Comentario de los mensajes

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Año 2001

Del 25 de enero de 2001

 

Queridos hijos, hoy los invito a renovar la oración y el ayuno

     Son innumerables las veces que la Santísima Virgen, Reina de la Paz, nos ha llamado a la oración y al ayuno. Ora separadamente ora conjuntamente como en este mensaje. Lamentablemente quienes basan su crítica de las apariciones de Medjugorje sobre la gran repetición de mensajes están desconociendo al menos dos cosas: la naturaleza humana y que María es Madre de todos los hombres. Y si nuevamente nos repite que debemos renovar la oración y el ayuno es porque sabe perfectamente que nuestra oración a veces se vuelve rutina y decae, y nuestro ayuno se convierte en dieta cuando no se va diluyendo hasta desaparecer. María es Madre y muy atenta de sus hijos, de estos hijos que ha decidido conducir a través de los años para prepararlos y preparar el mundo a un tiempo nuevo, a la primavera del Espíritu, al triunfo de su Corazón.

     La clave del pedido insistente de nuestra Madre es el amor; ante todo del amor inconmensurable que Ella nos tiene y luego del amor al que nos llama a ejercer en nuestras vidas, porque la oración que nos pide renovar, igual que el ayuno, son ambos del corazón.


Y agrega:

aún con mayor entusiasmo, hasta que la oración se convierta en alegría para ustedes

     Apela a nuestra voluntad para que conscientes de la presencia del Señor con quien nos comunicamos, y de su propia presencia, nazca en nosotros el entusiasmo. No se trata de un simple querer sino de un querer “con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón”, tal como le era y le es mandado al pueblo judío en la Torah, el recuerdo de que el Señor es el Dios de Israel y que debe ser amado con todo el ser, es el Sh’ ma Israel (Dt 6, 4-9).

     Cuando ponemos toda nuestra mejor disposición el Señor hace todo el resto y la alegría no surge como consecuencia de la autosugestión sino de la gracia.

     Nuestra Madre nos llama a la oración porque sabe que ésta nos conduce por un camino de felicidad. Recordemos también que en el mensaje anterior nos decía: “Oro por todos ustedes para que nazca la alegría en vuestros corazones”. Ahora nos pide la otra parte, la nuestra: la renovación con el corazón de la oración para que ésta se convierta en alegría porque el corazón experimenta el verdadero encuentro con Dios y rebosa de felicidad.

 

Hijitos, quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal

     Pese a la insistencia, la oración que nos pide está tan lejos de la rutina como el Rosario del mantra. Nosotros no oramos para conjurar el futuro sino para estar más cerca de Dios y cuando estamos más cerca de Él aprendemos a abandonarnos a su Providencia y experimentamos su Misericordia. Entonces, no hay lugar para los miedos. El futuro no nos asusta porque estamos en sus Manos y Dios nos cuida. Por medio de la oración vivimos la certeza de que el mal no es más fuerte que el amor y que jamás podrá vencer al bien.

 

Les repito una vez más: sólo con la oración y el ayuno hasta las guerras pueden ser detenidas, las guerras de vuestra incredulidad y de vuestro miedo por el futuro

     La oración y el ayuno: dos armas formidables en poder del creyente. Con la oración y el ayuno se detienen ejércitos. Con oración y ayuno no hay daños que nos puedan infrigir porque el mal se detiene ante el poder espiritual que Dios ha generado como respuesta. Todo mal, toda guerra son detenidos.

     También es detenida, nos dice, la guerra causada por nuestra falta de fe, que nos hace debatir en lucha espiritual. Es decir, quien tiene fe ora y ayuna pero también quien tiene poca fe, orando y ayunando recibirá de Dios la gracia de ver aumentada su fe.

     Asimismo podemos, con oración y ayuno, parar la guerra del miedo al futuro que a tantos lleva a enfermedades como la depresión o sume en angustia continua. El futuro por medio de la imaginación puede proyectar imágenes terribles, sombras gigantescas que oscurecen toda esperanza.

     Tengamos en cuenta que la mera lectura de los periódicos, los noticieros televisivos y una miríada de programas y de publicidad constantemente atacan a la imaginación. Esta facultad sólo es sanada cuando se le permite a Dios entrar y tomar el señorío de nuestras vidas. La puerta de acceso, nos enseña la Santísima Virgen, es la oración y el ayuno.

     En verdad, todo nuestro ser debe ser sanado y purificado: nuestro intelecto, nuestros afectos, nuestra memoria, nuestra voluntad, nuestros sentidos, nuestra imaginación.

     Toda nuestra vida debe cambiar, debe cambiar la tristeza, la preocupación constante y la angustia por la alegría de quien se siente libre porque el Señor lo liberó, porque Cristo es el Salvador de su vida, porque el Resucitado vive en él.

     El camino es único: oración y ayuno del corazón para alcanzar la felicidad de la vida en Dios.

     Por providencia divina el Santo Padre acaba de tocar el tema del miedo al futuro. «El miedo al futuro -dijo el Santo Padre- atenaza con frecuencia a las generaciones jóvenes, llevándoles por reacción a caer en la indiferencia, a claudicar ante los compromisos de la vida, al embrutecimiento de la droga, de la violencia, de la apatía». Un miedo que en la sociedad actual ofusca «la alegría por todo niño que nace».
     «No debemos tener miedo al futuro», reafirma. Es tarea de la Iglesia apuntar a la esperanza. La cultura auténtica de la libertad –la que sólo Cristo puede dar- debe ser construida y “al hacerlo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano”.

Estoy con ustedes y les enseño, hijitos: es en Dios que está vuestra paz y vuestra esperanza. Por ello acérquense a Dios y pónganlo en el primer lugar en sus vidas
     Al decirnos que sólo en Dios está nuestra paz y nuestra esperanza, nos reitera el llamado a la conversión. Parece muy oportuno recordar que precisamente en este día, 25 de Enero, en que nuestra Madre nos da este mensaje, celebramos, como Iglesia, la conversión de San Pablo. Celebramos la conversión de alguien que por la aparición del Señor, en su camino a Damasco, cambia su vida y, de lleno de sí mismo, de su celosa religiosidad y del seguimiento de reglas y preceptos, se convierte en el gran Apóstol de los gentiles y le da a la Iglesia la dimensión de la catolicidad. Quien estaba cerrado sobre sí mismo, sobre su secta, hace a la Iglesia –que hasta ese momento parecía solamente una secta judía- universal y le abre infinitos horizontes.
     Por aquella aparición el viejo Saulo se convierte en Pablo: el hombre nuevo. Por esa misma aparición podrá él decir que “si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe”. Y si da testimonio de Cristo Resucitado es porque lo vio, por aquella y otras apariciones que Pablo tuvo del Señor.
     Pablo vio y escuchó. Escuchó que el Señor le decía: “Levántate, ponte en pie; te he aparecido para constituirte en ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquellas por las que aún he de aparecerte” (Hch 26,16) .
     Y Pablo obedeció. Él es el Apóstol, el enviado a abrirle los ojos a los paganos para que éstos pasen de las tinieblas a la luz, del poder de Satanás a la salvación.
     Hoy María aparece para que demos testimonio de Ella, con nuestras vidas de conversión, para que podamos abrir los ojos de aquellos que están cegados por el mundo de corrupción o hundidos en las oscuras tinieblas de la vida sin Dios. Todo depende de la respuesta que demos a su llamado.


Del 25 de febrero de 2001

Queridos hijos, este es un tiempo de gracia

     Una vez más la Santísima Madre nos recuerda que estamos en un tiempo de gracia. Y nos preguntamos qué alcances tiene esa frase, qué significa un tiempo de gracia, qué más nos está diciendo al recordarnos esto.
     Lo primero que se nos hace evidente es que nos ha sido concedido un tiempo, cuya duración desconocemos, estando sólo seguros de que nuestro presente así como nuestro pasado más o menos inmediato, ha sido signado por la gracia de Dios. No se trata de la gracia que todos recibimos por ser cristianos, por haber sido bautizados y recibido el Espíritu Santo, sino de la gracia actual con la que el Señor prepara nuestro corazón para poder responder a su llamado de conversión.
     Lo segundo que queda muy claro es que, a juzgar por el estado del mundo, este es un tiempo que nos regala la misericordia de Dios.
     Por otra parte, al recordarnos este tiempo nos está también diciendo que como todo tiempo tiene un límite, un fin. Todos nosotros tenemos experiencia del fluir del tiempo, que nada es permanente en nuestro mundo. En nuestra propia vida experimentamos distintas vivencias con momentos de alegría que se mezclan a momentos de tristeza y que muchas veces no dependen tan sólo de nosotros sino que nos sobrevienen. Toda nuestra vida está tejida por la voluntad divina.
     Siempre ha sido para el hombre un misterio el tiempo y el acontecer humano en los vaivenes de la historia personal y de las naciones.
     En la Biblia leemos en el Qoelet (Eclesiastés) que hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para arrojar piedras y otro para recogerlas, un tiempo para nacer y un tiempo para morir. Pero, por sobre todo, está Dios que nos da el tiempo, que nos ha donado la vida, que nos mantiene en la existencia y que –lo sabemos- desea regalarnos la eternidad.
     Es Dios el Señor del tiempo y de la eternidad, y en esta época en que sobreabunda el pecado Él ha dispuesto, por puro Amor suyo, ofrecernos un tiempo de misericordia, de llamado –llamado a la conversión por medio de María- para que regresemos a Él y no nos perdamos para siempre. Más aún, para que gocemos desde ahora la felicidad de la vida en Dios.
     Ahora cabría preguntarse ¿cómo se está manifestando este tiempo de gracia del cual nos habla la Santísima Virgen?
     La respuesta inmediata -que a no dudar viene del Espíritu- es esta: por la presencia de María, y además por lo que su presencia conlleva: las gracias extraordinarias de conversión. Pero, también se manifiesta por el año santo del Gran Jubileo que acabamos de pasar bajo la guía del Santo Padre, él mismo signo de la gracia, y los frutos que ya está mostrando.
     Es conocido por todos que el Papa ha puesto su pontificado bajo la protección de María, y que no ha dejado de invocarla en cada ocasión importante para la Iglesia. Durante los tres años de preparación para el Gran Jubileo, María siempre estuvo presente y uno de los últimos actos del año santo fue, en unión con los obispos del mundo, la entrega del milenio. Este tiempo particular de gracia es ante todo mariano, es de la Madre que viene a gestar a sus hijos nuevos haciéndolos testigos de Jesús y fieles cumplidores de la Ley de Dios, y que da batalla por ellos y por todos sus otros hijos contra el Dragón, la serpiente antigua, satanás.
     Por otra parte, este es tiempo en que los hijos alzan la mirada esperanzada hacia la Madre, en que escuchan sus mensajes y los viven. Por eso este es tiempo de gracia.
     Es a través de María que hoy se renueva la esperanza y nos llega la paz de Cristo. Es Ella, Madre de la Iglesia, que nos hace conocer el amor que el Padre tiene sobre la humanidad y sobre cada uno de nosotros en particular. Para descubrir este amor, nos enseña, debemos orar.

