Comentario de los mensajes

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Año 2003

Del 25 de enero de 2003

     Resulta más que llamativo que en el arco de un mes nuestra Santísima Madre haya dado tres mensajes (ver más abajo) en los que nos invita a orar por la paz y a dar testimonio de ella. Esta insistencia nos hace ver dos cosas muy importantes: que estamos ante acontecimientos presentes e inmediatos futuros de extrema gravedad, y que esos acontecimientos pueden ser evitados por medio de la oración.
     La pobre paz del mundo, la que solamente se manifiesta porque no hay lucha armada entre ejércitos o entre poblaciones, la paz de las naciones está seria y gravemente amenazada. A esto alude nuestra Madre cuando dice que "especialmente ahora, cuando la paz está en crisis". Es el conflicto que pone en crisis todo el precario equilibrio de naciones que, hasta ahora, son no beligerantes o que, por lo menos, no están envueltas en una guerra abierta.

     La guerra es como la peste, una vez que se desata se va propagando sin límites, rompiendo contenciones, infectándolo todo, sembrando la muerte a su paso.
     Si escuchamos y ponemos en práctica el mensaje de la Reina del Cielo estaremos a tiempo de detener la inminente guerra. En momentos en que todo parece perdido, en que las sombras de muerte se alargan sobre el mundo y nada parece parar el desenlace de una guerra, es cuando debe brillar más intensamente nuestra oración y nuestro testimonio, la prueba de nuestro amor y compromiso con la Virgen, nuestra Madre, y con su Hijo, Nuestro Señor.

     No importa cuán lejos pueda estar el teatro de las acciones si con fe en el poder sin límites de la oración -que clama desde la humildad y la confianza al Señor de los Ejércitos y Rey de la Paz- hacemos lo que la Santísima Virgen nos pide: orar y dar testimonio. Ciertamente, esto que parece tan fácil exige de nosotros compromiso sincero, fuerte convicción y gran coherencia. Porque no sólo debemos ser persistentes y orar con fe, sabiendo que Dios todo lo puede y que somos asistidos por la omnipotencia suplicante de María, sino que además debemos dar ejemplo de paz, ser testigos de Cristo, nuestra paz, ser nosotros mismos paz para los demás. 
     La coherencia exige no sólo rezar por la paz sino no ser nunca elemento de discordia, no responder la agresión personal con agresión, no ser presas de la violencia en los hechos o en los gestos. Ser custodios de ese bien que la gracia de Dios nos ha regalado. Ser, en una palabra, conscientes de trabajar para la paz en la oración de cada momento, en las intenciones de las Misas que celebramos, en el trato con cada persona que encontramos o a la que nos dirigimos. 
     Y si por nuestra fragilidad humana caemos en actos o en palabras o actitudes que contradicen el testimonio de paz al que estamos obligados, entonces debemos de inmediato purificar nuestro corazón por medio del sacramento de la reconciliación para recuperar la paz perdida y para recibir nuevas fuerzas en el camino de paz. A este respecto recordemos qué nos decía nuestra Madre en el mensaje anterior: "Este es tiempo de grandes gracias, pero también tiempo de grandes pruebas para todos aquellos que quieren seguir el camino de la paz". Y a continuación nos decía que, por eso, para superar las pruebas debíamos orar con el corazón y convertirnos. Precisamente, la conversión significa que a cada caída debemos buscar, sin demora, levantarnos, es decir, acudir a Nuestro Señor Jesucristo para que Él nuevamente nos alce.


     El camino de la paz que hemos decidido emprender es el camino por el cual nos va conduciendo la Santísima Virgen, contradictorio con las propuestas y las acciones del mundo. Porque al plan de guerra de los hombres la Madre de Dios opone la oración sincera, sencilla del corazón; al instinto de muerte, vivir sus mensajes; al fuego de las armas y de las bombas, el fuego del amor a Dios y a los hombres.
     Ante los episodios de muerte que se van sucediendo, de ataques terroristas homicidas, avances de tropas, bombardeos, aplastamientos de poblaciones enteras, Ella –la Reina de la Paz- nos dice: 
     "Hijitos, sin Dios y sin la oración no pueden tener paz" (mensaje a Jakov Colo de la última Navidad). "Vivan mis mensajes y conviértanse... Deseo darles la paz..." (mensaje de la Navidad). Y una y otra vez repite: "conviértanse, sean mis testigos, lleven la paz –ese don precioso de Dios que les ha sido dado- a todos los que encuentren por el camino. Lleven la paz, sean ustedes mismos paz, para este mundo que no conoce, que no tiene paz, porque no conoce a Dios".

     A la pobre razón humana que no ve salida, que se siente impotente ante los dictámenes de hombres que, de una manera u otra, detentan el poder de la destrucción, la Madre del Cielo propone la sinrazón del corazón. Esa sinrazón que cuenta con el poder del Altísimo. Es nada menos que la fuerza de la gracia del Señor que ha de mostrarse en nuestra debilidad, en la aparente poca cosa de los medios a los que somos llamados a utilizar. Como dice el Apóstol: "la fuerza de Dios se muestra perfecta en la flaqueza" (2Cor 12:9). Cuando somos débiles, nada ante Dios y ante los hombres, solamente "armados" de un insignificante cordel sembrado de cuentas con el que rezamos a Dios desde el corazón de María, es que somos verdaderamente fuertes, poderosos, capaces de combatir ejércitos enteros y de detener guerras a punto de desatarse.

     En un mundo convulsionado, agitado, que la acción por la paz sea orar por la paz, es un testimonio de fe en el poder del Único que puede cambiar todas las cosas. En tiempos en que en el corazón del hombre estalló la guerra, ser instrumento de paz, llevar el don de la paz a otros es imitar a Cristo, Vencedor del mundo y de la muerte. A Cristo que nos vuelve a decir:

     "Bienaventurados los que trabajan para la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios"
(Mt 5:9)


Del 25 de febrero de 2003

     ¡La paz es posible! Nos lo dice la Madre de Dios, nos lo repite el Santo Padre. Y ambos nos enseñan que es con oración y ayuno que la guerra inminente ha de detenerse. El poder de Dios, clamado por la oración y el ayuno, parará la guerra si así lo creemos, lo rogamos, lo buscamos y lo vivimos. 
     El mundo está sumido en una cultura de muerte como ha dicho nuestro Papa Juan Pablo II en más de una oportunidad. Esa cultura es hija del estado de pecado y de la apostasía general que rechaza y odia todo lo que es sagrado. Su culminación es la sombra de la guerra que pesa actualmente sobre el mundo y cuyas consecuencias dejan de ser imprevisibles. Porque cierto es que desatándose una guerra ésta ha de alcanzar, de una u otra manera, a todo el mundo, y la muerte irá ensombreciendo la faz de la tierra dejando sólo desolación, dolor, odio, venganza, desesperación y un abismo impensable de oscuridad.

