Comentario de los mensajes

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Año 2004

25 de enero de 2004

     Queridos hijos, también hoy los invito a orar. Oren, hijitos, de manera especial por todos aquellos que no han conocido el amor de Dios. Oren para que sus corazones se abran y se acerquen a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo Jesús, para que podamos transformarlos en hombres de paz y de amor. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     En este mensaje - en el que la Madre de Dios nos pide no sólo orar sino orar por un propósito bien definido: por aquellos que no han conocido el amor de Dios, para que se abran a la gracia y se acerquen a toda la misericordia del Señor manifestada en su Sagrado Corazón y en el Corazón Inmaculado de su Madre - nos viene a recordar la necesidad y también el poder de nuestra oración de intercesión. Necesidad porque sin ella no podría lograrse lo que aquí se pide, y poder porque por medio de esta nuestra oración, unida a la de la misma Santísima Virgen, los corazones fríos, indiferentes, podrán abrirse y podrán acercarse a Cristo y a María.

 

     En la última aparición mensual a Mirjana, la Reina de la Paz nos presentaba a Jesús Niño, nos lo daba, a Él, el Emmanuel, el Salvador del mundo (*). Nos presentaba a Dios en este Niño para que lo recibiéramos, y lo hiciéramos también en nombre de quienes no lo reciben y no lo reconocen porque no lo conocen. “Y tú, ¿quién dices que yo soy?”, ésta es la pregunta que el Señor nos repite en ese Niño. Tú eres quien tiene todo poder para salvar al hombre, quien puede hacer “nuevas todas las cosas”. Tú eres Dios de misericordia quien ahora, por medio de tu Madre, nos pides hacernos instrumentos de salvación, a través de nuestra oración de intercesión, para quienes están lejos.

 

     En una visión a Santa Faustina Kowalska, el Señor le reveló que aquella persona que está frente al Santísimo Sacramento en adoración toca de tal modo su Corazón que de él parten rayos de gracia y misericordia que alcanzan a los más alejados, a esos que no conocen su amor y por eso no creen en Él ni lo aman.

     Como muy bien lo ha expresado un teólogo: la adoración conmueve a todo y a todos porque conmueve al Creador que conmueve a todo y a todos.

 

     Es una verdad que cuando comenzamos a tener experiencia de Dios, cuando comenzamos a experimentar su perdón y en él su misericordia, su amor, vamos siendo transformados. Éste es el fin último de esta intercesión a la que nos llama nuestra Madre en este mensaje, el de que otros conozcan a Dios y sean transformados para, a su vez, volverse ellos al amor y ser instrumentos de la paz que viene de Dios.

 

     (*) Hoy les traigo a mi Hijo, su Dios. Abran sus corazones para saber aceptarlo y llevarlo con ustedes. Acojan la felicidad y la paz que Él les ofrece. Gracias por haber respondido a mi llamado (Mensaje a Mirjana del 2 de enero de 2004).

 

P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de febrero de 2004

     Queridos hijos, hoy también, como nunca antes, los invito a abrir su corazón a mis mensajes. Hijitos, sean aquellos que atraen las almas a Dios y no los que las alejan. Estoy con ustedes y los amo a todos con amor especial. Éste es tiempo de penitencia y de conversión. Desde lo profundo de mi corazón los invito: sean míos con todo el corazón y entonces verán que su Dios es grande porque les dará abundancia de bendiciones y de paz. Gracias por haber respondido a mi llamado.  


     Este mensaje debe interpelarnos seriamente. ¿Qué clase de cristianos somos? ¿Qué clase de hijos de María? ¿Qué testimonio estamos dando a los demás? No basta con adherirse a la aparición; no basta con formar grupos de Medjugorje ni hacer propaganda por él; no basta hacer no sé cuántas peregrinaciones; en definitiva, no basta con seguir los mensajes si no se los vive. Y vivir los mensajes es, ante todo, abrir el corazón, poner el corazón en lo que nuestra Madre nos pide, comprometerse con todo el ser, meter toda el alma en este camino de conversión que Ella continuamente nos propone. Porque, fijémonos bien, Ella no nos dice “oren, ayunen, vayan a Misa, confiésense”, sino “oren con el corazón, ayunen con el corazón, enamórense de Jesús en la Eucaristía, adoren sin interrupción a mi Hijo en el Santísimo Sacramento, vivan la Palabra, hagan buenas confesiones”, etc.

     A veces solemos oír: “la Virgen en Medjugorje apela a la oración y al ayuno”. No, la Virgen en Medjugorje apela, antes que nada, al corazón.

     De un corazón abierto a Dios surge luego la oración, la adoración, el sacrificio y la misma vida sacramental.

     Recordemos que en la parábola del fariseo y el publicano (Cf Lc 18:9ss), el primero era un campeón de devociones y aparentemente cumplía con todos los preceptos. Pero, todo eso era exterior, el corazón no estaba en su vida religiosa, en Dios, sino en sí mismo, y por eso no fue justificado. El publicano, en cambio, -hoy diríamos el corrupto- había abierto su corazón a Dios en total compunción por su vida de pecado. Y éste sí fue justificado.

 

     María en Medjugorje se muestra -diría casi más que en cualquier otra parte- más como Madre que como Reina. No es acaso el clamor de una madre que ve que sus hijos se pierden irremisiblemente lo que le hace decir: “los invito, hoy más que nunca,” a que sean mis testigos, a ustedes que oyen, que leen, que siguen mis mensajes, a dar buen ejemplo a mis otros hijos que están lejos y que quizás, cansados de tanta mentira, estén comenzando a buscar la verdad.

     La Madre de Dios nos llama a salvar almas, a cooperar con la obra de redención del Señor. Y esto es algo muy grande, porque salvar un alma es el mayor acto de caridad que se pueda hacer.

 

     Este tiempo cuaresmal, nos lo recuerda Ella misma, es tiempo de conversión, de regreso a Dios o de apretar el paso para acercarnos más aún a Él. Es tiempo de introspección y de cambio. Es tiempo de poner en nuestras vidas como meta del camino el encuentro con nuestro Creador y Salvador.

     Es tiempo de penitencia. “Conviértete y cree en el Evangelio” es una de las fórmulas usadas por el sacerdote en el momento de la imposición de las cenizas, al inicio de la Cuaresma.

     La ceniza es el signo penitencial.

     Pero, la penitencia no es un signo ritual y nada más. Ya en el Antiguo Testamento los profetas Amós, Oseas, Isaías enseñaban que penitencia no era tan sólo vestirse de saco y echarse ceniza si no había arrepentimiento del mal cometido y propósito de enmienda. Si faltaba este cambio de actitud entonces la penitencia ritual carecía de valor. El hombre debía apartarse del pecado y convertirse a Yahvé. Juan el Bautista, último de los profetas del Antiguo Testamento y Precursor del Cristo, llama a la auténtica penitencia de conversión. Jesús mismo dirá que él no vino a llamar a los justos sino a los pecadores, y que quien no hace penitencia y no se arrepiente ni se convierte perecerá (Cf Lc 5:32; Mt 11:20-24//Lc 13:3.5, 19:40ss, 23:28ss).

 

     Éste es, por lo tanto, tiempo de purificación de nuestro corazón comenzando por nuestros sentidos. Como en días pasados, en las lecturas de la liturgia eucarística, leíamos la exhortación que nos hacía el apóstol Santiago: “que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar” (St 1:19b), refiriéndose a la escucha atenta del otro y sobre todo de la Palabra y al freno que debe ponerse a la maledicencia. Nos decía además que no sólo debíamos escuchar la Palabra sino ponerla en obra (St 1:22).

