Comentario de los mensajes

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Año 2005

25 de enero de 2005

           ¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia nuevamente los invito a la oración. Oren, hijitos, por la unidad de los cristianos a fin de que todos sean un solo corazón. La unidad entre ustedes será real en la medida en que oren y perdonen. No lo olviden: el amor vencerá sólo si oran, y vuestro corazón se abrirá. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

Por medio de este mensaje nuestra Santísima Madre nos hace presente la comunión de la Iglesia, la unidad que existe entre el Cielo y la tierra en la única Iglesia de Cristo. En efecto, en este tiempo en que la Iglesia ora, en la Semana de oración, por la unidad de los cristianos, la Iglesia Celestial mediante la Santísima Virgen, nos invita a orar por esta unidad que aún ha de darse en la tierra. La Iglesia -Una, Santa, Católica, Apostólica- que profesamos en nuestra fe es la Iglesia que ora en torno y junto a la Madre de Dios.

 

Según relata san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, luego de la Ascensión del Señor, descendiendo los Apóstoles del Monte de los Olivos hacia Jerusalén, una vez llegados a la ciudad, se dirigieron al Cenáculo, a aquella sala alta donde habían compartido la Última Cena del Señor, para orar. Cuarenta días antes, en aquel mismo espacio sagrado, habían sido investidos sacerdotes y el Señor les había dejado su presencia sacramental en el pan y el vino consagrados, con el mandato de conmemorar perpetuamente aquellos sagrados misterios. Ahora, les había ordenado permanecer en oración hasta la venida del Espíritu Santo, y por eso volvían a reunirse ellos, los Apóstoles, junto a algunas mujeres y a María, la Madre de Jesús y sus parientes. Todos estaban unidos en un solo corazón y eran unánimes –es decir, una sola alma- en la oración. Ésta es la primer Iglesia, la que aún no conoce las laceraciones de la división. Es la Iglesia orante, a corazón abierto, junto a María (Cf Hch 1:12 ss) .

 

La oración, según nos muestra las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia y según nos lo hace evidente la Santísima Virgen, es tanto causa como efecto de unión. Por la oración hemos de alcanzar la anhelada unidad, por la unión de corazones y de espíritu habremos de mantener y reforzar la unidad en la oración.

 

En aquella misma noche del Jueves Santo, antes de su Pasión, el Señor había elevado su oración al Padre para que todos seamos uno, como el Padre y Él son Uno. Es la oración sacerdotal de Jesús en la que ruega por los Apóstoles y por la Iglesia futura –“por todos aquellos que por su palabra (la de los Apóstoles) han de creer en Mí”- para que todos sean uno solo “como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste”. Y repite: “para que sean uno como Nosotros somos Uno. Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean perfectos en la unidad y para que el mundo reconozca que Tú me enviaste y que los amaste como me amaste a Mí” (Cf Jn 17:20-23).

          Desunidos somos motivo de escándalo para el mundo porque no podemos dar fehaciente testimonio de Cristo como Hijo de Dios, enviado del Padre para salvar al mundo.

 

El Siglo XI es el del Gran Cisma en el que de nuestra Iglesia -la que el Señor fundó sobre Pedro-, se desprenden las Iglesias de Oriente que comparten con nosotros la misma fe y los mismos sacramentos además del amor hacia la Santísima Virgen pero que no están en perfecta comunión con Pedro. Quinientos años más tarde, en el Siglo XVI, se vuelve a desgajar el árbol eclesial apareciendo las comunidades cristianas (anglicana, luterana, calvinista) que, a su vez, habrán de tener muchas derivaciones de esas ramas protestantes originales. Estas comunidades comparten la misma fe en Cristo como Salvador aunque sólo algunos de los sacramentos.

         En algunos casos hay grandes diferencias pero en otros las divergencias doctrinales son mínimas, y en algunos otros –como con los ortodoxos- prácticamente inexistentes; pero las grietas producidas por las heridas siguen siendo grandes. A lo largo de la historia incomprensiones ancestrales, malentendidos, prejuicios, han sido y continúan en alguna medida siendo hoy, obstáculos para la unidad, más profundos aún que cualquier interpretación dogmática. Es por eso que la Reina de la Paz, a su invitación a la oración, añade la necesidad del perdón. Es también por eso que el Santo Padre, en el año del Gran Jubileo del 2000, con el pedido de perdón quiso purificar la memoria histórica.

 

La unidad deja de ser declamatoria para ser real “en la medida en que ustedes oren y perdonen”, nos dice nuestra Madre en este mensaje.

         El Santo Padre ha hecho y hace todo tipo de esfuerzos para lograr la unidad tan querida por Cristo. En el año 1995 –continuando con el espíritu del Concilio Ecuménico Vaticano II- publicó la Encíclica “Ut unum sint”. En ella dice el Papa que con la gracia del Espíritu Santo los discípulos del Señor, animados por el amor y la voluntad sincera de  perdonarse mutuamente están llamados a vencer el doloroso pasado a fuerza de amor.

         La unidad querida por Dios no es la que suprime, por un falso ecumenismo, las verdades esenciales de la fe ni es la que adapta la verdad a los gustos de la época o la que reniega, por ejemplo, de la Santísima Virgen para hacer más aceptable el encuentro con quienes no comparten la misma devoción y sitio de honor hacia la Madre de Dios. Como también lo expresa el Santo Padre en la encíclica aludida: “un estar juntos” que traicionase la verdad estaría en oposición a la unidad verdadera.

         Igual que en este mensaje que nos trae la Madre del Cielo, también el Santo Padre destaca la primacía de la oración y la conversión del corazón para lograr la meta ansiada. Afirmando que “el amor halla su expresión más plena en la oración común”.

 

Como nos recuerda nuestra Madre, la unidad sólo se logrará si oramos con el corazón. La oración del corazón supone un corazón purificado de todo sentimiento negativo, un corazón reconciliado con Dios y con el hermano. Orar con el corazón abierto a Dios para que Él ponga la gracia que vence todo obstáculo: el amor que hoy nos falta.

Cristo murió para que seamos uno; nos envió el Espíritu Santo para que entremos en comunión y seamos signos de amor y de unidad.

 

La Iglesia de Cristo está sembrada con la sangre de los mártires, de los testigos de la fe hasta el derramamiento de su sangre, mártires pertenecientes a diferentes Iglesias y comunidades eclesiales, y estos testimonios claman por la unidad.

         En “Ut unum sint” dice el Papa: “Unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo de anular la obra salvadora de Jesucristo”.

 

No lo olvidemos: Cristo ha vencido al mundo y nosotros amando venceremos cuando oremos y abramos nuestros corazones al perdón.

 

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de febrero de 2005

         ¡Queridos hijos
! Hoy los invito a que sean mis manos extendidas en este mundo que pone a Dios en último lugar. Ustedes, hijitos, pongan a Dios en el primer lugar en vuestra vida. Dios los bendecirá y les dará fuerza para testimoniar al Dios del amor y de la paz. Yo estoy con ustedes e intercedo por todos ustedes. Hijitos, no olviden que los amo con amor tierno. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

     El mundo se aleja cada vez más de Dios. Europa deliberadamente niega sus raíces cristianas y exalta el paganismo. El pecado, el desprecio por la vida humana de todas las edades, la cultura de la muerte, la exaltación del sexo y la promiscuidad, el escándalo a los niños, el asesinato de vidas inocentes y la explotación, la apostasía general, son el diluvio del mal sobre el mundo que no tiene en cuenta a Dios, que lo ofende y se burla de Él.

     Sin embargo, nuestra Madre no acusa con el dedo –como quizá estaríamos nosotros tentados de hacer- sino que extiende sus manos para salvar al mundo, para alcanzarle las gracias que vienen de Dios y que Ella misma dispensa.

     María Santísima es la enviada de su Hijo, y Jesús, el Señor, no vino para condenar al mundo sino para salvarlo. Y porque María viene es la hora de la misericordia y no la de la justicia, que aún no ha llegado. Por eso, Ella, Reina de la Paz y Madre de Misericordia, nos pide que seamos nosotros sus manos extendidas porque las gracias deben pasar también por nosotros para convertirnos en colaboradores de la Redención. Ella nos invita, y en esta invitación diríamos que hay una súplica, a que nosotros –quienes queremos seguir sus mensajes- pongamos a Dios en el primer lugar, a que reorientemos nuestras vidas en las que Dios sea el centro de todo lo que hagamos y seamos. De ese modo y sólo de ese modo, podremos ser portadores del amor y de la paz y testimoniar a Dios, de Quien vienen todos los dones, todos los bienes, todo bien.

     Así de simple y así de necesario.

 

     Poner a Dios en el primer lugar es permanecer en Él y para permanecer es menester cumplir con su mandamiento de amor: amarlo sobre todas las cosas y amar a todos. Hacer de cada persona un prójimo, alguien a quien acercamos al horizonte de nuestro amor.

     Poner a Dios en el primer lugar es poner el Sacramento de su amor, la Eucaristía, en el centro de nuestra vida para reverenciarlo con la máxima adoración. Debemos descubrir el estupor por la Eucaristía, por este misterio insondable del amor de Dios. Por eso, el Santo Padre ha instituido este como el año de la Eucaristía.

     Cuando obramos así, cuando ponemos a Dios en el primer lugar, Él nos envía al Espíritu Santo que nos da la fuerza para testimoniar con nuestros actos y también con nuestra palabra.

 

     En tiempos de gran turbulencia, muy difíciles para la Iglesia y para el mundo, S.S. Pablo VI decía, refiriéndose a todos los que viven de espaldas a Dios: “¡Cómo quisiéramos de verdad extender las manos sobre ellos y decirles que el corazón está siempre abierto, y que la puerta es fácil!; y ¡cómo quisiéramos hacerlos partícipes de la gran e inefable suerte de nuestra felicidad; la de estar en comunicación con Dios,...! Cuánto ahora y siempre los amamos, y cuánto rezamos por ellos” (Homilía en la festividad de los santos Pedro y Pablo, 29 de junio 1972). Ese sigue siendo el anhelo de la Iglesia hacia el mundo, la evangelización que no es otra cosa que compartir la Buena Noticia del amor de Dios.

     Quien llena su vida de Dios, habla de Dios a los demás con su sola presencia. Quien centra su vida en Él nada ha de temer.

     Cuando Dios ocupa lo esencial de nuestra vida, todo el resto viene por añadidura y de nada debemos preocuparnos (Cf Mt 6:34).

     “Seguid en todo el camino que Yahvé, vuestro Dios, os ha trazado: así viviréis, seréis felices y prolongaréis vuestros días en la tierra...” (Dt 5:33). “¡Dichoso quien se acoge a Él!” (Sal 2:12d).

 

     María Santísima nos vuelve a decir que está con nosotros, que nos acompaña en el camino, que no estamos solos, y ésta es la clave de Medjugorje, el porqué de su permanencia desde hace casi 24 años entre nosotros, y de sus diarias apariciones.

     La Virgen es la Madre que está presente y no abandona a sus hijos. Nosotros sí podemos perder nuestra condición de hijos por nuestras infidelidades, pero Ella nunca perderá su condición de Madre. Madre de nosotros, pobres pecadores.

     Nadie debe interceder ante la Madre porque Ella misma intercede y suplica en favor del hijo con todo su corazón, con toda la ternura de su amor. La Virgen es Madre no juez, es Abogada que aboga por sus hijos ante Dios para que Dios dé nuevas gracias, gracias que Ella dispensará, y también aboga ante el hijo, llamándolo, despertándolo de su sueño de muerte, para que vuelva su corazón a Dios y se convierta.