     La Reina de la Paz nos dice una vez más que la paz es don de Dios, don precioso que debemos no sólo atesorar y preservar sino también llevar a los demás. Nuestra actitud hacia la paz no debe ser la de un mero pacifista sino la de un hijo de Dios –pacífico y pacificador- que vive la paz en sí mismo, que es él mismo paz para quienes lo rodean. 
     Nuestra Madre compara la paz con una flor porque es en sí delicada y frágil, y la oscuridad es su enemiga. También la paz es frágil debido a nuestra naturaleza, proclive a inclinarse al mal antes que al bien. La paz procede de Dios, que es Luz y busca la luz del bien y la verdad. 
     La paz, como la flor, debe ser cuidada y nutrida con nuestras actitudes de todos los días, con nuestro cotidiano obrar y nuestros gestos, con la suavidad y la ternura en el trato hacia los otros, con la purificación de nuestros sentimientos y pensamientos y –por sobre todo- con nuestra contemplación de Dios, de su misterio de amor en Cristo Jesús, y nuestra incesante y confiada oración a quien tiene todo poder para darnos la paz y para mantenerla en nuestros corazones. 
     La paz debe ser custodiada y manifestada, recibida y conquistada, pedida en el diario Rosario, en el que –como nos lo enseña el Santo Padre en su Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae- contemplamos el Rostro de Cristo desde y con María.

     La paz nos ha sido prometida por el mismo Señor, es un don mesiánico. Junto a la promesa del envío del Espíritu Santo, Jesús, al finalizar la Cena, antes de partir hacia el Getsemaní, les dijo a los suyos: “Les dejo la paz, les doy mi paz; no se la doy como la da el mundo” (Jn 14:27). Es la paz verdadera, la única posible, la que no proviene de tratados ni de negociaciones entre los poderosos de este mundo sino de la gracia de Dios por la cruz del Redentor. Es la paz de Cristo para su Iglesia, para cada uno de nosotros. 
     Porque esa paz nos ha sido dada, es que hoy puede venir hasta nosotros la Santísima Virgen como Reina de la Paz, para renovarla en nuestros corazones inquietos y turbados.

     La Iglesia nos llama nuevamente a la paz, y lo hace por medio de María, Madre de la Iglesia, y de Juan Pablo II, quien al ocupar la Sede Apostólica de Pedro es cabeza en la tierra de la Iglesia de Cristo. Por eso, es muy oportuno recordar las recientes palabras del Santo Padre en ocasión del Angelus del mediodía del domingo 23, en la Plaza de San Pedro:
     “Es un deber para los creyentes, independientemente de la religión a la que pertenezcan, proclamar que nunca podremos ser felices los unos contra los otros; el futuro de la humanidad nunca podrá asegurarse con el terrorismo y la lógica de la guerra”. “Nosotros, los cristianos en particular, estamos llamados a ser los centinelas de la paz en los lugares en los que vivimos y trabajamos. Es decir, se nos pide que vigilemos para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia.” 

    
Luego, tal vez poniendo su pensamiento en Medjugorje, agrega: “En todo santuario mariano se elevará hacia el Cielo una ardiente oración por la paz con el rezo del Santo Rosario.” Asimismo aludió a las iglesias locales y a la iglesia doméstica cuando dice: “Confío que también en las parroquias y en las familias se rece el Rosario por esta gran causa de la que depende el bien de todos." 
    
El Romano Pontífice, en celestial sintonía con la Madre de Dios, agrega a su pedido de oración el del ayuno. "A esta invocación común se le acompañará el ayuno, expresión de penitencia por el odio y la violencia que contaminan las relaciones humanas.”
     Y concluye diciendo: “Ya desde ahora pedimos para esta iniciativa, que se enmarca en el inicio de la Cuaresma, la especial asistencia de María Santísima, Reina de la Paz
. ¡Que por su intercesión pueda resonar con nueva fuerza en el mundo y encontrar concreta acogida la bienaventuranza evangélica: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9)!

     Madre Santísima, Reina de la Paz, Madre de la Iglesia, sabemos que estás junto a nosotros, intercediendo por nosotros. Que a todos nos llegue la paz de Cristo, que el mundo no vuelva a caer en el abismo de una guerra, de una guerra aún más devastadora que todas las conocidas, que el amor venza al odio, el perdón a la ofensa, el bien al mal, que todos escuchen y practiquen tu mensaje de amor y de paz, que los pueblos escuchen el llamado del Santo Padre a la paz, que todos nosotros seamos testigos de la paz de Cristo y a todos llevemos su paz.

     Recordemos que la Reina de la Paz pide de nosotros oración y ayuno, todos los miércoles y viernes (a pan y agua), por la paz. Y que el Santo Padre ha llamado a todos los católicos y cristianos de buena voluntad a una jornada de oración y ayuno por la paz, el próximo miércoles 5 de marzo, Miércoles de Cenizas, día en que se inicia la Cuaresma.


Del 18 de marzo de 2003

     Este tiempo santo- como lo llama nuestra Madre- es tiempo de preparación para el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad: la muerte y Resurrección de Jesucristo que nos trajo la salvación.

     Nos preparamos orando, haciendo penitencia, ayunando, abriéndonos más a las personas que nos rodean para ver sus necesidades y acudir en el amor. Éste es tiempo de introspección y de purificación, de revisión de nuestro camino de itinerantes en la fe.

     En este tiempo de 40 días de preparación cuaresmal, vamos hacia la Pascua así como Israel marchaba desde su Pascua -la liberación que Dios había obrado en Egipto- a través la purificación de los 40 años en el desierto, con un destino: la tierra prometida.

     Cuando el antiguo pueblo de Dios estaba por cruzar el Jordán, para entrar en la tierra de la que manaba leche y miel, Yahveh hace saber al pueblo cuál es la senda de la vida: seguir el camino que Dios ha trazado al hombre. Dice Yahveh: “Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia... te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia”.

     A nosotros también nos habla Dios por medio de María, quien nos recuerda que Él nos creó libres y en nosotros está la elección de la vida o de la muerte.

     Pero, ¿en qué consiste la vida? ¿qué es la vida de la que habla la Escritura y la Santísima Virgen en este mensaje? La vida es guardar los mandamientos, es amar a Dios, escuchar su voz, vivir unido a Él (Cf Dt 30:15ss), sabiendo de antemano que todo lo que Dios pide que el hombre haga no está fuera de su alcance. Nada ha de pedir el Señor que antes no esté dispuesto a dar.

     El Señor llama al corazón del hombre para que éste responda, pero también le da las fuerzas que haga posible esa respuesta. En esto consiste la gracia.

     Hoy Dios nos llama por medio de María. Hoy es Ella quien nos invita a hacer la elección que nos lleva a la vida: escuchar sus mensajes con el corazón. No simplemente prestar una atención adecuada a lo que nos viene transmitiendo, sino comprometer todo nuestro ser en vivirlo.

 

     La mayor libertad del hombre es hacer la voluntad de Dios. La mejor elección posible es consagrarle nuestra libertad.