    ¿Por qué nos recuerda que estamos viviendo este tiempo? No será tan solo para indicarnos que este es tiempo de grandes conversiones, que en esto se mide la gracia, y de grandes santificaciones sino para algo más. Es para decirnos que este es tiempo para no perder, sino para aprovechar avanzando en el camino de conversión personal, en la misión que a cada uno el Señor nos asigne, misión que sólo conoceremos mediante la oración intensa y profunda.
     Se avanza en el camino del abandono a la acción de Dios en nosotros, en la docilidad a las mociones del Espíritu, en la purificación del corazón, la que nos santifica y devuelve la alegría. No debemos temerle a la purificación porque viene del amor de Dios.

     Al recordarnos que este es tiempo de gracia nos está alertando que ha de pasar y en esto deberíamos ver una urgencia. Sabemos que la misericordia de Dios es eterna pero el tiempo por su naturaleza es finito, tiene un límite, pasa para no volver. Dejará entonces de estar a nuestro alcance esa gracia actual que nos permita responder al Señor con apertura de corazón, que nos haga cambiar el rumbo para seguir sus caminos.
     En este tiempo no debemos, entonces, estar distraídos ni ausentes porque es necesario estar atentos al llamado, a la escucha, y disponibles para el apostolado.

     Este es tiempo de recibir y de dar de lo recibido. Es tiempo de renuncia de todo lo que nos ata a la tierra, todo lo que nos perturba el ánimo, de la loca carrera del mundo, para alcanzar la mano de la Madre que nos conduce por seguros caminos. 
     Es tiempo de crecer para ser pequeños, de despojarnos de las cosas para hacernos ricos.
     Aprovechar este tiempo es vivir cada instante como hijos de Dios. Es darle la espalda al Príncipe de este mundo con todas sus mentiras y a sus engaños en las cosas que nos atrapan.
     Este, por sobre todo, es tiempo de amar con el amor de Jesús. Amar la vida, amar a los más pobres y abandonados, a los enfermos, a los ancianos, llevándoles a todos alegría y amor.
     Este es tiempo de perdón y reconciliación. De perdón ofrecido y pedido.
     Este es tiempo para descubrir el proyecto de Dios en mi vida. Tiempo de aceptación del sufrimiento porque en él se descubre el valor de la cruz, el dolor que redime. Tiempo de testimoniar con la palabra nuestra fe y con nuestra vida hablar del Señor, de su misericordia, a los otros.

     Ya estamos ingresando en la Cuaresma, en el otro tiempo, el litúrgico en el cual la Iglesia nos llama a la conversión por medio de la profundización de la oración, del ayuno, de las obras de caridad y todo esto no escapa al alcance del presente mensaje de la Reina de la Paz.
     En esos cuarenta días que nos preparan para al Pascua somos especialmente invitados a la meditación de la Pasión del Señor, contemplando al crucificado, adorando la cruz, recorriendo en cada Via Crucis el camino del dolor. La Iglesia y la Madre de Dios nos exhortan a prepararnos para la Pascua con un corazón renovado en la reconciliación y en el amor.

     Ciertamente, habría otra pregunta con respecto al tiempo que no hemos formulado: qué pasará después que se agote este tiempo. Ante todo habría que decir que el tiempo que nos es concedido y lo que vendrá está vinculado a nuestra propia respuesta. Luego, que siempre en nuestro horizonte está la esperanza.
     Ya en el mensaje del mes anterior aludía nuestra Madre del Cielo al futuro, nos decía que quien ora no teme al futuro y que con oración y ayuno podemos detener el conflicto interno, la propia guerra del miedo al futuro. Porque con oración y ayuno el futuro se despeja de sombras y se vuelve luminoso, porque plantados en este tiempo, aprovechando cada instante de gracia que se derrama sobre nosotros, nos sentimos protegidos y anticipamos la victoria que vendrá: el triunfo del Corazón Inmaculado de María, yendo al encuentro de Jesús que viene.

Por eso, oren, oren, oren hasta que comprendan el amor de Dios por cada uno de ustedes
     Este mensaje, como todos sus mensajes, debe ser leído a la luz de la totalidad de los que hace casi 20 años nos dirige.
     Por medio de sus enseñanzas nos viene introduciendo en la oración profunda del corazón, la que libera –por así decirlo- el poder de Dios porque está elevada desde la fe, desde el despojamiento de lo efímero para revestirnos de eternidad. Es la oración que responde al amor de Dios con el anhelo de amarlo más aún, de conocer sus proyectos sobre nosotros.

     A través de la oración, personal y comunitaria, recibimos la luz y la fuerza para comprender el misterio de amor, de nuestra propia salvación, de la misión que Dios tiene preparada para cada uno de nosotros, de ser sus enviados santificándonos también en la acción, ya que a través de la oración y por ella el Señor obra en nosotros y el Espíritu nos cambia el corazón e ilumina nuestra conciencia. Orando todo se vuelve más luminoso, más claro y se comienza a comprender el plan de Dios en la propia vida, el momento que nos toca vivir.
     Con la oración le damos espacio a Dios, dejamos que Él haga en nuestras vidas y cambiamos nuestros deseos y anhelos por su voluntad. Nuestros planes cuando no son inspirados por Dios, cuando no nacen como fruto de la oración entonces son frágiles, nuestros mejores anhelos se vuelven quimera, se esfuman y todo se vuelve un correr tras el viento.

     Orando en profundidad -porque pidiéndonos "oren, oren, oren" nuestra Madre nos dice que aumentemos no sólo el tiempo dedicado a la oración sino también la profundidad de la misma- no tendremos cuestionamientos sobre acontecimientos para nosotros incomprensibles. No iremos diciendo "¿por qué el Señor permite esto o aquello?". No habremos de escandalizarnos de la cruz, sino que sabremos ver el inmenso, inconmensurable amor de Dios en todas las cosas y en nuestras propias vidas. Orando en profundidad dejaremos de pedir tan sólo cosas para nosotros sino que habremos más de interceder por el mundo y aprenderemos a abandonarnos al amor de Dios, para que Él haga en nosotros su perfecta y santa voluntad. Y cuando pidamos habremos de pedir amar, espíritu de abandono y de oración y sabiduría para comprender las cosas de Dios.
     La oración del corazón a la que nos lleva la Santísima Madre es la que nos transfigura y vuelve testigos de la gracia.

     Según contaba el P. Slavko, en los primeros tiempos la Gospa les había dado el siguiente mensaje a los sacerdotes de la parroquia de Medjugorje: "Si ustedes llevan a la parroquia a la oración del corazón habrá esplendor en los parroquianos y esto bastará para iluminar a las personas que vengan a Medjugorje".
     Al que ora se le nota y su presencia vale más que todas sus palabras.

     Entrar en la oración profunda, en la del corazón, no es tarea tan ardua, es poner la voluntad en el encuentro con Dios, es encontrar los propios pecados y arrojarlos fuera, es ser sinceros y orar con corazón humilde a nuestro Padre, Creador y Salvador, con la confianza de hijos que son escuchados. Por medio de la oración que nos pide la Santísima Virgen experimentaremos a Dios que nos ama, que nos salva, que nos envía a esta Madre amorosa porque nuestra vida es preciosa para Él, de tal valor que se necesitó la Sangre Preciosísima de Cristo para rescatarnos a cada uno de nosotros.


Del 25 de marzo de 2001

“Queridos hijos, hoy también los invito a abrirse a la oración”

Estar abiertos a la oración es estar dispuestos a la comunicación con Dios, a salir del aislamiento por medio de la oración.
         Orar es hablar con Dios y también escucharlo en el corazón. En tiempos de rumores, de ruidos y estridencias debemos custodiar el silencio para recuperar la escucha de Dios, para poder captar las mociones del Espíritu.
         Un corazón cerrado no puede orar porque no puede comunicarse ni es capaz de escuchar, porque carece de sensibilidad. Por eso, la invitación es a la apertura. Cuando verdaderamente nos abrimos a Dios también logramos comunicarnos con el otro, y recuperamos nuestra propia unidad.