     Que lo que salga de nuestra boca sean palabras de consuelo, de amor, de sostén y sea, en cambio, sellada ésta a toda difamación y murmuración.

     Un fuego insignificante puede poner en llamas todo un bosque y la lengua, con ser órgano pequeño, puede contaminar toda una vida (Cf St 3:5s).

     El Señor nos dice que “de la plenitud del corazón habla la boca” (Mt 12:34b), y también que donde “esté tu tesoro allí también estará tu corazón” (Mt 6:21). Éste es tiempo, pues, de atesorar virtudes y de llenar el corazón con el amor a Dios, con la adoración que es la gloria debida a su nombre. Es tiempo de purificar el mismo corazón arrancando la cizaña que puede haber crecido en nosotros en forma de envidias, celos, resentimientos, rencores. Es tiempo de hacer una buena confesión.

     Es tiempo, también, de dejar de ver y oír aquello que nos aparta de Dios y envenena nuestra alma. Es tiempo de apagar el televisor y encender la vela para recogernos en oración.

     Es tiempo de abrir el corazón porque sólo así lograremos escuchar la voz de nuestra Madre, que es el eco de la voz de Dios.

     Entonces sí, abriéndonos a María Santísima, Dios nos bendecirá con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos (Cf Ef 1:3) y sellará nuestro corazón con su paz, la única y verdadera paz que sólo Cristo puede dar.

     En las breves palabras jacobeas: acerquémonos a Dios y Él se acercará a nosotros (Cf St 4:8).

 

     Que en esta Cuaresma seamos penetrados por el espíritu de conversión y que la penitencia verdadera del corazón nos purifique y acerque más a Dios y a los hermanos es nuestro ruego al Señor. Haznos, Señor, como Tú, mansos y humildes de corazón y bendice nuestras mejores intenciones para cambiar nuestras vidas y hacernos agradables a Ti. Todo esto te lo pedimos por intercesión de María Reina de la Paz.

     Y que la bendición de Dios Todopoderoso se derrame abundantemente sobre cada uno en este tiempo de la misericordia divina.

P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de marzo de 2004

     Queridos hijos, también hoy los invito a abrirse a la oración. Especialmente ahora, en este tiempo de gracia, abran sus corazones, hijitos, y expresen su amor al Crucificado. Solamente así ustedes descubrirán la paz y la oración comenzará a fluir desde el corazón hacia el mundo. Sean ejemplo, hijitos, y un incentivo para el bien. Yo estoy cerca de ustedes y los amo a todos. Gracias por haber respondido a mi llamado.  

     Ante los graves conflictos que aquejan a nuestra época, ante la tragedia de familias divididas, de sociedades disociadas, de países en guerra, de fanatismos homicidas y de desatado satanismo; ante la violencia que estalla en el corazón del hombre, la incomprensión, el hedonismo, ante todo lo que hoy nos afecta, nos duele, nos conmueve, la Santísima Virgen no deja de clamar para que abramos nuestro corazón y empecemos a hacer lo único que nos ha de sacar del abismo, lo único capaz de cambiarnos y de cambiar al mundo: orar. Y, pese a toda apariencia -que a nosotros se nos hace evidencia-, nos repite que este tiempo es tiempo de gracia. Tiempo para aprovechar, para no dejar pasar.

     Mientras muchos vociferan y se enfadan y otros se irritan en discusiones tratando de persuadir a quienes no escuchan, y en tanto unos por momentos sufren y otros por momentos parecen divertirse y algunos reclaman pretendidos derechos alzando sus puños en soberbia rebelión contra la ley de Dios, cuando parece que el diluvio de apostasía ha de sumergir al mundo, la Madre de Dios nos dice: “ustedes, hijos míos, doblen sus rodillas, abran sus corazones y recen. No dejen de orar”.

     Claramente la Reina de la Paz desea convencernos de que, más allá de lo que hagamos y digamos, lo esencial es la oración cuando al orar comprometemos el corazón. E insiste en la oración en tiempos en que muchos han perdido el hábito y el gusto por ella y en que la mayoría la juzga tarea inútil.

     El mundo no sabe ni quiere orar porque dice: “¿qué se logra rezando? La vida de hoy es muy compleja, muchas son las cosas por arreglar y más vale ponerse a la obra para remediar tantos males que perder el tiempo en oraciones. Además, si es cierto que Dios existe ¿puede ocuparse de mí? ¿Y el mal de los inocentes en el mundo, acaso no demuestra que Dios se desentiende de nosotros?”.

     Aunque esto parezca nuevo, no lo es. Ya los padres de la Iglesia respondían a esas deformaciones de la imagen de Dios. Tertuliano escribía: “Para saber quién es Dios, nosotros no vamos a escuela de filósofos... sino de los profetas y de Cristo. Nosotros que creemos en un Dios que hasta vino a la tierra, que quiso compartir con nosotros la humildad de la condición humana para nuestra salvación, estamos muy lejos de la opinión de aquellos que quieren un dios que no se preocupa de nada”.

     Y Orígenes concebía así la Pasión del Verbo: “El Salvador descendió a la tierra por piedad hacia el género humano. Sufrió nuestras pasiones aún antes de sufrir la cruz, aún antes que se dignase tomar nuestra carne. Que si no las hubiese sufrido ya antes no habría venido a participar de nuestra vida humana. ¿Cuál es esta pasión que, desde el inicio, sufrió por nosotros? Es la pasión del amor.”

 

     Este mensaje cuaresmal en el que nos dice “expresen su amor al Crucificado”, es una invitación a la contemplación del amor de Dios en la Pasión de Cristo y a la respuesta orante, a nuestro Dios hecho hombre crucificado, que brota de un corazón agradecido y enamorado. Ciertamente, no se puede amar aquello que no se conoce, por eso debemos meditar en la Pasión de Nuestro Señor.

     La Pasión y muerte de Cristo nos muestra hasta qué extremo Dios nos ama. Porque Jesús crucificado es la imagen viva de Dios invisible. Dijo el Señor que quien lo ha visto a él, al Hijo, ha visto al Padre (Cf Jn 14:9). Por eso, al contemplar el amor de Cristo Crucificado podemos saber que “así es Dios”, “ése es Dios”. 

     Dios busca nuestra amistad. Tanto se ha acercado al hombre que se hizo hombre y llamándonos amigos nos dice en Cristo Jesús: “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por los amigos”.

     Este amor sin límites debe ser correspondido.

     El escepticismo, la indiferencia, el error, los sentimientos negativos, la falta de reconciliación con Dios y con los demás cierran nuestra aceptación del misterio y nos vuelven incapaces de responder al amor, y por lo tanto, incapaces de amar. Por eso, con un corazón cerrado no es posible orar. Para orar es necesario purificar el corazón abriéndolo a la gracia mediante el perdón, que pedimos a Dios y también a quien hemos ofendido y que damos a quien nos ofendió, y es necesario también creer que Dios no se desentiende de nosotros ni de nadie porque Dios nos ama a todos.

     Dios está junto a quien sufre. Más aún, está en el que sufre. Ésa es la enseñanza de Jesús (Cf Mt 25:34 ss) y esto mismo puede ser intuido por quien tenga el corazón abierto a Dios. Quien así se disponga estará descubriendo la verdadera imagen de Dios y, en cierto modo, aunque no sea cristiano, al mismo Cristo.

     El Premio Nobel E. Wiesel, sobreviviente de Auschwitz, relata en su libro “Night” la siguiente dramática experiencia:

     “La SS colgó a dos hombres judíos y a un joven delante de todos los internados en el campo. Los hombres murieron rápidamente, la agonía del joven duró media hora. “¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?”, preguntó uno detrás de mí.