     La Reina de la Paz nos recuerda que sin Dios nada podemos hacer. Y esto –nos dice- debemos grabarlo muy bien en nuestros corazones. La advertencia de nuestra Madre se hace eco a las palabras del Señor: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15:5).

Nada, absolutamente nada podemos lejos de Dios, ningún fruto daremos separados de Cristo.

 

     Quizás lo que más llame la atención de este mensaje de nuestra Madre son las palabras con las que nos exhorta a seguir el camino de la vida. No ha hecho como otras veces cuando –también como lo leemos en el Evangelio- utilizaba la analogía de la flor para mostrarnos que debemos tender a las cosas del cielo y no poner nuestra vida en las de la tierra, que son pasajeras, sino que lo hace con una expresión más contundente: nuestra realidad terrenal que termina con la muerte.

     Venimos de la tierra y a la tierra volveremos en cuanto a nuestra dimensión de materia. Pero nuestra alma fue creada por Dios inmortal y todo nuestro ser espera la resurrección de la muerte en el último día. Porque si el cuerpo terrenal sufre la corrupción y ha de volver a la tierra, en la resurrección de la muerte nos ha de ser dado un cuerpo glorioso, y esto por virtud de la Resurrección de Cristo.

     Gozaremos de la resurrección, de la vida eterna, si permanecemos y morimos a esta vida unidos a Cristo. Porque sin Él no sólo nada podemos, sino que nada somos. Esa es la muerte eterna, la condenación: “Y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio (la condenación)” (Jn 5:29).

 

     “No irriten a Dios sino síganme a mí hacia la vida”, nos dice finalmente nuestra Santísima Madre.  A Dios lo irritamos con nuestras rebeldías, con nuestras elecciones de muerte, con nuestra indiferencia hacia la salvación obrada por Cristo.

     Así como la Palabra eterna de Dios se encarnó en el seno de la Virgen para guiarnos como Buen Pastor hacia la felicidad eterna, así también nuestra Madre desciende hasta nuestra mísera realidad para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Amén.


Del 25 de marzo de 2003

     Después del reciente mensaje dado por medio de Mirjana, que tanto nos conmovió por su contundencia en su llamado a decidirnos por la vida, recibimos ahora este otro mensaje que nos abre a la esperanza.

     Antes de entrar en la reflexión del mensaje actual, es conveniente retomar el anterior del 18 de marzo para entender mejor ambos, uno a la luz del otro.

     Es así que la semana pasada, ante la inminencia de la guerra, nos alertaba, con severidad, que Dios pone ante nosotros la vida y la muerte y que nuestro destino depende de una u otra elección. Ésta es la realidad de nuestra libertad, la de que somos nosotros los que elegimos el camino a seguir.

     No obstante, hay casos que parecen no depender directamente de nosotros, y son aquellos en los que otros deciden por nuestras vidas. Sin embargo, nos dice ahora, que aún en ese caso no debemos perder la esperanza porque la elección de Dios es el amor hacia nosotros y porque la vida está en Él. Es más, Dios está comprometido a la salvación del hombre –en una alianza nueva y eterna- en Cristo Jesús. Porque Dios ama al hombre el Verbo eterno se encarnó en el seno de la Virgen. Y es Cristo signo irrevocable de la voluntad de salvación del Padre.

     No, no debemos perder la esperanza porque podemos influir –y mucho!- sobre los acontecimientos en la medida que llamemos a Dios a restablecer la paz.

     Nuestra arma poderosísima para revertir lo que parece un destino insalvable es la oración. Por eso, nuestra Madre nos invita hoy nuevamente a orar por la paz, porque la paz sigue siendo posible, porque Dios puede actuar si clamamos lo suficiente con el corazón abierto a su voluntad de darnos ese don precioso que es la paz.

     Con la oración podemos remontar el abismo, con la luminosidad del Rosario escapar de la oscuridad de la muerte y ser salvados por el Señor, que “ama a sus criaturas”. Porque “tú amas todo lo que existe y nada desprecias de cuanto has creado. Si hubieses algo odiado no lo habrías siquiera creado. ¿Cómo una cosa podría subsistir si Tú no quieres? ¿O conservarse si Tú no la hubieses llamado a la existencia? Tú conservas todas las cosas porque son todas tuyas, Señor, amante de la vida, porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas” (Sab 11:24-26).

     La voluntad de Dios es que todos se salven, y ésta es la razón profunda por la que envía a la Reina de la Paz en este tiempo y por la que su tiempo de permanencia entre nosotros, con esta presencia de sobreabundante gracia, es tan grande.

     Sin embargo, la salvación no depende sólo del querer divino ni del deseo ardiente de la Madre sino también de nuestra voluntad, de nuestro obrar. Por eso es que en el mismo libro de la Sabiduría la Palabra de Dios nos alerta y recuerda: “No provoquen la muerte con los errores de sus vidas, no atraigan la ruina con las obras de sus manos, porque Dios no creó la muerte y no se complace por la ruina de los vivientes. Él todo lo creó para que exista” (Sab 1:12-14ª).

     Es, nuevamente, por medio de la oración que nos abrimos a la voluntad salvífica de Dios, y escuchamos los mensajes de la Reina del Cielo con el corazón pudiendo entonces discernir qué es lo que debemos hacer en toda circunstancia y cómo encontrar el camino de la vida. Es por medio de la oración que compromete todo nuestro ser, que avanzamos por el camino de santidad, que no es otro que el de la perfección en el amor. Es por medio de la oración que conocemos qué desea Dios de nosotros y por ella también podemos responder, diciéndole: “Señor, yo quiero todo lo que Tú quieres y no quiero nada de lo que Tú no quieres.”


Del 25 de abril de 2003

     Este es un nuevo llamado a decidirnos seriamente por Dios abriendo nuestros corazones a la oración.

     Para comunicarme con Dios, como también para empezar a entender su amor y ser consciente de los múltiples beneficios y gracias que continuamente Dios me regala y de los signos que ayudan mi fe, debo abrir mi corazón a su acción. Si no abro mi corazón no podré orar verdaderamente, no podré suplicarle que atienda mis ruegos porque la distancia entre Él y yo me parecerá insalvable y toda oración inútil. Perderé el gusto por las cosas de Dios, en general por todas las cosas, y no sabré entender el lenguaje de Dios que se expresa por medio de la creación y, en especial, de las personas. No me daré cuenta que crea porque ama, ni que porque me ama es capaz de recrearme, de darme un corazón nuevo, de infundir en mí un espíritu nuevo.

 

     La Cuaresma ha sido tiempo de preparación para el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad: la muerte y Resurrección de Jesucristo. En la Cuaresma nos preparamos para la Pascua, orando, haciendo penitencia, ayunando, abriéndonos más a las personas que nos rodean para ver sus necesidades y acudir en el amor.

     Ha sido un tiempo de introspección y de purificación, un tiempo en el que hemos conocido un poco más nuestra frágil condición de pecadores y nuestra necesidad de ser salvados.