“Hijitos, viven en un tiempo en que Dios les da grandes gracias, y ustedes no saben aprovecharlas”

Si no estamos abiertos a la oración no podremos aprovechar las gracias que Dios nos envía a diario porque, ante todo, no seremos capaces de reconocerlas y porque nuestro espíritu no será capaz de discernir el bien que Dios quiere hacernos en situaciones que quizás nos contraríen.
         Sabemos que este es un tiempo de grandes gracias. Varias veces dijimos que a este tiempo de misericordia lo podemos medir por la presencia permanente de nuestra Madre, que nos nutre y nos guía con estos sus mensajes, así como por las gracias extraordinarias de conversión que se están dando en todas partes y sobre todo en los santuarios marianos, entre ellos preponderantemente en Medjugorje. Podemos también apreciar estas grandes gracias por el Año Santo, que acaba de terminar en cuanto a su aspecto temporal, pero no en cuanto a los frutos que ahora empiezan a recogerse.
         Este llamado, en sí mismo triste, debe hacernos reaccionar porque esas gracias no se han agotado. Este es el sentido de la admonición de la Virgen: mostrarnos a qué estamos expuestos para de inmediato repararlo.

Se preocupan de todo lo demás, menos del alma y de la vida espiritual”

         Las cosas del mundo que han de pasar nos distraen, hay muchos caminos que desvían y uno solo que lleva a Dios. Aún cuando creamos que legítimamente debemos preocuparnos por aspectos de nuestra vida, si con ello le estamos quitando tiempo y espacio al Señor, si no nos conduce a Cristo, único Camino al Padre, entonces nuestra preocupación pierde toda legitimidad porque nos está perjudicando espiritualmente.
         No en vano la Virgen nos pide que leamos -todos los jueves- aquel pasaje de Mateo (Mt 6,24-34). Visto con ojos del mundo, con los ojos de aquel que aún no se ha abierto a la gracia, de quien tiene cerrado el corazón y es incapaz de orar, ese pasaje le puede parecer escandaloso o excesivo. Quizás llegue a pensar que es una manera de decir, pero que no quiere significar lo que allí se dice, que debe ser atenuada su interpretación para no ser “fundamentalista”. Después de todo, éste es el pensamiento de esta época postmodernista que nos toca vivir. Sin embargo, el Señor dice claramente que no debemos afanarnos por nuestro propio resguardo, preocuparnos por nuestro propio sustento y protección, sino ocuparnos de nuestra santidad. Si así lo hacemos el Padre que está en el Cielo, que bien sabe de qué cosas tenemos necesidad, se ocupará de todo eso.
         No podemos, entonces, excusarnos ante la gravedad de nuestra situación personal, quizás de falta de empleo, de nuestras vicisitudes financieras o nuestro estado de salud para decir que no podemos dedicarnos tanto a cultivar nuestra vida espiritual.
         Muy simplemente, Dios nos ha dado la vida y nos sostiene en ella, debemos nosotros ocuparnos de la salud de nuestra alma: de ser santos.
         El llamado a la santidad es universal, es para todos y no admite ningún atenuante ni excepción.

Despierten del sueño cansado de su alma y digan a Dios con todas sus fuerzas, Sí. Decídanse por la conversión y la santidad”

Nuestra Madre, que nos ve sumidos en un letargo que arriesga ser mortal, debe despertarnos. Debe, aún con toda su suavidad, sacudirnos y mostrarnos nuestro estado para llevarnos a dar la respuesta que Ella mismo supo dar de manera eminente.
         Ella, que es nuestro modelo de humildad, de sumisión a Dios –es decir de auténtica libertad- nos da este mensaje precisamente en el día de su “fiat”, de su “Sí” pleno, sin reticencias, sin condicionamientos, sin debilitamientos sino dado con todas sus fuerzas a Dios. María iniciaba también con aquel sí su camino ascendente hacia Dios que la llevaría por pruebas y penumbras, caminando siempre en la fe hasta alcanzar la gloria.

Debemos decidirnos por la conversión auténtica, por el proyecto profundo de conversión a Dios. Por el inicio del camino sin retroceso en el que damos la espalda al mundo de pecado, de corrupción, de tentaciones, a satanás y todas sus pompas, para seguir la meta del encuentro con Dios.
         Conversión auténtica de coherencia de vida, de transformación interior, de testimonio de amor.
         Sólo la gracia puede lograr lo que nuestra voluntad asiente respondiendo al llamado de Dios a la santidad. Decía Pascal: “Solo la gracia puede hacer de un hombre un santo. El que lo dude no sabe lo que es la gracia ni sabe lo que es un hombre”. Pero, todo comienza con la propia decisión de dejar la tibieza, las dudas, la mediocridad y hasta la medianía de quien se ha establecido en la meseta de su vida espiritual. Es preciso ascender el monte de la santidad sabiendo que no se cuenta con las solas fuerzas sino con la gracia de Dios. Cuando se es consciente de esto entonces la subida es en el abandono, porque es el Señor quien lo va a llevando a uno. Nosotros hemos elegido subir con María consagrándonos a su Corazón Inmaculado. Es Ella misma quien nos presenta a la misericordia de Dios para que seamos agraciados por su particular protección. Desde su Corazón seremos modelados en la santidad y purificados en el amor.

“Estoy con ustedes, hijitos, y los invito a la perfección de su alma y de todo lo que hacen”

Esa perfección, nos dice por otra parte, se logra en lo concreto por medio de la oración -cuando nos abrimos al amor- del rezo del Santo Rosario, de la Santa Misa vivida con toda el alma, de la purificación del corazón mediante la reconciliación con Dios, en la Confesión asidua, y con el hermano, de la visita a Jesús sacramentado en actitud adorante, del ayuno y de todo sacrificio ofrecido a Dios, de las obras concretas de misericordia, de la aceptación de la cruz de cada día, de la misión que empieza por la propia casa, por el ámbito de trabajo, con el ejemplo de amor, de la humildad y de la obediencia a la Iglesia.

El Santo Padre nos dice: “¡Naveguen mar adentro!” Implícitamente nos está diciendo “no echen anclas” sino continúen en procura de la profundidad de la vida en el Espíritu, de la propia santidad, de la profundidad de la relación con Dios que se mide en la oración. Nuestra Madre, con otras palabras, nos está diciendo lo mismo “despierten del sueño cansado del alma” y “decídanse por Dios, por la santidad, por la conversión”.
         No temamos dar nuestro sí e iniciemos hoy mismo el camino de perfección trabajando humildemente y con paciencia sobre los defectos, los vicios -que en la luz del Espíritu- sabemos tener.
         No temamos, nuestra Madre, Reina de la Paz, está con nosotros.
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Del 25 de abril de 2001

“Queridos hijos, también hoy los invito a la oración. Hijitos, la oración hace milagros”

     Cada nueva invitación de nuestra Madre a la oración es ante todo un llamado a perseverar en la oración, a no dejarnos ganar por el desánimo o la desidia.
     Todos tenemos nuestros momentos de aridez en los que la rutina se vuelve desgano y éste puede llegar a conquistar nuestra alma. Cierto es también que todos conocemos tiempos de oscuridades en los que nos parece que no hay respuesta de Dios y nos sentimos solos y hasta a veces desamparados. Precisamente, en esos momentos, nos dice nuestra Madre que no debemos abandonar la oración sino renovarla, insistir en ella, porque la oración –persistente, del corazón- obra milagros. Milagros en los que vemos resueltos nuestros problemas o en los que nosotros mismos somos transformados.

“Cuando estén cansados y enfermos y no sepan cuál es el sentido de sus vidas, tomen el rosario y oren; oren hasta que la oración se vuelva para ustedes un encuentro gozoso con vuestro Salvador

     Nos invita en toda circunstancia a aferrarnos al rosario. “No hay situación por difícil que sea que no se resuelva con la oración, con el rosario” nos ha dicho la Santísima Virgen en otro mensaje suyo. Y esto es así, porque quien resuelve nuestra situación y nos trae la paz en medio de la tormenta es Aquel para quien nada es imposible. Es entonces, por medio de la oración, que podemos ser restaurados de nuestro cansancio, sanados de nuestra enfermedad o bien recibir la fortaleza que nos sostiene en la adversidad. 
     Nosotros solemos creer que salvarse es quitarse los problemas de encima, es ser preservados del dolor. Jesús hace mucho más que eso, nos preserva en el dolor. Porque cuando en nuestra vida, aún en el dolor extremo, en la enfermedad, en el agotamiento de las fuerzas psíquicas y físicas, encontramos a Jesús nuestra vida está resguardada de todo mal. 
     Él es quien nos tiene grabados en la palma de sus manos, en lo profundo de sus heridas, y quien nos ama con amor eterno.

     Y así se da que al buscar la salvación me encuentro –por medio de la oración- con el Salvador: un hombre llamado Jesús a quien reconozco como mi Salvador, mi Dios. 
     Él me abre el camino al Banquete eterno. Él me libra de mi angustia, Él y sólo Él puede dar sentido a mi vida. Él es quien me dice “ven a Mí cuando estés cansado y agobiado que Yo te aliviaré”. 
     Entonces, vivir la oración es experimentar la salvación. 

