Comentario de los mensajes

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Año 2006

25 de enero de 2006

  ¡Queridos hijos! También hoy los invito a ser portadores del Evangelio en sus familias. Hijitos, no olviden leer la Sagrada Escritura. Pónganla en un lugar visible y testimonien con su vida que creen y viven la Palabra de Dios. Yo estoy cerca de ustedes con mi amor, e intercedo ante mi Hijo por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario


          Uno de los principales mensajes de Medjugorje es el que se refiere a la lectura de la Biblia. Ya desde el comienzo, junto al pedido de oración diaria y del ayuno (dos veces a la semana: miércoles y viernes), la Santísima Virgen ha llamado a la lectura diaria de la Biblia. Al menos, decía, un pasaje del Evangelio y, como signo y también como recordatorio de la presencia y centralidad de la Sagrada Escritura en la vida del cristiano, invitaba a poner la Biblia en un lugar visible de la casa, junto a la cruz y a imágenes bendecidas. Un lugar que debería ser el ámbito de reunión para la oración y para la lectura y escucha de la Palabra, para toda la familia. Era la propuesta de la dedicación de un espacio, además de un tiempo, totalmente a Dios en el núcleo del hogar.

          Si por una parte, debemos recordar que la Santísima Virgen, respetando la libertad de cada uno, siempre invita y no fuerza a nadie a hacer lo que pide, y por eso no debemos entonces nosotros tampoco forzar a nadie a cumplir con el mensaje; por la otra es necesario reconocer que las familias se disgregan porque cada uno pretende vivir su realidad singular y al no darle entrada a Dios en la vida se termina por no tener ni espacio ni tiempo para ninguna persona. Es cuando se pierde el diálogo, cuando no existen ni guías ni normas a seguir porque no se reconoce autoridad a los padres, cuando se rompe la unión y la comunicación y quedan solamente dramas individuales que suelen transformarse en pequeñas y grandes tragedias.

          Ante esta situación tan generalizada, la Reina de la Paz vuelve en este mensaje a proponernos recomenzar. ¿ De dónde? O más bien, ¿ de quién? De quién es sensible a la voz de la Santísima Virgen y ha decidido seguir sus mensajes en su vida cotidiana. Ése es quien, lo pide la Madre de Dios, debe ser el portador del Evangelio entre los suyos, el que lleve al ámbito familiar la buena noticia de Dios hecho hombre, muerto por nuestros pecados y resucitado, que tiende la mano a cada uno y que a cada uno llama a la proximidad de la amistad, a la misma intimidad, al conocimiento y la experiencia del amor.  Ese debe ser quien lleve, en su testimonio de vida, a Jesús Resucitado, vencedor del pecado y de todo mal y de toda muerte. Debe ser quien lleve a la salvación a los suyos en Cristo Salvador.

          Para lograrlo, la Santísima Virgen vuelve a invitarnos a realizar gestos concretos como poner la Biblia en un lugar visible, es decir, a entronizar a Dios en su Palabra en nuestro hogar. Palabra viva y eficaz, creadora y siempre nueva que habla a cada uno de un modo diferente y siempre verdadero. Palabra que deberá ser leída y escuchada, respetada, amada, custodiada, atesorada en el corazón y deberá encarnarse y crecer en la realidad de cada creyente.

          El Magisterio de la Iglesia nos recuerda que el autor de la Sagrada Escritura es el Espíritu Santo y en el mismo Espíritu debe ser leída e interpretada junto a toda la Iglesia. El Santo Padre recomienda la lectio divina. Los pasos fundamentales al leer un pasaje, por ejemplo, del Evangelio son las respuestas a las siguientes preguntas: 1) ¿Qué dice? Significa saber objetivamente a qué se refiere el pasaje. 2) ¿Qué me dice? Es la interiorización de la Palabra encontrando el eco que ella produce en mí y de qué modo me interpela. 3) ¿Qué le digo? ¿Cuál es mi respuesta a tal interpelación. Porque la Palabra de Dios no es declamada sino proclamada y vivida en testimonio de la vida de la fe, dice la Madre de Dios que ser “portador del Evangelio” es ser alguien que “cree y vive” lo que lee dando “testimonio de vida” de su fe.

          Cuando, entonces, creemos en lo que leemos y vivimos lo que creemos seremos coherentes y creíbles, y aún sin palabras seremos capaces de invitar a quienes estén alejados de Dios al encuentro con Quién transforma e ilumina toda vida.

           

          Ante las dificultades y los peligros por los que debemos atravesar, la Santísima Virgen no deja de repetir nos que Ella está cerca de nosotros con su amor y que intercede por cada uno de nosotros. Esta certeza que viene de sus palabras reafirmantes nos da nuevas fuerzas para mantenernos en la fe, para que nuestra esperanza no decaiga y no venga a menos nuestro amor, y podamos así vivir los mensajes que su Corazón nos va dictando.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de febrero de 2006

          ¡Queridos hijos! En este tiempo cuaresmal de gracia, los invito a abrir sus corazones a los dones que Dios desea darles. No se cierren: con la oración y la renuncia digan Sí a Dios y Él les dará en abundancia. Así como en la primavera la tierra se abre a la semilla y da el ciento por uno, así también el Padre Celestial les dará en abundancia. Hijitos, yo estoy con ustedes y los amo con amor tierno. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario 

Lo primero que la Santa Madre de Dios nos recuerda en este mensaje es que la Cuaresma es tiempo de gracia. La gracia es don gratuito de Dios, es decir, don que Él nos hace no por mérito nuestro alguno sino por su misericordioso amor. La primer gracia de conversión nos permite responder a su llamado, responder a su amor y caminar por caminos de santidad, es decir, de unión a Dios Trino y Uno.

Dios llama siempre -y particularmente en este tiempo- a la conversión del corazón y, puesto que llama, la primera gracia es la del llamado para dar luego, de acuerdo a nuestra disposición, abundancia de otras gracias actuales las que a su vez deberían manifestarse en frutos. Por ello, la gracia para que obre debe ser acogida. La gracia requiere de nuestro concurso, de nuestra positiva disposición, de nuestra apertura de corazón a recibirla. Así, por ejemplo, ocurre con los sacramentos que de por sí son eficaces porque a través de estos signos sensibles Cristo mismo actúa en ellos comunicando la gracia que cada sacramento significa (perdón de los pecados, comunión con Dios y del pueblo de Dios, santificación,...). Sin embargo, no todas las personas que reciben los sacramentos dan frutos porque los frutos dependen de la disposición, de la aceptación y acción consecuente de tales personas.

Para entender mejor cómo obra la gracia podemos recurrir a la historia de las apariciones en Medjugorje. El 24 de junio de 1981 la Santísima Virgen se aparece por vez primera a seis jóvenes adolescentes. Ella que ha realizado, por así decirlo, un viaje infinito -desde la realidad celestial hasta ésta de la tierra- no se puso justo delante de los jóvenes sino que los invitó a acercarse desde una cierta distancia. Sin embargo, el encuentro no se produjo. ¿Por qué? Porque ellos no dieron los pocos pasos que debían haber dado para estar frente a frente y comenzar un diálogo o simplemente contemplar la belleza de María. Sin embargo, sabemos qué ocurrió el segundo día: esta vez los chicos corrieron hacia el lugar donde se encontraba la Santísima Virgen produciéndose el primer encuentro, al que le sucedieron otros hasta el día de hoy. En esta pedagogía divina se nos presenta la gracia en la presencia extraordinaria de la Virgen, gracia que se hace efectiva cuando los jóvenes abriendo su corazón, superan anteriores miedos, se hacen disponibles y aceptan encontrarse con la Madre de Dios. De aquella primera aceptación y apertura de corazón vienen estos mensajes y esa presencia extraordinaria de la Reina de la Paz que tantas conversiones ha generado en estos 25 años.

Otro hecho ilustrativo es que aunque son seis los chicos, tanto el  primero como el segundo día, no son todos los mismos. En efecto, dos de ellos que estaban presentes el día 24 no fueron al día siguiente siendo reemplazados por otros dos. Aquellos dos del primer día no la vieron nunca más. Dios da la gracia, en este caso la aparición de María, y tan sólo requiere de nosotros que demos esos pocos pasos de aceptación para que el don no se pierda.

          Para que no se pierda la gracia que el Señor quiere darnos, vale la pena repetirlo, el corazón debe abrirse, la persona implicarse. El buen sentimiento por sí solo no basta. No basta decir siento amor por la Virgen, siento amor por Dios y quedarme en ese sentimiento, es necesario además que mi voluntad actúe en consecuencia y que manifieste ese amor con obras, con mi aceptación a la obediencia del mandato de amor divino. No basta decir “Señor, Señor”, pues sólo ha de entrar en el Reino de los Cielos el que haga la voluntad del Padre, dice el Señor (Cf Mt 7:21).

En el Capítulo 15 del evangelio de san Juan, Jesucristo dice a sus discípulos: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto... La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto... Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor... Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Cf Jn 15:5ss). Para dar muchos frutos es necesario permanecer en Cristo, en su amor. Permanecer en su amor, nos dice, significa amar a los demás y, desde luego, amar a Dios fuente de todo amor, manifestándolo en lo concreto. Permanecer en Cristo es vivir como vivió Cristo (Cf 1 Jn 2:6): “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?... No amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y con la verdad” (1 Jn 3:17-18).

¿Cómo abrimos nuestro corazón a la gracia para recibirla y para que dé mucho fruto? ¿Por dónde empezar? La Reina de la Paz nos da la respuesta diciéndonos en qué sentido debe obrar la voluntad: el de la oración y la renuncia. Con la oración y con la renuncia, movidas ambas por la voluntad, recibiremos el don que Dios quiere hacernos y estaremos preparando nuestro corazón -como la tierra abierta en surcos cuando es arada- para recibir la semilla de la gracia que ha de germinar y fructificar.

Hace muy pocos días, el Santo Padre Benedicto XVI dijo que es preciso cultivar la unión con Cristo (que es la que permite que demos frutos) a través de la oración, de la vida sacramental y, en particular, de la adoración eucarística, de ese modo –agregaba- se puede realmente testimoniar el amor de Dios (encuentro del Papa con los diáconos de Roma, del 18 de febrero).

 

Es interesante observar que esta vez la Santísima Virgen no habla de ayuno sino de renuncia. Desde luego, la renuncia incluye al ayuno pero va aún más allá del ayuno.

El ayuno cuaresmal tiene una dimensión física: la abstinencia de alimento. La renuncia, en cambio, implica además de la privación, por ejemplo, del tabaco, del alcohol, de ver televisión, la renuncia al pecado y a todo aquello que es nocivo para nuestro espíritu.

La mortificación de los sentidos, del cuerpo, es signo de la conversión del corazón, cuando al cuerpo le ponemos límites y no le damos todo lo que él quiere sino todo lo que contribuye al bien espiritual.

Cuando la Santísima Virgen pide el ayuno siempre debe entenderse que el ayuno es el del corazón. No se trata de una mera abstinencia sino que lo que pide es el sacrificio del corazón que ofrece su privación a Dios. Sabemos muy bien que las personas son capaces de dietas por motivos médicos  o estéticos y hasta de huelgas de hambre por motivos políticos. Hasta puede darse que por motivos religiosos, meramente “rituales”, se ayune, pero esto, como toda práctica religiosa, si no implica el corazón, es decir todo el ser, resulta hueco. El ayuno, la renuncia, debe reflejar una realidad interior. La renuncia cuaresmal debe ser signo de que vivimos la Palabra de Dios y que vivimos la Eucaristía. Si no me nutro de la Eucaristía y de la Palabra y la practico, entonces mi renuncia es de escaso valor.

También la renuncia tiene una dimensión de expiación y de reparación. San Juan Crisóstomo decía que “no ayunamos por la Pascua, ni por la cruz, sino por nuestros pecados...”. Por eso, por sobre todo, la renuncia debe ser signo de nuestra abstinencia de pecado. Decía San Agustín: “el ayuno verdaderamente grande, el que empeña a todos los hombres, es la abstinencia de las iniquidades, de los pecados y de los placeres ilícitos del mundo...”.

Renunciemos al pecado en todas sus formas. Renunciemos al odio, al rencor, a la envidia, a los celos, a todo sentimiento negativo, a los pensamientos frívolos y malévolos hacia los hermanos, renunciemos a las miradas poco caritativas y a los espectáculos no edificantes. No escuchemos discursos vanos, obscenos, groseros o insinuaciones malévolas. Evitemos hablar mal de quien nos hace sufrir o nos humilla o provoca. Evitemos la pérdida ociosa del tiempo y las charlas inútiles. Demostremos afecto a quien nos está cerca, sonriamos, consolemos. Respondamos como María: “Heme aquí”, haciéndonos disponible a quien tiene alguna necesidad. “Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente” (Is 58:8).

 

Una vez más, como lo viene haciendo en este último tiempo,  para darnos un nuevo aliciente y motivarnos a vivir sus mensajes, la Madre de Dios nos asegura su cercanía y su tierno amor maternal. Como para decirnos que Ella es nuestra Madre, que va siguiendo el camino que vamos haciendo y acompañándonos con su amor que se manifiesta en especial protección e intercesión constante ante Dios. 

 

Tú sabes, amadísima Madre de Dios y Madre nuestra, que te necesitamos y que eres nuestro refugio en momentos de necesidad. Que sentimos el amor de tu presencia y deseamos responder a tu llamado. Ayúdanos a abrirnos a la gracia sobreabundante de Dios, ayúdanos a que la palabra de Dios, en tu mensaje, caiga en terreno fértil para que demos el ciento por uno. Tú tienes la llave de nuestro corazón: ábrelo e intercede ante nuestro Señor para que podamos dar muchos frutos para gloria suya.

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


18 de marzo de 2006

          ¡Queridos hijos! En este tiempo cuaresmal los invito a la renuncia interior. El camino que los conduce a ella pasa a través del amor, el ayuno, la oración y las buenas obras. Sólo con total renuncia interior reconocerán el amor de Dios y los signos del tiempo en el que viven. Serán testigos de estos signos y comenzarán a hablar de ellos. A eso deseo llevarlos. Gracias por haber respondido a mi llamado.


Comentario
          Algunas personas tratan de imaginar cómo se desarrollarán los acontecimientos futuros haciendo uso de profecías y anuncios dados por algunos videntes. Incluso en el caso de videntes verdaderos y de profecías también verdaderas, no es por la vía de la especulación que se podrá escudriñar el futuro ni siquiera reconocer el presente. La prueba es que tales personas dan fechas de tales grandes acontecimientos que luego no se cumplen, entonces, muchas de ellas vuelven a dar nuevas fechas que, desde luego, tampoco se han de verificar.

          Hace mucho tiempo, hacia el comienzo de las apariciones, la Santísima Virgen había advertido que aquellos que dan fechas son falsos profetas.

          Ahora, nos muestra no cómo desentrañar el futuro, que está sellado a nuestro conocimiento, sino cómo reconocer los signos de los tiempos y conjuntamente el amor de Dios. Sólo con la renuncia interior, nos dice, esto será posible. Y nos señala el camino: amor, ayuno, oración y buenas obras. Lo podríamos resumir como el camino del despojo interior y de la oblación, del ofrecimiento de sí mismo a los demás y a Dios, al mismo tiempo que de abandono en Él, en su Providencia y en su Misericordia en constante unión orante.

          Desde luego, nos preguntamos: ¿Por qué nos dice que podremos reconocer los signos del tiempo en que vivimos? Porque estamos viviendo en un tiempo de aturdimiento y confusión tales que sólo a pocos, a los que siguen un verdadero camino de fe y de abandono, les es dado reconocerlos.