     Seguramente durante el período cuaresmal habremos intentado penetrar en algo el insondable misterio de Dios encarnado, que se hizo Cordero para ser inmolado por nuestra salvación.

     En ese itinerario revivimos el misterio sublime de Dios que se acerca a su creatura más allá de todo límite imaginable para el hombre. Porque Cristo, “siendo de condición divina, no retuvo para sí el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2:6-8).

 

     Si por un lado, la abismal grandeza de la misericordia de Dios y las miserias de nuestra alma nos hacen conscientes de toda nuestra pequeñez, por otro lado, la magnitud de la obra de salvación frente a nuestra propia nada pueden parecernos términos contradictorios que desafían nuestra fe.

     Nos damos cuenta que nuestra fe es pequeña, que nuestra fe es frágil, insuficiente y no se sostiene cuando la prueba parece grande. Es entonces cuando desconfiamos, dudamos de la providencia divina y a veces también de la misericordia de Dios. Y más que el misterio, son nuestros miedos los que nos superan. Si la barca es agitada por el viento y parece zozobrar, percibimos que el Señor duerme y somos presa de la angustia y del temor. Si las aguas se agitan nos hundimos.

     Por otra parte, cuántas veces oímos frases tales como: “Ah, yo no tengo fe” o bien “¡Qué suerte que tienes en tener fe!”. La fe es un don, pero un don que hay que pedir. Como los Apóstoles, debemos clamar: “¡Señor, aumenta nuestra fe!”.

 

     Dios y nuestra Madre quieren que nuestra fe sea firme como la roca y no un mero conocimiento de algo por ahora oculto.

     Tal vez tengamos muchas dudas sobre muchas cosas y esas dudas se nos metan muy hondo y, por eso, no logremos abandonarnos.

     Quizás no hayamos tomado aún seriamente los mensajes de nuestra Madre Santísima y sólo nos complazcamos en enterarnos qué ha dicho pero no nos comprometamos ni los practiquemos.

     Quizás nuestros ayunos sean meras dietas, o digamos no tener fuerzas para ayunar, o nuestras oraciones sean mecánicas y no broten del corazón. Si es así debemos a empezar o recomenzar a abrirnos a Dios, a hacer ese acto de la voluntad que es el decidirnos por Dios, a abrirle por lo menos una hendija para dejar que pase Su luz, para que Su luz nos ilumine por dentro y nos atraviese.

 

     Decidirnos por Dios es hacernos disponibles a la gracia, la gracia de aprender a orar y amar, a ser iluminados por el Espíritu Santo y adentrarnos, al menos un poco, en el misterio del amor de Dios y en el propio misterio de quiénes somos realmente nosotros.

     De la oración del corazón nacerán actitudes de conversión porque Dios obrará en nosotros transformándonos y haciéndonos instrumentos suyos de salvación, porque a través nuestro el Señor alcanzará otras vidas, hoy alejadas de Él. Y nos hará sus testigos, convirtiéndonos en aquellos que llevan a Jesús a los demás. No a un Jesús simplemente histórico sino al Señor de nuestras vidas, al Cristo vivo, Resucitado, triunfador de la muerte, del pecado y de satanás.

 

     Porque el mundo no conoce a Dios, a su amor, es que no tiene paz. Todos anhelan la paz y así, sin muchas veces sospecharlo, anhelan a Dios. Todos, absolutamente todos, tenemos necesidad de Dios. Con San Agustín podemos afirmar: “Señor, Tú nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en ti”.

 

     Señor, reconocemos la debilidad de nuestra fe y por eso te pedimos: ¡Aumenta nuestra fe! Danos una fe firme, que no vacile ante las pruebas. Que, por lo contrario, salga siempre más fortalecida. Una fe grande en tu providencia y en tu misericordia, que haga posible nuestro confiado y total abandono en tus brazos. Que nunca dudemos de tu amor, bajo ninguna circunstancia.

     Modélanos, Señor, según tu perfecta voluntad y haznos testigos convincentes y alegres de tu presencia viva entre nosotros. De tu presencia verdadera y substancial en la Eucaristía, de tu permanencia con nosotros hasta el final de los tiempos.

     Madre de Bondad, Reina de la Paz, intercede ante tu Hijo por nosotros para que nuestra fe sea fuerte, grande nuestra esperanza y generoso nuestro amor. Que podamos ser esos testigos alegres de Jesús Resucitado que tanto necesita el mundo para ser salvado. Amén.


Del 25 de mayo de 2003

     La Iglesia nos enseña que la oración comunitaria, o sea la Santa Misa y las oraciones en los grupos de oración, deben ir acompañadas de la oración personal, de manera que haya un verdadero crecimiento espiritual. El Santo Padre ha dicho que nuestro modo comunitario de adorar durante la Santa Misa debe corresponderse con nuestro amor personal por Jesús, refiriéndose a los momentos de encuentro personal con Él, preferiblemente durante las horas de adoración al Santísimo Sacramento.
     El Señor nos llama hacia Sí mismo porque quiere hacer de nosotros sus íntimos. La vida -dirá también nuestro querido Papa- es un itinerario de fe e intimidad con el Señor. Por eso debemos encontrar tiempo y espacio para la oración personal.
     Debemos también tener siempre presente que la oración personal sustenta y enriquece la oración comunitaria y que ambas se complementan y son insustituibles.

     En el Evangelio de San Mateo, Jesús opone la oración personal no a la comunitaria sino a la de los fariseos, que gustaban mostrarse píos y devotos para ser admirados por la gente y no buscaban la gloria de Dios ni su amor de amistad. Es por eso que, en realidad, estaban lejos de Él y no lo conocían y no pudieron reconocer al Hijo. Es oportuno recordar las palabras del Señor en cuanto reflejan la importancia de la oración personal. Él nos dice: "Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que esta allí, en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto te recompensará" (Mt 6:6). Esta es la intimidad que busca Dios para sus hijos: ese diálogo hecho de palabras y silencios en los que experimentamos su presencia, en los que recibimos como recompensa las gracias de conversión, de paz, de alegría, de fortaleza, de fe, y de amor .