     Pero, la pregunta es ¿cuál oración? La oración que clama la venida de Dios a la propia vida, de su amor y su misericordia. La oración del corazón que nace de la humildad y del perdón pedido y otorgado. El rezo del Santo Rosario, en cuanto es oración del corazón, en el que desgrano Padrenuestros y Avemarías porque dirijo mi plegaria al Padre y lo hago desde los labios de mi Madre, mientras medito la historia de la salvación.
     Es que de todas las oraciones la más importante es la interior, la del corazón. Ésa para la que es necesario cerrar la puerta del cuarto, la puerta de nuestro corazón que da al mundo, aún al mundo de los afectos cercanos de la casa. La oración del corazón es la oración de Jesús.

     Tomar el rosario y rezarlo es poner en movimiento nuestra voluntad de ir hacia la gracia del Señor que hace –como nos pedía en el pasado mensaje nuestra Madre- que “despertemos del sueño cansado de nuestra alma”.
     La oración le da el verdadero ritmo a nuestra vida. No obstante, el comienzo del ejercicio de la oración es difícil.
     Debemos, entonces, superar la tendencia a dejar caer la oración tanto en cuanto a la práctica diaria como a la profundidad o la atención dedicada a la misma. Debemos resistir a la tentación de pensar que Dios no nos escucha, que está lejos. Hay oraciones, como la de algunos profetas, que no nacen de la presencia de Dios sino de su lejanía. Y son esas oraciones las que traen de nuevo a Dios.
     No debemos tener sólo momentos de oración algunos días sí y otros no tanto, y no buscarla solamente en momentos especiales o cuando tenemos tiempo o ganas.

     Esta constancia en la oración que solicita de nosotros la Reina de la Paz, es la misma que nos pide Jesús en los Evangelios y la que, nos asegura, ha de ser escuchada: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá”, dice el Señor. 
     Oración simple y martillante que abre el corazón de Dios. Oración de niños, abandonados en los brazos del Padre.

     La Virgen no se cansa de repetirnos que debemos orar. No podemos dejar de orar. Orar sin cesar. Orar con mayor recogimiento. Con mayor profundidad. Orar hasta que la oración se vuelva encuentro y en ese encuentro esté nuestra alegría. Pero, atención que cuando nuestra Madre nos habla de un encuentro gozoso con el Señor, no se trata en modo alguno de ir detrás de las emociones y sensaciones o de provocarlas. No se trata de estados de ánimo sino de un gozo íntimo por el encuentro en sí, el gozo provocado por la fe, la certeza de ese encuentro.

     La oración que finalmente nos lleve al encuentro no es tanto la de súplica como la que abre el camino a la contemplación del misterio. La que ha de volvernos “adoradores en espíritu y verdad”. 
     Jesús mismo nos vuelve a decir que el Padre, que busca esos adoradores, está también dispuesto a darnos el mayor regalo si se lo pedimos: el Espíritu Santo. “Si ustedes que son malos saben dar buenas cosas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo piden!”(Lc 11,13). Y el Espíritu nos da la alegría de reconocernos hijos en el Hijo y de llamar a nuestro Dios “Abba”, padrecito.

     Orar verdaderamente con el corazón es vivir el encuentro gozoso con Dios, Trino y Uno, que me protege, me escucha, me salva. 
     El Señor se vale así de nuestra oración para llegar con sus gracias a las zonas más oscuras de nuestras vidas y darnos vida nueva. 
     En esta experiencia trinitaria en la que recibo el Espíritu y reconozco a Dios como Padre, Jesús es mi Salvador, mi Señor, y es quien encierra toda la vida dentro de sí. Fuera de Él no hay vida, no hay verdadera alegría.

     También nuestra Madre nos llama a la oración comunitaria, a formar grupos de oración para que las personas maduren juntas en la fe y en el amor. Que no se encierren sino que se abran al Espíritu, al Amor, para poder dar sus frutos. Viene a formar cenáculos –personas que rezan juntas el Rosario- cenáculos orantes y expectantes del Espíritu que viene a destrabar las puertas de los miedos, del egoísmo, de la falsa religiosidad autocomplaciente, de la autojustificación, del orgullo y la soberbia, de la mezquindad, de la envidia, de los celos.

     Si bien es cierto que por la oración recuperamos nuestra identidad, ante todo como hijos de Dios, no lo es menos que también por la oración nos reconocemos en el otro, que de próximo se vuelve hermano. 
     Sin oración no hay comunidad, no hay Iglesia. Sin oración tampoco hay sentido de la vida porque no puedo conocer la Voluntad de Dios en mi historia y en el mundo.

     Finalmente, recordemos que habrá oración en la medida de nuestra disposición al encuentro con Dios porque sino podrá ocurrir lo que la Santísima Virgen le dijo a Jelena: “Hay muchos que terminan sus oraciones sin haber entrado nunca en ellas”.

“Estoy con ustedes e intercedo y oro por ustedes, hijitos”

     Esto así expresado en palabras es lo que nos muestra nuestra Madre Santísima con sus visitas diarias a Medjugorje, en las que ora junto a nosotros, con nosotros, y por nosotros.


Del 25 de mayo de 2001

Queridos hijos, en este tiempo de gracia los invito a la oración

La gracia es regalo de Dios, es su favor, su auxilio enteramente gratuito que Él mismo nos da para que podamos responder a su llamado, para que podamos salvarnos, para que podamos ser hijos en el Hijo, para que podamos participar de la vida eterna, de la vida de Dios mismo.
            La gracia es algo inmenso, inconmensurable que no podemos del todo entender ni menos medir porque viene del amor de Dios que es infinito. Él desde su eternidad nos agració con la vida, vida de hombre que nos dio, con esa misma naturaleza que Él asumió en la persona del Verbo. Y Él, el Señor, ahora desde su eternidad penetra nuestro tiempo para darnos esta sobreabundancia de su favor y no sólo rescatarnos sino hacernos santos.
            Este llamado de nuestra Madre es antes que nada un llamado a la santidad. Una invitación que contiene otra: la de la oración. Porque sólo es posible responder a la gracia de Dios mediante la comunicación de la oración. Porque sin la oración no se alcanza la santidad. De la oración nace el resto, toda acción santificante. Por ello mismo, nos dice a continuación:

Hijitos, trabajan mucho pero sin la bendición de Dios

Es decir, toda actividad es vana sin la oración. Con la oración, dialogando con Dios, al que no vemos pero que sí nos escucha, obtenemos de Él la gracia de la bendición. Puesto que orando preparamos nuestro corazón para acoger la gracia, la bendición que Dios quiere darnos, para que Él complete en nosotros lo que Él mismo comenzó. Comenzó desde el primer momento de nuestra concepción cuando sopló la vida y nos dio el acto de ser. Acto de ser que continúa dándonos a cada instante ya que nos sostiene en la vida. Obra que sigue ejecutando día tras día, la mayor de las veces sin que lo notemos porque estamos sumidos en actividades que no dejan ver al Creador. Lo curioso y lamentable es que esto también se aplica para quien trabajando para el Reino, y descuidando la oración, sumergido en voraz activismo por ocuparse de las obras del Señor, se olvida del Señor de las obras.

Bendigan y busquen la sabiduría del Espíritu Santo para que los guíe en este tiempo, a fin de que comprendan y vivan en la gracia de este tiempo

La gracia es principalmente don del Espíritu Santo. El Espíritu que nos justifica, nos santifica y que también derrama en nosotros sus dones para que cooperemos en la salvación de nuestros hermanos y seamos constructores de su Iglesia. Bendecir la sabiduría y buscarla, nos dice María que es Sede de Sabiduría, es ser conducidos por el Espíritu que nos muestra la verdad toda entera, la verdad de la gracia de este tiempo y que hace que nosotros no seamos meros testigos ajenos de ella sino que la vivamos. Que nuestro testimonio ante un mundo en tinieblas sea el resplandor de esa gracia que pasa por nosotros. Pero, sólo se bendice y se busca en la oración al Espíritu.
            Recordemos lo que nuestra Madre nos ha dicho en Medjugorje: “Ustedes piden muchas cosas pero no piden lo más importante: el Espíritu Santo. Si piden el Espíritu lo tendrán todo”. En el Espíritu recibimos la sabiduría que nos permite reconocer las inspiraciones de Dios que nos conducen, en la docilidad al Espíritu, por el justo camino en tiempos que –para aquellos que no aceptan la gracia- son de gran extravío. Quien vive el tiempo de gracia a nada debe temer por oscuro que se pueda presentar el horizonte.

Conviértanse, hijitos, y arrodíllense en el silencio de vuestro corazón

Aunque es Dios quien nos convierte, aunque es obra del Espíritu Santo cambiar nuestro corazón de piedra por uno de carne, soplar en nosotros un nuevo espíritu para hacer de cada uno un ser nuevo que dirija su mirada a Dios, sin nuestra actitud interior, sin nuestro consentimiento a la gracia recibida no puede haber conversión.
            ¡Qué bella expresión es la de nuestra Madre Santísima! Nos llama al recogimiento interior, a arrodillarnos no tan sólo como manifestación exterior sino sobre todo interior. Casi en la intimidad del cuarto, cuando estamos solos frente a nuestro Dios, allí, en esos momentos, inclinar todo nuestro ser en el silencio para recibir de Dios las gracias, sus bendiciones, para ser abrazados por su amor.

