Comentario de los mensajes

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Año 2009

2 de enero de 2009

     Queridos hijos, mientras que una gran gracia del cielo les es prodigada a ustedes, sus corazones permanecen duros y sin respuesta. Hijos míos, ¿por qué no me entregan completamente sus corazones? Sólo deseo poner en ellos paz y salvación: poner a mi Hijo. Con mi Hijo, sus almas alcanzarán nobles metas y nunca se perderán. Aún en la mayor oscuridad encontrarán el camino. Queridos hijos, decídanse por una nueva vida con el nombre de mi Hijo en sus labios. Gracias.

Comentario

La filmación de la aparición a Mirjana del 2 de enero puede verse en:
www.dmisericordiamed.it/mirjana2gen09.htm


         ¿A quién va dirigido este mensaje? En un primer momento parece que fuera a aquellos que no escuchan a la Madre de Dios y que permanecen indiferentes, duros, sin responder a estos llamados que viene haciendo cada vez con más urgencia. Pero, en una lectura más atenta nos damos cuenta que la Virgen emplea una palabra –“completamente”- y aquí sí que hay tema para sentirse interpelado.

¿Es que estoy yo verdaderamente entregado “completamente”? ¿Es que le he dado a la Madre celestial todo mi corazón? ¿Estoy seguro que no me he quedado con un resto, con una parte de mi vida en la que voy a mi aire haciendo lo que me viene en ganas? ¿No estaré así actuando bajo mis instintos y dejándome llevar por lo que más me place llegando a estar en contra de lo que Ella me enseña y Dios quiere de mí? ¿No será que yo sigo en mi dureza de corazón porque no me siento aludido cuando leo estos mensajes recriminatorios? ¿Soy realmente merecedor de sus agradecimientos, plenamente merecedor, cuando dice “gracias por haber respondido a mi llamado”?

 

Lo otro que llama la atención y que, según mi opinión, le da al mensaje particular carácter de perentorio, de urgente, es cuando dice “aún en la mayor oscuridad encontrarán el camino”. Aquí caben dos interpretaciones posibles. Una es la de una advertencia eventual, podría ocurrir que en alguna ocasión o circunstancia alguien se encontrase en una gran oscuridad exterior e incluso interior y teniendo a Cristo que es la Luz, estando consagrado a María (habiéndole dado su corazón), encontrará un rumbo a seguir, el de la salvación, que le será mostrado y al que será guiado. La otra interpretación sería que la Santísima Virgen está anticipando un tiempo de gran oscuridad, muy tenebroso, para todos. Entonces, ya no sería una cuestión personal contingente, que podría o no ocurrir, sino un evento futuro al que la humanidad se encamina por haber abandonado a Dios. Personalmente creo que se refiere a esto segundo.

 

¿Cuál conclusión sacamos de todo lo dicho? Simplemente que estando el mensaje dirigido a todos y advirtiéndosenos que nos esperan tiempos aún más difíciles, debemos abandonarnos plenamente, con absoluta confianza, a la Santísima Virgen, y hacerlo ya mismo. Debemos abrirnos por entero y darle toda nuestra vida, todo nuestro corazón y dejar de pensar que este mensaje no me incumbe. Creo que cada uno debe hacer un examen profundo de conciencia para ver hasta dónde este mensaje va dirigido a su persona y abandonar definitivamente la mediocridad siendo cristianos a medias. No puede uno hacerse su propia ley y luego juntar las manos para pedirle a Dios cuando algo va mal o no va según los propios modelos de vida que ha concebido.

 

Ella nos exhorta a decidirnos por una vida nueva con el nombre de Jesús en los labios. Vendrá el nombre de Jesús a nuestros labios de la plenitud del corazón como oración y también, en momentos de grandes pruebas, como invocación de salvación. La Madre de Dios nos llama a una vida nueva, a “ser santos con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos” (1 Cor 1:2).

            “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos serás salvo” (Rm 10:9), es decir, serás salvo al nombrarlo como Señor creyendo firmemente que Él está vivo, glorioso, con todo poder y que responde. Nombrar a Jesús es invocar la salvación, porque ése y no otro es el nombre del único Salvador de los hombres. Porque “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4:12). Ya que “al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiesa que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Cf Flp 2:10-11).

 

Ser auténticamente de Cristo, estar seguro de seguir sus pasos y de que nuestros pasos sean por Él guiados, es entregarse completamente a María, con todo el corazón. Entonces sí viviremos en paz aún en medio de grandes guerras, encontraremos siempre el camino en la mayor oscuridad y seremos salvados. Para eso, no nos conformemos con nuestro estado actual diciendo “yo creo, yo escucho, yo promuevo y difundo los mensajes, yo estoy de su lado”, más bien veamos cada uno qué estamos haciendo de los que se nos pide y en cuáles ocasiones seguimos nuestro propio rumbo.

Que a todos nos aproveche este mensaje. 


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de enero de 2009

         
Queridos hijos! También hoy los invito a la oración. Que la oración sea como la semilla que pondrán en mi corazón, y que yo entregaré a mi Hijo Jesús por ustedes, por la salvación de sus almas. Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se acerquen a Dios Creador. Yo estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado. Solamente con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos. Hay muchos que al vivir mis mensajes comprenden que están en el camino de la santidad hacia la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario


“También hoy los invito a la oración. Que la oración sea como la semilla que pondrán en mi corazón, y que yo entregaré a mi Hijo Jesús por ustedes, por la salvación de sus almas”

Toda oración es buena cuando sale del corazón que anhela a Dios, que lo busca, que no teme ser purificado, que se sabe criatura que se dirige a su Creador y Salvador, que es –en fin- humilde.

Entre todas las oraciones hay una en particular, que va dirigida a la Santísima Virgen como intercesora y Madre nuestra, para que Ella la presente al Señor. Esa oración es el Santo Rosario, una oración sencilla en la que contemplamos los misterios de la salvación desde el corazón de la Virgen.

¿Por qué tiene tanto poder el Rosario? Lo tiene porque Dios se lo ha dado y porque, en este tiempo -más que nunca antes y cuando mayor es la oscuridad- ha reservado para la Santísima Madre del Hijo la misión de recoger el rebaño de Cristo, protegerlo y guiarlo. La modesta oración del Rosario que nosotros le ofrecemos –oración que sólo pueden aceptar rezarla los que tienen espíritu de pobres- va como flecha disparada a su corazón maternal. Cada Avemaría, cada “ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”, alcanza al Corazón de la Virgen de tal modo que Ella asume nuestra pobre oración como propia y la vuelve simiente que fructifica en intercesión ante su Hijo, quien especialmente la atiende porque viene de su Madre.

En todo esto hay un misterio que sólo se lo puede vislumbrar cuando nos volvemos pequeños ante Dios y ante la Virgen Santísima. Misterio que se manifiesta como prodigio en la grandiosa desproporción entre el Rosario que rezamos y las ingentes gracias que por él se obtienen. ¡Nada menos que las gracias de salvación de nuestras almas!

 

El día en que la Reina de la Paz nos regala este mensaje es el mismo en el que la Iglesia hace memoria solemne de la conversión de san Pablo. Saulo de Tarso se convierte en san Pablo, apóstol de los gentiles, a partir del encuentro con Jesucristo resucitado. Desde aquel fulgurante encuentro, camino a Damasco, será para Pablo evidente que la salvación no viene –como antes él creía- por las buenas obras que derivan del cumplimiento de la Ley sino que la salvación viene de Cristo y sólo de Él. Por eso, su predicación es la de Cristo, crucificado y muerto por nuestros pecados, y resucitado.  Por otro camino muy distinto al de Damasco, por el camino de la oración, del rezo del Rosario, la Madre de Dios también nos lleva, con mano segura, al iluminante encuentro con el Señor que transforma nuestras vidas y las conduce a la salvación. 

 

“Deseo, hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se acerquen a Dios Creador”

Nosotros estamos demasiado aferrados a esta vida, enamorados de ella y hemos perdido el sentido del destino final que debe ser la vida eterna. Ofuscados, atontados y apegados a las cosas terrenales y haciéndolas un fin en sí mismas perdemos de vista que nuestro destino es el Cielo, que fuimos creados para gozar de la eternidad junto a Dios, porque Dios quiere nuestra salvación. Aunque Dios desee nuestra salvación esa no es dada así sin más, puesto que debemos alcanzarla queriéndola nosotros también, poniendo nuestra voluntad en la voluntad de Dios. “Dios nos destinó para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos con él” (Cf 1 Ts 5:9-10). Él no nos destinó a la muerte ni, como dice san Pablo en esa carta a los tesalonicenses, a la ira sino a que alcancemos la salvación, y la salvación viene solamente –es necesario repetirlo- y únicamente por Jesucristo.

Enamorarse de la vida eterna –como lo pide la Madre de Dios en este mensaje- es centrar la vida en Cristo y enamorarse de Él. Si no se tiene a Cristo nada sirve, ni en esta vida efímera porque resultará insulsa y triste, ni jamás habrá méritos que puedan lograr la vida eterna.

San Pablo exhortaba a los corintios a que dejaran las cosas del mundo, incluso las más preciadas, por ganar a Cristo y la vida eterna diciéndoles: “El tiempo apremia... los que disfrutan del mundo (vivan) como si no lo disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa” (1 Cor 7:29.31).

Las cosas terrenales, nos recuerda la Virgen, cobran sentido en la medida que nos acerquen a Dios, que sirvan a la conversión, pero deben ser rechazadas como perniciosas y hasta perversas cuando nos alejan de Él. Por ejemplo, todos necesitamos del sano ocio -el espíritu necesita de solaz y el cuerpo de reposo- y eso es no sólo necesario sino que llega a ser recomendable para acercarnos al Creador. Pero, si el esparcimiento se trasmuta en diversión malsana o si nos adormece espiritualmente entonces la consecuencia es que nos aparta del camino de conversión. Por el simple efecto de su poder de distracción y por su contenido, tanto la televisión como Internet pueden ser muy nocivos y ayunar de una y de otro mucho contribuyen a la salud y al crecimiento espiritual. 

 

“Yo estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado”

Una vez más nos dice el porqué de su larga permanencia (¡bendita larga permanencia!) entre nosotros: porque estamos en el camino equivocado. Y estamos en el camino del error porque los que gobiernan y legislan las naciones se apartan de Dios con la aquiescencia de los gobernados. Es decir, la gran mayoría en el mundo expulsa a Cristo de sus vidas, pública y privada, de las instituciones que una vez se rigieron por los principios cristianos y de la vida familiar, y lo pueden hacer porque no hay resistencias. Más aún, a alguno se los recibe como salvador mientras se convierte en señor de la vida y de la muerte. Cuando alguien promueve la muerte de seres humanos, los más indefensos y débiles, cuando alguien pasa por encima de Dios atentando contra la sacralidad y la dignidad de la vida humana ¿cómo podrá ese alguien traer la paz y el bienestar si rechaza con sus actos la bendición de Dios? El mundo está tan adormecido por el opio de los medios de comunicación y la propaganda que se aplaude el mal disfrazado de bien y para el mal no hay resistencias. No hay casi resistencias porque por una parte se ha perdido la noción del mal y el engaño corre veloz, y por el otro, todos están ocupados y preocupados de las cosas terrenas y del placer, porque los tienen o porque no los tienen y quieren lograrlo o porque temen perderlos.

Cuando dejamos a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida nuestro destino es caer víctimas de las desgracias de la perdición, de la impostura y de la muerte.

Mientras tanto, porque muy poca es la conversión a Dios, sigue la Virgen llegando hasta nosotros con la presencia de sus mensajes. Y lo hará hasta que Dios lo permita, hasta que dure este tiempo de gracia y misericordia que puso bajo el dominio de la Santísima Virgen.

No dejemos de darle gracias a Dios por la presencia de María Santísima entre nosotros y de rezar para que esa presencia salvadora se prolongue[1].

 

“Solamente con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos”

Los ojos suelen estar cerrados por el letargo o porque están encandilados. Eso ocurre en la vida espiritual cuando no se advierte la realidad de lo trascendente y eterno por el adormecimiento que provocan las cosas efímeras o cuando se cae presa del engaño o del error o  deslumbrado ante la mentira de la tentación y la búsqueda del placer por el placer mismo.

Sólo con su ayuda, nos dice, podremos abrir los ojos. “Sólo con su ayuda”. Esta frase llama mucho la atención. ¿Es que llegará el momento -que está ya llegando- en que se apagará la voz de la Iglesia porque se la amordazará y no podrá hablar? ¿Es que a veces los hombres de Iglesia callamos o estamos con los ojos puestos en otra parte y se nos está escapando lo esencial y por eso viene Ella para advertirnos? La frase da para mucho tema de especulación, pero lo importante no es eso sino quedarse con la confianza que la Madre de Dios nos guía y nos guiará aún en medio de la mayor confusión. Tengamos puestos nosotros los ojos en Ella, escuchémosla, vivamos lo que nos pide vivir que no desviaremos el camino, ese camino de santidad a la que nos llama, ese camino de eternidad. 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


[1] Una práctica inspirada que sugiero es la de poner los relojes sincronizados con la hora de la aparición diaria, para todos los días, a esa hora, elevar las gracias al Señor y a la Virgen por la gracia de la presencia en Medjugorje y de los mensajes.


25 de febrero de 2009

         
¡Queridos hijos! En este tiempo de renuncia, oración y penitencia, los invito de nuevo: vayan a confesar sus pecados para que la gracia pueda abrir sus corazones, y permitan que ella los cambie. Conviértanse, hijitos, ábranse a Dios y a su plan para cada uno de ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 

Comentario


“¡Queridos hijos! En este tiempo de renuncia, oración y penitencia...”
         
El mismo 25 de febrero, día del mensaje, ha coincidido con el Miércoles de Ceniza con el que iniciamos el tiempo cuaresmal. Éste es un tiempo de preparación a la Pascua, por tanto tiempo penitencial y en el que la Iglesia renueva el llamado a la conversión. La conversión es el camino hacia Dios y en ese camino hay fuerzas que se oponen: el mundo, la carne y el Maligno. Por eso, la conversión siempre implica la lucha espiritual.
          En la oración colecta del Miércoles de Ceniza pedíamos al Señor que nos fortaleciese para mantenernos en espíritu de conversión y “que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.
          Las tres columnas de la piedad judía y cristiana con la que nos enfrentamos al mal son el ayuno, la limosna –en su sentido más amplio de obras de misericordia que van más allá de la simple dádiva- y la oración. Esas son las prácticas que hacen justo al hombre ante Dios y que -como enseña el Señor- deben salir del secreto del corazón e ir dirigidas exclusivamente al Padre, sin ostentación, en la humildad, fuera de toda vanagloria. Y el Padre que ve en lo secreto te recompensará (Cf Mt 6:1-6; 16-18).

          Nuestra Madre menciona además de la renuncia -que lo podemos traducir por el ayuno no sólo de comidas (siempre del pecado)-  y la oración, la penitencia. Las cenizas que se imponen el Miércoles de Ceniza son signo de penitencia y de conversión. La imposición se hace con la fórmula “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”  o con la más moderna: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Con ese gesto y esas palabras se nos exhorta a meditar sobre la propia vida, su brevedad y nuestra condición de mortales que deberemos un día enfrentarnos ante el Tribunal de Dios y sobre la necesidad que tenemos de continua conversión.

“Los invito de nuevo: vayan a confesar sus pecados para que la gracia pueda abrir sus corazones, y permitan que ella los cambie”
          Quien convierte es Dios por medio de su gracia, y nosotros debemos hacernos disponibles a esa gracia. Para que esa gracia actúe y sea eficaz, debemos dar el paso de querer purificarnos confesando nuestros pecados.
          Justamente, cuando parece que está en crisis el sacramento de la reconciliación, porque son pocos los que se confiesan, lo suelen hacer después de mucho tiempo mientras no dejan de comulgar; y cuando la pérdida de la noción de pecado hace que las confesiones no sean tales sino meras charlas más propias de un gabinete de psicólogos que de un sacramento, la Santísima Virgen insiste en la necesidad de la confesión y de la confesión frecuente, al menos una vez al mes.