     Nuestra Madre nos pide ahora que renovemos nuestra oración personal. Pero esa oración, la que Ella quiere, y la que Dios espera de nosotros, es la oración del corazón. Para ello, nos indica que debemos pedir, rezar al Espíritu Santo.
     Santiago dice en su carta que pedimos y no recibimos porque pedimos mal (Cf St 4:3). Porque solemos pedir con intenciones no buenas. San Pablo dirá que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros..." (Rm 8:26).
     Es el Espíritu Santo quien nos renueva, nos purifica y convence del pecado. Por el Espíritu nacemos de lo Alto. Es el mismo Espíritu quien cambia nuestros corazones de piedra en corazones de carne e inscribe en ellos la Ley del amor. Es Quien hace que se reavive el fuego del amor y Quien nos ilumina por dentro disipando toda oscuridad y frialdad de ánimo.
     Recordemos que ya desde el comienzo de las apariciones, nuestra Madre Santísima nos decía que nosotros no sabemos pedir, que sólo pedimos cosas -y agregaba-: "pidan el Espíritu Santo y lo tendrán todo".
     La Reina de la Paz no deja de llamarnos a la conversión, a ese cambio radical de vida, que depende es cierto de nuestra voluntad, pero que es obra de la gracia, es obra del Espíritu Santo. Nosotros debemos en todo momento hacernos disponibles a la gracia. Si tenemos la voluntad de rezar por nuestra conversión y pedimos el auxilio del Espíritu Santo, entonces el Señor habrá de convertirnos, y cambiar nuestras vidas en vidas santas, en vidas en las que reine el amor y la paz. Y si bien la conversión es personal no deja por eso de tener alcances más vastos que la de la propia persona, porque a través de ésta, del propio testimonio de vida y de la propia intercesión Dios tocara otras vidas. Entonces, esas vidas también cambiarán, gustarán de la oración porque en ella experimentarán la cercanía de Dios, al que antes tenían por lejano, y recibirán los frutos de paz y alegría propios de la amistad con el Señor.

     ¡Alabado, bendecido y amado sea el Señor que permite que nuestra Madre nos visite y nos guíe en este camino hacia su amistad!
     ¡Bendita sea María, Reina de la Paz, que ha hecho de Medjugorje escuela de espiritualidad para la gloria de Dios!
     ¡Qué por intercesión de nuestra Madre del Cielo recibamos todos las abundantes gracias de conversión que el Señor dispensa a sus hijos que lo buscan con corazón sincero. Qué todos recibamos estas bendiciones! Amén
.


Del 25 de Junio de 2003
(XXII Aniversario de las Apariciones)

     Queridos hijos, con gran alegría, también hoy los invito a vivir mis mensajes. Estoy con ustedes y les agradezco porque en sus vidas han puesto en práctica lo que les digo. Los invito a vivir aún más mis mensajes con renovado entusiasmo y alegría. Que para ustedes la oración sea vida cotidiana. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     Queridos hijos, yo estoy siempre con ustedes. Abran sus corazones para que entre el amor y la paz. Oren por la paz, paz, paz (Mensaje a Ivanka durante aparición anual en el aniversario de las apariciones).

     Los días 25 de Junio son dos los mensajes de la Reina de la Paz: el que la Santísima Virgen da Marija -como todos los 25 de cada mes- y el mensaje anual dado a Ivanka.
     En el primero -después de manifestarnos su alegría por nuestra respuesta a sus invitaciones- nos llama a vivir aún más sus mensajes, a renovar el entusiasmo y la alegría que tuvimos al comienzo de nuestro camino junto a Ella. Esto significa renovar la oración, es decir, renovar la oración del corazón, o más precisamente, renovar el corazón.
     Para renovarnos, nuestra vida -nos dice- debe volverse oración cada día y el día debe estar lleno de oración. Nuestro corazón debe sentir el anhelo continuo de Dios, hagamos lo que hagamos.
     En el segundo mensaje nos pide que oremos -con este corazón renovado- por la paz.
     Parecería, además, que contiene alguna advertencia porque nos recuerda que Ella está siempre con nosotros, en toda circunstancia.
     La paz debe ser orada y la paz debe ser hecha. Nuestro corazón está lastimado por el odio, la envidia y sólo Dios puede sanarlo. Al mismo tiempo, sólo puede hacer la paz quien ora por ella -por lo mismo que la paz, siendo don de Dios, viene por medio de la oración-, y quien esté dispuesto a reconciliarse con Dios y con sus hermanos.
     La paz viene de Cristo, de su cruz, de su sacrificio de amor. La paz fluye de la Eucaristía. Por eso, el sacerdote es ministro de la paz y la familia -por ser iglesia doméstica- es también ministro de la paz. Cada bautizado está llamado a ser instrumento de paz, a llevar al mundo la paz de Cristo.
     Nuestra Madre y Reina de la Paz nos llama ser apóstoles de paz mediante nuestra oración y -como ya nos lo ha dicho muchas veces en sus mensajes a los que ahora nos invita nuevamente a vivirlos- mediante el ejemplo de nuestra vida.
     Abramos, entonces, nuestro corazón a la oración, a la adoración de Aquél que es Paz y es Amor.

     Querida Gospa, estamos felices por tenerte con nosotros y damos gracias al Señor por estos 22 años de tu presencia ininterrumpida. Te damos gracias, Madre de Dios, porque sabiéndote próxima, nada tememos. Oramos, junto a Ti, por la paz y el amor en nosotros y, a través nuestro, en todo el mundo. Por el triunfo de tu Corazón Inmaculado. Gracias por llamarnos.


Del 25 de julio de 2003

 
    Queridos hijos, también hoy los invito a la oración. Hijitos, oren hasta que la oración llegue a ser alegría para ustedes. Solamente así, cada uno descubrirá la paz en su corazón y su alma estará satisfecha. Ustedes sentirán la necesidad de testimoniar a los demás el amor que sienten en su corazón y en su vida. Yo estoy con ustedes e intercedo ante Dios por todos ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     La Santísima Virgen nos invita a ser alegres. Nos llama a orar hasta que la oración se vuelva alegría para nosotros. Esta debería ser entonces la medida de nuestra oración, es decir, la alegría.
     ¿Cuándo la oración se vuelve gozo del corazón? Cuando en él hay paz. ¿Y cuándo se alcanza la paz? Cuando somos capaces de reconciliarnos. Porque, fijémonos bien, uno podría rezar todo el día, sin parar, pero si no hay intención de perdonar las ofensas o las humillaciones recibidas, y si no quiere pedir perdón, si por orgullo o amor propio levanta un muro entre él y el otro, entre él y Dios, entonces nunca tendrá paz y, por lo tanto, nunca tendrá verdadera alegría.

     Toda vez que la Santísima Madre nos pide oración, entiende por oración la del corazón. Esto es, la oración de un corazón limpio, purificado, reconciliado; de un corazón humilde que no guarde o no quiera guardar sentimientos negativos. Un corazón que desee terminar con los rencores, con las envidias, con los celos, con los ánimos de venganza. Que quiera abandonar todo pensamiento y acto impuro y ruegue por ello. Que diga basta a la ira, a las maledicencias y murmuraciones, a la blasfemia, a las palabras y gestos feos, groseros, al engaño, a toda doblez.
     Quiten todas esas cosas de su corazón, confiésenlas y empiecen a amar. Sean misericordiosos, compasivos, mansos, comprensivos. Den gracias y alaben al Señor por cada don que han recibido, por la vida misma y por su salvación. Esto nos dice la Reina de la Paz. Si así hacemos, entonces sí que habrá paz y consecuentemente alegría en nosotros. Entonces sí podremos recibir al Señor en nuestra casa. Porque habremos hecho de nuestro corazón limpio acogimiento a su presencia en el otro, viva y real en su Palabra y, además substancial, en la Eucaristía.

