Comentario de los mensajes

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Año 1999
Del 25 de abril de 1999

     El pasado mes éramos invitados a la oración del corazón y en este mensaje nuestra Madre vuelve sobre lo mismo, sobre la necesidad de la oración. Sabemos ya que cuando nos pide oración nos está diciendo oración del corazón y no otra. Esta oración que atrae la gracia de Dios, es la que se manifiesta en la paz, en el amor, frutos ambos de conversión de quien por orar recibe. Y quien recibe la paz de Dios no puede ocultarla porque irradia lo recibido. Entonces, sin que la persona siquiera lo note, los demás perciben la paz que lleva de modo tal que la transmite. También el amor que se recibe de Dios, por su propia naturaleza es don que es dado, pero de manera activa, porque se da en la medida que se va hacia el otro, en la medida que se da de sí mismo. Por eso, transmitir la paz y dar amor nos convierten en portadores de esas gracias y el bien hace su camino y las vidas, ya no sólo las nuestras sino las de los que encontramos a nuestro paso, o la de los que buscamos, se iluminan.

     Ya en el anterior mensaje como en este mismo, la Reina de la Paz nos habla de búsqueda. Ciertamente la fe, el amor, la paz son dones, son gracias que vienen de Dios, pero deben ser buscadas, deben ser conquistadas por medio de la oración, y no solamente de la oración -nos dice la Virgen- sino de la oración acompañada del ayuno. El don debe ser conquistado. La búsqueda, en verdad, no es únicamente la de las gracias sino de quien las da: Dios mismo.

     Entendemos que cuando nos dice "oren y busquen" no está diciendo o invitando a cosas diferentes sino que la búsqueda debe ser por medio de la oración, con toda la fuerza de nuestra voluntad dirigida en la oración a la paz, buscando el amor y algo más...la alegría. En varios mensajes la Reina de la Paz nos invita a la alegría, nos exhorta a que seamos testigos alegres de la Resurrección, de la paz y del amor. Pertenecer a María debe ser motivo más que suficiente de gozo. Alegría no significa esforzarse siempre por sonreir, aunque si lo que lo motiva es la caridad lo convierte en virtud, sino en hacerse conscientes de esa pertenencia, de ser amados por Dios, de ser hijos de su misericordia, de sentir la paz del abandono en Dios. La santidad consiste en eso, en abandonarse a Dios, permaneciendo en Él, buscándolo con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas puestas de manifiesto en la oración y en los sacrificios –pequeños o grandes- que nos aproximan, que nos purifican y liberan, para que Él nos vaya cambiando, convirtiendo, y podamos llevar a los otros hermanos los bienes recibidos.

     Ser cristianos es algo grande y que compromete, es nada menos que seguir las pisadas del Maestro y Señor, que decidirse por el amor hasta el extremo de amar al que nos hace mal, es amar como Él nos amó. Nuestra experiencia nos enseña que sin la gracia nada de esto es posible con las propias fuerzas, por más heroísmo que alguien pueda tener en sí mismo. Pero nuestra debilidad se ve fortalecida no sólo con la gracia sino con el auxilio de la intercesión poderosa de nuestra Madre del Cielo. Ella intercede por nuestra conversión, por la conversión no sólo de todos los hijos sino de cada uno en particular. Finalmente, la Santísima Virgen nos hace tomar conciencia de qué significa conversión, en tanto comportamiento permanente. "Oro e intercedo por ustedes. para que sus vidas y sus comportamientos sean cristianos" Ser de María, ser de Cristo es vivir como Cristo nos pide que vivamos. Es ser conducidos por María por el camino de luz hacia la vida eterna.


Del 25 de mayo de 1999

     La Madre nos trae la Buena Nueva de la paz. La paz es posible, no sólo deseable. Dios la da a todos los hombres de buena voluntad, a todos los que lo aman. Esos son los benditos de Dios, los que Él sella - en su Amor- con el signo de la paz.

     María es Reina de la Paz, porque nos lleva por el camino que Jesús nos marcó. Ella jamás podría llevarnos por un camino distinto, simplemente porque no existe otro camino. Cristo es el Camino. Cristo es la Paz. Él nos da la paz. Él nos dice qué debemos hacer para alcanzarla. Es lo que nos repite su Madre, que es su Enviada, en estos tiempos de su Misericordia. "Hagan lo que Él les ha dicho, lo que yo vengo a recordarles". "Escuchen mis mensajes, vívanlos".

     Si acudimos al llamado de la Santísima Virgen, si aceptamos sus invitaciones, iremos al encuentro de Dios. Encontrando a Dios encontramos la paz. Pero, para encontrarlo es necesario antes buscarlo. Si buscamos, por donde la Madre nos lleva, nos encontraremos con Dios, en la persona de Cristo, y en Él estará nuestra paz. La paz que el mundo no conoce, que sólo Cristo Jesús puede dar a aquellos que se esfuerzan por complacerlo, por hacer lo que Él pide y enseña.

     Entonces, prestando atención a su Madre, escucharemos la voz del Maestro, que nos dice cuál es el primer mandamiento del amor. Es aquel que Dios le había dado a Moisés en el Horeb, para que el pueblo hebreo lo observase. Es el que los judíos repetían y repiten en su oración principal, el Sh´ma Israel (Escucha Israel): "Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy…. " Ése - nos dice Jesús- es el primer mandamiento, y el segundo, agrega, es similar al primero: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". De estos dos derivan toda la Ley y los profetas.

     En el mensaje de hoy, La Reina de la Paz hace eco a las palabras de su Hijo. Ella nos dice: "Crean con mayor fuerza en Dios…amen a Dios por sobre todas las cosas". Para alcanzar esa fe firme, esa cúspide de amor, nos enseña la Virgen, es necesaria nuestra voluntad; pero no la que se apoya en las meras fuerzas de nuestras naturalezas caídas, sino la voluntad de quien se decide por abrirse a la gracia, abriendo el corazón a Dios y poniendo lo mejor de sí para seguir en el camino de conversión. Es la voluntad que busca la gracia divina por donde no alcanza la naturaleza, empobrecida por el pecado.

