Jn 14:27).
          No parece casual tal paralelismo. Si las palabras son las mismas es de conjeturar que la circunstancia sea la misma.

          Esta aparición presenta otro rasgo muy importante y que debemos considerar: quien da el mensaje es Jesús pero Niño, en brazos de su Madre. Es el mismo Dios que viene en el Niño, el pequeño Hijo de María, para no asustarnos y darnos confianza, permitir acercarnos y para que podamos también acogerlo. No viene como Juez severo mas sus palabras están llenas de autoridad, de la autoridad de Dios. Y como Dios, Dios cercano, nos dice:

"Yo soy vuestra paz”
          Nadie que no sea Dios, puede darnos la paz porque la paz es un don que viene de Jesucristo. Nosotros no podemos generárnosla ni la paz es la simple consecuencia de circunstancias favorables.
          La llamada paz del mundo es una suerte de tregua, jamás plena, siempre condicionada, frágil y en la superficie del acontecer, y de la que se sabe que seguirá luego la hostilidad que la romperá.
          La paz que da el mundo no es la paz del corazón sino cierta tranquilidad que no posee raíces que ahonden en el corazón. Para el mundo tener paz es no ser agredido, no verse amenazado por ningún tipo de hostilidad, gozar de salud, de bienestar material. Esto, cuando y si se da, se presenta en un marco de bonanza general, precisamente cuando la gente más se olvida de Dios, y además es por naturaleza efímero. El hecho que las circunstancias sean todas favorables no quita el horizonte de la enfermedad y de la muerte propia y de personas allegadas y queridas que, ante la falta de Dios, provoca angustia.
          La paz de Cristo es totalmente diferente, porque Él mismo es la paz. Porque es nuestro Salvador, quien nos rescata de nuestras angustias y soledades, quien da respuesta a nuestra vida, por haber dado la respuesta definitiva a la muerte venciéndola con su Resurrección. Por eso, nos redime de nuestras pequeñas y grandes muertes –que son nuestros pecados- y por eso la muerte no tiene el poder de cancelar la vida que se vive en Cristo. “Oh Muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde tu aguijón?” (1 Cor 15:55).
          Tengo paz en la medida en que estoy unido a Cristo, anclado en Cristo, en que Él es el Señor de mi vida. Tengo paz en la medida en que no me aparto de sus mandamientos.

“Vivan mis mandamientos”
          Algunos de sus contemporáneos lo acusaban que su enseñanza iba contra la Ley que les había dado Dios por Moisés. Él les respondía: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento” (Mt 5:17). Y luego, para que se entienda bien que ni una tilde de la Ley dejaría de cumplirse, después de presentar a cada mandamiento con “Habéis oído que se dijo a los antepasados…”, replicaba afirmando “Pues yo os digo…” (Cf. Mt 5:21 ss). Con ello manifestaba un mayor rigor, una justicia superior derivada de la exigencia del amor. Es decir, el Señor no vino a edulcorar la Ley o a rebajarla sino a exigirla en su totalidad. Ahora mismo (es importante recordarlo) Él no hace descuentos a sus mandamientos como piden y exigen algunos grupos dentro de la Iglesia que se rebelan al Magisterio, alegando la necesidad de adaptación a la época. El Señor, en cambio, nos pide soportar el yugo de la Ley, que resume en los mandamientos del amor a Dios, sobre todas las cosas, y al otro como a uno mismo. Es el yugo suave del amor, es la carga que Jesucristo nos aligera.
          Lo esencial es el amor y de la respuesta de amor viene la paz que Cristo nos da. Es inútil buscar paz y felicidad si nos apartamos de Él, si rechazamos su amor.
          Vivir los mandamientos es vivir el amor hacia el otro, tal vez hoy distante de Dios y de nosotros, para hacerlo próximo atrayéndolo con nuestra intercesión y testimonio. Es dar a conocer el amor, dar a conocer a Cristo a quien no lo conoce, a quien no conoce el amor de Dios.

          No termina hoy el mensaje con las gracias que siempre nos da nuestra Madre por haber respondido a su llamado. Hoy, la respuesta nuestra debe ser la de vivir los mandamientos para recibir la paz del Señor. En lugar del agradecimiento recibimos la bendición de la Madre y del Niño.
          De ese Niño que es la Buena Noticia que atraviesa los tiempos y los espacios. De ese Niño, “Hijo del Eterno Padre y hombre verdadero, nacido de María que, siendo Madre no pierde la virginidad. Llamado Mesías y Cristo, Salvador que los hombres esperaban. Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida, ha acampado entre nosotros”.
         “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Dios ama. Venid adoremos al Salvador” (3) en esta Santa Navidad.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

PS: Ahora esperemos el mensaje del 2 de enero que recibirá Mirjana.

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(1) Muy al comienzo daba los mensajes todos los días, luego lo hizo los jueves hasta el 8 de enero de 1987 y a partir de entonces todos los días 25 de cada mes.
(2) La Virgen apareció una vez mostrando a Jesús en su Pasión y en todas las Navidades trayendo al Niño, como lo hizo la vez primera, aquel 24 de Junio de 1981. Sin embargo, mensajes de Jesucristo no hubo hasta ahora.
(3) De la Calenda (Pregón) de Navidad de la Misa del gallo.


¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!

 


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