          Para rehuir a la confesión hay todo tipo de excusas, desde aquellas que “yo sólo me confieso con Dios” hasta “no tengo nada para confesar”, “cuando voy no sé qué decir” o “me desalienta ir y confesar siempre los mismos pecados”. Estas últimas suelen ser trampas del demonio para alejar a las personas del sacramento, o sea de la salvación.
          Los que suelen decir que sólo se confiesan ante Dios son los mismos que niegan que un hombre pueda perdonar los pecados. Olvidan que fue el mismo Señor Jesucristo quien instituyó este sacramento para que fuera administrado por los sacerdotes, cuando soplando sobre los discípulos dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn. 20:22-23). Y así como a Pedro le da las llaves del Reino de los Cielos, que es el poder eclesial detentado por los Papas, sucesores de la Cátedra y ministerio petrinos, de atar y desatar en la tierra (Cf Mt 16:19), así también le dice a los discípulos y en ellos a sus sucesores los sacerdotes: “Yo os aseguro, todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 18:18).
          Nunca hay que demorar la confesión. Sin embargo, la confesión no es simplemente un mero relato de faltas ni mucho menos una ocasión para justificarse a sí mismo y para inculpar a otros por la propia conducta. No, a la confesión el penitente va a acusarse de los pecados que le duelen porque ha ofendido a Dios y se ha opuesto a su Ley de amor. La confesión debe ser hecha desde la humildad y la sinceridad sin ocultar nada porque estaríamos ocultándoselo a Dios. A la confesión se va con corazón contrito y con deseos de enmienda y de cambiar mi vida. Quien se confiesa va en busca de la misericordia de Dios.
          Antes de confesarse es necesario hacer un examen de conciencia invocando al Espíritu Santo para que ilumine nuestra alma y nos convenza de pecado. Jamás ser auto indulgentes, porque toda vez que la persona se justifica, Dios la acusa. Debe haber un verdadero propósito de enmienda, es decir querer cambiar de vida y dejar el pecado y acercarse al sacramento con espíritu contrito, es decir con el dolor que provoca haber ofendido a Dios. Sin verdadera contrición no puede haber perdón de los pecados. La contrición es definida como “un dolor del alma y aborrecimiento del pecado cometido, juntamente con el propósito de no volver a pecar”.
          Quien está en pecado mortal, o sea quien ha hecho algo en materia grave contra la Ley de Dios, jamás debe comulgar hasta que no se haya reconciliado con Dios. Porque sino, como dice el Apóstol “quien coma el pan o beba el cáliz del Señor (quien comulgue) indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor… come y bebe su propia condena” (Cf 1 Co 11:27.29).
          Bueno es recordar que para que haya pecado mortal es necesario que la materia sea grave (que se haya infringido alguno de los Mandamientos), plena conciencia de la gravedad y pleno consentimiento.

          Es recomendable confesar no sólo los pecados mortales sino también los veniales. 

          A través de la confesión bien hecha, Dios perdona nuestros pecados justificándonos, nos purifica y nos sana, y, al mismo tiempo, nos hace aptos para recibir la gracia santificadora que nos irá transformando.

“Conviértanse, hijitos, ábranse a Dios y a su plan para cada uno de ustedes”
          Este tiempo Cuaresmal es para aprovechar haciendo aquello sencillo que nos pide nuestra Madre y Reina de la Paz. La Cuaresma debe ser el tiempo de profundización de nuestra fe y de nuestra vida como cristianos, dando espacio a la oración, a la renuncia por amor y a una vida austera y penitencial. Así abriéndonos a la gracia y cooperando con ella podremos dejar que el Señor nos vaya modelando, cambiando, santificando.

          La Santísima Virgen nos recuerda que Dios tiene para cada uno de nosotros un plan. Plan que depende de nuestra aceptación al mismo, de nuestra libre voluntad a llevarlo a cabo. La conversión, que es siempre personal, nos acerca a Dios y nos vuelve disponibles y dóciles para cumplir su plan de salvación en nosotros y a través de nosotros.

          Que nuestra actitud vaya acompañada de nuestra oración para decirle a Dios: “Señor, aquí estoy, hágase en mí tu voluntad. Te entrego y consagro mi libertad para ser verdaderamente libre y feliz”.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de marzo de 2009

        ¡Queridos hijos! En este tiempo de primavera, cuando todo se despierta del sueño invernal, despierten también ustedes sus almas con la oración para que estén dispuestos a recibir la luz de Jesús resucitado. Que Él, hijitos, los acerque a su Corazón para que puedan estar abiertos a la vida eterna. Oro por ustedes e intercedo ante el Altísimo por vuestra sincera conversión. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario


En este tiempo de primavera, cuando todo se despierta del sueño invernal, despierten también ustedes sus almas con la oración para que estén dispuestos a recibir la luz de Jesús resucitado” 

        Como advertimos en otras oportunidades, aún cuando estos mensajes son para todo el mundo vienen dados en Medjugorje y en ciertas ocasiones, como ésta, pueden contener referencias locales. Así, en este caso, la Reina de la Paz menciona el tiempo de primavera válido sólo para el hemisferio norte.  No obstante ello, los mensajes no dejan de ser universales. También en otras apariciones como La Salette o Lourdes o Fátima, la Santísima Virgen hablaba de situaciones locales, sin embargo, en lo fundamental, siempre se ha dirigido a todos sus hijos del mundo. 

        En el presente mensaje la Santísima Virgen nos está exhortando a despertar del letargo y a sacudir el alma de la pesadez del sueño que inmoviliza, de ese dañino dejarse estar que atenta contra la vida espiritual. Ella nos dice que la oración es el medio para salir de ese sueño porque el alma, como la naturaleza bajo la acción del sol, va cobrando el calor que viene del Espíritu y va abriéndose, poco a poco, dando sus frutos. Nos llama a despertar para disponernos a acoger la luz de la Resurrección de Cristo. La luz de Jesús resucitado es la que ilumina la cruz con la victoria sobre la muerte, sobre la aparente inutilidad del sufrimiento, sobre el pecado que esclaviza al hombre y lo hunde en el abismo eterno de la muerte del alma, sobre el Maligno, príncipe de este mundo. Es la luz del amor de Dios que todo lo vence. Es la misma luz que hace que nuestro sufrimiento -unido a los padecimientos del Señor- cobre sentido y valor de redención y de amargo se torne dulce.

 

Que Él, hijitos, los acerque a su Corazón para que puedan estar abiertos a la vida eterna”

        Cuando, por medio de la oración, nos abrimos a la gracia del Señor propiciamos el acercamiento a su misericordia y entramos en su vida, que es la vida eterna.

        Jesús tiene su Corazón abierto por nosotros. Es el corazón vulnerable de todo un Dios que se inclina hacia aquel que clama su misericordia, que pone su voluntad en conocerlo de cerca, que responde a su llamado.

 

        “Estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). Hoy, el Señor nos llama por medio de su Madre. Oír la voz de Cristo es oír la voz de su Palabra, es escucharla también a través de su Iglesia y, en estos tiempos especiales de grandes gracias, es oír, seguir, vivir los mensajes que la Reina de la Paz nos trae del cielo. 

Oro por ustedes e intercedo ante el Altísimo por vuestra sincera conversión”

        En este mensaje encontramos dos frases que producen una cierta resonancia y  podemos interpretarlas como advertencias que nuestra Madre Santísima nos hace. Estas frases son “recibir la luz” y “sincera conversión”

        Por qué -nos preguntamos- últimamente nos habla de recibir la luz? No será acaso por la necesidad que tenemos, en estos momentos de gran oscuridad -producto de la gran confusión y del engaño provocado y también del autoengaño- de recibir la luz del Espíritu, o sea del sano entendimiento, para no caer en una aparente y falsa conversión?

        Si bien no es posible cuantificar la conversión, es decir saber cuánto uno se está convirtiendo a Dios, si se puede, en cambio, ver hacia dónde se está yendo. Para ello es posible confrontar el camino recorrido con parámetros inequívocos como, por ejemplo, la obediencia a la Ley de Dios expresada, en lo concreto, en las mismas enseñanzas del Magisterio (a través de encíclicas y otros documentos y declaraciones y en el mismo Catecismo de la Iglesia, ese tesoro que nos legó Juan Pablo II) o las virtudes personales como la humildad, docilidad, simplicidad de vida o bien la intensidad de la propia vida espiritual. Quien -siguiendo con los mismos ejemplos- rechaza el Magisterio de la Iglesia, quien no acepta aunque sea sólo algunos puntos de lo que la Iglesia sostiene y enseña en materia de fe y de moral, no sólo está lejos en su camino de conversión sino que no está en comunión con la misma Iglesia. Qué comunión y qué conversión puede haber cuando se dice: “eso opina el Papa, pero yo creo que ...”. O, como también se oye decir: “soy un católico maduro y en materia de contraconcepción o de aborto en determinados casos opino diferente al Magisterio...”. Cómo si se tratase de materia opinable! La pregunta es: qué crees? A quién crees?

        Lamentablemente, la gran confusión que se manifiesta en “opiniones y creencias autónomas” que contrastan con la sana doctrina y la moral verdaderamente cristiana (para entendernos, las que enseña el Papa y otros Papas han enseñado), no sólo viene de afuera, del laicismo a ultranza imperante omnipresente gracias a los consabidos medios de comunicación, sino, lamentablemente, desde dentro de la misma Iglesia. Por eso, los esfuerzos del Santo Padre para iluminar en esta tenebrosa confusión provocada por falsos teólogos que niegan la veracidad de los Evangelios y vacían la salvación diferenciando el “Cristo de la fe” del “Cristo de la historia” o cuestionan la fe de Cristo como único Salvador de los hombres. Por eso, también, su empeño en recuperar la grandeza de la liturgia que reverencia el misterio que celebramos ante la banalización y la degradación, profanación y sacrilegio que, al interno de la Iglesia, en tantas partes se cometen. Mientras los enemigos de Cristo y de su Iglesia tratan, por todos los medios, de deslegitimar las enseñanzas de su Magisterio, y hasta de ponerlo en ridículo o hacerlo aparecer como fuera de la época, el Santo Padre no deja de exhortarnos a profundizar la vida espiritual recuperando el amor por la Palabra, dando supremacía a la oración y a la adoración al Santísimo Sacramento.

        Cuando el mundo y algunos hasta dentro de la Iglesia intentan apagar su voz, el Cielo viene en su ayuda y la Madre de Dios llega, por medios que sólo la gracia puede proveer, a todos sus hijos para alertarlos y guiarlos en medio de la oscuridad.

 

        Grande es la confusión cuando personas que supuestamente están comprometidas en un camino de fe envían, por ejemplo, presentaciones (pps que a diario recibo) que contienen afirmaciones equívocas propias de la New Age, y cuando libros supuestamente religiosos y de espiritualidad que contienen grandes herejías se venden como pan caliente y por añadidura en algunas librerías católicas.

 

        Convertirse no es simplemente creer que estoy adherido a Cristo porque de Él hablo o pienso durante el día o participo de algún grupo de oración o de algún movimiento y luego soy autónomo de la Iglesia y cuestiono el Magisterio del Papa o vivo como mejor me parece sin tener en cuenta la moral cristiana. Conversión sincera es coherencia de vida, es ser coherente con lo que digo creer y a quién digo seguir. Hasta cuándo se ha de renguear de los dos pies?, preguntaba el profeta Elías al pueblo infiel (Cf 1 Re 18:20). No puede alguien decir que es cristiano y al mismo tiempo hacer la meditación trascendental (es un ejemplo). Mucho cuidado con los orientalismos! Al propósito, recomiendo leer los libros del P. Joseph-Marie Verlinde (“La experiencia prohibida” y otros).

        Sí, mucha es la confusión, por eso la Madre de Dios trazó el camino de conversión del que no hay que apartarse. Ese camino es el de la oración, pero oración cristiana, sobre todo el Rosario(1) que es una oración humilde, sencilla, simple, insistente (por lo repetitiva) y perseverante (porque es diaria). Con el Rosario sabemos que llegamos a Dios por el camino más breve, corto y seguro que es el de María. Luego, junto a la oración la adoración y en particular la adoración perpetua (como lo pidió en Medjugorje el 15 de marzo de 1984). Ese camino de la Reina de la Paz es también el de la Biblia, leída con la Iglesia, como enseña el Magisterio; es el del Catecismo. Camino que pasa por el abandono confiado a Dios a través de la Virgen, por la caridad y misericordia y por la purificación mediante la asidua confesión sacramental. Camino, en fin, cuya cúspide es la Eucaristía. 

 

        Queridos hermanos, aferrémonos a lo que nos pide nuestra Madre Santísima en sus mensajes. No nos apartemos del camino por Ella trazado en busca de nuevas espiritualidades, estemos atentos a la sana doctrina y a la recta moral que desde siempre enseña el Magisterio de la Iglesia. Cobijémonos y abandonémonos en la Madre de Dios, consagrándonos y renovando nuestra consagración a su Corazón Inmaculado y estaremos siempre seguros y protegidos por su constante intercesión.

 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

 

(1) Para que se vea cuán grande es la confusión: he conocido a una persona que recitaba el Rosario, como si fuera un mantra que repetía, en posiciones de yoga. Hay que recordar que no hay hinduísmo sin yoga ni yoga sin hinduísmo. Por tanto, no es una gimnástica como se la pretende hacer pasar. Nuevamente, leer “La experiencia prohibida” de J-M Verlinde.


25 de abril de 2009

         
¡Queridos hijos! Hoy los invito a todos a orar por la paz y a testimoniarla en sus familias, a fin de que la paz se convierta en el tesoro más grande en este mundo sin paz. Yo soy la Reina de la Paz y su Madre. Deseo conducirlos por el camino de la paz que solamente proviene de Dios. Por eso, oren, oren, oren. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario


“Hoy los invito a todos a orar por la paz y a testimoniarla en sus familias”

Este mensaje contiene el pedido de una intención particular que es, al mismo tiempo, universal, porque de la paz se trata.

La Madre de Dios nos dirige una invitación personal, a cada uno de nosotros sus hijos, pero no queda ahí sino que nos pide, además, que demos testimonio no ya individual sino de familia.

El primer ámbito donde debe reinar la paz es la familia, entendida no sólo como familia de sangre sino también como familia religiosa o comunidad de vida. Por tanto, quienes recibimos y acogemos el mensaje estamos siendo llamados además de rezar por la intención de procurar siempre obrar en la concordia y tender puentes de amistad, reconciliación y comprensión entre todos los miembros de la familia o de la comunidad. Y, en la medida de lo posible, propender a que todos recen unidos, puesto que la familia que reza unida recibe el don de la paz y de la unidad.

Lamentablemente, la experiencia demuestra que muchos son los casos en los que no todos los miembros de la casa están dispuestos a la oración y ni siquiera a la oración conjunta. ¿Qué hacer en esos casos? Pues, quien o quienes rezan que lo hagan por los que rechazan hacerlo. Nunca se debe forzar a nadie a rezar porque debemos respetar la elección del otro y porque se corre el riesgo de provocar un rechazo aún mayor. Si se actúa con fe y con paciencia llegará el día en que todos juntos rezarán, al menos un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria. En esos casos, entonces, paciencia, testimonio de vida y oración es lo que se requiere junto a la fe que el Señor obrará movido por esas oraciones. 

“a fin de que la paz se convierta en el tesoro más grande en este mundo sin paz

Cuán cierto es que una familia de vida armoniosa -donde se respira la paz, donde todos sus miembros se respetan y donde no se oyen fuertes discusiones ni palabras altisonantes- transmite al mundo el más elocuente mensaje de paz. Ese mensaje testimonial se convierte en ejemplo a emular, en testimonio eficaz de que la paz es posible cuando Dios impera, y que la paz es el mayor tesoro a encontrar, verdadero don divino a conquistar.

De la concordia y mutuo amor de las primeras comunidades cristianas los paganos quedaban admirados y decían “miren cómo se aman”. A aquellas comunidades las distinguía el amor y la paz, dones que necesariamente van juntos porque sin paz no hay amor y sin amor no puede haber paz.  Las comunidades eran escuela de amor, de piedad que irradiaba paz. Eso lo veían los paganos, se sentían atraídos y querían emularlos convirtiéndose. 

“Yo soy la Reina de la Paz y su Madre”

Brevemente, nos recuerda que Ella ha venido y viene como Reina de la Paz y porque es nuestra Madre. Esos títulos vienen de su mismo Hijo, Rey y Señor de la Paz, que nos la dio por Madre en la cruz. La misma cruz es la fuente de nuestra paz y el origen de la Maternidad de la Virgen de toda la humanidad.

 

“Deseo conducirlos por el camino de la paz que solamente proviene de Dios”

Por ser nuestra Madre y porque su misión es traer la paz, “por la entrañable misericordia de Dios” que es misericordia y amor maternal en María, nos conduce Ella a su Hijo que vino una vez al mundo “para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte”, “para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Cf Lc 1: 78-79).

La paz es don divino y mesiánico, puesto que la paz sólo viene de Dios y es Cristo, el Mesías, quien nos los dijo: “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn 14:27). La paz del Señor no es simple tregua ni ausencia momentánea de conflictos o una cierta tranquilidad siempre condicionada, sino plenitud de bienes espirituales, de vida que viene del Amor que libera y plenifica. La palabra hebrea “shalom”, que viene traducida como “paz”, significa plenitud, estar colmado. El corazón del hombre anhela esa plenitud, ese estar colmado de la gracia de Dios que lo hace libre, feliz objeto y sujeto de amor.

 

“Por eso, oren, oren, oren”

Cuando la Santísima Virgen repite oren, oren, oren quiere decirnos que debemos intensificar la oración y también la profundidad de la misma. Ahora nos pide que oremos por la paz, para poder recibir la paz en el corazón y ser instrumentos de paz, extendiéndola a otros e intercediendo por otros para que ellos también reciban esa gracia que es don divino y mesiánico. Por tanto, los primeros en hacer el camino somos nosotros –camino de oración y de testimonio por la paz- dejándonos conducir por nuestra Madre y Reina de la Paz. Éste es su programa: paz en el corazón del hombre, paz en las familias, paz en las naciones.

