Comentario de los mensajes

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Año 2011

25 de enero de 2011

¡Queridos hijos
! También hoy estoy con ustedes y los miro y los bendigo, y no pierdo la esperanza de que este mundo cambie para bien y la paz reine en los corazones de los hombres. La alegría reinará en el mundo porque se han abierto a mi llamado y al amor de Dios. El Espíritu Santo está cambiando a una multitud que ha dicho sí. Por eso deseo decirles: gracias por haber respondido a mi llamado.

Comentario

 

Quienes desde hace largo tiempo siguen los mensajes que da la Virgen en Medjugorje, encuentran a éste como el más alentador y esperanzador de todos. Especialmente por el inicio:

“…y no pierdo la esperanza de que este mundo cambie para bien y la paz reine en los corazones de los hombres”

 

El impacto primero que uno recibe al leerlo es de gozo, de buena noticia para el futuro. Alguno, sin embargo, puede hacerse la pregunta de si se puede aplicar a María Santísima, glorificada, la esperanza. Cuando dice “no pierdo la esperanza” ¿qué está diciendo la Reina de la Paz y de los Cielos, que viene desde su gloria a visitarnos? Ciertamente que no está hablando de la esperanza como virtud teologal referida a sí misma. La Santísima Virgen no vive ya ni en la esperanza ni en la fe, sino sólo en el Amor. Por tanto, está hablando de la esperanza como estado de ánimo por el cual vislumbra lo que tanto desea: nuestra salvación.

Aún así ésta es una aproximación coloquial de la Madre con sus hijos, porque, ciertamente, la Santísima Virgen tiene conocimiento del futuro. Equivale entonces a decir “estoy viendo que este mundo puede cambiar para bien, veo que la paz puede reinar en los corazones de los hombres”.

No olvidemos que antes dijo: “estoy con ustedes y los miro”. Esa mirada no sólo es la mirada amorosa de quien es Madre de todos nosotros, sino además es una mirada que escruta los corazones de sus hijos. Y Ella está viendo cambios propicios en las vidas de muchos. 

 

A continuación afirma: 
“La alegría reinará en el mundo porque se han abierto a mi llamado y al amor de Dios” 

Aquí está la razón de porqué el mensaje es particularmente alentador y consolador. La razón es que estamos abriéndonos a sus mensajes de salvación, al amor de Dios. Es decir que no somos meros lectores de los mensajes. Los estamos poniendo en práctica, estamos viviendo lo que nos viene pidiendo.

Y cuando nos abrimos a la acción de Dios, cuando le decimos que sí a Dios, a través de la entrega a María Santísima, el “Espíritu Santo nos cambia”, obra la conversión en nosotros y nosotros, nos dice, somos muchos. Esta multitud que se va dejando convertir por Dios se va multiplicando, porque cada uno a su vez se vuelve instrumento de conversión de otros. 

 

Bien podemos imaginar la despedida que nos hace la Madre de Dios con lágrimas de alegría en sus celestiales ojos: 
“Por eso deseo decirles: gracias por haber respondido a mi llamado”

Ante una noticia como la de este mensaje, ante una alegría tan grande de nuestra Madre y Señora, cómo no vamos nosotros también a estar contentos. Ella refuerza nuestra esperanza. Un horizonte de luz se abre frente a nuestras vidas. Un horizonte de luz en medio de las tinieblas del mundo, en medio del mal que nos atenaza, del misterio de la iniquidad (que es el mal puro, el mal por el mal mismo) presente como nunca. 

 

De acuerdo al “Informe de libertad religiosa en el mundo 2010” emitido por el Pontificio Consejo de Justicia y Paz, han sido ciento cincuenta mil (150.000) los cristianos muertos el año pasado por el hecho de ser cristianos. Doscientos millones (200.000.000) son los cristianos perseguidos y ciento cincuenta millones (150.000.000) los discriminados también por el mero hecho de ser cristianos. Queda claro que los culpables de tan grande persecución a los cristianos de Occidente y de Oriente son los fundamentalismos de las grandes religiones y el fundamentalismo ateo y laicista.

Precisamente cuando arrecia la lucha, cuando el Mal lleva las de ganar, cuando sino todo muchísimo parece perdido, es cuando viene nuestra Madre a decirnos que el bien, que obra en el silencio, está avanzando y nos devuelve la esperanza y reafirma nuestra fe.

Dicen en Italia: “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”. Nosotros notamos sólo el ruido que provoca el mal pero no vemos el bosque de gracias que está surgiendo y creciendo.

Las noticias del mundo y el mundo de las apariencias, no el real que es el que sólo se ve con los ojos de nuestra Madre (para nosotros que se entrevee con los ojos de la fe) nos confunden. Así cuando pensamos en términos de paz pensamos en el acallar de las armas, en acuerdos entre estados o entre partes en guerra. No es esa la verdadera paz. La verdadera es la del corazón que sólo Dios puede dar. Es la paz de Cristo. Es la paz que tenemos y podemos tener en medio de los mayores conflictos, de las mayores persecuciones. Por eso, no veamos en este mensaje un falso pacifismo. No pensemos que nos está hablando de un triunfo, el de su Corazón Inmaculado, sin más. Las tinieblas dominan el mundo, el mal debe ser absorbido por el bien y para llegar a la gloria del Domingo de Resurrección habrá que pasar por el Viernes de la Pasión, por la purificación.

Es el Espíritu Santo portador de luz y de fortaleza que nos dará las fuerzas y el discernimiento como para atravesar este tiempo de confusión y de persecución.

Nada debemos temer porque nuestra Madre Santísima está con nosotros. Desde hace casi treinta años está con nosotros de una manera nueva para prepararnos y acompañarnos en tiempos que ya se están mostrando particularmente difíciles y duros. Ella nos mira, nos observa no desde la distancia sino desde la cercanía de la Madre que con su mirada atenta cuida de sus hijos para protegerlos o para alzarlos si tropiezan y caen. Ella nos bendice. Su presencia es pura bendición de Dios hacia nosotros. ¿A quién temeremos?

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


2 de febrero de 2011

Queridos hijos, ustedes se reúnen en torno a mí y buscan su camino, buscan, buscan la verdad, pero olvidan lo más importante: orar correctamente. Sus labios pronuncian innumerables palabras, pero el espíritu nada siente. Vagando en las tinieblas imaginan a Dios mismo según vuestro modo de pensar y no como es verdaderamente su Amor. Queridos hijos, la verdadera oración proviene de la profundidad de vuestro corazón, de vuestro sufrimiento, de vuestra alegría, de vuestro pedido de perdón por los pecados. Éste es el camino que lleva al conocimiento del Dios verdadero y con ello también al de ustedes mismos, porque fueron creados a su imagen. La oración los llevará al cumplimiento de mi deseo, de mi misión aquí con ustedes: la unidad en la familia de Dios. Gracias. 


Comentario


Queridos hijos, ustedes se reúnen en torno a mí y buscan su camino, buscan, buscan la verdad...

¿Quién puede hoy dudar que Medjugorje es un poderoso polo de atracción espiritual? ¿Que, como cuentan lo definía nuestro amado Juan Pablo II, es el confesonario del mundo? Sí, Medjugorje es el lugar donde -en estos treinta años- más personas han ido en busca de su razón de ser en la vida, de una nueva vida, del descubrimiento de Dios y de la verdad de la fe católica. Se cuentan por cientos de miles las conversiones del ateísmo; del indiferentismo; del gnosticismo; del ocultismo; de la pésima vida, vida de perdición, y también de otras religiones al “Dios verdadero por quien se vive”. Y ¿por obra de quién son todos estos cambios tan radicales de vida? En la respuesta está la autenticidad de las apariciones, puesto que la ejecutora de la obra divina es la Santísima Virgen María, Madre de Dios, la misma que logró hace cinco siglos atrás que –por sus apariciones- millones de indios abrazaran en México la fe verdadera.

Medjugorje es hoy el lugar de la mayor gracia de la presencia de María. Ella es la Madre de la Iglesia y por el poder de su amor y de su belleza atrae y reúne en torno a sí a sus hijos.

Desde los mismos orígenes el Creador estampó en nuestros corazones la impronta de esta Mujer, cuando dictó la sentencia de enemistad entre Ella y la Serpiente, y entre ambos linajes. Podemos decir que nosotros somos hoy la descendencia de la Mujer, que es María. Que somos de su estirpe nos es descubierto cuando acudimos a su llamado.

Ella nos llama y nosotros vamos en busca del camino comenzando nuestra peregrinación en busca de la verdad. Esa peregrinación, algunos la hemos hecho yendo físicamente a la tierra bendita de Medjugorje. Otros se enteraron por los que fueron o por otros medios y también empezaron el camino espiritual sin jamás ir a Medjugorje. Todos, eso sí, peregrinando interiormente desde las lejanías de nuestras vidas para reunirnos en torno a la Virgen Santísima.

Ya vemos qué maravilla lo que nos ha pasado. Estamos todos juntos a la Madre, la amamos, lo decimos, formamos parte de grupos de oración, nos juntamos para rezar el Rosario, acudimos a retiros, leemos algún libro de espiritualidad, asistimos a la Misa. Estamos cambiando. ¡Es una verdadera maravilla! Esto es lo que pensamos, pero, ¡atención!, podemos caer en la ilusión que estamos haciendo muchas cosas buenas y por eso avanzamos espiritualmente cuando no es tan así. Por eso, la Reina de la Paz nos advierte:

…pero olvidan lo más importante: orar correctamente. Sus labios pronuncian innumerables palabras, pero el espíritu nada siente.

¿De qué sirven tantas palabras al rezar si no se pone el corazón?. No por decir “Señor, Señor” seremos salvos. Es lo que nos dice Jesucristo: “No todo el que diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 7:21). La oración que no viene del corazón sino sólo de los labios es hueca y puede hasta ser hipócrita.

Y ¿qué decir de la oración apresurada? Si las prisas no son buenas, como dice el popular refrán, en la oración son fatales. Es experiencia común que en muchas iglesias hay fieles que, por ejemplo, rezando el Rosario parecen más bien estar en una competición de velocidad. Si hasta se pisan las palabras, pues quien dirige no terminó una parte de la oración que ya están los otros con la segunda recitándola encima. Eso no es orar correctamente. Se debe rezar pausadamente ponderando lo que se le está diciendo a Dios o a la Virgen. Lo mismo o peor suele ocurrir con la oración por excelencia: la Santa Misa. 

Sus labios pronuncian innumerables palabras, pero el espíritu nada siente.

No es a fuerza de palabras que se alcanza el Cielo ni de recitar muchas devociones compulsivamente que se llega a Dios. Advertía Jesucristo a sus discípulos y nos lo dice ahora a nosotros: “no hagan como los paganos cuando oran que creen que han de ser escuchados por sus muchas palabras… Ustedes cuando recen digan así...” (Cf. Mt 6:7.9). y ahí mismo nos dio el modelo de oración y de petición, el Padrenuestro. ¡Y pensar que mucha veces los rezamos sin sopesar las palabras! Dios mira al corazón del hombre y es la voz del corazón humilde la que escucha.

No hay camino sin oración y no hay oración si no es del corazón. 

Vagando en la s tinieblas imaginan a Dios mismo según vuestro modo de pensar y no cómo es verdaderamente su Amor.

Cuando proyectamos sobre la imagen de Dios nuestras propias categorías humanas el resultado es que no lo entendemos. Proyectamos nuestras miserias, nuestras mezquindades y no comprendemos su amor. Proyectamos nuestros miedos y nos escandaliza el sufrimiento y nos decimos cómo puede permitirlo Dios.

Somos nosotros su imagen y no Él la nuestra. Por la falsa apropiación de la imagen de Dios en nosotros que viene, sobre todo, de nuestra falta de amor, se nos aparece como durísimo, alejado o indiferente y muchas veces implacable. Jesús nos ofreció en cambio la imagen de la parábola del Pastor que no para hasta encontrar a la oveja descarriada y la lleva sobre sus hombros con delicadeza y amor o la otra del padre misericordioso (llamada del hijo pródigo) para que viésemos a Dios como Padre lleno de ternura por sus hijos. Jesucristo no vino a ser sólo el Maestro que enseña con palabras sino con su vida, su Pasión y muerte. La noche antes de ser alzado en la cruz, a la que voluntariamente aceptó, nos dijo que quien había visto al Hijo había visto al Padre (Cf. Jn 14:9) y nos lo mostró. Desde los Evangelios Jesús nos repite con palabras y con su obra de salvación: “Así es Dios, así es mi Padre, así soy Yo, así te he amado y te amo”. 

Queridos hijos, la verdadera oración proviene de la profundidad de vuestro corazón, de vuestro sufrimiento, de vuestra alegría, de vuestro pedido de perdón por los pecados.

La oración es encuentro, es acercamiento a la verdad, a la belleza; es camino a la luz que es la salvación y la vida. No se reza desde la distancia, desde la ausencia del corazón, porque eso no es oración sino flatus vocis, meros soplos de voz, palabras huecas.

Oración del corazón significa del corazón que sufre, que se alegra, que no es indiferente al sufrimiento de los demás. Oración verdadera es la del corazón que siente el peso del mal en sí, del mal que hace o puede hacer y del que está en sus pensamientos, y que siente también el peso del bien que deja de hacer. Ese corazón se abre a Dios en la oración, nada le esconde y lo busca con humildad y sinceridad.

Cuando pienso en oración del corazón, cuando leo ahora este mensaje viene a mi memoria lo que hace ya muchos años ví en un hospital de niños. Venían corriendo médicos y enfermeros con un niño muy pequeño y sus padres corrían con ellos. Acababan de llegar al hospital y se veía la urgencia en la actitud de los médicos. El niño estaba cianótico y se moría. En un momento, antes de llegar a la sala de cuidados intensivos, dejó de respirar. En ese mismo instante la madre alzó los brazos al cielo y dijo: “Padre Santo yo te alabo. Te doy gracias por el hijo que me has dado. Es tuyo, Padre Santo. Que se haga tu voluntad”. Estaba aún rezando a Dios desde su corazón quebrantado de madre cuando uno de los médicos exclamó: “¡Revive!”. Imaginé el corazón de Dios conmovido que esperaba esa oración de aquella madre y le devolvía la vida terrena a su hijo. Esa joven madre, lo supe después, era protestante, y se la veía en el hospital cuidando a su pequeño que poco a poco iba recuperando la salud.

Cuando se dan esas condiciones, es decir cuando en el sufrimiento no nos revelamos sino que acudimos al Señor sabiendo que Él sí sabe de padecer; cuando en la alegría no nos olvidamos de Él sino que le agradecemos los momentos de felicidad; cuando nos hemos inclinado al mal y hemos caído en la tentación y, en lugar de justificarnos u ocultarnos, vamos humildes a buscar que nos vuelva a alzar y le pedimos perdón por nuestros pecados; cuando, en fin, queremos emprender nueva vida o buscamos cada día ser mejores a sus ojos, entonces sí es verdadera la oración. Y cuando así se reza Dios siempre escucha y responde. 

Éste es el camino que lleva al conocimiento del Dios verdadero y con ello también al de ustedes mismos, porque fueron creados a su imagen. 

Esa oración, la verdadera, la del corazón, se vuelve camino correcto de búsqueda porque es el único por el que se va al encuentro con Dios y su misericordia y, por ello, a su conocimiento.

Al faltarle oración la persona se distancia de Dios porque el espíritu se apaga y pierde la luz que es la vida, la luz que es la verdad sobre Dios, sobre las cosas y sobre sí mismo. Por eso, al no tener la luz no puede apreciar sus manchas, sus pecados, el mal que comete. En cambio cuando se acerca a Dios ve todos los puntos oscuros que tiene. Ésta es la razón por la que los santos se sienten tan pecadores y los pecadores piensan que no tienen nada que confesar, nada de lo que pedirle perdón a Dios. “No tengo pecados”, dicen. Y al decirlo demuestran que no conocen a Dios y no se conocen a sí mismos. Creen ser lo que no son. 

La oración los llevará al cumplimiento de mi deseo, de mi misión aquí con ustedes: la unidad en la familia de Dios.

El corazón abierto que se comunica con Dios se abre a la acción del Espíritu Santo que es ante todo Espíritu de Amor y de Unidad. Eso explica porqué de la oración nace la necesidad de ser actores de nuestra salvación e instrumentos de salvación de otros.

La Santísima Virgen vino a decirnos que sólo en Dios está la salvación, que Él es el único Salvador. Vino a reunirnos que no es un simple juntarnos sino unirnos íntimamente en Dios.

La primera unidad que recibimos en el camino de conversión, camino de oración de todos los días y de vida sacramental, es la de nosotros mismos. La conversión implica el hallarse uno mismo, el saber quién es y para qué está en esta vida. Luego, es la unidad con los demás, que pasan de la categoría de lejanos a la de próximos, por obra siempre del Espíritu.

La Virgen viene a cumplir lo que fue el profundo anhelo de su Hijo en la Última Cena, cuando orando al Padre dijo: “Ruego por ellos… para que todos sean uno. Como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti...” (Cf. Jn 17:20-21). 

Que todos seamos uno, unidos en santidad en torno a la Madre de Dios. Amén. 


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de febrero de 2011

¡Queridos hijos
! La naturaleza se despierta y en los árboles se ven los primeros capullos que darán una hermosísima flor y fruto. Deseo que también ustedes, hijitos, trabajen en su conversión y que sean quienes testimonien con su propia vida, de manera que su ejemplo sea para los demás un signo y un estímulo a la conversión. Estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por su conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario


¡Queridos hijos! La naturaleza se despierta y en los árboles se ven los primeros capullos que darán una hermosísima flor y fruto.