Pongan a Dios en el centro de vuestro ser, para que puedan en alegría testimoniar las bellezas que Dios les da continuamente en vuestra vida

Somos templos del Espíritu y habitados por Dios. Esa es su voluntad. Hemos sido introducidos en la intimidad de la vida trinitaria por el Bautismo que nos hace partícipes de la gracia de Cristo. Y de la plenitud de Cristo –como nos dice san Juan- recibimos gracia tras gracia. La primera de ella el don del mismo Espíritu que hace que reconozcamos a Jesús como Señor y llamamos “Abba”, “Padre” a Dios.
            Somos deudores del amor de Dios y lo menos que debemos hacer es complacer su voluntad de estar en nosotros. Jesús nos dice: si ustedes observan mis mandamientos permanecen en mi amor, así como yo cumplí con el mandamiento del Padre y permanezco en su amor. Permanecer en el amor de Cristo es recibir todos los frutos de su amor. Para permanecer en su amor y dar muchos frutos es necesario cumplir con su ley de amor, (cf Jn 15,7ss) y dejarnos penetrar por su Palabra. Cuando así hacemos estamos centrando nuestras vidas en Dios. Entonces, son palabras de Jesús, lo que pidamos nos será dado. Si sus palabras permanecen en nosotros haremos, como Cristo, la voluntad del Padre y el Padre nos mostrará todo su amor que hará de nosotros testigos alegres y agradecidos de toda la belleza de Dios reflejada en nuestra vida.

Leamos una vez más el mensaje de la Reina de la Paz y roguemos su intercesión para recibir la plenitud de la gracia de este tiempo que nos es regalado por la misericordia de Dios.


Del 25 de Junio de 2001

Estoy con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal
           
La Madre está con sus hijos. Desde hace 20 años en Medjugorje con su presencia ininterrumpida, confirma, día tras día, esto que hoy nos dice: está con nosotros. Estar con nosotros para la Madre de Dios significa estar junto a nosotros, más aún, venir por nosotros. 

En este aniversario no podemos dejar de evocar la aparición de aquel primer día, 24 de Junio de 1981. Aquella vez, como lo hace toda vez que viene a encontrarnos, recorrió el infinito que separaba dos realidades, la nuestra terrena y la suya celestial, el tiempo y la eternidad.
         Ella había dado el gran salto al que el amor la impulsaba, había sobrepasado el abismo que no es posible medir sino por la gracia y el amor, pero había escogido ubicarse a una cierta distancia de los videntes, desde donde los invitaba a acercarse mientras tapaba y destapaba al niño que tenía entre sus brazos. Esa Mujer con su Niño, envuelta en la luz, era el signo de que Cristo estaba allí y de que Ella era María, su Madre. María es el signo de Cristo, de su presencia porque es la Madre de Dios. Y con su gesto elocuente - en el silencio - mostraba que venía desde el Cielo a traernos protección.
         La Virgen invitaba a acercarse pero esa tarde nadie acudía a su llamado. Por lo contrario – lo sabemos - todos, uno tras otro, huyeron. Ella había hecho todo el camino, a los chicos les bastaba dar algunos pasos para que el encuentro se produjese, sin embargo eso no ocurrió.
         Recién al siguiente día acudieron a la invitación y desde entonces, porque la voluntad de aquellos videntes se unió a la voluntad de Dios, está la Virgen plenamente junto a nosotros.
         Con todo lo ocurrido se nos vuelve evidente que el estar o no con nosotros depende más de nuestra voluntad, del ejercicio correcto de nuestra libertad, que de los deseos de la Santísima Virgen.
         Cuando la Madre viene es algo grande, cuando la Madre es recibida es algo mucho mayor porque es recién entonces que se reciben las bendiciones que luego han de fructificar.
         La Madre viene para traernos su bendición, la bendición eficaz que nos lleva a la santidad, la bendición que vence los obstáculos que nosotros ponemos a la acción de Dios, la bendición que verdaderamente nos hace libres porque nos libera de miedos. La bendición que nos aproxima a su corazón y nos ayuda a caminar en el camino de santidad.

Hoy especialmente, cuando Dios les da abundantes gracias, oren y busquen a Dios a través mío
         En esta parte del mensaje querríamos detenernos en la primera palabra: hoy. Hoy puede entenderse de una manera continua, es decir, que en este tiempo Dios nos da gracias abundantes, pero también, como una referencia al mismo día del aniversario. Creemos que ambas interpretaciones son verdaderas porque Dios derrama grandes gracias en las celebraciones especiales y también porque Dios nos está regalando este tiempo, marcado por la presencia de la Santísima Virgen entre nosotros de ese modo tan especial, que es tiempo de gracia. De gracia actual, de gracia santificante, de gracia de Cristo que obra en nosotros la conversión y sana nuestras heridas consecuencia del pecado.
         A continuación nos indica, una vez más, el camino, qué debemos hacer para aprovechar este exceso de generosidad de la misericordia divina: orar y buscar a Dios por medio de María.

La oración es la manifestación de nuestra voluntad de querer encontrarnos con Dios y – por sobre todo - encontrarlo buscándolo por medio de nuestra Madre del Cielo. Porque este tiempo de misericordia, de gracia, está puesto bajo María. Ella es la Enviada, quien ha venido para que no erremos el camino, quien ha venido a allanar los senderos, a conducirnos de manera segura al Salvador.
         Orar es también rezarle a nuestra intercesora para que Ella una su oración a la nuestra, para alcanzar la paz que viene de la reconciliación con el Señor. Como dijo en otro aniversario: "Oro por ustedes e intercedo por ustedes ante Dios, para que comprendan que cada uno de ustedes es portador de paz. No pueden tener paz si sus corazones no están en paz con Dios. Por ellos, hijitos, oren, oren, oren porque la oración es el fundamento de su paz".

Dios les da grandes gracias, por eso hijitos, aprovechen este tiempo de gracia y acérquense a mi corazón para que pueda conducirlos a mi Hijo Jesús
         Con estas palabras explicita lo que antes nos dijo. Y nuevamente estamos ante la aproximación. La Reina de la Paz está con nosotros, junto a nosotros, nosotros hemos aceptado aproximarnos a Ella y permanecer junto a Ella, pero aún tenemos que estar más cerca, cerca de su corazón. ¿Qué significa esto? Que debemos consagrarnos a su Corazón Inmaculado entregándole todo lo que somos y todo lo que nos pertenece. Entregarle nuestro pasado con todo lo que fue, nuestro presente con todo lo que es y nuestro futuro con todo lo que será. Todo nuestro ser debe estar en María para que podamos ser todo de Dios. Acercarse a su corazón es un acto de abandono, de confiada entrega de todo aquello que nosotros no podemos llevar a cuestas, para que Ella lo transforme por la acción del Espíritu.
         Es la Sabiduría divina la que ha dispuesto este camino corto y eficaz para llegar a Dios puesto que por este mismo camino Dios llegó a los hombres cuando el Verbo Eterno asumió la humanidad en el seno de María.
         El fin de la consagración es el amor, amar con amor divino, amar a Dios con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón, amarlo en su presencia eucarística y también amarlo en el hermano y en la creación.
         Jesús es el Camino al Padre, es el Pontífice que une la divinidad con la humanidad, y María es el caminito, el atajo que Dios nos regala en estos tiempos para llegar a Jesús.

Recordamos particularmente un mensaje de la Reina de la Paz dado otro 25 de Junio: "Queridos hijos, estos son tiempos especiales, y por ello estoy con ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi Hijo Jesús. Hijitos, los invito a que se abran a mí y se decidan por la conversión. Nuevamente los invito a que se abran a la oración, a fin de que en la oración el Espíritu Santo los ayude, para que sus corazones se vuelvan de carne y no de piedra".
         Desde el Corazón de María recibamos su bendición y las abundantes gracias que Dios nos está regalando en este tiempo.


Del 25 de julio de 2001

Queridos hijos, en este tiempo de gracia los invito a acercarse aún más a Dios a través de la oración personal

     “En este tiempo de gracia”, así comienza este nuevo mensaje. Cabe entonces muy bien preguntarse: ¿Por qué tan a menudo nuestra Madre nos recuerda que éste es un tiempo de gracia? Seguramente la respuesta debe pasar por el hecho de que tendemos muy rápidamente a olvidar que éste es verdaderamente tiempo de gracia. Las tribulaciones particulares  ante la enfermedad, la falta de trabajo y ante otras adversidades que se abaten sobre las sociedades y recaen en las personas, hacen a veces pensar más en que se viven desgracias y no que se está en tiempos en que Dios da abundantes gracias; y ahí está el error. Es el error de ver los efectos del mal sin ver la acción de Dios que viene a rescatar al hombre de la situación de la que es prisionero.
     Este no es un tiempo de castigo sino de misericordia. Este es el tiempo en que Dios nos llama, y nos llama a acercarnos a Él. 
     Este es el tiempo en que gracias especiales son dadas para nuestra conversión, y la principal –sin dudas- es la misma presencia de María y sus frecuentes visitas, y estos llamados que mes a mes nos viene haciendo desde hace ya más de 20 años. Este es un tiempo que a pesar de la noche en ciernes es particularmente iluminado. Pero, no hay que olvidar –y esto es lo que nos recuerda la Santísima Virgen-  es tiempo de elección, o sea, de respuesta al llamado. Es ahora, en este tiempo que nos es dado,  que debemos escoger la luz para que, cuando acabe, las tinieblas no nos envuelvan. 
     Para poder entender estas apariciones, estas manifestaciones de la misericordia divina, es necesario recibir la luz que viene del Espíritu Santo.