Como recientemente nos recordó el Santo Padre en Lourdes: “María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna”. Seamos obedientes al llamado del Cielo, sigamos a la Santísima Virgen que nos conduce por el camino de la paz y enseña cómo caminar. Oremos, oremos, oremos para que reine la paz y el amor.

 

Familia, unidad, paz están entrelazadas en el mensaje que la misma Reina de la Paz dio en otro lugar, reconocido -por la comisión teológica solicitada por el obispo- como de orden sobrenatural. Me refiero a las lacrimaciones de la Madonnina de Civitavecchia.

Una pequeña estatua de yeso venida de Medjugorje y representando a la Reina de la Paz, lloró sangre 14 veces. Quien primero vio a la imagen llorar fue una niña –que en la época, año 1995, tenía cinco años y medio- al salir de su casa con su padre para ir a Misa. La imagen era de propiedad de la familia, de apellido Gregori, y la tenían en una pequeña gruta que el padre había hecho en el jardín para venerar a la Madre de Dios y saludarla al entrar y salir de la casa. A partir de aquel día, 2 de Febrero, día de la Candelaria, toda la familia se vio implicada tanto en las gracias recibidas como en las pruebas a las que fueron sometidos sus miembros. La niña recibió mensajes secretos de la Madre de Dios los que dio a conocer sólo a su Obispo. Las lacrimaciones en la casa de los Gregori fueron 13, la decimocuarta sería con la estatuilla en las manos del Obispo Mons. Girolamo Grillo, quién de juez escéptico se convirtió en testigo convertido. Después de diez años de la mariofanía la niña, ahora adolescente, declara bajo juramento haber recibido otros mensajes en los que la Santísima Virgen habla de “la familia y su unidad, que en estos tiempos es destruida por las insidias del demonio”. Y, como en Medjugorje, también pide oración ante el Santísimo Sacramento, muy frecuentes Misas y muy frecuentes confesiones, rezo del Rosario diario y consagración a su Corazón Inmaculado. 

Mons. Grillo ha revelado recientemente que el Santo Padre Juan Pablo II en varias ocasiones veneró la pequeña imagen.

Hoy la imagen está expuesta en la iglesia parroquial Sant’Agostino de Civitavecchia convertida en santuario mariano. La gente, que viene de todas partes de Italia y del mundo, no va sólo a rezar delante de la Madonnina que lloró lágrimas de sangre sino también a confesarse y a rendir culto eucarístico de adoración o participar de la Santa Misa. Numerosos son los frutos de conversión. Como anotaba el famoso periodista Vittorio Messori, coautor de un libro con el entonces Cardenal Ratzinger y otro con Juan Pablo II; “los frutos de Civitavecchia parecen ser, en una perspectiva de fe, el mayor signo de credibilidad, más que los aún preciosos y necesarios análisis de los expertos”.

 

Oremos todos, queridos hermanos. Oremos por la paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en el mundo. Oremos, no dejemos de orar. Recordémoslo cada vez que saquemos la corona del rosario para rezarlo, cada vez que vayamos a la Santa Misa, cuando nos levantamos y cuando nos acostamos. Recordemos rezar por la paz y dar testimonio de paz en y con nuestra familia o comunidad. Y no nos olvidemos nunca de rezar por el Santo Padre que está siendo muy atacado. Él es la cabeza de nuestra Iglesia, de nuestra gran familia eclesial, la Santa Iglesia del Señor.

 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de mayo de 2009

          ¡Queridos hijos! En este tiempo, los invito a todos a orar por la venida del Espíritu Santo en cada criatura bautizada, para que el Espíritu Santo los renueve a todos y los conduzca por el camino del testimonio de vuestra fe, a ustedes y a todos aquellos que están lejos de Dios y de Su amor. Estoy con ustedes e intercedo por ustedes ante el Altísimo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario
 

“En este tiempo, los invito a todos a orar por la venida del Espíritu Santo …”

Este tiempo, después de la Ascensión, es litúrgicamente el tiempo de Pentecostés. A partir de Pentecostés se presenta la novedad de la Iglesia, como fruto de la Resurrección y del don del Espíritu.

Es el Espíritu Santo quien obra toda realidad de salvación y santificación en la Iglesia y nos introduce en la revelación del misterio de Dios y del hombre.

El Espíritu Santo, el Paráclito -que significa “el que está junto a nosotros” para defendernos- es el enviado del Padre en nombre del Hijo y por el Hijo, y mora en los que creen en Él. Es el Santo Espíritu el que todo nos revela porque es el Espíritu de la verdad.

Es quien nos ilumina, a nosotros Iglesia, acerca del misterio de Cristo, Mesías, Señor e Hijo de Dios y hace que comprendamos la Resurrección como el cumplimiento del plan de salvación de Dios para todos los hombres. Pues, si Cristo es la manifestación visible de Dios –“quien ha visto al Hijo ha visto al Padre”, le dice el Señor a Felipe en la Última Cena (Jn 14:9)- el Espíritu Santo es quien lo revela.

Por el Espíritu Santo nos sabemos hijos de Dios dándonos la confianza de llamarlo Padre, Abbá (Cf. Rm 8:15), y reconocemos que Jesucristo es el Señor (Cf. 1 Co 12:3).

Es también el Espíritu quien nos impulsa al anuncio de salvación y al testimonio y nos da la fuerza y el valor para hacerlo sin temer ni a la persecución ni a la muerte. Fue por el Espíritu Santo, recibido en el Cenáculo mientras estaban en oración, que los discípulos se volvieron verdaderos apóstoles (enviados) porque salieron del encierro de sus miedos a proclamar el Evangelio de salvación a todo Israel y a todo el mundo conocido.

 

Al Espíritu que ya vino y que se hace constantemente presente en la Iglesia, hay que llamarlo porque constantemente lo perdemos y sofocamos. Por eso, la venida del Espíritu implica siempre purificación interior.

Sí, al Espíritu Santo hay que pedirlo y Dios no lo niega a los que se lo piden (Cf. Lc 11:13). No importa la fórmula de invocación sino la intención y fuerza de convicción o de necesidad con la que se pide. El Espíritu Santo es Padre de los pobres y en la medida que nos consideremos indigentes ante Dios tendremos la fuerza como para pedirlo.

Nosotros lo invocamos, clamamos su presencia y Él, el Espíritu Santo, nos enseña a orar. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8:26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración.

La Santísima Virgen en Medjugorje ha dicho: “Queridos hijos, ustedes no saben pedir. Piden demasiadas cosas y no piden el Espíritu Santo. ¡Pidan el Espíritu Santo y lo tendrán todo!”.

Oremos, entonces, como nos lo pide nuestra Madre en este mensaje por la venida del Espíritu Santo. A eso nos invita:

 

“… a orar por la venida del Espíritu Santo en cada criatura bautizada”

La intención por la que nos pide orar es para la venida del Espíritu en cada bautizado. Pero, ¿qué puede significar ser bautizado? O dicho de otro modo: ¿cuál es el alcance de este pedido?

Recordemos que por medio del bautismo se recibe el Espíritu Santo y que el pecado original y los pecados personales que la persona pudiera haber cometido son cancelados, se es regenerado como hijos de Dios e incorporado a la Iglesia. En cuanto al perdón de los pecados “al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza”, por eso la Iglesia posee otro medio para perdonar los pecados que se cometan, es el sacramento instituido por el mismo Señor: el de la penitencia que reconcilia al penitente con la Iglesia y con Dios (CIC 978, 979 y 980).

Dios le confiere al bautizado la gracia santificante que lo hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo y le permite crecer en el bien, además de hacerlo receptor de los dones del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo también otorga a algunos fieles dones especiales para la edificación de la Iglesia, que son los carismas.

En definitiva, a través del bautismo, el Espíritu Santo, nos hace ricos y capaces de Dios.

 

Uno de los himnos de la liturgia dice, refiriéndose al Espíritu de Dios: “Esta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia, en medio de las plazas y levanta testigos en el pueblo”.

Ahora bien, después de todo este repaso sobre qué significa ser bautizado y poseer el Espíritu Santo, nos podemos preguntar: ¿Qué ha ocurrido con toda esa riqueza que nos ha sido dada? ¿Por qué ahora no salimos a las plazas? ¿Por qué faltan testigos “para hablar con palabras como espadas”, como sigue diciendo el himno? La respuesta es: por la misma razón que la Santísima Virgen nos pide que oremos, es decir porque la llama del Espíritu se ha extinguido en los bautizados, porque la fe ha perdido su firmeza y leemos la historia de la Iglesia primitiva con ojos de arqueólogos, no de creyentes. Porque “sin el Espíritu Santo, Dios es lejano, Cristo queda en el pasado, el Evangelio resulta letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un poder, la misión una propaganda, el culto un arcaísmo y el obrar moral una acción de esclavos. Pero, en el Espíritu Santo el cosmos se ennoblece por la generación del Reino, Cristo Resucitado se hace presente, el Evangelio se vuelve potencia y vida, la Iglesia realiza la comunión trinitaria, la autoridad se transforma en servicio, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano es deificado” (Atenágoras).

 Y mientras hermanos separados no temen proclamar al Evangelio porque no dejan de invocar al Espíritu Santo nosotros nos atrincheramos en escepticismos y falsas salvaciones materiales. Nos falta la fuerza para proclamar al mundo que Jesucristo es el único Salvador de los hombres y que es el Señor de cielo y tierra, y esa fuerza es el Santo Espíritu de Dios. Por eso debemos pedirlo, para nosotros y para cada bautizado. Pedirlo para cada cristiano. Porque si bien el Espíritu Santo está presente en comunidades eclesiales no católicas no lo está en cuanto permanezcan separadas y en cuanto no se les haya revelado la totalidad de la verdad, principalmente sobre tres temas fundamentales: la presencia verdadera, real y substancial de Jesucristo en la Eucaristía[1]; la identidad y consecuentes prerrogativas y dogmas de fe acerca de la Santísima Madre de Dios, y la primacía y ministerio petrino del Papa[2]. ¿Qué es lo que impide esta revelación del Espíritu? Los prejuicios. Para hacer una analogía que permita comprender esto, podemos asimilar el Espíritu a la luz y los prejuicios a la pantalla que no deja penetrar la luz. En la medida que haya prejuicios que impiden la manifestación de la verdad toda entera se genera un cono de sombras. Pidamos que el Espíritu Santo penetre los corazones cerrados por los prejuicios y que los hermanos separados, abiertos totalmente a su acción, sean iluminados para adorar al Señor presente en el Santísimo Sacramento; para que como Isabel proclamen ante la presencia de la Virgen en la Iglesia: “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga hasta mí?”. Y también para que en sus corazones resuenen las palabras del Señor: “Tú eres Pedro...” (Mt 16:18).

 

El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado de los bautizados. La Comunión con el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado y les confiere la unidad.

Por eso, para que revivan los huesos áridos y muertos (Cf. Ez 37:10) debe soplar el Espíritu sobre la Iglesia de los bautizados. Por eso, si escuchamos a nuestra Madre del Cielo, no debemos dejar de elevar nuestras plegarias pidiendo al Padre y al Hijo: “Padre, envíanos el Santo Espíritu. Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo. Señor Jesucristo, manda el Espíritu prometido. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! Ven para que todos los bautizados seamos uno, en una sola fe, un solo Señor, un solo bautismo”.

 

... para que el Espíritu Santo los renueve a todos y los conduzca por el camino del testimonio de vuestra fe, a ustedes y a todos aquellos que están lejos de Dios y de Su amor”

Sí, queridos hermanos, no dejemos de invocar al Espíritu, no dejemos de pedir que nos renueve para hacer de nosotros verdaderos y valientes testigos de Jesucristo, muerto y resucitado.

Si nos falta el Espíritu la vida pierde calor y color, la llamas de la fe y del amor languidecen hasta apagarse, y el hombre se hace viejo y ya no reconoce a su Dios, que es Amor.

El Espíritu falta cuando falta la oración. Por eso, no dejemos de rezar pidiendo la venida del Paráclito (del otro Paráclito, porque el primero es Jesucristo) para nosotros y para toda los cristianos. Y hagámoslo con muchísima confianza, porque junto a nuestra oración, como en el primer Pentecostés en el Cenáculo, está María, la Madre de nuestro Señor y Madre nuestra, pero ahora en la gloria intercediendo ante el Altísimo.

 

Recapitulando: como hoy nos pide la Santa Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de la Paz, oremos pidiendo con confianza la venida del Espíritu Santo sobre todos los cristianos para que todos –tanto cercanos como alejados del amor de Dios, los que conservan la fe verdadera y la que la han perdido- seamos renovados y podamos dar con valentía y ardor testimonio de nuestra fe.

 

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

 

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas,

infunde calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus siete dones

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

(Secuencia de Pentecostés)


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org

[1] Es decir las especies de pan y vino consagradas por un sacerdote, quien ha recibido la unción, el orden sagrado, por la imposición de un obispo dentro de la sucesión apostólica.

[2] Esos tres grandes amores que san Juan Bosco llamaba las tres blancuras.


25 de junio de 2009

          ¡Queridos hijos! Alégrense conmigo, conviértanse en alegría y agradezcan a Dios por el don de mi presencia entre ustedes. Oren, para que en sus corazones Dios esté en el centro de su vida y con su propia vida, hijitos, testimonien para que cada criatura pueda sentir el amor de Dios. Sean mis manos extendidas para que cada criatura pueda acercarse al amor de Dios. Yo los bendigo con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

 

Este mensaje del 28º aniversario compendia varios llamados a la acción y estos se denotan por los verbos empleados: alegrarse, dar gracias a Dios, orar, dar testimonio, ser las manos extendidas de la Virgen.

 

“Alégrense conmigo”

Sabemos muy bien que el motivo de la alegría es su presencia durante todo este tiempo permitido por Dios. Y nos alegramos porque esta presencia suya, continua, cercana, amorosamente maternal es un don y porque, además, a este don lo estamos acogiendo. Sí, lo acogemos, al menos en la medida en que creemos que la Madre de Dios viene a visitarnos y nos habla, es decir que también seguimos sus mensajes.

 

Nuestra Madre nos invita a alegrarnos con Ella porque está inmensamente dichosa. Ivan, quien también tuvo la aparición el mismo 25 de junio, decía que no tenía palabras para expresar todo el gozo que manifestaba la Santísima Virgen.

 

La invitación a la alegría es el comienzo del mensaje, pero la alegría de saberla tan cercana a nosotros no estaría completa si no hiciéramos nada más y todo quedase en el conocimiento, por cierto que reasegurador, de su presencia y de los mensajes. Puesto que no basta con creer que viene y nos dirige la palabra si luego no se vive lo que nos pide. No basta festejar el acontecimiento de un nuevo aniversario, rezar rosarios, ir en peregrinación, si luego no se hace un camino de conversión. Por eso mismo, después de invitarnos a la alegría nos dice:

 

“conviértanse en alegría y agradezcan a Dios por el don de mi presencia entre ustedes”

Ella, que viene a que se cumpla en cada uno la salvación de su Hijo, nos pide convertirnos en alegría, o sea ser nosotros motivo de alegría para Ella y para los demás y, al mismo tiempo, manifestar nuestra gratitud a Dios por este don, grandioso e inmerecido, que sólo puede venir del amor misericordioso de nuestro Señor.

Y para mostrarnos cuál es el medio para la conversión nos recuerda que debemos orar.

 

“Oren, para que en sus corazones Dios esté en el centro de su vida”

El propósito de la oración es el de toda conversión verdadera: poner a Dios como centro de nuestra vida. Ponerlo al centro de nuestra vida significa estar dispuestos a hacer su voluntad y no la nuestra, abrirse a la verdad y no a nuestra verdad. Poner a Dios en el centro de la vida es desplazar al yo que se disfraza de Dios. No son raras las veces en que pensamos estar haciendo la voluntad divina y en realidad hacemos la propia poniendo a Dios como excusa. Muchos se engañan a sí mismos cuando lo que ellos piensan y desean y han ya decidido hacer lo ponen en boca de Dios. Son quienes dicen “Dios me dijo” o “lo estuve orando y el Señor me ha dicho…” y a continuación sigue lo que querían hacer. Podemos preguntarnos ¿es poner a Dios como centro de la propia vida si se desatiende a la propia familia? ¿Es centralizar la vida en Dios ir detrás de cuanto evento religioso hay y luego no ofrecer nada, no comprometerse a nada ni en la parroquia ni fuera de ella? ¿Se puede tener la mano abierta para pedir gracias y el puño cerrado para dar y creer que se está con Dios? Y estos son sólo unos pocos ejemplos de tantos que seguramente todos conocemos o hemos vivido. Saber cuál es la voluntad de Dios requiere siempre un gran discernimiento, producto de una oración sincera y una gran honestidad y también aceptar la corrección cuando esa es hecha en el amor. Para conocer esa voluntad divina es menester crecer. Para ejemplificar esto último nos puede servir –como caso eminente- el relato lucano de Jesús, niño de 12 años, que deja que sus padres se marchen para él quedarse en el templo de Jerusalén “ocupándose de las cosas de su Padre”. Jesús empieza a conocer su identidad divina de Hijo de Dios y siente el llamado a su misión especial, su vocación mesiánica. Sin embargo, seguramente luego de recapacitar lo que su madre le reprocha, el niño entiende que esa decisión suya es producto en ese momento de su voluntad humana pero no de la del Padre, y por eso san Lucas concluye la perícopa diciendo que Jesús regresa con María y con José –a quienes honra como padre y madre-, y que a ellos queda sujeto, para crecer como hombre en el seno familiar en Nazaret (Cf. Lc 2:41s). Se ve, entonces, que la voluntad de Dios Padre no es apresurar su misión salvadora sino que madure Jesús, en tanto hombre y que Jesús cumple enteramente con esa voluntad dejando de lado la suya humana. Esto también nos recuerda la agonía del Getsemaní cuando en su lucha espiritual finalmente dice en oración al Padre “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Cf. Lc 22:42) .