Para quienes no han seguido durante los últimos años los mensajes de la Reina de la Paz –particularmente no saben del mensaje de exactamente un año atrás- y sean del hemisferio sur, estas primeras palabras los pueden sorprender. A varios, y en esto no puedo menos que sonreír, hasta provocar celos. “¡Qué! ¿Acaso nosotros no contamos para Ella?”, se dicen algunos. Ocurre que en el hemisferio sur está por comenzar el otoño. Desde luego, que la Santísima Virgen es Madre de todos nosotros, estemos donde estemos y hallamos nacido en el tiempo que sea. Pero, también hay que tener en cuenta que aparece en Medjugorje, ubicado en la Europa mediterránea, y habla para la parroquia y desde ella al mundo.  Y –como lo hacía su Hijo cuando hablaba a las gentes- para tomar ejemplos alude al ambiente circundante. Pues, en esta parte del continente europeo, está pasando el letargo del invierno y empieza a colorearse, poco a poco, el paisaje. Van apareciendo algunos brotes y los capullos que preanuncian las flores y los frutos. Están cercanos a la primavera, ante un nuevo ciclo estacional, ante la belleza de una renovación de la vida natural.

Deseo que también ustedes, hijitos, trabajen en su conversión y que sean quienes testimonien con su propia vida, de manera que su ejemplo sea para los demás un signo y un estímulo a la conversión.

El movimiento de la vida, silencioso, se ha puesto de manifiesto y de las entrañas de la tierra, de los mismo árboles dormidos, con apariencia de muertos, que se elevaban desnudos en páramos velados por la neblina, de pronto despunta una nueva existencia. Estamos ante el espectáculo del trabajo interno, invisible de la naturaleza que cumple con las leyes que el Creador le ha impuesto.

La naturaleza, que no conoce el libre albedrío, repite lo que Dios le manda. Pero, la naturaleza está atada al hombre que, también por orden divino, la somete. Por eso, cuando el hombre se desnorta, cuando pierde su centro porque pierde a Dios y se deshumaniza, la naturaleza, que “sufre los dolores del parto esperando ella también su liberación” (Cf. Rm 8:22), se convulsiona y trastoca el orden armonioso.

¿Cuál es el remedio para poner fin a tantas calamidades ambientales? La respuesta es la misma que la que corresponde a la pregunta de qué debemos hacer para terminar con las calamidades humanas, con esta locura que nos está llevando al abismo de la perdición, de la autodestrucción. Esa respuesta es una: Nuestra conversión. Nuestro retorno a Dios. Nuestro radical cambio de ruta. Cuando nos separamos de nuestro Creador, que es nuestro Salvador, desencadenamos tremendas fuerzas centrífugas y todo se trastoca. Nuestra conciencia, nuestra moral, nuestra dignidad, nuestra propia humanidad y también la propia naturaleza se vuelven caóticas.

¿Es que no sabemos reconocer los signos de los tiempos? El Señor recriminaba duramente a los de su tiempo porque no reconocían esos signos. Lo mismo podría decirnos a nosotros. “Cuando veis una nube que se levanta en el poniente, al instante decís: 'Viene un aguacero', y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: 'Va a hacer calor', y así pasa ¡Hipócritas! Sabéis examinar el aspecto de la tierra y del cielo; entonces, ¿por qué no examináis este tiempo presente?” (Lc 12:54-56).

Este tiempo presente es el tiempo de la mayor apostasía de la historia, de la gran pérdida de fe (y lo que es tremendo, también y sobre todo en el seno de la Iglesia) y de rebelión, contra Dios y todo lo que es santo, generalizada y oficializada en el mundo. Es el tiempo que al abominable pecado las naciones le dan status de derecho y con ello alargan los millones de asesinatos de los seres más inocentes e indefensos de todos. Sangre inocente que clama la venganza de Dios. Es el tiempo también de las perversiones impuestas por los gobiernos en la misma educación de los niños. Es el tiempo de la rebelión del hombre con respecto a la propia naturaleza humana en que el género es tema de elección y que a la unión de un hombre y una mujer en matrimonio se la quiere degradar pretendiendo asimilarla a lo que de manera absoluta no es. Tan grande es la perversión que no sólo ofende gravemente a Dios sino que atenta contra la más mínima lógica y elemental sentido común.

Nuestra Madre no quiere agobiarnos ni que sigamos agobiados por causa nuestra. Por eso, no deja de llamarnos a la conversión. El trabajo al que nos exhorta es el de la voluntad, que nos debe mover a abrirnos a la acción de Dios. Porque quien convierte es Dios, pero no por imposición. Por eso, es tarea nuestra dejar que el Espíritu Santo obre en nosotros y nos vaya cambiando y poniendo en el camino justo. 

Repitamos una vez más que la salvación no es aventura personal. La salvación que se cumple en una persona influye siempre en otras. El camino de ser cada vez mejores implica ser mejores para Dios y para los otros. El santo no es santo para él sino que es quien se deja penetrar de la santidad de Dios y su vida es beneficio de los demás.

La primera forma de beneficiar a otros es con el ejemplo. Eso es dar testimonio, no con palabras sino con hechos concretos. Y ya que de ejemplos concretos se trata doy uno. A una persona que conozco se le declara un cáncer de improviso. Esa persona, creyente en Cristo y comprometida con la Iglesia, hija de María Santísima, desde el primer momento toma su enfermedad (para los ojos del mundo) con inusitada paz. Pasa por intervenciones quirúrgicas y sigue transmitiendo paz y alegría. Por el abandono confiado en el amor misericordioso de Dios, con su sufrimiento aceptado, con su paz y alegría, está dando a todo su entorno un gran testimonio de fe y de amor a Dios. Esa persona está haciendo tal camino de conversión que a otros sirve como signo para decirse a sí mismos: “ella tiene algo”, o más bien “Alguien la está sustentando y dando esa paz y yo quiero encontrarla”. Es decir que esa conversión es como un mojón del camino, una señal luminosa para quien está andando por otros caminos o confundido sin saber dónde está la verdad.

Ese ejemplo, aunque no doy nombres, es verdadero. Y conozco otros con grandes padecimientos por otras enfermedades. Todos muy reales y concretos y en todos se ha visto, cómo por medio de estos testimonios que interpelan, los alejados de Dios experimentan, como dice nuestra Madre, el estímulo a la conversión.

De paso, fijémonos cómo las gracias de Dios se manifiestan tanto en la fortaleza y los dones que transmite quien padece como en quien descubre el signo para empezar su conversión. ¡Qué maravilloso es todo cuando hacemos la voluntad de Dios y nos entregamos dóciles a sus inspiraciones y a lo que pueda venir!

Estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por su conversión.

Quien nos trae las gracias de Dios como dispensadora es la misma Mediadora que intercede por nosotros ante su Hijo: María Santísima, Madre de Jesucristo y Madre nuestra. Intercede para que nos abramos a que Dios nos convierta, es decir para que seamos mejores personas, más cercanas al Señor, para revestirnos, como a la naturaleza que se despierta en primavera, de belleza y de bondad.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de abril de 2011

¡Queridos hijos
! Así como la naturaleza da los colores más bellos del año, así también yo los invito a testimoniar con sus vidas y a ayudar a los demás a acercarse a mi Corazón Inmaculado, para que la llama de amor por el Altísimo brote en sus corazones. Estoy con Uds. y oro incesantemente por Uds. para que sus vidas sean el reflejo del Paraíso aquí en la tierra. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario


     La Santísima Virgen nos presenta una imagen, la de la naturaleza en la exuberante belleza de la primavera para ofrecernos una analogía.

     La belleza atrae al corazón del hombre. La belleza natural es admirada. La belleza sobrenatural –que es la santidad- además de admirada es de imitar.

     Por eso mismo, la invitación que nuestra Madre nos hace a dar testimonio de vida buena a los ojos de Dios, de permanente conversión, en definitiva de santidad, no es otra que un llamado a manifestar esa belleza para que otros busquen a la fuente de la vida.

     Puesto que así como la naturaleza que exhibe su belleza evoca al Autor, que es Dios Creador, similarmente, la belleza de las almas puras y purificadas, es decir de la santidad de vida, remiten a la fuente que es la misma santidad de Dios, que se revela como Amor con todo su poder de atracción.

     Santidad es unión con Cristo, es seguimiento de Cristo. Santidad no es afectación sino auténtica sencillez de vida en el amor. 

     Cuando se dice “santidad” se entiende no un estado, un “ser santo” sino un camino para serlo, con todas las posibles miserias y debilidades que la persona tiene, pero que también se esfuerza en quitarlas dejando a Dios obrar sobre sí y poniendo ella su voluntad en hacer lo que a Dios agrada, lo que nuestra Madre nos viene pidiendo hacer desde hace treinta años.

     La santidad atrae y quien se encuentra con ella es tocado e interpelado. Una de las razones es que las personas que han emprendido un camino de conversión son sellados en sus corazones con la paz que sólo Cristo puede dar y con la alegría íntima de saberse abrazados por el amor divino. Esto lo notan los demás, sobre todo cuando esas personas que están en el camino deben atravesar momentos de adversidad y de dolor. Se preguntan cómo no pierden la paz, cómo no desesperan.

     Es cierto que la santidad se oculta pero también es verdad que cuanto más se oculta más se deja ver. Grandes santos de nuestro tiempo vivieron alejados de los importantes centros de poder y de exhibición –tomemos sólo los conocidos ejemplos del Padre Pío y de la Madre Teresa- y sin embargo atrajeron multitudes. Simplemente porque brillaron no con luz propia sino reflejando la luz de nuestro Señor en ellos.

     Y así también como por la obra divina la naturaleza da lo mejor de sí, del mismo modo si le permitimos a Dios que obre en nosotros sacará Él lo mejor de nosotros, que es para lo que fuimos creados, y adornará nuestra alma con todo tipo de gracias y de dones.

     Ahora bien, ¿cómo se logra eso? Ciertamente siendo dóciles a los mandatos del Señor, a las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo, a las llamadas que nos hace concretamente la Reina de la Paz, asumiéndolos y obrando en obediencia a ellos. Sin embargo, esto que se dice fácilmente ofrece grandes dificultades cuando la gracia es oscurecida por el mundo que aturde, que ofusca la mente y envenena el alma. Es por esta razón que la Virgen es enviada en nuestro auxilio, para ayudarnos y conducirnos por el camino seguro, breve y rápido que lleva a su Hijo. Y Ella viene todos los días y repite frecuentemente sus mensajes porque con su persistencia tiene que horadar el muro de indiferencia y escepticismo y abatir a lo peor del mundo y al mismo Satanás. Ella viene para llevarnos por el camino en el que encontraremos al Señor y nos uniremos a Él, nuestro Salvador.

     Por otra parte, lo dice en el mensaje, Ella cuenta con nosotros –que hemos acudido a su llamado, que creemos que verdaderamente se está apareciendo y hablando a través de sus instrumentos elegidos- para que cooperemos con Ella en la salvación de otras almas, también hijos suyos. Por eso, nos insta no sólo a creer y a saber de sus mensajes sino a actuar haciendo lo que nos pide en ellos.

     Y ahora nos pide dar testimonio de vida, es decir profundizar en la propia conversión, y ayudar a que los que están más lejos se acerquen al amor, a su amor a Dios y a nosotros, simbolizado por su Corazón Inmaculado, para que Ella -mediadora y dispensadora de gracias- logre que esos otros corazones fríos se inflamen de amor, que anhelen cambiar de vida. Para alcanzarlo cuenta la Santísima Virgen con nuestro ejemplo y nuestra intercesión.

     Y ahora escucha qué te dice tu Santísima Madre, escuche yo su voz: ¡Sé santo! Para esto has nacido para vivir unido a Dios para siempre. Ama, perdona, ora, adora, obra en el amor, vive en la fe, abandónate confiadamente a la misericordia y providencia de tu Señor. Cuando caigas acude de inmediato a reconciliarte con Dios confesando tus pecados. Nútrete de la Eucaristía, es Jesucristo en persona. Adórala. Nútrete de la Palabra de Dios. La Iglesia es tu Casa y tú eres Iglesia. Aborrece el pecado, la mínima ofensa al amor divino. Extiende la mano al caído. Sé misericordioso. Mira la vida de los santos, aprende de ellos. Déjate inflamar por la llama de amor del Corazón de María para amar intensamente a tu Dios Creador y Salvador y a tus hermanos. Únete con tu Rosario rezado cada día a quien está intercediendo por ti y junto a ti por todos sus otros hijos. Vive ya con ellos reflejando el Paraíso aquí en la tierra.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de mayo de 2011

¡Queridos hijos! Mi oración hoy es para todos ustedes que buscan la gracia de la conversión. Llaman a la puerta de mi Corazón, pero sin esperanza ni oración, en el pecado, y sin el sacramento de la Reconciliación con Dios. Abandonen el pecado y decídanse, hijitos, por la santidad. Solamente así puedo ayudarlos y escuchar vuestras oraciones e interceder ante el Altísimo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario


         La Santísima Virgen nos exhorta a dar pasos concretos de conversión. Reconoce que hay un ánimo de cambio, un interés por sus mensajes y sus apariciones que, seguramente, se manifiesta de distintos modos, sin faltar en ellos la excitación por el hallazgo de lo que se sabe o intuye es la verdad de la fe. Es el caso de aquél que se dice a sí mismo y a los demás: “¡Verdaderamente la Virgen se está apareciendo!” o con estupor “¡Entonces es verdad! Dios existe, la Virgen también y se aparece en ese lugar, y todo lo que me habían enseñado y dice la Iglesia es cierto”. Es la alegría junto al asombro del encuentro con la bondad y la misericordia de Dios, en el amor maternal de María manifestado en estas presencias suyas entre nosotros.

Éste es el punto de arranque: la alegría del descubrimiento y el anhelo de participar de esa dicha del Cielo que nos trae. A partir de allí hay que caminar. El tema de este mensaje es que muchos son los que se quedan en lo suyo de siempre y recurren a la Virgen sólo para pedir sin dar paso alguno para encontrarse con el Señor. 

 

Algunos críticos de Medjugorje, admiten que hay frutos pero objetan que los cambios son más exteriores que interiores, más declamados que vividos porque las personas que dicen haberse convertido continúan con una vida de pecado y siguen adheridos a los vicios de antaño. De pronto, dicen estos críticos, muchas de esas personas se transforman en férvidos difusores de las maravillas que han vivido o visto en Medjugorje, queriendo cambiar el mundo, y ya, pero no ellos. No se ve que sean humildes y que quieran sinceramente enmendarse. En esa crítica hay, lamentablemente en varios casos, mucho de cierto. Y esto es precisamente lo que viene diciendo nuestra Madre Santísima.

Buscando razones del porqué muchos no responden a la ingente gracia que la Reina de la Paz trae a Medjugorje sino sólo superficialmente, podríamos decir que -además del hecho universal de que somos hombres que arrastran la concupiscencia-, por una parte, en el mundo en que vivimos se confunde la misericordia de Dios y la paciencia divina con tolerancia hacia el pecado, y por la otra, hace mucho que se ha perdido la conciencia de la gravedad del mal que se comete, tanto que no hay ya sanción social para ello. Ésta es la tragedia de este tiempo. Es la dificultad, que pone de manifiesto la misma Madre de Dios, para aceptar obrar el bien en la propia alma, abandonando el mal al que se le había dado entrada en la vida.

 

Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que “quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia...” (CIC 1487).

 

Conversión verdadera implica arrepentimiento y dolor por el mal que se hizo, aversión a los pecados cometidos, propósito de enmienda, de no volver a pecar. La conversión se nutre de la esperanza en la misericordia de Dios.

 

En cambio, la auto indulgencia, el justificarse a sí mismo es auto condena. San Agustín decía que a quien se justifica a sí mismo Dios lo acusa. Quien, en cambio, se acusa de sus pecados y va a la búsqueda del Señor, Él lo perdona.

Un paso fundamental y primero de toda conversión auténtica es el paso sacramental de la confesión de los pecados al sacerdote. Ir al sacerdote que confiesa es ir al Señor, a lavarse a la fuente misma de la misericordia.

La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia (cfr. CIC 1497).

Ese sacerdote confesor, hombre y pecador como los demás, actúa, sin embargo, en la Persona de Cristo y por ello tiene el poder eclesial de absolver al penitente, quedando sus pecados cancelados por el perdón de Dios.

Hay todavía quienes objetan que un hombre no puede perdonar los pecados de otro y hasta quienes, por supuesto ignorando la Escritura, dicen dónde está eso que puedan perdonar.

Para ellos y también para todos nosotros conviene entonces recordar el siguiente pasaje bíblico. Dirigiéndose a sus discípulos antes de hacerlos sus apóstoles, sus enviados, sopló Jesucristo sobre ellos y dijo:

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20:22-23).

Por eso, el sacramento de la reconciliación con Dios, llamado también de conversión, de penitencia o simplemente confesión, es instrumento de salvación y por tanto no puede ignorárselo ni tomarlo a la ligera. La persona debe hacer un examen serio de conciencia pidiendo la luz del Espíritu Santo para ver en qué y cómo ha ofendido el amor y el honor de Dios, ha hecho daño a otros o a sí mismo y luego confesar sus pecados graves (también se aconseja hacerlo con los leves o veniales) sin ocultar ninguno.

 

El confesonario no es un gabinete de psicólogo ni el confesor un psicoterapeuta. El confesonario es el tribunal de la misericordia divina por donde fluye la sangre de Cristo que nos justifica y nos redime, es decir que verdaderamente nos libera, y el confesor es Cristo que obra a través de su sacerdote.

El penitente debe ser tal, alguien arrepentido que pide el perdón a Dios, que confiesa sus pecados y no se presenta a confesar los pecados de otros ni a justificarse. El sacerdote confesor no puede absolver los pecados de otros ni tampoco aquellos que el penitente no haya querido confesar.

 

Muy saludable es tener presente que, al final de nuestra vida en la tierra, nos encontraremos con Jesucristo –Juez de vivos y muertos- que es la Verdad. Ante la luz de la Verdad estaremos desnudos, nada podremos ocultar ni ninguna excusa interponer. Los pecados no confesados estarán allí acusándonos. Banalizar el sacramento de la reconciliación, la confesión, equivale a despreciar el sacrificio del Señor, toda su Pasión y muerte, y volver vana la preciosísima sangre por Él derramada. Es condenarse a sí mismo.