     Este es, entonces, tiempo para no perder, para hacer lo que nuestra Madre nos pide. Y hoy Ella dice: “los invito a acercarse aún más a Dios a través de la oración personal”. Es Dios quien quiere estar cerca nuestro, más aún quiere habitar en nosotros y Él mismo ha elegido acercarse o acercarnos por medio de María. Por eso, también nuestra Madre nos llama a la oración, al encuentro personal por medio de la disposición del corazón al diálogo con el Señor. Esa oración que abre el corazón sobre todo a la escucha de Dios. Esa oración personal que nos vuelve atentos a las mociones divinas, dóciles a sus inspiraciones.

     María es la escogida para esta misión de acercamiento porque en Ella misma se da el encuentro entre Dios y el hombre en su Hijo Jesús, Verbo Encarnado en su seno. Que todo ello es así lo prueba el mismo mensaje del mes anterior, en que nos decía: “oren y busquen a Dios a través mío. Dios les da grandes gracias,... aprovechen este tiempo de gracia y acérquense a mi corazón”.
     Acercarse a su Corazón Inmaculado, paso previo a la consagración, es el modo que la divina providencia ha dispuesto para que esas gracias se reciban en plenitud.

Aprovechen el tiempo de reposo y den a su alma y a sus ojos el reposo en Dios

     En esto nos da una suerte de programa muy sencillo y es el del reposo del alma, el espíritu debe aquietarse y buscar la calma, predisponiendo el corazón a la contemplación que es búsqueda de Dios. Porque sólo en Dios está nuestra paz, sólo en Él nuestro corazón encuentra sosiego, el bullicio se acalla y las inquietudes se aquietan. Esta es una forma concreta de aprovechar el tiempo de gracia.
     Y, además, agrega:

Encuentren la paz en la naturaleza y descubrirán a Dios Creador, a quien podrán agradecer por todas las creaturas; entonces encontrarán gozo en sus corazones

     A veces basta bajar la mirada para elevarse a Dios. Quizás en la contemplación de una delicada florecita que apenas despunta del suelo o de una mínima gota de rocío que refleja todo un sol, veamos la belleza, la bondad, el amor de Dios que los ha creado y que nos creó a nosotros y a ese mismo momento de nuestra contemplación.
     Recién cuando hayamos dejado atrás el aturdimiento de lo que nos propone el mundo, cuando la presión por la actividad o por la inactividad deje lugar al abandono confiado en Dios y dirijamos nuestra mirada a la naturaleza, que sigue armoniosamente sus ritmos, nuestro corazón se elevará en gratitud al Creador, nuestro Padre y se colmará de alegría por tanta maravilla.


Del 25 de agosto de 2001

     Este mensaje es continuación de los anteriores en los que nos recordaba que estamos viviendo un tiempo de gracia. Un tiempo de gracia es tiempo de llamado y de respuesta a ese llamado para alcanzar la gracia. Es tiempo de reconciliación, es decir, de perdón en sus dimensiones: darlo y recibirlo. Es tiempo de acoger el don, de aceptar la paz y de transmitirla. Es tiempo de cumplir con el amor, que es la ley de Dios. Es, en fin, el tiempo de decidirse por Dios, por lo tanto, es tiempo de seguimiento de Jesús por medio de María.

Hoy nos dice:
“los invito a todos a decidirse por la santidad”
     Este llamado a la santidad no es nuevo, no es otro que el llamado a la conversión que se extiende por más de 20 años ya.
     Decidirse por la santidad es lo mismo que decidirse por Dios, lo único que varía es el punto de perspectiva. Es la decisión que compromete a la persona de tal modo que la transforma desde lo más profundo de su interior y la impulsa por el recto camino. 
     El mundo está lleno de caminos desviados que no llevan a ninguna parte. La decisión por la santidad es decirse a uno mismo: “yo quiero ser santo. Yo quiero colmar la capacidad de santidad que Dios puso en mí al crearme”. Porque Él nos ha creado para la vida eterna, para ser salvados por Cristo.
     Es así que, con la invitación a decidirnos por la santidad, nuestra Madre nos está diciendo que no sólo la santidad es posible sino que para nosotros debe ser deseable. En ese sentido, entonces, decidirse es caminar hacia la gracia que Dios generosamente nos ofrece.

Y luego agrega: 
“Que para ustedes, hijitos, la santidad esté siempre en primer lugar en sus pensamientos y en cada situación, en el trabajo y en las palabras”
     También esta exhortación a poner a la santidad como primer objetivo, en el primer lugar, es equivalente a sus otros mensajes en los que nos pedía poner a Dios en el primer lugar. Nuevamente, esta vez la lectura es en clave personal, es decir, no dirigiendo la mirada hacia Dios sino hacia nosotros mismos. Acá tenemos el pedido concreto de no dejar espacios vacíos. La santidad debe comprometer toda la vida y cada circunstancia concreta de la existencia. 
     No se puede escoger el camino de santidad y luego pensar, hacer, decir cosas que lo contradigan. No debemos prestar oído, ni vista a lo sucio que nos propone el mundo, a la invasión constante de publicidad y de programas groseros, procaces, blasfemos. Debemos preservarnos apagando el televisor o cambiando de emisora o no leyendo material ofensivo. Tampoco debemos pronunciar palabras soeces ni asumir actitudes que ofenden el corazón de Dios.
     Nuestro pensamiento, nuestra memoria, nuestro corazón, nuestra voluntad deben ser purificados y esta es obra del Espíritu que necesita de nuestra disposición a hacerlo. 
     Por supuesto, la mayoría de nosotros está aún lejos de la perfección, pero esto no debe desanimarnos. Ciertamente, el camino de santidad no está exento de caídas y aún de recaídas, pero lo importante es la decisión de levantarse, de extender la mano hacia Aquel que puede y quiere alzarnos.

“Así, lo pondrán en práctica poco a poco, y paso a paso la oración y la decisión por la santidad entrarán en sus familias”
     Una vez decididos por la santidad, decisión que es menester renovar diariamente, el camino es gradual, con la seguridad de que se va afirmando y decantando poco a poco, en un camino en el que el corazón está puesto en Dios.
     También nuestra Madre nos recuerda la oración porque el viandante ante todo es el orante. Sin oración no es posible la santidad. 
     En esta parte del mensaje parece también decirnos que esa decisión, y lo que hacemos no es sólo para nosotros, no es aventura individual, sino que a través nuestro la familia se santifica. Esto es lo que quiere el Señor: ¡familias santas!

“Sean verdaderos con ustedes mismos y no se aten a las cosas materiales sino a Dios”
     Una vez más somos llamados a hacer una opción fundamental, a escoger dónde poner nuestra seguridad, si en Dios o en las cosas materiales. “Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24). No podemos jugar a dos puntas, poniendo un poco de nuestra seguridad en las cosas y otro poco en Dios. La opción es radical. O Dios o las cosas del mundo material. Sabemos bien que para hacernos acreedores a la providencia divina debemos abandonarnos confiadamente en el Señor y ocuparnos de nuestra propia santidad. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y el resto vendrá por añadidura”, nos dice el Señor en el mismo pasaje de la Escritura (Mt 6,33). Es decir: “busquen ser santos y todo lo que necesiten Dios se los dará”.

“Y no olviden, hijitos, que la vida de ustedes es pasajera como una flor”
     En el libro de Job se dice que “el hombre es como la flor que brota y se marchita, que huye como la sombra sin pararse”, esto para mostrar la fugacidad de la vida en esta tierra. Nuestra Madre nos hace meditar, desea que reparemos en que hemos sido creados para la eternidad y que allí debe estar puesto nuestro corazón, todo nuestro ser. No debemos entretenernos con las cosas de este mundo perdiendo la eternidad.  
     San Agustín escribió: “Desdichada es el alma esclava del amor de lo que es mortal”. Más drástico, León Bloy afirmaba: “la tragedia del hombre es no ser santo”. Pero, por sobre todo están las propias palabras del Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si él mismo se pierde?”(Lc 9,25).


Del 25 de setiembre de 2001

 

¡Queridos hijos! También hoy los invito a la oración, especialmente hoy cuando Satanás quiere la guerra y el odio
     Sabemos que nuestra Madre habla para el tiempo que nos toca vivir y esta invitación a la oración va dirigida a los acontecimientos que estamos padeciendo hoy.

     Como otras veces antes, menciona al enemigo –tal el significado del nombre Satanás- de Dios y del hombre, enemigo que alimenta el odio y suscita la guerra.

     La lucha entre el bien y el mal no es en primer lugar la de los hombres porque el bien y el mal están más allá de cualquier alineamiento humano. Este combate es el del Cielo, es decir el de María -enviada en estos tiempos por Dios como Reina de la Paz- contra el Infierno, contra Satanás y todos los espíritus del mal.

     Es la lucha entablada entre los que escogen la destrucción y el aniquilamiento, instigados por quien es homicida desde el principio y padre de la mentira (Jn 8,44), y los que escuchan y responden al llamado a la oración que hace quien es Madre de todos los hombres y todos los pueblos. Hoy, nosotros, estamos especialmente invitados a la oración.