     Perdonémonos unos a otros, reconciliémonos con el Señor para abrirnos a su gracia, a los grandes dones de la paz y del amor.
     Un corazón rebosante de estas gracias no las puede contener para sí y deberá revertir todo el amor recibido en testimonio a los demás. Ahora "será como árbol transplantado entre acequias que da abundante fruto" (Salmo 1,3). Porque, como la samaritana que había bebido de la fuente de la gracia de Cristo, quien -mediante la oración- se encuentre con el Señor, beberá también del agua de su gracia y "ella se convertirá en él fuente de otras gracias que brotarán para vida eterna" (Cf Jn 4:14).


Del 25 de agosto de 2003

 
    Queridos hijos, también hoy los invito a agradecer a Dios en su corazón por todas las gracias que les da y también a través de los signos y colores de la naturaleza. Dios desea acercarlos a Él y los exhorta a darle gloria y alabanza. Por eso, los invito nuevamente, hijitos, oren, oren, oren, y no lo olviden: yo estoy con ustedes. Intercedo ante Dios por cada uno de ustedes hasta que su alegría en Él sea plena. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     En este mensaje nuestra Madre nos llama la atención sobre dos momentos, dos movimientos de los cuales uno es consecuencia o respuesta del otro. El primero es el descendente, originado en el amor de Dios y se trata de la gratuidad de los bienes, los dones, las gracias que el Señor da a cada uno. El otro es el ascendente: la gratitud que como respuesta debemos manifestarle. Esta gratitud la expresamos como acción de gracias y por medio de la alabanza, el honor, el amor, la gloria, la reverencia que le damos en nuestra oración y adoración.
     Dios da a cada uno dones particulares y pone a su disposición la misma naturaleza. Recordemos que Él nos ha creado a su imagen y semejanza y que la verdadera y perfecta imagen de Dios es Cristo mismo por quien todas las cosas fueron creadas.

     Nuestra Madre con su mensaje quiere que nos volvamos conscientes de esta realidad, de las innumerables gracias que recibimos, las de la naturaleza misma de la que nos servimos, la de los signos que nos hablan de la presencia amorosa y providente de Dios en el universo. Solamente la oración puede retirar el velo de nuestro corazón y reconocer en el Creador al Padre Nuestro que nos ama.
     Para poner en práctica todo esto, bastaría que pidiéramos con el corazón que el Espíritu Santo venga en nuestro auxilio para orar como conviene, para mostrarnos el amor de Dios, el señorío de Cristo y la paternidad misericordiosa del Padre. Y entonces darle gracias a Dios por cada don que hemos recibido, comenzando por la propia vida, por la vida de nuestros padres y antecesores, de nuestros amigos y conocidos, por cada don particular con el que el Señor nos ha regalado, por cada cosa de la naturaleza que nos rodea -los pájaros, las flores, los árboles, el agua...-, por cada cosa en particular (por ej., no sólo agradecer por las flores sino por una flor en particular). Sí, darle gracias por los amigos, por cada uno de ellos, por el don de la amistad. 
     Si verdaderamente pusiéramos nuestra memoria y nuestro corazón a la obra, veríamos cuán grande debería ser el agradecimiento que hemos de tributarle cada día a Nuestro Señor. Asimismo, en lo concreto, sería muy bueno no solamente alabarlo espontáneamente sino hacerlo también con los salmos (salmos tales como el 145, 146, 147, 148, o con el maravilloso salmo 104,o bien con el canto de Daniel, cap. 3, versículos 52 al 90).

     La oración es la llave que abre el corazón al reconocimiento de Dios en sus obras, en sus beneficios, en la vida misma y en la salvación. Es en el sacrificio de la Santa Misa donde, por sobre todo, damos gracias, gloria y alabanzas a Dios (Eucaristía significa acción de gracias).
     Nuestra Madre está junto a nosotros, intercediendo por cada uno, bendiciéndonos con su presencia y con su bendición maternal para que la alegría brote como nuevo don que Dios regala al hijo agradecido. 

     Más tarde, este mismo día 25, tuvo lugar la aparición a Ivan en la Cruz Azul (Podbrdo). La Santísima Virgen estaba radiante y feliz, y dijo:  "Queridos hijos, vivan con alegría el mensaje que les dí" (en referencia al dado antes a Marija y que acabamos de comentar). Rezó dos veces por los enfermos.


Del 25 de setiembre de 2003

     ¡Queridos hijos! También hoy los invito a acercarse a mi corazón. Únicamente así comprenderán el don de mi presencia aquí entre ustedes. Deseo, hijitos, conducirlos al corazón de mi Hijo Jesús, pero ustedes se resisten y no quieren abrir sus corazones a la oración. Los llamo nuevamente, hijitos, a que no sean sordos sino que comprendan mi llamado que es la salvación para ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

     Acercarse al corazón de la Virgen, acercarse al corazón de Jesús, es acercarse a sus personas, acercarse a su amor.
     Si no nos abrimos sin miedos a la acción del amor no podremos reconocer a Dios. Si no nos acercamos a Dios por intermedio de María, su enviada para estos tiempos, no podremos reconocer el amor de Dios que salva porque ama. Y porque Dios ama es que se dio a sí mismo encarnándose en la Virgen, haciéndose hombre, para ofrecerse libremente como víctima por amor y dar la única satisfacción posible a su divina justicia. 
     Porque Dios ama nos ofrece su amor, nos quiere para sí, desea nuestra salvación, no nuestra condena. Porque Dios ama se humilló y tomó la condición humana en Cristo, Él - Palabra Eterna- que era de condición divina,  y se hizo pecado, sólo por amor a nosotros, y padeció la muerte y muerte de cruz. Porque Dios ama prometió no abandonarnos nunca y quedarse con nosotros hasta el fin del mundo. Porque Dios ama permanece con nosotros en el Santísimo Sacramento y nos ha dejado su Iglesia, y en su Iglesia, todos los medios de salvación. Porque Dios ama se ofrece Cristo perpetuamente al Padre para nuestra salvación porque su sacrificio es eterno. Porque Dios ama, en tiempos en que todo parece perdido, en que el hombre ha perdido todo respeto, toda reverencia, toda fe y todo amor, Él sigue llamando, buscando, golpeando para que el hombre le responda, lo encuentre. Porque Dios ama cuando todo parece perdido para la humanidad y solamente le espera el abismo, Él envía a la Santísima Virgen para llamarnos con la voz dulce de una Madre.
     Y María es Madre, es Pastora que conduce a las almas hacia el Buen Pastor, el que dio la vida por las ovejas, el que se dejo atravesar en la cruz, el que tiene el corazón abierto y vulnerable, el que muere de sed de ser amado y adorado.
     Si no nos acercamos al amor de María, a su corazón traspasado, junto al de su Hijo en la cruz, si somos  sordos a sus reclamos, si no vemos que nos estamos hundiendo y que María es el último recurso que Dios nos da para salvarnos, entonces todo estará irremediablemente perdido.
     Hay un solo modo de acercarse al corazón de Dios, a su amor, y es por medio de la oración, de aquella oración que elevamos desde un corazón contrito, humilde, amante, purificado. A esta oración se llega sólo orando. Para hacer un  camino es necesario siempre dar el primer paso. Por pequeño que sea el paso y por largo que sea el camino, siempre será necesario darlo. Sin este primer paso nunca nos pondremos en marcha y nunca llegaremos. Sin la pequeña oración de cada día no podremos crecer y llegar a las cimas de la oración del corazón abierto a las gracias y a la misericordia de Dios.
     Orando nos haremos sensibles al llamado de nuestra Madre, la escucharemos, nos dejaremos conducir y seremos salvos.