          Signo de los tiempos es el diluvio de apostasía que cubre el mundo occidental manifestado en los gobiernos de las naciones que legislan en total rebelión a la ley de Dios, y no sólo a la Ley expresada en los Mandamientos sino aún en la ley que puso en la misma naturaleza. Signo de los tiempos es el total rechazo a Cristo -en algunos casos ya guerra declarada- de parte de instituciones mundiales y de personas que eligen hacerse una religión a su comodidad y relegar la verdadera religión al ámbito privado. Signo de los tiempos es la persecución que sufren los cristianos en países de África y de Asia y también la persecución solapada que están soportando en países occidentales y que amenaza aumentar. Signo de los tiempos es el avance e intolerancia del Islam sobre Occidente y que sugestivamente termina en persecución a los cristianos. Signo de los tiempos son la gravedad de los conflictos que luego de la caída del comunismo han recrudecido con el peligro de guerras nucleares. Signo de los tiempos es el reaparecer de totalitarismos. Signo de los tiempos son las drásticas mutaciones del clima planetario y la mayor frecuencia e impacto de las calamidades y catástrofes naturales que asolan la tierra. Signo de los tiempos es la concentración de poder mundial y el manipuleo de los medios de comunicación que en la mentira generan una opinión pública uniforme. Todos signos éstos de la presencia del mal, de la acción de Satanás sobre los hombres, del misterio de la iniquidad.

         
Pero, quien quiera conocer quién es Dios, descubra los signos de su amor que se manifiestan en la historia de la salvación, en la venida de su Hijo Unigénito y en su Pasión y Muerte Redentoras y en la historia de cada persona, puesto que todo está preñado de los signos del amor de Dios. Signo de este amor en estos tiempos han sido y son las apariciones de la Santísima Virgen y otras manifestaciones suyas como lacrimaciones, en imágenes y estatuas, en todo el mundo. María muestra así su dolor y llora por su amor, por los que matan, por el horror del pecado del mundo, por los que sufren el mal y son ignorados y abandonados, por aquellos que ofenden a su Creador, que no lo aman, que blasfeman, que olvidan e ignoran la salvación de Jesús, por los indiferentes y tibios. María llora clamando misericordia del Cielo.

          Si por un lado vivimos en estos tiempos profetizados desde antiguo, por el otro aún nos falta ser testigos de los signos del amor de Dios. Conocemos el camino, ahora nos toca andar.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de marzo de 2006

     

¡Ánimo hijitos! He decidido conducirlos por el camino de la santidad. Renuncien al pecado y emprendan el camino de la salvación, camino que mi Hijo ha elegido. A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría. Por eso, hijitos, oren. Estamos cerca de ustedes con nuestro amor. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario
          Este mensaje llama a nuestra atención porque comienza de un modo diferente al usual. Recuerda la frase de Jesús a sus apóstoles: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16:33b). El mensaje parece indicar también “no se desalienten, no se descorazonen ni se dejen abatir porque la santidad es posible, porque amar de verdad es posible y yo los estoy guiando en este camino, que es el camino de santidad, el camino del amor”. Es el camino que el Señor ha elegido para nosotros y el camino que Él mismo ha recorrido. Es duro, ciertamente, por eso nos alienta, pero también dulce y sellado por la paz que sólo Dios puede dar.

          “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”, dice el Señor (Mt 11:29-30).

          El término “yugo” tiene el sentido bíblico de la imposición de la Ley. El yugo de Jesucristo es la Ley del amor, es el soportar –como hizo él- el mal por amor y amando, respondiendo al mal con el bien. Jesucristo cargó sobre sí todo el pecado del mundo y todos los padecimientos que vienen del mal en la total mansedumbre y humildad de corazón. Es el Siervo doliente de Yahvé, que asume nuestros pecados para redimirnos (Cf Is 42;53) y que pide lo sigamos en el camino de la cruz, es decir, en el de soportar sufrimientos causados por el mal ajeno y también por el propio porque el peso terrible y aplastante ya ha sido soportado por el Señor en el Gólgota. Es Jesucristo quien, Víctima inocente por su sacrificio voluntario en la cruz, alivia nuestros sufrimientos, restaura nuestras heridas, vuelve soportable la tribulación. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos que yo os daré descanso” (Mt 11:28), no deja de repetirnos.

          Y esto es lo que el mensaje nos dice a continuación: “A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría”, admitiendo que hay y habrán tribulaciones y padecimientos, pero también alegría íntima en el alma, ese gozo interior que vuelve dulce el sufrimiento. La Virgen no es alarmista pero tampoco esconde la realidad. Hay y habrá mayores tribulaciones y sufrimientos en el mundo en que vivimos. (*)

          Pero, este camino se hace orando. Orando y despojándose en confiado abandono a Dios para ver muy bien por dónde va el camino y para dejarse conducir por María. Orando para que el Espíritu Santo nos dé la fortaleza necesaria para continuar caminando. Orando para que el Señor vaya desbrozando el sendero, aplanándolo y volviéndolo soportable. Orando para poder entregar cada dificultad, cada problema, cada padecimiento y así quitarle toda amargura y por gracia de Dios convertir el dolor en motivo de inefable gozo. Orando para poder despojarnos de nosotros mismos, de nuestras seguridades, de nuestro egoísmo, de nuestros miedos y así lograr abandonarnos confiadamente a Dios de las manos de María. Orando para abrir nuestra inteligencia, nuestro corazón y así reconocer los signos de los tiempos (*) y –a través de ellos- reconocer quién nos viene a visitar. Orando para recibir del Espíritu Santo la fortaleza y la moción de hacer lo que se deba hacer.

          Y cuando nos sintamos desfallecer pensemos que el Señor Jesús y su Madre nos aman, que nos envuelven con su amor y que sus ojos están puestos sobre nosotros para que nada verdaderamente malo nos ocurra. Pero, claro está, esa cercanía sólo será posible experimentarla por medio de la oración y en ese silencio contemplativo y adorante que se vuelve Palabra y que nos vuelve a invitar: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos que yo os daré descanso”.

 

(*) Ver mensaje a Mirjana del 18 de marzo 2006 y comentario.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


2 de abril de 2006

         
Queridos hijos, estoy viniendo a ustedes porque deseo mostrarles con mi propio ejemplo la importancia de la oración para aquellos que no han llegado a conocer el amor de Dios. Pregúntense a ustedes mismos si me están siguiendo. Hijos míos, ¿no reconocen los signos de los tiempos? ¿No hablan de ellos? Vengan, síganme. Los llamo como una madre. Gracias por haber respondido.

 

Lo primero que a muchos ha de impactar en este mensaje será seguramente la alusión que vuelve a hacer de los signos de los tiempos. Es cierto que ya hubo una referencia a los signos del tiempo en el dado a la misma Mirjana el 18 de marzo pasado y ahora vuelve a reiterarlo. Sin embargo, si lo único que hacemos es detenernos en esa parte corremos el riesgo de que el resto del mensaje quede oculto.

Por ello, es necesario ir primero al corazón del mensaje y es éste: a nuestra Madre le urge que reaccionemos para volvernos no meros espectadores curiosos sino actores en el amor que salva. La Reina de la Paz viene todos los días 2 de cada mes para orar y darnos el ejemplo de que también nosotros debemos interceder suplicando por quienes son indiferentes al Dios que los ama y viven una vida alejada y a espaldas de su Creador y Salvador.

Debemos responder honestamente si estamos siguiendo su ejemplo, si seguimos el camino que va trazando, al orar por los que no han llegado a conocer el amor de Dios, no porque Dios no se los muestre o no les ofrezca las gracias sino porque están, en el mejor de los casos, distraídos con las cosas del mundo, afanados por sus problemas, cerrados en sí mismos, ensoberbecidos o indiferentes al llamado divino. Y también por todos aquellos que han caído en un abismo de pecado y han perdido toda conciencia del mal. A todos ellos, la gracia extraordinaria que les pueda abrir el corazón vendrá por nuestra intercesión unida a la de la Madre de Dios.

Urge que “los pobres pecadores”, como los llamaban los pastorcitos de Fátima, se conviertan porque no saben qué les espera. Hay una urgencia en el tiempo de la vida sobre la tierra que Dios le dio a cada uno, pero también hay una urgencia en estos tiempos preñados de signos, acontecimientos ya graves que presagian otros inminentes aún peores. Por eso nos pregunta: “No reconocen los signos de los tiempos?”.

¿Cuáles son los signos de este tiempo? No hay duda alguna que estamos ante grandes acontecimientos y que señales no faltan. Como señales no faltaron en otras épocas de grandes cambios para la humanidad.

Así como en la plenitud de los tiempos, el Hijo eterno de Dios se encarnó en María para asumir nuestra humanidad y hubo signos de su aparición sobre la tierra, en profecías que desde más de un siglo antes hacían inminente su venida, así también nos dice la Sagrada Escritura, habrán señales que anticipen su venida o Parusía.

Ahora bien, las señales de la primera venida no estuvieron solamente circunscriptas al pueblo elegido sino que también en el mundo pagano fue dado a conocer que un niño Dios nacería y que sería el Salvador. Baste recordar en tiempos de Augusto o anteriores a las sibilas, la de Cumas o la tiburtina o la délfica u otras más de las que hablaban los Padres de la Iglesia y aparecían en la liturgia medieval -como semillas del Verbo entre los paganos- en la predicción de la venida de Dios en la carne y hasta el Juicio Final por él conducido. En ese mismo orden de cosas se ubica la señal de la estrella que apareció a los Magos venidos de Oriente, posiblemente de la Mesopotamia y seguidores de Zoroastro, para indicarles el evento único del nacimiento de aquel Niño al que venían a adorar.

Como hay quienes hablan del final de los tiempos, es importante recordar qué nos dice la Escritura y el Magisterio de la Iglesia sobre ese tema.

Cuando se habla del final de los tiempos, en la escatología cristiana, se refiere a la venida de Cristo en gloria para restaurar toda la creación recapitulando en sí todas las cosas, las de cielo y las de la tierra. Quiere esto decir que toda la creación tendrá a Cristo como cabeza, le estará sometida. Y entonces será un nuevo cielo y una nueva tierra, una nueva realidad de armonía y vida en Dios.

El Reino de Dios ya está aquí desde que Dios se encarnó y reveló su rostro en Cristo Jesús, en la plenitud de los tiempos. Pero este Reino no ha llegado a su total cumplimiento sino que debe manifestarse en pleno al final de los tiempos.

Entre aquella plenitud de los tiempos que se inició con el nacimiento de Jesús hasta el final de los tiempos, nos ubicamos nosotros en este tiempo que nos toca vivir.

Para quien no cierre los ojos resulta evidente que el tiempo en el que vivimos se caracteriza por grandes y graves acontecimientos actuales e inminentes, algunos de los cuales hacen presagiar momentos que pueden ser terribles para la humanidad o para la mayor parte de ella. 

Pero, antes de tocar el tema cabe advertir que muchos hablan de inminencia del final de los tiempos y otros hasta del fin del mundo y que este tema debe manejarse con suma prudencia para evitar exaltaciones y caer en las redes de falsos profetas.

Cuando se habla del presente que tiene proyecciones hacia un futuro inmediato existe el peligro de querer desentrañar sucesos que sólo Dios conoce. Esta advertencia de ser prudentes es muy necesaria en épocas revueltas como la nuestra en la que aparecen muchos que se autoproclaman iluminados profetas y en la que pululan falsas apariciones, especialmente cuando se habla de urgencias, de grandes acontecimientos y más aún cuando están en juego, como en Medjugorje, secretos que aún deben realizarse.

En el mensaje se nos dice “si no hablamos acaso nosotros de los signos de los tiempos?”.

Ciertamente, hablamos de los signos de estos tiempos cada vez que decimos “¡Esto nunca se ha visto antes!” refiriéndonos a calamidades de verdad nunca antes vistas. Calamidades de índole moral, espiritual, físico, natural. De todo eso se habla pero no se reconocen tal vez como señales de que debemos cambiar de vida porque vamos al encuentro de la destrucción total. A través de estos mensajes, de esta presencia de la Virgen, Dios nos advierte que el pecado es el causante de todo lo malo que nos pasa y que el remedio a todo esto es la oración de un corazón que se vuelve a Él.

Los signos de los tiempos son también signos en sí mismos de que ya no queda tiempo, que estamos al final de una época que no da más, que debe terminar porque sino todos moriremos. A esto podríamos llamarlo sino final de los tiempos ciertamente final de una era.

 

El Señor le decía a la gente: “Cuando ven que una nube se levanta por occidente, al momento dicen: ‘Va a llover’ y así sucede. Y cuando sopla el sur, dicen: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas! Saben explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no explorar pues, este tiempo?” (Lc 12,54-56). Jesús se refería al tiempo de su venida, a su tiempo como el del Mesías. Cada prodigio, cada milagro era un signo que hacía para que ellos descubriesen –según las Escrituras- que él era el Mesías y que el tiempo mesiánico, del Reino de Dios, de la salvación de los hombres, había llegado.

¿Qué vemos nosotros en el horizonte de nuestra época? Tremendos cambios climáticos y desastres por éstos provocados. Enfermedades desconocidas. Armamento nuclear devastador al que ahora tienen acceso países que amenazan con la guerra y que escapa a todo posible control. Terrorismo que aumenta su capacidad de destrucción y de muerte y que puede disponer, si no lo dispone ya, de artefactos nucleares. Una situación mundial de guerras en cercano y medio Oriente que se revierten sobre Occidente. Persecución a cristianos por doquier. Poderosos medios masivos de difusión que manipulan la información y con ella a la llamada opinión pública, que son notoriamente contestes en posiciones contrarias a Cristo y que muchas veces promueven la blasfemia presentada como obra de arte o como verdad o hallazgo histórico. Centros de poder políticos y económicos que se disputan la hegemonía y una marcha hacia la concentración y unificación de poder global. Poder que rechaza declaradamente a Cristo y lo expulsa de la sociedad, de aquellas sociedades que se han llamado cristianas, y que en las otras persigue y asfixia a los cristianos que emigran, en el mejor de los casos, o que son violentamente acallados, encarcelados y aniquilados. Publicidad y música al servicio de la seducción al pecado y la inmoralidad. Destrucción de la familia y por consiguiente de la sociedad, mediante leyes que equiparan la unión homosexual al matrimonio y que promueven la cultura de la muerte a través de la eugenesia, los abortos, la eutanasia. Experimentación con embriones humanos. Y esta lista se puede aún alargar...

En definitiva, este es el tiempo de la apostasía general, nunca antes vista, que templa los tiempos del Anticristo.

Vale la pena repetirlo, todos son hechos observables y evidentes para quienes aún no han perdido la conciencia de pecado y son capaces de rezar, de adorar, de ser Iglesia.

Son señales de los tiempos esta subversión de los principios fundamentales de la naturaleza, este pisotear la ley no escrita que Dios puso en el corazón de cada hombre y, por supuesto, la Ley de Dios, la Ley del Amor que Cristo vino a enseñarnos. Cuando esto ocurre, lo vemos, la tierra se vuelve un infierno y sólo una intervención divina puede cambiar las cosas. María viene a evitar el castigo que merecemos para persuadirnos a cambiar de vida, llamándonos a la conversión y luego a unirnos a su intercesión por aquellos que corren peligro de muerte eterna, de ir al infierno por toda la eternidad. Porque, no lo dudemos, habrá un juicio de Dios inapelable.