Decir que siendo el Señor misericordioso seré igualmente perdonado es mofarse de su Divina Misericordia y caer de lleno bajo el peso de su Justicia.

Vivir a espaldas de su Ley, ignorar la gracia de conversión, seguir la vida de pecado sin querer dar el paso de la unión con Cristo, en definitiva dejar a la Santísima Virgen sin poder interceder por la contumacia en el pecado, terminará siendo una tragedia eterna.

De nada vale decir que difundimos los mensajes de la Virgen, que creemos en sus apariciones, que la amamos si luego despreciamos la Ley de Dios.  

Ya lo dijo el Señor con palabras duras:

“No todo el que me diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel Día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mt 7:21-23).

 

Aquí vemos con toda crudeza cómo la santidad no es tener carismas. Los carismas, esos dones extraordinarios que Dios da a algunas personas, deben ser para la gloria de Dios, para la edificación de la Iglesia, del Reino aquí en la tierra. Si no es así, si es para usufructo y beneficio propio servirán para la condena.

 

La intercesión de la Virgen Madre de Dios, que todos buscamos, Ella la dirige a nuestra conversión, a nuestra santidad. Esto es lo que desea, que todos estemos donde Ella está. Pero, entre el deseo de la Virgen, que es la misma voluntad de Dios, o sea la salvación de todos los hombres, y en concreto nuestra propia salvación, media nuestra voluntad. 

 

La Virgen nos pide que nos unamos a Dios en la oración del corazón, en esa oración que nos abre a la aceptación de la gracia, a la luz que nos muestra nuestra situación de pecado, a la voluntad de caminar hacia el Salvador, a confesar nuestras culpas para alcanzar el perdón del Señor por medio del sacramento que Él mismo dio a su Iglesia para nuestra salvación.

 

¡Dichoso al que perdonan su culpa

y su pecado queda perdonado!

 

Guardaba yo silencio y

se consumían mis huesos…

 

Reconocí mi pecado

y no te oculté mi culpa;

me dije: “Confesaré al Señor mis rebeldías”.

Y tú absolviste mi culpa,

perdonaste mi pecado…” (Salmo 32).


P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de julio de 2011

Queridos hijos, hoy los invito a dar un paso difícil y doloroso para alcanzar vuestra unión con mi Hijo. Los invito al completo reconocimiento y confesión de los pecados, a la purificación. Un corazón impuro no puede estar en mi Hijo y con mi Hijo. Un corazón impuro no puede dar un fruto de amor y de unidad. Un corazón impuro no puede llevar a cabo cosas rectas y justas; no es un ejemplo de la belleza del Amor de Dios ante quienes están alrededor suyo y que no han conocido ese amor. Ustedes, hijos míos, se reúnen en torno a mí llenos de entusiasmo, de deseos y de expectativas, y yo imploro al Padre Bueno que, por medio del Espíritu de mi Hijo
(1), ponga la fe en sus corazones purificados. Hijos míos, escúchenme, pónganse en camino conmigo. 


Comentario


         Después de la aparición, Mirjana comentó: “Mientras la Virgen se marchaba, mostró la tiniebla a su lado izquierdo y a su derecho una cruz en una luz dorada”. La vidente lo interpreta como que la Virgen quiso mostrar la diferencia entre un corazón purificado y uno no purificado.


Queridos hijos, hoy los invito a dar un paso difícil y doloroso para alcanzar vuestra unión con mi Hijo.

Este comienzo del mensaje nos dice mucho de la seriedad con que debemos tomar lo que nos pide y también de la perentoria necesidad de hacerlo. “Un paso difícil y doloroso”, significa que no podremos tomar lo que sigue a la ligera, porque ya nos está advirtiendo que será arduo llevarlo a cabo. A continuación aclara de qué se trata cuando dice: 

Los invito al completo reconocimiento y confesión de los pecados, a la purificación.

Éste es el paso difícil: reconocer el pecado que anida en nosotros y se oculta porque no lo enfrentamos. No queremos enfrentarlo, no queremos romper la imagen que hemos hecho de nosotros mismos.

Leyendo a san Agustín (Sermón 19, 2-3) encuentro una meditación muy a propósito: “No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y al no poder excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás…. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar… Para que sea creado el corazón puro, hay que quebrantar antes el corazón impuro”.

Es precisamente lo que, confirmando la aserción del santo, dice a continuación la Santísima Virgen: 

Un corazón impuro no puede estar en mi Hijo y con mi Hijo. Un corazón impuro no puede dar un fruto de amor y de unidad. Un corazón impuro no puede llevar a cabo cosas rectas y justas; no es un ejemplo de la belleza del Amor de Dios ante quienes están alrededor suyo y que no han conocido ese amor.

En el llamado sermón de la montaña, el Señor pronuncia las bienaventuranzas y entre ellas proclama: “Bienaventurados los de corazón puro porque ellos verán a Dios” (Mt 5:8). Contrariamente, se puede afirmar que aquél cuyo corazón sea impuro no verá a Dios. O dicho de otro modo, para ver a Dios, para estar unido a Cristo, (es así como comienza el mensaje: “para alcanzar vuestra unión con mi Hijo”), y así poder dar frutos de amor y unidad, es necesaria la purificación.

La purificación requiere un verdadero y profundo examen de conciencia que, partiendo del reconocimiento de la gravedad del pecado ante Dios, quien es absoluta y totalmente Santo, ponga a la luz la verdad de nuestra vida

Por ello, hay que navegar en lo profundo de la propia alma, desnudándonos de falsas imágenes de bondad que pretendemos dar a los demás y a nosotros mismos, y confesar toda miseria apelando a la misericordia de Dios en el sacramento de la reconciliación (confesión). 

En estos tiempos que vivimos, corremos un gran peligro porque se ha sustituido la conciencia de pecado y la verdad objetiva del mal por la idea relativista y subjetivista que la conducta depende de las circunstancias y que éstas muchas veces nos justifican; mientras se ha suplantado el confesonario por el gabinete del psicoterapeuta, de modo que cuando se hacen las confesiones suele en ellas estar ausente el arrepentimiento, la asunción de la responsabilidad por los propios actos y la culpa, y estar pronta la autojustificación. 

En cambio, un corazón puro es aquel que habiendo descubierto su miseria acude a Dios buscando su perdón y misericordia. Es un corazón de ojos atentos –como los de María- a la necesidad de los demás, que no se distraen en la banalidad y cuya mirada es de amor y misericordia. Un corazón puro con el decidido rechazo a la impureza que se complace en exhibir el mundo a través de sus medios de contaminación (la mayoría de la publicidad y de programas de TV, cine, Internet, cierto llamado a sí mismo “arte”). 

Un corazón puro es humilde, manso. Es el de aquel que no maldice, ni insulta, ni murmura, ni se presta a escuchar blasfemias ni sucias historias. Que reprime todo mal pensamiento y medita el misterio del amor de Dios. Un corazón puro es de quien se inclina y levanta al caído. Es el corazón pacífico que sabe perdonar y pedir perdón y que abraza a los suyos con tierno amor. 

Así, sólo así, con el corazón puro, podremos comenzar a caminar por un luminoso camino de santidad en que podamos reflejar el amor y la belleza de Dios ante los demás. Sólo así no contradeciremos la fe que decimos confesar. 

Ustedes, hijos míos, se reúnen en torno a mí llenos de entusiasmo, de deseos y de expectativas, y yo imploro al Padre Bueno que, por medio del Espíritu de mi Hijo, ponga la fe en sus corazones purificados. Hijos míos, escúchenme, pónganse en camino conmigo.

Más de una vez hemos comentado que no habla sólo a aquellos que están alejados sino también a nosotros, que somos quienes expresamos gran entusiasmo por esta presencia extraordinaria y cercana de la Madre de Dios y creemos que Ella verdaderamente se aparece en Medjugorje desde hace 30 años. Sí, se dirige también a nosotros que hablamos de sus mensajes y los comentamos y nos reunimos en grupos de oración y rezamos el Rosario y tal vez también adoramos al Señor. Eso significa que el mensaje contiene la advertencia que no debemos pensar en no hacer nada más, porque puede que en lo que hacemos nos mueva sólo la rutina o que sean gestos y ritos exteriores y no de un corazón purificado y anclado en la fe. 

          En el mensaje del 30º aniversario -25 de junio de 2011- había dicho:
 

Muchos de ustedes han respondido, pero espero y busco a todos los corazones adormecidos que se despierten del sueño de la incredulidad.  
         
En la vida espiritual existe siempre el peligro del adormecimiento, del cansancio y el letargo; de la fe que se apaga por falta de alimento espiritual; de la confusión a la que lleva el mundo donde no existe una verdad absoluta sino verdades circunstanciales y de cada uno; de la falacia de la falsa tolerancia, que en verdad es tolerancia al mal e intolerancia a la verdad y al bien.

Por eso, en este mensaje del día 2 de julio, que es continuidad del 25 de Junio, la Reina de la Paz pide a Dios por nosotros, pide que el Espíritu Santo, que viene por su Hijo, nos purifique y nos reavive el don de la fe verdadera que se muestra en las obras de amor. Pide que nuestra fe no sea simplemente declamada sino probada y vivida.

Para finalizar quiero comentar lo aparecido en algunas traducciones que he visto, tanto en italiano como en inglés. En inglés, en lugar de “escúchenme” han puesto “obedézcanme”, lo cual pone más énfasis en el pedido. Eso nos muestra que la Santísima Virgen está muy seria. Urge nuestra conversión. Lo que no hagamos voluntariamente deberemos sufrirlo luego. Se trata de aceptar purificarse o sino padecer la purificación.

Escuchemos y obedezcamos a nuestra Madre. Quizás estemos más lejos, de lo que querríamos e imaginamos, de disipar todas las tinieblas de nuestro corazón. Aceptemos la cruz y el dolor de la purificación, ya que vienen de Dios, para que la cruz (como en la visión que mostró a Mirjana) sea iluminada y luminosa. En ello está nuestra salvación y felicidad. 

P. Justo Antonio Lofeudo
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(1)
He visto -tanto en español como en italiano- que, en la última parte del mensaje, figura: “imploro (a Dios Padre) por medio del Espíritu Santo de mi Hijo”. En inglés –quizás en el afán de corregir- han hecho de ese párrafo algo incomprensible. Por eso, me parece oportuno aclarar que hemos quitado “el Espíritu Santo de mi Hijo” y poner en cambio “el Espíritu de mi Hijo”. Lo primero crea confusión porque el Espíritu Santo, aunque consubstancial con el Padre y el Hijo, es una Persona diferenciada en la Santísima Trinidad. El término “Espíritu de mi Hijo” sí significa el Espíritu Santo. San Pablo, en Ga 4:6, habla del Espíritu de su Hijo (refiriéndose al Padre); en Rm 8:11 lo llama Espíritu de Cristo, y en 2 Co 3:17, Espíritu del Señor.  


25 de julio de 2011

¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración y de silencio. Hagan descansar su cuerpo y su espíritu, que permanezcan en el amor de Dios. Permítanme hijitos que los conduzca, abran sus corazones al Espíritu Santo para que todo el bien que hay en ustedes, florezca y produzca frutos al céntuplo. Comiencen y finalicen el día con la oración con el corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes tiempo de oración y de silencio.
         Éste es tiempo de vacaciones para muchísima gente, tanto al norte como al sur del planeta. La mayoría de las personas proyecta cómo pasar esos días. Algunos hacen largos viajes otros no. Es, para todos, tiempo de interrumpir sus actividades rutinarias y dejar ambientes que suelen ser frenéticos, procurando un descanso o distracciones varias. A pesar de las buenas intenciones en estos períodos, no siempre reposan el cuerpo y la mente. Pocas veces se consigue sosegar verdaderamente el espíritu y restaurar las fuerzas del cuerpo.
         No se lo consigue porque se arrastra el propio mundo circundante. Quienes viven en la ciudad, sometidos como están a grandes tensiones propias de la vida urbana; a la incertidumbre sobre el futuro; a climas políticos y sociales hostiles, sobre todo para quienes vivir pacíficamente su fe y una sana vida moral, no sólo no alcanzan a liberarse del pesado bagaje sino que además suelen encontrarlo presente vayan donde vayan. De tales dramas participan también los que habitan en zonas menos pobladas. En todas partes se padece de un continuo aturdimiento mientras cada vez son más las personas que viven aisladas. El ruido todo lo invade y la depresión es uno de los males de estos tiempos. Vivimos agredidos por el ruido y las imágenes que por todos lados nos invaden, como se cuelan las ondas invisibles que nos golpean y penetran continuamente.
         Para que verdaderamente podamos lograr el reposo espiritual y corporal -tan necesario a nuestra salud integral- y para que podamos aprovechar este tiempo -propicio a nuestra maduración- la Santísima Virgen nos propone la oración y momentos de silencio.
         Oración y silencio implican interioridad porque la oración debe ser del corazón y el silencio interior. Oración del corazón es poner el corazón en la oración, no sólo la boca o la mente. Para lograr silencio interior es necesario encontrar espacios de silencio exterior.
         Sin embargo, la ausencia de rumor exterior no basta por sí sola, porque para quitar el ruido que llevamos dentro y alcanzar el silencio interior tenemos que despojarnos del mundo que llevamos adheridos. Para ello, debemos, con nuestra voluntad, imponer el silencio a esa facultad que no pocas veces nos quita la paz del corazón, la imaginación. Debemos, con nuestra fe, pedirle a Dios que nos libere de todo aquello que perturba nuestro espíritu.
         El silencio al que nos invita la Santísima Virgen es al silencio ante Dios. Es aquél en que ya no caben palabras. Es el silencio de María y de los santos, el mismo de la adoración contemplativa a la Eucaristía. Tal silencio parte de la oración y se vuelve oración.
         Como enseña el gran santo de la adoración eucarística, Pedro Julián Eymard, se trata del silencio de la oración de unión con el Señor, verdadero centro de nuestras vidas. Es el silencio en el que nuestra alma reposa y Dios trabaja sobre ella como rocío celestial que la penetra con dulzura. Es el silencio del recogimiento que, como Samuel, dice: “Habla, Señor, tu siervo escucha” (1S 3:9).
         Dios no habla si el alma está muy disipada. No siempre habla Dios con palabras –sigue diciendo el santo- sino también a través de pensamientos e inspiraciones.
         Encontrar el silencio con la oración y en la oración es encontrarse con Dios y con uno mismo.

Hagan descansar su cuerpo y su espíritu, que estén en el amor de Dios.
         Somos un cuerpo animado por el alma que en su forma más elevada es espiritual. Por eso, el verdadero descanso implica tanto el cuerpo como el espíritu. Si el espíritu se agita el cuerpo lo refleja, y esto lo conocemos por la mayoría de enfermedades de origen psicosomático. A su vez, si el cuerpo se agota el espíritu se resiente.
         El descanso no se logra por esfuerzos humanos que buscan una pretendida armonización con la energía del universo, como si de energía se tratase. Eso es materialismo disfrazado de mística oriental, puesto que la energía es la forma desordenada de la materia. El espíritu es otra cosa, es la imagen de Dios en nosotros, es el soplo divino en el hombre. Es la respiración de Dios, el Espíritu Santo, que nos hace capaces de amar, de reconocer la belleza, de aspirar a la bondad y a la santidad. Por tal motivo ese descanso es sólo posible en Dios, en su amor. Es el reposo en el amor de Dios. El mismo de Juan sobre el pecho del Señor; de María, la hermana de Lázaro, a los pies del Maestro.

Permítanme hijitos que los guíe, abran sus corazones al Espíritu Santo para que todo el bien que hay en ustedes, florezca y produzca frutos al ciento por uno.
         La Santísima Virgen, con esa dulzura de Madre celestial, nos dice que le permitamos guiarnos en este camino de unión con Cristo. Ese camino exige apertura de corazón a la acción de Dios, que siempre es a través del Espíritu Santo. El bien que hay en nosotros es la gracia que Dios sembró en nuestros corazones, que está como la semilla, en potencia, y debe crecer y fructificar hasta el máximo de su capacidad.
         ¿Quién mejor que la Madre del Señor para interceder para que el Espíritu venga a nosotros? ¡Quién mejor que Ella, que estuvo presente en Pentecostés y con su oración atrajo la venida del Espíritu Santo con potencia! Por eso mismo, vivir sus mensajes es el modo más seguro de alcanzar la unión con Dios.

Comiencen y finalicen el día con la oración del corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
         Como enseñan los Padres de la Iglesia, la oración es la puerta que debe abrir y cerrar el día. La Iglesia lo ha sabido desde siempre y por eso la oración litúrgica de las horas van marcando el ritmo de la jornada empezando con maitines o laudes y terminando con completas. Junto al día que se abre también –por medio de la oración- debe abrirse el corazón a Dios para que el día sea por Él bendecido. Al final de la jornada, luego de un examen de conciencia en el que pedimos perdón por las faltas cometidas, en oración se pide que Dios bendiga el día transcurrido para que perduren los frutos, rogando también por un reposo sereno.
         Que todos nosotros, guiados por nuestra Madre, permaneciendo en el amor de Dios, encontremos un verdadero descanso de nuestro cuerpo y nuestro espíritu en la oración del corazón y el silencio interior para que, con renovadas gracias y fuerzas, podamos dar muchos frutos, para la gloria de Dios.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de agosto de 2011

Queridos hijos, hoy los llamo a renacer en la oración y, por medio del Espíritu Santo, a volverse un nuevo pueblo con mi Hijo; un pueblo que sabe que si ha perdido a Dios se pierde a sí mismo; un pueblo que sabe que, con Dios, a pesar de todos los sufrimientos y pruebas, está seguro y salvo. Los llamo a que se reúnan en la familia de Dios y a que se fortalezcan con la fuerza del Padre. Ustedes, hijos míos, no pueden detener individualmente el mal que comienza a gobernar en este mundo y a destruirlo. Pero, de acuerdo a la voluntad de Dios, todos juntos, con mi Hijo, pueden cambiarlo todo y sanar el mundo. Los invito a rezar con todo su corazón por los pastores, porque mi Hijo los ha elegido. Gracias.