Del 25 de octubre de 2003

 

     ¡Queridos hijos! Nuevamente los invito a consagrarse a mi corazón y al corazón de mi Hijo Jesús. Deseo, hijitos, conducirlos a todos por el camino de la conversión y de la santidad. Solamente así, a través de ustedes, podemos llevar el mayor número posible de almas por el camino de la salvación. No tarden, hijitos, sino digan con todo su corazón: deseo ayudar a Jesús y a María para que muchos más hermanos y hermanas conozcan el camino de la santidad. Así sentirán la satisfacción de ser amigos de Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


     La consagración a los Sagrados Corazones es un llamado a la salvación porque en tiempos de tribulación y confusión, si estamos consagrados, estaremos protegidos, porque en la oscuridad hemos de encontrar la luz y el camino, que es Cristo Jesús, y seremos conducidos por María hasta su Hijo, el Salvador.
     Este llamado es a nuestra propia santidad, a nuestro propio camino en el amor. Dios es amor. Los corazones de Jesús y de María representan el amor que ellos tienen por nosotros. Amor que dejó traspasar sus corazones: el del Redentor, ya exangüe y muerto, atravesado por la lanza en la cruz, el de María Santísima en su sacrificio de corredención, al ofrecerse con su Hijo y aceptar su pasión y muerte redentora en el Monte Calvario. Por eso, ese monte es el Monte de los Enamorados, de aquellos que dieron todo por amor para nuestra salvación.
     Como el amor es darse a sí mismo por el otro, la invitación a la consagración, al llamarnos a unirnos y entregarnos al Corazón Inmaculado de María en unión con el Sagrado Corazón de Jesús, no se detiene en nuestra propia conversión y santidad. Pues la salvación no es aventura personal sino que abre al amor fraterno y nadie puede ya ser indiferente a la suerte del hermano, nadie puede quedarse de brazos cruzados viendo que un alma se pierde.
     Ser santo, hacerse santo, o mejor, dejar hacer a Dios para que nos vuelva santos, significa amar con el amor de Dios y, por lo tanto, rescatar almas para Dios. Significa entristecerse con Jesús y María por el mal del mundo y por aquellos, que cometiéndolo, pierden sus almas y se condenan a sí mismos a vivir separados de Dios, es decir, a la muerte eterna. Significa también alegrarse con el Señor y su Madre por cada pecador arrepentido, por cada oveja perdida que es hallada, por cada hijo pródigo que retorna a la casa del padre, y hacer fiesta por ello. Significa trabajar para el Reino, proclamando a tiempo y destiempo que Jesús es el Señor y que sólo en Él hay salvación, dando testimonio con la vida de que hemos sido tocados por la gracia, intercediendo y reparando por aquellos que aún no conocen el amor de Dios. Amando y perdonando caminamos por la vía de la conversión, de la santidad, de la perfección en el amor.
     Tengamos los mismos sentimientos de Cristo al despojarnos de nosotros mismos para la salvación de las almas, brillemos en medio de un mundo de corrupción y de muerte manteniendo el mensaje de vida (Cf Flp 2:5,15).
     No demoremos nuestra respuesta, nos lo pide la Madre de Dios, y seamos generosos y de corazón pongámonos ya al servicio del Señor y de su Madre para salvar almas. La recompensa es grande: ser amigos de Jesús.

Advertencia: Cualquier fórmula de consagración es buena siempre y cuando signifique lo que se expresa, porque -antes que cualquier fórmula- es un acto del corazón. En verdad, hay tantas consagraciones como personas que se consagran, porque depende del grado de generosidad de cada uno, de cuánto estemos dispuestos a ofrecer y a despojarnos. Como somos inconstantes, y solemos tener la mano abierta para pedir pero el puño cerrado para dar, es que se hace necesario renovar con frecuencia la consagración, para volvernos conscientes de nuestra entrega y compromiso y de a Quién pertenecemos.
 
P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS
Missionary Society Our Lady of the Blessed Sacrament


Del 25 de noviembre de 2003

    Queridos hijos, los invito para que este tiempo sea para ustedes un incentivo aún mayor para orar. En este tiempo, hijitos, oren para que Jesús nazca en todos los corazones, especialmente en aquellos que no lo conocen. Sean amor, alegría y paz en este mundo sin paz. Estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado.


     Nuestra Madre nos invita a vivir el Adviento, tiempo de preparación a la Navidad.

     El primer Adviento de la historia fue íntimamente y especialmente de María. Desde cuando, llegada la plenitud de los tiempos, dio su sí incondicional a Dios, respondiendo el Anuncio del Arcángel san Gabriel, y –por obra del Espíritu Santo- concibió al Hijo de Dios, hasta el momento de darlo a luz en Belén. Durante esos nueve meses de gestación María vivió intensamente el don inefable de Dios, oró y meditó contemplando el misterio que tomaba forma en su cuerpo. En el seno de María resonaba la Palabra Eterna de Dios.

     A la gestación de la carne se unía, más aún precedía, la gestación en el corazón, de donde había salido aquel sí al plan de salvación divino.

 

     Ahora Ella nos llama a aprovechar este tiempo para aumentar la oración, para renovarla y profundizarla de tal modo que Jesús se haga presente en nosotros. Nos invita también para que el Señor -que estaba fuera de las vidas de muchos- pueda nacer, y que en aquellos que vivían en tinieblas y en sombra de muerte pueda penetrar la Luz.

 

     Debemos prepararnos al nacimiento de Cristo, Dios que ha asumido la humanidad para salvarla, para mostrarle todo su amor. Y para ello debemos orar.

     La oración tiene como fin principal alabar, glorificar a Dios, darle gracias por todos sus beneficios y también pedirle lo que consideramos es un bien para nosotros o para otros.

     Orar es tratar con Dios, hacerlo por medio de la persona de Jesús, y tratar como tratamos con un amigo, con el mejor amigo.

     Mientras más lo tratemos más lo conoceremos y cuanto más lo conozcamos más lo amaremos.