 

La euforia de todo comienzo de conversión, que hace que el converso quiera a todos convertir, puede ser tan sólo fuego de paja si no hace él mismo un camino de santidad. Puesto que si del fervor no surge el amor será como campana que repica, que llama a otros pero no a sí mismo. Conversión es un camino de perfección en las virtudes y en el amor.

Nadie puede decir “yo me convertí”, primero porque quien convierte los corazones es Dios y luego porque la conversión no es un estado, yo “no estoy convertido” sino en camino siempre de conversión.

Por eso, junto a orar para que Dios sea el centro de nuestras vidas, la Santísima Virgen pide luego que demos testimonio.

 

“Hijitos, testimonien (con sus vidas) para que cada criatura pueda sentir el amor de Dios”

Si la oración es el medio insustituible para la conversión, el testimonio de amor es fruto de conversión.

Conversión es camino de santidad y la santidad no es mera aventura individual sino que siempre implica y compromete a otros.

Dar testimonio de vivir según la voluntad de Dios, de seguir lo que Jesús nos manda en el Evangelio, de lo que la Iglesia nos pide, de lo que nuestra Madre del Cielo, pacientemente, nos va inculcando en todos estos años, es dar a otros el amor recibido, es compartir los dones que el Cielo derrama sobre nosotros, es abrir el corazón a todos los demás empezando por los de la propia casa. Así seremos verdaderos hijos buenos que ayudan a la Madre a que otros hijos sientan, a través de nuestras actitudes, gestos y acciones, el amor de Dios en ellos.

 

“Sean mis manos extendidas para que cada criatura pueda acercarse al amor de Dios”, concluye diciendo.

Como para explicitar mejor lo anterior ahora nos ofrece la imagen de sus manos, esas manos que se abren hacia sus hijos trayendo las gracias que antes ha implorado a Dios para ellos. La imagen vívida que todos tenemos en nuestro corazón de Santa María de las gracias, de la Medalla Milagrosa, de la estatua de Tihaljina. Son las manos que se ofrecen como sostén a quien está caído o débil en la fe, que a todos acoge sin excluir a nadie, las que llaman a no tener miedo y acercarse a Dios. Porque cuando Dios llama no es para quitar nada bueno ni bello sino para dar y dar por medio del Corazón y de las manos de María que ahora se extienden a las de sus hijos, aquellos que viven sus mensajes. Las manos extendidas de la Madre de Dios son también las que nos impulsan a salir de nosotros mismos para ir a evangelizar al mundo, son las manos de la misión.

 

Por medio de la oración acerquémonos también nosotros cada vez más a Dios. Por medio de la adoración entremos en su intimidad y seamos sus amigos, aquellos que cumplen con su ley de amor. Por medio de la oración alcancemos la alegría de hijos de María e hijos de Dios, convirtiéndonos cada día a Dios, al Amor, para que también otros alejados e ignorantes del amor de Dios puedan experimentar en nosotros ese amor y se acerquen a él. Seamos los enviados de la Reina de la Paz a este mundo de perdición, acojamos el don que es más fuerte que el mal y no cesemos nunca de dar gracias a Dios por esta presencia de la Santísima Virgen entre nosotros. Hagámoslo, sin dilaciones y recibamos humildes su bendición.

P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de julio de 2009

          ¡Queridos hijos! Yo los llamo porque los necesito. Necesito corazones preparados para un amor inmenso. Corazones que no estén apesadumbrados con lo vano. Corazones que estén prontos a amar como ha amado mi Hijo, que estén dispuestos a sacrificarse como se ha sacrificado mi Hijo. Los necesito. Para poder venir conmigo perdónense ustedes mismos, perdonen a los demás y póstrense en adoración ante mi Hijo. Adoren por los que no lo han conocido, por los que no lo aman. Por eso los necesito, por eso los llamo. Les doy las gracias.

Reflexiones acerca del mensaje


          En los últimos tiempos notamos como dos niveles de mensajes, unos, los de cada 25 de mes, que son más universales exhortando a la conversión, otros, los de cada día 2, de mayor profundización y urgencia. 

Uno de los motivos de la gran importancia que reviste este mensaje es que la Santísima Virgen no sólo nos llama sino que agrega un perentorio: “los necesito”. ¿Por qué tal necesidad? Porque ha llegado el momento de la gran batalla y, siendo ésta una guerra espiritual, el ejército de la Madre de Dios debe contar con bravos combatientes. La Madre llama a los hijos que estén dispuestos y prontos para dar todo de sí y para no medrar en sacrificios, hijos a quienes no los ocupe las cosas de este mundo que pasa sino que tengan su corazón puesto en Dios.

La Reina de la Paz te llama a ti, me llama a mí, para que otros se salven, y sin ti, sin mí no podrá hacer que les alcance a ellos la salvación porque esos otros no conocen a Dios, no lo aman y lo ignoran o lo desprecian.

Por ello mismo, la Santísima Virgen hace su apelación a quienes prestan atención a sus mensajes y los viven porque creen que son auténticos y que Ella misma está presente en estos tiempos.

Este mensaje de la Madre de Dios debe interpelarnos fuertemente, porque es un llamado a la luz de la verdad, a la que nos exponemos para ver si realmente somos esos hijos más cercanos dispuestos al amor y al sacrificio sin medidas por los demás, porque Ella nos lo pide.¿Me siento llamado? ¿Estoy dispuesto al sacrificio y a la total entrega?

Es comprensible que en muchos de nosotros se plantee el dilema de la aceptación total, porque es necesario primero el sí para que después comience el obrar de Dios en cada uno, a través de la Virgen. La duda es hija del miedo de “¿qué me irá a pedir Dios?”. Dios no te ha de pedir nada que antes no esté dispuesto a darte. Ésta tiene que ser nuestra confianza en Dios y en este llamado que la Santísima Virgen nos hace ahora.

Ahora bien, si estamos dispuestos a seguirla ¿cómo conseguir hacer lo que nos pide? La Santísima Virgen nos lo dice: abriendo el corazón, que para eso está viniendo, para que pueda derramar a raudales las gracias que Dios le ha dado para nosotros. Pero, prestemos atención, Ella nos dice que para seguirla debemos antes despojarnos de todo el pesado lastre que impide tal entrega y que no deja que la gracia penetre en nosotros. Por eso, su exhortación va dirigida a descargar las vanidades del mundo y ahondar en el camino de la humildad y a purificar además el corazón mediante el perdón. En una palabra: a aligerarnos para el combate.

Para poder venir conmigo perdónense ustedes mismos, perdonen a los demás”

Nadie es santo porque no peca, puesto que esto sería imposible. Se empieza a ser santo cuando se pide y se experimenta el perdón de Dios y junto a ese perdón todo su amor. El perdón libera, tanto el perdón que se pide a Dios, y también al hermano, como el perdón que se da a quien nos ha ofendido.

Para poder seguir a la Virgen hay que dejar el peso de las culpas. Hay que perdonar para recibir el perdón de Dios que liberándonos trae la paz y alivia el corazón y lo abre a la gracia. Y también hay que perdonarse a sí mismo, cosa que no debe confundirse con autoindulgencia.

Jesús murió por todos y cada uno de nosotros, porque todos y cada uno es precioso ante sus ojos. Nosotros también debemos estar dispuestos a morir a nosotros mismos en todo lo que nos aparta de Dios, en el pecado primero y luego morir al mundo, a sus vanidades. En eso consiste el amor a la propia persona. Ese amor requiere una mirada severa sobre todo lo que ofenda a Dios para rechazarlo o para acudir prontamente a su misericordia en busca del perdón. Pero, luego, aquella vieja culpa ya perdonada no debemos dejar que nos aplaste. Por eso, la Santísima Virgen habla de perdonarse a sí mismo para llegar a amarse a uno mismo.

Se ama a sí mismo el que no está dispuesto a traicionar la verdad, el que es hasta capaz de renunciar a todo por no ofender a Dios y alejarse de su amor.

La renuncia no tiene valor en sí misma, también los budistas saben renunciar, la renuncia cobra su valor cuando es por el Reino de Dios, por amor a Cristo. Esa es una de las razones del pedido de ayuno que la Reina de la Paz hace en Medjugorje. Por medio del ayuno aprendemos a desprendernos de las cosas, a ser esenciales y a disciplinarnos para poder rechazar las vanidades.

La gran mística francesa Marthe Robin, fallecida en 1981 y en vías de ser beatificada, amó inmensamente, hasta sacrificar toda su vida por la salvación de otros. A propósito de dar testimonio y de interceder por los que no creen, decía lo siguiente: “Para los que no creen, que están perdidos, no sirven palabras. Necesitan virtudes que resplandezcan, que los ilumine, que los atraiga. Los ejemplos de una vida cercanísima a la santidad poseen una fuerza de seducción y de persuasión incomparable. Hay que ser un pequeño rayo en la tierra para ser una luz inmortal. Es necesario querer ser una lámpara en la Iglesia militante para volverse una estrella en la Iglesia triunfante”.

Y rezaba, ofreciéndose como hostia viva, tomando sobre sí el sufrimiento de todos diciendo: “Dame, Señor, dame sobre todo un amor ardiente y la llama necesaria para cumplir dignamente mi sublime misión de portadora de la luz y del calor. Que yo sea, sin parar, un pequeño brasero siempre ardiente”. 

póstrense en adoración ante mi Hijo. Adoren por los que no lo han conocido, por los que no lo aman”

El seguimiento a la Virgen es de adoración a su Hijo. Somos llamados a adorar a Dios en Cristo Jesús, confesando que Él es Dios y que la Eucaristía es la Persona de Cristo corporalmente presente, y somos llamados a adorarlo además en reparación por los que no lo aman y en lugar de los que no lo conocen[1].

Sí, este mensaje resulta perentorio. Hay una urgencia antes no manifestada, signo que entramos en un tiempo de grandes batallas espirituales. Por ello, la Madre de Dios lanza este llamado a quienes la quieran seguir. No va dirigido a todos sino a los que entiendan cuál es el tiempo que estamos viviendo y se animen a seguir a  la Virgen, sin condiciones ni condicionamientos, al combate escatológico de la Mujer y su descendencia contra el Dragón y los suyos. Nuestras armas son un corazón purificado y la adoración al Señor. 

P. Justo Antonio Lofeudo
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[1] Ya que el Cielo lo enseñó, bueno es repetir ante el Santísimo –en reparación e intercesión- las palabras que el Ángel les dio a los pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no os aman”, y también “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra en reparación por todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María os ruego la conversión de los pobres pecadores”.  


25 de julio de 2009

    
¡Queridos hijos! Que este tiempo sea para ustedes un tiempo de oración. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario 


     Ciertamente, la continua e insistente exhortación a la oración es para que entendamos que ésta es prioritaria. Y este reiterado pedido, que nos debe llevar a vivir la oración como esencial, como lo urgente por hacer, como aquello que no podemos hacer a menos porque es el respiro del alma y porque nada la puede sustituir, es lo que no solemos oír. Por lo contrario, por todas partes se oyen discursos en los que se nos habla de aumentar el compromiso social y en combatir la crisis y el mal con la acción y argumentos por el estilo. En ninguna parte, excepto, claro está en las exhortaciones del Santo Padre y del Magisterio, se menciona la necesidad vital de volver la mirada a Dios y recurrir y dialogar con Él. De ir a la oración, ese coloquio secreto entre Dios y el alma.

Cuando se dice primacía de la oración, nunca debe entenderse primacía como exclusión: la oración sí y la acción no. Oponer la acción a la oración es una artimaña del demonio. Lo que simplemente se significa es que la oración antecede, en cuanto nutre e impulsa a la acción humana confiriéndole la fuerza y la bendición divinas.

En el mensaje, aunque tan breve, hay algo más que merece ser comentado y esto es la mención de “este tiempo”. “Este tiempo” puede ser entendido de varias maneras. Así, puede referirse a este tiempo en el que estamos inmersos y en el que parece no haber contención para el mal. Tiempo terriblemente difícil para educar en las virtudes y para vivir sin ser tocado por la contaminación exterior que busca negar a Dios y corromper al alma. Pero, también “este tiempo” puede significar el tiempo de gracia que nos regala el cielo, el tiempo de la misericordia de Dios que se manifiesta por estas apariciones de la Santísima Virgen que nos reasegura con su presencia maternal. Sin duda alguna, éste es el tiempo en que el Señor nos viene preservando de la autodestrucción y que nos envía a su Madre para que nos guíe e ilumine el camino en medio de las tinieblas del mundo.

“Este tiempo” tiene también una resonancia peculiar para cada uno de nosotros. Es el tiempo de nuestra vida hoy. Es el de nuestra circunstancia y estado de gracia. Y, entonces, escuchar además de la necesidad de la oración, que la Santísima Virgen nos hable de “este tiempo”, tiene el efecto de interpelarnos para recapacitar sobre el sentido que le damos a esta vida, lo efímera que es, y a aprovechar la gracia –mediante la oración- para profundizar la conversión a Dios.

Finalmente, “este tiempo”, hace referencia al tiempo de ocio que deriva de las vacaciones estivales en el hemisferio norte.

En cualquier caso, nuestra Madre quiere que despertemos al hoy de nuestra vida para vivirlo en la intensidad de la conciencia que de Dios venimos, por Él existimos, en Él nos movemos y a Él iremos. Por tanto, no se puede seguir ignorando la verdad de nuestra condición de creaturas y nuestra necesidad de ser salvadas por Dios. No se puede no aprovechar el tiempo, este tiempo, para encontrarnos con nuestro Creador y Salvador por medio de la oración. Esto es lo primordial, el resto vendrá por añadidura.

Sí, el tiempo que nos toca vivir es terrible, por eso la Virgen Santísima en este mensaje nos está diciendo: “vayan a lo esencial, no pierdan más tiempo y oren, oren, oren”. Una hermana recordaba que en la época de la guerra en los Balcanes la Virgen había dado un mensaje similar. Simplemente decía: “Oren, oren, oren”. Sí, este es tiempo de gracia, gracia que Dios nos ofrece, cuando las oraciones más fácilmente se abren camino hacia el cielo porque los corazones, siempre por la gracia de Dios, se abren a su conversión. Y se abren por medio de la oración.

Para aquellos que están ya de vacaciones o por empezarlas, el mensaje advierte que éste es tiempo para no distraerse con las cosas del mundo y mucho menos perderse en ellas. Es el tiempo para aprovechar aún más del ocio intensificando el tiempo y la profundización de la oración.

En todos los casos, aprovechemos nuestro tiempo uniéndonos a Dios en oración.

P. Justo Antonio Lofeudo
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25 de agosto de 2009

     ¡Queridos hijos! Hoy los invito nuevamente a la conversión. Hijitos, no son suficientemente santos y no irradian santidad a los demás, por ello oren, oren, oren y trabajen en la conversión personal para que sean signos del amor de Dios para los demás. Estoy con ustedes y los guío hacia la eternidad, la que debe anhelar cada corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! 


Comentario 

     Nuevamente nos llama a la conversión. Nuevamente estamos invitados a reorientar nuestras vidas para caminar hacia Dios. Nuevamente nos exhorta a que nos abramos a la gracia para que Dios obre en nosotros y nos dé un nuevo corazón y un espíritu nuevo. Porque quien obra la conversión es Dios no nosotros, pero quienes deben cooperar con la gracia sí que somos nosotros. La gracia es don pero también tiene su parte de conquista y esa es la que toca a nuestra voluntad. Que no somos lo bastante santos, creo que todos lo sabemos. Algunos incluso no quieren ser santos. Diría que la mayoría no tiene como objetivo la santidad de vida. Las familias no educan para la santidad. Parecería que en la vida lo importante es ser listo, más listo que los demás y llegar a tener una posición lo más alto y mejor que se pueda. La santidad o es despreciada o asusta, se la dejan para los que fueron santos, pues es asunto que no les atañe. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. A los santos se los imagina a esas figuras estáticas que adornan las iglesias y cuya presencia espiritual se desconoce. Entonces, claro, todo es muy aburrido. La vida es otra cosa, se piensa. ¡Qué pobre opinión, qué desconocimiento se tiene de la santidad y de la vida eterna! Lo único verdaderamente aburrido es vivir sin Dios, sin aspiración espiritual de eternidad. Aburrido y gastado es lo del mundo y mucho más aún lo que propone el demonio. No en vano, la Santísima Virgen en Medjugorje, junto al pedido de la lectura diaria de la Biblia recomienda la lectura de la vida de los santos. Nada más apasionante, conmovedor y ejemplificador que la vida de los santos.