     Cuando después de largo tiempo el joven continuaba sufriendo, colgado del lazo, oí otra vez al hombre decir: “¿Dónde está Dios ahora?”. Y en mí mismo escuché la respuesta: “¿Dónde está? Aquí... Está allí colgado del patíbulo...” .

 

     En aquel condenado, en todos los condenados, en cada sufriente y abandonado está Cristo. En cada dolor está su dolor, en cada cruz su Cruz y su amor, eterno e infinito, que nos redime. Ningún hombre puede estar más solo en su dolor ni en su muerte porque el Hijo de Dios, que es también Hijo del hombre por ser el hijo de María, vino a padecer el sufrimiento y la muerte para rescatarnos del mal para siempre.

 

     Hasta que el mundo no acepte la cruz no ha de conocer la paz. Porque no existe otra paz más que la paz de Cristo y ésta viene de la cruz. Ya el profeta Isaías lo había anunciado en el canto del Siervo Doliente: “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido sanados.” (Is 53: 5). 
     Descubrir esta verdad es encontrar la paz.

 

     Jesús, Señor y Dios mío, te contemplo crucificado, amándome hasta el extremo, con tus llagas abiertas y tu boca seca. Contemplo tu mirada llena de perdón y compasión y tu rostro desfigurado. Te amo Señor y amo tu cruz porque en ella está la salvación, porque en ella está la victoria. Mi muy amado Señor, que antes de morir lanzaste tu último grito, grito de victoria, y despertaste a los hombres del sueño eterno de la muerte. Viéndote en la cruz sé que estás en tu trono de gloria mostrándome que tu amor es más poderoso que todos los males y tu cruz es la respuesta a todas las preguntas, donde se acaban las palabras y sólo queda el silencio.

     Tú, que antes de expirar dijiste “tengo sed”, sacia tu sed en nuestro amor de adoración. Tú que tienes sed infinita de salvación acepta nuestra respuesta de volvernos testigos de tu amor en este mundo que no te conoce.

 

     Así como María acompañó a su Hijo durante toda su Pasión volviéndose verdadera Corredentora –por su eminente cooperación en la redención junto al Redentor- y estuvo al pie de la cruz ofreciendo su sacrificio al Padre junto al Hijo, así ahora nos acompaña a nosotros en estos tiempos atribulados pero también agraciados por ésta su compañía. Saber que Ella está cerca hace soportables nuestras cruces.


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de abril de 2004

 
    Queridos hijos, también hoy los invito a vivir aún más intensamente mis mensajes, en la humildad y en el amor, para que el Espíritu Santo los llene con su gracia y con su fuerza. Sólo así serán testigos de la paz y del perdón. Gracias por haber respondido a mi llamado.


     La Reina de la Paz viene dándonos su mensaje puntualmente cada 25, desde el 87, no para satisfacer nuestra curiosidad, y aunque nos dé motivos de esperanza y cada mensaje pueda instruirnos, lo que desea ante todo es que vivamos sus mensajes. Ahora mismo nos llama a vivir con mayor intensidad, con mayor ahinco estos mensajes suyos de conversión, de reconciliación, de paz.

 

     Estar en la escuela de María es seguir y vivir este don del Cielo que son los mensajes, y para estar en esta escuela es preciso esforzarse por ser fieles a lo que Ella nos va pidiendo.

     La Madre de Dios no nos pide grandes sino simples cosas que están al alcance de todos. Cierto que lo primero que pide es abrir el corazón.

     Cuando Ella llama nuestra atención lo hace para que comprometamos todo nuestro ser en lo que nos pide. Y ¿qué nos pide ahora a nosotros la Reina de la Paz? Abrir el corazón y poner el mayor empeño en nuestra oración, en nuestros sacrificios a Dios, en nuestro acercamiento a los demás; esto es vivir más intensamente sus mensajes. Nos pide que nos convirtamos en sus testigos, de paz y de perdón, en luces que alumbran el mundo de oscuridad con sus obras, las obras nacidas de la fe y del amor.

 

     Invita a vivir sus mensajes, en humildad y en el amor, agrega.

     La humildad y el amor son la esencia misma del cristianismo.

     “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11:29), nos dice el Señor proponiéndonos su propio ejemplo de mansedumbre, es decir, de paz interior y exterior, y de humildad, junto a la invitación de aceptación de su yugo, que es el amor.

     En un sentido similar san Pablo exhortaba a los cristianos de Filipos a no hacer nada por vanagloria ni por ambición sino con humildad.

     El mismo Apóstol luego recuerda que Cristo, siendo Hijo de Dios, no tuvo tal condición en más sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, asumiendo porte humano y rebajándose a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Cf Flp 2:3-8).

     Obediencia y humildad van siempre juntas. Toda persona humilde es necesariamente obediente. Lo contrario también es cierto: en cada espíritu rebelde está anidada la soberbia. Por eso, nos dicen una y otra vez las Escrituras, Dios premia la humildad y aborrece la soberbia. Es propicio, se inclina con benevolencia sobre la persona humilde dándole su gracia en tanto resiste a los soberbios (Cf 1 Pe 5:5). “Puso los ojos en la humildad de su esclava” (Lc 1:48), canta jubilosa María en el Magnificat.

 

     Junto a su Hijo, la Madre de Dios es para nosotros el otro modelo de humildad y obediencia agradable a Dios. Cuando contemplamos su vida, surge con toda evidencia su actitud humilde y también llena de amor en cada acontecimiento que le toca vivir.

     En el templo de Jerusalén, el día de la Presentación de su Hijo, María – a pesar de ser la Madre del Señor, a pesar de ser la Inmaculada y Virgen Madre- cumple, como una mujer hebrea más, con los ritos de consagración del hijo y de su propia purificación.

     Ella, que había concebido y dado a luz al Hijo del Altísimo en concepción y parto virginal -que elocuentemente debía hablarle de lo absoluto y único de la elección divina-, sin embargo cumplía con los preceptos que la Ley estipulaba para toda hijo primogénito y para su madre.

 

     Seguir, entonces, estos ejemplos eminentes nos tiene que llevar a vivir los mensajes con humildad y amor y en total obediencia a Dios, que en este tiempo nos está hablando por medio de la Santísima Madre.

 

     El Espíritu Santo obra en nosotros en la medida en que se lo permitimos, en la medida de nuestra apertura y docilidad. Así, cuando nuestra voluntad está orientada a hacer la voluntad divina y nos mueve a vivir intensamente los mensajes de nuestra Madre, el Espíritu entonces nos da la fuerza de lo alto, y en la medida que demos el paso del compromiso, de querer hacer más y mejor, el Espíritu Santo obrará también más y mejor en nosotros, derramando sus dones que nos permitirán avanzar en el camino de la perfección en el amor.

 

     Madre Santísima de Dios y Madre nuestra, Reina de la Paz, queremos serte fieles y vivir tus mensajes con mayor empeño, con más intensidad que lo que hemos venido haciendo hasta ahora. Enséñanos a ser como tú, como nos pide tu Hijo, humildes y llenos de amor. Intercede por nosotros, Madre de Dios, para que el Espíritu Santo derrame sus gracias y nos vuelva testigos convincentes de tu presencia, haciendo de nosotros hombres y mujeres de paz y de perdón. Amén.


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de mayo de 2004

 
    Queridos hijos, también hoy los exhorto a consagrarse a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo Jesús. Sólo así serán cada día más míos y se alentarán unos a otros siempre más, en la santidad. Así el gozo reinará en sus corazones y serán portadores de paz y de amor. Gracias por haber respondido a mi llamado.

     La Madre de Dios nos urge, con insistencia, a la consagración a los Sagrados Corazones porque en ella está nuestro camino de perfección en el amor y nuestro refugio para este tiempo.