 

Yo los invito de nuevo, hijitos: oren y ayunen para que Dios les dé la paz
     Ya desde el inicio de estas apariciones de Medjugorje, varias veces nuestra Madre nos dijo que con la oración y el ayuno se evitaban las guerras o se detenían aquellas ya iniciadas. Hoy, ante la inminencia de los acontecimientos, nos lo vuelve a recordar. Y agrega: "para que Dios les dé la paz". La paz es un bien, la paz es un don que sólo Dios puede dar. La paz viene de la Cruz de Cristo. Él es quien nos da la paz, la misma que María viene a traernos, pero no como la que da el mundo. Él es quien ilumina a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y quien guía nuestros pasos por el camino de la paz. Pero, esta gracia que Dios nos da requiere de nosotros oración y ayuno. Oración y ayuno del corazón. Porque inmediatamente después nos dice:

 

Testimonien la paz a cada corazón y sean portadores de paz en este mundo sin paz
     Testimoniar la paz significa ser paz para el otro. Sólo en la oración recojo la paz que Dios me da y la mantengo en mi corazón. Esa oración es la del corazón purificado, la oración del corazón que perdona y que no guarda sentimientos negativos porque con la gracia de Dios los erradica.

Ser portador de paz es trabajar para la paz desde el ámbito en que cada uno se mueve. Y trabajar para la paz es una bienaventuranza: 

     "¡Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios!" (Mt 5,9).

     Nuestra Madre nos llama a la bienaventuranza, a la dicha de vivir en la tierra un anticipo del Cielo. Felicidad que no termina en nosotros sino que se derrama a nuestro paso, llevando el bien de la paz allí donde no hay paz.

 

Yo estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes
    
¡Cuánta seguridad transmiten estas palabras de nuestra Madre y Reina de la Paz!

     Ella no nos abandona. Ella nos sostiene con su presencia orante. ¡Cómo esta Madre ha de abandonar a sus hijos en momentos de peligro, cuando el enemigo está al acecho? ¡Imposible! A aquellos que objetan la veracidad de las apariciones, por el largo tiempo de permanencia de la Madre de Dios entre nosotros dando mensajes, los acontecimientos que estamos viviendo y a los que podríamos ir al encuentro deberían servirles de respuesta. También dan la razón de porqué ha venido con este título: Reina de la Paz.

     María Reina de la Paz incansablemente intercede por nosotros. Y ese "nosotros" no debemos entenderlo como un pronombre genérico sino que debemos traducirlo por el nombre concreto de cada uno. María intercede por cada hijo en particular y está cerca de cada uno. Es por eso que subraya: "intercedo ante Dios por cada uno de ustedes".

 

Y no teman, porque quien ora no teme el mal y no tiene odio en su corazón

     Cuando oramos y hacemos lo que nuestra Madre del Cielo nos pide, sentimos su protección. Cuando oramos como Ella nos pide, con el corazón, no podemos guardar odios ni rencores.

     El Santo Padre, en perfecta sintonía con la Santísima Virgen, acaba de decir: "El odio, el fanatismo y el terrorismo profanan el nombre de Dios y desfiguran la imagen auténtica del hombre". Esa imagen es la que María viene a restaurar para hacer de nosotros, por medio del camino que traza con sus mensajes, verdaderos hijos de Dios.

     Para aquellos que, aún después de estos acontecimientos, puedan preguntarse porqué tanto tiempo de apariciones, roguemos para que el Señor les haga ver la luz y reconozcan que todo lo que pasa en Medjugorje, en el oasis de paz de Nuestra dulce Gospa, viene directo del Cielo. De lo contrario, ya habría desaparecido.

     Oremos también para que otros conozcan en este día el Mensaje de Paz.


Del 25 de octubre de 2001

 

Queridos hijos, también hoy los invito a orar con todo el corazón y a amarse los unos a los otros

     Orar con todo el corazón es querer comunicarse con Dios por la fuerza del amor, “hablar de amores” como decía Santa Teresa de Ávila. Es tener necesidad constante de Dios, de su presencia. Por eso, quien ora con todo el corazón es porque ama a Dios con todo el corazón y éste es el primer mandamiento. Luego viene el otro mandamiento del amor: amarnos los unos a los otros. Es decir, hacernos hermanos, acercar al que teníamos lejos en nuestro corazón y en nuestra mente atrayéndolo para hacerlo cercano, prójimo, en nuestras vidas. Debemos proponernos despojar nuestro corazón de enemistades y perdonar. Dejar de ser jueces de los otros y amarlos tal como son. Cuando oramos con todo el corazón, porque amamos a Dios con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y cuando nos amamos entre nosotros, estamos cumpliendo con la Ley de Dios, con el mandamiento del amor.

 

Hijitos, ustedes han sido elegidos para testimoniar la paz y la alegría

     El ser elegidos para tan noble misión nos llena de gran alegría y de consuelo y alimenta nuestra esperanza. “Porque muchos son los llamados, mas pocos los elegidos”, dice el Señor (Mt 22, 14). Y nos preguntamos: ¿quiénes son los elegidos? Son aquellos que responden al llamado. Por eso al finalizar el mensaje nuestra Madre agradece a quienes han acogido con seriedad la oración y la viven. Son los que viven los mensajes.

 

     Orar con todo el corazón es vivir seriamente el llamado, vivir la oración. Es recoger con el corazón abierto el don que nuestra Madre nos trae del Cielo, y este don es la oración misma por la que se alcanza la gracia de la paz. Esa paz que no termina en uno sino que, por lo contrario, comienza en uno y debe irradiarse.

     Pero, no se es escogido solamente para ser portador de paz, para dar testimonio de ese gran don recibido y por tanto dado, sino también para vivir en la alegría de hijos de Dios, que se da por medio de María.

     Cuando somos conscientes que, pese a toda nuestra fragilidad y pequeñez, estamos respondiendo al llamado, siguiendo los mensajes, esforzándonos por vivirlos, ello debe ser, en sí mismo, motivo de una gran alegría, porque Dios tiene puestos sus ojos en nosotros, porque nuestra Madre nos escoge para enviarnos al mundo a llevar los dones recibidos por medio de la oración.

     La Santísima Virgen usa el término paz, el mismo con el que comenzó a hablarnos en Medjugorje aquel 26 de junio de 1981. Paz en hebreo es “shalom”, que significa estar colmado de todos los bienes espirituales y temporales, y –en un sentido cristiano- colmado de todos los bienes mesiánicos. Por eso ser portador de paz es ser portador de Cristo. No se trata de llevar una buena intención de no beligerancia, de tolerancia. No, es infinitamente mucho más, es llevarlo a Cristo, es dar testimonio de Aquel por quien viene toda paz y todo bien al mundo.

 

Si no hay paz, oren y la recibirán

     Muy sencillamente nuestra Madre nos está diciendo que la paz se alcanza con la oración. Es el bien que Dios nos da como fruto de la oración de súplica.

     Con la oración de súplica nos reconocemos necesitados, dependemos de Dios, pero también con ella reconocemos que Dios es capaz realmente de hacer aquello que le imploramos, darnos la paz.


Por medio de ustedes y de su oración, hijitos, la paz comenzará a fluir en el mundo. Por ello hijitos, oren, oren, oren porque la oración obra milagros en el corazón de los hombres y en el mundo

     Dios –y esto viene a recordarnos la Reina de la Paz- no quiere hacer nada sin nosotros. Santa Teresita decía que “el Creador del universo está aguardando la oración de un alma pequeña y pobre para salvar a los demás, que fueron rescatados lo mismo que aquélla al precio de su propia sangre” (LT 135/ 19-08-1892).

     Por medio de nuestras obras, de nuestras acciones, cooperamos con la Providencia de Dios. Por medio de nuestra oración podemos cooperar para que Dios obre algo todavía más grande de lo que nosotros somos capaces de lograr. Aquí está la grandeza de la oración. Por eso el gran don de la paz, que sólo viene de Dios, viene por medio de la oración. Pero, para entender qué es la oración, qué poder se oculta en ella, es necesario volverse pequeño, pobre. Pobre de espíritu, que es aquel que –como decía San Francisco de Sales- no tiene el corazón en las cosas ni las cosas en el corazón. Sólo tiene a Dios y todo lo espera de Él.

 

     Éste, debemos entenderlo, es tiempo de gracia. Tiempo de llamado y de envío de los que acogieron la gracia del llamado con su respuesta generosa.

     Éste es un tiempo particular de intenso llamado a la oración para que los hombres se conviertan.

     Desde la venida del Verbo, la Pasión y Resurrección de Cristo, estamos viviendo el tiempo mesiánico. Pero, en la historia de la salvación, este hoy es muy singular porque está caracterizado por la constante presencia de la Madre de Dios entre nosotros y por su búsqueda incesante de esos hijos generosos que respondan al llamado, para convertirse en instrumentos de salvación mediante sus ofrecimientos, su vida ejemplar y su oración del corazón. 

     Es por medio del don que nos convertimos en don, en portadores de paz y en intercesores.

     Es la oración la que libera el poder de Dios que obra el milagro de la conversión, que trae la paz al mundo sin paz.

 

Yo estoy con ustedes y doy gracias a Dios por cada uno de ustedes que ha acogido con seriedad la oración y la vive

     Palabras éstas de gran consuelo. La Madre de Dios está con nosotros, junto a nosotros. Ella agradece a Dios por los hijos que han dado su respuesta al llamado. Ahora, nuestro compromiso debe ser orar con todo el corazón, amar y dejarnos ser instrumentos de María, nuestra Madre Santísima, para dar testimonio de paz y de alegría al mundo.