Comentario

Queridos hijos, hoy los llamo a renacer en la oración y, por medio del Espíritu Santo, a volverse un nuevo pueblo con mi Hijo; un pueblo que sabe que si ha perdido a Dios se pierde a sí mismo; un pueblo que sabe que, con Dios, a pesar de todos los sufrimientos y pruebas, está seguro y salvo.
         El llamado siendo personal es un llamado a ser Iglesia, pero Iglesia renovada. Para lograrlo, nos dice la Virgen, debemos orar (se entiende siempre con el corazón puesto en Dios y no distraídos por las cosas del mundo) y el Espíritu Santo hará la obra de renovarnos individualmente para que podamos unirnos en ese nuevo pueblo, el pueblo de “hombres nuevos”, que es la Iglesia renovada –como se ha dicho- por el Espíritu que viene por la oración.
         La Iglesia es el pueblo, la asamblea de los convocados por Dios. El pueblo de Dios es el que sigue a Dios, le pertenece y se preocupa de vivir fielmente esa pertenencia. Sabe que sin Dios nada puede y que con Dios nada teme.
“Pueblo suyo, confiad en Él,
desahogad ante Él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio”
(Cfr. Sal 62)

Los llamo a que se reúnan en la familia de Dios y a que se fortalezcan con la fuerza del Padre. Ustedes, hijos míos, no pueden detener individualmente el mal que comienza a gobernar en este mundo y a destruirlo.

         La Santísima Virgen utiliza ahora otro nombre, el de familia. Evoca así el hecho que somos hijos de Dios, hijos en el Hijo. No somos esclavos sino hijos que toman sus fuerzas de Dios mismo. Es Él, el Padre, quien nos da fuerzas por medio del Espíritu Santo. ¡Cuánto tenemos que pedir al Espíritu Santo en estos tiempos el don de fortaleza junto a la luz del buen discernimiento!
         Aquí vemos con claridad el llamado a fortalecernos, a estar unidos, a formar un solo Cuerpo cuya Cabeza es Cristo, el Señor, a ser conscientes de nuestra familiaridad con Dios, porque Él es Padre, el Padre que nos reveló el Unigénito Hijo y porque tenemos la misma Madre en María Santísima. Lo vemos porque en el tiempo de este mismo presente que vivimos y en el futuro que nos espera nadie puede sobrevivir en soledad. O somos “familia”, en un sentido de Iglesia, de comunidades eclesiales, de grupos de oración, de adoración, y también de familias de sangre que viven en el mismo Espíritu, como fueron los primeros cristianos (un alma sola, un corazón solo) o corremos el riesgo de sucumbir.

         “Ellos participaban asiduamente a la enseñanza de los apóstoles y a la vida común, a la fracción del pan y a la oración” (Hch 2:42).
         Después de la comunión, en la liturgia solemne de los santos Pedro y Pablo, se reza así:
“Concede, Señor, a tu Iglesia,
que has nutrido en la mesa eucarística,
perseverar en la fracción del pan
y en la doctrina de los apóstoles,
para formar, en el vínculo de tu caridad,
un solo corazón y un alma sola”.

         Toda la Iglesia en su diversidad es fortalecida en su camino por la Eucaristía, la presencia viva del Señor en medio de ella, y es iluminada e inspirada por el mismo Espíritu en la luz de la fe verdadera, transmitida por medio de los apóstoles y de los pastores que los han sucedido a través de los siglos. Es decir, los obispos unidos al Papa en un único Magisterio.
         Hoy, lo vienen diciendo los últimos Papas, lo que está en juego es la verdad de la fe de la Iglesia. Son, en primer lugar los obispos y los sacerdotes quienes deben defenderla e instruir en la verdad a la familia de Dios.
         Poco antes de morir, el Papa Pablo VI le confía a su amigo, el gran filósofo, Jean Guitton: “Hay una gran perturbación en el mundo y en la Iglesia, y lo que está en cuestión es la fe. Ocurre que ahora me repita la frase oscura de Jesús en el Evangelio de san Lucas: “Cuando regrese el Hijo del Hombre ¿encontrará aún la fe sobre la tierra?”. Está ocurriendo que salen libros en los que la fe está en retirada en puntos importantes, que los episcopados callan, que no encuentren extraños estos libros. (…) Lo que me choca, cuando considero el mundo católico, es que dentro del catolicismo parece a veces predominar un pensamiento de tipo no católico, y puede suceder que este pensamiento no católico dentro del catolicismo se vuelva el más fuerte. Pero ese jamás representará el pensamiento de la Iglesia. Es necesario que subsista un pequeño rebaño, por cuando pequeño pueda ser”.

         Vemos que la confusión dentro y fuera de la Iglesia va en aumento. Que grandes herejías se infiltran y difunden por todas partes sin que haya modo de pararlas.
         Pese a todos los esfuerzos del Santo Padre la rebelión litúrgica ha echado profundas raíces y todas en desmedro de la Eucaristía.
         Quien de palabra o con los hechos niega la presencia verdadera, real, viva del Señor en la Eucaristía no pertenece a la verdadera y única Iglesia. Quien no demuestra ni enseña el santo temor de Dios, la reverencia a la Majestad Divina, ni el cuidado debido en la celebración, y quien niega, en las palabras o en los hechos y gestos, la adoración al Santísimo Sacramento está fuera de la fe de la Iglesia.
         El momento más alto de la Iglesia primitiva, lo vemos en el texto referido de los Hechos de los Apóstoles, era el encuentro eucarístico (la fracción del pan) con el Señor. Y esto debe volver a ser en todas partes. No un encuentro cualquiera con amigos sino un encuentro con Aquél que es Dios, no una comida cualquiera entre iguales sino un banquete sacro.

         La pérdida de la fe, que es la verdadera catástrofe y que ocurre en el letargo casi total, es acompañada de la guerra contra Cristo, contra la Ley de amor de Dios, en el mundo, en todos los campos: legislativo; gubernativo; mediático de la gran prensa, radio y televisión; publicitario; social.

         Nadie podrá luchar individualmente contra lo que ya está en marcha, nos advierte la Madre de Dios. No será posible enfrentar solos “el mal que comienza a gobernar en este mundo”.
         Hoy, las fuerzas del mal convergen y se unen. Es la unión manifiesta del mal que -se insinúa en el mensaje- persigue el dominio total. El propósito de ese dominio es la destrucción porque responde al Príncipe de este mundo y de las tinieblas.

         Estamos en pleno desarrollo de la lucha entre la Mujer vestida de sol y el Dragón. Es el combate final entre la Virgen, Madre de la Iglesia, gran señal del Cielo para estos tiempos y Satanás (Cfr. cap. 12 del Apocalipsis).

Pero, de acuerdo a la voluntad de Dios, todos juntos, con mi Hijo, pueden cambiarlo todo y sanar el mundo.
         Aunque pareciera no incluirse Ella al decir “pueden cambiarlo todo…”, en realidad es Ella, Madre de Cristo y Madre nuestra, quien está formando y conduciendo este ejército. Es Ella la que desde hace treinta años nos va guiando, exhortando, corrigiendo e incansablemente llamando para que, a través de la conversión personal, nos unamos a su Hijo para salvar almas y combatir contra el mal personificado por Satanás y su descendencia (Cfr. Gen 3:14).
         Es María Santísima que se aparece en Medjugorje y se ha aparecido en Fátima, la que está reuniéndonos y descubriendo paso a paso el momento que vivimos mientras nos enseña cómo enfrentarlo.

         Solos nada podremos, es el mensaje. “Sin mí nada podrán”, dice el Señor en el Evangelio de san Juan (Jn 15:5). Unidos a Él, permaneciendo en su amor, guardando sus mandamientos, sí. Porque Él ya ha vencido al mundo y a Satanás. Pues la Virgen viene a que estemos unidos a Cristo guardando su mandamiento.

         El libro del Apocalipsis muestra la imagen de todos los reyes de la tierra (traducido a la actualidad son todos los poderes: político, militar, mediático, intelectual, social…) que le hacen la guerra al Cordero (a Jesucristo. Esta guerra que ya lleva dos mil años ahora está en su punto culminante: persecuciones masivas y matanzas a los cristianos en todo el mundo por el solo hecho de serlo, ataques a la Iglesia y al Papa en particular por parte de los medios, reniego de las raíces cristianas en la Comunidad Europea, etc.). Pero, dice el texto de Ap 17:14, el Señor vence, vence con los suyos, los llamados (convocados), los fieles, porque Él es Señor de Señores y Rey de Reyes.
         Jesucristo vence con los suyos, con los que le son fieles, con los que acuden al llamado de la Reina de la Paz, con los que no se dejan influenciar por falsas cristologías de malas y heréticas “teologías” ni por compromisos con el mundo.

         La victoria sobre lo viejo y sucio del mundo es la que se inicia en la Iglesia, renovada, bella, santa, inmaculada y que finaliza en el mundo que será purificado, salvado. Será la “tierra nueva” de los “cielos nuevos”.

Los invito a rezar con todo su corazón por los pastores, porque mi Hijo los ha elegido.
         En este párrafo final nos está diciendo implícitamente que esa Iglesia renovada no es una nueva fundación sino que debe salir de las entrañas de la única Iglesia de Cristo que es una, católica y apostólica y tiene como cabeza el Papa. Por eso pide rezar –y con todo el corazón- por los pastores. Por “pastores” se entiende principalmente los obispos. Por extensión todos los sacerdotes.
         Dios es fiel a su elección y no se desdice.

         Roguemos para que todos los pastores (obispos y sacerdotes) sean siempre fieles al Señor, a la verdadera doctrina de la Iglesia, a la verdad de la presencia viva del Señor en la Eucaristía, digna de toda alabanza y adoración. Roguemos para ser todos fieles a estos llamados, que es ser fieles a la Iglesia de Cristo.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de agosto de 2011

¡Queridos hijos! Hoy los invito a orar y a ayunar por mis intenciones, porque Satanás quiere destruir mi plan. Aquí comencé con esta parroquia y he llamado al mundo entero. Muchos han respondido; sin embargo, es enorme el número de aquellos que no desean escuchar ni aceptar mi invitación. Por eso, ustedes que han dicho sí, sean fuertes y decididos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

¡Queridos hijos! Hoy los invito a orar y a ayunar por mis intenciones, porque Satanás quiere destruir mi plan. Aquí comencé con esta parroquia y he llamado al mundo entero.
         La Madre de Dios apela a los hijos, que responden a su llamado y la siguen, para luchar contra Satanás que quiere destruir el plan de salvación que está llevando a cabo desde hace treinta años en Medjugorje. Allí, nos lo recuerda, comenzó a aparecer dando sus mensajes, invitando a seguirla en el camino de conversión. Pronto, desde la parroquia, el llamado se fue extendiendo por todo el mundo a través de personas –que por la íntima certeza de la verdad sobre los mensajes y acontecimientos- se adherían y a su vez vivían y difundían los mensajes.

Muchos han respondido; sin embargo, es enorme el número de aquellos que no desean escuchar ni aceptar mi invitación.
         En todos estos años, muchas vidas han aceptado la invitación de la Virgen y por ello han sido tocadas por la gracia extraordinaria de Dios, que la Virgen trajo consigo a Medjugorje, y se convirtieron a la verdad de la fe. Aquellas personas empezaron a ayunar miércoles y viernes y a tener confesiones mensuales y Eucaristías muy frecuentes cuando no diarias. Las confesiones frecuentes y los exámenes de conciencia que las acompañaban fueron purificando el corazón. De ese modo pudieron comprender qué quería decir orar con el corazón. Como lo pedía la Virgen, muchos se iniciaron en la lectura diaria de la Biblia, especialmente el Evangelio, y en la meditación de los pasajes que leían. Y también fueron llevados a rezar cada día el Rosario hasta llegar al Rosario completo (en aquel entonces, los tres misterios). Espontáneamente, se fueron formando grupos de oración en los que, fundamentalmente, se rezaba el Rosario. Algunas de ellos replicaban, en la medida de lo posible, el programa de la parroquia de Santiago Apóstol de Medjugorje, con sus Rosarios y también con la Misa y adoración al Santísimo guiada y matizada con cantos como los de allá.
         Aunque el mensaje fue dado una sola vez, bastó ese solo para que muchos sintieran el llamado a la adoración al Santísimo sin interrupción (adoración eucarística perpetua) y a enamorarse de Jesús en la Eucaristía.
         Todo esto que intento resumir y mucho pero mucho más ha sido y es la respuesta al llamado que la Virgen hacía y hace desde Medjugorje.

         Ahora Medjugorje es una realidad dentro de la Iglesia que nadie puede negar, como honestamente tampoco se puede negar la renovación espiritual que por su causa se ha extendido por todas partes.
         Sin embargo, la Santísima Virgen nos dice que si bien muchos respondieron son muchos más los que no lo hicieron. Son todos los que han ignorado la gracia, la han dejado pasar o, peor aún, la han menospreciado y hasta combatido.

Por eso, ustedes que han dicho sí, sean fuertes y decididos.
         Siendo hoy muchísimos los indiferentes, los sordos a los llamados y los detractores; para que no fracase su plan, la Reina de la Paz ahora nos pide oración y ayuno para derrotar a Satanás. Ella conoce nuestras fragilidades y flaquezas, pero sabe también que hemos perseverado y por eso nos exhorta a mantenernos firmes y fuertes ante las adversidades que vendrán, a no amedrentarnos y ser decididos en la acción.
         Estamos ante una lucha espiritual con el poder de las tinieblas. En el mensaje del pasado 2 de agosto nos decía que el mal, y ahora podemos decir el Maligno, o sea Satanás, está comenzando a gobernar en el mundo para destruirlo, y por eso nos llamaba a reunirnos en la familia de Dios para el combate. Al mismo tiempo nos advertía que no podríamos combatir individualmente. A esa acción de afuera se suma, de acuerdo a lo que entendemos de este mensaje, la acción interna, porque la destrucción a la que alude es a la de su plan en y a través de Medjugorje.
         Nuestra Reina, Señora y Madre nos convoca y reúne para la batalla con las armas de la oración y el ayuno. Oración y ayuno del corazón, de un corazón purificado de los pecados, humilde y amante de Dios y de los hermanos. Oración y ayuno ofrecidos por las intenciones de la Madre de Dios, que son intenciones de salvación de todos sus hijos.

         Aunque no cabe conjeturar por dónde vienen y vendrán ni cuáles son y serán los ataques de Satanás, nos basta saber que están ocurriendo en las sombras, lo que también significa –porque lo hemos visto ya con la guerra de Bosnia que la Virgen anticipó- que los ataques destructivos se han de manifestar abiertamente pronto.
         El Enemigo ataca en todos los frentes y lo está haciendo cada vez con mayor agresividad. Ataca destruyendo familias y vidas desde dentro de ellas y desde los poderes del mundo. Ataca tentando con la duda, con el escepticismo y el desaliento, con el miedo que paraliza, confundiendo, sembrando el caos. Ataca seduciendo, tentando, encandilando. Ataca, por fin, desde dentro de nuestra misma Iglesia con la desacralización del misterio, con la banalización de la Eucaristía. Ataca con la falsa teología y con la anarquía litúrgica.
         Por grande que sea el poder del Enemigo, la Purísima y gloriosa Virgen María ha de vencer y para ello cuenta con nuestros sacrificios y oraciones. Nuestra fe debe ser firme y grande nuestra decisión de seguirla como grande es nuestro amor por el Señor, por Ella y por la Iglesia. Debemos ser fuertes, confiados en la guía y protección de nuestra Madre y decidirnos por hacer seriamente lo que Ella nos pide.

         “Entonces el Dragón (Satanás) vomitó de sus fauces como un río de agua (caos destructor) detrás de la Mujer (María); abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado por las fauces del Dragón (los hijos de la Virgen absorben el caos, lo neutralizan con sus oraciones, ayunos y otros sacrificios)...” (Ap 12:15-16).

¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
         Hoy, más que nunca, resuenan estas palabras suyas con las que se despide en cada mensaje. Palabras que nos alientan para que nuestra respuesta no decaiga. Renovemos, entonces, nuestras oraciones y ayunos y todo lo que nos ha venido pidiendo en este tiempo de gracia signado por su presencia.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de setiembre de 2011

Queridos hijos, con todo mi corazón y con el alma plena de fe y de amor en el Padre Celestial, les he dado a mi Hijo, y nuevamente se los doy. Mi Hijo les hizo conocer a ustedes -pueblos del mundo entero- al único Dios verdadero y a su Amor. Los condujo por el camino de la verdad y los ha hecho hermanos y hermanas. Por ello, hijos míos, no vayan sin rumbo inútilmente, no cierren el corazón frente a la verdad, a la esperanza y al amor. Todo lo que los rodea es pasajero y todo se derrumba, sólo permanece la gloria de Dios. Por ello, renuncien a todo lo que los aleja del Señor. Adórenlo sólo a Él, porque Él es el único verdadero Dios. Estoy con ustedes y permaneceré junto a ustedes. Oro especialmente por los pastores para que sean dignos representantes de mi Hijo y para que los conduzcan con amor en el camino de la verdad. Gracias.

Comentario
         Este importante mensaje consta de distintas partes que finalmente se entrelazan.

...con todo mi corazón y con el alma plena de fe y de amor en el Padre Celestial, les he dado a mi Hijo...
         ¿Qué está evocando la Santísima Virgen? El sacrificio de la entrega de su Hijo, Jesucristo, en la cruz. Ese es el momento culminante de su fe en Dios. Es el más doloroso y último sí de la Madre de Cristo al Padre Celestial, sí que manifiesta la plenitud de su fe y de su amor. En aquella desolada tarde sobre el Gólgota, María entrega a Jesús al Padre y -a través del Padre- nos lo da a todos nosotros.
         El ofrecimiento de Jesús en la cruz es la unión perfecta de tres voluntades. El Padre ofrece a su Hijo; el Hijo se ofrece a sí mismo para la salvación de todos los hombres, y la Virgen acompaña el sacrificio con su propia aceptación del sufrimiento ofrecido.
         Si Jesús muriendo nos dice, a través de Juan, “He aquí a tu Madre”. Ella, en y desde aquel momento nos dice a nosotros, sus hijos, “He aquí a tu Dios, a tu Salvador”.