     

     Desde antiguo, la imagen del Arca de la Alianza se ha ofrecido como prefiguración de la Santísima Virgen. El Arca en tanto morada de Dios entre los hombres en el éxodo por el desierto, el Arca que lleva en sí y custodia la Palabra (la Torah); el Arca que aparece en el cielo, en el Santuario de Dios, en medio de una conmoción cósmica y que luego parece transformarse en otro signo: la Mujer vestida de sol (Cf Ap 11:19-12:1). Pero, también el Corazón de María reclama la figura de otra arca: el Arca de Noé. Leemos en el libro del Génesis (Cf Gen 6) que en tiempos de Noé la tierra estaba viciada, la tierra estaba corrupta de todos los males y Yahvé establece la primera alianza con el hombre en la persona de Noé.  Entonces, le ordena construir el arca en la que han de salvarse Noé, que había encontrado gracia ante Dios por ser justo, y todos sus familiares. Hoy, el refugio para aquellos que procuran con corazón sincero ser fieles a Dios, que escuchan el llamado que Dios hace por medio de la Madre, es el Corazón Inmaculado de la Virgen, el Arca de la Nueva Alianza.

     

     La unión del Corazón Inmaculado con el Sacratísimo Corazón de Jesús es la unión más íntima que Dios hecho hombre pueda tener con una criatura y hace del Corazón de María verdadero tabernáculo de la Santísima Trinidad. Esta unión única comienza en la plenitud de los tiempos cuando la Palabra Eterna se encarna en la Virgen y la hace Madre de Dios, y culmina históricamente en el Calvario, de tal modo que esos dos corazones ya son uno porque la cruz de la Madre no es otra que la cruz de Cristo. 

     Dice san Luis María Grignion de Monfort que la plenitud de nuestra perfección (es decir, de nuestro camino de santidad o de conversión) consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Siendo que la criatura más conforme a Jesucristo es María –explica el santo- cuanto más te consagres a María tanto más te unirás a Jesucristo (Cf. TVD 120).

     Y continúa diciendo: “La perfecta consagración a Jesucristo es por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Sma. Virgen”.
     Consagrarse es entregarse en total abandono y filial confianza a la Madre de Dios para, por medio de ella, pertenecer totalmente a Jesucristo, es decir, a Dios.  Esa entrega es en cuerpo y alma.

     San Luis María Grignion de Monfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Sma. Virgen, propone una consagración total, la que compromete, además de nuestro cuerpo y las facultades de nuestra alma, todos nuestros bienes exteriores (llamados de fortuna) así como todos los bienes interiores (méritos, virtudes, buenas obras). Es decir, todo cuanto somos y cuanto tenemos entregárselo a Ella.

     Ciertamente que no todos se atreven a hacer una consagración como la que propone san Luis María, pero cualquiera sea el grado de compromiso, toda consagración, bien entendida, es desprendimiento de sí, camino de despojamiento de las adherencias del mundo para –en la entrega a la Virgen- gozar de la verdadera libertad de hijos de Dios.


     Al consagrarnos elegimos, a través de la Virgen, a Jesucristo como nuestro Señor y renovamos los votos del bautismo por los cuales renunciamos al diablo y a sus pompas y a sus obras. Y todo lo hacemos desde el Purísimo Corazón de la Virgen Inmaculada.
     Al consagrarnos, nos dice la Reina de la Paz en este mensaje, seremos cada vez más su pertenencia. Además, resulta como consecuencia que quien se consagra al Inmaculado Corazón, al ser todo de Ella,  nunca será abandonado por la Madre y siempre encontrará en su Corazón el refugio y el camino que lleva a Dios. Ésta fue, precisamente, la promesa que la Santísima Virgen hizo a Lucía, en Fátima, en la segunda aparición del 13 de junio de 1917.
     Y agrega: "se alentarán unos a otros siempre más, en la santidad". ¿Cómo será esto? La respuesta está en que la santidad es contagiosa, en que viendo la paz y el amor que irradia la persona que avanza por el camino incita, alienta, induce a otros a seguir por el mismo camino, a seguir la luz de Cristo de quien la porta en medio de las tinieblas del mundo. 

     La Madre de Dios, por medio de la consagración a los Sagrados Corazones, nos llama a convertirnos en portadores de felicidad, de la felicidad de la Buena Nueva, en una tierra viciada y triste por el mal, y de la luz del amor y de la paz en la oscuridad que se cierne sobre el mundo presente.

     María, Madre amable mía: Totus tuus ego sum (¡Soy todo tuyo!) para ser totalmente de Dios. Amén


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de Junio de 2004 - 23 Aniversario de las Apariciones

    Queridos hijos, hoy también hay alegría en mi corazón. Deseo agradecerles porque hacen que mi plan sea realizable. Cada uno de ustedes es importante, por eso, hijitos, oren y alégrense conmigo por cada corazón que se ha convertido y que ha llegado a ser instrumento de paz en el mundo. Los grupos de oración son fuertes, y a través de ellos puedo ver, hijitos, que el Espíritu Santo obra en el mundo. Gracias por haber respondido a mi llamado.

¡Exulten los Cielos y alégrese la tierra! Festejamos en la tierra por este aniversario de gracia, y hay fiesta en el Cielo por todos los pecadores que por Medjugorje se han convertido (Cf Lc. 15 :7) .

El plan de salvación que Dios ha puesto en manos de María es una reacción en cadena de conversiones en la que cada uno, por medio de su oración unida a la de la Madre de Dios, de su sacrificio y de su testimonio de vida, provoca en otros la necesidad de acercarse a Dios. Y cada corazón convertido a Dios se vuelve, como dice la Reina de la Paz, instrumento de paz en el mundo. Del mundo que comienza por el propio entorno de la persona que es paz para el que tiene cerca suyo, para con quien debe convivir y no sólo coexistir.

Cada uno que en verdad cambia, para vivir su vida en Dios, por medio de su ejemplo llega a quienes le están próximos, la paz de su corazón irradia sobre otros, y por medio de su oración llega hasta quienes no conoce, hasta los más alejados, en distancia y en fe.

Cada uno se hace eslabón de esta cadena, o más bien de este entramado de amor y salvación que nuestra Madre ha ido pacientemente construyendo a través de estos 23 años, cuando se decide a escuchar y luego a vivir los mensajes, personalmente y uniéndose en oración a otros hermanos que viven su misma experiencia.

La oración tiene siempre poder, pero «donde están dos o tres reunidos en mi nombre», dice el Señor (Mt 18:20), «allí estoy yo en medio de ellos», entonces el poder es mucho mayor porque quien está presente, en medio de ese grupo, es nada menos que Él.

El poder del grupo de oración es un poder eclesial, de Iglesia, Iglesia orante, que ésta y no otra es su verdadera identidad. Y ésta es la nota que caracteriza, por sobre todas las otras, a Medjugorje: la Iglesia que en torno a María, la Madre del Señor, ora y adora.

Medjugorje es escuela de oración. En Medjugorje se vive la Iglesia porque se ora.

Desde Medjugorje se irradia la gracia de la paz que se pide orando. 

El centro de Medjugorje es el Señor a quien adora.

 

El que se ha vuelto instrumento de paz, el que obra la paz y trabaja para ella, es llamado, lo dice el mismo Señor en sus bienaventuranzas, hijo de Dios (Cf Mt 5:9), y Dios escucha la oración de sus hijos. Por eso, también, tanto es el poder de la oración.

Como en Pentecostés, cuando nos reunimos en oración junto a María, el Espíritu Santo realiza su obra sobre la Iglesia y sobre el mundo.