     Los santos han sido hombres y mujeres para admirar e imitar. El caballero guerrero Ignacio, luego de ser herido en el asalto a Pamplona, se abre a la gracia de la conversión leyendo vidas de santos en su convalecencia en Loyola. (¡Cuántas aparentes “desgracias” se ve después que han sido en realidad gracias! Si no hubiera sido herido en el sitio de Navarra no se hubiera detenido en su carrera militar y no habría tenido esa oportunidad brindada por la Providencia).

     “La única tragedia del hombre es no ser santo” sentencia el gran Pascal y también observa que “sólo la gracia puede hacer de un hombre un santo, y el que lo dude no sabe qué es la gracia ni qué es un hombre”. Pero, esa gracia nuestro Creador y Salvador la pone a disposición de todos los hombres. Cada uno de nosotros ha sido creado con una distinta capacidad de santidad. Lo importante es que cada uno llene esa capacidad. Como nos recuerda Santa Teresa del Niño Jesús (Teresita de Lisieux), hay algunos que Dios los creó para ser grandes santos y que no podían haber sido más que santos, con tantos dones como los adornó y otros que emergen desde su pequeñez a la santidad.

     La santidad es la unión con Dios, es el goce de los bienes celestiales ya en la tierra, es la vida verdadera en el amor, para el amor. Es la felicidad que no es pasajera mas que perdura y ya sabe a eternidad.

     Es verdad de fe que hemos sido creados para ser salvados por Cristo y gozar luego de la eternidad, pero el destino final depende de nosotros, de qué hacemos con nuestra libertad. En cada momento estamos decidiendo nuestro destino, de condena eterna, de dolorosa purificación o de aquella felicidad inenarrable porque “ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana pudo concebir lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman” (Cf. 1Cor 2:9).

     La santidad se irradia. Los santos no van en busca de la gente para hacerse ver sino que son las personas que van en procura de ellos. ¿Por qué? Porque irradian santidad, porque desde lejos se ve que son amigos de Dios, porque irradian paz, amor, alegría, salvación. Sino cómo se explica que millones de personas se llegasen hasta un confín de Italia para ver y escuchar a un pobre fraile capuchino, que nunca había salido de su convento, que pasaba sus horas rezando, confesando y celebrando Misa. Así fue con San Pío de Pietrelcina y así con tantos otros santos. Pensemos en los ermitaños o los padres del desierto o tantos otros. En tiempos más actuales todos tenemos fijos en nuestras mentes la imagen de la Madre Teresa de Calcuta o de Juan Pablo II, todo su pontificado y aquellos días últimos de su vida. Así viven y mueren los santos y la gente lo percibe y se siente atraída por sus figuras, por sus vidas, por sus ejemplos. Es lo que se llama sensum fidelium, el reconocimiento por parte de los fieles de lo que viene de Dios.

     Pues, nuestra Madre nos llama a la santidad, sólo así serviremos a su plan de salvación, es decir sólo en la medida que podamos irradiar la paz, el amor, la verdadera alegría, la vida en Dios que el mundo no conoce. Sólo así otros serán rescatados. Al conocido adagio de san Agustín “Dios que te creó sin ti no te salva sin ti” se lo puede alargar diciendo que Dios quiere hacer de ti instrumento de salvación para otros, porque la salvación no es aventura personal. No termina en uno como tampoco termina en uno la santidad. Esforzarse para ser santo es lo más abnegado y altruista que pueda imaginarse, lo menos egoísta del mundo. 

     Y ¿cómo se trabaja en la conversión, para que Dios lo vuelva a uno santo? ¿Qué parte nos toca? La respuesta es simple: la oración y la voluntad no sólo para orar sino para amar, obedecer, hacerse humilde. La voluntad que co-opera con la obra divina que viene de la gracia. Por eso, “oren, oren, oren y trabajen en la conversión personal”. Es decir, no dejen nunca de orar, sean persistentes y perseverantes en la oración y pongan todos sus deseos y apertura de corazón al servicio de la gracia de conversión. No dejen de purificar sus corazones, sigue diciendo la Madre de Dios en sus mensajes, por medio de la confesión sacramental, ni de participar vivamente del sacrificio de la Santa Misa ni de adorar a mi Hijo en el Santísimo Sacramento. Enamórense de la Eucaristía. Adorando al Santo se comprende que hay que ser santo, porque su presencia nos interpela y nos invita a su intimidad, a ser sus amigos observando su mandamiento de amor.

 

     Y así como las llamas o el humo son signo del fuego, la santidad es el signo que indica que Dios existe y que su amor está presente y operante. 

    
Queridos hermanos, para emprender y continuar en este camino de santidad tenemos la gracia y el privilegio de una guía segura: la misma Madre de Dios. Ella nos conduce a la plenitud de los bienes espirituales y celestiales, a la eternidad de Dios que todos debemos anhelar.


P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de setiembre de 2009

      
Queridos hijos, hoy los invito con corazón materno a que aprendan a perdonar completamente y sin condiciones. Ustedes sufren injusticias, traiciones y persecuciones, pero por esto están más cerca y son más queridos por Dios. Hijos míos, oren por el don del amor. Sólo el amor perdona todo, como hizo mi Hijo. ¡Síganlo! Estoy en medio de ustedes y oro para que cuando estén frente al Padre puedan decir: “aquí estoy, Padre, he seguido a tu Hijo, he amado y perdonado con el corazón porque creía en tu juicio y confío en Ti”. Gracias.

Comentario
     

El tema del perdón es uno de los más difíciles para nosotros pobres criaturas pecadoras y egoístas. La etimología de la palabra perdonar da la razón de la dificultad. Viene del latín per y donare. Es decir dar, pero dar en grado mayor porque es dar algo que es lo más íntimo que se pueda dar. No se trata de dar cosas materiales sino de dar de sí mismo, de lo más profundo que es la herida del corazón. Cuando nos hieren nos cerramos en nosotros mismos y no solemos querer salir de la ofensa para volver a abrir el corazón. El corazón está herido y se retrae. Lo ha lastimado una burla, un desprecio, una agresión, algún tipo de ofensa. Se puede ser muy generoso con las cosas pero no con el perdón. Sin embargo, el Señor nos llama a perdonar y tan importante es el perdón que debemos dar, que lo ha puesto como condición para nosotros recibir su perdón por nuestras ofensas hacia Él. Lo recitamos en cada Padrenuestro. La necesidad de perdonar y la condición para reconciliarse con Dios están en repetidos pasajes del Nuevo Testamento. En el evangelio según san Mateo, Jesús luego de enseñar a sus discípulos a orar, dándoles la fórmula del Padrenuestro, les dice: “si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6:14-15)[1].

No deja el Señor de exhortarnos a tener misericordias como Él mismo la tiene con nosotros: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida con que midáis” (Lc 6:36-38). De diversas maneras no cesa de decirnos: “no pidáis justicia, dad misericordia”.

En una palabra, en este mensaje nuestra Madre nos recuerda lo que tantas veces nos repite el Señor. Sin embargo, parece haber algo más, pues no escapa a nuestra atención que de todas las ofensas posibles Ella mencione específicamente “las injusticias, persecuciones y traiciones”. Esto parece no tener que ver con relaciones interpersonales o con situaciones familiares sino más bien con otro tipo de cuestiones de mayor envergadura. Por el tono de este mensaje y de otros dados anteriormente a Mirjana ¿está acaso indicándonos una gravedad inminente? ¿Quizás acontecimientos que puedan manifestarse en persecuciones mayores que las ahora conocidas y en profundización de injusticias (baste tomar como ejemplo lo que se pretende legislar o se legisla en materia de eliminación de la patria potestad y en los ataques a la vida)? La traición siempre alude a un quebrantamiento de la confianza, de quien o de quienes se esperaba lealtad o fidelidad. Ciertamente que como categorías de personas quienes sufren injusticias y persecuciones son fundamentalmente los verdaderos cristianos que están dispuestos a vivir su fe.

 

En todos los casos posibles el perdón debe ser total e incondicional y no hay injurias por graves que sean que no deban ser perdonadas. Sabemos que existen situaciones en las que se vuelve muy difícil perdonar cuando, por ejemplo, se trata de un grave daño infligido a una persona inocente y muy querida. Supongamos el caso extremo de una madre a quien han asesinado salvajemente a un hijo. A ella también el Señor le pide que se una a su cruz y perdone.

¿Es que Dios nos pide imposibles? Desde luego que no. Nos pide fundamentalmente una cosa: nuestra voluntad de perdonar y de aceptar la gracia del amor. Porque el perdón total, ese que llega hasta a amar al enemigo es sólo don de Dios, la gracia con que sella nuestra voluntad de perdonar. Por eso, la Madre de Dios nos llama a que oremos por el don del amor, porque el amor no toma en cuenta el mal, ya que todo lo perdona y todo lo soporta.

 

Dos reflexiones adicionales. La primera es que este mensaje, como todos, va primero dirigido a la parroquia de Medjugorje, pero luego se extiende a ese Medjugorje universal, del cual muchísimos formamos parte. La segunda a tener en cuenta es que nuestra Santísima Madre habla siempre para el momento actual, pero no sólo porque también se adelanta a los hechos. Ella ve nítidamente lo que nosotros recién percibimos cuando lo padecemos. Así fue con sus pedidos de oración y ayuno para ahuyentar la guerra. Así puede ser ahora también. Sabemos que hay persecuciones, que hay ataques muy severos y agresivos contra Medjugorje y que se cometen injusticias, pero también cabe la advertencia de un tiempo por venir. Y no sólo para Medjugorje sino para toda la Iglesia universal.

 

En el mensaje está el consuelo que la tribulación nos hace más cercanos a Dios y a su amor. Podemos, con el Apóstol, también nosotros decir que ni la tribulación, ni la angustia, ni los peligros, ni ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Cf. Rm 8:35 s).

Sólo el amor cubre una multitud de pecados, sólo el amor vence al mal. Ante el mal que desborda, la cruz –verdadero icono del amor- es la única respuesta. Desde su Cruz, pero más allá de ella, en la victoria en la Resurrección, el Señor nos llama a seguirlo. Nos llama por medio de su Madre a recorrer el camino del amor, ese que sí pasa por la cruz pero no se detiene en ella.

 

Nuestra Santísima Madre y Reina de la Paz con este mensaje complementa el del 2 de junio pasado. Lo recordarán, ese en que por cuatro veces dijo “los necesito”. En una parte del mismo clamaba: “Necesito corazones preparados para un amor inmenso. Corazones que no estén apesadumbrados con lo vano. Corazones que estén prontos a amar como ha amado mi Hijo, que estén dispuestos a sacrificarse como se ha sacrificado mi Hijo. Los necesito. Para poder venir conmigo perdónense ustedes mismos, perdonen a los demás y póstrense en adoración ante mi Hijo”.

Ese amor inmenso es el del perdón de corazón que no mide la profundidad de la herida ni la injusticia cometida ni el dolor indecible de la traición. Para entablar batalla contra el mal, Ella no necesita de palabras sino de hechos (Cf. mensaje a Ivan del 28/8/09)[2], es decir de corazones que sean símiles al de Jesús. Nuestro declarado amor a la Virgen Santísima, nuestras oraciones deben volverse hechos concretos para no terminar todo en mera declamación.

El mensaje de junio tenía el agregado de perdonarse a sí mismo. Lo que no quiere decir autoindulgencia. Ahora se vuelve evidente que la Madre de Dios tiene necesidad de hijos con corazones purificados para la gran batalla que deben emprender bajo su guía. Un camino que se hace de rodillas, frente al Santísimo, porque de allí viene la purificación y las fuerzas para avanzar siguiendo al Señor.

Queridos hermanos, hay un camino por delante antes de llegar al encuentro definitivo con Dios. Un camino accidentado, de persecuciones, de traiciones, de injusticias.  Nuestra Madre del Cielo nos llama a prepararnos para ese camino de dolor, de tribulación comenzando ya por perdonar de corazón porque sólo así podremos ser verdaderos discípulos de nuestro Señor y seguirlo en el amor hasta el encuentro con el Padre, que tendrá un juicio de misericordia porque fuimos misericordiosos, mientras quien no tuvo  misericordia, como dice el apóstol Santiago el menor, “será juzgado sin misericordia; la misericordia está por encima del juicio” (Cf. St 2:13).


P. Justo Antonio Lofeudo
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[1]. Sólo para citar algunos otros ejemplos: a la pregunta de Pedro, sobre cuánto correspondía perdonar a las reiteradas ofensas, el Señor le responde “setenta veces siete”, o sea absolutamente siempre. Vencer al mal a fuerza de bien, pide el Señor y proclama: “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5:7). Dios no escucha al rencoroso que no perdona. Fijémonos sino en las siguientes serias admoniciones: “y si, cuando os pongáis de pie para orar, tenéis algo contra alguno, perdonadle, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas” (Mt 11: 25) y “si al momento de presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5: 23-24).
[2].
Esta noche la Santísima Virgen vino feliz y, al comienzo, como siempre nos saludó a todos con su saludo maternal: “Alabado sea Jesús, mis hijos queridos, mis pequeños hijos”Luego, con sus brazos extendidos oró, por un tiempo, sobre nosotros aquí presentes y luego por los enfermos presentes. Después nos bendijo a todos con su bendición maternal y a continuación bendijo los artículos que trajeron para ser bendecidos. Y nos dio el siguiente mensaje:

“Queridos hijos, hoy también los llamo especialmente a que acepten mis mensajes, renueven mis mensajes. Queridos hijos, hoy, más que nunca, necesito sus obras, no sus palabras. Por ello, queridos hijos, vivan mis mensajes para que la luz pueda iluminar y llenar sus corazones. Hijos queridos, sepan que la Madre está orando con ustedes. Gracias, hoy también queridos hijos, por haber aceptado mis mensajes y por vivirlos. Oren para ser mi signo".


25 de setiembre de 2009

          Queridos hijos, trabajen con alegría y arduamente en su conversión. Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado para que los pueda conducir a todos a mi amadísimo Hijo, de modo que en Su Corazón encuentren la alegría. Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario 
     

“Queridos hijos, trabajen con alegría y arduamente en su conversión”

La conversión es obra de todos los días. Cada día debemos, con tenacidad, cooperar con la gracia divina por medio del esfuerzo de la voluntad. Aunque esta vez no esté dicho de manera explícita sabemos que en este camino hacia Dios lo primero es la oración. Sin oración y oración diaria no puede haber conversión. Repetidas veces nos ha dicho la Madre de Dios: “oren, oren, oren”. Y nos explicó que no sólo aludía al aumento de la oración sino también a su profundización. Nos pide rezar cada día el Santo Rosario y a la oración vocal sumar, en el silencio del corazón, la meditación que eleva el espíritu y nos acerca aún más a Dios.

Aún siendo lo más importante, la oración es necesaria -como medio insustituible- pero no suficiente para avanzar y completar la conversión. Por eso mismo, nuestra Santísima Madre a través de todos estos años nos ha ido enseñando y conduciendo al perdón de Dios y a perdonar a quienes nos han ofendido (no en vano su primer mensaje fue de reconciliación como condición de paz), a la misericordia dada y obtenida de Dios, a la renuncia a todo sentimiento negativo como purificación también del corazón. Y, puesto que lo que la Reina de la Paz quiere de nosotros es ante todo el corazón, cuando pide ayunos, sacrificios, ofrecimientos y desprendimientos nos dice que siempre ellos deben venir del corazón. Convertirse exige, además, de cada uno la atenta escucha de la Palabra de Dios y su lectura y su cumplimiento en la vida de cada día. Por eso también nos exhorta a leer y meditar la Sagrada Escritura cada día. Y nos llama a vivir la Santa Misa, amando a la Eucaristía y respondiendo con el culto de adoración, incluso la adoración incesante o perpetua. Y si nos urge a la conversión es no sólo por nosotros mismos sino también para que a través de nosotros a otros llegue la salvación. Este mismo mensaje es otro llamado sin dilaciones a trabajar arduamente por la conversión personal.