     Por eso, María siempre presenta y lleva a Jesús. Jesús es el Camino al Padre; por Él recibimos la vida y el perdón. Jesús es la Verdad que nos justifica y nos hace libres. Cuando caminamos hacia Él, arrepentidos, transforma la sentencia en perdón.

     Jesús vino por los enfermos, a sanarlos, vino para que nadie se pierda y todos se salven. Por eso, también, ahora envía a su Madre, para que escuchándola retornen a Él y pueda darles nueva vida.

     El Señor dio a su Iglesia todos los medios de salvación, más aún, se dio a Sí mismo y ahora nos envía a su Madre para que, primero, respondamos a su llamado a la propia conversión y luego, seamos sus manos extendidas hacia este mundo que por propia elección, por ignorancia, por indiferencia o por mera necedad ha puesto a Dios en último lugar.

 

     Pongamos, entonces, a Dios en primer lugar permaneciendo en su amor, alabándolo, honrándolo, dándole gracias por todos sus beneficios y, más que nunca, adorándolo. Recibiremos la fuerza de lo alto para que el mundo sea transformado porque el mundo conocerá entonces al Dios de la paz y del amor.

 

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de marzo de 2005

          ¡Queridos hijos! Hoy los invito al amor. Hijitos, ámense con el amor de Dios. En cada momento, en la alegría y en la tristeza, que el amor prevalezca, y así el amor comenzará a reinar en vuestros corazones. Jesús resucitado estará con ustedes y ustedes serán sus testigos. Yo me regocijaré con ustedes y los protegeré con mi manto materno. En particular, hijitos, miraré con amor vuestra conversión cotidiana. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

          Nuestra Madre nos lleva a lo esencial, a nuestra misma razón de ser: el amor. El mandamiento divino es invitación en labios de la Reina de la Paz. Pero, entendámoslo bien, sus invitaciones tienen sí que ver con nuestra libertad pero también con nuestra eternidad.

Amar, amar sí, pero con el amor de Dios, a este amor nos llama nuestra Madre. Debemos, entonces, primero comprender el amor de Dios para saber, luego, cómo debemos amar.

El hombre, que fue creado a imagen y semejanza de Dios, por el pecado ha desfigurado esa imagen y perdido la semejanza original. Ante esa realidad no podemos menos que maravillarnos de la sabiduría de Dios manifestada en la salvación. Porque siendo Cristo la imagen perfecta del Padre e igual a Él, se abaja hasta nuestra mísera condición humana para que, haciéndose semejante a nosotros, podamos nosotros imitándolo recuperar la semejanza perdida, podamos ser nosotros también hijos de Dios.

El camino, único Camino de retorno al Padre es Jesucristo. Él en la cruz es el icono perfecto del amor de Dios. Amor que ama hasta el extremo de dar la vida y todo lo que Él es, por cada uno de nosotros.

Cristo en la cruz muere desnudo, despojado absolutamente de todo, de toda dignidad divina y humana, escarnecido, esputado, con su carne lacerada, burlado y maldecido, abandonado y rechazado, anulado, “no posee apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni esplendor para poder complacernos. Despreciado y rechazado por los hombres, hombre de dolores que bien conoce el sufrir... Maltratado, se dejó humillar y no abrió su boca; era como cordero llevado al matadero” (Is 53:2b-3ª,7ª) (Cf Sal 22). Cristo es el Hijo de Dios, es Dios y sin embargo, “aunque era de naturaleza divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente, sino que se anonadó a sí mismo, asumiendo la condición de siervo y asemejándose a los hombres, apareciéndose en forma humana, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte en la cruz”  (Flp 2:6-8).  

Nuestro Señor Jesucristo no sólo se abajó a nosotros sino que su condescendencia pasó los límites de la vida para llegar hasta los mismos infiernos, el reino de la muerte, y alcanzar a aquellos que tenían cerrado el acceso al Cielo desde el inicio de la historia del hombre.

Jesús, la Palabra eterna de Dios, nos amó hasta el extremo de entregarse a nosotros en la Noche Santa del Jueves, antes de su Pasión, antes de entregarse al Padre en la Cruz, y lo hizo para quedarse con nosotros hasta el fin del mundo, como lo prometió. Por eso, en aquel Jueves memorable nos regaló el don de Sí mismo, su Cuerpo y su Sangre, su misma Persona divina, en la Eucaristía, y el don del sacerdocio que durará hasta el fin del mundo ya que no hay Eucaristía- pan y vino consagrados- si no hay sacerdocio, así como no hay sacerdocio sin Eucaristía. Don y misterio de la fe y de su amor.

 

Amar como Cristo amó, como Él nos ama, es tarea imposible pero no es imposible imitarlo porque para eso contamos con la gracia y con la evidencia de esa gracia en la vida de los santos, de todos los santos aún aquellos que no figuran en ningún santoral. Dios no puede pedirnos nada que no esté dispuesto a darnos. Y Él, que es el Amor mismo, la fuente de todo amor, nos brinda el don del amor para que nos volvamos santos.

 

Con toda la dulzura con que Maria nos conduce por el camino del amor, el camino a su Hijo, nos dice que amemos en todo momento, en la alegría y en la tristeza. Con ello nos esta diciendo que el amor verdadero no está condicionado por nuestro estado de ánimo. No es, si estoy eufórico quiero a todo el mundo, y si tengo alguna dolencia física me pongo de malhumor y pienso sólo en mi dolor sin importarme los demás, o si estoy pasando por momentos de sufrimiento interior me encierro en mí mismo y no voy hacia los otros.

Debemos dejarnos invadir por el amor, acoger ese don de Dios y dejarnos ganar por él, aprendiendo y practicando el despojamiento de toda adherencia egoísta, entregándonos a Dios y a los demás sin cálculos de conveniencias sino con toda generosidad.

 

Hace ya tiempo la Santísima Virgen nos recomendó leer y vivir el Himno a la Caridad, es decir el cap. 13 de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios. Bueno es que, una vez más, repasemos su contenido y nos confrontemos para saber cómo es nuestro amor.

Dice el Apóstol que los dones como la inteligencia y el conocimiento que con ella podamos adquirir y aún los dones extraordinarios que Dios pueda darnos y que llama  carismas, sin el amor son todos vacíos. Vale más un acto concreto de amor que todos los libros de teología del mundo que se puedan haber escrito.

“Aunque hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles si no tengo amor soy como bronce que resuena o como címbalo que tintinea”, pura hojarasca, pura cáscara sin contenido y mi saber será totalmente inútil. El verdadero amor es paciente, benigno, no conoce la envidia ni la vanidad ni se infla de orgullo o de soberbia. El verdadero amor es respetuoso y magnánimo (de alma grande, generoso, y no pusilánime, de alma pequeña y débil), no sabe de cólera ni de ira, no guarda ánimo de venganza y se complace de la verdad. El amor todo lo cubre, todo lo soporta, todo lo espera, todo lo cree. Todo ha de pasar pero el amor no pasará nunca (Cfr 1Cor 13). San Juan de la Cruz dice que en el ocaso de la vida seremos juzgados en el amor.  

Amar es también no criticar al otro, no murmurar, no condenar y perdonar, no creerse uno la medida de todo, no pensar que somos superiores a los otros, no medir con el patrón de la propia conducta o del propio orgullo. Amar es amar al otro por lo que él es, no por lo que quisiéramos que fuera, es ver en el otro a Cristo y al precio que Él pagó con su sangre para rescatarlo. Amor, como alguna vez ha dicho la Reina de la Paz, no es amar a algunos sino amar a todos. No es amar a alguien porque es amable. Dios –ha sido dicho- no nos ama porque seamos buenos y bellos sino que porque nos ama nos hace buenos y bellos. Amar es revestir al otro de belleza y de bondad, es mirar con ojos de misericordia la miseria ajena.

 

Nuestra Madre, que tantas cosas tiene para decirnos y que tantas nos ha dicho a lo largo de estos 24 anos, ahora lo está resumiendo en lo esencial, en lo más importante de todo, en el objetivo de su misma venida. Ya lo decía apenas una semana antes, en el mensaje de su aparición anual a Mirjana. Ella quiere enseñarnos a amar y para eso nos va mostrando en pocas frases qué es amar y ora para que abramos nuestro corazón a la gracia y el don del amor se encarne en nosotros.

Ahora, en este mensaje hay además una promesa: cuando caminemos hacia la atracción del amor y aprendamos a imitar a Cristo y a María, entonces Ella gozará por nuestra conversión y seremos especialmente protegidos como hijos dilectos.

El que ama se vuelve testigo de ese mismo amor y de la fuente que es Dios, se vuelve testigo de ese amor que es más fuerte que la muerte y que todo mal; se vuelve testigo de Cristo Resucitado.

 

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de abril de 2005
    

         ¡Queridos hijos! También hoy los invito a renovar la oración en sus familias. El Espíritu Santo, que los renovará, entre en sus familias por la oración y la lectura de la Sagrada Escritura. Así ustedes llegarán a ser educadores de la fe en vuestra familia. Con la oración y con vuestro amor el mundo marchará por un camino mejor y el amor comenzará a gobernarlo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

         Antes de entrar en el corazón del mensaje es conveniente hacer un par de observaciones que nos han de servir para una mayor comprensión del mismo.

En primer lugar, el mensaje es personal, es decir, va dirigido al hijo o hija de la Santísima Virgen, que lee y desea satisfacer el llamado de la Madre, pero el destino final de este llamado es la familia. Y esto es seguramente así porque la familia está amenazada y acosada por todas partes, hasta -y principalmente- por los propios estados que deberían defenderla, pero también porque la familia es Iglesia doméstica. Si entendemos esto último, que la familia es núcleo de Iglesia, entonces no estaremos desacertados si extendemos el mensaje no sólo a la familia de sangre sino también a la comunidad y al grupo de personas que tratan juntos de seguir un camino espiritual.

La otra observación es sobre la palabra “renovar”. En el mensaje aparece dos veces (“renovar la oración”, “el Espíritu Santo que los renovará”). Renovar, además de significar hacer algo como nuevo o reemplazar lo viejo por lo nuevo, también quiere decir dar nuevas fuerzas, potenciar, ganar en intensidad. Creo que este último sentido es el que más se adapta al mensaje.

 

Lo primero que nos dice es: “los invito a renovar la oración en sus familias”, que es también decirnos “los invito a que la oración de ustedes en sus familias, en sus grupos, en su comunidad, sea más intensa, más vívida, más atenta. Que deje de ser oración dispersa, rutinaria, ausente del motivo que la mueve”.

La oración tiene siempre un objetivo inmediato, por lo que se pide, y otro que es el de edificarnos y crecer espiritualmente, y aproximarnos cada vez más a Dios. Si se pierde el objetivo se empobrece la oración. ¡Cuánto más fuerte es la atención en nuestra oración cuando hay algo que nos acucia y por lo que pedimos!

Pero, ¿cómo logramos esta renovación de la oración? Muchas veces nos damos cuenta que la oración decae o que no es la que debería ser porque nos sentimos como detenidos espiritualmente y que, pese a que nos hayamos propuesto intensificarla o no distraernos, todo sigue igual. Entonces, ¿cómo hacer? Recurrir al Espíritu Santo es la respuesta, porque la renovación, la intensificación, las nuevas fuerzas vienen de Él. Es el Espíritu Santo quien debe soplar para disipar toda tiniebla que vuelve pesada o difícil la oración, y para dar nueva vida al espíritu comunitario.