Éste es hoy nuestro festejo: ver los frutos que alegran a nuestra Madre y, por lo mismo, tanta felicidad nos da a nosotros.

 

Contigo, Madre Santísima se llena nuestro corazón de alegría, por lo que por nosotros has hecho y haces y por tantos otros hermanos que, a través de cada uno de nosotros, están conociendo la inefable dicha de ser tus hijos, de ser hijos de Dios.

Gracias, Madre, por estos 23 agraciados años de tu diaria presencia entre nosotros. A través tuyo queremos elevar nuestras gracias al Señor por enviarte, por permitir que nos visites y estés con nosotros, de este modo tan especial, durante estos 23 años ricos en prodigios, en gracias, desbordantes de paz y de amor.

Alabamos contigo el santo nombre de tu Hijo, Jesús nuestro Señor, por tanta misericordia en este tiempo de oscuridad para el mundo.

        ¡Qué la bendición de Dios Todopoderoso y Todomisericordioso no cese de derramarse sobre este lugar que Él escogió. Sobre la Parroquia, los franciscanos, los videntes, los peregrinos, las comunidades. Amén!

 

        Imagino cuán grande habrá sido el festejo en Santo Domingo. Los acompañé del mejor modo posible ya que celebré una segunda Misa, ofreciéndola en acción de gracias, más tarde solo en la Iglesia, a las 23:30 hs (18:30 hs de Buenos Aires), terminé alrededor de las 19:15 hs (de Buenos Aires), compartiendo así con ustedes ese momento de gloria junto al Señor en este día de fiesta para todos nosotros. Cómo sabe nuestra Madre consolarnos y agradecer lo poco que podamos hacer! Verdaderamente sus palabras me han reconfortado, como creo habrá hecho con todos.

        Me uno a sus oraciones. Un gran recuerdo lleno de cariño para todos. ¡Qué la bendición de nuestro Señor unida a la de su Santísima Madre descienda abundante en este día!


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de julio de 2004

          Queridos hijos, los invito nuevamente: sean abiertos a mis mensajes. Hijitos, deseo acercar a todos a mi Hijo Jesús. Por eso, oren y ayunen. Los invito especialmente a orar por mis intenciones, para poder así presentarlos a mi Hijo Jesús, y que Él los transforme y abra sus corazones al amor. Cuando tengan amor en el corazón, reinará la paz en ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado.

          Nuevamente, nuestra Madre nos recuerda la importancia de la oración y el ayuno, no sólo la oración sino la oración y el ayuno.

Cuando la Santísima Virgen pide oración y ayuno pide que ambos sean del corazón. Muchas veces aparece la pregunta: “Pero, ¿cuándo estamos orando o ayunando con el corazón? ¿Qué es orar y ayunar con el corazón?” A esa pregunta caben más de una respuesta. Sin embargo, por sobre todas hay una de la que podemos estar ciertos: cuando nosotros ayunamos y oramos porque nuestra Madre lo pide estamos entonces haciéndolo con el corazón.

La oración y el ayuno van juntos; y esto lo comprobamos al experimentar que orando se nos hace más fácil ayunar y ayunando la oración se vuelve más profunda.

Ayunar es en cierto modo orar con el cuerpo al mismo tiempo que purificarlo espiritualmente, es ofrecer algo nuestro en sacrificio, es hacer silencio sobre las cosas para que el espíritu se eleve despojado del lastre de la carne, es renunciar a algo que consideramos necesario para darlo en ofrenda a Dios.

Recordemos que al comienzo de las apariciones la Reina de la Paz pedía un día de ayuno, el viernes, y luego de un tiempo agregó también el miércoles. Quien ya esté en la práctica del ayuno lo hará, entonces, miércoles y viernes, a pan y agua, y quien recién ahora está viviendo los mensajes de la Virgen que lo haga gradualmente, empezando por los viernes. También tengamos presente que quien por motivos de salud o de edad no puede ayunar siempre podrá ofrecer algo a Dios como privarse de un postre o de café o de televisión durante esos días.

Asimismo, recordemos que la oración preferida de María es el Rosario y que conviene rezarlo meditado y nunca de prisa.

 

Sabemos que muchas veces, mientras rezamos, nos vienen pensamientos de todo tipo menos de los que tienen que ver con la contemplación; a veces como urgencias de hacer otras cosas, otras veces imágenes que nos distraen. Aunque eso nos ocurra debemos persistir en la oración y no caer presa de tentaciones. A un monje que se quejaba porque cuando oraba le venían mil distracciones y su mente vagaba por todos lados, uno de los Padres del Desierto le contestó: “Que tu mente vaya por donde quiera pero que tu cuerpo permanezca en la celda”. Es decir, que en esos casos la voluntad debe ser la de mantenerse firme en la oración y si estamos inquietos espiritualmente al menos que el cuerpo esté en actitud orante.

Cuando estamos orando nada debe tener preeminencia sobre la oración, debe ser lo más importante y ese tiempo dedicado a la oración privilegiado sobre cualquier otro.

Así como dedicamos un tiempo a la oración, resulta también conveniente tener un espacio propio donde orar, quizás un lugar donde podamos tener un altar doméstico en el que haya un crucifijo, una imagen de la Virgen, de santos, agua bendita, una vela. Todo eso ayuda a disciplinar la oración y darle la importancia que merece. Desde luego que también se puede, y a veces es lo único posible, rezar en otros sitios.

 

Cuando rezamos solemos hacerlo por una o por varias intenciones, ahora nuestra Madre nos invita a un acto de fe y de amor: orar por sus propias intenciones. De fe porque debemos saber que nuestras mejores intenciones están incluidas en las suyas, y de amor porque generosamente debemos postergar nuestras peticiones para pedir a Dios por las de Ella. En cuanto a cuáles son las intenciones de nuestra Madre del Cielo, desde ya podemos afirmar que las conocemos: las de nuestra propia conversión y de todos los que aún no conocen el amor de Dios.

 

Aunque el poder transformante de la oración unida al ayuno no vengan de quien ora y sacrifica –aún cuando el orante y ayunante sea reconocido hijo de Dios y por eso sea escuchado- sino de a quién van dirigidos -a Aquel que tiene el poder y el deseo de hacer nuevas todas las cosas- y del hecho admirable que sea su misma Madre quien se lo está pidiendo, requiere el obrar divino de nuestra voluntad de conversión, de nuestro querer vivir estos mensajes celestiales que nos abren a la gracia acercándonos al Señor. Entonces sí, por las oraciones de la Santísima Madre unidas a las nuestras, que elevamos por sus intenciones, nuestro Señor nos irá despojando de nuestras mezquindades, nuestros egoísmos, nuestra soberbia, nuestras miserias y nos irá abriendo el corazón para que podamos amar como Él y nuestra Madre quieren que amemos.

La Reina de la Paz le decía a Jelena: “amar no es amar a uno sino amar a todos”. El verdadero amor que debemos alcanzar es el que amplía el horizonte de los afectos y hace de todo hombre un prójimo, un próximo, alguien a quien acercar y para quien volverse uno mismo don.

 

Lo último que nos dice en este mensaje es que la paz, ese bien inestimable que sólo Dios puede dar, está subordinada al amor, de él depende. En otras palabras, la paz no es un bien adquirido egoístamente, no es un don exclusivo para sí porque la paz no sólo se recibe sino que también se da. Quien recibe la paz da a otros paz, se convierte él mismo en paz para los demás.

           

          Entonces, queridos hermanos, abrámonos a los mensajes de María Reina de la Paz. Renovemos nuestra oración y nuestro ayuno y luego abandonémonos confiadamente en Ella que el resto lo hará el Señor por su intercesión.