     Convertirse es dejar que Dios actúe en uno. Convertirse es - por esa misma razón- acercarse a Dios, o lo que es lo mismo, acercarse a su Amor. Es experimentarlo en la entrega confiada, en el abandono que - como decía Santa Teresita - es el fruto delicioso del árbol del amor. Entonces, si me angustio es porque no me abandono lo suficiente, y por ese motivo no puedo experimentar a Dios que me ama y me protege, que me preserva aún en el mal, y que es mi Padre providente que de todo lo mío se ocupa porque yo me ocupo de su Reino, o que soy hijo de su Misericordia.

     Ya en meses pasados éramos invitados a la oración del corazón y en este mensaje vuelve - otra vez- sobre lo mismo, la oración. La oración a la que alude nada tiene que ver con determinadas prácticas sino con un mismo fondo, el corazón.

     En este mensaje, además, nos dice que no sólo basta la oración, tampoco vale buscar la paz si todo se resuelve en la superficie. Es preciso sumergirse y alcanzar el propio corazón para abrirlo. Es preciso decidirse por Dios amándolo para, por medio del abandono en Él, alcanzar entonces la oración del corazón que siente la cercanía de su Creador y Salvador. La verdadera oración, que atrae la gracia de Dios, en la que se manifiesta la paz, y se experimenta el amor, se da cuando nos decidimos a amar a Dios por sobre todas las cosas, a abrirle el corazón para que lo llene con su Amor.

     Advertimos que el mensaje de hoy está dirigido a quienes oyen el llamado de la Virgen; sin embargo, no por ello excluye a los demás hijos, sobre todo a aquellos que más preocupan a la Madre de Dios y a Dios mismo, los que están aún muy alejados. En efecto, en cada mensaje la Reina de la Paz toma algún tema en particular para que prestemos atención y trabajemos sobre el mismo. Sabiendo esto deberíamos vincular el actual mensaje con los dos anteriores, en los que éramos llamados a ser portadores alegres de paz y de amor en este mundo sin paz y también intercesores por los que no aceptan el amor de Dios. El punto de unión, entre todos ellos, es que necesitamos ahondar nuestro empeño en nuestra propia conversión para poder luego transmitir a los demás los frutos de esa conversión, porque a nadie podremos llevar lo que antes no hayamos recibido de Dios.

     La razón de la permanencia de la Sma. Virgen entre nosotros, nos lo recuerda nuevamente, es acercarnos al Amor de Dios. Que podamos ser esos hijos dispuestos y generosos que la Madre de Dios busca. Que podamos ser merecedores de su agradecimiento "por haber respondido a su llamado".


Del 25 de junio de 1999

     Alguna vez nos hemos preguntado a quiénes van dirigidos los mensajes. La respuesta más inmediata es: a todos los hijos de la Virgen. En ese sentido, todos somos sus hijos y nadie queda excluido, porque María es Madre de toda la humanidad. Por ello, el mensaje es universal.

     Sin embargo, es posible ver en estas exhortaciones de la Reina de la Paz algunos matices que, necesariamente, hace que los mensajes sean personales. Ante todo se debe considerar quién lo recibe, porque si bien están dirigidos a todos, no todos saben de ellos ni a todos les interesa de igual manera. Es así que aquellos que se sienten especialmente interpelados no sólo se afanan por saber cuál es el contenido de cada mensaje, para vivirlo, sino también por -de alguna forma- hacerlo conocer a los demás. Y, entonces, aunque los mensajes van dirigidos a todos, es particularmente a esos hijos que la Madre de Dios parece decirles "gracias porque viven mis mensajes y con sus vidas dan testimonio de ellos."

     El agradecimiento de la Virgen abarca, seguramente, también a aquellos que, sin aparentes grandes logros, se esfuerzan por responder a su llamado porque lo importante es el empeño y la seriedad con que cada uno está dispuesto a seguir el camino que la Santísima Virgen nos propone. En tal sentido queda claro que seguirla a Ella es decidirse a ser suyo. Por eso agrega: "Sólo así cada uno de ustedes será mío y yo los guiaré por el camino de la salvación". Es como decirnos: "son míos cuando hacen lo que yo les pido, cuando me siguen. Así podré ir avanzando con ustedes y conduciéndolos por el único posible camino de salvación, el que lleva a Dios". Sabemos, a este respecto, que hay quienes deciden llegar hasta Dios sin María, quienes confían en sus propias fuerzas o reposan en la guía de otros. Nosotros, en cambio, hemos elegido el más seguro y más corto de los medios para acercarnos y llegar a Dios. Al Padre se llega sólo por el Hijo, es cierto, pero para llegar al Hijo nadie mejor que la Madre. Y esto, más que nuestro privilegio, es la gracia misma. Pero la gracia necesita de nuestro esfuerzo, de nuestra decisión firme.

     En el mensaje anterior nuestra Madre nos decía: "Crean con fe firme", ahora nos dice: "Sean fuertes", y también "oren para que la oración le dé fuerzas". ¿Qué nos quiere significar con estas exhortaciones a la fortaleza? Ante todo que tenemos necesidad de ser fuertes, de afirmarnos ante la adversidad que se nos presenta o se nos pueda presentar. Luego, que el ser fuertes depende ciertamente de nuestra voluntad, de la decisión de querer ser fuertes, pero que la fortaleza solamente se alcanza por medio de la gracia que se pide en la oración. Lo mismo ocurre con la alegría. No es la primera vez que nos invita a la alegría. La Virgen nos quiere alegres, testigos gozosos del amor de Dios. El pecado nos provoca tristeza. El pecado lleva a la persona al fracaso, porque en ella no se cumple el designio de Dios, y a la tristeza. Cuando ejercemos nuestra libertad en contra de la Voluntad de Dios esta libertad hace de nosotros absolutos, provocando que el egoísmo se enquiste en el corazón, que la mezquindad se vuelva norma de conducta, que continuamente nos sintamos heridos, por lo que debemos defendernos de todo y la defensa se vuelve -sin darnos cuenta- agresión.