El Santo Espíritu es el aliento divino que colorea el universo en la creación, que crea la vida y renueva la faz de la tierra (Cf Gn 1:2 ss; Sal 104:30), es el espíritu que viene de los cuatro vientos y soplando sobre los huesos secos, sobre los muertos, los trae a la vida (Cf Ez 37:9 ss), es decir, que devuelve la esperanza y da nuevas fuerzas a quienes ya se sienten fracasados y desahuciados.

Es el Espíritu Santo que sopla con potencia en Pentecostés y a la Iglesia, que había nacido en el Gólgota, la saca al descubierto para que sin temor vaya al mundo a predicar la Buena Nueva del Salvador Jesucristo.

 

Cuando la Santísima Virgen da los medios -oración y Palabra de Dios- para que el Espíritu Santo entre en el seno familiar, comunitario, está dando las indicaciones, que fueron condiciones, para la venida del Espíritu en Pentecostés.

La Madre de Dios, lo hemos visto siempre, sigue a la Iglesia porque es Madre de la Iglesia y sigue también su ritmo litúrgico. Por eso, este mensaje es también preparatorio para Pentecostés, para que actualicemos en nosotros la experiencia pentecostal.

En Hechos de los Apóstoles, en los dos primeros capítulos, se relata el curso de los acontecimientos que llevaron o más bien que atrajeron la venida del Espíritu Santo. Jesús resucitado, mientras  comía con los apóstoles y antes de partir al Padre, les ordenó que no se fueran de Jerusalén sino que aguardaran la “Promesa del Padre” (refiriéndose al Espíritu). Se entendía que era aguardar en actitud orante para ser revestidos de la fuerza que los hará testigos de Cristo hasta los confines de la tierra.

Jerusalén es el lugar donde termina la misión de Jesús y donde comienza la misión de los apóstoles, de la Iglesia.

El grupo apostólico, a partir de la ascensión del Señor, se reúne en el Cenáculo, la misma sala superior donde vivían y donde había sido la Última Cena, en oración, junto a la Madre del Señor y algunas otras mujeres y parientes de Jesús. Dice la Escritura: “todos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu”.

Como les había sido anunciado, la primer comunidad cristiana, Iglesia de Jerusalén, recibe la fuerza de lo Alto al llegar el día de Pentecostés. Pedro, lleno del Espíritu Santo, predica a la gente al descubierto y varios miles se convierten a la fe verdadera. A partir de ese momento, sigue diciendo la Escritura, todos los miembros de la comunidad se mantienen constantes en la enseñanza de los apóstoles (lo que luego vendría a ser el contenido de la Sagrada Escritura), en la comunión, en la fracción del pan (la Eucaristía) y en las oraciones.

         En el relato del Nuevo Testamento vemos cómo se relacionan la oración, en la que habría que incluir la Eucaristía (la Santa Misa), la enseñanza de la Palabra (que equivale a la lectura de la Sagrada Escritura) y la acción del Espíritu Santo que reviste de una fuerza nueva, desconocida antes, a la comunidad.

Para ver algo más de la relación entre la Sagrada Escritura y el Espíritu Santo, nos remitimos a la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se afirma que el autor de la Sagrada Escritura es el Espíritu Santo y que la Escritura debe leerse en el mismo Espíritu. En cuanto a la autoría, en el número 11 dice: la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor... Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería".

Y en lo atinente a la interpretación: Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados,... teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe... Porque todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios”.

Es decir, que cuando leemos la Sagrada Escritura debemos hacerlo siguiendo la interpretación que le da la Iglesia y no la que se nos antoje.

 

Toda auténtica oración, no tan sólo la de invocación al Espíritu Santo, pero en particular la oración eucarística, llama y hace presente al Espíritu Santo. A su vez, la presencia del Espíritu Santo potencia la oración, la vuelve más intensa, le otorga mayor alcance y da nuevo vigor espiritual a la familia, al grupo comunitario.

Por eso, la Reina de la Paz nos invita a la renovación –obra del Espíritu Santo- de la oración y en última instancia familiar, comunitaria, mediante la oración asidua, en la que debemos incluir la Eucaristía celebrada y adorada, y mediante la lectura de la Sagrada Escritura.

“De ese modo- continúa diciendo- ustedes (que leen y practican mi mensaje) llegarán a ser educadores de la fe en vuestra familia”. El término “educadores de la fe” en otros idiomas fue traducido como catequista o como enseñante de la fe. Lo que quiere decir es convertirnos en alguien que induce o guía a los demás miembros familiares por el camino de la fe, por la vía espiritual que enriquece, fortalece y protege a la familia en estos tiempos tan difíciles. El hijo, la hija de María debe ser de quien parta esta renovación.

 

Las últimas palabras del mensaje van a la esencia del mensaje porque nos habla del amor. La fe y el amor son los que han de mover al mundo. En la misma oración está presente la fe, pero también el amor porque, recordemos una vez más, la oración que la Reina de la Paz siempre nos pide es la oración del corazón. La oración del corazón purificado, reconciliado con Dios y con los hermanos, dispuesto siempre a perdonar, a amar, a mirar a los demás no como juez sino con ojos de misericordia. La oración que debemos alcanzar es aquella que nace y se nutre del amor y de la fe. Y es así, porque si, por ejemplo, a los seguidores de Medjugorje les preguntáramos porqué oran dirán que es por amor a María y a Cristo, y porque creen en la presencia de la Virgen entre nosotros y en sus mensajes.

 

En el último mensaje a Mirjana, el del 2 de este mes de abril, también la Santísima Madre le pedía a ella y a todos nosotros que renovásemos la Iglesia empezando por nosotros mismos. Este mensaje que acabamos de comentar también sigue la misma línea.  El amor reinará sobre la faz de la tierra cuando cada uno, cada grupo familiar, comunitario, sea renovado por el amor que viene de Dios, de su contemplación, de su Palabra, de la comunicación ininterrumpida que tengamos con Él.

 

Por último, aunque esta vez no lo haya dicho, recordemos que no estamos solos, que la Madre de Dios y de la Iglesia está con nosotros como estuvo junto a los apóstoles el día de Pentecostés, y está auxiliándonos con su potentísima oración, con su intercesión permanente ante Dios.

Digamos todos: “¡Ven, Espíritu Santo, ven! ¡Ven por María!”

        

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de mayo de 2005

         ¡Queridos hijos! Nuevamente los invito  a vivir mis mensajes con humildad. Especialmente den testimonio de ellos, ahora que nos acercamos al aniversario de mis apariciones. Hijitos, sean un signo para aquellos que están lejos de Dios y de su amor. Yo estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
                                        

Comentario
 

Nuestra Madre es paciente, amorosamente paciente y en esta ocasión repite su apelación a vivir sus mensajes de modo tal de volvernos testigos de su presencia celestial. ¡Cuántos signos de autenticidad para quienes quieran ver! La repetición de los mensajes, la dulzura del lenguaje, la larga permanencia, la inagotable paciencia, todo habla de amor de Madre que sabe qué necesitan sus hijos y que debe marchar al paso de los más retrasados en el camino. También esos signos indican la gravedad de los tiempos en los que estamos inmersos.

 

Lo primero que nos pide es vivir los mensajes con humildad. Con humildad significa sabernos pequeños y necesitados de Dios y de la Madre. Significa no ensoberbecerse porque se ha escuchado el llamado y se ha comenzado a responder. Más bien debemos darnos cuenta que somos grandísimos deudores de la misericordia divina y que Dios, para estos tiempos tan graves, ha dispuesto que la Santísima Virgen viniese a visitarnos con tanta frecuencia y durante casi 24 años. 24 Años, cuyo aniversario –nos lo recuerda- está cercano, pues será el próximo 25 de Junio.

Con toda humildad debemos entonces agradecer al Señor y a su Madre este don maravilloso que nos han hecho, este don de redención, y el modo de agradecerlo es respondiendo al llamado y volviéndonos testigos de su presencia viviendo los mensajes.

 

La Reina de la Paz habla de “mis mensajes”. Aunque sabemos cuáles son sus mensajes es oportuno repetir al menos aquellos que consideramos nucleares.

Desde el comienzo de las apariciones nos ha llamado a la paz, a la reconciliación con Dios –en el sacramento que comúnmente llamamos confesión- y entre nosotros, y a hacernos conscientes de que no puede haber reconciliación con Dios si no la hay con el hermano, así como tampoco es posible que reine la paz entre los hombres cuando éstos dan la espalda a Dios. Y como esta última es la situación en la que se encuentra el mundo, la Madre de Dios necesita, para salvarlo, de testigos, de hijos e hijas que den con sus vidas testimonio de la presencia de Dios, que sean bienaventurados hijos de Dios (Cf Mt 5:9).

Quien no es capaz de perdonar y de pedir perdón aunque se diga seguidor de Medjugorje, no puede dar testimonio de la Reina de la Paz. Para ser hombres y mujeres de paz y volvernos así signos para aquellos que están lejos de Dios, toda vez que descubrimos ofensas y humillaciones que han producido heridas en nosotros o nosotros las hemos provocado en otros, debemos inmediatamente buscar el camino de la reconciliación y de la reparación con el hermano y ante Dios.

 

También desde los primeros días nos ha indicado que el camino de la paz se recorre con la oración y el ayuno. Como oración privilegia el Rosario, oración bíblica en la que contemplamos el misterio de Dios encarnado desde la mirada contemplativa de María, y en el que acudimos a su intercesión en cada Avemaría. Recupera para nosotros la perdida práctica del ayuno que nos abre a una oración depurada, al desprendimiento de las cosas y al sacrificio ofrecido a Dios. Ayuno que no es sólo cuestión de comida y de bebida sino también de palabras acusadoras y de pensamientos que se vuelven juicios condenatorios o actos impuros. Ayunar es hacer silencio en torno a las cosas materiales y de algún modo orar con el cuerpo. La oración y el ayuno no son meros trámites sino que requieren del espíritu. Para rezar y para ayunar hay que entrar antes en el espíritu de oración y de privación, de ayuno.

Cuando la Reina de la Paz llama al ayuno está llamando a lo esencial, al pan y al agua, pero también ha aclarado que aquellos que no pueden por razones de salud o de edad estar todo el día a pan y agua pueden siempre privarse de algo que les guste y ofrecerlo al Señor.

Aunque la Santísima Madre no lo dice expresamente, por medio de la experiencia personal y de los testimonios a través de los siglos, entre ellos la práctica devota de los santos, sabemos que Dios le ha conferido al Rosario un poder especial y en las situaciones más difíciles es con el rezo del Rosario que encontramos refugio, especial protección y consuelo.

También podemos hacer experiencia de la fuerza de la oración unida al ayuno. Con el ayuno la oración es más penetrante, más fuerte, más profunda, más atenta. Por otra parte, con la oración es más fácil ayunar. También por esto oración y ayuno van juntos.

 

La celebración de los sagrados misterios en la Santa Misa es tan central que éste es el corazón de Medjugorje, porque la Misa es el corazón de la vida cristiana. Somos llamados a vivir la Misa, a celebrarla. La Eucaristía es escuela de amor porque es comunión con Cristo. Es misterio de presencia, misterio de la fe y misterio del amor de Dios que se ofrece a cada uno de nosotros hasta el fin del mundo. Es Cristo por nosotros, con nosotros y nosotros con Cristo en comunión.
          Antes de acceder al banquete eucarístico, antes de comer el Cuerpo de Cristo, la Sagrada Hostia, tenemos que purificar el corazón, haber recuperado la gracia mediante la confesión sacramental.
         