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de agosto de 2004

    Queridos hijos, los invito a todos a la conversión del corazón. Decídanse, como en los primeros días de mi venida aquí, por un cambio total de sus vidas. Así, hijitos, tendrán la fuerza de arrodillarse ante Dios y abrir sus corazones. Dios escuchará sus oraciones y las concederá. Yo intercedo ante Dios por cada uno de ustedes. Gracias por haber respondido a mi llamado.

Nuestra Madre nos recuerda que en los primeros tiempos, en Medjugorje, tanto los aldeanos como los peregrinos vivían con gran fervor los mensajes, cambiando radicalmente sus vidas. Grande era la unción, grande el entusiasmo y la alegría por seguir las invitaciones de la Reina de la Paz. Todo Medjugorje oraba, ayunaba, se confesaba, asistía y participaba –verdaderamente celebraba- la Santa Misa. Éste ha sido el signo mayor de la presencia de la Santísima Virgen en esa tierra.

Aún cuando quienquiera que vaya a Medjugorje queda asombrado por la experiencia de oración que allí se vive, con el tiempo algunos ánimos se han entibiado y muchos dejaron de ayunar como antes, de rever sus vidas como antes, de asistir a los sacramentos como antes. Por eso la Madre de Dios está llamando a un nuevo despertar haciéndonos recordar cómo era aquel primer tiempo o más bien cómo éramos nosotros en aquellos primeros días.

En el libro del Apocalipsis el Señor le dice a la Iglesia de Efeso: “Tengo contra ti que has dejado tu primitivo amor. Date cuenta de donde caíste, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera” (Cf Ap 2:5). Nosotros también debemos volver a retomar el camino perdido, a cambiar de dirección en nuestras vidas y poner como meta del camino el encuentro con Dios.

 

Luego, nos habla de una fuerza que viene con la conversión del corazón, pero –extrañamente- no es la fuerza para mantenerse erguido sino la fuerza para arrodillarse, es decir, la fuerza para vencer nuestras tendencias malsanas y nuestros pecados que nos hacen rebelarnos o huir de Dios. El orgullo, la soberbia hacen que no seamos capaces de arrodillarnos ante Dios, que no lo reverenciemos, que no lo adoremos.

Debemos ser humildes ante Dios, reconociendo que Él es Todo y nosotros nada, que Él es el Creador y nosotros sus creaturas, que somos pecadores y tenemos continua necesidad de Él, nuestro Salvador.

La palabra humilde tiene la misma raíz que la palabra hombre, y ésta es humus que significa tierra. Por eso debemos recordar qué somos para inclinarnos ante la majestad y el amor de Dios y recordar asimismo que sólo el humilde es capaz de abrir su corazón y reconocer su indigencia y su fragilidad.

Dice la Escritura que la oración del humilde horada las nubes y llega hasta el mismo trono de Dios (Cf Sir 35:17). Por eso, conversión implica constantemente trabajar sobre la virtud de la humildad. Bien dicho está que en el infierno podrá haber vírgenes pero lo que seguramente no habrá es humildes.

La Santísima Virgen, en aquel canto que sale de lo más profundo de su corazón rompiendo su silencio evangélico, alaba a Dios con todo su ser a quien proclama su Salvador, porque ha visto la condición humilde de quien se considera a sí misma su esclava de amor. En sentido contrario, también dice en su Magnificat que Dios dispersa a los soberbios, los confunde, los derriba del trono al que ellos mismos se han elevado. Son aquellos que jamás se arrodillan ante Dios, los que quieren mantenerse erguidos en actitud desafiante, los que hacen que otros se arrodillen ante ellos. En cambio, Dios enaltece, eleva a los humildes y a los que están caídos los levanta, mientras que a los que están llenos de sí mismos los deja vacíos (Cf Lc 1:46-53).

María es el modelo a seguir y Ella es la humilde por antonomasia. Porque se abaja, Dios es condescendiente con Ella como no lo es con ninguna otra criatura.

Que la virtud de la humildad es exaltada por el mismo Dios es cosa que se manifiesta ya desde el Antiguo Testamento. Así, en Números leemos que Moisés es elegido por ser el más humilde de todos los hombres sobre la faz de la tierra (Cf Núm 12:3).

 

¡Cuánto necesitamos saber o recordar que nuestra Madre intercede ante Dios por cada uno de nosotros! ¡Que tenemos tan poderosa intercesora! María, como hace poco tiempo decía el Obispo de Loreto, Mons. Comastri, es la única madre que apretando su hijo contra su pecho pudo haberle dicho “¡Dios mío!” y la única mujer que postrada en adoración ante Dios puede exclamar “¡Hijo mío!”. Esta Mujer es, al mismo tiempo que Madre de Dios, Madre nuestra y por lo tanto la mayor intercesora que hombre alguno pueda tener.

 

¡Gracias, Madre Santísima, por ser nuestro modelo; gracias por tu constante intercesión ante Dios; gracias por estar junto a nosotros mostrándonos tu cercanía en estas apariciones tuyas; gracias por este mensaje nuevo en que nos llamas a cambiar de vida; gracias por escuchar nuestros ruegos y hacerlos tuyos, dándoles así esa potencia inimaginable de tu intercesión!

¡Gracias Señor por habernos dado esta Madre y por enviarla en estos tiempos!


P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS


25 de setiembre de 2004

     Queridos hijos, también hoy los invito a ser amor allí donde haya odio y alimento allí donde haya hambre. Abran sus corazones, hijitos, y que sus manos estén tendidas y sean generosas para que, a través de ustedes, cada criatura dé gracias a Dios Creador. Oren, hijitos, y abran sus corazones al amor de Dios; ustedes no pueden hacerlo si no oran. Por eso, oren, oren, oren. Gracias por haber respondido a mi llamado.


     Pero a ustedes, que me escuchan, les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odien, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difamen... (Cf Lc 6:27 ss).

     Vencer al mal con el bien es lo que nos enseña el Señor y es lo que nuestra Madre repite en este mensaje: ser amor donde hay odio.

     Podríamos preguntarnos, sin embargo, cómo hacer para amar cuando nos odian, cómo poner amor y ser amor donde hay odio. Y por dónde empezar cuando no nacen en nosotros sentimientos de amor ni de misericordia al experimentar que, hacia nosotros mismos o hacia personas que estimamos, hay hostilidad y odio.

     Necesariamente, y ésta es la respuesta, todo debe venir de Dios, en tanto es gracia y en tanto Él es la fuente del amor, Él es el mismo Amor.

     Y si todo debe venir de Dios el único modo para obtener algo es pedirlo, es decir, orar por ello. Es por eso que la Santísima Virgen vuelve al inicio de sus mensajes y nuevamente nos pide oración.

 

     Dice Juan el Evangelista que quien ama conoce a Dios porque Dios es Amor (Cf 1 Jn 4:7-8). Así como no se puede decir que se ama a Dios, a quien no vemos, si no se es capaz de amar al otro, al que está cerca, al prójimo a quien vemos (Cf 1 Jn 4:20), así también es cierto que no puede haber verdadero amor hacia el otro si no hay amor a Dios.

     Por otra parte, no es suficiente aborrecer el mal, es necesario amar el bien y sólo se ama el bien si se ama a Dios.