     El pecado nos vuelve tremendamente vulnerables, debilita aún más nuestra naturaleza y los miedos nos acosan. La cizaña del corazón se resiste a ser arrancada y se vuelve a caer siempre en los mismos vicios y defectos porque ya los mecanismos de reacción interna se disparan al mínimo estímulo y las consecuencias se repiten. Por no reconocer nuestras miserias nos instalamos en nuestros celos, envidias, ánimos de venganza y vamos rumiando cabizbajos nuestra tristeza sin lograr salir de esos estados. Esta tristeza, esta debilidad producida por el pecado, es la que nuestra Madre desea que desaparezca de nosotros.

     El camino de la oración del corazón es el de la purificación porque nos ilumina la conciencia y nos hace ver lo que antes no veíamos, la raíz del mal en nosotros mismos. Es el camino de la salvación porque atrae sobre nosotros la gracia necesaria para superar nuestras debilidades. Y finalmente, cambia nuestra tristeza en alegría.

     Lo más extraordinario de todo esto es que es posible conseguirlo desde un pequeño espacio, ese rincón del cuarto o de la casa donde nos ponemos a orar todos los días. Desde ese lugar donde abrimos el corazón al infinito para que Dios nos conceda las gracias que la Reina de la Paz nos viene a traer. Las gracias transformantes que nos vuelvan testigos alegres del amor de Dios. Cuando la persona es tocada por esa gracia no es necesario que vaya proclamando los mensajes por donde va, aunque no está mal que así lo haga, simplemente es suficiente su paso para que los demás noten que en el origen del cambio está Dios.


Del 25 de julio de 1999

En cada mensaje renovamos nuestra alegría: la de tener con nosotros a la Madre de Dios, la de recibir de Ella sus palabras de aliento, de consuelo, de esperanza y de enseñanza. Ella también se regocija de poder comunicarse con nosotros y no sólo nos participa de su gozo -lo que nos da aún mayor alegría- sino que desea compartir su agradecimiento a Dios por tan grandes gracias recibidas a través de su venida y permanencia en Medjugorje.

     Estos 18 años de Apariciones son la prueba más elocuente de la misericordia de Dios que actúa a través de María, dispensadora de tales gracias. Ni los más escépticos, ni siquiera aquellos que abiertamente combaten a Medjugorje porque descreen de esta presencia salvífica, se atreverían a negar la espiritualidad que allí se respira. Nadie podría dejar de reconocer que esta aldea croata de la Bosnia Hergezovina es, desde el comienzo mismo de las Apariciones y por sobre todas las cosas, un lugar de oración. Quienes siguen de cerca los acontecimientos agregan a esa primera evidencia otra: allí se ha formado una verdadera escuela de oración. Es decir, que no se trata simplemente de un lugar en el que se ha desarrollado una devoción particular y donde las personas van a orar sino que Medjugorje ha engendrado algo más profundo, algo que la simple voluntad humana no es capaz de lograr por sí misma. A partir de Medjugorje experimentamos, por medio de la oración del corazón, la acción del Espíritu, o -con más precisión- recibimos la luz de la gracia que ilumina nuestro camino de conversión y que nos pone en marcha hacia el encuentro con el Señor.

     Sin embargo, los beneficios no se agotan en estas realidades y por tal razón la Santísima Virgen desea que tomemos conciencia de un designio superior, el que Medjugorje sea más que un lugar de oración, más aún que la escuela de la oración del corazón, ¡mucho más! Por importante que pueda ser una escuela de oración ésta no deja de ser un medio -aunque fundamental- de salvación. Lo que la Reina de la Paz viene ahora a decirnos es que Medjugorje es más que eso, no es sólo medio sino meta, lugar de encuentro. Es nada menos que el lugar escogido por Dios y puesto bajo la conducción de María, para que nuestros pobres y frágiles corazones se encuentren con los Sagrados Corazones del Señor y de su Madre.

     Juan Pablo II, profeta de nuestro tiempo, meditaba así el misterio de los Sagrados Corazones: "Cristo dijo en la cruz: "Mujer, he ahí a tu hijo". Con estas palabras abrió, de una manera nueva, el Corazón de su Madre. Poco después la lanza del soldado romano traspasó el costado del Crucificado... El Corazón Inmaculado de María, abierto por la palabra "Mujer, he ahí a tu hijo", alcanza espiritualmente el Corazón de su Hijo, abierto por la lanza del soldado. Un mismo amor al hombre y al mundo abre ambos corazones en el Gólgota, en el momento de la redención que el Cordero cumple con su muerte. "Confiar el mundo al Corazón Inmaculado de María significa acercarnos, gracias a la intercesión de la Madre, a la Fuente misma de la vida... Esta Fuente brota sin interrupción y es permanente fuente de vida nueva y de santidad."

     María es Reina de la Paz porque en Ella reposa plenamente la paz de Cristo y esta paz que viene a regalarnos no es otra que la que procede del Corazón traspasado en la cruz, junto al suyo abierto a la maternidad de todos los hombres.

     Si entre la Madre y el Hijo siempre hubo unión de corazones, es en el momento mismo de la redención, en la cruz, que los dos se vuelven perfectamente uno. Ahora, la Madre de Dios nos exhorta a que nuestros corazones se fundan con el suyo y el de Jesús. Nos está llamando así a unirnos también en unión perfecta al amor de Cristo que Ella plenamente comparte. Este deseo es de tal trascendencia que merece meditarlo en profundidad. Porque no nos está simplemente diciendo que su propósito es una más íntima amistad de corazones, es decir que busca la concordia entre nosotros, su Hijo y Ella. Su invitación -que expresa como deseo- es algo aún más exigente y grandioso: la Santísima Virgen quiere la fusión de corazones. Es ésta otra expresión de la misma perfecta unión que Jesús pedía a sus discípulos el Jueves antes de su Pasión. Él les decía: "Permanezcan en Mí como Yo permanezco en ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Aménse unos a otros como yo los he amado" (Juan cap. 15).