… y nuevamente se los doy.
         Quiere decir que con igual medida de entrega, con todo su corazón pletórico de amor, con toda la fuerza de su ser, hace dos mil años como hoy, nos está volviendo a dar a Jesús.

Mi Hijo les hizo conocer a ustedes -pueblos del mundo entero- al único Dios verdadero y a su Amor.
         Hay que tener en cuenta que en todo el mensaje se repiten las palabras verdad y amor, y se repiten porque hoy como nunca se atenta contra el amor y contra la verdad, porque hoy como nunca el rechazo de Dios, la apostasía, todo lo invade.
         San Pablo en sus cartas a los romanos y a los colosenses dice que “el misterio oculto durante siglos y generaciones es ahora revelado” y se refiere a la persona de Jesucristo (Cf. Col 1:26 y Rom 16:25). Es Él, Jesucristo, quien nos revela cómo es Dios, la verdad sobre Dios.
         Jesucristo es la imagen perfecta del Padre y en su persona nos lo muestra. “¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre ¿cómo dices tú “muéstranos al Padre”?” (Jn14:9).
         Jesús muriendo en la cruz revela a todo el mundo cuánto nos ama Dios. Ante la sordera del alma, la cruz del Señor clama: “¡Este es tu Dios. Así te ama!”.

Los condujo por el camino de la verdad y los ha hecho hermanos y hermanas.
         Nos enseñó que la Verdad es su misma persona. Jesucristo es la Verdad y es el Camino. Como Buen y Bello Pastor, nos conduce por el camino de la verdad que lleva al Cielo.
         El Señor nos mostró cómo se ama. Nos enseñó que debemos amarnos porque somos hijos de un mismo Padre y también de una misma Madre, por tanto hermanos. Nos enseñó a orar diciendo “Padre nuestro”. Derribó el muro que nos separaba (Cf. Ef 2:14; Gal 3:28) y lo sigue derribando en cada Eucaristía.
         El precio del vínculo de unidad, de hacernos hermanos unos a otros, ha sido la sangre del Señor con que selló la Nueva y eterna Alianza.

Por ello, hijos míos, no vayan sin rumbo inútilmente, no cierren el corazón frente a la verdad, a la esperanza y al amor.
         Es como decirnos: “no hagan inútil la enseñanza y el sacrificio de mi Hijo. No busquen otros caminos. No crean a la mentira de que no hay verdad absoluta. Jamás desesperen porque Dios los ama. Déjense amar por Dios”.
         Sabemos que nuestro camino es el Señor y que debemos seguirlo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sabemos que quien lo sigue llega y quien va perdido por la vida es porque aún no se ha encontrado con Cristo. Para encontrarse con Él basta abrir una hendija en la oscuridad de la vida para que el Señor la llene de luz. La mínima esperanza es el comienzo de una actitud positiva ante la salvación. Es como decirse “sí la salvación es posible” y a partir de allí dejarse amar por el Señor, dejar que Él haga su obra en uno.

Todo lo que los rodea es pasajero y todo se derrumba, sólo permanece la gloria de Dios. Por ello, renuncien a todo lo que los aleja del Señor.
         Cuando nos adentramos en el camino de fe se nos vuelve evidente lo efímero de este mundo con sus glorias vanas y pasajeras. Nada de lo humano se tiene en pie, nada perdura, todo se esfuma, todo perece, sólo Dios permanece. Por eso, debemos rechazar lo que lleva en sí la marca de muerte y decidirnos siempre por Dios, que es la Vida.
         San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a dejar la impureza, los malos deseos, la pasión culpable, la avidez por el dinero que es idolatría y agrega que deben rechazar la ira, el arrebato, los ultrajes, las malas palabras porque todo eso aleja de Dios y atrae su ira.
         Por cierto que este elenco de lo que debemos deshacernos no es exhaustivo. De lo que se trata, en definitiva, es de despojarnos del hombre viejo para revestirnos de Cristo, del hombre nuevo que nace no de la carne con sus malos deseos sino del Espíritu.

Adórenlo sólo a Él, porque Él es el único verdadero Dios.
         Decidirse por Dios es acercarse a Él, y acercarse supone siempre la adoración. La supone puesto que la adoración es la respuesta inmediata, connatural a nuestra condición de creaturas inteligentes, ante la presencia de nuestro Creador y Salvador. Si Dios está en nuestras vidas nuestra respuesta de fe y de amor será siempre la adoración. Adorándolo damos tributo a su gloria y majestad, sometiéndonos a Él que es Amor. Adorándolo penetramos el misterio de su amor y dejamos que su amor nos abarque y nos abrace. Adorando permanecemos en Aquél que siempre permanece y que nos ama con amor eterno.

         “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él rendirás culto”, es la respuesta de Jesús a Satanás en el desierto cuando, en su absurdo e inconmensurable orgullo y en su loca necedad, pretende para sí la adoración que sólo se le debe a Dios. ¡Cuántos hoy en rebelión con Dios, negándose a adorarlo, están, aún sin saberlo, adorando al demonio! Lo adoran por sus ansias de poder, por la ambición por el dinero, en toda clase de idolatría y de superstición, en el sexo desordenado y desenfrenado y en la misma rebeldía que en el origen es diabólica.

         Nuestra adoración no es un culto abstracto sino concreto ante la presencia sacramental de Jesucristo en la Eucaristía. Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y a través de Él y por obra del Espíritu Santo tenemos acceso a Dios en su Santísima Trinidad. Adorando al Santísimo Sacramento que vemos, estamos adorando a Dios a quien no vemos, con la certeza absoluta e inefable de su presencia en la sagrada Hostia.

Estoy con ustedes y permaneceré junto a ustedes.
         Al decir “estoy con ustedes” nos reasegura, una vez más, su cercanía. Sin embargo, ahora agrega “y permaneceré junto a ustedes”. Me parece lícito interpretarlo como que, ocurra lo que ocurra, Ella estará siempre junto a nosotros.

         En este punto es necesario recordar los dos últimos mensajes. El 25 de agosto descubría el propósito y la acción de Satanás para destruir el plan de salvación que la Santísima Virgen lleva a cabo desde Medjugorje, mientras nos pedía oración y ayuno para evitarlo. Destrucción de su plan en Medjugorje quiere decir, en buen romance, que algunos personajes, seguramente influyentes, quieren dar como inauténticas las apariciones desconociendo los frutos, destacando –imaginamos- malos frutos (que se mostró los hubo y también, seguramente, los habrá) y sembrar así el escepticismo y el desaliento entre los fieles. Es decir metiendo a la luz algunos defectos y dejando en la sombra toda la gracia extraordinaria y todo lo de sobrenatural -con los enormes frutos espirituales para la Iglesia universal- que viene de la presencia de la Madre de Dios en ese bendito lugar que visita desde hace treinta años.
         También esa acción diabólica se va desarrollando por medio de las falsas apariciones, que pululan, y de los falsos videntes, algunos de los cuales parecen haber cobrado nueva fuerza. La confusión es otro de los modos del Enemigo para destruir.

         En consonancia con el anterior mensaje, el 2 de agosto había dicho que solos no podríamos combatir el mal que se abate sobre el mundo para dominarlo y destruirlo.
         Por tanto, en un caso nos hablaba de la acción dentro de la misma Iglesia y en el otro fuera de ella, donde fuerzas tenebrosas, a través de las crisis y las guerras, siembran el caos para dominar el mundo. Esas fuerzas por ser diabólicas son inspiradas por el espíritu del mal y su fin último es la destrucción a escala universal.

         Para tener idea de cómo el plan de salvación de Dios, que en los últimos tiempos está en manos de la Virgen como ejecutora, viene siendo contrastado por Satanás, baste ver en el curso de la historia cómo primero ha hecho que el falso humanismo, producto del iluminismo, fuera colocando al hombre en el lugar de Dios. Y a la razón humana que es iluminada por la fe le opusiere la diosa razón, enemiga de la fe a la que ridiculizaba.
         En estos tiempos del ataque final de aquel “humanismo”, es decir a la exaltación y endiosamiento del hombre, ahora lo sustituye con el “animalismo” y la ideologías de género, mediante los cuales al hombre lo reduce a una especie más de la evolución, uno igual a los demás animales (a los que se les confiere derechos mientras al hombre le quita el derecho a la vida, léase eutanasia, aborto, descarte de los futuros incapacitados para que no nazcan, experiencias con embriones…) y donde las diferencias propias del sexo no viene de la naturaleza creada sino de la cultura. Eliminado a Dios le toca ahora aniquilar al hombre.

Oro especialmente por los pastores para que sean dignos representantes de mi Hijo y para que los conduzcan con amor en el camino de la verdad.
         Cuando la Santísima Virgen dice “pastores” se refiere principalmente a los obispos y luego por extensión a todos los sacerdotes. Pone de manifiesto su deseo de que sean fieles y buenos pastores, pastores del rebaño de su Hijo, para que como Cristo conduzcan, no por propios intereses de poder y de lucro sino por amor, al pueblo de Dios en y por la verdad.

         En estos momentos se ha hecho pública la rebelión de 300 sacerdotes austríacos a los que, según dicen, se han adherido muchos más. En el manifiesto no sólo piden la eliminación del celibato sino la ordenación de mujeres al sacerdocio, el “matrimonio” de homosexuales, la “celebración” de “la misa” por laicos y otras más cosas descabelladas.

       Akita es una de las últimas apariciones que tuvieron aprobación de la Iglesia. No es anecdótico recordar que fue el entonces Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien en 1988 diera su aprobación a la ya otorgada por el Obispo Mons. Ito, de la diócesis japonesa de Niigata. En esta aparición la Virgen, a través de Sor Inés Sasagawa, advertía que “la obra del Demonio se infiltrará hasta dentro de la Iglesia... iglesias y altares serán saqueados. Dentro de la Iglesia habrá muchos que acepten componendas y el Demonio hará que muchos sacerdotes y consagrados abandonen el servicio al Señor”. A la acción externa de saqueos y profanaciones de iglesias, y todo tipo de persecución, va unida la acción interna para destruir a la única y verdadera Iglesia de Cristo. En el mensaje también agregaba que sólo Ella podría salvarnos de la calamidad que se avecina y pedía que se rezara mucho el Rosario.

         Ahora, en este mes de septiembre, el Santo Padre está a punto de realizar un viaje muy difícil y doloroso para él, puesto que esta rebelión parece abarcar a Alemania y otros países desorientados por la misma influencia cismática.
El padre de la mentira inspira la actual confusión teológica y la anarquía litúrgica que está, como en el caso paradigmático de Austria, arrastrando muchas almas.

         Unámonos a la oración de nuestra Madre quien, con toda certeza, está intercediendo en primer lugar por el Papa, por este Papa quien tiene escrito en su escudo el lema “cooperador de la verdad”, es decir aquél que obra con y por la verdad. Oremos por este nuestro Papa que en su primera Misa como Sumo Pontífice pidió que rezáramos por él para que no retrocediese ante los lobos. Lobos que ahora vemos amenazando y destrozando el rebaño.

         Como conclusión de éste y los otros dos mensajes mencionados, es evidente que estamos ante momentos decisivos y terribles. Nuestra Madre y Señora nos advierte acerca de una realidad que en su mayor parte ignoramos, pero que Ella muy bien conoce, mientras nos envía una suerte de parte de guerra para que nos aprestemos al combate aceptando el señorío de Cristo en nuestras vidas, nos revistamos de Él y tomando las armas de la oración (en particular el Rosario), el ayuno, la adoración, podamos, con Ella y junto a Ella, vencer por el amor y en la verdad las fuerzas del Enemigo.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de setiembre de 2011

¡Queridos hijos! Los invito a que este tiempo sea para todos ustedes tiempo de testimonio. Ustedes, los que viven en el amor de Dios y han experimentado sus dones, testimónienlos con sus palabras y su vida para que sea alegría y estimulo en la fe para los demás. Estoy con ustedes e intercedo incesantemente delante de Dios por todos para que su fe sea siempre viva y alegre y en el amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!

Comentario
         Ser y sentirse amado por Dios desborda el corazón y de esa plenitud habla la vida y la boca del creyente.
         Haberse encontrado y seguir encontrándose con Cristo es el acontecimiento que cambia la vida de cualquier mortal y lo convierte en cristiano.
         Despertar a la Palabra que interpela la propia vida y que se muestra viva, y adorar la presencia del Señor en cada Eucaristía hace a la persona testigo del Resucitado. Y quien es testigo de Cristo no puede dejar de dar testimonio de Él. No puede ni debe quedarse con ese Tesoro para sí. Debe ser portador de la Luz que lo ilumina, de la Vida que lo abraza, del Amor que lo salva.
         Transmitir la fe y el amor, casi por contagio, es el impulso que deben recibir quienes “viven en el amor de Dios y han experimentado sus dones”.
         Cuando se transmite la fe se da al otro la esperanza que disuelve la tristeza. Y viene la alegría.

         Tener alegría es más que estar alegre. Es un estado no una circunstancia contingente que provoca nuestra risa; es más bien la sonrisa que se abre como el sol en medio de las nubes de la vida, la sonrisa que respira por los poros y que reflejan los ojos de quien teniendo en sí el amor de Dios lo tiene todo.

         Muchas personas creen que no cuentan para Dios, que no son importantes como para que Dios las mire y se ocupe de ellas. Tienen una idea equivocada de un dios lejano, muy lejano que no cuida de nadie sino de sí mismo. En definitiva, no conocen a Cristo –a Dios hecho hombre que vino a salvarnos- porque no se han encontrado con Él. Por no conocerlo, por no tener a Dios no tienen seguridad alguna en la vida, porque tarde o temprano todos descubren que las seguridades humanas son vanas y efímeras. Si esas personas no se dejan alcanzar por la gracia de Dios permanecerán al margen de toda posible sanación y hasta de la salvación. Por eso, la Santísima Virgen pide a sus hijos -que sí se han encontrado con el Señor y han recibido sus dones- que se vuelvan testigos de esa presencia salvífica y hagan que aquellas otras personas se encuentren con la fe y el amor de Dios a través de ellos. Así entonces, el encuentro con el testigo de Cristo es el que traerá la esperanza, iluminará la fe, interpelará sus vidas y les dará alegría.

         Ahora, a nosotros se nos impone una pregunta: ¿Por qué no transmitimos alegría? Seguramente porque nos falta sonreír. No motivos para sonreír sino simplemente sonreír. Si no sonreímos al otro es porque nuestra fe y nuestro amor están debilitados por nuestros temores.

         Que nadie se agobie por los temores que le pueden, porque esos temores sean más grandes que su fe o porque todavía deba aprender a amar. Basta pedirle al Señor que sane las heridas del corazón, que a eso vino Jesucristo: a sanar los corazones, de nosotros pobres pecadores, con su gracia y por la certeza que sólo Él es la Resurrección y la Vida. Él lo hará, Él nos sanará, Él fortalecerá nuestra fe y aumentará nuestro amor, porque nos ama, porque nos quiere ver sanos y porque escucha a su Madre que intercede por nosotros.
         Eso sí, no busquemos justificación, no nos escudemos tras una falsa psicología, para explicar nuestra falta de alegría porque la alegría del corazón no depende de nuestras circunstancias ni de nuestra historia. ¿Quién no ha conocido personas con enfermedades graves, con situaciones comprometidas, con tribulaciones económicas y de todo tipo, plenas de alegría porque han permitido a Dios morar en sus corazones?
         Cuando escribo esto último pasa por mi mente y por mi corazón (recuerdo) a Enza, una señora que conocí en Italia y rebosaba de alegría contando a todos que padecía de cáncer en el cerebro. Los médicos no entendían cómo se mantenía en pie y con aquel ánimo. Le brillaban los ojos cuando decía que tenía a Dios en sí y aquel era el secreto de su felicidad. No temía a la muerte porque Cristo ya la había vencido.
         Ejemplar es el caso de Vicka, vidente de Medjugorje, que refleja y transmite constantemente alegría, que sonríe a todos a pesar de la seriedad y gravedad de todas sus enfermedades. No todos saben que los tremendos dolores que padece le provocan a veces desvanecimientos. Sin embargo, no por ello deja de recibir a los peregrinos, de orar con y por ellos, durante largas interminables horas. Todo lo ofrece a Dios a través de María Santísima.

         Cuando se vive en Dios y de Dios, la alegría es signo y hasta medida de conversión. La alegría es la medida del espesor de nuestra oración. No en vano, la Reina de la Paz dijo al comienzo de sus apariciones “oren, oren hasta que sus oraciones se vuelvan alegría”.
         Como nos enseña san Pablo con sus escritos y con su vida, es la fe la que nos lleva a la alegría. Es la fe que se manifiesta con confianza serena porque sé que “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4:13).
         En la carta a los cristianos de Roma, san Pablo da su testimonio de vida cuando escribe que “en todo interviene Dios para bien de los que lo aman” (Rm 8:28). Y explica el Apóstol que ese “todo”, desde que abrazó la fe en Cristo, ha significado padecimientos, privaciones y persecuciones, estar varias veces al borde de la muerte, y todo tipo de adversidades.
         En otra oportunidad, dirigiéndose a los cristianos de Filipos los exhortaba: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres… no os inquietéis por cosa alguna... presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias… y la paz de Dios… custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos...” (Flp 4:4. 6-7).