El Señor también nos advierte que las calamidades no le ocurren sólo a algunos que son más pecadores que otros. “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.  Les respondió Jesús: “Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, se los aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿piensan que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, se los aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del mismo modo”. Si no se convierten todos morirán del mismo modo. La tragedia, la calamidad, tienen como origen el pecado aunque no por eso los que mueran sean todos grandes pecadores o lo sean más que los que no la sufren. Dios castiga en el tiempo para salvar en la eternidad. A muchos hombres de Iglesia les resulta irritante que se hable de castigos de Dios. Sin embargo, la Biblia sí habla de castigos y hasta habla del Día de Dios o de la ira de Dios. Dios es Padre que corrige y que corrige porque ama y no quiere que ninguno de sus hijos se pierda. Dios es Justo y Misericordioso pero quien no se acoge a su Misericordia debe sufrir todo el peso de su Justicia. Dios nos advierte, una y otra vez, en el tiempo pero el tiempo tiene su límite. Este límite puede ser el de la duración de nuestra vida aquí en la tierra o el de la historia.

Mientras tanto, toda la Iglesia clama, en la alegre esperanza que venga nuestro Salvador Jesucristo: Marana-thá. ¡Ven Señor Jesús! Es la tensión escatológica de la expectativa que venga el Hijo de Dios nuevamente, su Parusía puesta al fin de los tiempos. Cómo será exactamente y cuándo será no lo sabemos. Vendrá, dice la Escritura, sobre las nubes, quiere decir en la gloria. Las nubes representan la presencia de la gloria de Dios.

San Ireneo de Lión, y no sólo él, habla de una segunda venida pero no para el fin del mundo. Quizás se trate de una presencia, que esto significa “parusía”, evidente para nuestros sentidos como no lo es la Eucaristía, en la que –según palabras de Pablo VI- honramos y adoramos en la Hostia consagrada que nuestros ojos ven a la Palabra Encarnada, el Hijo de Dios hecho hombre, que nuestros ojos no ven.

 

¿Cuáles son los acontecimientos o signos precursores de la segunda venida de Cristo, cuando venga a restaurar todas las cosas? De la Sagrada Escritura surge que serán:

- la apostasía general,

- la proclamación del Evangelio al mundo entero,

- la persecución de los cristianos, ya que la Iglesia, que representa el Reino de Dios en la tierra, sufrirá un último asalto por las fuerzas del mal revelándose así el misterio de la iniquidad, la impostura religiosa que culminará con la aparición del Anticristo y el abominio de la desolación,

- el reconocimiento e iluminación de todo Israel que Jesús de Nazaret es el Mesías,

- la conmoción cósmica.

En Lucas 21:10 ss leemos: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, les echarán mano y los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y cárceles y los llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto les sucederá para que den testimonio. Propongan, pues, en sus corazones no preparar la defensa, porque les daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos sus adversarios. Serán  entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de ustedes. Todos los odiarán por causa de mi nombre. Pero, no perecerá ni un cabello de sus cabezas. Con su perseverancia salvarán sus almas.”

En cuanto a las señales, cierto es que algunas ya se vienen dando desde el tiempo de los primeros cristianos. Han sido prefiguraciones hasta que llegue la figura final. Por ejemplo, ha habido persecuciones y Anticristos hasta que venga el Anticristo por antonomasia y una última persecución.

Así, en el pasaje antes citado, está el Señor también anunciando la persecución terrible que hubo contra los cristianos, es decir, aquellos judíos que habían creído que él era el Mesías de Israel así como los paganos convertidos a Cristo. De las sinagogas los judíos que seguían a Jesús y lo reconocían como el Mesías de Israel, fueron expulsados por el Concilio de Iamnia del año 90 y muchos murieron mártires bajo distintos emperadores: Nerón, Marco Aurelio, Diocleciano, Valeriano... También anuncia el asedio y destrucción de Jerusalén que tuvo lugar hacia el año 70.

Luego, predice el Señor señales de conmoción cósmica:

“Habrá señales en el sol, en la luna y las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lc 21, 10 ss). Y advierte: “Cuiden que no se emboten sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre ustedes, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan t oda la faz de la tierra. Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza, logren escapar y puedan mantenerse en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21,34-36).

Por su parte, tratando de la venida de Cristo y antes del Anticristo, aunque no lo mencione con ese nombre, escribe san Pablo en su Segunda Carta a los Tesalonicenses: 
         “Que nadie los engañe de ninguna manera.
Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No se acuerdan que ya les dije esto cuando estuve entre ustedes? Ustedes saben qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca y aniquilará con la manifestación de su Venida.

La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, signos, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera  salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad”.

Antes de que regrese el Señor, dice san Pablo, vendrá el Anticristo a quien él llama el Hombre impío, el Hijo de la perdición, el Adversario. Y, advierte el apóstol, creerán en la mentira aquellos que no han querido creer en la verdad. ¡Cuántos creen las patrañas que se escriben, como en “Código da Vinci” o en el que vuelve a reaparecer, el llamado “Evangelio de Judás” que ni es evangelio ni es de Judás, en los apócrifos y en esoterismos o en el gnosticismo, todos estos antiquísimos y vueltos a reciclar, y no creen en el Evangelio, que es Palabra de Dios!

En la Carta a los Romanos, san Pablo habla de los judíos en el capítulo 9. Expresa su profundo dolor porque no han reconocido al Mesías en Jesús: “(mis hermanos, los de mi raza según la carne) son israelitas, de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas, de ellos también procede Cristo según la carne, el cuál está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén (Rom 9:4-5). Dice también Pablo que Dios no ha rechazado a su pueblo (11:1) profetizando que el “endurecimiento parcial (porque un resto sí creyó en Jesús) que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles” (11:25).

 

Reconocer las señales de los tiempos en que vivimos no nos debe llevar al inmovilismo, ni a la desesperación, ni a la malsana curiosidad. Debemos responder con la propia conversión que nos abre a ocuparnos de los demás, a orar y a ofrecer para que otros se salven. La salvación no es aventura personal porque el camino de santidad implica a muchos. En la medida en que me voy convirtiendo a Dios voy haciendo, por acción, por presencia testimonial e intercesión, que otros también encuentren el camino que lleva a Jesús Salvador.

Qué estos signos nos abran a escuchar lo que Dios nos quiere decir y desea que hagamos, a través de su enviada para estos tiempos. Qué estos signos nos adviertan de la urgencia de conversión porque el tiempo se va agotando y las advertencias han sido muchas.

Que no nos pase como a Jerusalén sobre la que Jesús se lamentó y lloró. Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: “¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas pares, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita” (Lc 19,41ss).

 

Quiera el Señor, por su infinita misericordia que reconozcamos el tiempo en que somos visitados por María, Reina de la Paz. Y sigamos el ejemplo de María intercediendo por los que desconocen el mensaje de paz.

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de abril de 2006

           ¡Queridos hijos! También hoy los invito a tener más confianza en mí y en mi Hijo. Él ha vencido con su muerte y resurrección y los llama para que, a través de mí, ustedes sean parte de su alegría. Hijitos, ustedes no ven a Dios,  pero si oran sentirán su cercanía. Yo estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
 

Comentario

          De este mensaje lo primero que brota es el llamado, casi un clamor, a tener más confianza en el Señor y en su Madre.

La confianza hacia Dios se mide por el grado de abandono que cada uno demuestra frente a su providencia y misericordia.

La confianza en la Madre de Dios refleja la certeza que se tiene de su poderosa intercesión, de su cercanía y de su misericordia.

La confianza es la expresión no solamente de una fe viva sino también de esperanza, de humildad, de perseverancia y de actitud filial y amorosa hacia el Señor.

Quien cree que Cristo murió por él y que resucitó y está en la gloria y en su Iglesia con todo poder, puede confiar y abandonarse serenamente en su amor.

Quien cree que la Virgen María compartió la Pasión del Hijo y entregó su sufrimiento a Dios en unión al sacrificio redentor de Jesús; quien comprende que si Jesús invitó a cada uno a cargar con su cruz y a seguirlo, la cruz de la Virgen fue entonces nada menos que la cruz de su Hijo; quien cree que al seguirlo hasta el Calvario aceptó que su corazón fuese traspasado por el dolor más intenso que criatura alguna pueda soportar y volverse Madre de todos los hombres, quien todo eso cree puede entregarse en confiado abandono a la Madre de Dios.

Quien habitado por el Espíritu Santo descubre en sí mismo la filiación divina, y a Cristo como su Señor, y a María como Madre suya de misericordia, puede dejarse guiar con total confianza por la Palabra del Señor, y por los mensajes de revelaciones que cree, aunque sea con fe humana, que vienen del Cielo y son la ayuda para el tiempo en que vive.

 

La Virgen nos pide que confiemos más. Este presente llamado a la confianza tiene una cierta resonancia con el mensaje del mes anterior que comenzaba con aquel “¡ánimo!” y que nos recordaba las palabras del Señor: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero, ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). Palabras aquéllas y éstas de aliciente. Si por un lado nos hacía ver las señales de este tiempo, que no son nada halagüeñas, por el otro nos mostraba que también es signo de este tiempo su presencia, su cercanía. Esta misma presencia tan cercana es la que nos da ánimo y confianza que seremos cubiertos por la misericordiosa protección de nuestro Salvador, porque suyo es el poder y la gloria, y de nuestra Madre celestial que en estos tiempos viene a visitarnos.

Por eso, ahora nos recuerda que Cristo es el vencedor de la muerte y Señor de la vida y esto debe ser motivo de mucha alegría para nosotros. “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí”, parece repetir el Señor por boca de su Madre. Que es como decir: “para que confíen en mí”. “Si confían en mí tendrán paz. Si creen que yo he vencido al mundo y a la muerte tendrán paz y participarán de mi gozo” “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie los arrebatará de mi mano” (Jn 10:28) .

 

Por otra parte, puede resultar significativo que este mensaje del 25 de abril fue dado a sólo dos días de la Fiesta de la Divina Misericordia y que en esta devoción la confianza en la misericordia de Dios es elemento esencial y una de las dos condiciones para obtener de Cristo misericordia.

En el Diario de santa Faustina Kowalska leemos que el Señor le dice: “Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que tienen confianza en mi misericordia... Que todas las almas... se acerquen con gran confianza a este mar de misericordia...” (263 y 504 del Diario). “Las gracias de mi misericordia se alcanzan con un solo recipiente y éste es la confianza. Cuanto más confianza tiene un alma más obtiene (de mi misericordia)” (519). Dice también: “El alma que confía en mi misericordia es la más feliz porque yo mismo cuido de ella” (427). “Tengo una particular predilección por el alma que tiene confianza en mi bondad” (508).

No debe olvidarse que la otra condición puesta por Jesús para beneficiarse de su misericordia es que nosotros seamos también misericordiosos. Quien no es misericordioso con otros no puede pretender recibir de Dios misericordia.

 

        La Sagrada Escritura elogia también la confianza en Dios y exhorta a ella. En uno de los libros sapienciales, el Sirácide (o conocido también como Eclesiástico) leemos: “Confía en el Señor y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él”. Vemos que la confianza está vinculada también a una conversión, a un enderezamiento de camino, y al santo temor de Dios, principio de la sabiduría, porque luego agrega: “Los que temen al Señor, esperen bienes, gozo eterno y misericordia” (Si 2,6-8). Y se pregunta Ben Sirá: “¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido?” (Si 2,10-11). Nos hace así reflexionar y ver que no seremos abandonados, que Dios tendrá cuidado de nosotros y que si muchas veces no nos preserva del dolor sí nos preserva siempre en el dolor.

También el salmista aconseja: “Confía a Yahvé tu peso, él te sustentará; no dejará que para siempre sucumba el justo” (Slm 55:23). O bien: “Ofreced sacrificios justos y confiad en Yahvé” (Slm 4:6).

En su primera carta, san Pedro -después de exhortar a los fieles a la humildad- porque “Dios resiste a los soberbios”, les aconseja: “confíenle todas sus preocupaciones, pues él cuida de ustedes” (1 Pe 5,5.7).

 

“Hoy los invito a tener más confianza en mí y en  mi Hijo. Él ha vencido con su muerte y resurrección...”

 Ésta es la verdad cardinal de nuestra fe y de nuestra esperanza, es el evento fundante de nuestra religión: la Resurrección de Cristo. Si el Señor no hubiese resucitado de la muerte vana sería nuestra fe y nosotros seríamos dignos de compasión y los seres más infelices de la tierra (Cf 1Cor 15:17-19).

Cristo verdaderamente resucitó y éste es el grito del primer Domingo de Pascua cuyo eco se extiende por los siglos de los siglos.

En la plenitud de los tiempos Dios se hizo hombre en Jesucristo, quién nos ha revelado cómo es Dios. Dios no es solamente nuestro Creador sino sobre todo nuestro Salvador. Dios es Jesús muriendo en la cruz y resucitando para nosotros, para nuestra salvación.

Jesús, en su muerte y resurrección, revela el amor misericordioso de Dios su Padre, que es Padre nuestro. ¡Cuánto nos ama Dios!

Desde aquella Pascua de Resurrección las puertas de la vida han sido abiertas de par en par y Dios Creador recrea una nueva humanidad en Cristo, que nace para no morir jamás porque la muerte ya no tiene poder sobre nosotros.

Toda vez que hago mía la Pascua de Cristo, las tinieblas se disuelven ante la Luz: es Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, de toda muerte, que me lleva a la vida y de la esclavitud del pecado a la libertad de hijo de Dios.

Ante Cristo Resucitado, con la Iglesia nacida del parto doloroso del Gólgota, cantamos: ¡Aleluya! Porque grande es el gozo de saber que Dios te ama y te ama con amor eterno, y porque te ama te salva.

 

Nuestra Madre no quiere que nos dejemos abatir por el mal, que nos deprimamos, que nadie desespere porque debemos ser conscientes de la victoria de Cristo, de su presencia salvadora y porque Ella está junto a nosotros intercediendo por cada uno de nosotros. Nos pide, eso sí, que recemos, que no dejemos de rezar porque ese es el único modo que tenemos de experimentar la cercanía de Dios.

 

El Señor nos ha llamado “amigos” (Cf Jn 15:15) y toda amistad necesita ser cultivada. Toda amistad requiere de diálogo, comunicación, cierta vigilancia, ocuparse del otro, visitarlo. Orar es dialogar con Jesús, es escucharlo en el silencio cuando el silencio se vuelve escucha y la escucha Palabra. Visitarlo es ir a su encuentro ante el Santísimo Sacramento y quedarse con Él donde Él está. Es tener una Hora Santa, una hora de adoración a la semana o frecuentemente, en la que la Presencia de Jesús en la Eucaristía le habla a nuestro silencio adorante.

El Señor nos invita a acercarnos. Lo ha hace en la Palabra cuando nos dice “Vengan a Mí...” (Cf Mt 11:28), lo hace ahora llamándonos a través de la Santísima Virgen, Madre nuestra, Reina de la Paz.

 

Intercede, Madre nuestra, para que el Señor nos dé una fe firme, una fe que se vuelva confianza plena en Él y se manifieste en total y sereno abandono en Cristo victorioso, para así participar de su gozo y de la alegría de la Iglesia que ante el Resucitado canta: ¡Aleluya!


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
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25 de mayo de 2006

          ¡Queridos hijos! También hoy los invito a poner en práctica y a vivir los mensajes que les doy. Decídanse por la santidad, hijitos, y piensen en el paraíso. Sólo así tendrán paz en sus corazones, la cual nadie podrá destruir. La paz es un don que Dios les da en la oración. Hijitos, busquen y trabajen con todas sus fuerzas para que la paz triunfe en sus corazones y en el mundo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

          Los mensajes que nuestra Santísima Madre nos da no son ni para satisfacer una curiosidad ni para complacerse en el bien de lo que nos transmite con su presencia y sus palabras, mientras en nosotros pasa el tiempo y nada cambia. Estos mensajes los da para que nos movamos en la dirección que nos propone y para que los vivamos poniendo todo empeño, todas nuestras facultades y potencialidades en hacer lo que pide que hagamos.