     Jesús nos manda amar, María nos muestra el camino y nos trae la gracia que hace posible cumplir con ese mandamiento. El camino es el de la apertura del corazón a la oración, por la que desciende la gracia de Dios que nos transforma desde dentro, y la meta es el encuentro de corazones hasta sentir y amar como uno solo.

     Nuestra Madre del Cielo nos recuerda que en este camino hay obstáculos. De todos modos, por más que el enemigo quiera interponerse a estas gracias, sembrando la cizaña de la confusión y trayendo intranquilidad, no debemos por ello inquietarnos. Ella nos invita a la alegría y a seguir orando. Dios ha elegido las manos suaves pero firmes de esta Mujer para que arranque la cizaña que satanás -aprovechando la oscuridad del mundo- planta en nuestros corazones. Nuestra esperanza se apoya en la fe cierta de que siguiendo a María somos conducidos por el camino del amor, en la paz de Dios.

     Señor, Dios nuestro, elevamos hacia Ti nuestra gratitud, en unión con nuestra Madre del Cielo, por todas las abundantes gracias que desde hace 18 años vienes dando al mundo por su intermedio. Te pedimos ahora, Dios nuestro, la gracia de permanecer en tu amor. Que todos nosotros seamos uno, como Tú y tu Madre son uno, en perfecta unión y en un único corazón de amor y de paz. Amén.


Del 25 de agosto de 1999

     Este nuevo mensaje es peculiar en un doble sentido. Primero porque, aún cuando no es la primera vez que lo hace, la Santísima Virgen emplea imágenes tomadas de la naturaleza para llamarnos a la reflexión y a la consecuente respuesta. En alguna oportunidad había usado la semejanza entre la flor y nuestra alma para hacernos entender que así como la flor necesita todos los días del agua para vivir, así también nuestra alma se marchita sin la oración de todos los días. Lo segundo tiene que ver con las figuras que emplea y que – a diferencia de otras veces- no se circunscriben a la experiencia actual en Medjugorje o en el hemisferio norte, porque ya los días del verano se están yendo (el trigo es cosechado en julio) y el otoño avanza. En tal sentido los ejemplos tomados vienen a demostrarnos la universalidad del mensaje.

     Nuestra Madre en su renovada invitación a la oración nos pide que dejemos que ésta brote en nosotros como el agua de un manantial, es decir, sin impedimentos, libremente. Parecería una exhortación a quitar en nosotros todo impedimento y en cierto modo lo es, pero es también más que eso. Es dejar que Jesús nos dé, Él mismo, de beber, que nos dé el agua de su gracia, el agua de la purificación que limpia nuestro corazón y permite que esa gracia derramada siga su curso benéfico sobre nuestras vidas y sobre otras. ("El agua que yo le daré se volverá en él manantial que brota para la vida eterna" le dice Jesús a la samaritana, Jn 4,13). Pero, esta gracia debemos pedírsela al Señor en la oración.

     Un corazón orante puede descubrir, mediante la gracia recibida, signos de la belleza y del amor de Dios en la naturaleza . Por ello, también, vuelve ahora sobre la oración, esa oración que nace de la vida ("que sus vidas se vuelvan oración" nos había dicho) y con la que se da gloria a Dios. Este mensaje es, entonces, un llamado a reparar –apoyados en la oración- en la creación, para reconocer en ella la bondad y la belleza del Creador y a encontrar su causa en el amor de Dios.

     Dios ama y crea. En el relato bíblico de la creación se nos muestra que Él llama a la existencia y todo lo que surge es bueno. La bondad de la creación tiene su fuente en la bondad del Creador, y la creación en el amor de Dios. Al inicio, nos dice el Libro del Génesis, el Espíritu –que es Espíritu de Amor, por ello Creador- aletea sobre las aguas primordiales. La Palabra -que no sólo es expresión de la voluntad divina sino que es eficaz, porque Él dice y lo que dice se hace- se pronuncia y crea. Todo lo que es, lo es por voluntad y amor divino. En la narración simbólica Dios da su conformidad con lo creado al "ver que es bueno". Pero, si toda la creación es bendecida por Dios, en modo muy especial lo es el hombre. En él es en quien más se complajo, porque "vio que era muy bueno"

     "Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo y les dijo..." (Gen 1,27) A partir de ese momento ya Dios no dice sino que "les dice". El Creador ahora dialoga con su creatura. Desde entonces, desde el mismo acto de nuestra creación como hombres, Dios nunca ha dejado de comunicarse con nosotros. Antes de la caída, el diálogo entre Dios y el hombre había sido directo. Después, fue a través de ángeles y profetas. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios habla por medio de su Hijo. En este tiempo nos llama por medio de nuestra Madre del Cielo y Ella, a su vez, nos invita en este nuevo mensaje a agudizar nuestra sensibilidad para entender lo que Dios nos expresa por medio de la naturaleza.

     La Santísima Virgen escoge ejemplos sencillos para hacernos ver que no hay nada hecho por el Padre que sea superfluo ni producto de las fuerzas ciegas del azar. Hasta la más pequeña flor tiene un sentido y es producto del amor divino.

     Dios puso la naturaleza a nuestro servicio y puesto que al crearnos nos dotó de cuerpo y espíritu, es que nuestros sentidos pueden deleitarse en la contemplación y nuestro cuerpo alimentarse de los frutos de la naturaleza. "Les doy toda hierba que produce simiente y que está sobre toda la tierra y todo árbol que contiene fruto y que produce semilla. Ellos serán vuestros alimentos" (Gen 1,29). Él, que hace salir el sol sobre malos y buenos es también quien, por su misericordia, hace brotar el trigo y el agua para saciar todo hambre y apagar toda sed.