La Santísima Virgen nos ha exhortado a descubrir la Eucaristía, a enamorarnos de Jesús Eucaristía y adorar incesantemente el Santísimo Sacramento, a esto último llamamos adoración eucarística perpetua. Es hora de hacer lo que nuestra Madre nos pide, es hora, sobre todo en este año de gracia de la Eucaristía, aprender a pasar horas con nuestro mejor amigo, a entrar en la intimidad con Él, a penetrar el misterio que celebramos en la Misa, a reposar en el Corazón de Jesús como el discípulo amado, a decir con Pedro “¡Señor, qué bueno es estarnos aquí!”, a dialogar con Jesús o simplemente a recibir en el silencio adorante su paz y la respuesta a nuestra preguntas y a nuestros problemas.

La mayor prueba que la Virgen realmente se aparece en Medjugorje no es el sol que gira o los signos que algunos peregrinos pueden llegar a ver o a fotografiar, no. La mayor prueba está en los límites de la iglesia parroquial, está en los confesionarios, en la Misa que se celebra en Medjugorje y la adoración que sigue a la Misa.  

Pablo VI decía que el sacrificio eucarístico de la Misa, la comunión y la adoración son los actos más estupendos y misteriosos de nuestra religión.

 

En el anterior mensaje nos recordó lo que ya desde el comienzo de las apariciones venía pidiendo: la lectura de la Sagrada Escritura. Lectura de la Biblia y en familia. La familia es la iglesia doméstica a la que muchos de los mensajes de la Reina de la Paz van dirigidos. Orar en familia, rezar el Rosario en familia, compartir la lectura de la Biblia, principalmente del Evangelio, en familia. Debemos nutrirnos de la Palabra de Dios que es Palabra viva y Palabra de Vida, debemos aprender a amarla, a custodiarla, a encarnarla es decir, a vivirla.

 

Constantemente pide que intercedamos por aquellos que no conocen el amor de Dios, por los no creyentes, y esta vez también los menciona al pedirnos que seamos signos para quien no cree, a que demos testimonio con nuestras vidas de la presencia divina en ellas. Presencia que se manifiesta en la paz y en el amor y en la fe probada ante la adversidad cuando la adversidad nos toca.

 

Los mensajes de María Reina de la Paz no están aislados unos de otros ni se puede vivir unos sin vivir los otros porque todos están articulados como notas unidas en una sola armonía: el amor.

La clave de los mensajes de la Virgen Santísima no es la oración ni el ayuno, que son medios, ni la paz, que es un fin, sino el corazón. Es el corazón, que reconoce razones que la razón no entiende, el que se abre al llamado de la Madre de Dios y es el corazón que ora y que ayuna el que se convierte a Dios, el que aprendiendo a amar y a ser amado por Dios recibe el sello de la paz.

De qué sirve ayunar o qué ayuno es ese que deja el corazón cerrado a las necesidades de los hermanos y no es capaz de dar un plato de comida a quien padece hambre. De qué sirve orar o que oración es aquella si el corazón permanece orgulloso y egoísta.

 

Que la bendición maternal de María Santísima, tan cercana a cada uno de nosotros, abra con su gracia nuestros corazones para que vivamos verdaderamente sus mensajes y podamos dar testimonio de ellos.

        

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de Junio de 2005

    ¡Queridos hijos! Hoy les agradezco por cada sacrificio que han ofrecido por mis intenciones. Hijitos, los invito a ser mis apóstoles de paz y de amor en vuestras familias y en el mundo. Oren para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe por el camino de la santidad. Yo estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
  

Comentario

Esta vez no nos ha pedido, ni en este mensaje ni en el anterior, que ofreciéramos sacrificios por sus intenciones sino que con suma delicadeza agradece a aquellos hijos generosos que sí lo han hecho y lo hacen sin necesidad de que Ella tenga que recordárselo. El efecto inmediato de este agradecimiento es, para quienes han realizado sacrificios y ayunos por las intenciones de la Santísima Virgen, de profunda emoción porque Ella muestra que sabe de cada uno y porque tiene muy en cuenta lo que cada uno hace, por poco que sea y por pequeña que pueda parecer la persona a los ojos del mundo. Para quienes, en cambio, no han ofrecido sacrificio alguno, con esas palabras nos recuerda que debemos ser generosos y no dejar de pedir por sus intenciones y de ofrecer sacrificios por ese propósito. Es que, no lo olvidemos, la Reina de la Paz ha llamado desde el comienzo de las apariciones -y reiterado muchísimas veces más en el curso de estos 24 años- a la oración y al ayuno del corazón por sus intenciones y para que pudiéramos evitar o detener las guerras ya iniciadas. Porque Ella ha venido a Medjugorje como Reina de la Paz.
         No es sólo guerra aquella que se entabla entre naciones o distintos grupos humanos sino que la guerra está presente cuando no reina la paz verdadera, la paz de Cristo. La guerra ya estalló en el corazón del hombre que vive alejado de Dios y, por eso mismo, es incapaz de amar, estalla en aquél que no está dispuesto a reconciliarse ni con el hermano ni con Dios.

Porque las familias muchas veces se destruyen desde dentro de sí mismas y porque, como vemos en estos días, están siendo acosadas por los gobiernos, quienes deberían -en un orden justo- defenderlas, porque el mundo no conoce la paz, es que la Santísima Virgen nos dice: “los invito a ser mis apóstoles de paz y de amor en vuestras familias y en el mundo”.

 

          La presencia de la Santísima Virgen María es la gracia de la misericordia de Dios para este tiempo y cada mensaje suyo un don que, como todo don, debe ser acogido. Sus mensajes no deben ser instrumento de una falsa devoción de quien se contenta con leerlos y luego nos lo pone en práctica, el mensaje celestial no es asunto de mera información sino de vida. De nada sirve creer en las apariciones y hasta hacerse difusor de las mismas si luego no se hace lo que nuestra Madre nos pide. Al mensaje debemos apropiárnoslo, encarnarlo, hacerlo realidad viva cada día.

 

Qué significa -deberíamos preguntarnos- ser sus enviados, sus mensajeros de paz y de amor en los ámbitos en que nos toca vivir: nuestras familias, nuestras comunidades, nuestro mundo de relación. 
          Significa, se nos responde, predicar con el ejemplo, significa en todo unir, amar a todos, perdonar, con todos ser tolerantes, misericordiosos, tender siempre puentes ante los abismos que se nos presentan en las relaciones personales. Significa bendecir y no maldecir, tener palabras de bondad y nunca murmurar ni mucho menos difamar o, peor aún, calumniar.

Y de dónde sacar esas virtudes y esa paz y ese amor; cómo alcanzar ese grado de santidad, cuando comprobamos que cuando dos personas se juntan y hablan de otra lo común es que la juzguen y critiquen hablando mal de ella y no bien, cuando está siempre presente la inclinación al pecado, la triple concupiscencia, cuando “no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7:19). Pues, la conversión viene de la oración en la que invocamos la ayuda de Jesucristo que nos libra de la ley del pecado que llevamos en la carne, de la fe en su poder de cambiar nuestros corazones de piedra, de nuestras horas frente al Santísimo Sacramento donde cultivamos la amistad con Quien nos ha llamado “amigos” y recibimos sus gracias, de la vida sacramental (la comunión, la confesión) que nos purifica y nos nutre espiritualmente, del sacrificio, de la penitencia, del ayuno ofrecidos a Dios como nos pide la Santísima Virgen, de las obras que nos inspira realizar el Espíritu Santo.

 

El proyecto de nuestra Madre es personal porque parte de cada uno de nosotros para luego abarcar el mundo entero.

En la medida en que cada uno de nosotros reciba de Dios la paz, que es don y también fruto de conversión, podrá él mismo ser paz para los demás. La gracia no termina en quien la recibe sino que se extiende a otras personas y éstas, si se ven interpeladas y deciden comenzar un camino de conversión, se vuelven a su vez propagadoras de paz. Hoy se cuentan por millones los seguidores de Medjugorje en todo el mundo, si cada uno aceptase esta invitación pronto otros muchos millones se verían involucrados en el plan de paz y de amor de la Madre de Dios.

En definitiva, en este proceso de propagación todo se inicia cuando abrimos nuestro corazón a lo que la Santísima Virgen nos pide y nos va proponiendo en sus mensajes. Quien se vuelve disponible al llamado de María por el simple hecho de su disponibilidad, de su voluntad de seguir por el camino señalado por la Virgen, empieza a acercarse cada vez más a Dios, a la Iglesia, a los medios de salvación que administra la Iglesia y que son los sacramentos, empieza a orar con el corazón y a ayunar por sus intenciones, comienza dejarse llevar por el viento del Espíritu y a allegarse a los que más sufren. Es capaz, por su misma apertura, de recibir las gracias de conversión, la paz y el amor y extenderlas a otros que están alejados de Dios.

 

La Reina de la Paz, en su paciente pedagogía, nos va llevando paso a paso y mensaje a mensaje por el camino de conversión a Dios. Por eso, los mensajes conforman un conjunto y deben vivirse en su totalidad. Por este motivo también recordamos que, desde el principio de las apariciones, nos dijo que no sabemos pedir porque pedimos cosas y no pedimos lo más importante: el Espíritu Santo. Cuando se tiene el Espíritu Santo se lo tiene todo, decía.

Debemos invocar al Espíritu para que se haga presente y nos anime y guíe por el camino de santidad, para que continuamente nos inspire y ponga en nosotros mociones santas.

Debemos invocarlo para que reavive la llama que nos fue dada por el bautismo y por la confirmación.

Debemos pedir al Espíritu para que descienda con su poder y sople sobre las tinieblas de nuestro corazón y despejándolas nos ilumine ante cada decisión importante que hacemos en nuestras vidas.

Debemos ser dóciles a sus inspiraciones y dejarnos transportar por el viento del Espíritu, como la Madre del Señor, quien apenas recibió el Espíritu Santo, por quien comenzaba a formarse de su carne virginal el Hijo de Dios hecho hombre, salió ella de prisa hacia la región montañosa de Judea para que ese mismo Espíritu se derramara sobre su pariente encinta y el niño que llevaba en su seno. Es decir, que no guardó el don para sí sino que desde el primer momento se dejó llevar en alas del Espíritu para que se cumpliera, por su intermedio, el plan salvífico de Dios.

Pidámoslo siempre y recibámoslo en cada Eucaristía de donde fluye el Espíritu Santo hacia toda su Iglesia.

 

Que la bendición de la Virgen, quien nos recuerda su permanencia entre nosotros y su proximidad en todo momento de nuestras vidas, nos vuelva esos hijos muy amados a quienes Ella agradece porque se esfuerzan en seguir sus mensajes viviéndolos cada día.

       

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de julio de 2005

         ¡Queridos hijos! También hoy los invito a llenar vuestro día con breves y ardientes oraciones. Cuando oran vuestro corazón está abierto y Dios los ama con un amor especial y les da gracias particulares. Por eso, aprovechen este tiempo de gracia y conságrenselo a Dios como nunca antes lo habían hecho. Ayunen y hagan novenas de renuncia para que satanás esté lejos de ustedes y la gracia esté alrededor de ustedes. Yo les estoy cerca e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

         La realidad que sustenta a toda otra realidad es que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. No lo vemos pero su invisible presencia nos atraviesa y su amor nos envuelve. Nadie está solo ni nadie es fruto del azar. Porque Dios es nuestro Creador y Salvador debemos amarlo y estar en comunión con Él en todo momento de nuestras vidas.