         Para ser buenos testigos del amor de Dios y alcanzar a otros que no lo conocen, con nuestras vidas y con nuestras palabras, es necesario vaciarse de los miedos que nos acosan, de nuestra imaginación sobre la que obra el Enemigo por miedo al futuro. Es necesario e imprescindible despojarse de sí mismo, des-cubriendo a Dios de todas nuestras ansias y expectativas y de nuestros temores con los que lo hemos re-cubierto. En resumen, dejar que Dios obre en nosotros. Sólo así nuestra “fe será siempre viva y alegre y viviremos y transmitiremos el amor de Dios”.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de octubre de 2011

¡Queridos hijos! Los miro y en sus corazones no veo alegría. Hoy deseo darles la alegría del Resucitado para que Él los guíe y los abrace con su amor y con su ternura. Los amo y oro continuamente por su conversión ante mi Hijo Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

         No podemos negar que muchas son las razones que encontramos en la vida para no tener esa alegría del corazón, a la que alude nuestra Madre en este mensaje.
         Comprobamos y comprendemos que hay motivos de sobra para oscurecer o quitar la alegría de una persona. ¡Cuántas preocupaciones se padecen por situaciones estrictamente personales y cuántas angustias y tristezas también se sufren por causas externas, de las que las personas no pueden deshacerse!
         El origen de esta falta de alegría, que a veces puede derivar en depresión, debe buscarse en el distanciamiento de Dios o de quien la padece o del entorno en el que vive. Se pierde la alegría sea por el pecado propio sea por las consecuencias del ajeno.
         Son muchos, sobre todo en las nuevas generaciones, quienes experimentan un constante vacío existencial y ello se manifiesta en la pérdida del gusto por la vida.
         Recientemente, le escuché a un sacerdote -fundador de una fraternidad cuyo centro es Cristo Eucaristía y que acoge a jóvenes con severos problemas de droga, alcohol, depresión- contar acerca de uno de aquellos jóvenes a quien había asistido hasta su fallecimiento. Antes de morir le decía el joven con mucha paz: “muero vivo”. Toda su vida había estado en la droga, en todo tipo de vicio y pecado, era consciente que había vivido muerto y ahora, que moría, moría vivo porque había conocido a Jesús. Había este muchacho encontrado al Salvador y la muerte física era ya para él el paso a la vida, a la vida plena de felicidad junto a su Señor y Redentor.
         El distanciamiento de Dios, vivir como si Él no existiese, con una vida en situación de constante pecado provoca primero tristeza y lleva luego a la desesperación.
         La falta de alegría consecuencia del pecado se extiende a otros porque es parte del mal, que se agranda como mancha de aceite sobre el agua. Es el caso, por ejemplo de padres que ven al hijo ir por rumbos de perdición. La situación se vuelve mucho más dramática cuando no son personas de fe y al sentirse impotentes no saben qué hacer, a quién recurrir para rescatar al hijo y volverlo al camino de la vida.

         Invade la tristeza ante la pérdida de una persona y también de un bien. La falta de estímulos vitales, los acontecimientos nefastos que hay que sufrir sin tener responsabilidad directa alguna, son también causas de pérdida de alegría.
         Quien conserva aún altos valores morales y ve señorear a la corrupción en la sociedad, ve que la demagogia sustituye a la recta razón, a la verdad, a la equidad, acaba por sumirse en profunda amargura.
         Cuando se vive en la inseguridad física, moral, jurídica, existencial y en la impunidad de los engañadores públicos; cuando se premian a los deshonestos e incapaces y los mejores deben emigrar de su país o de su profesión; cuando todo eso ocurre, aunque se ignoren las causas, la vida en tal clima ensombrece el espíritu.
         Acaso más de una vez no estuvimos tentados de exclamar: ¡Cómo no perder la alegría al ver destruido el futuro de las nuevas generaciones y saber que son engañadas y usadas, y cuando los pobres son objeto de demagogia y les son robados a Cristo!
         Se pierde la alegría cuando se ven esfumarse los esfuerzos de una vida de trabajo; cuando no hay certeza económica alguna para asegurar una vida digna en lo esencial.
         No es el caso de hacer una descripción de las distintas crisis que aquejan al mundo pero sí de saber que la causa primera es el alejamiento de Dios de parte de las personas, de gobernantes y de las sociedades en su conjunto.

         ¡Vaya entonces si hay motivos para perder la alegría! ¿Cómo se hace para estar alegres?

         Todo esto y mucho más de lo que nosotros podamos ver no lo ignora la Santísima Virgen. Es por eso que nuestra Santísima Madre no nos está exhortando a estar alegres, porque en ese caso, si dependiese de nuestra voluntad, sería simple voluntarismo. A la voluntad humana le es imposible, por sí sola, alcanzar la paz, la felicidad y el verdadero amor.
         Lo que nos está diciendo en este mensaje es otra cosa: Ella viene a traernos la gracia de la alegría, viene a incitarnos a que acojamos ese don y cooperemos, con nuestra voluntad, a que la alegría plante su morada en nuestros corazones. Viene a decirnos que a pesar de todos los motivos que tengamos para estar preocupados, o tristes o amargados, el amor de Dios es más fuerte. Más fuerte que esas muertes del corazón. Que con Dios se puede porque es su gracia -de la que es intercesora y portadora la Madre de Dios- la que realiza el prodigio.

         La alegría es aquella que viene de la fe y de la esperanza puesta en el amor de Dios que nunca nos abandona. Y esa fe y esa esperanza y el amor, que siempre debemos dar, primero, a Dios y a los hermanos, son virtudes que proceden de Dios (las llamadas virtudes teologales). Es Él quien las infunde en el alma para darnos esas fuerzas con las cuales alcanzar lo que de otro modo, por nuestra naturaleza humana, no podríamos.
         Es esa fe que, en medio de grandes tribulaciones, le hace decir a san Pablo que nada, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro ni la espada nos pueden apartar del amor de Cristo. Saberse amado por Cristo es el motivo de su paz y de su alegría.

         Nuestra alegría no tiene como objeto el mundo sino el sabernos amados por el Señor. Ésa y no otra es la alegría que viene a traernos la Virgen como gracia: la certeza que el amor de su Hijo nos dará la fuerza para sonreír y soportar las adversidades; la certeza que Él es el Buen Pastor que nos conduce a fuentes tranquilas; la certeza que Jesucristo, como lo había prometido, permanece con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.
         Es la alegría del encuentro con el Señor al que nos lleva su Madre. Encuentro que acontece en cada Eucaristía, por medio de la comunión sacramental y de la adoración. Es la alegría que recibimos y recuperamos, por la misericordia de Cristo, en el perdón de cada confesión. Es la alegría de la intimidad con la Palabra (Cristo es la Palabra) leída, meditada, rumiada, orada y hecha vida en cada episodio y enseñanza del Evangelio. Es la alegría de saberse Iglesia y de tener esta Madre que tanto nos ama.

         La alegría que nos trae la Madre de Dios, es también la alegría de la esperanza. Cuando oscurece sobre el mundo, cuando las tinieblas llegan hasta nuestras puertas, la esperanza en Cristo nos dice que detrás de la noche más negra despunta el nuevo día, el Día del Señor.

         Antes como ahora, la Santísima Virgen está en la cruz y más allá de la cruz: en la Resurrección, en la victoria absoluta y definitiva de su Hijo. Por eso, la alegría es la del Resucitado que es quien por amor venció nuestra muerte.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de noviembre de 2011

Queridos hijos, el Padre no los abandona a merced de ustedes mismos. Su Amor es inconmensurable, amor que me conduce a ustedes para ayudarlos a conocerlo para que todos, por medio de mi Hijo, puedan llamarlo con todo el corazón "Padre", y para que puedan ser un pueblo en la familia de Dios. Pero, hijos míos, no olviden que ustedes no están en este mundo sólo para ustedes, y que yo no los estoy llamando aquí sólo para su único beneficio. Los que siguen a mi Hijo piensan en el hermano en Cristo como si se tratase de ellos mismos y no conocen el egoísmo. Por eso, deseo que ustedes sean la luz de mi Hijo, que ustedes iluminen el camino a todos aquellos que no han conocido al Padre, a todos aquellos que deambulan en la tiniebla del pecado, de la desesperación, del dolor y de la soledad, y que con su vida les muestren a ellos el amor de Dios. Estoy con ustedes. Si abren sus corazones los guiaré. Nuevamente los invito a que oren por sus pastores. Gracias.

Comentario

         La pregunta que, dentro de la Iglesia más que fuera de ella, algunos se hacen es: “¿Cómo puede ser que la Virgen venga durante tanto tiempo y repita casi las mismas cosas?”, es un cuestionamiento que parte de la incredulidad o del escepticismo. Quienes, en cambio, desde la fe en estas apariciones, se preguntan “¿Por qué la Santísima Virgen tiene necesidad de aparecer durante tanto tiempo?”, tienen la respuesta en este mensaje que, bien mirado, condensa la historia de la salvación y nuestro propio tiempo.

Dios no abandona al hombre. Historia de la Salvación.
         La historia de la salvación es la historia de amor de Dios por la humanidad y por cada hombre en particular. En la plenitud de los tiempos –como dice san Pablo en Gálatas-, es decir cuando el tiempo de la historia del hombre era ya maduro, el Padre envía al Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley (Cf. Gal 4:4). Envía al Hijo al pueblo que dos milenios antes se había escogido y separado para Él, y fue formando por medio de patriarcas y de profetas. Es el pueblo hebreo al que Dios le da la Ley por medio de Moisés, y al que no abandona a pesar de todas las infidelidades cometidas a lo largo de los siglos. Si el pueblo fue infiel Dios es eternamente fiel a su Alianza. Por ello, después de cada apostasía y de cada corrección vuelve Dios a comenzar con un pequeño resto que le ha permanecido fiel.
         
“Nació de mujer”, dice el Apóstol. El Hijo eterno del Padre asume la humanidad de una joven doncella de aquel pueblo fiel a la Alianza, a la Ley, a su Dios. Es de María que el Hijo recibe no sólo la carne sino el calor, las enseñanzas e instrucción, los cuidados de madre, y que –se puede decir- crece con Él porque ella atesoraba todo en su corazón. “Todo” era lo que ella vivía, desde la concepción de aquel Hijo, a lo largo de toda su vida junto a su Jesús. Todo lo que meditaba y guardaba en el corazón era mucho de lo que por su fe superaba a lo que la razón no alcanzaba a comprender.
         
El Hijo vino al mundo para que el mundo se salve. En el plan divino el pueblo judío, aceptando a su Mesías, debía ser el instrumento de salvación de la humanidad. “La salvación viene por los judíos”, le había dicho el Señor a la samaritana.
         
Jesús comenzó su vida pública llamando a los suyos a la conversión a Dios, mientras apoyaba sus enseñanzas en signos y prodigios, que siglos antes habían sido profetizados como propios del Mesías de Israel. “Anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo”.
         
Al principio muchos judíos lo reconocieron como el Mesías que debía venir, pero luego, incitados por las autoridades religiosas y por la idea equivocada que tenían de un salvador victorioso, acabaron negándolo. Y nuevamente, sólo un pequeño resto fue fiel. Aunque por miedo, muchos lo abandonaron en el momento de su Pasión. Sólo lo acompañaron su Madre, las mujeres, algunas de las cuales lo seguían desde Galilea, y el discípulo amado del Señor.
         Jesús cumplió su obra de salvación muriendo en la cruz, voluntariamente aceptada porque ese era el designio del Padre. Resucitando destruyó la muerte y nos dio nueva vida.
         La noche antes de su Pasión, fundó la Iglesia al dejarnos la Eucaristía y el sacerdocio.
         La Iglesia nace el Jueves Santo anticipando sacramentalmente el sacrificio redentor del Viernes Santo.
         
Resucitado envió a sus apóstoles a todo el mundo a proclamar el Evangelio de salvación y a bautizar a las naciones y, como lo había prometido, les dio en Pentecostés, el Espíritu Santo, la fuerza para llevar a cabo la misión y para santificar todas las cosas.
         Así nació la Iglesia de Cristo, y nació con Pedro como cabeza. Aquellos apóstoles, aquellos pastores y los que los sucedieron enseñaron la verdad de la salvación hasta dar el testimonio de sus propias vidas.
         
Y bautizaron, y perdonaron, y dieron el alimento de vida eterna en cada Eucaristía, y enseñaron la verdadera doctrina contenida en la Palabra y combatieron las herejías, mientras el Espíritu Santo les iba guiando hasta la verdad completa.
         
Aquellos apóstoles ordenaron nuevos obispos y nuevos presbíteros, iniciando la sucesión de ordenaciones que en dos mil años jamás ha cesado.
         Dios no abandona al hombre. De aquellos inicios la Iglesia se expande por el mundo mostrando su catolicidad, porque en todas partes es misma la enseñanza, mismos los sacramentos, misma la fe, misma la moral.

La figura de la Santísima Virgen. Su misión.

         
En la Iglesia fundada por Cristo la Santísima Virgen ocupa un lugar único y de privilegio absoluto, el cual se ha ido manifestando cada vez con mayor claridad en el correr de los siglos. La devoción a María y el acudir a su auxilio datan ya del primer siglo de la cristiandad.
         En el momento de la hora culminante de la cruz, María, inmaculada en su concepción, libre del pecado original, purísima, participa -con la plenitud de su pureza, con la plenitud de su maternidad, con la plenitud de su dolor entregado al Padre-, de una manera única y sublime, de la misma Pasión Redentora del Hijo. Ella com-padece (padece con) Jesús en la única cruz y es allí, en el Gólgota, donde recibe, de su mismo Hijo y Señor, la misión.
         “Mujer, he ahí a tu hijo”, son las palabras que abre el corazón de la Madre a la maternidad universal.
         
Jesús, Supremo y Eterno Sacerdote, ofrece su sacrificio al Padre para la justificación de nosotros, pobres pecadores, y al mismo tiempo da su Madre a los hombres como Madre y a Ella todos los hombres como hijos. En aquella hora parte la obra corredentora de la Madre.
         Parte en aquella hora, pero es ahora cuando la obra de la corredención, o sea de co-operar, obrar junto a la obra única de salvación de Cristo, llega a su culminación.

         
Aquí está la respuesta del porqué la Santísima Virgen es enviada en este tiempo como nunca antes, del porqué de su larga permanencia entre nosotros y de sus reiterados pedidos.
         Este tiempo no es igual a los otros de la historia. Éste es el tiempo de la apostasía, de la pérdida de la fe católica, de la rebelión, contra Dios y su Mesías, de aquellos que una vez fueran cristianos.
         
Dios no nos abandona a nuestra suerte y después que la obra de salvación en el mundo se llevase a la plenitud, habiendo el mundo renegado de Dios, envía ahora a la Virgen Inmaculada.
         
La Enviada viene a recordarnos que Dios nos ama y quiere nuestra salvación. Sabe que entre la voluntad de Dios y nuestra propia salvación media nuestra libertad. Somos libres de elegir entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre Dios y la condena eterna.
         Viene, entonces, a decirnos que quien ordena su voluntad a la gracia se salva y se convierte en instrumento de salvación para otros. Quien en cambio la rechaza se condena y puede condenarse para la eternidad. Su venida también nos recuerda que la salvación de las almas es la obra principal de la Iglesia , y nos recuerda (como ya lo hiciera en Fátima) lo que parece hemos olvidado y suele estar ausente en las prédicas: las realidades últimas, que así como existe un Cielo, existen también un Purgatorio y un Infierno. Viene a que retornemos a las prioridades, a la primacía de la oración y la importancia del sacrificio, al punto que con oración y ayuno –nos ha dicho- se alejan las guerras. Nos recuerda, en tiempos en que los sacramentos son banalizados, que ellos son medios insustituibles de salvación. Nos pide que nos enamoremos de Jesús en la Eucaristía, que lo adoremos sin interrupción, día y noche, que participemos de la Misa más allá de lo preceptivo, que nos confesemos asiduamente.

Los pastores de la Iglesia

         
La Virgen viene cuando muchos hombres de la Iglesia callan o son amordazados.
         Por cierto, la apostasía, el relativismo moral y doctrinal en el mundo es de tal magnitud hoy que la Iglesia, cuando se apoya en el solo esfuerzo y voluntad humanos, no llega a hacerle frente y es ahogada en lo mejor de sus intenciones. Los medios masivos de comunicación mienten, tergiversan, exageran todo lo que es crítica, atacan la verdad de la fe, se burlan de ella y de las devociones y elogian toda supuesta obra teológica y todo autoproclamado teólogo que eche por tierra la enseñanza del Magisterio y que denigre la figura del Señor, de sus santos, de la verdad. Sobre todo desde hace unas décadas, junto a una mala y falsa teología, se ha desarrollado una literatura bastarda que tiene como objetivo la destrucción de la Iglesia y la creación de un clima de aversión hacia el Papado, los sacerdotes, las distintas realidades eclesiales. También por estas pérfidas influencias y, hay que decirlo, no raras veces por culpa de los pastores, muchos fieles han perdido el respeto por sus sacerdotes y la jerarquía y los critican acerba y abiertamente.
         
La situación es particularmente agravada en el ámbito educativo con la invasión de los gobiernos en la enseñanza y formación de niños y jóvenes y la legislación que apuntan a cancelar a Dios de la vida por medio de la destrucción de la religión y la moral cristiana e implantación de los que llaman nuevos paradigmas (temas de sexualidad, de familia, patria potestad, etc.).
         Al mismo tiempo, en este panorama desolador, concurre el hecho que hay quienes han cambiado la unción sacerdotal por un empleo como cualquier otro, y los deplorables escándalos que tanto nos indignan como entristecen.
         
Nuestra Santísima Madre ha dicho en otro mensaje -en el que también pedía rezar por los pastores- que junto a ellos ha de triunfar.
         
Los pastores de la Iglesia son aquellos que han recibido el ministerio de Cristo mismo por la unción del Espíritu Santo. Por eso, deben ellos arder del celo del Señor y por la salvación de las almas. Deben proclamar a tiempo y destiempo que uno es el Salvador, Jesucristo, y Él debe ser conocido, amado, adorado.
         
Un gravísimo daño de esta época es haber cambiado el celo en el anuncio de salvación por una propuesta, la fuerza y la provocación de la proclamación evangélica por una promoción de valores evangélicos. Hasta en algunas partes se ha llegado a proponer la fe al consenso y se ha hecho general la idea de confundir la misma salvación con el bienestar material.
         