Nos puede ocurrir y nos ocurre que muchas veces no nos vemos avanzar en la vida espiritual y que la conversión se percibe como atascada. Suele pasarnos que la oración se vuelva árida, monótona y que tenga más de monólogo que de diálogo con Dios. Es muy común que veamos que seguimos confesando los mismos pecados e idénticos vicios que no acaban de ser erradicados. Estos y otros motivos hacen que pueda cundir en nosotros el desaliento y la tristeza y hasta, en algunos casos, una gran aflicción rayana con la desmotivación. Por eso, nuestra Santísima Madre agrega en este mensaje “trabajen con alegría”. Alegría porque el Reino es gozoso, porque estamos caminando, aunque nos parezca que no, que nos detenemos o hasta a veces retrocedemos, hacia todo bien. Porque el Cielo conoce nuestros esfuerzos, nuestras pruebas pero también ve nuestra perseverancia en medio de la adversidad y ello será muy recompensado. Porque cuando estamos en el camino todo lucra para nuestro bien, todo es ganancia espiritual para la eternidad. Porque sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Cf. Rm 8:28). Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Nada ha de separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Cf. Rm 8:35.38). Cristo es nuestra alegría. Él no sólo es nuestro destino sino nuestro compañero en esta vida. Y esto nos lo recuerda nuestra Madre cuando dice: 

Ofrezcan todas sus alegrías y tristezas a mi Corazón Inmaculado para que los pueda conducir a todos a mi amadísimo Hijo, de modo que en Su Corazón encuentren la alegría”

Es decir que en el Corazón de Cristo está nuestra alegría. Y esa alegría nuestra en Cristo Jesús no depende de las condiciones objetivas que nos toque vivir. Ya en el mensaje dado el 25 de marzo de 2006 nos decía la Reina de la Paz: A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría”.

Al Corazón de nuestro Señor Jesucristo somos conducidos por María su Madre y Madre nuestra. Precisamente a esto viene a visitarnos a Medjugorje. Y así nosotros nos acercamos al Señor por medio de su Inmaculado Corazón, verdadero altar de Dios, a quien ofrecemos nuestras ofrendas de amor y todo cuanto nos acontece, bueno y malo. Le ofrecemos a Dios, por medio de la Santísima Virgen, las tristezas de nuestra pobre vida cada vez que a Ella recurrimos, que le hablamos de nuestros sufrimientos y pedimos su intercesión maternal, y –sobre todo- cada vez que se las ofrecemos a Ella, a quien Cristo hizo Madre nuestra en la cruz. Así como las tristezas, también nuestras alegrías debemos ofrecérselas para no quedarnos con el mérito ni con el goce egoísta. De ese modo todo lo nuestro será de Dios por medio de María.

Nunca se ha de repetir lo suficiente la importancia que tiene para Dios el sufrimiento ofrecido. Es la cruz de Cristo la que le da sentido a todas nuestras cruces dándole un valor enorme: el poder de corredención.

Esa palabra –corredención- a algunos suele producirles escozor, especialmente si van referidas a la Madre de Dios. Por eso, veamos qué se quiere significar con ella. Si bien nada faltó a la Pasión de Cristo porque fueron, son y serán su sacrificio y su mediación perfectos, sin embargo quiso el Señor, en su infinita sabiduría y bondad, hacernos participar de su plan de salvación. Y así no sólo por medio de oraciones o de buenas acciones podemos intervenir en la propia salvación y en la de otros sino también por medio del sufrimiento ofrecido unido a la Pasión del Señor. Ese y no otro es el sentido de la famosa frase de san Pablo de su carta a los colosenses, cuando dice: “me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi carne lo que le falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24).

El Padre José Luis de Urrutia, sacerdote jesuita, que sufrió lo indecible tanto física como espiritualmente decía: “El problema no es sufrir más... para ser santo no tienes que sufrir más, tienes que sufrir mejor… El sufrimiento que más vale es el sufrimiento aceptado… La Pasión de Cristo no fue un sufrimiento buscado: “Padre, que pase de mi este cáliz”, llegó a pedir. Pero, luego lo aceptó: “Hágase tu voluntad”… Constantemente en la vida nos están viniendo sufrimientos que... desaprovechamos (porque no los aceptamos)… Vale tanto un poco de tu sufrimiento unido al de Cristo, que con él hará maravillas… En concreto ¿qué sacrificios tendrás que aceptar? (y sólo enuncia algunos)... el sacrificio que te cueste cumplir con la ley de Dios, desde el ir a Misa los domingos hasta el guardar la castidad según tu estado; el de mantener tu honradez ante la tentación de un negocio sucio; el practicar los actos de piedad: oración, comunión frecuente, etc... Ese vivir en cada momento al servicio de los demás... superando las antipatías y rencores, olvidando las ofensas... Por fin lo que independientemente de tu voluntad tienes que padecer, sea una enfermedad, dificultades económicas, la falta de cariño, las injusticias, la soledad… (hasta las mil contrariedades de la vida de cada día)”. El sufrimiento aceptado, unido al de la Pasión del Señor, ese sí que es fecundo y tiene valor para el que lo sufre y para otros que marchan hacia la perdición. 

         A modo de despedida nos dice: 


Estoy con ustedes para enseñarles y conducirlos a la eternidad”

Nos da la razón última de su venida y también la de estos tiempos. No es audaz pensar que en la reiteración al llamado a la conversión y en la mención a la eternidad, además de despertarnos a la necesidad de dejarnos guiar por el camino de conversión hacia las realidades eternas que cada día decidimos como elección de vida aquí en la tierra, haya algo de perentorio por acontecimientos por venir. No en vano, Ella misma nos ha invitado a reconocer los signos de estos tiempos. Aunque los tiempos se muestren terribles por las gravísimas ofensas a Dios, por el desborde de mal, por las persecuciones en ciernes, nada deberemos temer en la medida en que sepamos desprendernos de las ataduras a las cosas terrenales (Cf Mens. 25/10/06), nos confiemos a la guía de la Madre de Dios y sigamos sus enseñanzas.

Para finalizar recordemos sus enseñanzas a propósito de conversión; de la vida eterna y del temor al futuro. El 25 de marzo del 2008 nos dijo: “Hijitos, transcurran el mayor tiempo posible en oración y adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar para que Él los cambie y ponga en vuestros corazones una fe viva y el deseo de la vida eterna. Todo pasa, hijitos, sólo Dios permanece”. Y el 25 de enero del 2001 había dicho: “Hijitos, quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal”. Que así sea.


P. Justo Antonio Lofeudo
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2 de octubre de 2009

         
Queridos hijos, mientras los miro mi corazón se contrae del dolor. ¿Dónde están yendo, hijos míos? ¿Están tan inmersos en el pecado que no saben detenerse? Se justifican con el pecado viviendo en él. Arrodíllense ante la cruz y miren a mi Hijo. Él ha derrotado al pecado y murió, para que ustedes, hijos míos, puedan vivir. Permítanme ayudarlos, para que no mueran, sino que vivan con mi Hijo para siempre. Gracias. 


Reflexiones 
     

Para tratar de dar respuesta a quienes ya están haciendo un camino y han sentido cierta perplejidad ante este mensaje y además querrían hacer algo para aliviar el dolor de la Santísima Madre, así como a los que no saben porqué pero de pronto se enteran de estas apariciones y leen lo que la Virgen está diciendo, he decidido ofrecer las presentes reflexiones. 

 

Sabemos, porque se han comunicado con nosotros, que muchos se han desconcertado con este mensaje. La primer pregunta surge espontáneamente: “¿Es a nosotros a quienes se dirige? ¿A quienes estamos tratando de vivir los mensajes?”. La respuesta es: “No, no lo es en la medida no que hemos dejado de ser pecadores sino en la que nos esforzamos o al menos tratamos de vivir una vida acorde a lo que Dios nos pide y, en particular, seguimos los mensajes de nuestra Madre”.

Entonces, si no es a nosotros a quienes va dirigido y siendo nosotros los que los leemos ¿qué podemos hacer para aliviar el dolor de nuestra Santísima Madre?

Para responder a estas y otras preguntas, lo primero es recordar que los días 2 de cada mes la Santísima Virgen los dedica, por medio de Mirjana, su instrumento, a los que están alejados de Dios, a los que viven como si Dios no existiese. El 2 es el día de oración de intercesión y de ofrecimiento por todos los ateos, esos hijos a los que nuestra Madre de misericordia llama “los que aún no han conocido el amor de Dios”. Esto quiere decir que a ellos va primordialmente dirigido su llamado. Entonces, sigue la otra cuestión: se dirige a ellos pero ellos no leen estos mensajes. Bueno, esto no lo sabemos. Puede que algunos sean llevados misteriosamente por la gracia a leerlos, que hayan comenzado a interesarse o a dar como posibilidad, al menos eso, que Dios exista, que además pueda haber vida más allá de la muerte y que desde ese más allá alguien, que ama, alguien con clamor maternal los esté llamando y esté tratando de comunicarse con ellos.

 

La Santísima Virgen habla de su dolor ante el pecado. Ella llama las cosas por su nombre. Debemos admitir que nosotros hemos perdido la noción del propio pecado, del mal que uno mismo comete. No es desconocimiento del mal sino del mal cometido a otro, no así, en cambio, del mal sufrido que alguien nos infiere. ¡Cuántas confesiones son de los pecados de otros pero no de los propios!

Hace ya mucho, el Papa Pío XII denunciaba que el mal de nuestro tiempo era la pérdida de la noción de pecado. Y hoy causa estupor ver cómo muchas personas, sobre todo jóvenes pero no sólo ellos, piensan que no cometen pecado cuando en realidad están viviendo situaciones pecaminosas y muchas veces muy graves.

La premisa inicial es que todos somos pecadores y todos necesitamos constantemente del perdón de Dios. Pero, hay situaciones en las que se vive constantemente en pecado. Por ejemplo, aquellos que conviven sin estar casados, o el consentimiento a las atracciones desordenadas contrarias a la naturaleza, o las relaciones sexuales antes del matrimonio. En todos estos últimos casos los involucrados se justifican y, peor aún, otros los justifican diciendo que se trata de relaciones de amor o que es necesario conocerse y tener experiencias para evitar futuros fracasos. La ley de Dios es muy clara al respecto, como lo es, para poner otro ejemplo común, en el caso de la contraconcepción. Todo eso es pecado y hay que llamarlo por su nombre. Precisamente, el juego diabólico es el poner al mal otros nombres, o sea eufemismos, así la cosa no suena mal y termina pasando como normal. Siempre en la línea de ejemplos, típico es llamar al aborto “interrupción del embarazo”, como si luego de abortar, de cancelar una vida, se podría luego reanudarla. El pecado es pecado, sin más, y hay que enfrentarlo cortando con él y retornando a Dios.

También viven ofendiendo a Dios y denigrándose como personas los que son presa de los vicios de la droga, del alcohol y de otros. Nuevamente, es común ver personas que se drogan, pongamos por caso, con marihuana o ingieren alcohol hasta perder el sentido pero no se consideran adictos porque todavía lo hacen de una manera esporádica. Y no caen entonces en la cuenta que están pecando. Todo vicio abre el camino a otros pecados y a más pecado.

Están inmersos en el pecado los que guardan rencor y no acaban de perdonar porque su orgullo está herido, porque rechazan ser humildes y misericordiosos, como lo están los que blasfeman o continuamente critican a los demás y los difaman. Todos cometen grave pecado.

Vive en el pecado quien ha hecho un hábito de la consulta a adivinos o nigromantes porque eso es abominable a Dios.

Y, ¿la moda? ¡Cómo y cuánto se ofende a Dios por medio de la moda en que se ostenta el cuerpo -que cada vez más se desnuda- para ser codiciado! ¡Cuánto motivo de pecado es cierta moda femenina que provoca deseos impuros! Y lo peor es que se lo ve como “normal” y hasta se acude a iglesias y santuarios sin el mínimo decoro, con atuendos provocativos y desvestidos. ¿Cómo el Señor no va a estar muy ofendido y nuestra Madre triste?

La lista es muy larga y no es mi pretensión agotarla.

 

Si la conciencia ha sido ahogada, por la contumacia en el pecado, si el Espíritu Santo que nos convence de pecado está apagado en uno, entonces claro que no habrá noción de mal cometido.

Mientras tanto, la Santísima Virgen a todos nos dice: ¡despierten! El pecado mortal lleva a la muerte, pero a la muerte eterna. El pecado es asunto muy grave. La ofensa a Dios es cosa muy seria. El Señor no aceptó ser crucificado y morir en la cruz por nada. El pecado del hombre le costó la vida al Hijo de Dios.

La Virgen llora por tu pecado, por mi pecado y no cesa de llorar cuando se vive en el pecado.

Decía el gran filósofo Jacques Maritain que “las lágrimas de la Reina del Cielo significan el soberano horror que Dios y su Madre sienten ante el pecado y su soberana misericordia por la miseria de los pecadores”. El mismo Maritain había dicho que “si los hombres supieran que Dios sufre con nosotros (sí, hay dolor en Dios porque Él es Amor) y mucho más que nosotros por todo el mal que devasta la tierra, muchas cosas cambiarían, sin duda, y muchas almas quedarían liberadas”. Y nuestro amado Juan Pablo II, en el aniversario de las apariciones de La Salette, recordando que la Santísima Virgen se les había mostrado a los niños Maximin y Melanie llorando, dijo: “… nos ha mostrado con sus lágrimas su tristeza ante el mal moral de la humanidad. Con sus lágrimas nos ayuda a comprender mejor la dolorosa gravedad del pecado, del rechazo a Dios, pero también de la fidelidad apasionada que su Hijo siente ante sus hermanos. Él, el Redentor, cuyo amor está herido por el olvido y el rechazo”.

 

Nadie puede excusarnos a quienes tenemos que hablar de estas cosas, a quienes tenemos el deber de predicar y anunciar la salvación, el omitir la causa de la condena que es el pecado. No hay excusas, no las hay, para omitir la existencia de la condenación eterna del Infierno. Quienes desvirtúan al Concilio Vaticano II y creen y hacen creer, que a partir de allí nació una nueva Iglesia en la que se ha reemplazado “el temor servil del Infierno por el amor misericordioso y que la cruz quedó anulada porque fue absorbida por la resurrección” hay que recordarles que el Concilio no eliminó al Evangelio donde se habla del fuego eterno del Infierno, donde se lo nombra a Satanás y donde interviene constantemente y donde la cruz redentora en la que fue alzado el Inocente para rescatar a la humanidad sigue siendo, como decía Jean Guitton, “el fondo del drama”.

 

Mira tú, hermano, tú, hermana –como pide la Santísima Virgen- miremos todos, al Crucificado. Contémplalo desde el suelo. Arrodíllate y fija tu mirada en Aquel que te abraza desde la cruz con su amor, que exhala su espíritu y derrama toda su sangre y se deja atravesar por la lanza para salvarte. ¡No lo rechaces porque todo lo ha soportado y ofrecido al Padre por ti! Tu salvación está en la aceptación de tu condición actual de pecador, de tu reconocimiento del pecado y en tu aceptación de Jesús como tu Salvador. Arrepiéntete, enmiéndate, y pídele perdón y fuerzas también para no seguir en ese estado. Él te las dará, te dará la gracia para resistir. Mira que te va en juego nada menos que la eternidad.

Te habían hecho creer que porque Dios es misericordioso no puede existir el Infierno y que todo se resolvía nada más que por un paso por el Purgatorio y listo. ¡Qué mentira asesina! Vuelve a mirar a Jesús en la cruz. Medita en el infinito dolor de su Pasión. Un dolor que no termina. ¿Tú te crees que ha sido por nada? ¿No te das acaso cuenta cuánto le ha costado al Señor tu pecado? La justificación de Dios no es automática. Tú debes pedir perdón, tú debes querer dejar esa vida que estás haciendo y que te lleva al abismo, tú debes arrepentirte y alzar tu mano para que Él te levante. Él murió por ti para que tú tengas vida eterna. Si no respondes a este llamado, el último que Dios te hace por medio de su Madre, entonces ya no habrá posibilidad de vida porque te espera la muerte eterna, allí donde habrá llantos y rechinar de dientes, de donde no se sale nunca más.

 

A ti, a mí, que intentamos seguirlo a Cristo dejándonos conducir por María, su Madre y Madre nuestra, sabemos que siempre debemos enfrentarnos con la tentación, con la caída y recaída, sabemos también que cuanto más nos acercamos al Señor, que es la Luz, más vemos las manchas de nuestros pecados. Tenemos el gran consuelo y la esperanza viva, plantada en la fe, que si grande es nuestra distancia a Dios por nuestras miserias, cerca, muy cerca, está Él por su misericordia. Y a ella apelamos, confiando, amando, siendo misericordiosos, humildes, sencillos. A ti, a mí, también va dirigido este mensaje porque nosotros, si nuestra Madre llora y tiene contraído del dolor el corazón, podemos siempre consolarla, y expiar ofreciendo nuestros sufrimientos y reparar por tanto mal que se comete. Podemos ser siempre más y mejores penitentes y más y mejores adoradores.

 

A todos, pecadores contumaces y ocasionales, grandes y pequeños, nuestra Madre nos llama, más que nunca, a vivir sus mensajes de salvación. Dejémonos ayudar y guiar por Ella hasta su Hijo, nuestro Salvador.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de octubre de 2009

          ¡Queridos hijos! También hoy les traigo mi bendición y los bendigo a todos, y los invito a crecer en este camino que Dios comenzó, a través mío, para vuestra salvación. Oren, ayunen y testimonien alegremente vuestra fe, hijitos, y que vuestro corazón esté siempre colmado con la oración. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario 

     

Muchos son los caminos que conducen a la salvación, todos los que llevan a Cristo. Sin embargo, hay uno privilegiado por el mismo Dios y ese es la Santísima Virgen María, la Madre de nuestro Señor.