     Dios no cesa de crear porque no deja nunca de amar. Toda la creación es acto continuo del amor de Dios, porque si dejara de amarnos nada de lo que es sería. Así es expresado en las Escrituras: Dios creó todo para que exista, Él no creó la muerte y no goza con la ruina de los vivientes (Sap 1,13-14)(Ez 18,32). Él ama todo lo que existe y no desprecia nada de lo que ha creado, porque si algo hubiese odiado no lo hubiera creado. Nada puede subsistir si no lo quiere ni nada conservarse si no lo llama a la existencia (Sap 11,24ss).

     La belleza y la bondad están en Dios y son reflejadas en la naturaleza, pero el hecho mismo de poder captarlas es posible porque Dios, al habernos creado a su imagen y semejanza, nos ha dotado del alma que es capaz de percibirlas, contemplarlas, maravillarse y plasmarlas.

     "Darle gloria por los colores en la naturaleza" es alabar la riqueza de su creación, es darle gracias por el universo colorido que cada día nos regala, y por los sentidos y dones que nos permiten percibirlos y gustarlos. Porque Dios nos ama no nos dio un universo gris sino que la morada del hombre la hizo bella, más allá de las condiciones que hicieran posible la vida en la tierra, y la creó exuberante adornándola con toda clase de especies de seres y de cosas y sopló su Espíritu sobre el hombre.

     La invitación que la Virgen nos hace es a abrir la inteligencia para descubrir la belleza del amor de Dios y su misericordia en todo lo creado. Pero, ante todo, nos exhorta a salir de nosotros mismos para entonces poder ir hacia la naturaleza y recibir de ella la evidencia de que aún la flor más pequeña, esa que hoy está y mañana marchitará y será echada al fuego, ha sido creada por amor, que su belleza es reflejo de la belleza del Creador, y que si ella fue creada y por tanto amada, cuánto más cada uno de nosotros es amado por Dios. Es también invitación a ver que en nosotros mismos hay una belleza y bondad que deben emerger o ser restauradas. Decía Lutero: "Dios no nos ama porque somos buenos y bellos sino que porque nos ama nos hace buenos y bellos."

     La mera observación racional si no está iluminada por la fe, si no es conducida por un corazón abierto y sensible a la acción de Dios, no puede reconocer ni el amor, ni la misericordia, ni la bondad y belleza del Creador. Por ello, nuevamente la Reina de la Paz nos pide oración. Un corazón orante disipa las tinieblas de la inteligencia y se vuelve receptivo hacia las personas y las cosas, hasta acogerlas en el amor y percibir la elocuencia de las pequeñas cosas que nos rodean, cual signos que nos hablan de Dios. Cuando empezamos a reparar en lo que nuestro Creador hace por nosotros, en cuánto nos ama, en el porqué nos creó, en todo lo que nos da, la respuesta -que la Santísima Virgen pide de nosotros- es la que debe surgir espontánea : no dejar de darle gracias a nuestro Padre que está en el Cielo. Nuestra acción de gracias será en el diálogo de la oración, que nos vuelve a la belleza y la bondad original en la que fuimos creados.


Del 25 de setiembre de 1999

     Es conveniente recordar el mensaje anterior en el cual la Santísima Virgen nos invitaba a observar la naturaleza para descubrir en ella la bondad y la belleza, y encontrar su causa en el amor de Dios.

     Meditábamos, entonces, en la riqueza e infinita y colorida variedad de lo creado diciendo que, porque Dios nos ama, no nos dio un universo gris sino que la morada del hombre la hizo bella, más allá de las condiciones que hicieran posible la vida en la tierra, y la creó exuberante adornándola con toda clase de especies de seres y de cosas y en el culmen sopló su Espíritu en el hombre.

     La recta razón no nos permite dudar que toda la creación es reflejo y producto de su amor y que ella es bendecida por Dios. Bendecida por la presencia de su gracia y por la gracia de su presencia. Bendecida -hasta más allá de lo expresable- en nosotros, hombres, que por Cristo somos hechos hijos suyos. Puesto que nos ama infinitamente, más allá de todo pensamiento y sentimiento humano, es que Dios se conmueve con la humanidad caída y viene en su rescate. Entonces, Dios no es sólo Creador sino Padre y Salvador.

     En tanto Padre Creador, nos creó a imagen y semejanza suya. En tanto Salvador, desde la plenitud de los tiempos nos llama a restaurar esa semejanza en la santidad, mostrándonos en Cristo la imagen perfecta a la que debemos imitar y dándonos en Él la justificación, el Nombre y la Persona por la que somos salvados. Esa es nada menos que la obra del Espíritu que María viene a completar en nosotros. Y lo hace por medio de estas invitaciones suyas, de estos llamados del corazón, de esta presencia y permanencia entre nosotros que ponen de manifiesto lo que ahora expresa en este nuevo mensaje: que Dios nunca estuvo más cerca nuestro que ahora.

     Se habla que Dios está ausente, y se oye aún decir que es el gran ausente. Según de donde se mire habría dos modos posibles de concebir la ausencia de Dios, una es la del mundo que ignora a Dios, que hace de cuenta que Él no existe y parecería que dándole las espaldas provocase su alejamiento. Sin embargo, la ausencia no es tal puesto que la miseria del corazón del hombre es la que llama a la Misericordia de Dios. En palabras del Apóstol: "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia."

     La otra forma de ausencia es también aparente: la de quien sólo mira con los ojos de la carne y no del espíritu y escandalizado se pregunta: ¿Dónde está Dios? Es de quien no es capaz de descubrirlo en la cruz, en todo aquel que sufre: en el desnudo y desamparado, en el hambriento y encadenado, en el enfermo y abandonado.

     Bien visto, entonces, cualquier lejanía no es atribuible a Dios sino al hombre. A la falsedad de la presunción y a sus consecuencias responde la Madre de Dios diciéndonos que el Señor está junto a nosotros, y ésta es razón de su venida a la tierra: hacernos evidente esa proximidad y provocar el encuentro.