          La exhortación, que resume a otras muchas que nos viene haciendo, es “decídanse por la santidad”, que es como decirnos “sean santos”, y para hacernos presente adonde lleva la santidad, agrega: “piensen en el paraíso”.

Santidad es unión con Cristo. Ser santo y ser feliz son dos cosas que van juntas. Todos estamos llamados a la santidad: “Sed santos porque Yo, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19:2), dice el Señor a su pueblo. Dios nos llama y atrae a la santidad porque sólo en la santidad podremos estar junto a Él y gozar de toda su belleza y amor, y esto es el paraíso.

Todos somos llamados a la santidad porque el Cielo es nuestro destino. Dios nos creó no para caer bajo su cólera sino para ser salvados por Jesucristo, su Hijo (Cf 1 Ts 5:9). Pero, la salvación depende de nosotros, de nuestra decisión, de  nuestra aceptación de Cristo, de nuestro deseo de agradar a Dios y de no ofenderlo. Por eso, nos dice la Virgen: “decídanse por la santidad”.

Está dicho –y bien dicho- que la única tragedia del hombre es no ser santo. Lo que significa que la tragedia es no haber llegado a su destino. Muchas cosas pueden ocuparnos e inquietarnos en la vida pero sólo una es necesaria: contemplar a Dios y vivir la enseñanza del Señor que es Vida, Verdad y Camino (Cf Lc 10:41-42). No importa lo que nos afanemos en la vida para conseguir los objetivos que nos hayamos propuesto si no tenemos como meta el encuentro con Dios. Esa meta es la de un camino a recorrer y ese camino es el de la santidad. El camino de y hacia la santidad es el de la perfección en el amor y, por ello mismo, es un camino de donación de sí mismo.

         El camino de santidad se hace esforzándose por cooperar con la gracia que Dios siempre nos dispensa. Hoy, la gracia extraordinaria es la presencia de la Santísima Virgen en Medjugorje con sus mensajes. Debemos, entonces, vivir estos mensajes de llamado a la conversión, de oración y penitencia, de vida sacramental, de escucha y vida de la Palabra.

La santidad de vida es consecuencia de una permanente y continua comunicación con Dios por medio de la oración y de la contemplación adorante, por las que recibimos  de Dios el don de la paz. La paz es el gran don que viene del Corazón traspasado de Jesús en la cruz. La paz es don pascual con el que el Señor nos saluda y nos sella, como cuando se aparece a los discípulos y les dice: “La paz con vosotros” (Jn 20:21).

 

En una reciente carta del Papa al prepósito general de los jesuitas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, escribía el Santo Padre que la contemplación del costado traspasado del Redentor nos pone de manifiesto todo el amor de Dios en Jesucristo, y que por medio de esa contemplación podemos conocerlo verdaderamente y hacer experiencia profunda de su amor. Y agregaba que “es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible (cuando se está ante) con una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración”. La adoración, decía, nos hace ver a Dios que quiere salvarnos y nos hace capaces de confiar en su amor y en su misericordia además de suscitar en nosotros el deseo de participar en la obra salvífica convirtiéndonos en instrumentos de Dios.

 

La paz que viene de Dios nadie ni nada es capaz de dárnosla, ni nosotros podemos autoprovocarla porque no hay técnica alguna que consiga crearla. La paz, don de Dios, es diferente a la tranquilidad de ánimo que pueda proponer el mundo. Porque ésta está condicionada a una serie de circunstancias favorables como el gozo de la salud -propia y de las personas que amamos-, bienestar económico, ausencia de conflictos exteriores, etc., que rara vez se dan todas juntas y aún cuando así fuera siempre queda el temor de la pérdida de alguna de estas condiciones y, sobre todo, la angustia de la muerte y del dolor propio o de las personas que más queremos. En cambio, la paz que Dios nos da es bien otra cosa. No depende de ninguna circunstancia. Valga como ejemplo el recuerdo de la terrible guerra de Bosnia: cómo a pesar de la guerra Medjugorje seguía siendo un oasis de paz. En aquella época, un periodista había comentado: “Resulta verdaderamente irónico que tantas personas vayan a un país en guerra para encontrar la paz”. Aquella paz que encontraban los peregrinos era y es el don de Dios para aquellos que se acercan a Él en oración, con espíritu humilde y apertura de corazón.

La paz verdadera, que viene de Cristo, no puede ser cancelada. Nada ni nadie puede destruir esta paz. Solamente la persona que pierde la gracia por el pecado puede perderla.

La paz del corazón es el signo y el sello más evidente de la conversión de una persona. Una vez en México, una persona totalmente alejada de Dios, que durante décadas no ponía pie en una iglesia, se presentó durante un mes, una hora cada semana, frente al Santísimo. Lo hacía como un favor hacia una adoradora, pariente suya, que había debido ausentarse y que tenía como compromiso una hora semanal de adoración. Este hombre simplemente estaba allí, sin ser adorador ni entender qué significaba el serlo, ni siquiera quién era el Señor que tenía delante suyo en el Santísimo Sacramento. Él sabía tan sólo que era, en esa hora, un custodio. Cuando su pariente retornó de sus vacaciones este señor dijo que él también sería adorador y se anotó para su hora santa semanal, porque “la paz que aquí he encontrado jamás la había antes conocido”.

Buscando la santidad se encuentra la paz.
            “Trabajen -nos dice la Santísima Virgen- con todas sus fuerzas” por la paz. Trabajar por la paz implica combatir en nosotros el pecado porque con el pecado grave nos alejamos de Dios y se pierde la gracia y por tanto la paz. Debemos empeñarnos en  trabajar sobre nuestros hábitos, erradicando los vicios y obrando sobre las virtudes como la de ser más pacientes, más humildes, castos y puros en acciones y pensamientos, manteniendo y acrecentando el hábito de la oración. Acrecentar la oración es procurar vivir en un deseo continuo de Dios y aumentar la  profundidad de la oración mediante la contemplación en adoración y la meditación. Debemos, también, pedir una mayor fe para aprender a abandonarnos en Dios. Debemos aprender a amar, siendo no jueces de los demás sino misericordiosos y compasivos, porque dice el Señor: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6:36).

Somos llamados a ser portadores y propagadores de paz en un mundo que no conoce la paz porque no conoce a Dios. Así sí seremos bienaventurados porque seremos llamados hijos de Dios (Cf Mt 5:9) y triunfará la paz sobre el odio y la guerra y será todo para gloria de Dios.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de Junio de 2006
¡25 Aniversario de las Apariciones de la Santísima Virgen en Medjugorje!


         ¡Queridos hijos!
Con inmensa alegría en mi corazón, les agradezco todas las oraciones que en estos días han ofrecido por mis intenciones. Sepan, hijitos, que no se arrepentirán ni ustedes ni sus hijos. Dios les recompensará con grandes gracias y merecerán la vida eterna. Yo estoy cerca de ustedes y agradezco a todos aquellos que, a través de estos años, han aceptado mis mensajes, los han transformado en vida y se han decidido por la santidad y por la paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario
      

En este 25º aniversario de las apariciones de Medjugorje nuestra Madre ha querido regalarnos un mensaje pleno de esperanza y de emocionado agradecimiento. Y todos nosotros lo hemos recibido con enorme alegría. De muchos he escuchado que es el mensaje más bello que nuestra Madre, Reina de la Paz, nos haya jamás dado. Seguramente, es motivo de mucha dicha el hacer feliz a nuestra Madre, que tanto nos ama y, porque nos ama, nos sostiene y auxilia en momentos de presente oscuridad y de futuro amenazante.

Si bien al final de cada mensaje mensual –y esto se sucede desde el mismo comienzo de las apariciones- nuestra Santísima Madre acostumbra darnos las gracias por la respuesta que damos a sus llamados, esta vez el mensaje en sí es todo de agradecimiento y es, además, portador de gran esperanza, ya que alude a un futuro de recompensa divina.

La inmensa alegría que nos manifiesta es por las oraciones ofrecidas por sus intenciones y por la respuesta dada durante todos estos 25 años, en los que Ella no ha dejado de llamarnos a la conversión del corazón.

Rezar por las intenciones de la Santísima Virgen, dejando momentáneamente de lado nuestras propias necesidades, supone gran confianza y abandono en la sabiduría y en el amor de María. Ciertamente, Ella conoce mejor que nosotros quiénes son las personas más necesitadas y cuáles las situaciones más urgentes por las cuales dirigir las oraciones al cielo. Por otro lado, nuestra fe en su amor maternal nos asegura que nuestras intenciones estarán de algún modo incluidas en las suyas.

Ella está muy contenta por el acto de generosidad que significa postergar las propias intenciones ofreciendo súplicas por las suyas y, al mismo tiempo, sabe –y nos lo dice- que seremos recompensados, porque a Dios nadie puede superarlo en generosidad. Por eso, nos asegura que no nos arrepentiremos porque Dios nos bendecirá con grandes gracias, no sólo a nosotros sino que alcanzarán también a futuras generaciones. De ese modo, nos manifiesta un futuro promisorio que va más allá del sufrimiento de este tiempo. Saberlo aumenta nuestra esperanza y es de gran consuelo para nuestras almas. Sobre todo cuando nos habla de la promesa que trasciende toda dicha terrena: la vida eterna. ¡Cuál puede ser mejor augurio! Ante la angustia de la muerte, de una muerte irreversible y definitiva, que es el horizonte del hombre sin Dios, nuestra dicha inconmensurable y toda nuestra esperanza está en la felicidad sin confines de la vida eterna, que viene de la fe en la salvación por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Veinticinco años de apariciones diarias en Medjugorje es la evidencia que, para tiempos extraordinarios de general apostasía, la misericordia divina ha dispuesto con la presencia extraordinaria de la Madre de Dios, porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5:20).

¿Cómo sería posible negar la gracia extraordinaria que desde hace 25 años opera en Medjugorje? Porque ¡cuántos por Medjugorje han comenzado un camino de conversión orando, ayunando con el corazón, recibiendo frecuente y hasta diariamente la Eucaristía, reconciliándose asiduamente con Dios mediante la confesión sacramental, leyendo la Sagrada Escritura, escuchando y practicando la Palabra de Dios, adorando a Dios en su presencia eucarística, intercediendo y extendiendo los brazos hacia los más necesitados, siendo instrumentos de unión y aprendiendo a ser Iglesia, siendo portadores de paz y del amor misericordioso de Dios y testigos de Cristo Resucitado!

Todo este tiempo de permanencia sensible con nosotros (porque aún cuando no seamos videntes como para poder verla ni tocarla, percibimos su presencia y nuestra comunicación con Ella se ha vuelto dialogal) nos ha dado la medida de la cercanía de María Santísima en nuestras vidas. Y Ella lo vuelve a manifestar al decirnos: “Yo estoy cerca de ustedes”. Éste es el don del Señor para este tiempo: la cercanía de la Madre que acompaña a sus hijos en momentos difíciles, muy difíciles, para toda la humanidad. María está cerca de nosotros con sus oraciones, con su protección, con su guía maternal y segura, con su amor desbordante que rodea y sustenta nuestras vidas.

La cercanía de la Reina de la Paz, de su presencia en las diarias apariciones de todos estos años, verdadera bendición para nuestros tiempos, es uno de los principales mensajes de Medjugorje y lo que constituye su exclusividad en el concierto de las apariciones marianas a lo largo de la historia.

 

“Dios, que te ha creado sin ti no te salva sin ti”, decía san Agustín. Por ello mismo, la Virgen, enviada del Señor para ayudarnos de un modo muy especial en estos tiempos, nos asiste con una condición: nuestra propia colaboración y empeño. Ella, que todo lo podría con su poderosa intercesión, necesita sin embargo de nosotros, de nuestras oraciones, de nuestros sacrificios, de nuestros testimonios de vida.

Por eso mismo, este mensaje en cierto modo nos confronta porque cada uno de nosotros puede preguntarse a sí mismo en qué medida es acreedor de su agradecimiento y en qué medida ha contribuido a su alegría aceptando, viviendo verdadera y no declamatoriamente sus mensajes.

Sigamos confiados de ser protegidos y preservados, a pesar de las tribulaciones y obstáculos, en el camino de santidad, de conversión diaria, y de paz, diciéndole con nuestras vidas a Dios y a nuestra Madre:

¡Gracias, gracias, gracias por tanto amor y misericordia!

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
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La demora en este comentario tiene su explicación y en cierto modo es testimonial por lo que deseo compartir el testimonio que sigue.

Cuando estaba dispuesto, hacia mediados del mes, a partir hacia mi próxima misión en Rumania, inesperada y felizmente supe que me esperaban en Medjugorje para, desde allí, partir en misión. Esto quiere decir que, sin esperarlo, pero desde luego queriéndolo, todo concurrió para que pudiera celebrar el festejo del 25º aniversario en Medjugorje. A partir de ese momento se dieron una serie de circunstancias sumamente agraciadas por las que pude viajar, en momentos en que era muy difícil encontrar pasaje, y alojarme cerca de la iglesia de Santiago Apóstol. Me encontré con hermanos muy queridos de mi país y de muchos otros países que no veía desde hacía mucho tiempo y pude celebrar la Santa Misa el 25 de Junio, junto a otros hermanos sacerdotes, en la capilla de la Adoración, repletísima con peregrinos de Hispanoamérica, los Estados Unidos, España y también de Brasil.

Ese día, en la Misa vespertina, fueron más de 300 los sacerdotes celebrantes y por encima de 50.000 las comuniones dadas. Toda la noche anterior había sido de vigilia en adoración al Santísimo Sacramento, primero guiada, hasta la medianoche, y luego en silencio dentro de la iglesia.

El lunes 26 por la noche, partimos de Medjugorje en dos pullman, el Padre Ioan y yo con 106 peregrinos rumanos, dando iniciada la misión a partir de aquel momento. Entre los peregrinos había varios ortodoxos y eran todos de distintas partes de Rumania.

En la mañana del 27 nuestro pullman sufrió una avería y quedó detenido. Fue en Croacia, no muy lejos del límite con Hungría. Allí quedamos parados, bajo un sol implacable y fortísimo calor, durante 13 horas. El viaje que debería haber sido de no más de 17 horas terminó siendo, para los que iban más cerca de la frontera húngara de Rumania, de 30 horas y para los otros, como los de Bucarest y otras regiones, de más de dos días ya que habían perdido las conexiones. Muchos de los que estén leyendo este relato, llegados hasta aquí, podrían imaginar que fue una gran desgracia la nuestra. Algunos hasta podrían escandalizarse pensando: “¡Cómo! Venían de la peregrinación de Medjugorje, de festejar 25 años de apariciones y después de recibir un mensaje en que la Virgen prometía que vendrían grandes gracias de Dios, y les ocurre todo eso!”. Pues, después de haberlo vivido puedo afirmar, como también lo pueden hacer todos los otros peregrinos, que recibimos una gracia enorme, mayor aún que si nada de eso que nos pasó nos hubiera ocurrido. Explico porqué: el lugar de la detención del pullman fue justo frente a un cementerio. El poblado había sufrido la guerra de Bosnia y muchos seguramente habrán muerto llenos de odio y de rencor. Por eso, lo primero que el Padre Ioan y yo, simultáneamente, recibimos como inspiración fue rezar por las almas de todos esos difuntos. Fue así que les dedicamos, con todos los peregrinos, un Rosario entero, es decir la serie de los 4 misterios. Luego, P. Ioan hizo que rezáramos, en acción de gracias, otro Rosario completo, 4 serie de misterios más, por las gracias recibidas en Medjugorje. Como estábamos cerca de una iglesia, de la que el P. Ioan conocía el párroco, hacia las tres de la tarde fuimos a ella y pudimos celebrar la Misa. A esta altura se comprenderá que fue todo un día de oración y que muchas almas se beneficiaron por esas oraciones. Pero, lo más extraordinario y visible de la gracia fue comprobar que ninguno de nosotros estaba molesto en lo más mínimo. No hubo lamentos, quejas, discusiones, manifestación de contrariedades, ni siquiera resignación. Nada, absolutamente nada y sí una gran paz que se manifestaba en la aceptación de lo ocurrido, en la serenidad y en las sonrisas de todos los rostros. Una de las señoras ortodoxas estaba emocionada hasta las lágrimas y me lo decía (nos comunicábamos en inglés) porque era evidente la gracia. Los únicos nerviosos, que no paraban de fumar, eran los dos chóferes. Uno de ellos le decía al P. Ioan que en sus 38 años de conductor nunca había presenciado algo como eso: que después de tantísimas horas, bajo un calor insoportable, habiendo muchos de ellos perdido las conexiones, estuvieran todos con tanta paz. No salía de su asombro.