Es un grave error que implica un grave mal oponer el hambre físico al hambre espiritual. Lamentablemente no son pocos quienes en la opción fundamental de la Iglesia por los pobres lo traducen simplemente como una categoría sociológica y hasta política. El pobre no es sólo quien no tiene techo ni qué comer sino también el que está sumido en la miseria espiritual. Muchas veces ambas realidades coinciden pero la segunda, la miseria espiritual, es mucho más amplia que la otra. Cuando existen esos prejuicios y confusión se establece la falsa prioridad de satisfacer necesidades materiales antes que las espirituales y no, como debe ser, ambas a la vez. Se las opone, para relegar y acabar no dando el alimento espiritual.
Quien tiene hambre y padece frío y vive en la calle necesita tanto comida y abrigo como saberse amado por Dios, saber que hay un Dios que se hizo hombre, que lo ama de amor eterno y que se sacrificó por él.
         
Ciertamente, para llevar a Cristo al otro debo tenerlo y lo tengo por mi oración y mi conducta. Si no tengo a Cristo en mí no puedo darlo a los demás. Así como tampoco puedo dar amor, ni llevar paz, ni esperanza ni luz si antes no la recibo de Dios. Y lo recibo en la medida que oro, que soy coherente con mi fe, que me arrodillo en adoración, que comprendo que la verdadera comunión exige adoración porque es el encuentro con quien es mi Dios, mi Creador, mi Salvador. Es la Eucaristía, la presencia viva del Señor, celebrada y adorada, que nos hace misioneros. Una Iglesia auténticamente eucarística es auténticamente misionera.

         Si es necesario que la Virgen venga hasta nosotros, si insiste tanto en la oración por los pastores, es porque necesita de ellos, y por eso los llama directamente y a través de la intercesión de todos, a despertar del letargo, del escepticismo, de la claudicación ante el mundo para ser o volver a ser verdaderos pastores.
         
El pueblo de Dios, más aún, todo el mundo tiene una gran necesidad de pastores que adviertan de los peligros y defiendan a sus rebaños; que les enseñen y eduquen en la verdadera fe; que le hablen de Dios con palabras simples, como hacía Jesucristo; que recen y se sacrifiquen por la salvación de todos y cada uno. Los fieles añoran los verdaderos maestros de oración y de celebración; sacerdotes que adoren con ellos y les enseñen a amar y adorar al único Dios, en su concreta presencia eucarística.
         
Porque la Iglesia en su conjunto, pastores y pueblo de Dios, está necesitada más que nunca, porque está siendo atacada con furia desde fuera y desde dentro, porque Satanás está lanzando el ataque final, es que Ella –Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes- viene y dicta estos mensajes esperanzadores y exhorta a la oración y a la intercesión por los pastores de la Iglesia de su Hijo.

Llamados a ser salvados y a salvar junto a Ella

         
La Santísima Virgen no acusa a nadie. Su llamado es a que la ayuden en esta obra de salvación, para que enseñen a los otros que no lo conocen, quién es Dios, cuánto nos ama.
         Esa es la misión corredentora de la Virgen: Ella junto a sus hijos –primero de todos los pastores- llevando a todos los demás, los alejados, a su Hijo, el Salvador.
         
Para eso cuenta con nuestro camino de santidad, de esa conversión diaria a la que nos llama desde hace treinta años. Cuenta con ello porque sólo así podremos dar ejemplo, podremos interesarnos por el otro, podremos ser luz para quien está en la oscuridad.
         Conversión significa salir de uno mismo, vaciarse de egoísmo para dejar pasar la luz que viene del acercamiento a Dios. Decía Simone Weil, esa maravillosa mujer -judía y filósofa también ella como nuestra santa Edith Stein- convertida a Cristo, que para recibir el don hay que vaciarse. Para dejar pasar a Dios hay que abrir por entero el corazón, o sea hacer ese vacío de nosotros mismos que nos hace “más plenos de la plenitud”. San Antonio de Padua decía: “Dale a Dios lo tuyo (todo) y Él te dará lo suyo (todo). Así no tendrás nada para ti, porque tendrás todo Él en ti mismo”.
         
Despojémonos de nuestros egoísmos, de nuestros miedos y seguridades y abramos el corazón a la Enviada de estos tiempos finales para que Ella nos guíe por el camino que conduce a su Hijo y de Él al Padre.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de noviembre de 2011

¡Queridos hijos! Hoy deseo darles esperanza y alegría. Todo lo que está en torno a ustedes, hijitos, los conduce hacia las cosas terrenales. Sin embargo, yo deseo conducirlos hacia el tiempo de gracia, para que durante ese tiempo estén lo más cerca de mi Hijo, a fin de que Él los pueda guiar hacia Su amor y hacia la vida eterna que todo corazón anhela. Ustedes hijitos oren, y que este tiempo sea para ustedes tiempo de gracia para vuestra alma. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

         Veamos lo primero que nos dice la Santísima Virgen: “Hoy deseo traerles esperanza y alegría”. A continuación, para indicarnos qué se opone a su deseo, dice: “Todo lo que está en torno a ustedes los lleva a las cosas terrenales, pero yo deseo llevarlos hacia el tiempo de la gracia, para que en ese tiempo estén siempre cerca de mi Hijo...”
         Vivimos inmersos en un mundo que provoca un fuerte influjo de atracción hacia las cosas terrenales. Ese mundo -en el que estamos pero al que no debemos pertenecer- atrapa, distrae, desvía, desorienta, anestesia y corrompe. A esas fuerzas, que de perniciosas se vuelven destructivas, se opone la fuerza de la gracia que nos trae la Madre de Dios para llevarnos a su Hijo, único Salvador de los hombres.
         Nuestra Madre viene a traernos o a despertar en nosotros la esperanza y la alegría y todas las gracias y bendiciones que vienen de la cercanía con Cristo.
         Las cosas del mundo –que prometen felicidad y grandes logros- acaban dejándonos en la desesperanza, cuando no en la desesperación, y en la tristeza y depresión.

         Un ejemplo: Hace muy poco llegó una noticia sobre grandísimas ofertas comerciales que acabaron en tragedia. Fue en los Estados Unidos, pero podría haber sido en cualquier otra parte del mundo. Más que pujar, la gente se desesperaba por ser los primeros para aprovechar lo que daban a bajísimo precio o regalaban, y hubo peleas y muertes. Un caso como ese es límite pero, aún así, muestra una realidad: cómo se busca la falsa felicidad en las cosas materiales y en bienes terrenales, que por ser tales son pasajeros y no han de dejar traza alguna. La avidez por las cosas de este mundo ahoga el anhelo de Dios. Comprobamos, por ejemplo, que cuando las personas suplantan la celebración dominical por los ídolos, sean éstos el Shopping o el deporte o cualquier otro, y pasan horas y horas en centros comerciales o agolpados en estadios o frente a una pantalla, rechazando honrar al Señor en su día; por más que pueda parecer que gocen de la jornada, al final en el corazón experimentan vacío, tedio y finalmente hartazgo de la vida.

         ¡Cuántas horas van desperdiciadas, cuando no contaminadas, frente al televisor o a una computadora u ordenador! La Santísima Virgen decía a uno de los grupos de oración, que había sugerido formar en Medjugorje, que después de ver la televisión se perdía la voluntad de orar. Sobre todo ahora que los contenidos de la televisión suelen ser veneno para el alma, abstenerse de la televisión es de gran provecho y éste podría ser uno de los modos de preparar este Adviento, este tiempo de gracia y de esperanzadora espera del Señor.
         Se suele decir: “hay que matar el tiempo”, porque no se soporta “no hacer nada”. La Madre de Dios viene, en cambio, para que hagamos, del tiempo que nos es dado, tiempo de vida, tiempo de gracia, de la gracia que Ella viene a traernos.

“Yo deseo llevarlos hacia el tiempo de la gracia, para que en ese tiempo estén siempre cerca de mi Hijo, para que Él pueda guiarlos hacia su amor y hacia la vida eterna, a la que todo corazón anhela”
         El corazón humano jamás puede ser saciado de cosas materiales ni de glorias terrenas. Aquellas sabias palabras de san Agustín: “Nuestro corazón no encuentra paz hasta que no reposa en Ti”, reflejan una verdad permanente.
         En otoño, si las hojas caídas cubren el sendero no se sabe por dónde ir. Basta que sople el viento para que se descubra nuevamente el camino. Así ocurre con las hojas del orgullo, de la vanidad de las cosas del mundo, de todo lo terreno que está destinado a morir, de todo lo que por pertenecer a la tierra en la tierra quedará (cosas meramente materiales que se acumulan junto a honores y vanaglorias de este mundo). Todo eso impide ver el camino de la vida y llegar a destino. El destino para el que fuimos creados es el Cielo y al Cielo lo alcanzamos sólo por Jesucristo.
         La Santísima Virgen viene para que el Espíritu Santo con su soplido barra todo la hojarasca de las cosas terrenales y quede descubierto el Camino, Jesucristo, que nos conduce a la plenitud del amor y a la vida del gozo eterno.
         Tiempo de gracia es tiempo de cercanía de Dios. Tiempo de gracia es tiempo de adoración; es tiempo de escucha de la Palabra que, acogida, se encarna como lo fue en María, y es atesorada en el corazón para volverse vida fecunda.
         La Eucaristía, ha dicho el Santo Padre, es la respuesta de Dios al hombre. Es la respuesta al corazón en su anhelo de infinito y eternidad, de belleza y bondad, de paz y alegría.

         Uno de los más importantes frutos de Medjugorje es mostrar la centralidad y primacía de la Eucaristía. El programa vespertino fue pedido por la misma Virgen. Las dos series de misterios del Rosario, que se rezan al inicio, son en preparación a la celebración de la Santa Misa. Tres días a la semana hay adoración comunitaria al Santísimo Sacramento. Allí, en la Eucaristía celebrada y contemplada, está el centro de Mejdugorje. Alrededor del centro de la presencia eucarística del Señor, están los Rosarios que anteceden y siguen a la Misa y la confesión sacramental que reconcilia el alma con Dios, la purifica y la prepara para recibir al Señor.
         En la adoración se experimenta la cercanía del Hijo de María e Hijo de Dios. En la Eucaristía celebrada y especialmente en la culminación de la comunión sacramental, se produce el encuentro con el Emanuel, con el Dios con nosotros y por nosotros; con Dios que más cerca e íntimo no puede estar. En la adoración eucarística queda expuesta nuestra vida ante el Santísimo expuesto, y el encuentro se vuelve más íntimo, profundo, intenso.
         Dijo el Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6:56). Y también ha dicho: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto” (Cf. Jn 15:5). Sólo una vida intensamente y verdaderamente eucarística es portadora de mucho fruto. Quien, purificado el corazón, vive la Santa Misa y adora al Santísimo permanece en el amor del Señor y lleva ese amor y toda gracia recibida a los demás.
         Este tiempo de gracia se manifiesta en el amor, hacia Dios y hacia los demás. Por el amor se amplía cada vez más el círculo de las personas a las que volvemos nuestra atención, nuestros cuidados, nuestra intercesión a Dios por ellas. Este tiempo de gracia nos hace comprender y vivir lo que decía san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”.
         ¿Qué nos cabe hacer a nosotros para acoger y aprovechar este tiempo de gracia? Pues, abrir el corazón, acercarnos al Señor en adoración y oración. Para muchos significará dejar un mundo artificial para recuperar la sencillez de la vida. Para todos, aceptar dócilmente lo que la Madre de Dios nos propone: dejarnos llevar al Señor, para que Él, Jesucristo, nos guíe hacia el amor, hacia la vida eterna.

         Madre, que la presencia de tu Hijo nos fascine con su belleza, nos envuelva en su amor, nos muestre la vanidad de las cosas del mundo que pasa, nos renueve y nos libre de caer en la esclavitud del pecado.
         Enséñanos, Señor, a apreciar con sabiduría los bienes de la tierra, en la continua búsqueda de los bienes del cielo. Colma con tu presencia en nuestras vidas, con la cercanía a la que nos llamas, el anhelo más profundo de nuestro corazón. Amén.


P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de diciembre de 2011

Queridos hijos, estoy con ustedes como Madre, para ayudarles a que con mi amor, oración y ejemplo se vuelvan semilla de lo que ha de venir. Una semilla que se desarrollará en un fuerte árbol y extenderá sus ramas en todo el mundo. Para volverse semilla de lo que vendrá, semilla del amor, oren al Padre para que les perdone las omisiones que hasta ahora han tenido. Hijos míos, solamente un corazón puro, no sobrecargado por el pecado, puede abrirse y sólo ojos sinceros pueden ver el camino por el que deseo conducirlos. Cuando comprendan esto comprenderán el amor de Dios y ese amor les será dado. Entonces ustedes lo darán como semilla de amor a los demás. Les agradezco.

Comentario

La clave de la venida de la Virgen
         En este nuevo mensaje, la Reina y Madre de la Paz da respuesta a preguntas recurrentes: “¿Por qué y para qué viene la Virgen?” y “¿Por qué durante tanto tiempo?”. Ella viene a que sepamos de su proximidad en estos tiempos tan especiales; a prepararnos a lo que vendrá, y a conducirnos en ese tránsito iluminando la oscuridad.
         Su presencia nos confirma que no nos deja solos en la época más peligrosa que jamás haya conocido el mundo. Puesto que en ninguna otra época de la historia fue tan grande y extendido el rechazo a Dios. Nunca antes como ahora se oscureció la verdad, relativizándola, hasta el punto en que siendo todas “verdades” ninguna lo es. También, por lo mismo, la fe es relegada a una opción como cualquier otra y la moral se vuelve mera cuestión privada relativa a cada uno. Muchos científicos no ponen límites éticos a sus investigaciones y lo mismo los tecnólogos a sus prácticas. Todo vale, todo es posible. Nunca antes, por fin, tuvo el hombre el poder militar de aniquilamiento total del que ahora dispone.
         Si, en estos momentos de altísimo riesgo para la salvación eterna de las almas y para la misma subsistencia del género humano, la Santísima Virgen no apareciese durante tanto tiempo y con tanta frecuencia no sería nuestra Madre, no sería quien es.
         Es absolutamente impensable que, justo cuando mayor es la concentración de mal y la humanidad está más indefensa que nunca, nuestra Madre del Cielo permaneciese callada, ausente, con venidas esporádicas.
         Dios mismo en su infinita sabiduría, providencia y misericordia envía a la Santísima Virgen para oponer al mayor mal de la historia el mayor amor puramente humano; a la mayor soberbia y rebelión contra Dios la mayor humildad y obediencia.
         Viene sí; aparece y da mensajes la Reina de la Paz. Viene a nosotros desde hace más de una generación, y viene todos los días. Viene para guiarnos, enseñarnos, formarnos, advertirnos, protegernos.
         Ésta y no otra es la clave de interpretación de estos acontecimientos y el punto de partida de todos los mensajes. A partir de allí todo se entiende. Se entiende que su presencia nos devuelva y aumente la esperanza; que venga a enseñarnos cómo vivir la fe y cómo debemos amar.
         Viene para actuar -primero en nosotros y luego a través de nosotros- el plan de salvación de Dios, que es el de la propagación del amor. Del amor verdadero, del amor que salva, del amor como el de la Virgen que es don de sí, generoso, desinteresado, gratuito.
         Viene para que la semilla de amor del Reino crezca en cada uno y de cada uno se extienda a otros hasta –como reacción en cadena- alcanzar al mundo entero. Viene a enseñarnos a ser Iglesia, porque la Iglesia es, en forma germinal, el Reino ya presente en la tierra, a su vez simiente del Reino definitivo.
         Es decir, la Madre de Dios viene a ayudarnos para lo que ha de venir.

Lo que ha de venir y lo que se opone
         Y ¿qué ha de venir? El tiempo mesiánico anunciado por los profetas y esperado por Israel, el del orden definitivo de la justicia, el amor y la paz. Ese tiempo, el del triunfo del Corazón Inmaculado de María, el del triunfo de la vida sobre la muerte y la destrucción, el de la victoria del amor sobre el odio exterminador, no ha llegado aún. Pero debe venir y vendrá, porque el Señor nos lo aseguró, porque la Iglesia lo espera. Será el final de estos tiempos que estamos viviendo, de la imagen de este mundo que pasa, y el comienzo de los cielos nuevos y de la tierra nueva en los que habite la santidad. Será el principio de la restauración final que obrará Jesucristo, cuando Dios sea todo en todos.
         Pero, esa victoria no ha de venir sin antes un gran enfrentamiento contra las fuerzas del mal. No despuntará el nuevo día sin antes pasar por la noche, que avanza ya.

         En los primeros cristianos era muy fuerte la espera de Jesús que, según prometió, debe volver en la gloria. Hace muchísimo tiempo que aquella tensión de espera se debilitó –en parte por la sensación de inminencia que tenían los antiguos- hasta ahora perderse. Aunque lo repetimos en el Credo (“vendrá en la gloria a juzgar a vivos y muertos”) y en la misma Eucaristía que celebramos (“Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!”), esas han acabado siendo fórmulas dichas por hábito y sin atención, más que una declaración trascendente de fe.
         Sin embargo, se aproxima la hora en que aquel “¡Ven Señor Jesús!” ha de volverse clamor.

         En el tiempo de su vida en la tierra, Jesús fue reconocido por pocos como el Mesías. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” dice san Juan en el prólogo de su Evangelio. Esas palabras –referidas a Israel- siguen siendo tristemente actuales. Dios vino a la humanidad, haciéndose hombre en Jesucristo. Jesucristo permanece con nosotros, por tanto está aquí. Está oculto en el misterio que sólo la fe devela. Y Jesucristo sigue viniendo en cada momento y acontecimiento. Está a la puerta y llama, pero la puerta no se abre. Muchos de los suyos de hoy, los que se dicen cristianos tampoco lo reciben, y otros abjuran del anterior cristianismo y lo rechazan. Rechazar a Cristo es rechazar al amor, rechazar la salvación.
         Por eso, la Santísima Virgen viene a sembrar la semilla del amor en cada uno, a conducirnos dulce y firmemente a la verdad de la fe; a llevarnos a su Hijo y a través de Él al Padre. Para que todos seamos uno y Dios sea todo en todos.