Dios se ha mostrado a sí mismo en su Hijo Jesucristo, quien nos ha revelado al Padre, y nos ha sido dado el Espíritu Santo que clama en nosotros la paternidad de Dios. Somos hijos en el Hijo. Por lo tanto, la nuestra más que amistad con Dios es familiaridad con Él. Porque la Palabra se encarnó en la Virgen, Dios se hace hombre, todos los renacidos por el bautismo somos de su estirpe.

Esta unión con Dios debe hacerse presente en nuestro día a día por medio de la comunicación de la oración, de la oración sentida y buscada, de la oración que nace de un corazón agradecido por la vida a la que hemos sido llamados, por la fe y la esperanza que se nos ha dado de poder un día ver a Dios cara a cara y gozar de la vida eterna, por la providencia divina y por su misericordia que se manifiestan cotidianamente.

A Dios debemos alabarlo porque Cristo siendo Dios se despojó de su condición divina asumiendo la de siervo haciéndose semejante a los hombres y humillándose hasta la muerte y muerte de cruz (Cf Flp 2) por nuestra salvación. A Dios debemos alabarlo y responder con amor el infinito amor que nos tiene.

No son necesarias largas oraciones para manifestar nuestro agradecimiento y nuestro amor. Basta que sean “breves y ardientes”. Un “te amo” puede más que mil palabras cuando está dicho con sinceridad y vienen del calor del corazón que arde en amor.

Estas “breves y ardientes oraciones”, que nos pide, no significan que por ellas dejemos de rezar el Rosario diariamente sino que alimentemos y manifestemos en nosotros el constante deseo de Dios por medio de oraciones, quizás de jaculatorias, de letanías, de alabanzas espontáneas, de agradecimiento a Jesucristo, de bendiciones a Dios.

Significa que pronunciemos con unción el santo nombre de Dios, que repitamos quizás algún pasaje de la Escritura, alguna antífona, algún verso de un salmo (1).

Cuánto bien hace a nuestras almas esas visitas al Santísimo Sacramento en las que en el silencio de la adoración le decimos al Señor cuánto lo amamos, cuánto apreciamos todo lo que Él hizo por nosotros.

Estamos llamados a dar gloria a Dios con nuestras vidas y a bendecirlo, alabarlo, agradecerle en todo momento y bajo cualquier circunstancia.

El Señor nos enseña que “de la plenitud del corazón habla la boca” (Mt 12:34c) y también que “donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón” (Mt 6:21). Pues, si nuestro tesoro está en Dios, si nuestro tesoro es Dios, entonces nuestro corazón estará pleno de Él y en toda ocasión nuestra boca proclamará su alabanza y todo nuestro ser se rendirá en adoración y en agradecimiento a nuestro Creador y Salvador.

 

Ocurrió, hace ya varios años, que ingresaron de urgencia en el hospital de niños de Buenos Aires a un bebé en estado cianótico. De pronto paró su respiración frente a los médicos que vanamente intentaban reanimarlo. Estaba clínicamente muerto. La joven madre alzó los brazos clamando al cielo y luego oró desde lo más profundo de su corazón diciendo: “Dios, Padre Santo, yo te bendigo y te alabo. Te doy gracias por este hijo. Es tuyo! Yo te lo entrego”. Ni bien pronunció esa oración dolida el niñito volvió a dar señales de vida. ¡Había revivido! De esto doy fe porque fui testigo. Luego el bebé estuvo un tiempo internado en el hospital hasta que le dieron el alta definitiva. La madre era cristiana pero no católica. Aquella sí que fue una oración nacida del corazón que Dios escuchó y que fue de su agrado. Aquella madre tenía a Dios en su corazón, era su tesoro y aún en el momento más difícil, de mayor dureza imaginable, ante su dolor de madre, no dejó de alabar y bendecir al Señor.

 

Ya lo hemos dicho otras veces, la Santísima Virgen habla para este momento, y cada mensaje aunque universal es también particular para el momento en que se vive. Ella viene todos los días y nunca como antes en la historia de la salvación y de las epifanías marianas, nos va guiando, a nosotros sus hijos, y acompañándonos en el correr de la vida. María Santísima, la enviada del Hijo para estos tiempos, es Madre amorosa y atenta a todos los obstáculos que van surgiendo en el camino y viendo lo que nosotros no alcanzamos a ver nos va indicando, mes a mes, los pasos que debemos dar.

Ella, con sumo amor y paciencia, exhorta, solicita, invita, exige y, como en este caso, alerta. Alerta acerca del tiempo presente. Ella sabe mejor que nadie cuán activo está satanás en este tiempo y si ahora lo nombra es porque sus ataques son ahora más fuertes. Por eso, nos da el antídoto: oración y ayuno. Con una particularidad, la de decirnos prácticamente cómo y qué hacer.

 

Sin embargo, si éstos son tiempos de intensos ataques del Enemigo, nuestra Madre viene a decirnos que éstos son también tiempos de mayores gracias porque Dios nunca nos abandona y nos da en la medida de nuestras necesidades. Por eso, ahora nos da gracias extraordinarias para este tiempo extraordinario, con la condición de que se las pidamos, que nos ocupemos de acercarnos a su misericordia y entremos en su comunión. 

Aprovechar este tiempo de gracia es consagrar nuestro tiempo en horas santas de adoración al Señor en su presencia eucarística, en el Santísimo Sacramento.

Hace poco, para la fiesta de Corpus Domini, el Santo Padre Benedicto XVI dijo que comulgar no es como comer un simple trozo de pan, comulgar implica entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Comulgar es un encuentro entre dos personas, es un encuentro con Aquél que es mi Salvador y mi Creador. Por eso, también la comunión no se agota en el acto que la genera; la comunión va más allá de la comunión sacramental. Comulgar es un permanecer con Dios. Ésta es la razón por la que la adoración sigue a la comunión sacramental.

Consagrar el tiempo a Dios como nunca lo hemos hecho hasta ahora es adorarlo comunitariamente sin interrupción, es la adoración eucarística perpetua en la que el Santísimo Sacramento está expuesto para la adoración de los fieles día y noche, todos los días del año.

El mal, nos enseña el Señor, se lo vence con el bien y al mal extraordinario de estos tiempos lo venceremos con el bien extraordinario de la adoración perpetua.

Satanás está al acecho para perjudicarnos, para tentarnos, para atacarnos, para confundirnos, para sembrar el caos, la discordia, la enemistad, el odio. A sus ataques y tentaciones los combatimos en el nombre de Jesucristo, que lo derrotó en la cruz, con nuestras renuncias y nuestras oraciones. Ayuno y oración para alejar al diablo es el remedio que debemos aplicar, sin dilación, para poder librarnos de él. En concreto, nuestra Madre nos vuelve a pedir ayunos y novenas de renuncias (2). Renunciar a aquellas cosas, comidas, actividades o lo que sea que nos gusten (3). Renunciar a ellos para la gloria de Dios, por amor de su nombre.

 

          Demos gracias a nuestro Dios y Señor por este tiempo de gracia extraordinaria en la que permite que su Madre venga a visitarnos y a guiarnos. Proclamemos con María la grandeza del Señor. Alabemos con nuestro corazón y bendigamos el nombre del Señor. Su nombre es santo. Glorifiquemos a Dios con nuestras vidas para caminar por el camino de la paz.

          ¡Que Él nos bendiga!    

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS

Notas al comentario
:

(1)
Oraciones "breves y ardientes" tipo jaculatorias, "Oh, María, concebida sin pecado original, ruega por nosotros que recurrimos a vos", "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo, te pido perdón por los que no creen, ni adoran ni esperan ni te aman",
"Jesús, hijo de David, ten piedad de mí", y otras muchas conocidas, antífonas y versos de salmos "Mi alma tiene sed del Dios viviente", versículos del Evangelio, etc., recordando que son oraciones desde corazón dirigidas como "flechas" al corazón de Dios que es Padre y Señor y al inmaculado corazón de Ntra. Madre, por lo que debemos ser conscientes y poner el corazón al repetirlas (no son "mantras") y la mayor de las veces seguramente que será mentalmente. Ver: Jaculatorias

(2) Aclaración sobre el ayuno y las renuncias: Estimamos que por novena de renuncias y ayunos se podría entender también el intercalar ayunos y renuncias durante nueve días. En el pasado la Santísima Virgen había aconsejado no ayunar por más de tres días consecutivos. Proponemos el siguiente esquema de novena:

 L    M    Mi    J    V    S     D      L       M
A    R    A     R    A    R     R     A       R o A

 donde A= Ayuno y R= Renuncia

(3) Renunciar antes que nada al pecado, por supuesto al pecado mortal, pero también al venial. Renunciar a la gula, a ver cosas que no son convenientes ver, a tantos programas de TV y tantas películas, renunciar también a esas cosas a las que nos apegamos y que nos dañan espiritualmente. También renunciar como sacrificio a aquello que nos gusta y que generalmente nos daña físicamente (dulces, café, etc.). También son renuncias las de leer el diario y las revistas durante nueve días.

Que el Señor, que nos muestra su providencia y amor, nos bendiga a todos!

P. Justo Antonio


25 de agosto de 2005

          ¡Queridos hijos! También hoy los invito a vivir mis mensajes. Dios les ha concedido este tiempo como un tiempo de gracia. Por eso, hijitos, aprovechen cada momento y oren, oren, oren. Yo los bendigo a todos e intercedo ante el Altísimo por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!                              

Comentario

           Este mensaje sencillo, invitándonos a aprovechar el tiempo de gracia que Dios nos ha concedido, se ha repetido otras veces durante los 24 años de apariciones. Podríamos preguntarnos porqué se repite. Hay quienes, por el mismo hecho de la repetición terminan por desechar los mensajes y por no creer en las apariciones. Se dicen: cómo puede ser que la Virgen venga durante tantos años, se aparezca diariamente y diga siempre las mismas cosas. La respuesta es muy simple y la entienden los pequeños: María es Madre y sabe cuál es la necesidad de sus hijos en este tiempo que nos toca vivir. Tiempo difícil, en muchos aspectos terrible, tiempo de gran apostasía, de rebelión ya no de personas sino de naciones enteras contra Dios. Tiempo de abundancia de pecado pero, también, tiempo de sobreabundancia de gracia (cf Rom 5:20).

 

La gracia de este tiempo se manifiesta en la misma permanencia de la Santísima Virgen entre nosotros, en su guía constante, en sus llamados tantas veces reiterados como necesarios para despertar a los hijos a la realidad del momento, y en sus apariciones en muchos lugares de la tierra, sobre todo en Medjugorje, como nunca antes en la historia había acontecido.

María no puede desentenderse y abandonar a su hijos en tiempos en que satanás está más activo que nunca. Qué madre verdadera no acudiría en auxilio de los hijos cuando ellos están en peligro. Y qué madre no repetiría hasta el cansancio sus recomendaciones y sus plegarias. La Santísima Virgen constantemente está intercediendo ante Dios y no se cansa nunca ni de interceder ni de exhortar, recomendar, invitar a las mismas cosas esenciales para nuestra salvación.

 

La Madre de Dios insiste en el llamado a la oración porque procura que se establezca la inexistente o interrumpida comunicación con Dios, y –por sobre todas las cosas- que nos abramos a la gracia entregando el corazón.

Si obedecemos a la Virgen estamos obedeciendo también a Dios, porque Ella es su enviada y porque es portadora, desde siempre, de la Buena Nueva y nos lleva a Cristo, el Salvador.

Si obedecemos a la Virgen obedecemos a la Iglesia que nos llama constantemente a la conversión y que nos ofrece en los sacramentos los medios de salvación.