     Dios es la fuente del amor y Él es quien nos amó primero (Cf 1 Jn 4:19), por eso amar a Dios es también abrirse a su amor, dejarse amar por Él, dejar que Él haga de nosotros creaturas nuevas, que nos dé un corazón nuevo, que arranque de nosotros el corazón de piedra y nos infunda un espíritu nuevo (Cf. Ez 36:26)

 

     La Santísima Virgen nos invita –fijémonos que no nos impone nada sino que, respetando nuestra libertad, Ella siempre nos invita- a ser amor, a amar donde se odia, y –agrega- a ser alimento donde hay hambre, a dar de nosotros, a darnos nosotros mismos, donde hay hambre de Dios, hambre de calor humano, hambre de comprensión, y, desde luego, hambre físico. Como verdaderos hijos de Dios debemos saciar toda necesidad, debemos ser aquellos dispuestos siempre a vestir al desnudo, a dar de comer al hambriento, a visitar al enfermo, a ver al que está preso (Cf Mt 25:35 ss), a hablar con quien está solo, a tender la mano a todo hombre necesitado de amor, de comprensión, de afecto, de alimento, de techo.

     Para ser esos hijos generosos que la Santísima Virgen nos invita a ser, para poder abrir el corazón al hermano y tenderle nuestras manos, antes debemos abrir nuestro corazón al amor de Dios. Sólo así lograremos ser instrumentos y reflejo del amor de Dios, de modo que a través nuestro sea conocido Dios Creador que es Padre Providente y Misericordioso, Dios que es Amor.

 

     Nuevamente, sólo es posible abrir el corazón a Dios a través de la oración. Si no oramos no podemos recibir las gracias que Dios tiene dispuestas para nosotros y la mayor de ellas es el mismo amor. 

 

     Cuando la Reina de la Paz nos dice “oren, oren, oren”, no sólo quiere con esto significar que aumentemos la cantidad de oración sino, también y por sobre todo, la profundidad de la misma. La oración se vuelve más profunda en la medida en que se eleva desde la humildad y la sinceridad de corazón. Para orar debemos presentarnos ante el Señor tal cual somos. Debemos saber orar con un corazón purificado, no ocultándole nada a Dios e incluso orar desde nuestras propias debilidades.

 

     Queridos hermanos, oremos, oremos, oremos.

 

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


25 de octubre de 2004

 
    Queridos hijos, éste es un tiempo de gracia para las familias y por eso los invito a renovar la oración. Que Jesús esté en el corazón de sus familias. Aprendan, en la oración, a amar todo lo que es santo. Imiten la vida de los santos, que ellos sean un incentivo y maestros en el camino de la santidad. Que cada familia se convierta en testigo del amor en este mundo sin oración ni paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

     Este nuevo mensaje, luego de habernos pedido en los dos anteriores renovar nuestro compromiso personal de conversión y de abrir nuestro corazón al amor de Dios, luego de insistir que todo ello sólo es posible por la oración del corazón, lleva ahora nuestra atención hacia las familias, para también decirnos que ha de ser por la oración que habremos de aprovechar la gracia con la que Dios quiere beneficiarnos en este tiempo.

     Como alguna vez lo hemos comentado, no es que el mensaje principal de la Santísima Virgen sea el de la oración sino que lo que Ella viene a pedirnos es nada menos que el corazón, el compromiso de toda nuestra vida, y para ello lo primero es abrir ese corazón a la oración.

     En esta oportunidad fija su atención en la familia y, por lo mismo, en la oración familiar. El primer grupo de oración, el grupo –diríamos- natural de oración es la familia.
    
En momentos en que la familia es atacada desde todas partes, por uniones ilegítimas ante Dios -que se equiparan, por leyes humanas apóstatas, al matrimonio entre hombre y mujer-; por adopciones de niños absolutamente desnaturalizadas, contrarias no sólo a la ley que Dios puso en la naturaleza sino a la propia razón (me refiero a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales); por leyes que alientan homicidios -llámense ellos abortos, eutanasia o eugenesia- o manipulaciones genéticas; por leyes que promueven la división y destrucción de la familia y de la vida. En momentos en que la familia también es atacada por todos los medios de comunicación con todo el despliegue de su poder, porque nos bombardean desde la prensa escrita, radial, televisiva, cine, música, publicidad y hasta modas para convencernos que es normal lo que es pecado grave ante Dios. En estos momentos en que las conciencias están sofocadas y la familia está francamente desguarnecida, también por la rebelión promovida de hijos contra padres, en tales momentos nuestra Madre viene a decirnos que Dios está derramando sus gracias y que para alcanzar estos dones es necesario regresar a la oración, renovándola.
    
El primer efecto de este mensaje es el de devolvernos la esperanza, porque cuando mucho, sino todo, parece perdido, en momentos de desesperanza y para muchos de desesperación, de claudicación, la Madre de Dios viene a decirnos que no es así, que no todo está perdido, que –antes bien- Dios cuida de los suyos y escucha sus pedidos y les otorga su protección. Para ello la familia debe poner al Señor en el centro de su vida como familia.

     Alguien dijo que la tragedia del hombre es no ser santo. Hemos nacido no para quedarnos en esta tierra sino para pasar por ella camino del cielo. Pero al cielo hay que ganarlo y la conquista del cielo se llama santidad. Sólo siendo santos alcanzaremos el fin para el cual hemos sido creados. San Pablo, en su carta primera a los cristianos de Tesalónica dirá: “Dios no nos ha destinado para la ira, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5:9). Quiere decir que Dios no nos ha creado para la condena sino que Él quiere que todos los hombres se salven (Cf 1 Tim 2:4), pero en la salvación media nuestra libertad, nuestra voluntad de ser o no salvados. Por ello, debemos querer y llegar a ser santos, a transitar por caminos de perfección en el amor y para ello debemos contemplar a Cristo, mediante la oración, sobre todo mediante la adoración (recordemos que acabamos de comenzar el año eucarístico y que este año, por tanto, debe ser intensamente eucarístico) a Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
    
Ciertamente que todos estamos llamados a la santidad –“Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”, dice el Señor (Mt 5:48)- y cada uno en la medida de su capacidad. Lo importante es colmar nuestra medida de santidad. Pero, esto también nos dice la Madre del Cielo, la santidad es particularmente favorecida en el entorno familiar. Así, la santidad es la aventura del amor compartido a la que Dios nos está constantemente llamando.
    
Cuando entendemos que la santidad es la recuperación de la felicidad perdida por el pecado acabamos por amar la idea de crecer en santidad. La santidad no es una abstracción sino que se vuelve algo muy concreto en personas que han alcanzado esa perfección en el amor, que han amado a Dios por encima de todas las cosas y, por eso mismo, han podido recibir de Dios gracias inmensas, la primera el amor, con el que han amado a los demás. Esas personas concretas han sido los santos. Ellos deben ser nuestros modelos, a ellos debemos emular. Estos modelos y verdaderos maestros de vida son los que deben ser presentados a la familia, en particular a los más pequeños y a los jóvenes, para que caminen siguiendo sus pasos.

     Todos sabemos muy bien que en este mundo no hay paz porque no hay amor y que no hay amor porque Dios está ausente. Pero, la humanidad debe salvarse, y lo será a partir de la familia, el núcleo fundamental de la sociedad, cuando la familia se convierta en pilar de santidad, en referencia y faro de luz en esta noche que se ha cernido sobre el mundo que, como dice la Santísima Virgen, no conoce la paz porque no sabe orar y por lo tanto, no conoce a Dios ni el amor.

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS

P.D.: Escribió por e-mail: "Por favor díganle a
todos los que oran por mí que los tengo en mis oraciones y que necesito y altísimamente aprecio esas oraciones. Cuando celebro la Santa Misa y cuando estoy frente al Señor en adoración están presentes todos ustedes. P. Justo Antonio".