Del 25 de noviembre de 2001

 

Queridos hijos, en este tiempo de gracia los invito nuevamente a la oración

     Una vez más la Madre invita a sus queridos hijos –¡y todos somos hijos muy queridos de la Santísima Virgen!- a la oración, recordando –también nuevamente- que este es tiempo de gracia. El llamado universal a la oración se explica porque la oración es esencial para cualquier actividad de nuestra vida. La Madre de Dios nos enseña, desde esta escuela de espiritualidad que es Medjugorje, que antes que nada está la oración. Luego, en cada mensaje, nos irá diciendo por cuál intención y propósito debemos orar. Por otra parte, ya nos ha dicho cómo orar: con el corazón o –como agregó en el último mensaje- con todo el corazón.

 

Hijitos, oren y preparen sus corazones para la venida del Rey de la Paz

     El motivo por el que ahora debemos orar es para recibir a Jesús en nuestros corazones. Al orar nos comunicamos con Dios y Dios va obrando en nosotros, va sembrando las semillas del Reino. Oramos para que Dios actúe no sólo en nosotros sino también a través nuestro. Por eso, a continuación agrega:

 

de modo que con su bendición Él dé la paz al mundo entero

     Es decir, la oración es además de intercesión por el mundo. Oramos por nosotros, para ser receptivos a la gracia de Dios que nos sustenta y oramos para que el mundo reciba la paz que es bendición del Señor. Sólo de Él podemos recibir ese gran don que es la paz y que el mundo es incapaz de dar.

 

     El llamado a la oración es personal y eclesial. Es el llamado que la Reina de la Paz hace a cada uno de sus hijos y a todos en conjunto.

     Cuando Ella comenzó a dirigir el grupo de oración de Jelena, en Medjugorje, les pidió que rezasen con el corazón, individualmente y como grupo. La oración, de todos ellos juntos, debía ser como la de un solo corazón que palpitara.

     En Hechos de los Apóstoles leemos que “todos ellos (los apóstoles) perseveraban en la oración, con un mismo espíritu (es decir, como un solo corazón), en compañía de algunas mujeres, y de María la madre de Jesús...” (Hch 1,14). La Virgen viene a recrear aquella Iglesia, y hoy miles y miles en todo el mundo, siguiendo sus mensajes, se unen en una sola oración que se eleva a Dios. Este es el milagro de Medjugorje. Estos son los frutos: los grupos de oración, empezando por las familias, que procuran orar con el corazón, y hacer en sus vidas lo que la Madre de Dios les pide.

     Este plan de María, que lleva ya 20 años y 5 meses, se inició con apenas 6 chicos, a los que luego se unió toda la parroquia y el mismo párroco.

     Este es el milagro de María que signa el tiempo de gracia. Esta es la gracia que Dios nos regala por medio de nuestra Madre del Cielo.

 

Ha comenzado a reinar la inquietud en los corazones y el odio rige en el mundo

     Aquí nos describe la situación del mundo, un mundo que no conoce la paz, que es presa del temor y del odio. Por eso debemos orar, por eso debemos clamar al Cielo para que Jesucristo, Rey de la Paz, cambie el odio por amor y el temor por la paz.

     Sólo Jesús puede restaurar o traernos ese Reino que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17).

 

Por eso, ustedes que viven mis mensajes sean luz y manos extendidas hacia este mundo sin fe, para que todos puedan conocer al Dios del amor

     La acción a la que nos exhorta es fruto de la oración. Solamente por medio de la oración es posible recibir la gracia que nos reviste de hijos de la luz y nos nutre de amor y de fortaleza para ser testigos de la fe y del amor del Señor en medio de un mundo ateo y en rebelión contra Dios.

 

     Nuestras vidas, aún sin mediar palabras, deben hablar de Dios. Como nada podemos dar sin antes haberlo recibido, oremos para ser iluminados por el Espíritu, para poder reflejar la luz en las tinieblas del ateísmo. Oremos para recibir el don del amor y poder tener entrañas de misericordia hacia el que está triste y desamparado, hacia el que no conoce el amor de Dios, hacia el que está sumido en sombras de muerte. Nuestra Madre, Nuestro Señor quieren tocar todas esas vidas y cuentan con nuestras manos para alcanzarlas.

 

     Finalmente, porque sabe muy bien que lo necesitamos, nuevamente nos repite:

 

No lo olviden, hijitos, yo estoy con ustedes y los bendigo a todos

     Que ante las pruebas, a las que estamos continuamente sometidos, no olvidemos estas palabras tan consoladoras que provienen del Corazón Inmaculado de María. Ella está con cada uno de nosotros, sus hijos, y a cada uno nos está bendiciendo con su bendición de Madre, de Madre de Dios.   


Del 25 de diciembre de 2001

 

Queridos hijos, hoy los invito y los animo a la oración por la paz

     Nuestra Madre no sólo conoce nuestro presente sino que anticipa el futuro al que podemos ir al encuentro. Ella ve dónde hay mayor necesidad, dónde hay mayores peligros. Hoy la Madre de la Iglesia pide por la paz.

     El Santo Padre también pide oración y ayuno por la paz.

     El Espíritu Santo que actúa en la Iglesia clama por la paz.

     Somos llamados a orar por la paz en esta más que invitación, porque nos dice “los invito y los animo”, es decir, nos exhorta, nos estimula a orar por la paz.

     Ocurre que estamos rodeados de noticias y acontecimientos inquietantes, sumergidos en ambientes sin fe y en un mundo en el que se respira injusticias, agresión y odio. A veces nos vemos acosados por nuestros propios problemas, por preocupaciones que parecen atraparnos. Y Ella entonces nos dice: “los invito y los animo” a orar por la paz. Es como si nos dijera: “No se dejen vencer ni arrastrar por lo que los rodea, no se desanimen, dirijan, en cambio, la mirada hacia el Cielo y pidan por la paz con todo el corazón”.

 

     En estas circunstancias orar no sólo es signo de fe sino también de esperanza. Quien ora no tiene quebrada la esperanza porque sabe que sus ruegos serán escuchados. Como dice el salmista: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Escucharé qué dice Dios, el Señor; Él anuncia la paz para su pueblo, para sus fieles, para quien vuelve a Él con todo el corazón” (Sal 85,8-9).

 

Los invito especialmente hoy, cuando traigo en mis brazos a Jesús recién nacido, a unirse a Él por la oración y volverse un signo para este mundo sin paz

     La Virgen Santísima, al presentarnos a Jesús recién nacido, revive la primer Navidad. Es el mismo misterio que se renueva eternamente. Quien ha nacido es hijo suyo y al mismo tiempo Hijo de Dios. Es Dios en brazos de su Madre. Ella nos invita a ser uno con Jesús, a unirnos íntimamente al recién nacido, al Hijo de Dios hecho hombre. Y esa unión se da por la oración, por la que se recibe la gracia de ser signo de paz. Esto –el ser signo de paz para otros- se puede desear y hasta favorecer pero no podemos provocarlo por nosotros mismos. Sólo se es signo en un mundo sin paz por la gracia que desciende de Dios.

     En esta Navidad Él ha querido que esa gracia venga del Niño de Belén en los brazos de María, su Madre. Y esto nos evoca la imagen de Nuestra Señora del Huerto, en la que se ve a la Madre sosteniendo la manecita del Divino Niño con la que Él nos bendice. Así es ahora también. Desde las manos de María estamos recibiendo la bendición, la gracia de Dios que nos transforma, que nos convierte en señal en el camino de los que andan en tinieblas. Nosotros, en algún sentido, debemos volvernos un poco como María: ser portadores de la Luz que es Cristo.

 

     “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras ha brillado una gran luz” (Is 9,1). Son palabras del profeta Isaías que habla también para este tiempo. Los que no conocen el amor de Dios recorren caminos de tinieblas hasta que de pronto descubren la luz, la gran luz. Esa luz que descubren, se nos pide, es por la acción e intercesión de aquellos que han recibido la gracia.

 

Anímense los unos a los otros, hijitos, a la oración y al amor. Que su fe sea para los otros un estímulo para creer más y amar más

     La comunión orante, la comunión de vida, la comunión de hijos de Dios e hijos de María es la que sostiene al que está vacilante, débil en la fe, a los que están pobres en el amor y morosos en la oración. Debemos ante todo orar, y orar mucho, con fervor, para que nuestro amor sea desbordante y nuestra fe firme.

 

     El mensaje guarda una cierta resonancia con las palabras del Apóstol San Pablo, cuando en su segunda Carta a los Corintios dice: “Por lo demás, hermanos, alégrense; tiendan a la perfección, anímense mutuamente, tengan los mismos sentimientos, vivan en paz y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (2Co 13,11). Y también con aquella otra dirigida a los Filipenses: “No se inquieten por nada, antes bien en toda necesidad presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús” (Flp 4,6-7). Como aquellos cristianos somos llamados a animarnos mutuamente y a aunar nuestras oraciones, nuestras acciones de gracia, nuestras eucaristías para el bien de todos, creciendo en la fe y en el amor. Es experiencia de vida que amor, fe y oración se contagian.

 

Los bendigo a todos y los invito a estar más cerca de mi Corazón y del Corazón del Niño Jesús

     La Madre con su Niño en brazos nos bendice. El mismo Niño nos bendice con su Madre. Que esta bendición nos acerque aún más a los Sagrados Corazones. 

¡Muy feliz Navidad!


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