 

Resulta muy claro que este camino de conversión se inicia y se sigue con la oración. Cuando Ella nos dice “oren, oren, oren” no sólo quiere significar que intensifiquemos la oración sino que también la aumentemos en profundidad.

Oren, oren, oren. Para intensificar la oración es menester entender porqué se ora y qué se ora. El Señor, a través de las Escrituras, nos da ejemplo de la primacía de la oración en el Jesús orante que se retira a orar y que pasa noches enteras en oración al Padre (cf Mt 14:23) y en el modelo de oración que nos enseña en el Padrenuestro.

          Él mismo nos dice que la oración debe ser humilde, sencilla, sin grandes palabrerías, sin pretensiones ante Dios (cf Lc 18:10-14), sin buscar la aprobación y la gloria humana (Cf Mt 6:5-6). En otras palabras, debe ser oración del corazón sincero que se abre a su Creador y Salvador. También nos dice, a través de parábolas, que debe ser insistente (el amigo inoportuno y la viuda que pide justicia al juez inicuo. (Lc 11:5-8; 18:1-8)). Que todo lo que pidamos lo hagamos en el nombre de Jesús (Cf Jn 14:13-14), y si lo pedimos con fe, si pedimos cosas buenas, hemos de ser oídos. Hasta nos asegura que el Espíritu Santo nos ha de ser dado (Cf Lc 11:13).

La oración por antonomasia, y es la que estamos constantemente invitados a pronunciar, sobre todo cuando la Santísima Virgen nos invita a rezar el Rosario, es el Padrenuestro. En ella reconocemos la paternidad de Dios Creador. Es Cristo, el Hijo de Dios, que nos enseña a llamar a Dios Padre, Abbá, haciéndonos así hermanos suyos y hermanos entre nosotros. Todo eso es lo que significamos al simplemente decir “Padre nuestro”. Luego, damos gloria a su nombre, reconocemos la absoluta santidad de Dios que nos llama también a nosotros a ser santos (Cf Mt 5:48). Al nombre de Dios se lo santifica por las buenas obras y cuando se lo adora, se lo alaba y se bendice su nombre.

En el Padrenuestro profesamos nuestra fe en su misericordia y en su providencia y nos mostramos dispuestos a hacer su voluntad.

Pedir que venga su Reino y disponerse a hacer la voluntad de Dios en el fondo es lo mismo. El Reino de Dios lo vivimos y lo conquistamos desde ahora cuando hacemos la perfecta voluntad de Dios, cuando lo amamos y amamos a nuestros hermanos.

Pedir que venga el Reino de Dios ya no sólo en nuestras vidas sino en la tierra es el clamor de toda la Iglesia, desde el comienzo del cristianismo. Venga tu Reino es el grito de Maranathá, ¡Ven Señor Jesús!, con que concluye la Sagrada Escritura (Cf Ap 22:20). Es la venida del final de los tiempos, la del Reino escatológico.

          Luego, le pedimos el sustento diario sabiendo que no debemos preocuparnos por el futuro porque Dios es Padre providente (Cf Mt 6:5,24) y que a cada día le basta su pena. En esa petición no sólo se significa el sustento material sino que también entendemos el “pan de cada día” como el pan de la Eucaristía, que ella nunca nos falte.

Manifestamos nuestra voluntad de perdonar a todos los que nos ofenden, nos humillan, nos hieren y hasta aceptamos sea la condición para obtener el perdón de Dios. Tan importante es este perdón que luego de instruir a sus discípulos en la oración, el Señor, para enfatizar aún más esa parte, agrega: “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6:14-15). ¡Así de claro! Es igualmente éste el llamado a la misericordia que viene de la proclamación de la bienaventuranza “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5:7).

Pedimos, finalmente, que no permita que seamos sometidos a la tentación, que nos libre del Tentador Maligno y también del propio mal que anida en nuestro corazón.

De la misma manera, en cada Avemaría, que repetimos en cada misterio del Rosario, estamos recordando las palabras del Ángel y de Isabel dirigida a la Virgen Madre, es decir, evocamos, junto a María y desde María, el comienzo de nuestra salvación cuando el Hijo de Dios asume nuestra humanidad, en el momento de la historia que marca la plenitud de los tiempos, y bendecimos a la Madre y bendecimos al Hijo (Cf Lc 1:26-42). En cada Avemaría estamos acogiendo a la Madre y al Hijo y manifestando nuestra alegría y nuestra fe como lo hizo Isabel.

La segunda parte del Avemaría es la impetración que hacemos de la intercesión de la Toda Santa ante Dios. Esa misma intercesión que nos asegura en este mensaje cuando nos dice: “intercedo ante el Altísimo por cada unos de ustedes”.

 

Si bien la misericordia de Dios es infinita y eterna, el tiempo -por su misma naturaleza- está limitado entre un comienzo y un fin. Y llegará el momento en que este tiempo de gracia se agote. Incluso en la vida personal de cada uno llega un último instante del tiempo de la existencia sobre la tierra. El tiempo debe ser aprovechado, porque es en el tiempo y no en otra dimensión que nos ganamos la eternidad.

Por otra parte, si leemos este mensaje a la luz de los últimos recientemente dados a Marja, el del mes pasado, y a Mirjana, el 2 de este mismo mes, vemos que hay además una cierta urgencia adicional.

En efecto, en el del día 2 decía al final: “Hijos míos, no esperen”. El 25 de julio había dicho: “aprovechen este tiempo de gracia y conságrenselo a Dios como nunca antes lo habían hecho”.

Aprovechamos el tiempo cuando lo consagramos a Dios en la oración, en la adoración, cuando nos acercamos a Él y nos alejamos de “falsas luces e ídolos”, de luces que encandilan pero no iluminan y de ídolos que han sustituido al único Dios por quien se vive.

Aprovechamos el tiempo cuando “limpiamos” el corazón purificándolo en la renuncia al pecado y a satanás y a todas sus pompas, y en la reconciliación con Dios por medio de confesiones bien hechas, cuando nos arrepentimos del mal que hayamos provocado y nos decidimos a caminar en el camino del bien que empieza y termina en el amor a Dios.

Aprovechamos el tiempo que nos ha sido dado cuando amamos decidiéndonos por el cielo y vivimos en nuestro corazón ese cielo en el que “cantan los ángeles”.

Es sólo así, orando y caminando hacia Dios, que accedemos a la gracia que nos ofrece, y es así que conquistamos el don de Dios, don que para obrar en nosotros requiere del concurso de toda nuestra voluntad.

 

Damos gracias al Señor por este tiempo de gracia, porque permite que nuestra Madre del Cielo venga a visitarnos y nos indique el camino en cada mensaje y nos conduzca protegidos hacia la salvación.

¡Alabado y bendecido sea el nombre del Señor, nuestro Dios!

  

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

          Queridos hijos, he venido a ustedes con las manos abiertas para tomarlos a todos en mi abrazo bajo mi manto. Pero, no puedo hacerlo mientras vuestro corazón esté lleno de luces falsas e ídolos falsos. Límpienlo y denle a mis ángeles la posibilidad de cantar en vuestro corazón. Y entonces los tomaré a todos bajo mi manto y les daré a mi Hijo, verdadera paz y verdadera felicidad. Hijos míos, no esperen. Gracias. (Mensaje dado a Mirjana el 2 de agosto de 2005)


25 de setiembre de 2005

        
¡Queridos hijos! Los llamo en el amor: conviértanse, aunque estén lejos de mi corazón. No lo olviden: yo soy su madre y siento dolor por cada uno que está lejos de mi corazón, pero no los dejo solos. Creo que pueden abandonar el camino del pecado y decidirse por la santidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
                                      

Comentario

         Al querer comentar este mensaje, la primera pregunta que surge es ¿qué se puede agregar o qué se puede explicitar en un mensaje como éste? La respuesta es: muy poco, porque el mensaje habla por sí solo y porque es muy claro el llamado. 

La impresión que se recoge al leerlo, el tono que podemos imaginar en el cual fue dicho, son los de un mensaje que nace del dolor del Corazón de la Madre que ya no tiene más recursos para apelar ante sus hijos y les está diciendo: aún cuando no me amen, aún cuando no me reconozcan como Madre de ustedes, sepan que yo siempre seré la Madre que los ama, y que por amarlos con amor maternal y divino siento un profundo dolor porque no quiero verlos perderse y perderse para siempre. Aunque no me escuchen, porque los amo no puedo dejar de llamarlos, y lo haré hasta el último momento. Que este clamor mío que viene del amor más sublime sea más fuerte que la dureza de sus corazones y puedan ustedes responder abriendo sus vidas a Dios. Y hasta parecería decir: conviértanse que no queda más tiempo. No pierdan más tiempo para convertirse. Tengo aún confianza en que pueden dejar ese camino que los está llevando a la ruina, que pueden despertar del sopor letal y ver un nuevo amanecer aprendiendo a amar, que esto es, decidirse por la santidad.  

 
        La Santísima Virgen nos muestra que no se da por vencida, porque interviene para que aún aquel que está más sumido en el pecado le sea posible, con la gracia divina, salir de su situación. María es la Madre que sigue junto a cada uno de sus hijos y que, por más que sus hijos estén en la mayor oscuridad, tanta de no percibir su presencia, Ella no los abandona y a nadie deja solo.

 

El mensaje presenta, además, otro aspecto que podría pasar por alto y es el siguiente: uno podría pensar que está dirigido únicamente a aquellos hijos que no aman a la Virgen por la razón que fuere y que están alejados de Dios, inmersos en un mundo de pecado y que, como no es el propio caso, el mensaje a uno no le toca, no le incumbe. Bastaría con darse por enterado, quizás dedicarle alguna mención en las intenciones de las oraciones por la conversión de tales personas. Pues si esto pensamos, estaremos en un gran error. Ante todo porque todos nosotros somos pecadores y tenemos necesidad de constante conversión. Cada vez que pecamos de obra, de palabra o por omisión o nos entretenemos en malos pensamientos, nos alejamos de Dios y de la Madre de Dios aún cuando ni Dios ni la Santísima Virgen se alejen de nosotros. Luego, porque si realmente estamos cerca de su amor, entonces nos debería doler todo hermano que está perdido y no encuentra el camino de salvación, que es Cristo, Camino y Salvador. Es entonces cuando este mensaje se vuelve una invitación a participar del llamado de la Reina de la Paz con nuestras vidas, por medio de fervientes oraciones, de renuncias y sacrificios, y de permanente testimonio para que otros se conviertan.

 

La Santísima Virgen nos llama al amor cotidiano, a esos actos concretos de amor de cada día de nuestras vidas. Nos invita a obrar, en lo mucho o poco que tengamos que hacer con amor.

El Espíritu Santo infunde en nosotros el amor que nos mueve hacia Dios y hacia los demás en entrega de nosotros mismos.

No debemos dejar de apartar nuestra mirada contemplativa en Jesucristo que es el camino del y al amor. Toda su existencia terrena, recordaba el Santo Padre en estos días, es un acto de amor, desde su concepción hasta la muerte en cruz.

En la Última Cena y en cada Eucaristía que la hace presente, el Señor se da a nosotros totalmente para hacernos uno en el amor. Ante este misterio, exhortaba el Papa, debemos responder con una respuesta concreta a su amor expresada en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la recíproca acogida y en la atención por las necesidades de todos.