El mensaje de la Virgen
         El Reino es objeto de los ataques de los poderes del mal. La semilla del amor que la Virgen quiere poner en nosotros es constantemente sofocada para que no crezca y cizaña es arrojada por el Enemigo. La cizaña de lo que parece ser de Dios, que aparenta buena semilla, y en realidad es del Enemigo, la cizaña de la confusión, de la desviación y del error.
         La Santísima Madre viene a combatir contra Satanás y los espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Viene para protegernos, para advertirnos de sus astucias, y enseñarnos que al Enemigo se lo vence con el amor mutuo, la oración y el ayuno del corazón. A recordarnos, en fin, que siendo el Enemigo todavía poderoso su Hijo, que es el Todopoderoso, ya lo venció y que por Él y en Él nos viene la victoria.
         Cada mensaje de la Reina de la Paz es un llamado, una invitación a seguirla, en el abandono confiado a su guía, haciendo lo que nos pide hacer.
         Ahora nos pide que supliquemos al Padre para que nos perdone las omisiones que hasta hoy hemos tenido. Omisiones que no deben entenderse tan sólo como pecados de omisión, sino más ampliamente como faltas al amor. Por cierto que muchísimas de esas faltas ni recordamos ni hemos sido en su momento plenamente conscientes de haberlas cometido.
         Esas omisiones, como las llama nuestra Madre en este mensaje, significan alejamiento de Dios, enfriamiento del alma, endurecimiento del corazón. En el corazón endurecido no puede germinar la simiente de amor.
         Una oración que, reconociendo la propia miseria, desde la humildad del corazón se eleve, diciendo: “¡Señor, muéstrame en qué he pecado, en qué te he ofendido! ¡Espíritu Santo ilumina mi alma para que vea todas sus manchas!” “Perdona, Dios mío, todas las veces que te he ofendido”, seguramente ha de ser respondida. Ese corazón contrito buscará la reconciliación con Dios y su misericordia en el sacramento de la confesión.
         Muchos dicen: “No sé qué confesar”. Otros: “No tengo nada grave que confesar. No he matado a nadie, no he robado”. Ciertamente, puede una persona no haber robado, manteniéndose siempre honesta en lo suyo y en lo de los demás. Por ejemplo, en el trabajo no quedándose con dinero ni hurtando tiempo para sí. Pero, debe preguntarse si siempre ha dado, dado de sí o de lo suyo. ¿O acaso más de una vez se acuarteló en su egoísmo y negó dar amor, consuelo, esperanza, gestos y palabras de amistad, dinero, abrigo, comida a alguien que lo necesitaba? Todos nosotros alguna vez hemos sido mezquinos e indiferentes, y sin siquiera habernos dado cuenta de serlo.
         Tú no has matado a nadie, pero ¿has siempre perdonado? ¿A todos? ¿No habrá alguien a quien hayas sepultado, cancelado de tu vida sin nunca haberlo perdonado?
         Sólo para dar otro ejemplo común: se cae en pecado por el simple hecho de estar frente a una pantalla, hasta digamos pasivamente, consintiendo ver imágenes o escuchar cosas que ofenden a Dios.
         Muchas son las omisiones, las faltas al amor, los pecados que nos ocultamos a nosotros mismos y grande, inmensa, la necesidad de perdón de Dios y de su misericordia, que restituyen la gracia perdida y nos salva.
         El amor misericordioso de Dios que nos perdona hace de nosotros deudores, que deben dar del amor recibido a otros necesitados, y deben ser partícipes de la obra de salvación de todos los que, por no conocer el amor de Dios, están alejados de Él.
         El amor gratuito de Dios, el amor que viene a traernos la Reina de la Paz es el amor que gratuitamente daremos a los demás. Como la semilla crece y se vuelve árbol y ese árbol a su vez da nuevas semillas, así también el amor que crezca en nosotros, por su misma naturaleza, será dado a otros.

Última reflexión a modo de advertencia
         Las palabras de la Virgen son esperanzadoras, llenas de amor y de compasión. No viene a anticiparnos calamidades, que seguramente vendrán, ni a mostrarnos toda la oscuridad que ya hay, ni siquiera nos habla de la tribulación que ha empezado. Nada de eso es motivo de sus mensajes, como tampoco lo fue antes la guerra, cuando estaba pronta a estallar en los Balcanes, ni cuando luego arreciaba. Por lo contrario, vino a decirnos cómo hacer para evitarla y, una vez declarada, para detenerla, y siempre dirigió sus mensajes a nuestra conversión a Dios.
         Estos mensajes de la Madre de Dios contrastan con otros que falsamente se le atribuyen y que son portadores de angustia, de miedo paralizante y que alimenta en muchos el morbo. Algunos de los mensajes en cuestión viene con indicaciones más o menos difusas de lugares o de inminencia de fechas.
         Nuestra Madre nos envuelve con su amor, nos trae esperanza, reaviva nuestra fe. No viene a atemorizarnos, a acusarnos ni tampoco a darnos falsas expectativas. Viene a que concentremos nuestra atención en Dios, en sus medios de salvación en la Iglesia y a que a todos consideramos hermanos que deben alcanzar la salvación. No viene para unos pocos sino para todos.
         Las falsas revelaciones que hoy pululan, aparecen a primera vista como buenas, hasta hablan de la Misa, del Rosario, de la adoración, y los recomiendan; pero encierran el veneno de la desviación presente y futura, de la exaltación del presunto vidente y distraen hacia acontecimientos que dice que acaecerán.
         Hablan de cosas terribles y no hablan de la victoria final.
         Escribía san Agustín, en sus comentarios sobre los salmos, que si amamos al Señor no debemos temer su venida. “Odiemos el pecado, y amemos al que ha de venir a castigar el pecado… Vendrá y no sabemos cuándo; pero, si nos halla preparados, en nada nos perjudica esta ignorancia”. Podemos decir lo mismo de otro modo. En nada nos aprovecha conocer fechas si no estamos preparados, si no hacemos que la simiente del amor crezca en nosotros y ayudamos para que en otros sea plantada. Eso es lo que cuenta. Del resto, queridos hermanos, mucha prudencia. No caer en el engaño.

         Que María, concebida Inmaculada y siempre Purísima, quite en nosotros las manchas del error y por su intercesión podamos presentarnos irreprochables ante el Señor el día de su venida (Cf. 3 P 3:14; 1 Tes 3:13; 1 Cor 1:8; Col 1:22).

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de diciembre de 2011

¡Queridos hijos! También hoy les traigo entre mis brazos a mi Hijo Jesús para que Él les dé su Paz. Oren hijitos y den testimonio para que en cada corazón prevalezca no la paz humana sino la paz divina que nadie  puede destruir. Esa es la paz del corazón que Dios da a aquellos que ama. Todos ustedes por medio del Bautismo son llamados y amados de manera especial, por eso, den testimonio y oren para ser mis manos extendidas en este mundo que anhela a Dios y a la paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 

Comentario


    
En el quieto silencio que todo lo envuelve, mientras la noche alcanzaba la mitad de su curso, tu Verbo Omnipotente, Oh Señor, ha descendido del Cielo, del trono real (Cfr. Sab 18:14-15).

 

Un ángel anuncia a los pastores que el Mesías acaba de nacer en la ciudad de David. Al primer ángel se une un ejército celestial que alaba a Dios con jubiloso canto, diciendo: “Gloria a Dios en el Cielo y paz a los hombres que ama el Señor”. Los pastores, que al principio han sentido un gran temor, de pronto se ven abarcados por una paz desconocida, sobrenatural y una gran alegría los inunda. La noche es iluminada por la gloria del Señor. Es Navidad. Llega la paz a la tierra en el corazón de los hombres amados por Dios.

 
¡Queridos hijos! También hoy les traigo entre mis brazos a mi Hijo Jesús para que Él les dé su Paz

En esta Navidad, la Virgen no viene simplemente a transmitirnos un deseo o recordar el acontecimiento de infinita grandeza, sino a traer a su Hijo, Niño en sus brazos, para que recibamos su paz. Ese Niño es nuestra paz.

 

Muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, Isaías había profetizado: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, lleva al hombro el señorío y es su nombre... Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la Paz” y “la paz no tendrá fin” (Cfr. Is 9:5.6). Como recordaba el Santo Padre en la Misa de Nochebuena, es la única vez en el Antiguo Testamento que de un niño se dice que su nombre será Dios fuerte, Padre para siempre. Será en la plenitud de los tiempos que se manifieste Dios oculto en la fragilidad e indigencia de un niño, quien trae y dará la paz a los hombres, una paz sin límites. Porque la paz de Dios viene de aquel niño, Dios encarnado, que ya hombre muere en la cruz. El amor de Dios se manifiesta tiernamente en el Niño de Belén y en el sacrificio de Jesucristo en Jerusalén.

La paz que irradia del Corazón traspasado de Cristo crucificado en el Gólgota abarca todo el espacio y el tiempo de la humanidad, y es signo y fruto de su amor infinito.

 
Oren hijitos y den testimonio para que en cada corazón prevalezca no la paz humana sino la paz divina que nadie  puede destruir

Poco antes de entregarse voluntariamente a su Pasión, el Señor les dice a sus discípulos y también a nosotros: “Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo”  ( Jn 14:27). La paz de Cristo, o sea la paz divina, es un don suyo no fabricación humana. Es don infinito, inestimable, plenitud de los bienes espirituales, que todos anhelan aunque no todos conozcan. Es la paz del corazón convertido a Dios, la paz que se nutre de oración y de perdón, la que viene de la Eucaristía, la paz de permanecer en el amor de Dios. Esa paz, la única verdadera, la que da Cristo, no puede ser quitada ni por las asechanzas del mundo ni por los furiosos embates del Enemigo.

 

El mundo entiende por paz la inexistencia de guerra o de conflictos armados o sociales. En sentido personal supone un cierto estado de tranquilidad condicionado a múltiples factores como, por ejemplo, tener un trabajo remunerado, no padecer privaciones ni enfermedades de gravedad, tener un “futuro materialmente asegurado”, estabilidad en el ambiente familiar y laboral, no temer por la seguridad física propia ni de familiares y amigos y no sentirse expuesto a crisis económicas y financieras ni a inestabilidad en general.

Se comprende que raramente se dan todos esos factores juntos y aún así nadie ignora que una situación tal no puede durar para siempre. Es por ese motivo que la incertidumbre que supone el futuro se vuelve inquietud, que muchos, al no tener a Dios en sus vidas, pretenden salvar recurriendo a alguna de las tantas formas de adivinación o conjurar por otros medios.

La única certeza acerca del futuro es que en algún momento concluirá la vida, tanto la propia como la de las personas más queridas, y ante tal pensamiento -para quien ignora a Dios- sobreviene la angustia y en casos extremos el pánico. 

La paz del mundo no resiste al menor viento de adversidad.

Por lo contrario, la paz que Dios nos pone en el corazón nadie puede quitarla. Es un sello que no se rompe ni ante las calamidades, ni ante la guerra, ni ante la grave enfermedad. Nada ni nadie puede destruirla. Sí contrariar, atacar pero nunca destruir. Sólo nosotros podemos quitárnosla si nos apartamos de Dios. 

Esa es la paz del corazón que Dios da a aquellos que ama. Todos ustedes por medio del Bautismo son llamados y amados de manera especial, por eso, den testimonio y oren para ser mis manos extendidas en este mundo que anhela a Dios y a la paz

Dios quiere que su paz se propague a toda la humanidad. Y a ello viene la Reina de la Paz, a pedirnos oración y testimonio, para ser sus manos extendidas y alcanzar a todos los que no han querido, no han sabido o no han podido acercarse a Cristo para encontrar su paz.

 

En estos días leía un sabio artículo sobre el nacimiento de Cristo en el que se preguntaba el autor qué sería de nosotros sin ese acontecimiento inesperado para la humanidad. Respondía que no le quedaría al hombre más que hacerse budista o terminar en la mayor banalidad.

Por no conocer a Cristo, por no haber sabido de Él o por haberlo ignorado, por no haber encontrado quienes sí tuvieron y tienen encuentros con el Señor, muchos en Occidente –por falta de la paz verdadera- han ido a hurgar en el Oriente en busca de una supuesta armonía cósmica y de una fuga de la vida para conjurar la angustia de la muerte.

Ellos y todos son llamados a acoger y vivir la buena, bella noticia de Dios que se hizo hombre para salvarnos. Deben también ellos descubrir -y nosotros somos los medios, los instrumentos convocados por la Reina de la Paz- en ese Niño nacido en Belén al Dios con nosotros que nos trae la paz y la vida verdadera. Mientras no lo descubran -a través de nuestro testimonio, de nuestra oración de intercesión por ellos y de acercamiento nuestro a Dios, fuente de la paz y del amor infinito- seguirán transitando caminos que llevan a la nada. Porque si para ellos Dios no vino a la tierra, si no se ha plantado su cruz en la historia de la humanidad, haciendo de su carne mortal instrumento de salvación, si la eternidad no se ha unido al tiempo, lo Infinito a nuestra finitud, dando a la vida un significado de eternidad, toda nuestra existencia es tan sólo un preludio lleno de ruido hacia la nada, al nirvana. Si no hay un Dios que redima, que salve al hombre, todo se deshace como el humo en el aire. Al hombre no le quedaría más que liberarse escapando de la realidad, despreciándola, denunciándola como ilusión y anestesiándose.

 

El corazón humano no puede encontrar la paz que anhela si no es en Cristo. Por lo mismo, todos los hombres deseando la paz, anhelan, aún sin saberlo, a Dios, revelado en Jesucristo.

 

Recibimos la paz de Cristo no para retenerla egoístamente en nosotros sino para ser portadores y llevarla al mundo. La paz que llevamos es la que recibimos y renovamos en cada encuentro con el Señor, en cada momento de oración del corazón, en cada Eucaristía celebrada y adorada.

 

La adoración a Jesucristo en el Santísimo Sacramento es lugar de encuentro íntimo y privilegiado con Él y la forma más elevada de oración posible que nos impulsa a dar testimonio de vida. La Eucaristía recibida en cada comunión sacramental es un encuentro personal con el Señor que, por eso mismo, exige de nosotros adoración. En uno y otro caso, Jesús, desde su presencia eucarística, nos vuelve a dar la paz y todas las gracias para ser portadores de los bienes recibidos al mundo, a nuestro mundo, al ambiente en que vivimos y nos movemos y, al mismo tiempo, nos vuelve testigos de su presencia viva entre nosotros. Quien adora, aún en el silencio, da testimonio a los demás de su fe y de su amor hacia Dios.

 

Un médico, que se definía agnóstico, se sintió interpelado por la existencia de una capilla de adoración perpetua en su ciudad. Le habían dicho que allí se adoraba a Dios presente en la Santísima Eucaristía y que se sucedían hora tras hora adoradores durante todo el día y toda la noche, siempre, sin interrupción, todos los días. Además, supo que la adoración era silenciosa y que no daban absolutamente nada. Se dijo a sí mismo: “Algo debe haber para que siempre, en todo momento, haya personas y pasen horas en silencio”. Así que decidió ir. Experimentó una paz que nunca antes había conocido. Desde aquella vez no deja ni un solo día de visitar al Santísimo. Se levanta media hora antes para estar con el Señor antes de ir al hospital.

En otra capilla de adoración perpetua, una señora dejó una nota firmada. Decía: “Son más de diez años que no pongo un pie en una iglesia católica. Si antes lo hice fue sólo por alguna visita de arte. Aún no sé cómo entré en este lugar (la capilla). Creo en la paz que aquí hay y quiero encontrarla”. ¿Quién hizo posible ese primer encuentro? Desde luego que la gracia de Dios, pero también las personas que estaban allí en adoración permitiendo que la capilla estuviera abierta y la misma intercesión de los adoradores por personas que no conocen.

En estos días he conocido una religiosa china. Cuando me dijo que venía de la China pensé que venía de Taiwán. No, venía de la China continental, bien del interior. Me contó llena de alegría que en su aldea tienen un párroco santo (me decía sonriendo “como el Santo Cura de Ars”), que pasa mucho tiempo en adoración y les ofrece un gran ejemplo a todos. Sorprendentemente, ellos tienen la Adoración Perpetua. Como la aldea es muy extendida, el párroco la dividió en cuatro partes, de acuerdo a los puntos cardinales, y en cada uno estableció una casa como lugar de adoración permanente. Decía la Hermana, con gran orgullo y alegría, que una de esas casas era la de sus padres. Todos adoran al menos una hora a la semana. Su padre, me seguía contando, lo hace un día por la noche, de una a dos. Su tío lo sigue, de las dos a las tres. Su madre durante el día. Y agregaba: “Es de la Adoración Perpetua que sacamos las fuerzas y tenemos la fortaleza y la paz para hacer frente a la persecución (recuerdo que la persecución es muy dura, que muchos obispos, sacerdotes y fieles son encarcelados, desaparecidos y muertos). Es de la adoración que salen los nuevos misioneros, jóvenes que reciben instrucción para llevar el Evangelio a otras partes. Es de la adoración que nacen las vocaciones a la vida consagrada”.

 

A la oración, a dar testimonio de Cristo, de su salvación, de su paz, de su amor, todos somos llamados. Todos los bautizados somos llamados a ser portadores y constructores de paz y a proclamar, a quien aún no conoce a Dios, la Buena Nueva que Dios lo ama con amor eterno, que por ese amor sin límites se hizo hombre para salvarlo, darle la paz, hacerle conocer el verdadero amor preludio del Cielo que le espera, si cree en Él y cumple sus mandamientos. Y decirle también que no tema, porque el Señor está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Cfr. Mc 16:15-16; Mt 28:20).

 

Que el Señor nos bendiga y nos guarde,

que ilumine su rostro sobre nosotros y nos sea propicio,

que nos muestre su rostro y nos conceda la paz (Cfr. Num 6:22s)  

P. Justo Antonio Lofeudo

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¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!


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