     Para reconocer y gozar de la cercanía de Dios, para poder llevar a otros la gracia recibida, para cumplir con la misión encomendada –ser portadores de paz a un mundo ateo, por tanto sin paz- sólo la oración resulta medio eficaz. Sólo por la oración viene la luz que hemos perdido por la falta de esperanza y de amor, por la falsa fe en nosotros mismos -trágica autosuficiencia- que vacía al hombre de su propia humanidad y lo extravía en su camino.

     En el anterior mensaje la Reina de la Paz también nos invitaba a que dejásemos que la oración brotase en nosotros como agua de manantial, sin obstáculos, espontánea, límpida. Fresca y renovada, desde un corazón purificado. Hoy, agrega esta otra invitación: que la oración sea en familia y apoyándonos en la Sagrada Escritura. Más de una vez la Virgen ha indicado la familia como primer y mejor cenáculo de oración, insistiendo en la bondad de la oración en el seno familiar como fuente de bendición y protección de todos sus integrantes.

     Con respecto a la lectura bíblica, bueno es recordar que de los innumerables mensajes, que nos ha venido regalando desde hace más de 18 años, sólo hay dos en que nos pide los convirtamos en práctica diaria. Ellos son: la oración, sobre todo del Santo Rosario, y la lectura bíblica. Ella desea que encontremos al Dios vivo en su Palabra viva que es también Palabra de vida, y a que a través de la lectura en el Espíritu aprendamos cómo Dios nos ama y cómo da sus gracias a aquellos que las buscan.

     El pedido de lectura bíblica podemos hacerlo también extensivo a la magnífica práctica de la liturgia de las horas, que es la oración de la Iglesia. En ella están contenidos los salmos con los que se alaba y da gloria a Dios y con los que también se elevan súplicas al Altísimo, y las lecturas de la Palabra de Dios para su meditación. Asimismo, se podría incluir la lectio divina que resulta de concentrarnos en algunos pasajes del Evangelio para luego meditar qué dice la Palabra, qué me dice a mí en particular y luego qué le digo, cuál ha de ser mi respuesta al particular y personal llamado del Señor.

     Renovemos, entonces, la oración para poder ser por ella transfigurados por medio de la gracia del Señor que nos vuelve portadores de paz, esos que la Madre del Cielo busca, y también para experimentar el enorme gozo de la cercanía de Dios que nos ama de un amor infinito.
Que así sea.


Del 25 de octubre de 1999

     Este llamado a la oración, como respuesta al tiempo de gracia que Dios nos ha concedido, haría todo comentario innecesario. Sin embargo, para seguir el camino por el que la Madre de Dios nos viene guiando y ahondar el sentido de su pedido, resulta conveniente recordar mensajes anteriores. El mes pasado la Reina de la Paz nos invitaba a ser portadores de su paz a un mundo que siente que Dios está lejos. Pero, nos decía la Santísima Virgen, la lejanía es solo equívoca apariencia, porque Dios nunca como ahora ha estado tan cerca de nosotros. Su misericordia es atraída por la miseria de este mundo de pecado. Esa es la razón de su cercanía, Dios –Redentor eterno- llega hasta cada una de nuestra vidas para rescatarnos. Jesús es el Pastor que va en busca de cada oveja perdida. Jesús está a la puerta de cada corazón y llama para regalarle vida eterna, para llenarlo de amor y de paz.

     Jesús es quien en este tiempo nos envía a su Madre para que atendamos a su voz y alcancemos la salvación. Por ello este es tiempo de gracia, por ello este es tiempo de misericordia.

     Nunca estuvo Dios más cerca nuestro, nunca nuestra Madre del Cielo estuvo por tanto tiempo con nosotros. Ella es la Mujer a quien el Hijo le ha dado las alas del águila para que vuele desde la eternidad hasta el tiempo de nuestros días, que eran aciagos y que por su presencia se han vuelto luminosos. Ella es quien nos llama al refugio preparado por Dios, el de su Corazón Inmaculado.

     María es la Madre que nos viene guiando –particularmente desde Medjugorje- y asistiendo en cada paso que damos. Recordamos, en este sentido, anteriores mensajes suyos:

Del 25 de julio de 1992

Agradezcan a Dios el don de mi presencia con ustedes, porque les digo "Esta es una gracia".

Del 25 de octubre de 1992

Queridos hijos, escuchen y vivan lo que les digo, porque para ustedes es importante- cuando no esté más con ustedes- recordar mis palabras y todo lo que les he dicho.

Del 25 de noviembre de 1992

Queridos hijos, ésto -que Yo pueda estar con ustedes- es una gracia. Por ello, por el bien de ustedes, acepten y vivan mis mensajes. Los amo y por eso estoy con ustedes para enseñarles y guiarlos hacia una vida nueva; la de la renuncia y la conversión.

Del 25 de junio de 1993

Queridos hijos, éstos son tiempos especiales, y por ello estoy con ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi Hijo Jesús.

Del 25 de agosto de 1993

Lean la Sagrada Escritura, vívanla y oren para comprender las señales de este tiempo. Este es un tiempo particular y por ello estoy con ustedes para acercarlos a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo Jesús.

     Sí, este es tiempo de gracia, tiempo de misericordia. Sabemos que la misericordia de Dios no tiene límites, que es infinita, que es eterna. Pero el tiempo sí lo tiene. Todo tiempo tiene un término y éste –nos lo recuerda la Madre de Dios- también lo tendrá. No significa que, luego, se nos han de cerrar las puertas de la misericordia divina, porque siempre habrá un camino, una brecha abierta. Será seguramente mucho más difícil, tal vez no haya tiempo y no estarán las gracias especiales a nuestro alcance como lo están ahora.