Jesucristo reveló la ulterior misión salvífica de su Madre cuando Él mismo nos la dio como Madre nuestra en la cruz. Ya allí, en la terrible tarde del Gólgota, comenzó este camino de salvación con el sí definitivo de la Virgen. Al pie de la cruz se ofrecía Ella y ofrecía a su Hijo en perfecta unión al sacrificio redentor que el Señor hacía de sí mismo al Padre. Cuando oscurecía la tarde, cuando Jesús daba su último grito y ya muerto la lanza atravesaba su costado, cuando el velo del templo se rasgaba, el Corazón de la Virgen, puro, inmaculado, era también atravesado en sacrificio de corredención.

Junto al Hijo muerto el Corazón de la Madre se partía de dolor, alumbrándonos a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque todos estuvimos esa tarde de ese Viernes Santo allí en el Calvario y nacimos como hijos de esta bendita Madre. Allí empezó ese camino que Dios dispuso para nuestra salvación: el más perfecto, más corto, más seguro, más rápido y bendecido que conduce a Jesucristo, el Salvador.

Ese camino nos ha sido nuevamente mostrado, como nunca antes, a partir de estas apariciones de Medjugorje. Y allí, nuestra Santísima Madre y Maestra nos ha venido enseñando que para alcanzar la salvación hay que abrir el corazón a la gracia y tener fe firme en Cristo. Fe que es alimentada por la confianza que tenemos en Ella, por el reconocimiento de que está presente, junto a nosotros en este tiempo tan difícil para todos. Porque Ella viene a conducirnos en medio de la oscuridad y la confusión general y su sola presencia nos habla de cielo, de eternidad, de confirmación de todos los artículos de nuestra fe.

Desde el inicio de las apariciones nos ha estado enseñando que debemos orar y ayunar. Que la oración debe ser de todos los días y que, aunque las distintas modalidades y tipos de oraciones son buenas el Rosario tiene su preferencia. Debemos también, nos lo ha repetido, ayunar. A pan y agua, miércoles y viernes. Nadie está exceptuado de orar, pero sí puede estarlo de ayunar a pan y agua si está enfermo con alguna enfermedad que desaconseje el ayuno o ese tipo de ayuno. En esos casos siempre es posible algún sacrificio que se ofrezca a cambio. ¡Cuánto debemos ayunar de televisión y de lecturas y vistas que no son edificantes!

Nuestro corazón debe estar colmado de oración, nos dice. La oración debe ser tal que se vuelva incesante. Debemos ampliar y profundizar nuestros momentos de oración y tener siempre un constante anhelo de Dios. En momentos en que no es posible rezar, por ejemplo un Rosario, siempre es posible decir mentalmente alguna oración corta, como la llamada oración del corazón que practican los cristianos de oriente y repiten en cada ritmo respiratorio: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí (pecador)”. O bien alguna jaculatoria conocida. Son esas formas breves de rezar que se adaptan muy bien a una oración silenciosa en momentos de actividad. La clave es tener siempre puesto el pensamiento en Dios.

 

Orar es hablar con Dios. Es tratar con Él, es entrar en su intimidad, es profundizar la amistad, es contemplar o sea meditar el secreto del amor de Dios, es pedirle lo que creo necesitar, es interceder por otros, es alabarlo y darle gracias, pedirle su bendición y bendecir su nombre, es consolarlo reparando y desagraviando por las blasfemias y sacrilegios que se cometen, es contarle mis alegrías y mis tristezas y -no olvidarlo nunca- saber hacer silencio para escuchar qué le dice a mi corazón, para encontrar luz y sentir sus mociones en el espíritu. Es todo eso y más, todo lo que voy descubriendo en cada oración de cada día. Y es también quedarse sin palabras, sin saber qué decir o algunas veces no sentir particular gusto por la oración. Orar, orar siempre. A eso estamos llamados, a llenar la vida con oración, que es llenarla de Dios.

San José María decía: “¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!..."-, está seguro de que has empezado a hacerla”. “Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración: "me falta tiempo" -cuando lo estás perdiendo continuamente-; "esto no es para mí", "yo tengo el corazón seco"... La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada”.

 

Ciertamente, la adoración, el estar frente a la presencia eucarística única del Señor es un modo privilegiado de oración, de encuentro con Él. Es un encuentro iluminante que vuelve radiante nuestra vida. ¡Qué maravilloso y elocuente testimonio de fe damos cuando estamos adorando en silencio! No hace falta más para decir tanto. Estamos diciéndole al mundo: “aquí está Él. Éste es Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros y por nosotros. Por eso, estoy aquí de rodillas en adoración y tú también estás invitado. Es Jesucristo que te llama”. Como nos pidió nuestra Madre: “Enamórense de Jesús en la Eucaristía”, “Adoren a mi Hijo sin interrupción”.

 

Me atrevo a pensar que entre los muchos de los que seguimos a Medjugorje varios hemos alguna vez descuidado el ayuno. En ese caso debemos recuperarlo, junto a la oración. La experiencia es que ayunando, la oración se vuelve más concentrada, mucho menos distraída y, por tanto, más profunda. Y también que rezando es más fácil ayunar. Oración y ayuno se reclaman mutuamente.

También puede que estemos hablando más de Dios que con Dios y que queramos convencer a nuestros conocidos a través de nuestras palabras. Más los convenceremos cuando por la adoración o la oración profunda reflejemos algo de la luz de Dios, es decir demos convincente testimonio de vida. En lugar de hablar tanto de Dios con el amigo debemos hablar más a menudo a Dios del amigo. Y todo con alegría, con la alegría que da la fe en Dios y la confianza en nuestra Madre. Con la alegría que grande es nuestra esperanza porque nuestra Madre está aquí con nosotros y no nos deja. Porque pese a que no faltan quienes la rechazan, no creen, se burlan y tratan de desacreditar las apariciones para acabar con estas verdaderas epifanías de la Madre de Dios, Ella, en cambio, permanece con nosotros. Viene todos los días a manifestarnos su cercanía, a rezar con nosotros y a mostrarnos que nada tenemos que temer porque, siendo Ella quien es -la Enviada para estos tiempos- Dios mismo está con nosotros.  Y si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Cf. Rm 8:31).

Ese es el gran motivo de alegría.

Hemos perdido la alegría que da testimonio de nuestra fe, porque esa alegría es fruto del Espíritu Santo, y no predicamos la necesidad de estar alegres. Por eso, la Santísima Virgen viene a recordárnoslo.

San Pablo no se cansaba de exhortar a los primeros cristianos de las comunidades de Galacia, de Filipos y de Tesalónica diciéndoles: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. “Estad siempre alegres. Orad constantemente”. (Cfs. Flp 4:4; Ga 5:22; 1 Ts 5:16). La alegría se nutre del corazón colmado de oración.

 

Esta nueva invitación a la conversión no es a permanecer en el mismo lugar del camino, sino a crecer espiritualmente avanzando por él. Al mismo tiempo que nos invita nos da la manera de crecer: intensificando la oración y el ayuno con la alegría de la fe en Dios que es más poderoso que todas nuestras contrariedades y enemigos.

 

Vivamos en la alegría, nuestra Madre está aquí y nos bendice.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de noviembre de 2009

         
¡Queridos hijos! En este tiempo de gracia, los invito a todos a renovar la oración en sus familias. Prepárense con alegría para la venida de Jesús. Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores, para que el amor y el calor comiencen a fluir a través de ustedes, en cada corazón que está lejos de Su amor. Hijitos, sean mis manos extendidas, manos de amor para todos aquellos que se han perdido, que no tienen más fe ni esperanza. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

“En este tiempo de gracia, los invito a todos a renovar la oración en sus familias”

La Santísima Virgen primero nos vuelve a recordar que éste es tiempo de gracia. Precisamente, por ser tiempo de gracia se aparece y nos da estos mensajes que van marcando nuestro camino. Inmediatamente después nos pide renovar la oración en familia, es decir hacerla nueva, profunda, como la que hemos experimentado comunitariamente en Medjugorje o que ha nacido de un encuentro con la gracia, que la Reina de la Paz viene a traernos. 

A este punto deberíamos decir que Medjugorje es más que un lugar. Son muchas las personas que no han ido y que quizás no puedan hacerlo en el futuro, pero que viven esta espiritualidad: la de seguir los mensajes de la Madre de Dios, porque saben en su corazón, con la certeza de la fe, que Ella verdaderamente les está hablando.

Así como hay fieles al llamado de la Santísima Virgen en Medjugorje que no han salido de sus casas, también puede haber entre nosotros quienes hemos estado y poco o nada hayamos cambiado. Éste es el misterio de la libertad del hombre y de la resistencia que pueda oponer a la gracia de Dios.

Importante es, por tanto, la apertura de corazón y también la humildad. Si cierto es que a Medjugorje o al mensaje debemos aproximarnos en la humildad y abiertos al don por recibir, más importante es que regresemos o nos vayamos transformando en personas aún más humildes y acogedoras.

Nuestra Madre quiere que hagamos nueva nuestra oración o porque la habíamos dejada arrinconada dándole el último espacio y tiempo (y eso cuando lo hay) o porque la hemos ignorado.

Orar es primordial, es la actividad primera en el tiempo de nuestra vida. La oración debe abrir el día, empezando por la entrega de la jornada a Dios y el pedido que llene nuestros vacíos con su gracia y bendición, y debe acompañarnos durante las distintas horas hasta el momento del descanso.

Pero, no es la oración en abstracto a la que va dirigida el mensaje sino –y éste es ahora el punto- a la familia que debe orar en unidad.

¡Qué bueno es romper la inercia de la rutina, apagar el televisor, hacer caso omiso, por ejemplo, al telenoticiero y toda la familia ponerse a rezar el Rosario!

No por muy sabido y antiguo, aquel adagio “la familia que reza unida permanece unida” ha perdido actualidad o certeza. Es más cierto y comprobable que nunca.

Importante es que todos estén de acuerdo en rezar juntos, pues a nadie se lo debe forzar. Y a los niños, que ellos sí deben obedecer, no conviene agobiarlos con muchas oraciones.

Sabemos que en muchas familias resulta extremadamente difícil que padres e hijos adolescentes convengan en tener una oración conjunta. Sin embargo, con buenas maneras y buena voluntad, se podría al menos llegar a rezar un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria con ellos. Y si aún así no fuese esto posible, pues rezar por y en lugar de los que se oponen. Basta un solo miembro que reza por todos para que esa oración tenga valor de oración familiar.

Tengamos siempre en cuenta que ante las negativas y aún en el caso de soledad nunca hay que desesperar ni quejarse. La desesperación refleja falta de fe en la Omnipotencia de Dios, y la queja aleja aún más a quienes se pretende integrar. 

“Prepárense con alegría para la venida de Jesús. Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores…”

Nuestra amadísima Reina de la Paz, como Madre de la Iglesia que es, siempre respeta y sigue el tiempo litúrgico y por eso ahora, al iniciar este tiempo de Adviento, nos invita a prepararnos con alegría para la Navidad.

Adviento es tiempo de espera y de esperanza. Con toda la Iglesia nos preparamos al encuentro de la Navidad, haciendo memoria de la primera venida de nuestro Señor, encarnado en la Virgen y nacido en Belén de Judá, y alzamos la mirada en la esperanza del mismo Señor que vendrá en gloria y majestad. Por eso, a través de todos los siglos clamamos: “¡Ven Señor Jesús!” “No tardes en venir”.

Nuestra alegría es porque creemos en Jesús, como Hijo de Dios y Salvador nuestro, que una vez vino en el despojamiento, la humildad y el dolor, a quien pocos lo reconocieron y aún hoy lo reconocen. Nuestra alegría es porque Aquél que hace más de 2000 años se encarnó, Dios Todopoderoso y de eterna misericordia, es el mismo que está con nosotros –según su promesa- hasta el fin del mundo en cada Eucaristía.

Nuestra alegría es plena porque nuestra fe lo reconoce y alimenta nuestra esperanza en su segunda venida, cuando por todos será visto regresando en poder y majestad.

Pero, tal alegría, para ser verdadera y permanente debe brotar de la pureza y la amplitud del corazón. Ya que bienaventurados seremos y grande será nuestra dicha en la medida que puro sea nuestro corazón, porque veremos a Dios con los ojos de la fe (Cf. Mt 5:8).

Todo lo malo que nace del corazón lo hace impuro y todo lo que lo cierra impide el acogimiento y por tanto el amor y su fruto que es la alegría.

Corazón puro es el que, como María, acoge la Palabra y la practica hasta sus últimas consecuencias.

Dice el Eclesiástico: “Hijo, si te decides a servir al Señor prepárate para la prueba” (Ecl. 2:1). Las pruebas que Dios nos envía o los males que atravesamos por nuestra culpa o circunstancia, siempre que no nos separemos del Señor, son de purificación.

Ante el mal que cometemos la Iglesia -que dispone de todos los medios de salvación- nos ofrece -siempre que acudamos arrepentidos a la búsqueda del perdón- purificarnos, reconciliándonos con Dios y también con las otras personas a las que hemos dañado, por medio del sacramento penitencial y la reparación a la que nos compromete.

La gracia divina está siempre pronta a restaurarnos y rescatarnos por medio de la Iglesia.

Un corazón puro es necesariamente sencillo, humilde, misericordioso y acogedor. Es el que desea liberarse del pecado, amar cada vez más y mejor, y anhela vivir la paz de Dios.

El juicio condenatorio y acusador, la soberbia y el orgullo, y la falta de perdón cierran al corazón del hombre y lo vuelven impuro porque no es ni misericordioso, ni humilde, ni acogedor.

El que no acoge a quien está próximo, el que emite juicios inapelables sobre los demás, el que proyecta sus miedos, hace de sus imágenes abstractas y de sus prejuicios su propia realidad y siendo esclavo del error no puede experimentar alegría ni paz permanente ni está preparado para recibir el amor de Dios. Por eso, todos debemos confrontarnos con nuestra realidad y ver hasta dónde nuestro corazón es puro y acogedor. Seguramente todos, también, descubriremos, en sincero examen de conciencia, que mucho nos falta para aproximarnos al pedido de la Santísima Virgen. Sobre esas falencias debemos trabajar para poder cumplir con lo que Ella nos pide y prepararnos con alegría al encuentro del Señor. 

“Hijitos, que sus corazones sean puros y acogedores, para que el amor y el calor comiencen a fluir a través de ustedes, en cada corazón que está lejos de Su amor”

Como exhortaba san Juan en su primera carta, no se ama de boca y con palabras sino con obras y según la verdad. Si no amas a tu hermano a quien ves no puedes amar a Dios a quien no ves, porque lo desconoces (Cf. 1 Jn 4:20).

Dicho de otro modo, si no nos abrimos acogiendo primero a nuestros amigos y familiares y luego a los demás, si guardamos rencores y albergamos sentimientos negativos, si nuestras actitudes son carentes de misericordia, de perdón o de desprecio o de suficiencia, no correrá el amor por nosotros, y seremos incapaces de dar a otros lo que sí recibimos de Dios, pero que con nuestras actitudes pecaminosas hemos bloqueado y estancado. No podremos entonces dar amor.

Tendremos primero que aceptar acercarnos a la misericordia de Dios y anhelar tener un corazón como el suyo, manso y humilde, para luego con ese corazón amante llegar a los que están alejados del amor de Dios. 

“Hijitos, sean mis manos extendidas, manos de amor para todos aquellos que se han perdido, que no tienen más fe ni esperanza”

Porque en Medjugorje aparece la Virgen, acuden hijos de todas partes del mundo quienes, regresando a sus lugares, extienden la gracia recibida a sus parroquias y ambientes. Todos ellos, los que fueron y regresaron, así como los que recibieron gracias sin moverse de su lugar, son las manos tendidas con amor de la Virgen Santísima hacia todos aquellos que deambulan extraviados por la vida porque nula es su fe y perdida su esperanza.

La prolongación de las manos extendidas de nuestra Madre son las que se alzan en alabanza a Dios por los que no lo alaban; las que se juntan en súplica intercediendo por los que no conocen su amor; las que acogen y que abrazan al perdido y herido por la vida; las que acarician al que no ha conocido el amor en esta tierra; las que aprietan y sujetan fuertemente para unir y sellar lo que peligra dividirse y quebrarse; las que dan palmadas para reconfortar al desconsolado; las que se tienden para alzar al caído; las que sostienen a la vida recién nacida y a la madre que había decidido abortar; las que tienden puentes de amistad y comprensión donde hay odio e incomunicación; las que dan de comer en la boca al anciano abandonado y desilusionado de todo; las que enjugan las lágrimas del que está triste y deprimido; las que trazan la señal de la cruz sobre la frente de la joven con sida que ha sido rechazada por los suyos y vive de limosnas en la calle; las que se abren siempre dadivosas; las que empuñan el Rosario; las que sueltan la piedra y se abren al perdón. Manos que acarician y bendicen, que dan y reciben, que abrazan y sostienen,  manos que expresan amor. 