Sin dudas que fue una prueba de la que todos salimos fortalecidos en la fe y en la experiencia que Dios conduce todo para el bien de los que ama ya que nos había preservado en medio de las dificultades. Al mismo tiempo, todo había concurrido para su mayor gloria ya que habíamos rezado todo el tiempo por quienes más lo necesitaban, elevado la acción de gracias mediante la Santa Misa y el Rosario, y en fraterna unión con fieles ortodoxos. ¡Buen comienzo de misión!

¡Alabado y adorado sea Jesucristo! ¡Venerada y amada sea su santa Madre!


25 de julio de 2006

        
¡Queridos hijos! En este tiempo no piensen sólo en el reposo de vuestro cuerpo sino, hijitos, busquen también tiempo para el alma. Que el Espíritu Santo les hable en el silencio, y permítanle que los convierta y los cambie. Yo estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

En momentos de guerra, como la del Líbano, muchos quizás esperaban que la Santísima Virgen nos llamase a la oración y al ayuno y, en cambio, Ella nos presenta este mensaje. Sin embargo, el pasado 23 de junio, antes que se desatara el conflicto, en la aparición a Ivan sobre el Podbrdo, había recordado y advertido: “Yo he venido a este lugar como Reina de la Paz y les he pedido orar por la paz. Únanse a mis oraciones por la paz. ¡Paz, paz, paz!”

Desde el mismo comienzo de las apariciones y muchas veces luego, nos enseñaba que a la paz se la gana con la oración y el ayuno. Oración y ayuno que alejan las guerras o detienen a las ya iniciadas.

El Santo Padre, exactamente un mes después de aquel mensaje, el domingo 23 de julio, pidió no ya sólo a los católicos o a los cristianos sino a todos los creyentes unirse ese día en una jornada de oración y penitencia por la paz en el Medio Oriente. Y había precisado “por el derecho de los libaneses a la integridad y soberanía de su país, el derecho de los israelíes a vivir en paz en su estado y el derecho de los palestinos a tener una patria libre y soberana.”

 

La vasta realidad abarca todo tipo de situaciones y junto a la guerra en una parte del mundo, en otras la vida parece seguir regularmente su curso. Junto a la tragedia de unos la rutina y despreocupación de otros.

El mundo sigue la guerra por las pantallas de la televisión y en las páginas de los diarios y sin dudas el dolor ajeno toca a muchísimos corazones, pero eso no impide que el ritmo de la vida sigue adelante.

En el hemisferio norte es tiempo de verano, de vacaciones. Las actividades ordinarias del año por un lapso de tiempo se detienen y cada uno busca cómo solazarse. Millones de personas se mueven de un sitio a otro buscando cambiar de aire, de paisaje, de circunstancias, divertirse o simplemente reposar quizás admirando aquello que le ofrece la naturaleza.

La Madre de Dios nos llama la atención para que ese tiempo sirva a un fin trascendente, sirva al bien de las almas no sólo de los cuerpos, y que no sea sólo tiempo efímero que pasa, provocando tal vez un goce momentáneo, sin dejar traza.

Nuestra Madre nos llama a aprovechar la interrupción momentánea del trabajo o del estudio para, dejando de lado lo que era o creíamos que era urgente, nos ocupemos de lo esencial, de la salud del alma.

 

Y así, en este mensaje, la Santísima Virgen invita al silencio en esta época en que para muchos lo que debería ser momentos de descanso suelen ser de aturdimiento.

Todos vivimos sumergidos en el ruido y cuesta entrar en el silencio interior porque dentro sigue habiendo mucho rumor. Es necesario llegar a ese silencio en que Dios habla al corazón del hombre y obra en él. Aún cuando en el silencio la persona descubra su pobreza espiritual y le resulte angustiante esa experiencia, debe vencer la tentación de llenarse con ruido y aturdirse.

Dicen los orientales que el hombre que quiera custodiar la propia alma debe hacerse guardián de su propia lengua, y esto no sólo se refiere a evitar pecar con la lengua murmurando y hablando mal de otros sino, sobre todo, sabiendo hacer silencio.

 

El silencio exterior restituye al cuerpo, a la mente y al espíritu la calma necesaria para recuperar el silencio interior. El silencio interior es el lugar donde encontramos a Dios y -con Dios y en Dios- a nuestro prójimo. Sólo en el silencio del corazón logramos ser vigilantes ante nosotros mismos, ante los demás y ante Dios.

En el silencio el Espíritu obra y nos revela el verdadero sentido de las Escrituras. Porque el silencio es escucha y siendo escucha se hace Palabra, eco del Verbo.

Debemos alcanzar ese silencio pleno, habitado por Dios, el silencio del abandono confiado en el que se permite que el Espíritu Santo obre en la intimidad cambiando la mentalidad, provocando la conversión del corazón.

Es en el silencio del corazón que se alcanza la contemplación adorante. Adorar es contemplar en el silencio a Aquel que es Inefable, ante Quien no caben ya palabras. Por eso, Isabel de la Trinidad había escrito que la adoración es una palabra del cielo más que de la tierra, que es un éxtasis de amor.

 

La oración es obra del corazón, no de los labios. Es cuando Dios escucha y en el silencio habla y, en nuestro abandono, obra transformándonos desde nuestro mismo interior.

 

La Santísima Virgen nos pide que le permitamos obrar al Espíritu Santo. El silencio en sí mismo no basta si en nosotros no existe la voluntad de querer cambiar, de querer dejarnos forjar por el Espíritu. Porque hay silencios y silencios.

El silencio que cultivaban los Padres del desierto era el silencio de la humildad, el de no hablar de sí mismos (¡qué difícil es encontrar este silencio en tiempos de tanto protagonismo!). Era el silencio que le quitaba las palabras al egoísmo, a la soberbia, al amor propio. El silencio del amor, de quien no juzga a su prójimo, de quien no habla mal de los otros, el silencio de la fe que se confía en el Totalmente Otro y de quien se pone completamente en sus manos.

Hay, en cambio, silencios que impiden la acción del Espíritu Santo. Son aquellos plenos de acusaciones y de juicios malévolos, de críticas y de autosuficiencia.

 

Según la experiencia de los Padres del desierto es necesario hablar con las obras y no con la lengua. Decía el abad Isaías: “no debe ser tu lengua la que hable sino tus obras, y que tus palabras sean más humildes que tus obras”. Las obras son los frutos de conversión. Hay obras en la medida que hay conversión, y hay conversión en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo, de nuestra entrega a Dios, en el silencio orante y adorante.

 

Si alguien piensa que es difícil lograr ese silencio interior que no se preocupe ni desaliente porque a su voluntad de hacer silencio, para dejar entrar a Dios en su vida, la precede la misma gracia de Dios. También debe  saber que no está solo en su esfuerzo: a nuestro lado está la Madre de Dios ayudándonos e intercediendo por cada uno de nosotros en este camino de conversión, de acercamiento al Señor, en éste que es el camino verdadero de la paz.

 

Por último, que nadie piense que este mensaje no le atañe porque nadie puede decir “yo estoy convertido”. Todos tenemos necesidad de constante y continua conversión. A este respecto vale recordar lo que escribió Thomas Merton: “El gran problema es la salvación de aquellos que, siendo buenos, piensan que no tienen más necesidad de ser salvados e imaginan que su tarea es hacer a los demás tan buenos como lo son ellos.”

 ¡Alabado sea Jesucristo!

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
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25 de agosto de 2006

 

¡Queridos hijos! También hoy los invito: oren, oren, oren. Solamente en la oración estarán cerca de mí y de mi Hijo, y se darán cuenta de cuán breve es esta vida. En su corazón nacerá el deseo del Cielo; la alegría reinará en su corazón y la oración fluirá como un río. En sus palabras habrá solamente agradecimiento a Dios por haberlos creado, y el deseo de la santidad llegará a ser realidad en ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

“Oren, oren, oren” primariamente significa un aumento del tiempo de oración, una dedicación más atenta, una primacía de la oración sobre cualquier actividad, pero también significa un enriquecimiento y profundización de la oración que viene por la misma oración incesante.

Para llegar a la profundidad de la oración y de la misma contemplación es necesario tener un alma pura, un corazón puro iluminado por el Espíritu Santo. Decía Casiano que es imposible que el alma impura obtenga el don de la ciencia espiritual ya que no se confía a un recipiente fétido y corrupto un perfume de gran estima ni un precioso licor, ni un excelente manjar. Así es con el corazón humano y los tesoros espirituales que derivan de la vida de oración.

 

La insistencia en la oración que encierra cada mensaje y éste en particular, el énfasis que pone la Santísima Virgen sobre la necesidad que tenemos de rezar, es el signo de la primacía de la oración en la vida, para que la vida sea verdadera y plena, para que sea dirigida hacia la santidad en el camino de auténtica conversión.

San Juan Crisóstomo escribía: “La oración es el puerto en la tempestad, el ancla de los náufragos, el bastón de los titubeantes, el tesoro de los pobres…; refugio de males, fuente de ardor, causa de alegría, madre de la filosofía”. También la llama “luz del alma”, fuente de salvación, muro de protección de la Iglesia, arma contra los espíritus malignos.

Así como el cuerpo necesita cubrir sus necesidades también el espíritu lo hace. ¿Cómo? Orando, contemplando, adorando.

Por la oración respira el alma y se alimenta y sacia su sed la vida espiritual.

Uno de los Padres de Oriente decía que durante la oración se abren las profundidades de nuestro corazón y se dilata nuestro espíritu elevándose hacia Dios para recibir el don que le permite unirse a Él, y el don recibido de Dios penetra luego todo lo que hay en nosotros y vivifica todo nuestro íntimo.

La verdadera oración es, antes que nada, don de Dios que Él lo da a quien ora.

 

Por la oración comenzamos a conocer más a Dios y, por ello mismo, a nosotros mismos.

La oración es mucho más que una ayuda, un recurso, es el instrumento por excelencia de nuestra salvación.

El hombre con la oración deja que Dios lo vaya gestando, esculpiendo y se va volviendo sabio, porque la oración es coloquio con Dios. Es por eso que la oración, siendo sabiduría cristiana, es –como decía san Juan Crisóstomo- madre de la filosofía.

 

El hombre no puede salvarse por sí mismo. Ésta es la comprobación de nuestra propia vida cuando vemos cuán míseros y pobres somos, cuánto es lo que nos separa de Dios. Como el Apóstol podemos decir: “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero...” porque estoy habitado por el pecado (Cfr Rm 7:19 s). Por ello mismo debe constantemente el hombre comunicarse con Dios para exaltarlo en la alabanza, para pedirle una y otra vez perdón por sus pecados, para suplicarle pidiendo por sus necesidades y aquellos bienes convenientes, para darle gracias por todos los bienes recibidos y entre ellos la propia vida, para interceder por otros y por el mundo, para -como nos enseña nuestra Madre Santísima en este mensaje- experimentar la cercanía de Dios y de Ella, para aliviar su corazón, aligerar su alma, elevar su espíritu.

Pero, no es que la Virgen nos diga ahora que debamos centrarnos en la corrupción de nuestra naturaleza sino que más bien nos llama a ser conscientes de la vida divina a la que estamos llamados, de la participación a la vida trinitaria que vuelve a la plegaria diálogo eficaz.

La oración es la búsqueda del Paraíso perdido, de las cosas del Cielo a la que estamos llamados y por las que fuimos creados.

 

Los efectos de la oración, según nuestra Madre en este mensaje, son el de la cercanía a Ella y a Dios, lo que nos espera la eternidad, por lo tanto, el de reconocer la brevedad de esta vida que necesariamente es pasajera, y las consecuencias del anhelo del cielo y la alegría de sabernos destinados a esas realidades superiores y eternas. Cuando somos conscientes de todo ello cabe la gratitud del corazón que se expresa en la alabanza y la acción de gracias a Dios que nos ha creado no para la muerte, no para las tribulaciones y penurias de esta vida sino para la felicidad de participar de su misma vida divina que no tiene fin. Y, claro está, surge como consecuencia la necesidad, junto al deseo, de santidad, único medio para alcanzar tales metas.

La santidad se forja y alcanza orando. Para llegar a la santidad, que es la felicidad verdadera y la perfección en el amor, no hay caminos alternativos ni atajos. La oración es por donde se comienza y por donde se sigue. En este caso Dios no es objeto de estudio sino de diálogo. La oración nos lleva a hacer experiencia de Dios y de su cercanía. Dios es Padre, Dios es nuestro Salvador, y todo esto verdaderamente no lo conocemos como una noción intelectual sino como experiencia vital que viene de la oración.

Jesucristo nos invita a dirigirnos a Dios como un hijo que pide a su padre, que confía en él. Y nosotros somos verdaderamente hijos de Dios, hijos en el Hijo en el Espíritu Santo.

La oración cristiana se distingue por la familiaridad, en sentido estricto, con Dios. Dios no sólo es el Dios de los Ejércitos, el Omnipotente, el Creador, el baluarte de salvación y la roca inexpugnable sino simplemente el Padre nuestro que está en el cielo.

 

San Juan Clímaco nombraba una serie de otros efectos de la oración como “el sostén del mundo y reconciliación con Dios, madre o hija de las lágrimas y propiciación por los pecados, defensa de las tentaciones y baluarte contra las tribulaciones, victoria en la luchas,... alegría en la espera, actividad que no tendrá más fin y luz de la mente,... anuladora de la tristeza y tesoro de los monjes,... espejo de progreso y revelación del justo medio, indicadora de las condiciones en las que nos encontramos y preanunciadora de las cosas futuras...”.

 

“Oren, oren, oren” es también un llamado a la oración incesante.

La oración incesante de los cristianos tuvo el poder de liberar a Pedro encadenado (cf Hch 12:5 s) porque la oración incesante posee la fuerza del reclamo perseverante e insistente a Dios que obra el prodigio de las más grandes liberaciones. 

Quién tiene en su corazón el deseo continuo de Dios aunque no exprese su oración ni vocal ni mentalmente, está orando desde lo más íntimo de su ser y esto es oración incesante. Pero, hay otro modo de oración continua y es aquella de la comunidad. La adoración eucarística perpetua es el mejor y mayor ejemplo de oración permanente comunitaria, cuando una comunidad orante forma una cadena ininterrumpida de adoración, en torno a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, en la que los adoradores se van sucediendo en el rendimiento de honor de su hora santa como eslabones de esa cadena de amor.