Todos debemos decidirnos ya por la santidad. Es urgente amar.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs


25 de octubre de 2005

       
¡Hijitos, crean, oren y amen, y Dios estará cerca de ustedes! Él les dará las gracias que le pidan. Yo soy un don para ustedes porque Dios me permite día a día estar con ustedes y amarlos a cada uno con un amor inconmensurable. Por eso, hijitos, en oración y humildad abran sus corazones y sean testigos de mi presencia. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
                                      

Comentario

        
Éste es un mensaje muy consolador. Especialmente cuando, de cara a los acontecimientos mundiales, a las catástrofes de todo tipo que se suceden, llega como bálsamo por tantos males que nos circundan y que provocan temores y angustias. La Madre de Dios viene, entonces, a recordarnos la proximidad de Dios y la obtención de sus gracias cuando lo invocamos con corazón sincero, cuando tenemos fe, cuando amamos; así como nos recuerda que Ella no nos abandona y que su permanencia entre nosotros es un don y una demostración del amor que Dios nos tiene y que vemos reflejado en la misma Virgen y Madre nuestra.

Cierto es que no estamos exentos de amenazas continuas y que no debemos olvidar la seriedad de la situación en la que vive el mundo o que las catástrofes son consecuencias del mal que anida en el corazón del hombre, efectos directos o remotos pero efectos al fin de una única causa: el pecado. Pero, de todo lo malo estaremos preservados en la medida de nuestro caminar hacia Dios viviendo los llamados que la Virgen nos hace. Hace muy poco nos pedía que hiciéramos novenas de renuncias y ayunos para que Satanás esté lejos de nuestras vidas, y también en los últimos mensajes insistía que aprovecháramos este tiempo de gracia que se nos ha concedido. Tengamos presente, entonces, que un nuevo mensaje no cancela otro anterior sino que se agrega para que todos sean cumplidos.

 

¡Crean, oren y amen! Tres imperativos, tres pedidos fuertes, condicionantes de la proximidad a Dios.

“Crean, tengan fe”, nos dice. Creer significa creer en Dios y creer a su Palabra. Creer todo lo que las Escrituras nos dicen, creer en la Buena Nueva del Dios hecho hombre en el seno de María, por obra del Espíritu Santo, que murió por nosotros, por nuestra salvación, que resucitó y que está en la gloria junto al Padre y al Espíritu, y que ha de volver en la gloria como Juez de vivos y muertos. Creer es creer en lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia, que es quien custodia el depósito de la fe y fielmente interpreta las Sagradas Escrituras y la Tradición de la Iglesia, que constituyen un único depósito de la Palabra de Dios.

Fe es creer algo a alguien por la autoridad de ese alguien. Nosotros creemos porque quien revela es Dios mismo a través del Espíritu Santo que ha hablado por medio de los profetas y a través del Hijo.

Dios se ha revelado y nosotros nos adherimos a la Revelación con todo nuestro ser. Esa es la fe.

Creer es creer lo que cree la Iglesia y que repetimos sintéticamente en el Credo (por ello se llama símbolo, porque es la síntesis de nuestra fe, compendio de los dogmas que constituyen la fe de la Iglesia) (*).

Bueno es recordar que al comienzo de las apariciones los videntes de Medjugorje decían que, cuando recitaban el Credo, la Virgen mostraba en su semblante una gran felicidad.

Creer también puede cobrar otro sentido, y es el que Dios actúa en la historia y que la Santísima Virgen es la enviada en estos tiempos. Por lo tanto, creer que Ella se está manifestando y que estos mensajes vienen del Cielo (**).

 

¡Oren! ¡Cuántas veces nos ha pedido la oración! ¡Siempre! En cada mensaje, en estos 24 años y 4 meses ha repetido este pedido. Con ello nos ha mostrado que nada, absolutamente nada, puede sustituir a la oración y que la oración del corazón tiene poder porque Dios, que es el Todopoderoso, la escucha. La oración del corazón es la que va moldeando el corazón, lo va sintonizando y afinando a la voluntad de Dios. En la oración del corazón hay bienaventuranza porque quien ora con el corazón es bienaventurado, es humilde, es pobre ante Dios, es alguien que constantemente purifica su corazón, es alguien que ama y obra la paz, es alguien que procura ser misericordioso.

La oración viene de la fe y de la esperanza y, aún cuando el amor no sea a veces el verdadero motor de la oración, ésta tiene la virtud de encenderlo. Por la oración, la fe y la esperanza son también fortalecidas.

La oración no sólo debe ser la puerta que abra y cierre nuestro día sino que debe estar presente en cada momento de la jornada a través de un deseo continuo de Dios y llenando nuestro día –como lo ha pedido recientemente la Santísima Virgen- con breves y ardientes oraciones, aferrando el Rosario y rezándolo en momentos precisos y preciosos.

En nuestra vida, como decía santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) “tenemos que hacer sitio para el Salvador eucarístico, para que Él pueda transformar nuestra vida en la suya”. Y agregaba: “Para tantas cosas inútiles se encuentra tiempo: para leer cosas sin valor en libros, revistas y diarios (hoy agregaríamos para estar sentado frente al televisor que nos va envenenando con dosis cada vez más letales); para pasarnos horas enteras en los cafés, o para malgastar un cuarto o una media hora en la calle: todas ‘distracciones’ en las que que se desperdician tiempo y fuerzas de modo fragmentario. ¿No sería posible ahorrar una hora en la mañana, en la cual recogerse en vez de distraerse, en la que no se malgasten las fuerzas, sino que se ganen para cubrir los esfuerzos de la jornada?” .

         “No cabe ninguna duda de que se necesita algo más de una hora.” Ésta era una apelación de la santa a la adoración eucarística. Decía también ella que, por medio de este recogimiento en oración frente al Santísimo, “cada día se crece más en sensibilidad para percibir lo que le agrada y lo que no le agrada”. A partir de entonces creceremos en humildad, que la única manera de crecer espiritualmente es volviéndose pequeño. Eso significa ser hijos de Dios: hacerse pequeños y al mismo tiempo, viviendo eucarísticamente, hacerse grandes. Salir de las propias angustias, dirá Edith Stein, y adentrarse en el horizonte infinito de la vida de Cristo. “Quien busca al Señor en su Casa, no se preocupará tan sólo de hablarle de sí mismo, y de sus preocupaciones. Empezará a interesarse de las preocupaciones del Señor”. El camino de santidad que se recorre sacramentalmente, en la Iglesia, siendo Iglesia, el camino que tiene como cúlmine la Eucaristía, es un camino de despojamiento de uno mismo, de alejamiento del egoísmo y de acercamiento al otro, al que estaba hasta ese momento lejos del propio horizonte para atraerlo a la proximidad de la hermandad.

 

¡Amen! Amar resume toda la Ley de Dios. Amar es donarse. Amar es perdonar, es ser paciente, humilde, es tener los sentimientos de Cristo (Cf Col 3:12; Flp 2:5).

Es el amor, al que para no confundirlo con lo que el mundo llama “amor”, lo adjetivamos como caritativo, misericordioso.

Misericordia es inclinarse padeciendo con (compadeciendo) quien se siente en soledad y tristeza, con quien está enfermo y angustiado, con quien está afligido y desamparado. La Iglesia reza al Señor para tener sus mismos sentimientos. En una de las plegarias le pedimos a Dios: “danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido” (***).

La misericordia es un sentimiento que viene de lo más profundo del ser. En hebreo se expresa con la palabra refajim que se la traduce como entrañas de misericordia. Refajim, las entrañas de misericordia de nuestro Dios, su Corazón que se compadece de toda miseria humana, hicieron que el Verbo se encarnara en María Virgen y que la Luz, el sol que nace de lo alto, viniese a visitar al mundo de tinieblas (Cf Lc 1:78) y a habitar entre nosotros (cf Jn 1:14).

Sin el amor de donación todo es vano y nada de lo que se haga tiene valor. El amor no sabe de declamaciones sino de gestos concretos. Un pequeño gesto de amor vale más que todos los libros de teología del mundo.

Amar es imitar a Jesús, es imitar a María.

El verdadero amor exige amar primero a Dios para amar al hermano. Sólo el amor a Dios puede hacer del otro un hermano, hacerlo un próximo, un cercano. Es como los rayos de una rueda que a medida que nos acercamos al centro los rayos están más próximos hasta unirse en el centro. El centro es Dios y los rayos cada uno de nosotros.

El Señor nos enseña que el amor es el único valor que perdura en la eternidad y que todo otro valor le debe estar sujeto. Porque, qué es la libertad si no está sujeta al amor, a la caridad? Y qué la verdad sin caridad, sin misericordia? La libertad sin la caridad se vuelve libertinaje, anarquía, egoísmo destructivo. La verdad sin caridad puede matar y usarse como excusa para herir a otro. Tanto una como otra no son valores absolutos.

 

La Santísima Virgen nos pide firmemente tener fe, orar y amar, en una palabra hacer el camino de santidad, de aproximación a Dios, y luego dice: “Él les dará las gracias que le pidan”.

La fe nos lleva a dirigirnos a Dios con abandono y con seguridad de ser escuchados por Aquél que todo lo puede; la oración es el medio, y el amor lo que nos garantiza que seremos escuchados y nuestros pedidos satisfechos porque estaremos pidiendo lo que el mismo Espíritu Santo pone en nuestros corazones. Porque terminaremos queriendo todo lo que Dios quiere y no deseando nada que Él no quiera. Por el amor, con fe y mediante la oración, nuestros deseos serán agradar a Dios y nunca ofenderlo.

Luego, nuestra Madre nos recuerda que su permanencia entre nosotros es un don de Dios porque sin su permiso no podría venir a visitarnos y a guiarnos por medio de sus mensajes. Su presencia especial en las apariciones y sus continuos mensajes nos hace vivir la experiencia de su cercanía y de su amor por cada uno de nosotros, y esto porque Dios lo permite. Cierto es que Ella igualmente nos ama y está cerca de nosotros aunque no medien apariciones, pero nosotros en ese caso no tendríamos estas vivencias de la maternidad y dulzura de nuestra Madre celestial. Para nosotros no sería lo mismo.

La Santísima Virgen es don y como don que es debe ser acogido. Acoger el don significa practicar sus mensajes, dar testimonio de su presencia y agradecer constantemente, cada día, a Dios por este regalo inmenso que nos ha hecho, por esta nueva demostración de su amor infinito y del amor divino con que María nos ama. Dios, Quien nos manda amar, es la fuente de todo amor porque Él mismo es amor. Dios quiere que creyendo, amando, orando, restablezcamos en nosotros la imagen suya que hemos perdido.

 

          Al Señor, por intercesión de María Santísima, Reina de la Paz, rogamos aumente nuestra fe, haga más ferviente nuestra oración y derrame sobre nuestros corazones el amor para que podamos ser testigos de la presencia de la Virgen ante el mundo, para que demos testimonio así del amor de Dios, que permite que Ella venga hasta nosotros por nuestra salvación y para, finalmente, poder así responder a su llamado.

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

 

(*)  En algunos países se acostumbra recitar la forma más breve llamada Símbolo de los Apóstoles que consta de 12 artículos de fe; en otros, en cambio, la forma más larga y completa que es el Símbolo o Credo Nicenoconstantinopolitano.

 

(**) En cuanto a la autenticidad o no de las apariciones queda ello en manos de la autoridad de la Iglesia y a ella nos sujetamos.

 

(***) Plegaria eucarística Vc

 

CREDO NICENOCONSTANTINOPOLITANO

Creo en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza que el Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato:
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.

Creo que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica,
confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.