     ¿Cómo aprovechar entonces este tiempo? Nos responde la Virgen: orando, orando, orando. Aumentando el tiempo de oración, perseverando en la oración, afianzándonos en Dios a quien encontramos o con quien nos mantenemos unidos por la oración, pero –por sobre todo- aumentando la profundidad de la misma. Elevando nuestra oración hasta alcanzar la contemplación. Por eso, la Madre de Dios nos lleva al encuentro eucarístico: en la celebración de la Santa Misa y en la adoración a Jesús en su presencia en el Santísimo Sacramento:

Del 25 de enero de 1997

Queridos hijos, Ustedes están creando un mundo nuevo sin Dios, sólo con sus propias fuerzas, y es por ésto que no son felices y no tienen la alegría en el corazón. Este tiempo es mi tiempo, por ello, hijitos, los invito nuevamente a orar.

Del 25 de agosto de 1997

Queridos hijos, Dios me concede este tiempo cual don para ustedes, para que pueda instruirlos y conducirlos en el camino de la salvación. Ahora , hijos queridos, ustedes no comprenden esta gracia pero pronto ha de venir el momento en el que añorarán estos mensajes. Por ello, hijitos, vivan todas las palabras que les he dado en este período de gracia y hagan revivir la oración hasta cuando ella se vuelva alegría.

Del 25 de abril de 1997

Queridos hijos, Dios me envía entre ustedes por amor, para ayudarles a comprender que sin Él no hay ni futuro ni alegría, y, por sobre todo, no hay salvación eterna. Dios se da a aquel que lo busca.

Deseo guiarlos hacia la oración del corazón. Solamente así comprenderán que sin la oración la vida de ustedes es vacía. Descubrirán el sentido de sus vidas cuando hayan descubierto a Dios en la oración.

Del 25 de abril de 1998

Queridos hijos, hoy los invito a abrirse a Dios a través de la oración, acepten el don de la conversión. Hijitos, únicamente así comprenderán la importancia de la gracia en estos tiempos y Dios estará más cerca de ustedes.

Del 25 de setiembre de 1992

Por tanto, hijitos, oren, oren, oren para comprender todo lo que el Señor les da a través de mis venidas.

Del 25 de noviembre de 1994

La oración es alegría. La oración es lo que desea el corazón humano. Por ello, acérquense, hijitos, a mi Corazón Inmaculado y descubrirán a Dios.

Del 25 de setiembre de 1995

Queridos hijos, hoy los invito a enamorarse del Santísimo Sacramento del altar. Hijitos, ¡Adórenlo en sus parroquias! Así, estarán unidos al mundo entero. Jesús será su Amigo y ustedes no hablarán de Él como de alguien a quien escasamente conocen.

     Oremos: Señor Jesús, amado amigo y Salvador nuestro, te ofrecemos nuestro corazón y estos deseos profundos de aprovechar el tiempo de gracia que en tu infinita bondad nos regalas. Alabamos tu misericordia, la que nos muestras en tu Corazón traspasado por amor a nosotros. Que todo el mundo alabe tu eterna misericordia, la que hoy manifiestas rescatándonos del abismo al enviarnos a tu Madre, a quien desde tu cruz hiciste también Madre nuestra. Te damos gracias porque no sólo le permites venir hasta nosotros sino que la envías para enseñarnos y guiarnos por el camino que habíamos perdido y que nos conduce hasta ti. En tu Madre, Reina de la Paz, sentimos tu protección. Ella nos une a tu Corazón haciéndonos uno en el amor. Tú eres Dios, que vives y reinas junto al Padre en la unión del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

     Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.


Del 25 de noviembre de 1999

     La Santísima Virgen nuevamente nos invita a la oración y nuevamente, también, nos recuerda que este es tiempo de gracia. Pero, agrega, debe ser la cruz el signo que indique el amor y la unidad, ya que es por la cruz que nos llega la paz.

En esas pocas palabras están encerradas algunas enseñanzas que merecen ser comentadas.

     Ante todo debemos recordar que nuestra Madre nos está preparando para la Navidad, esto es que este mensaje es de Adviento, y –habría que agregar- de un Adviento muy especial, el que ha de desembocar en la Navidad con que inicia el Gran Jubileo.

     Podría, entonces, llamarnos la atención que al prepararnos para revivir el Nacimiento de Jesús con la Iglesia Universal nos hable de la cruz. Sin embargo, sabemos que este tiempo litúrgico de preparación está signado por la penitencia y así quedaría aclarado el motivo. Pero, si miramos bien, no es el único. En tal sentido distinguimos al menos tres razones por las que nos exhorta a reparar en la cruz:

     La primera es que en el Nacimiento de Jesús está el principio de la redención que ha de consumarse en el Gólgota, por lo que la cruz –por ser signo de salvación- es inseparable de la misión por la que el Salvador vino al mundo.

     En segundo lugar, porque la cruz de Cristo no es accesoria ni accidental como pretenden algunos sino central y esencial en la salvación. Sin la cruz la muerte no habría sido derrotada, el pecado no habría sido vencido, la deuda infinita del hombre con Dios no habría sido saldada. Sin la cruz no habría brotado la fuente de vida del costado de Cristo, no habríamos sido purificados ni perdonados y el Cielo continuaría cerrado. Por la cruz de Cristo nos viene la paz que Él conquistó para nosotros. En ella sufrió la muerte voluntaria por amor al Padre, para satisfacer la Justicia que la Misericordia clamaba, y por amor a cada uno de nosotros. En la cruz fue el maligno vencido y el hombre liberado. Por ella nos unimos a Dios en el Hijo. De ella nace la Iglesia, cuando Cristo entra en la Gloria. En la cruz el Hijo hace de María nuestra Madre, y de ese origen viene ahora este tiempo en el que Ella misma nos visita para ofrecernos el camino de salvación.

     Podemos entender, entonces, que al querer para nosotros la paz que provienen del amor y de la unidad nos está, al mismo tiempo, recordando que la verdadera fuente de todo ello es la cruz de su Hijo.

     Pero, asimismo, cabe una tercera razón y es aquella por la que también nos indica que nuestra propia cruz, asociada a la del Redentor, nuestro sufrimiento aceptado y entregado, es también signo de amor y de unidad por la que nos llega la paz verdadera.