Si la oración, especialmente la de contemplación, diviniza porque vuelve a Dios presente en el corazón, la adoración hace de la presencia de Dios en el Santísimo Sacramento experiencia transformante. Quién adora responde al Padre que busca adoradores en espíritu y verdad, responde al Hijo que lo invita: “Ven a Mí” y al Espíritu Santo que lo mueve a vivir la realidad celestial aquí en la tierra.

 

Algunos hermanos preguntan, pero ¿cuál es la oración a la que se refiere la Santísima Virgen cuando pide oración, hay alguna que prefiera en particular? En Medjugorje y en otras apariciones ha pedido el rezo diario del Santo Rosario y sabemos que es la oración más recomendada por Ella, seguramente porque en cualquier parte y situación es posible rezarla usando solamente la memoria y sabiendo que en la contemplación de cada misterio de la salvación de Cristo lo estamos haciendo desde el corazón de María. Sin embargo, toda vez que sea posible, es recomendable complementar el diario Rosario que nos ha pedido con otras oraciones de la Iglesia. Así por ejemplo, la oración litúrgica de las horas, la oración de acción de gracias y las peticiones de la Santa Misa, la oración que se hace con las Sagradas Escrituras en la Lectio Divina. De estas oraciones algunas son eminentemente comunitarias y otras más bien personales.

En los mensajes dados en Medjugorje, junto al llamado permanente a la oración, la Madre de Dios también ha pedido la lectura de la Biblia.

La lectura asidua y la meditación continua de las Escrituras no tienen ningún otro fin que el de procurar en nuestra memoria el nacimiento de pensamientos divinos, escribía Casiano. Y agregaba que para que la lectura de la Biblia lleve a la oración y eventualmente a la contemplación, depende en gran parte de nosotros, de elevar el tono de nuestros pensamientos y hacer que sean santos y espirituales y no terrenos y carnales.

La lectura de las Sagradas Escrituras alimenta la oración, la ilumina, la ilustra, la eleva y purifica.

Leyendo la Palabra de Dios nos ponemos a la escucha de Dios que habla, mientras que con la oración hablamos con Dios una vez que nos dejamos interpelar por su Palabra, para poder -llegados a la contemplación- encarnar la Palabra.

La Biblia debe ser leída, releída, meditada, rumiada, asimilada y orada. De ese modo la Escritura se convierte en camino a la oración continua y a la contemplación de Dios porque hasta el vagabundear de la mente llega a ser santa e incesante meditación de las cosas del cielo.

Casiano escribía que la verdadera ciencia de las Sagradas Escrituras se adquiere con una gran humildad de corazón. Esa humildad que lleva al verdadero conocimiento, no a la ciencia que infla sino a la que ilumina a través de la consumación en la caridad.

La oración y la caridad van juntas. La oración sin obras de caridad es sólo declamación, árbol sin frutos. La verdadera oración lleva a la caridad. La caridad sin la oración es estéril.

Ésta es la explicación a aquellos quienes, ante los mensajes que desde hace más de 25 años nuestra Madre va dando en Medjugorje, se preguntan porqué habla siempre de la oración, porqué raramente de obras de misericordia o nunca de compromiso social, de acción social en obras de caridad.

La caridad que no esté fundada en la oración, que no sea precedida y seguida de oración, no es verdadera caridad sino filantropía.

Quién no pone a Dios en el primer lugar, quién no privilegia la relación con Dios sobre cualquier otra, se pone a sí mismo en el primer lugar nunca al otro.

La fuerza y la intensidad de la caridad vienen de Dios que es la fuente de todo amor, más aún, que es Amor. Por lo tanto, no se puede tener ni dar lo que antes no se haya recibido en oración. Esto quiere decir que toda obra de misericordia llevada a cabo personalmente o comunitariamente viene necesariamente de la relación con Dios, de la oración. Cuando esto no se comprende y se niega se cae en el dominio de la ideología o del activismo, no de la religión.

A propósito del exceso de actividades al que somos tentados en desmedro de la oración, cuando se resta tiempo y espacio a la oración para dárselos a las obras y, como se suele decir, por ocuparnos de las obras del Señor nos olvidamos del Señor de las obras, el Santo Padre Benedicto XVI en estos días recordaba la recomendación de san Bernardo, la de privilegiar la oración y la contemplación para no caer, por efecto de las actividades no sustentadas por la plegaria, en el endurecimiento del corazón. Cuando el corazón se endurece no es que falte la oración del corazón, lo que no hay es simplemente oración y esto es la muerte del espíritu. Entonces la brevedad y los dolores de la vida se convierten en tragedia, jamás en la alegría que -como nos dice nuestra Madre- reina en el corazón cuando sí hay oración.

  
P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de setiembre de 2006

¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes y los invito a todos a una conversión total. Decídanse por Dios, hijitos, y encontrarán en Dios la paz que busca vuestro corazón. Imiten la vida de los santos, y que ellos sean un ejemplo para ustedes; yo los alentaré todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

 

En este mensaje aparece algo nuevo que puede pasar al principio desapercibido. Se trata del llamado a la conversión total. ¿Por qué total? ¿Qué es conversión total? Algunos han entendido el término conversión como un cambio de vida que una vez hecho es definitivo, como algo de una vez para siempre. Pero esto no es conversión porque conversión no es un estado sino un camino, un continuo “ir hacia”, y no se puede confundir un momento de respuesta a la gracia como respuesta definitiva porque el camino se hace cada día y porque nosotros somos débiles y pecadores.

Conversión es un proceso de perfeccionamiento, un continuo acercarse hacia la meta que es el encuentro con Dios.

La conversión es total cuando la intención de poner la vida en manos de Dios es seria y decidida e implica la totalidad de la vida.

Por esto mismo, el llamado a la conversión es para todos sin excepción y no sólo para aquellos que, por ejemplo, no son católicos o no son practicantes por estar lejos de la Iglesia y sus sacramentos.

Conversión total es la que va a lo profundo y no se queda en las márgenes. Es aquella en la que ninguna área de la propia vida, absolutamente ninguna, se deja fuera del señorío de Cristo.

Conversión total quiere también decir no quedarse parados creyendo “que ya está bien”, conformándose con uno mismo porque todo lo que uno hace “está bien”, porque ahora “se está con Dios” ya que se reza, se va a Misa los domingos y solemnidades, se confiesan los pecados, etc. Quienes así piensan suelen ser aquellos que en la vida pública y en la privada actúan contrariamente a la voluntad de Dios, que no siguen al Magisterio porque “son personas adultas que no necesitan que nadie les diga qué tienen que hacer”. Entre éstos hay quienes terminan aprobando el aborto y aberraciones morales porque los confunden con derechos y tolerancia democrática.

Conversión es un camino de perfección seguramente con altibajos, con caídas y hasta recaídas pero con la certeza que tenemos a Alguien que cuida de nosotros y cada vez que caigamos nos ha de levantar.

Bueno es darse cuenta, entonces, que la conversión total es asunto muy serio porque en ello nos va nada menos que el destino que damos a nuestra vida desde ahora, en la tierra, para la eternidad.

 

Después del llamado de la Madre viene siempre la vía que hay que tomar para alcanzar lo que Ella pide. Aquí nos dice: “decídanse por Dios”. La elección es a cada paso, y es aquí y ahora. No es una elección a postergar porque nadie sabe cuándo será llamado por Dios. Dios quiere darnos lo mejor y la fe está precisamente en creer que quiere darnos lo mejor. Que no quiere quitarnos nada de lo bueno sino darnos eso, lo mejor para nosotros.

Decidirse por Dios es decidirse por la vida plena, por la verdadera vida.

            Tobit escribió una oración de exultación en la que exhortaba: “convertíos a Él (Dios) con todo el corazón y con toda el alma, para hacer justicia ante Él (para ser santos ante Dios), y entonces Él se convertirá a vosotros y no os ocultará su rostro” (Tb 13:6). Estaba diciendo: “empiecen a dar los pasos que los lleven a Dios, acérquense más, continúen marchando hacia Él decididamente que les mostrará su rostro, sus gracias, serán aún más bendecidos, sellará la paz en sus corazones”. ¿Quién no quiere la paz, quién no la busca o más bien quién no la anhela? Todos queremos la paz aunque no todos sepan dónde encontrarla. Todos sabemos muy bien que en este mundo no hay paz pero no todos caen en la cuenta que no la hay por la ausencia de Dios en la vida del mundo. La paz verdadera, única paz posible, viene de Dios y es la paz de Cristo.

 

La Santísima Virgen nos pide luego imitar a los santos. Los santos ejercen en sí un gran poder de atracción porque en ellos está el poder de atracción de Dios a quien reflejan. El santo no va llamando a la gente, y si no es un predicador no las convoca con palabras, sino que son las mismas personas, que viniendo de todas partes, se llegan hasta ellos aún cuando estos puedan estar encerrados en un convento, como ocurrió con el santo Padre Pío, o vivan en zonas paupérrimas y remotas, como la Beata Madre Teresa de Calcuta. Multitudes se ponen en movimiento y van a buscarlos porque proclaman la santidad con sus vidas.  

El santo refleja la verdad. Las personas intuyen que lo que ellos viven es la verdad. Nuestra Madre nos pide ir más allá de la devoción y de la admiración para llegar a la imitación. ¿Para qué imitarlos? Para llegar en algo ser como ellos, santos. ¿Por qué? Porque sólo en la santidad se alcanza el cielo y el cielo es el destino último para el que fuimos creados, donde no habrá más llantos ni penas ni muerte (Cf Ap 21:4).

Para imitarlos hay que conocerlos, conocer sus vidas leyéndolas. Si Cristo es la luz de la perfección, los santos son su reflejo en el agua. Y los ojos débiles del hombre pueden ver con mayor seguridad el reflejo en el agua que la luz directa del sol. Aún cuando, como decía san Juan Clímaco, leyendo la biografía de un santo nos sentimos como pobres que han visto el tesoro de un rey, luego lo deseamos, porque hemos conocido nuestra miseria pero también la riqueza común con nuestros hermanos santos.

Hemos nacido no para quedarnos en esta tierra sino para pasar por ella camino del cielo. Pero al cielo hay que ganarlo y la conquista del cielo se llama santidad. Sólo siendo santos alcanzaremos el fin para el cual hemos sido creados. San Pablo, en su carta primera a los cristianos de Tesalónica dirá: “Dios no nos ha destinado para la ira, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5:9). Quiere decir que Dios no nos ha creado para la condena sino que Él quiere que todos los hombres se salven (Cf 1 Tim 2:4), pero en la salvación media nuestra libertad, nuestra voluntad de ser o no salvados. 

No debemos desalentarnos porque todos estamos llamados a la santidad –“Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”, dice el Señor (Mt 5:48)- y cada uno en la medida de su capacidad. Lo importante es colmar nuestra medida de santidad. La santidad es particularmente favorecida en el entorno familiar. La santidad es la aventura del amor compartido a la que Dios nos está constantemente llamando. 

Cuando entendemos que la santidad es la recuperación de la felicidad perdida por el pecado acabamos por amar la idea de crecer en santidad. La santidad no es una abstracción sino que se vuelve algo muy concreto en personas que han alcanzado esa perfección en el amor, que han amado a Dios por encima de todas las cosas y, por eso mismo, han podido recibir de Dios gracias inmensas, la primera el amor, con el que han amado a los demás. Esas personas concretas han sido los santos. Ellos deben ser nuestros modelos, a ellos debemos emular.  

            En los meses de octubre de los años 1994 y 2004, la Reina de la Paz también pidió que imitáramos la vida de los santos, que siguiéramos sus ejemplos. El 25 de octubre de 1994 nos invitaba a tomar a los santos como ejemplo recordando que la Madre Iglesia los ha escogido para que ellos sean un estímulo para nosotros en la vida de cada día. El 25 de octubre de 2004 nos pedía que aprendiésemos, y esto por medio de la oración, a amar todo lo que es santo, a imitar la vida de los santos porque son ellos incentivo y maestros en el camino de santidad. Siendo santos, nos decía, nos convertiremos en testigos del amor.

 

Dice luego la Reina de la Paz: “yo los alentaré”. Quiere decirnos que estará con nosotros porque alentar habla de presencia, ya que a continuación agrega: “todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes”. Ya en el 94 decía “el Altísimo me ha concedido estar junto a ustedes para instruirlos y para guiarlos en el camino de la perfección.” Hablando así nos hace conscientes de que este es un tiempo de gracia que hay que aprovechar porque llegará el momento, no sabemos cuándo, en que ya no vendrá y no tendremos el privilegio de esta guía y de esta presencia constante.

Nosotros recibimos el aliento, el estímulo, la fuerza que viene de su presencia. Nuestro caminar será más fácil en la medida que sepamos que Ella está allí, en Medjugorje, todavía apareciendo, hablándonos, alentándonos con sus palabras, consolándonos con su cercanía. Algunos seguramente objetarán que esta forma de expresarse, que estos sentimientos y esta fe no es madura porque la Madre de Dios ejerce su maternidad desde cualquier parte y está siempre cerca de quien la llama o acude a Ella para que lo auxilie. Sí, pero aquí no se trata de fe madura sino de acompañamiento en la vida cuando la vida se ha vuelto oscura o se está poniendo difícil. Cuando al Señor le reprochaban que se reunía con publicanos y pecadores, a quienes así lo criticaban les respondía: “No son los sanos quienes tienen necesidad del médico sino los enfermos.. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Cf Mt 9:12,13). La Madre de Dios no ha venido para aquellos que tienen o dicen tener una fe firme y una espiritualidad crecida sino para aquellos que estaban y están lejos de Dios y sigue también viniendo para los que humildemente quieren seguir el camino que les va trazando. Por eso, para ellos y para muchos más no es lo mismo saber que la Santísima Virgen está próxima a cada uno por el conocimiento de la fe que hacer experiencia de esa fe por la gracia de reconocer la presencia de la Virgen en estas apariciones, gracia extraordinaria y sobreabundante que se revela al corazón (sensus fidelium) que vuelve evidente aquello que no se ve.

 

La Virgen en sus lugares de apariciones atrae fuertemente hacia Ella y esto pese a que nunca elige sitios cómodos donde visitarnos. Algunos se vuelven cómodos con el tiempo por obra -y no siempre por la bondad- del hombre, generalmente gracias a intereses de lucro. Pese a las incomodidades, al menos originales, grandes multitudes se mueven y se acercan a esos lugares de apariciones porque allí resplandece la gloria de la Santísima Virgen y esa gloria habla de cielo y de maternidad divina y porque esa Mujer gloriosa que aparece es Madre de cada uno de nosotros, pobres pecadores. En esos lugares resplandece la santidad de la Virgen, que luego de la de Cristo está por encima de toda otra santidad. Resplandece la maternidad celeste que cobija a sus hijos de la tierra y que viene a sanarlos para que puedan emprender el camino al Cielo.

Medjugorje en los años 80 era una aldea perdida en un país comunista que no figuraba en ningún mapa. Los peregrinos éramos alojados en las casas de los campesinos en las que no había agua caliente ni buena calefacción en invierno. Pero, nadie se quejaba porque no se iba por el paisaje ni por el confort sino porque allí se estaba apareciendo la Madre de Dios y nos traía mensajes del cielo que reforzaban nuestra fe, la fe de la Iglesia y alimentaba nuestra esperanza. Los que iban como peregrinos no se sentían soberbios como para decir que la Virgen no venía a decir nada nuevo y que todo eso ya estaba en las enseñanzas de la Iglesia (en todo caso después lo descubrirían) sino que con humildad venían a recibir las gracias que la Madre traía para ellos. Eran y son muchos de ellos, heridos por la vida, desencantados, desesperados, descreídos y desechados.