25 de noviembre de 2005

     ¡Queridos hijos! También hoy los invito: oren, oren, oren hasta que la oración se convierta en vida para ustedes. Hijitos, en este tiempo de manera especial oro ante Dios para que les dé el don de la fe. Sólo en la fe descubrirán el gozo del don de la vida, que Dios les ha dado. Vuestro corazón sentirá gozo al pensar en la eternidad. Yo estoy con ustedes y los amo con tierno amor. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

                                      

Comentario

            Una vez más la Santísima Virgen nos da la medida de cuánto orar y de cómo orar: “hasta que la oración se convierta en vida”, nos dice. Esto también significa hasta que encarnemos la oración y así nuestra vida sea oración y nuestra oración vida.

La oración es tan importante que haciéndose vida no termina con nuestro paso aquí en la tierra sino que continúa en el Cielo y prueba de ello es que la Reina de la Paz nos recuerda que ora por nosotros. Sabemos que Ella, que está en el Cielo, ora por nosotros, que no deja de orar porque es nuestra intercesora, quien media para que las gracias divinas se derramen sobre nosotros.

Por otra parte, que la oración se convierta en vida implica la renuncia a toda idea, actitud y cultura de muerte. Orar es vivir en Cristo quien destruyó la muerte. Por eso, quien ora destruye en sí mismo la muerte.

 

En este mensaje nos dice, además, que ora pidiéndole a Dios nos dé el don de la fe.

La fe en Dios revelado en Cristo Jesús es motivo de profundo gozo porque no creemos sólo en Dios como Creador sino también como Salvador. Creemos que Dios es Amor y nos brinda su amor y esto es causa de nuestra alegría. Nos da alegría la Buena Nueva que Jesús nos trajo: la muerte ha sido vencida porque Jesucristo la venció en la cruz, y no se muere nunca si se vive la vida en Dios. La fe hace que pregustemos la felicidad celestial porque hemos sido salvados y estaremos con Él en la eternidad si permanecemos en su amor.

Sólo es capaz de gozar verdaderamente quien tiene fe firme. La fe mueve al abandono en Dios porque es confianza en su misericordia y en su providencia. El hombre y la mujer de fe podrán sí estar tristes pero en ellos no cabe la angustia. Quien cree no debe estar angustiado ni sentirse deprimido, y si lo está es que ha disminuido su fe y por tanto no es capaz de abandonarse en Dios, entonces no deberá quedarse en su angustia sino salir de ella pidiendo al Señor, pidiendo a la Madre que interceda para que Dios aumente su fe.

Cuando se tiene fe se reza con fe y cuanto mayor es la fe mayor es la respuesta del Señor.

 

Si bien es cierto, entonces, que la fe es motivo de gozo, en este mensaje la Reina de la Paz agrega algo: que mediante la fe descubriremos el gozo “del don de la vida”. De este modo nos recuerda ante todo que la vida es un don y siendo don de Dios es sagrada. Descubrir el gozo del don de la vida es mucho más que gozar de la vida porque gozando del don de la vida gozamos de Dios, su Creador.

El don de la vida no es un don pasajero. La fe nos hace descubrir que la vida es un don para la eternidad puesto que Dios nos creó para la eternidad no tan sólo para este necesario tránsito terrenal. La fe que descubre el gozo de la vida es la misma que descubre el gozo de la eternidad porque creeremos, con toda la evidencia de la gracia, que se nace una sola vez y no se muere nunca. Que la única muerte verdadera es la muerte a la gracia de Dios y eso ocurre cuando nos apartamos de Él. Que la muerte eterna es permanecer eternamente apartado de Dios. Da vértigo el solo pensarlo, pero Ella no quiere que sintamos desazón alguna sino que nos gocemos al pensar que Dios nos salva, toda vez que nosotros, en este misterio que es la libertad, le permitamos a Él ser el Señor de nuestras vidas, que en la fe lo acojamos como nuestro Salvador, que caminemos en el bien y progresemos en la santidad. Y para eso, precisamente viene la Madre de Dios a Medjugorje: a mostrarnos el camino y a acompañarnos en él.

 

María, Madre de Cristo, es el don que el Hijo hizo a la humanidad al hacerla Madre de todos los hombres y estas visitas suyas son otro don del amor de Dios.

 

Querida Madre, también gozamos nosotros sabiendo que nos amas y que nos amas con tierno y eterno amor. Grande es nuestro gozo al saber, porque lo experimentamos, que estás cerca de cada uno de nosotros, que has venido y vienes hasta nosotros peregrinos en la tierra porque somos tus hijos muy amados y que nos esperas con los brazos abiertos en la eternidad. Gracias, Madre, por interceder ante Dios por nosotros y por este nuevo mensaje tuyo en que nos invitas a orar.


25 de diciembre de 2005

 


¡Queridos hijos! También hoy les traigo en brazos al Niño Jesús, Rey de la Paz, para que los bendiga con su paz. Hijitos, hoy los invito especialmente a ser mis portadores de paz en este mundo sin paz. Dios los bendecirá. Hijitos, no lo olviden: yo soy su Madre. A todos los bendigo con una bendición especial, con el Niño Jesús en mis brazos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

                                      

Comentario
 

La Virgen Madre nos presenta al Niño Jesús. Pero, ese niño es ¡Dios! En ese niño habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad. Es Dios que se acerca a nosotros y que por ser niño es traído por su Madre. Es ese Niño Dios que manifiesta su bondad, que nos muestra toda su ternura, inocencia y vulnerabilidad para que no tengamos miedo de aproximarnos a Él. Como se pregunta san Bernardo: “¿Cuál prueba mejor de su bondad podía dar sino asumiendo mi carne?”. Es Dios que en el Niño de Belén viene tan indefenso e inerme como para que podamos amarlo. Es Dios que desde María nos sonríe en este Niño. Dios que se ha hecho de nuestra propia estirpe, familiar nuestro, porque ha nacido de esta Mujer que lo trae ahora en sus brazos. Dios que se ha hecho uno de nosotros para que nosotros podamos estar un día con Él. Dios quiere tocarnos con su amor y con su paz para que nosotros podamos comunicar a todo el mundo estos dones preciosos que Él nos regala.

Jesús ha nacido y -no ya como los pastores o los Magos venidos de Oriente vamos nosotros a Belén, a postrarnos en adoración sino que- Belén viene a nosotros porque María, la Virgen Madre, baja del Cielo a traernos a su Niño.

Ese Niño, en su fragilidad humana tiene poder, todo poder. Tiene el poder de bendecir y de bendecir con la paz. Él es el Rey de la Paz que nos bendice con la paz que viene de sí mismo, porque es el Mesías, el Señor, que ya nos trae la paz que ha de conquistar para nosotros en la cruz.

Así como no es posible separar la gloria que ya tenía antes de su Encarnación con la que nos muestra en la Resurrección y con la que oculta en la Eucaristía, así también es imposible desvincular este Nacimiento suyo en Belén con su Pasión y Muerte, la gruta con la roca del Calvario, Belén con Jerusalén y con la Jerusalén celestial.

Este Niño es el Salvador anunciado por los profetas de Israel y los ángeles del cielo.

 

Con la ayuda de conocidas representaciones, podemos imaginarnos a la Madre sosteniendo alzada la manita de Jesús para que Él nos bendiga. Y como en los iconos, Jesús nos bendice, desde el corazón de María, con su paz. Jesús niño sella nuestro corazón con su paz. Sólo Él puede traernos la paz verdadera, no la que da el mundo.

Todo aquel que recibe y es tocado por la paz del Señor debe necesariamente él mismo comunicar esa paz y convertirse en bendición para los demás. Debe llevar la paz recibida a quienes no la conocen porque no conocen a Dios y, por no conocerlo, no lo aman ni se acercan a su amor que es salvación. Por eso, la Santísima Virgen y Madre nos invita a que no nos quedemos con la paz que nos es donada, como si se tratase de un bien exclusivamente personal, sino que la compartamos, extendiendo el círculo del don de la paz. Al hacerlo, nos lo recuerda, recibiremos la bendición del Señor, lo que en principio significa que se multiplicarán las gracias a través nuestro.

 

En su reciente homilía de Navidad, también el Santo Padre nos ha recordado que “la palabra paz ha adquirido un significado del todo especial para los cristianos: se ha convertido en un nombre para designar la Eucaristía. En ella está presente la paz de Cristo. Mediante todos los lugares donde se celebra la Eucaristía, se extiende en el mundo entero como una red de paz. Las comunidades reunidas en torno a la Eucaristía son un reino de paz vasto como el mundo. Cuando celebramos la Eucaristía nos encontramos en Belén, en la "casa del pan". Cristo se nos da, y con ello nos da su paz. Nos la da para que llevemos la luz de la paz en lo más hondo de nuestro ser y la comuniquemos a los otros; para que seamos agentes de la paz y contribuyamos así a la paz en el mundo.”

Ser portadores de paz es ser hombres y mujeres eucarísticos.

 

Finalmente, para confirmarnos el misterio y don insondable de la Encarnación de Dios Verbo Eterno en María, que hace de nosotros familiares de Dios, nos recuerda la Reina de la Paz en su mensaje que Ella también es nuestra Madre y como tal - Madre nuestra y Madre de Dios- nos bendice.

 

En este misma Navidad, Jakov ha recibido un mensaje que debe ser leído y vivido junto al que acabamos de comentar y que es el siguiente:

 

¡Queridos hijos! Hoy, con Jesús en brazos, de manera especial los llamo a la conversión. Hijos, durante todo este tiempo en que Dios me ha permitido estar con ustedes, incesantemente los he llamado a la conversión. Muchos de sus corazones han permanecido cerrados. Hijitos, Jesús es paz, amor, alegría, y por eso decídanse ahora por Jesús. Comiencen a orar. Pídanle el don de la conversión. Hijitos, sólo con Jesús pueden tener paz, alegría y un corazón lleno de amor. Hijitos, yo los amo. Soy su Madre y les doy mi bendición maternal. 

 

Es momento de abrirse a tanta gracia y de acoger el don que Jesucristo desde María nos trae. Si bien es cierto que Dios se ha aproximado tanto hasta nosotros como para hacerse uno de los nuestros, ninguna gracia ha de tocarnos si no damos el pequeño paso que nos acerque al Dios con nosotros. En la medida de nuestra apertura de corazón, es decir, de nuestra conversión, de nuestro acudir al llamado y de caminar hacia Dios, de nuestra oración y de nuestra acción, es que alcanzaremos los demás dones mesiánicos que Dios quiere hacernos. 

Comencemos, entonces, a juntar nuestras manos y a orar. Pidamos con corazón sincero el don de la conversión -que es el primero en el tiempo- para poder recibir y ser portadores de paz, de alegría y de amor. Sólo así alcanzaremos el amor para llevarlo a quienes no aman, la alegría a quienes no viven la vida en Dios, la paz a quienes no la tienen en sus corazones.

Oremos, acudamos al llamado personal que Dios nos hace, por medio de María, a cada uno para que este llamado, por obra de Dios, se vuelva bien común y comunión de paz, de alegría, de amor.

 

Oh, Dios invisible y eterno que en la venida de Cristo te has hecho visible y cercano, que nos bendices y sonríes en el Niño de Belén, que manifiestas a los hombres tu bondad y tu misericordia, abre Señor nuestros corazones a tanta gracia que derramas en este tiempo; abre nuestro corazón para que podamos recibir tu paz, rebosando nuestro corazón de alegría y de amor; abre nuestro corazón para que reciba el impulso de tu Espíritu haciendo de nosotros portadores de tus dones al mundo que no conoce la paz, ni el amor y la alegría; abre nuestro corazón Señor a tu bendición y a la bendición maternal de tu Madre que viene a visitarnos y a traerte en este tiempo. Amén.

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs


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Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!


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