     Ciertamente que al mencionar la cruz nos está significando todas y cada una de las interpretaciones. Jesús nos dice: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados que yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí porque soy manso y humilde de corazón y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11,28-30). Nuestra Madre, con otras palabras, nos invita a lo mismo, a aceptar la cruz con amor, en unión con Cristo para ser sellados con la paz, y volvernos apóstoles de la paz. Ser apóstoles de la paz significa ser enviados a un mundo que busca la alegría, la paz, la felicidad por el camino del placer. A un mundo que rechaza el sacrificio, que repele el dolor no sólo el propio sino el ajeno, o –más bien- que hace que todo dolor sea siempre ajeno. Por tanto, a un mundo sin paz.

     La cruz, para ese mundo, sigue siendo motivo de escándalo, piedra de tropiezo porque supone que todo bien sólo proviene de la satisfacción de apetitos y de la posesión de cosas y de condiciones de vida cómoda. Nuestra Madre, Reina de la Paz, viene a decirnos algo muy diferente: la paz nace donde nace Jesús, porque Él es la paz. Y Jesús nace donde se lo llama, donde hay un corazón dispuesto, donde se cultiva la oración del corazón. Sólo allí. El gozo, la paz son frutos de la presencia de Cristo.


Del 25 de diciembre de 1999

     María Reina de la Paz viene a decirnos que "la paz es posible". Que en el mundo no hay paz ya lo sabemos. No es necesario recurrir a los medios de información para saber que el mundo no conoce la paz. Familias quebradas, vidas a la deriva, ancianos y niños abandonados, criaturas asesinadas en el seno de sus madres, violencias, destrucciones, todo eso y más lo conocemos por experiencias cercanas.

     No hay paz porque no hay amor, porque Dios está ausente en la vida de la mayoría de las personas. La paz es el fruto que resume otros bienes, es consecuencia de la vida en Dios. Donde hay amor allí está Dios, allí hay bondad, hay salvación y, por lo tanto, hay paz.

     Ninguno de esos bienes es producto de una aventura individual. El hombre solo es aquel que se cierra en su egoismo, es quien no se decide a salir del encierro que el mismo ha creado en el pecado porque no busca al Salvador.

     La salvación sólo viene de Dios y con ella la paz.

     María Madre de Jesús y Madre nuestra nos ofrece a Jesús y a Jesús Niño. Nos ofrece toda la ternura y la inocencia de Dios porque El no conoce el mal, y al dárnoslo nos dice: "les doy la posibilidad de decidirse por la paz". Es decir, "acepten a Jesús porque El es la paz verdadera. Si desean la paz acepten al Salvador".

     La paz se vuelve real, es posible cuando la persona consiente en encontrarse con Jesús. Aceptar a Dios significa decidirse a vivir como hijo de Dios por el Hijo, en el amor y la obediencia. También quiere decir que si quiero la paz para mí debo hacer todo lo que esté a mi alcance para que el otro, aquel a quien encuentro en mi diario caminar, tenga paz. Para recibir la paz hay que estar dispuesto a darla y a llevarla al mundo. Debemos, entonces, convertirnos en instrumentos de paz renunciando al odio, a la venganza, al rencor y aún a la justicia, como es entendida por nosotros los hombres.

     Dios debe estar siempre presente en nuestras vidas y nosotros en su corazón. Para ello debemos escucharlo en Cristo que es la Palabra. Escuchar no es acto pasivo sino comprometido. Porque escuchar a Dios implica obedecerlo obrando en consecuencia. Debemos hacerlo como lo hacía María, meditando y atesorando la Palabra en el corazón para que crezca y dé sus frutos.

     Toda decisión por la paz debe convertirse en camino hacia la fuente que se recorre en el amor. Dios es la meta y el compañero del camino. No es suficiente odiar el mal sino que es necesario amar el bien y sólo se ama el bien si se ama a Dios, con todas las fuerzas y con todo el corazón. Así, sólo así llegará la paz al interior del corazón. Y desde allí sí surgirán palabras de amistad, de comprensión y paciencia, de consuelo, de amor, de comunicación de la Buena Nueva. La Buena Nueva que es la bellísima noticia que Dios nos ama profundamente. Que en su amor está la razón por la que nos creó y por la que nos engendra día a día y nos salva de la muerte regalándonos la vida eterna.

     El mundo que no conoce a Dios intercambia declamaciones, que son efímeras palabras, sin obras arraigadas en el verdadero amor. Las falsas obras y buenos deseos de este mundo son apariencias, egoismos disfrazados de virtudes y de bienes deleitables. Hay, entonces, una decisión, una elección que aún es posible realizar
porque han de ser tomadas en cuenta y la gracia las hará realidad.

     Este es el tiempo que Dios nos concede para darnos aquello que El mismo nos invita a pedir. Este tiempo es el de la Iglesia guiada por el Espíritu. Tiempo que abre a la esperanza del Año Jubilar: año de gracia del Señor. Retengamos las palabras que el Santo Padre pronunció al abrir la Puerta Santa y con ella el año jubilar: "Tú, Cristo, hijo del Dios viviente, sé para nosotros la Puerta. Sé la Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. Haz que ninguno sea excluido de su abrazo de misericordia y de paz!".

    Jesús, quién vendrá como Juez, ahora se ofrece Niño de los brazos de su Madre. Es Dios que se ha hecho Niño y con sus lágrimas ha venido a lavar el pecado de los hombres, que con su sangre ha cancelado la deuda que pagaríamos con la muerte. Este es el misterio de amor que debemos contemplar. Aceptemos abrazarlo, abrazar a este niño que nos ha sido dado y que es el Cristo, el Señor. No temamos acercarnos y abrirle nuestro corazón. El desea mostrarnos cuánto nos ama el Padre y que regalos tiene preparado para nosotros. Digamosle sí, decidámonos por la paz y abracemos la salvación. Sepamos que María, aurora de tiempos nuevos, está con nosotros para ayudarnos a dar nuestros pasos y acompañarnos en nuestra decisión. Dios pone a nuestro alcance la gracia de este hoy que abre el tiempo del júbilo y de la esperanza.


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