Ahora mismo y pese a algunos trabajos que se hicieron para amortiguar las durezas de la topografía no se puede decir que el Kricevac o que el Podbrdo sean lugares cómodos. Sin embargo, desde esos sitios los peregrinos se sienten llamados y ascienden aún enfermos y ancianos porque son atraídos por la fuerza de una gracia extraordinaria. Esas subidas a la colina y la montaña son metáfora de la vida en la tierra en camino hacia el cielo, del hombre viandante que aún tropezando sigue avanzando para alcanzar la meta. Es la metáfora de la purificación, porque hay aceptación del sacrificio al emprender la subida, para llegar al punto más alto. Ese punto más alto al que nuestra alma anhela y quiere merecer, por gracia de Cristo y condescendencia de María dispensadora de las gracias del Señor, que llamamos cielo.

 

Una experiencia repetida por los peregrinos que van a Medjugorje sin prejuicio de ningún signo, con el corazón abierto, es verificar que allí hay algo distinto a otros lugares. Algo que casi se respira. Advierten la presencia de “Alguien” que los está llamando a cambiar de vida, que los atrae hacia sí, que los lleva a la oración. Advierten que en Medjugorje pueden concentrarse en la oración y en la adoración y que el centro de Medjugorje está en la iglesia, en los sacramentos y en la adoración eucarística. Estas son sus experiencias transformantes.  

En Medjugorje es la presencia de la Santísima Virgen, que viene en las alas del Espíritu, que hace a las personas dejar banalidades para penetrar el misterio de la salvación y querer conocer a Dios y dialogar con Él y adorarlo. Estas experiencias no son mensurables por aparato alguno ni hay análisis fuera del de la iluminación del Espíritu Santo que pueda detectarlas.

No es posible negar lo que ocurre a diario en Medjugorje sentenciando que donde se reza y donde están los sacramentos se obtienen los mismos resultados de conversión y los mismos frutos, porque esto olvida el porqué se reza y porqué las personas acuden a los sacramentos en Medjugorje. En cambio habría que preguntarse porqué no se da lo mismo en otros lugares, en otras parroquias y diócesis en la misma medida. ¿Por qué, en primer lugar, se reza con tanta intensidad y fervor, por qué se adora con tanta unción y participación, por qué las personas se sienten impulsadas a confesar sus miserias pasadas y alcanzan la alegría del perdón de Dios? ¿No será que la gracia que se manifiesta en Medjugorje es extraordinaria? ¿No será acaso la diferencia entre lo que acontece en un lugar cualquiera donde la Iglesia está presente y la Iglesia en Medjugorje la misma que media entre la gracia ordinaria y la extraordinaria? 

            Demos gracias al Altísimo que permite que la Reina y Madre de la Paz pueda aún venir hasta nosotros de esta manera tan especial que son sus apariciones en Medjugorje. Démosle gracias, también, porque permite que siga alentándonos con sus mensajes y nos siga guiando en el camino de conversión. Démosle gracias porque estas cosas las revela a los pequeños y pidámosle la gracia de ser pequeños, de abrir toda nuestra vida a su presencia para hacer siempre su voluntad, para amar como Él quiere que amemos.

Roguemos por quienes deban ahora juzgar acerca de los frutos de Medjugorje para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe a la verdad. Roguemos por nosotros todos para ser fieles a la Madre Iglesia en obediencia y humildad.

  

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

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25 de octubre de 2006

         
¡Queridos hijos! Hoy el Señor me ha permitido que les diga nuevamente que viven en un tiempo de gracia. No están conscientes, hijitos, de que Dios les da una gran oportunidad para que se conviertan y vivan en paz y amor. Ustedes están demasiado ciegos y atados a las cosas terrenales, y piensan en la vida terrenal. Dios me ha enviado para que los conduzca hacia la vida eterna. Yo, hijitos, no estoy cansada, aunque veo sus corazones apesadumbrados y cansados para todo lo que es gracia y don. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

       
Como a la mayoría de quienes seguimos los mensajes de nuestra Madre, antes de recibirlo pensaba qué nos diría esta vez. Imaginaba que nos haría recapacitar sobre los grandes peligros en cierne y que debemos prepararnos para ello. Y algo de eso ha habido en el mensaje, pero no es tan fácil imaginar el modo y la forma que nuestra Santísima Madre tiene para decirnos lo que tiene que decir sin preocuparnos, sin llevarnos a situaciones que inciten la curiosidad malsana o que nos paralicen. Ella con pocas palabras viene a conmovernos, a despertarnos del letargo y la pesadez espiritual, a quitarnos la ceguera y liberarnos de las ataduras recordándonos que éste es un tiempo único de gracia. Ésta es la oportunidad única que, en su misericordia, Dios nos da para que cambiemos radicalmente de vida. ¡Y hay que aprovecharla!

 

La paz y el amor que todos anhelamos, que el mundo dice querer y hasta promover, sólo pueden venir de Dios porque todo lo que se nos prometa sin Él es falso y acaba malamente. Y Dios, por medio de María Santísima, nos está ofreciendo esta paz y este amor.

La paz que Dios nos da va más allá de la ausencia de violencia y aún de la ausencia de todo mal. La paz que sólo Dios puede darnos, la paz que viene de Cristo, es un estado pleno de felicidad y seguridad.

Además, la paz -que procede de la reconciliación con Dios- es el don de conversión con el que el Señor sella los corazones.

Quien conozca lo que este mundo llama paz, es decir la tranquilidad y la seguridad que puedan dar las cosas terrenas, intuye que éstas no son ni definitivas ni absolutas. Quien pone toda su confianza en el dinero debería saber que no posee un seguro contra todo mal. En primer lugar porque puede perder el dinero por cualquier razón que esté fuera de su control, luego porque el dinero no podrá pagar los valores más preciados, el amor, la amistad, la vida.

Una persona que no pone su confianza en Dios puede llegar a tener todo el éxito del mundo, una buena posición económica, lo que se llama fama o una óptima carrera, además a todos sus seres queridos y ella misma gozando de óptima salud, pero, si es consciente de las limitaciones de la existencia terrena, sabrá también que nada es para siempre porque mantenerse en una posición requiere de esfuerzos y porque siempre está expuesta a la competencia, muchas veces despiadada, que la fama o la carrera puede perderse en un momento, que se puede enfermar, y la muerte propia o de los que quiere siempre estará al acecho. Entonces, tendrá cierta tranquilidad momentánea que es paz aparente, puesto que nada podrá quitarle su estado profundo de angustia existencial. En cambio, quien confía en Dios, quien ha puesto su vida en sus manos, ese tiene paz en su corazón por más que su situación objetiva no sea buena, que esté enfermo, que tenga enfermos en su familia, que le falte dinero. Tal la gran diferencia que reconoce de inmediato quien ha comenzado un camino de conversión. Éste dirá, como lo hemos escuchado más de una vez: “la paz que ahora tengo no la había conocido en toda mi vida anterior”.

Dios, a través de su Enviada, la Santísima Virgen María, nos está ofreciendo la oportunidad de alcanzar la verdadera paz encontrando la verdadera seguridad en Él. Debemos entender que éste es un llamado de amor, que Dios no deja de insistir porque nos ama y que nuestra Madre no se cansa de repetir su reclamo de vivir en Dios y para Dios porque Ella también nos ama con amor divino.

 

“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”, dice el Señor (Cf Ap 3:20). Ese pasaje del Apocalipsis dirigido a la iglesia de Laodicea es un llamado a la intimidad con Jesús, que está golpeando a la puerta del corazón para primero ser escuchado y luego para que se le responda abriéndose a su gracia, gracia que aquí se presenta como un banquete. Ese banquete lo asimilamos al de la Mesa de la Eucaristía, en el que entramos en comunión con Dios, y también alude al banquete definitivo de las últimas realidades.

Por medio de la conversión del corazón a Dios se entra en la vida de la gracia, en la vida en Dios que conduce a la vida eterna. Conversión y comunión son términos que van juntos. Quien se convierte a Dios entra en comunión con Él hasta alcanzar la comunión sacramental en la Eucaristía.

Toda comunión es un encuentro, un encuentro entre dos personas, entre el comulgante y Quien es su Creador y Salvador, como recordaba hace poco nuestro Papa Benedicto XVI.

De la comunión con Dios viene en primer lugar la intimidad con Él, el conocimiento de su amor y la paz.

 

Hubo uno que dijo: “de algo estoy seguro, cuando me muera me han de sobrar dos cosas: dinero y pecados”. El primero de dejar y los otros a llevar.

El Señor nos advierte: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque aunque alguien posea abundantes riquezas, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12:15). En el mismo pasaje del Evangelio Jesús les dice a sus interlocutores una parábola sobre un hombre que ya rico se ve beneficiado por grandes cosechas. Recuenta éste sus sobreabundantes bienes y se está regodeando de ellos pensando que deberá agrandar sus graneros, hacer otros silos, en definitiva planea su futuro y su solaz, ignorante que esa misma noche tendrá que entregar su alma. ¿Para quiénes servirán todas esas riquezas?, se pregunta el Señor.

Verdad inmutable es que todo lo que hemos acumulado en bienes materiales un día deberemos dejarlo y para siempre, sólo nos llevaremos con nosotros aquello que hayamos sido capaces de dar.

Dar -cuando lo que se da es amor- es acumular riquezas en el Cielo, “donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben.” (Cf Mt 6:20).

 

Nuestro paso por esta vida, como reconoce el salmista (“sólo un soplo es el hombre que se yergue, mera sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona” (Slm 39). “Vivimos setenta años, ochenta con buena salud, mas son casi todos fatiga y vanidad, pasan presto y nosotros volamos” (Slm 90)) y los libros sapienciales, y como lo demuestra nuestra experiencia una vez que atravesamos el umbral de la adultez, es breve. Todo en torno de nosotros habla de caducidad. En palabras de Bossuet: “la naturaleza nos declara y nos muestra a menudo que no puede por mucho tiempo dejarnos aquel poquito de materia que nos presta… Los niños que nacen parece que nos empujan para decirnos: ‘Retiraos, ahora nos toca a nosotros’ ”... Y agrega: “¡Oh, alma, llena de pecado, temes con razón la inmortalidad que haría eterna tu muerte!” .

Ante lo efímero de esta vida, la Santísima Virgen antepone la eternidad para la que fuimos creados y por la que hay que vivir para alcanzarla. La eternidad cuyas puertas fueron abiertas por nuestro Salvador Jesucristo al rescatarnos de la muerte.

También Bossuet exhortaba: “mira a Jesucristo en persona, la resurrección y la vida; quien cree en él no morirá; quien cree en él vive ya una vida espiritual, interior… que trae consigo la vida en la gloria”. Y aunque “el cuerpo entrará por poco tiempo en el reino de la muerte, sólo quedará en poder de la muerte lo que es mortal” porque “Dios deja derrumbarse esta carne débil por el pecado y las pasiones, para luego rehacerla a su modo y según el primer diseño de su creación”.

La llave de la eternidad es la cruz de Cristo, es el mismo amor que nos redime y nos invita a responderle, porque “en el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz).

Cuando así vivimos, cuando nos abrimos al don de Dios, cuando nos dejamos conducir por el camino que nos traza nuestra Madre, podemos decir con Santa Teresita: “yo no muero, entro en la vida”.

 

Ciertamente que hay un camino para alcanzar esa eternidad a la que viene a llamarnos la Madre de Dios, y este camino es el de la oración y el ayuno. Es camino a la vez de desprendimiento y de elevación del espíritu hacia el Creador, Todopoderoso y Misericordioso.

El ayuno nos ayuda a desprendernos y desatarnos de las cosas terrenales porque con el ayuno nos desprendemos de algo que es importante para nosotros para ofrecerlo a Dios. El ayuno también tiene el efecto de hacer más profunda y atenta, menos distraída, nuestra oración. Por otra parte, la oración nos ayuda a ayunar, por lo que oración y ayuno van juntos.

Con la oración nos elevamos, y tanto más en la medida de nuestra humildad, hacia el Altísimo que es Padre nuestro.

Como lo recordaba la Santísima Virgen en el mensaje del 2 de Octubre a Mirjana, la oración y el ayuno nos ayudarán a abrirnos y a amar y –agregamos- a vivir desde ahora nuestra eternidad.

 

Este mensaje nos llama a la reflexión. ¿Dónde pongo mis seguridades? ¿En quién? ¿Me estoy dejando guiar por la Madre de Dios u opongo resistencias?

 

Señor Dios nuestro, quiero a partir de hoy cambiar de vida, quiero dejar de mirar hacia abajo, de preocuparme por las cosas que pasan y caducan y poner mi mirada más allá del horizonte de esta vida terrena. Pongo toda mi confianza en Ti, Creador y Padre mío. Quiero abrirme a los dones que tienes preparados para mí. Quiero recibir todas las gracias que Tú me das en este tiempo por medio de tu Enviada, la Reina de la Paz. Sólo Tú tienes el poder de transformar una vida, más aún de dar vida donde antes había muerte. Te ruego, no apartes tu mirada de mí y dame la vida en Ti que me lleve a la vida eterna. Sella mi corazón con tu paz. Envía el Santo Espíritu que sople sobre todas mis tinieblas y traiga en mí la luz de la vida y del amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Mensaje de María Reina de la Paz del 2 de octubre de 2006 
dado por medio de Mirjana

     Queridos hijos, vengo en este vuestro tiempo para llamarlos a la eternidad. Éste es el llamado de amor. Los invito a amar, porque solamente a través del amor llegarán a conocer el amor de Dios. Muchos piensan que tienen fe en Dios y que conocen sus leyes. Tratan de vivir de acuerdo a ellas pero no hacen lo que es lo más importante, no lo aman a Él. Hijos míos, oren y ayunen. Éste es el camino que los ayudará a abrirse y a amar. Sólo por medio del amor de Dios se gana la eternidad. Estoy con ustedes. Los conduciré con amor maternal. Gracias por haber respondido.
     Hijos míos, las manos de los sacerdotes son las manos benditas de mi Hijo, respétenlas.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

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25 de noviembre de 2006

            ¡Queridos hijos! También hoy los invito: oren, oren, oren. Hijitos, cuando oran están cerca de Dios y Él les da el deseo de eternidad. Éste es un tiempo en que pueden hablar más de Dios y hacer más por Dios. Por eso no se resistan sino permitan, hijitos, que Él los guíe, cambie y entre en su vida. No olviden que son viajeros en camino hacia la eternidad. Por eso, hijitos, permitan que Dios los conduzca como un pastor a su rebaño. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

            Cuando la Santísima Virgen nos pide “oren, oren, oren”, no nos está pidiendo una oración sino que seamos orantes, que no dejemos la oración porque por ella respiramos y por la oración nos acercamos a Dios.

La oración nos permite entrar en intimidad con Dios, hablar con Él como con un amigo. Cristo llamó a los suyos “amigos”, les dijo: “Ya no os llamo siervos sino amigos” (Cf Jn 15:15). Nosotros queremos ser amigos de Cristo, amigos de Dios, claro que sí. A un amigo lo visitamos y hablamos con él y si así no hiciéramos no seríamos amigos de esa persona. Pues, al Señor debemos visitarlo en su Iglesia, tener nuestros momentos de adoración y hablarle, que es orar. Hablar de amores, llamaba a la oración, santa Teresa de Jesús.

 

Dios nos muestra su cercanía porque si bien es cierto que Dios es un Dios oculto (Cf Is 45:15) también es no menos cierto que es Dios revelado que se deja encontrar para quien lo busca con sincero corazón. "Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca" (Is 55:6), dice el Profeta Isaías. “Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar” (Is 55:7).