          ¡Gracias, Madre nuestra, por llamarnos, por contar con nosotros, pobres hijos tuyos pecadores, porque tu presencia de amor nos alienta y purifica y nos enseña a ser pequeños para ser grandes ante Dios!

 

P. Justo Antonio Lofeudo

 

Acerca de los ataques a Medjugorje


          Estas reflexiones van ahora dirigidas a responder a los ataques que últimamente han embestido con inusitada furia contra las apariciones de Medjugorje.

Medjugorje es Iglesia. Iglesia abierta a todos. El llamado es universal y Medjugorje trasciende sus propios límites parroquiales. Es por eso que nadie, ninguna persona o grupo puede arrogarse monopolio o pertenencia exclusiva alguna. Carismática es su esencia, porque procede de un don extraordinario de Dios conferido, a través de la Santísima Virgen, a unos videntes. Pero -no hay que olvidarlo- al ser Iglesia es también jerárquica y por más que en lo que atañe a Medjugorje no haya coincidencias de apreciación con el ordinario del lugar, siempre se deben respetar sus decisiones en lo que hace a su jurisdicción diocesana, y, demás está decirlo, a lo que el Santo Padre en cualquier momento disponga.

Desviaciones de sostenedores y problemas eclesiales de antigua data, en mucho anterior a la venida de la Virgen, han servido a los detractores, a quienes están convencidos que todo se trata de un fraude, para descalificar y negar la autenticidad de estas epifanías marianas o, como otros gustan llamar, mariofanías.

La respuesta a quienes le niegan veracidad a las apariciones se puede condensar en preguntas y éstas son algunas: ¿Cuál es el mayor acontecimiento eclesial que hoy se oponga con más fuerza al mal que, como nunca, arrastra al mundo? ¿Cuál es esa fuerza, ese acontecimiento, cuando el Magisterio es ignorado y ridiculizado y la sabia e iluminada voz del Santo Padre es acallada o maliciosamente interpretada por casi todos los medios masivos de comunicación? ¿Puede el cielo dejar de auxiliar a la Iglesia en tiempos en que todo el ministerio magisterial es hostigado por el espíritu del mundo y contestado impúdicamente por los personajes conspicuos que se llaman a sí mismos “católicos adultos” y con ello justifican la no obediencia a la Iglesia de Cristo, Madre y Maestra? ¿Cuál es esa fuerza que se oponga y detenga tanto mal, cuando ningún documento pastoral es tenido en cuenta, ni siquiera leído y sí, en cambio, son repetidas hasta el cansancio las acerbas críticas que difunden los medios quitando y agregando lo que maliciosamente les conviene o cuando por todos son vistas, leídas y creídas las infamias que difunden libros y películas ante la verdad de Cristo y su Iglesia? Todas estas preguntas van dirigidas a mostrar lo que, para nosotros, es evidencia: que ante la abundancia del pecado en el mundo, la Divina Providencia ha dispuesto la gracia sobreabundante de las apariciones en Medjugorje como de algunas otras gracias extraordinarias para este tiempo de verdadera apostasía general.

Por no ser un argumento convincente tampoco es admisible explicar el llamado “fenómeno Medjugorje” diciendo que “donde se ora hay conversiones” y que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es posible querer así dar explicación a los millones de conversiones radicales que vienen ocurriendo por estas apariciones. Más bien cabe preguntarse ¿A qué van tantas personas a Medjugorje año tras año sin siquiera interrumpir el flujo de peregrinos durante la guerra bosníaca? ¿Van acaso a ver un paisaje? ¿Van a oír a grandes personajes? ¿Van tal vez en búsqueda de soluciones mágicas engañadas por una perversa o hábil propaganda? Nada de eso las atrae. Acuden a un llamado y responden rezando, confesándose, adorando al Señor, la mayoría haciendo su primera experiencia de Iglesia, en abandono confiado a la Virgen que los ha convocado para que Dios les dé verdadero sentido a sus vidas cuando le abren el corazón.

Medjugorje es llamado, y con justicia, “el confesonario del mundo”. El gran teólogo Von Balthasar, quien creía en lo que acontecía en Medjugorje, aconsejaba a los sacerdotes que visitaran el lugar y se dedicaran a confesar. En el confesonario podrían verificar la autenticidad de las apariciones.

Medjugorje no admite explicaciones que no se aplican en ninguna otra parte porque, sencillamente, Medjugorje no es un mito, porque, muy simplemente, la Santísima Virgen verdaderamente se aparece allí.

Si replicar Medjugorje fuera tan sencillo, es decir convocar a las personas a rezar y convencerlas de confesar todo su pasado y descargar el mal acumulado y hacer sus vidas totalmente nuevas, en Dios; si tan sólo se necesitara algunos niños o jóvenes que digan que ven a la Virgen (nunca olvidar que al comienzo de las apariciones el país era ateo comunista y sufrieron persecuciones tanto ellos como el párroco, el P. Jozo, que fue torturado y encarcelado) y montasen una farsa (¡menuda y peligrosa farsa aquella!) entonces ya debería haber ocurrido lo mismo en muchas partes del mundo donde pululan los falsos videntes.

Si por la oración de algunos se pudiese convocar a millones, si esto fuera así, habría entonces que esperar que en todas partes del mundo nos dedicásemos sólo a impulsar a la oración (lo que es muy necesario y sería muy loable). ¿Por qué no se insiste sobre la primacía de la oración como lo hace el Santo Padre en toda oportunidad y ante diferentes audiencias? O ¿por qué donde si se exhorta a la oración la respuesta es tan escasa y no hay conversiones masivas como en Medjugorje?

Como vemos, aquellos argumentos no se sostienen. La explicación es una sola: en Medjugorje se reza intensamente porque allí está la gracia para hacerlo, porque quienes allí van se encuentran con la gracia, porque la presencia del Espíritu Santo es grande, enorme. No es porque se reza que hay conversiones sino que porque hay conversiones, de los que acuden al llamado, rezan los que nunca antes lo habían hecho o lo hacían sólo en circunstancias extremas para pedir algún auxilio y después seguían en su indiferencia.

Es la gracia extraordinaria presente en Medjugorje la que precede la oración intensa en la parroquia y se extiende fuera de los límites porque los peregrinos llevan luego a sus lugares de origen la oración y la adoración antes inexistente o escasa. Es esa gracia extraordinaria que se irradia desde allí la que alcanza a tantas personas que forman grupos de oración y adoración y que nunca pisaron aquel suelo.

¡Cuántas vocaciones a la vida consagrada, al sacerdocio, a la fundación de una familia han nacido en Medjugorje! Ésta es la experiencia de muchísimos y es mi propia experiencia. Si esta obra hubiera sido cosa de los hombres ya habría fracasado, pero siendo de Dios no podrá ser destruída (Cf. Hch 5:38-39).

El agnóstico que va a Medjugorje no se impresiona tanto porque otros recen sino porque descubre una presencia, la misma que lo ha estado invitando. Generalmente no sabe porqué llegó hasta ahí y de pronto descubre que nuestra religión es la verdadera: que Dios existe, que Jesucristo es el Salvador y es Dios, el hijo de la Virgen María y que Ella está precisamente en ese lugar. De un modo misterioso y repentino se le empieza a develar la fe católica y a descubrir los sacramentos y la necesidad imprescindible que tiene de ellos. Comprende que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo y se siente Iglesia, y la abraza, la ama y la defiende. Y se le hace conciente también que la realidad no está limitada por sus sentidos y su razón sino que hay otra realidad mucho más profunda, trascendente, que da respuestas a lo que hasta ayer para él era motivo angustioso del absurdo: la vida humana y la muerte.

En Medjugorje se reza, queridos hermanos, y se descubre quién es la que viene a visitarnos por la presencia fuerte del Espíritu Santo (Cf. Lc 1:41-43). No es la voluntad de rezar la que atrae a la gracia sino la gracia la que hace que recemos y recemos con el corazón y añoremos esas experiencias cuando no estamos allí.

Que nada de lo malo, hecho o denunciado, nos haga perder el equilibrio y la gracia y que nunca las sombras nos oculten la luz, la inmensa luz que -desde hace casi 30 años- se irradia desde Medjugorje a todo el mundo. 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de diciembre de 2009

         
¡Queridos hijos! En este día de alegría los llevo a todos ante mi Hijo Rey de la Paz, para que Él les dé su paz y bendición. Hijitos, compartan esa paz y bendición en amor con los demás. ¡G
racias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

          El Dios de Israel por medio del profeta Isaías anuncia la venida de un cierto niño que será príncipe de la paz. En otros pasajes el profeta se refiere al Mesías como rey de la estirpe de David. Por tanto, el Mesías es Rey o Príncipe de la paz. El pasaje primero aludido dice: “un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Consejero Admirable, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is 9:6). En algunas traducciones en lugar de “Dios poderoso” se lee “Dios guerrero”. ¿Cómo podía ser eso, a la vez Dios Guerrero y Príncipe o Rey de Paz? La venida de Jesucristo develó el misterio. Ese niño nacido hace más de 2000 años en Belén de Judá, conocido luego como Jesús de Nazaret, sería quien traería la paz de Dios al mundo. La paz conquistada en la más cruenta de las guerras: la guerra contra Dios, la guerra contra un hombre Hijo de Dios, el Mesías, que lo llevaría a la muerte, voluntariamente aceptada y, a través de ella, al triunfo de su Resurrección.

Isaías (el segundo Isaías), en forma para muchos velada -tan velada que se rehusaron a reconocerlo como Mesías y que aún hoy es motivo de escándalo- presenta además la figura mesiánica en la misteriosa del Siervo Doliente de Yahvé (Is 53). 

“El castigo que nos devuelve la paz cayó sobre él y por sus llagas hemos sido curados”, habla Dios por medio del profeta (Is 53:5). Es Cristo, el Siervo Doliente, que en la Pasión de la cruz, en el momento de mayor oscuridad, nos alcanza la victoria y nos trae la paz.

Ya no es el sacrificio ritual del templo por el que se consigue la expiación de los pecados. El sacrificio aceptado por Yahvé es el de la vida, voluntariamente entregada, de su Mesías, y el verdadero templo ya no el de piedra sino su cuerpo lacerado. De aquel templo no quedará piedra sobre piedra, apenas el Muro de los Lamentos.

En la hora de la muerte de Jesucristo, el velo del templo, el que estaba ante el Santo de los Santos, se rasga porque Dios ya no habita en él y porque el verdadero sacrificio acaba de ser consumado. El sacrificio es el de la vida del Hijo de Dios, de ese Salvador que ahora recordamos nació en la ciudad de David, de Él, el Mesías, el Señor. 

Es el Rey de la Paz, el mismo Siervo de Yahvé que nos trae la paz, el que –como relata el cuarto canto de Isaías- será llevado a la muerte “con violencia e injusticia”, “herido de muerte por los pecados de su pueblo”, “contado entre los malhechores, él que llevaba los pecados de muchos e intercedía por los malhechores”. El Justo e Inocente que será desfigurado y despreciado a causa de sus sufrimientotes es nuestro Rey de la Paz. Rey de la Paz porque “el castigo, precio de nuestra paz, cae sobre él”.

Cristo es la respuesta de Dios al dolor, a la muerte. Cristo es el único que transforma el escándalo del sufrimiento en misterio y misterio de salvación.

Una sola es la Persona de Cristo, Persona Divina, una sola la historia de la salvación, por eso la Navidad está unida a la Pasión y a la Pascua. Nació para morir por nosotros y resucitar para nosotros, para que tengamos la vida eterna. Es por su Pasión que nos llega la paz, la reconciliación con Dios y la victoria sobre la muerte. ¡Cómo no va a ser ésta la Buena Noticia! ¡Cómo no alegrarnos en esta y en toda Navidad!

No hay ninguna paz verdadera fuera de la de Dios, que es la de Cristo Jesús. El mundo no la conoce, suyas son sólo falsas paces. En épocas no lejanas se acuñaron slogans, meros slogans, que decían “hagan la paz no la guerra” o “haga el amor (entendiendo por sexo) no la guerra”. El típico irenismo, o sea pacifismo fácil, propuestas voluntaristas mentirosas que de pacíficas no tienen nada. No acaso de esas “revoluciones pacíficas” salió la muerte de la droga, la promiscuidad sexual, la degradación humana. Huecas y devaluadas palabras –paz, amor, vida- y gestos falsos de “todos nos amamos, somos buenos, nos deseamos la paz”. Ninguna paz es posible cuando el hombre está dividido en sí mismo y no tiene paz en su interior, cuando la libertad es la de un estilo de vida contrario a la moral, cuando está en guerra con Dios. Porque cuando se excluye a Dios de la vida, cuando sociedades que habían conocido al Salvador reniegan ahora del crucifijo -¡si es precisamente del Crucificado que nos viene la paz!-, cuando se dictan leyes abominables a Dios y se rebosa la copa de la ira divina haciendo del delito de aborto un derecho (es la ley que se acaba de promulgar en España), ¿qué paz pueden tener tales sociedades? ¿Qué paz puede dar quien mata y promueve la muerte?

Ninguna voluntad puede ser buena cuando va dirigida a la iniquidad y justifica la muerte del que no puede defenderse y vende ideologías maltusianas para promover muertes masivas bajo el eufemismo de control de la población. 

Corromper el lenguaje es lo primero que hace Satanás. A las cosas no las llama por su nombre sino que les da nombres que tapen la oscura realidad. Y así se llama “interrupción del embarazo” al aborto, “muerte asistida” a la eutanasia, “tolerancia” a la perversión y complicidad con el mal, etc.

 

El salmista expresa la sed que el alma humana tiene de Dios (salmo 42) y luego dice “un abismo llama a otro abismo”. Es el abismo del amor de Dios, el anhelo que tiene del hombre que llama al otro anhelo inextinguible: el del hombre por Dios. Porque si el hombre anhela a Dios y tiene sed de trascendencia, no menos cierto es que Dios tiene también sed del hombre, de las almas que ha creado. Jesús anticipa en el diálogo con la samaritana –“dame de beber”- lo que manifiesta acabadamente en la cruz: “Tengo sed”. Esa sed que sirvió como programa de vida y de santidad a Teresa de Calcuta, hace eco a la sed de cada uno de nosotros por una vida que no acabe, por la recuperación del Edén perdido que nos devuelva la cercanía de Dios. Es la sed de paz del corazón humano y esa paz sólo puede darla Jesucristo. Ningún personaje de la historia sea religioso, de la filosofía o político ni ninguna deidad puede darnos la paz que Cristo nos ofrece. Solamente Él puede sellar nuestro corazón con esa plenitud que llamamos paz. La paz plena de Dios es la gran diferencia que hace a la conversión. Quien no se ha encontrado aún con Jesucristo no puede conocer la paz verdadera. La paz de quien responde al llamado a la conversión que Dios le hace, es la experiencia del corazón reconciliado con su Creador y Padre, por la Sangre del Cordero.

Convertirse, o más propiamente dejarse convertir el corazón por Dios, es acercarse a Jesucristo. Por eso y a eso nos está invitando maternalmente nuestra Reina de la Paz en este mensaje. A recibir la paz del único que nos la puede dar, a recibir su bendición divina.

Acercarnos al Señor es acercarnos al Cristo total, a toda su vida, toda su historia humana y su gloria divina y todo ello está encerrado en su presencia en la Eucaristía. La Eucaristía nos revela la plenitud del amor de Dios y nos lleva a responder a ese amor. En la Eucaristía está la encarnación, la muerte, el misterio pascual y la salvación. Es Dios que se ofrece a sí mismo. Es el don más sublime. Es “el sacramento en el que Cristo ha querido concentrar para siempre su misterio de amor”.

Descubrir el misterio de la presencia del Señor en la Eucaristía es no dejarla nunca más y emprender un camino diario de conversión, de paz, de íntimo gozo del corazón.

Al ofrecernos al Niño, la Santísima Virgen nos está ofreciendo la Eucaristía, es en María la Iglesia que ofrece el sacramento de salvación a la humanidad. La Eucaristía es la prolongación de la Encarnación. La Eucaristía es pan partido y compartido.

Dios nos bendice en cada aproximación que hacemos a Él, en cada Eucaristía, en cada adoración, en cada oración del corazón, en cada acto de amor. Y en cada bendición suya recibimos nosotros su paz, la paz que nos sella. Su bendición infunde en nosotros amor, generosidad, bondad. El amor, la generosidad, la bondad impulsan a no quedarse con el don sino a multiplicarlo dándolo, compartiéndolo.

Respondiendo a este llamado de nuestra Madre del Cielo recibiremos paz y bendición y seremos nosotros también paz y bendición para los otros.

 

Que de la plenitud de Jesús recién nacido ofrecido por su Madre, recibamos todos paz y bendición.


P. Justo Antonio Lofeudo
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


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.¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!


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