     Estamos tratando, dialogando, con una persona que nos ama, que es Quién más nos ama en el mundo. Ante Dios no tenemos que hacer antesalas, Él siempre nos escucha. Por eso nuestra oración debe ser sencilla, así ha de ganar en profundidad.

 

     San Juan de la Cruz decía “tanto vales cuanto vale tu oración”.

     Cuentan que una vez una jovencita decidió viajar para visitar a un santo sacerdote con el propósito de que éste le enseñara a orar. Era una joven sencilla, de gran humildad y temor de Dios, y de sincera devoción:
-Padre, vengo de muy lejos, con mucho sacrificio reuní lo necesario para venir a saludarlo porque supe que usted es un santo y como tengo unos grandes deseos de aprender me dije: voy a ver al Padre así él me enseña. Pronto se dio cuenta el anciano y santo sacerdote que esa jovencita no tenía necesidad que se le enseñara porque seguramente ya oraba con su corazón y sus oraciones llegarían al Señor. Dice uno de los libros sapienciales que “la oración del humilde horada las nubes y llega hasta el mismo trono de Dios”.

-¡Sí, cómo no!, le dijo el santo. Te voy a enseñar a orar. A ver, ponte de rodillas. Muy bien. Ahora cierra los ojos, piensa en Dios y háblale. Así hizo ella, mientras el anciano sacerdote sacaba su breviario y rezaba en silencio su oficio. Cuando hubo terminado le dijo:

-Bueno, pues esa es la oración. Así debes hacer siempre.

     A orar se aprende orando.

     No importa cuál sea nuestro estado de ánimo, debemos ponernos frente al Señor y “hablar de amores” –como diría santa Teresa de Ávila- o simplemente hablarle, a corazón abierto.

     Así Jesús no sólo nacerá en nuestros corazones sino que crecerá en nosotros. Es decir, nosotros creceremos espiritualmente. Y nada mejor para el crecimiento espiritual que hacerlo en el clima de la Eucaristía, a través de la adoración silenciosa al Santísimo Sacramento. Contemplándolo, dialogando ante su presencia eucarística.

     “Contemplar y dar de lo contemplado”. Recibir a Jesús para poder llevar a Jesús a los demás, al mundo que no lo conoce y porque no lo conoce no lo ama.

     Recibir su amor, su alegría, la alegría íntima de su amistad y la paz que sólo Él puede dar, para llevar estos dones al mundo triste, frío, que vive sin conocer la paz.


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS
Missionary Society Our Lady of the Blessed Sacrament


Del 25 de diciembre de 2003

     Queridos hijos, también hoy los bendigo a todos con mi Hijo Jesús en brazos y se los traigo, a Él que es el Rey de la Paz, para que les dé su paz. Estoy con ustedes y los amo a todos, hijitos. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     ¡Queridos hijos! Hoy, cuando Jesús desea especialmente darles su paz, los invito a orar por la paz en sus corazones. Hijos, sin la paz en sus corazones no pueden sentir el amor y la alegría del nacimiento de Jesús. Por eso hijitos, especialmente hoy, abran sus corazones y comiencen a orar. Sólo mediante la oración y el abandono total, el corazón de ustedes será lleno del amor y de la paz de Jesús. Los bendigo con mi bendición maternal (Mensaje a Jakov del 25 de diciembre de 2003).


    
“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro y se llamará su nombre “Consejero Admirable”, “Dios fuerte”, “Padre para siempre”, “Príncipe de Paz”.

     Grande es su señorío y la paz no tendrá fin... sobre su reino” (Is 9:5-6ª)

 

     Es así como profetiza Isaías al niño que ha de nacer de la virgen madre. Grande es su señorío. Es el Señor de la paz, el que va a traer la paz al mundo. La única paz posible. “Les dejo la paz, mi paz les doy. No se las doy como la que da el mundo” (Jn 14:27) son palabras pronunciadas por Cristo Jesús antes de su partida, antes de cumplir su misión en el Gólgota.

     La paz nace en Belén y se derrama sobre el mundo, desde la cruz, en Jerusalén. El Príncipe de la Paz se ha vuelto Rey absoluto de la Paz, de tal modo que no hay ni puede haber otra paz más que la de Cristo.

     Para el mundo paz es otra cosa, es no beligerancia, es reposo transitorio, es falsa tranquilidad pero no verdadera paz del corazón.

     Jesús nos quiere dar su paz. La Virgen Madre, Reina de la Paz, nos la ofrece. Nos ofrece a Jesús Niño.

     Para recibir la paz que viene de Dios, debemos disponer nuestros corazones a este don. Disponer los corazones significa abrirlos, abrirnos nosotros a la gracia, acogerlo a Él con todo nuestro ser. “A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre...” (Jn 1:12). Poder llegar a ser hijos de Dios es el cúlmen de la gracia.

     Nuestros corazones deben ser corazones orantes porque orar con el corazón –que es a lo que constantemente nos invita nuestra Madre- significa antes que nada limpiar el corazón para que pueda dialogar con Dios.

     Muchas veces surge la misma pregunta: “¿cómo orar con el corazón?”. Esta oración no tiene una fórmula definida, no se trata de una nueva o vieja devoción, no hay palabras que la identifiquen porque la oración del corazón no está centrada en palabras ni en modos sino en el corazón.

     Para orar con el corazón la primera condición es que el corazón esté purificado o que uno esté dispuesto a dejar que Dios lo purifique. Todo aquello que lo manche debe ser removido.

     En otras palabras, para orar con el corazón antes hay que renunciar al odio, al rencor, al resentimiento, a los celos, a la envidia. Santo Tomás de Aquino definía a la envidia como “tristeza por el bien ajeno”. Hay algo peor que esto, un tipo aún más perverso de envidia: la alegría por el mal ajeno. Pues, a todo esto es necesario renunciar para poder orar con el corazón.

Para orar con el corazón hay que estar dispuesto a perdonar y también a saber pedir perdón. Ante todo reconciliándonos con Dios, mediante ese sacramento que llamamos precisamente de reconciliación o confesión.

     Nuestra casa debe estar limpia para recibir al Señor.

 

     Para recibir la paz debemos abandonarnos a su misericordia, a su fidelidad, a su ternura, la ternura de Dios manifestada en el Niño de Belén. No debemos temer nada, no debemos temerle sino confiarnos totalmente en Él.

     Recibir la paz significa transformarnos en dadores de paz, en aquellos bienaventurados que serán llamados hijos de Dios (Cf Mt 5:9).

     En el otro mensaje dado por la Santísima Virgen en Medjugorje, el transmitido por medio de Jakov, Ella nos dice que “sólo mediante la oración y el abandono total el corazón de ustedes será lleno del amor y de la paz de Jesús”. Oración del corazón, corazón orante y abierto a Dios y abandono total son las condiciones para recibir el amor y la paz que el Niño Dios abundantemente y graciosamente nos regala esta Navidad.

     Si así lo hacemos este tiempo de Navidad seguramente ha de ser muy pero muy feliz. Que así sea.

 

P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


Alabado sea Jesucristo!

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