Hay momentos en que el ocultamiento de Dios, de quien es toda iniciativa, se debe a nuestro pecado y entonces no habla. Hubo un largo tiempo en que Israel no tuvo profetas, ya que Dios no les hablaba por motivo de la infidelidad de su pueblo. Otras veces, ocultándose prueba nuestra voluntad y nuestra humildad.

 

Dios se oculta pero se revela en Cristo Jesús que es la imagen perfecta del Padre. Quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, le dice el Señor a Felipe cuando éste le pide que le muestre al Padre (Cf Jn 14:9). Es el Hijo quien nos revela el Padre. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Cf Lc 10:22).

Sólo por Cristo podemos acudir a Dios.

Pero, aún en Cristo la revelación de Dios tiene mucho de escondimiento porque Dios no ha querido imponerse a nuestra libertad y por eso muchos pueden rehusarse a creer. Dios en Cristo está lo suficientemente oculto para que se lo busque y lo suficientemente cerca para que se lo encuentre. Pascal escribió: “hay suficiente luz para quienes desean sólo ver y suficiente oscuridad para los que tienen una actitud contraria”.

       

Pero hay además otro aspecto de la cercanía y del ocultamiento de Dios: conociendo los otros mensajes de la Reina de la Paz, nos podemos dar cuenta que esta cercanía de Dios es una gracia especial de este tiempo que ha de llegar a su fin, que si bien no sabemos cuándo intuimos que el momento no está demasiado lejos. ¿Acaso en el mensaje del pasado mes de octubre no nos decía la Madre de Dios: “Hoy el Señor me ha permitido que les diga nuevamente que viven en un tiempo de gracia. No están conscientes, hijitos, de que Dios les da una gran oportunidad para que se conviertan?”.

Las apariciones, esta larga permanencia de María Santísima, son también una manifestación de la cercanía de Dios, que se “deja encontrar”. Y cuando encontramos a Dios encontramos el verdadero sentido de la vida, encontramos la paz con la que Él sella nuestro corazón y la certeza que esta vida es un peregrinar hasta la vida eterna, que somos trashumantes, itinerantes sin morada fija porque nuestra morada está en el cielo, y anhelamos la eternidad que ya está presente en nosotros porque el hombre –aún sin ser consciente de ello- es el ser nostálgico de infinito y de eternidad y hasta que no encuentra a Dios, su Creador y Salvador, no reposa su corazón.

En el mensaje anterior nos recordaba que el tiempo es breve. Seguramente aludía al tiempo que queda para que grandes acontecimientos contenidos en los secretos comiencen a desencadenarse, pero también se refería al tiempo de nuestra vida en la tierra.
          Porque el tiempo de la gracia puede ser el mismo tiempo de nuestra vida y debemos buscar y encontrar a Dios ahora, aquí, en tanto tengamos abiertas las puertas de su gracia, de su perdón, porque cuando llegue la hora de entregar nuestra alma al Creador estaremos entonces cerca sí de Jesucristo, pero como Juez para ser juzgados por nuestras obras, por las palabras que hemos pronunciado, por los pensamientos más íntimos que hemos cultivado y por las omisiones al amor que hemos tenido.

Sobre la muerte el mundo de hoy muestra distintas actitudes negativas. Una es tratar de conjurarla burlándose, invocándola por medio de distintos medios y esto se da sobre todo con la mayoría de la juventud a través de las vestimentas, de lo que leen y ven, y especialmente de lo que escuchan. Música satánica que no sólo habla de muerte sino que incita a la muerte, al homicidio y al suicidio. La otra actitud es la de querer disfrazarla y alejarse de ella cuando se trata de muerte real y no imaginada. Hacer de cuenta que no existe. Finalmente, la otra forma de encararla, igualmente negativa, es la indiferencia acerca del “después” de la muerte tratando de pasar (si fuera esto posible!) los días sin pensar y ahogando en el ruido, en el ofuscamiento, en la diversión constante toda posibilidad de interpelación, o bien buscando en religiones absurdas explicaciones mentirosas como la transmigración de las almas o la reencarnación. 

Por eso la recurrencia en los mensajes acerca de la brevedad de esta vida. La Madre de Dios insiste en que estamos de paso porque nos ve distraídos con las cosas de la tierra e indiferentes cuando en verdad nos estamos jugando en esta vida la eternidad y nuestro destino debería ser el Cielo. Ella quiere sacudirnos de ese aletargamiento y hacernos pensar en la eternidad y la eternidad viene de un conocimiento genuino de Dios y de la gracia que Él nos da para que anhelemos la vida eterna. 

A Dios lo encontramos en la oración, en la contemplación adorante, lo encontramos en los sacramentos de la Iglesia, porque “el Señor está cerca, está cerca de los que lo invocan de verdad” (Slm 145:18). Al acercarnos a Dios entramos en contacto con lo trascendente, con lo infinito y eterno.

 

La Santísima Virgen, al recordarnos nuevamente que éste es tiempo de gracia, lo expresa diciendo que es un tiempo en que podemos hablar más de Dios y hacer más por Dios. Es que hablar de Dios y hablar con Dios son gracias que Él nos da, así como la de trabajar para su Reino. Vemos, entonces, cómo todo está contenido en este tiempo de gracia, de misericordia, en el que estamos viviendo y que debemos aprovechar porque está en la naturaleza del tiempo el tener un término.         
        
Cuando, ante la insistencia de estos mensajes que buscan despertarnos a esta realidad que debemos aprovechar, reparamos en el sentido último que nuestra Madre nos transmite, viene a nuestra mente el mensaje que el Señor le dio a Santa Faustina Kowalska sobre el tiempo de su misericordia. Decía el Señor que quien no quiera entrar por las puertas de su misericordia deberá entrar por las de su justicia. "Escribe -dice el Señor a sor María Faustina-: Antes de que yo venga como Justo Juez, abro de par en par las puertas de Mi Misericordia, pero el que no quiera entrar por las puertas de Mi Misericordia tendrá que pasar por las puertas de Mi Justicia" (Del Diario de Faustina Kowalska).

          Por eso, la Madre de Dios nos pide que no nos resistamos a tanta gracia y que dejemos que Dios haga en nosotros su obra, que nos guíe, nos modele, nos cambie. Que le permitamos que –como profetiza Ezequiel- cambie nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, que infunda en nosotros un espíritu nuevo (Cf Ez 36:25). Nos pide que usemos nuestra libertad, con la que Dios nos creó y que Él mismo respeta, para que nos dejemos conducir confiadamente por Dios, como lo hacen las ovejas que van tras el pastor. Cuando consagramos nuestra libertad a Dios es cuando somos verdaderamente libres, libres de todo mal, libres de toda mentira.

Nuestra Madre, como el Señor, quiere que sus hijos gocen de una vida en plenitud, que ya comiencen a degustar las delicias del Cielo en esta tierra, y quiere encontrarlos en la vida que no tiene fin, en ese Reino de los Cielos que su Hijo vino a establecer en la tierra y que ha de venir con gloria y con poder.         

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

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25 de diciembre de 2006

           ¡Queridos hijos! También hoy les traigo en brazos a Jesús recién nacido. Él, que es el Rey del cielo y de la tierra, es su paz. Nadie, hijitos, les puede dar la paz como Él, que es el Rey de la Paz. Por eso, adórenlo en sus corazones, elíjanlo y tendrán la alegría en Él. Él los bendecirá con su bendición de paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

            Jesús es Rey del Universo, de todas las realidades creadas, porque es Dios. Pero, este Rey ha venido al mundo en la pobreza y limitaciones de la carne humana manifestando debilidad y aceptando el desprecio de quienes, ya desde su nacimiento, no lo acogerían. Porque, ayer como hoy, quienes se niegan a recibir a su Madre están rechazándolo a Él.

Dios hecho hombre, que no deja por eso de ser Dios, nace en la pobreza, entre el desprecio y el egoísmo de los habitantes de Belén. Curiosa y -al mismo tiempo- significativamente, Jesús nace como muere, fuera de la ciudad, rechazado por los suyos, en la pobreza más tremenda y en la casi desnudez. Sólo lo envuelve el calor del amor de los suyos más suyos: siempre el de su Madre; san José cuando nace y las mujeres que lo seguían junto al discípulo que el Señor amaba, en la cruz.

Este Niño pide nuestro amor y nos llama, desde los brazos de su Madre, para que lo sigamos.

Este Niño es Rey, pero no viene con grandezas sino en lo oculto de su majestad y su divinidad para que nos acerquemos y en la adoración del corazón lo descubramos.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) escribió que frente al pesebre se dividen los espíritus. Hoy ese Niño, que es Rey de Reyes y Señor de Señores, es rechazado por muchos y ya no solamente por individuos sino por sociedades enteras porque, aunque no todos estén de acuerdo con lo que dictan sus gobiernos, nadie o casi nadie se alza para defender al Rey de la gloria. Y hoy ya no sólo molesta a muchos el crucifijo sino también el pesebre. En Europa, por ejemplo, en muchos lados están explícita o tácitamente proscriptos los pesebres o belenes, y en algunos lugares se ha llegado hasta arrojarlos a la basura o se los ha quemado. Esto ocurre porque el pesebre como la cruz interpela y quien anda en las tinieblas no puede aceptarlo. Pero, “la luz brilla en las tinieblas…”.

La paz es una elección pero una elección que no va referida simplemente a la buena voluntad sino hacia una persona: Jesucristo. Por eso, en este mensaje la Santísima Madre nos llama a elegirlo a Jesús. Elegir a Jesucristo es elegir la paz. Él es mi paz y Él es quien puede darme la paz verdadera, muy diferente de la paz del mundo.

Todos los días se reciben mensajes de buena voluntad que nos auguran la paz y la felicidad, la red está llena de esos mensajes comúnmente acompañados por bellas imágenes y por música, pero he notado que muchos de ellos se basan sobre el voluntarismo humano y encierran errores o ignoran lo más importante: que sólo Dios puede dar la paz y que Jesucristo es el único capaz de dárnosla. De voluntarismo humano está llena las Naciones Unidas y ¿qué resulta de todo ello? Tratados que no se cumplen, acuerdos que generan conflictos aún mayores porque están preñados de injusticia y de falsedades. Es cierto que debemos contar con la buena voluntad humana para que el mundo cambie a mejor pero con la condición que no sea la sola voluntad de los hombres la que realice el cambio, puesto que eso desconoce el mal que cada uno lleva adentro. Para comprobarlo no necesito ir muy lejos, basta que mire en mi interior y vea todo el mal que hay en mí.

El Santo Padre, en su mensaje navideño, le recordó al mundo que “a pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el "corazón", donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?”.

La paz del mundo, es decir, lo que el mundo entiende por paz, está condicionada a muchas circunstancias y aún en el improbable caso que se dieran todas juntas, sabemos de antemano que nunca serán duraderas. Para el mundo la paz es: ausencia de conflictos armados en el orden de las naciones, y en el personal la tranquilidad que venga de una situación económica holgada, de la buena salud propia y de las personas allegadas, de la ausencia de litigios en el hogar y en el ámbito laboral, y en general relaciones tranquilas con todas las personas. ¿Es esto posible cuando Dios está ausente de las vidas o cuando se lo relega a la esfera solamente personal, lo que suele suponer que no es lo primero tampoco en la vida ordinaria de las personas? Aún en el presupuesto que todas aquellas condiciones favorables se diesen, al no estar Dios presente al hombre lo carcome la angustia ante la pérdida de alguna de ellas, como la enfermedad y muerte de las personas que quiere, su propia decrepitud y su muerte o mucho más simplemente la incertidumbre que le significa el futuro en la posible pérdida de un trabajo o de su posición económica. Por otra parte, es sobreabundante la realidad de guerras y conflictos por todas partes de la tierra, de amenazas cada vez más seria de destrucción del planeta por una guerra nuclear o por calamidades climáticas. En muchas partes pueblos se levantan en armas y en Occidente tanto como en Oriente hay que contar con terroristas con medios de eliminación cada vez más letales y con la perspectiva cierta que puedan acceder a armamento nuclear, el cual –por otra parte- es ya incontrolable.

En medio de ese panorama, las familias están destrozadas desde dentro y también desde fuera porque quienes deberían defenderla –los estados con sus leyes- la atacan fieramente y la equiparan a formas de uniones manifiestamente depravadas. Palabras como “familia”, “amor”, “amistad”, “derechos” dejan de tener su significado que hablan de la dignidad del hombre para representar aberraciones y confusión, porque cuando se pervierte una sociedad una de las primeras cosas que se prostituye es el lenguaje. Por otra parte, qué pueden significar, incluso la palabra “hombre” cuando se ha quitado del lenguaje y de la vida a la Palabra, a Dios.

A pesar de los progresos también la salud de las personas se ve bajo asedio, cada vez más expuesta a enfermedades, comenzando por las espirituales y psíquicas y continuando por las viejas y nuevas plagas y por el envenenamiento de alimentos y del ambiente.

Cuando falta Dios en el horizonte de la vida de las personas las relaciones se contaminan con el odio, la incomprensión, el resentimiento, la mezquindad, la búsqueda egoísta del placer a toda costa, la lucha despiadada por alcanzar o mantener un status,…

 

Quien, en cambio, es bendecido por el don de la paz del Señor puede estar en la situación más difícil personal, familiar, social, incluso en medio de una guerra, pero nada le hará perder ese estado de gracia que porta en su corazón y que le da serenidad ante la adversidad y no llega a minar su fe ni hace decaer su esperanza.

Suelo recordar el comentario de un periodista a propósito de Medjugorje en los años de la guerra, que escribió “¡Qué ironía! Ver personas que llegan a un país en guerra para encontrar la paz”. Y era y es así: desde hace 25 años y medio la Reina de la Paz viene a traernos el don invalorable de la paz de Cristo.

La paz de Cristo es diferente, porque es don divino que viene de la Pasión, muerte y resurrección del Señor. Su paz es pascual y por tanto celestial y eterna. Es un sello que pone en el corazón de quien cree y se confía en Él y se decide por Él. Es la paz que cantan los ángeles a los amados de Dios, es la paz que trae el Cordero a los hombres de buena voluntad, a los pequeños, a los humildes, a los que se asoman a la gruta del recién nacido, envuelto en pañales y en brazos de su Madre, para adorarlo.

Por lo mismo que al encontrar a Jesús lo primero que hicieron pastores y magos fue adorarlo, ahora nuestra Madre nos llama ante todo a la adoración que ya en sí supone elegir a Jesús como nuestro Dios y Rey de la paz.

La Santísima Virgen nos invita a que lo elijamos a Él, a que nos decidamos por el Señor de la vida que nos muestra –Niño en Belén- que podemos confiar en la ternura de su amor. Él, que es la Luz, vino a iluminarnos con la verdad y el amor, vino a traernos el bien, todo bien, vino a regalarnos el don de la paz.

Inclinemos nuestras cabezas para recibir la bendición de la paz que Jesús nos trae de brazos de María, y dejemos que la Virgen nos estreche en un abrazo que es su bendición maternal.

 

A todos, queridos hermanos, una ¡muy feliz, santa, bendecida Navidad! 
P. Justo Antonio Lofeudo mslbs

 

MENSAJE DEL 25 de DICIEMBRE de 2006

dado a través de Jakov

 

     Queridos hijos, hoy es un gran día de gozo y de paz. Regocíjense conmigo. Hijitos, los invito especialmente a la santidad en sus familias. Deseo, hijitos, que cada una de sus familias sea santa y que el gozo divino y la paz, que Dios especialmente hoy les envía, reinen y moren en sus familias. Hijitos, abran hoy sus corazones, en este día de gracia. Decídanse por Dios y pónganlo en el primer lugar en sus familias. Soy la Madre de ustedes. Los amo y les doy mi bendición maternal.

www.mensajerosdelareinadelapaz.org


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¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!


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