25 de noviembre de 2004

     Queridos hijos, en este tiempo los invito a todos a orar por mis intenciones. Hijitos, oren especialmente por los que todavía no han conocido el amor de Dios y no buscan al Dios Salvador. Hijitos, sean mis manos extendidas y con su ejemplo acérquenlos a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo. Dios les recompensará con toda clase de gracias y bendiciones. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

“Los invito a orar por mis intenciones”

     Esto supone en nosotros confianza en la Santísima Virgen, en el sentido de que sabemos que, por importantes que sean nuestras intenciones, las suyas deben tener prioridad porque Ella lo pide.

     En esto no hay espacio ni para conjeturas ni para deducciones. Ella así lo pide y basta. Por otra parte, la confianza que le tenemos es la de saber también que nuestras intenciones más urgentes, las de conversión de otras personas por quienes solemos orar y la de la propia conversión, están incluidas en las intenciones de la Madre de Dios.

     Y agrega, mostrando cuáles de esas intenciones suyas son las más importantes, es decir, las más urgentes: 
“oren especialmente por los que todavía no han conocido el amor de Dios y no buscan al Dios Salvador”

     Quienes siguen los acontecimientos de Medjugorje saben que, todos los días 2 de cada mes, Mirjana tiene sus apariciones y que en esos días la Gospa reza con ella, y con todos los que están reunidos por, precisamente, “aquellos que aún no conocen el amor de Dios”. Asimismo, saben que a través de los videntes, particularmente de Mirjana, se ha dicho que esas personas que rechazan a Dios, que no quieren reconocerlo, que lo ignoran, que no buscan al Salvador y sólo procuran hacer aquello que ellos quieren, aún cuando esté abiertamente en contra de la voluntad de Dios y de la misma moral natural, se han de encontrar, de no mediar su conversión a Dios, no ante la misericordia –por haberla rechazado- sino ante la terrible justicia de Dios. “No saben qué les espera!” eran, según los videntes, las palabras de lamentación de la Santísima Virgen.

     A santa Faustina Kowalska le decía el Señor: “Antes de venir como el Juez justo, abro de par en par las puertas de mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de mi misericordia, deberá pasar por la puerta de mi justicia” (1146, de su Diario).

     De estas cosas nadie quiere ya hablar pero tenemos que decirlas y ante todo creerlas. La misericordia de Dios no es ajena ni contradice a su justicia, por lo contrario, la implica.

     También en Fátima pedía la Santísima Madre orar y hacer sacrificios incluyendo sacrificios de adoración en reparación, intercediendo por los pobres pecadores.

     Cuando de por medio está la salvación de sus hijos, la Madre de todos los hombres apela a aquellos hijos suyos -que la escuchan y la siguen- para que sean instrumentos de salvación de los que están lejos de Dios y persisten en su voluntad de seguir alejados del Señor, perdiéndose por lo tanto para la vida eterna.

     Por medio de la oración pero no sólo de ella, podemos interceder ante Dios, junto a María, para que esos otros hermanos finalmente se salven.  

     No sólo por medio de la oración porque, como ya se mencionó, la Santísima Virgen también pidió sacrificios, ayunos y además ahora, en particular, nos está diciendo:

“Hijitos, sean mis manos extendidas y con su ejemplo acérquenlos a mi Corazón y al Corazón de mi Hijo”

     Es decir, que a la oración de intercesión añade la necesidad de dar ejemplo con nuestras vidas. Nos está, entonces, pidiendo que nuestras vidas sean ejemplares, de modo de ser luz ante la oscuridad del escándalo del mundo.

     La figura que nuestra Madre utiliza para unirnos a su corredención, y esto lo ha repetido otras veces, es la de las manos extendidas para llegar con la gracia de Dios, que pasa a través del Corazón de María, a aquellos que rechazan la gracia divina de conversión y que ignoran su misericordia. María es Madre de Misericordia y sus manos extendidas –que somos nosotros a través de nuestra oración, nuestro sacrificio y nuestro ejemplo- seremos por ello prolongación suya, prolongación de la Divina Misericordia, en esta lucha espiritual entablada por la salvación eterna de las almas.

     Estas mismas manos, manos suplicantes de la Virgen y manos nuestras, se unen y alzan tanto en ruego a Dios como también son tendidas para levantar al caído, al que está postrado y sumido en el pecado, con el ejemplo de la propia vida, para llevarlo hasta el amor misericordioso de Jesús y de María simbolizado en los Sagrados Corazones.

     Un solo ejemplo de vida concreto, por pequeño que parezca, habla mucho más que cientos de palabras; una oración por aquellos que más lo necesitan, por insignificante que pueda aparecer, o un momento frente al Santísimo Sacramento en intercesión tienen más poder que la obstinación de quien cierra su corazón a Dios.

    
Oremos, confiados, por las intenciones de la Reina de la Paz, oremos sobre todo por aquellos que, de distintas maneras, niegan a Dios en sus vidas; demos ejemplo de amor y de paz en este mundo que no conoce el amor y sufre violencia; unámonos a nuestra Madre del Cielo sabiendo que seremos amados del Señor y Dios nos recompensará con toda clase de bendiciones espirituales en los Cielos (Cf Ef 1:3).

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


Mensaje del 25 de Diciembre de 2004

dado por medio de Marja

     Queridos hijos, con gran alegría también hoy les traigo en mis brazos a mi Hijo Jesús, que los bendice y los invita a la paz. Oren hijitos y sean valientes testigos de la Buena Nueva en toda circunstancia. Solamente así, Dios los bendecirá y les dará todo lo que le pidan con fe: Yo estoy con cada uno de ustedes hasta que el Altísimo me lo permita. Intercedo por cada uno de ustedes con gran amor. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Mensaje del 25 de Diciembre de 2004

dado por medio de Jakov

     Queridos hijos, hoy -en un día de gracia- con el pequeño Jesús en mis brazos, de un modo especial, los llamo a que abran sus corazones y comiencen a orar. Hijitos, pidan a Jesús que nazca en cada corazón y que comience a regir sus vidas. Recen para que les dé la gracia de reconocerlo siempre y en cada persona. Hijitos, pídanle a Jesús amor, porque sólo con el amor de Dios pueden ustedes amar a Dios y a todas las personas. Los llevo en mi corazón y les doy mi bendición Maternal.

 

Mensaje del 2 de diciembre de 2004

dado por medio de Mirjana

     Los necesito! Yo los estoy llamando! Necesito la ayuda de ustedes! Reconcíliense con ustedes mismos, con Dios, con su prójimo. De ese modo me ayudarán. Sean instrumentos de conversión para los que no creen. Enjuguen las lágrimas de mi rostro!

 

Comentario a los mensajes

 

     En la ciudad de David nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. La Palabra Eterna de Dios se ha hecho hombre y se llama Jesús. Ha plantado su morada entre nosotros, los hombres, porque una Mujer le dio acogida en su corazón purísimo y lo engendró, y un hombre también aceptó el misterio de lo incomprensible y le dio un hogar. La Mujer se llama María y el hombre, José.

 

     La señal de la salvación, que es la misma presencia del Salvador entre nosotros, es modesta, silenciosa, humilde, oculta al mundo: es un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y, sin embargo, ese es el acontecimiento que le da sentido a toda la historia del hombre, acontecimiento que repetimos en la memoria y que actualizamos en cuanto a misterio en la Eucaristía.

 

     ¡Es Navidad! A ese niño en el pesebre vienen a adorarlo otros pobres de la comarca vecina y ricos sabios de tierras lejanas. El Señor, a quien María su Madre nos presenta, es digno de toda alabanza, acción de gracias y adoración.

 

     La Navidad nos muestra que no es el hombre el que se alza hasta alcanzar al cielo, no es el hombre el que va a robarle el secreto a los dioses sino que es Dios que viene a los hombres, en Jesús de Belén. Es la eternidad misma que penetra en el tiempo para volverse historia, e historia de salvación.

     Dios se hace hombre para que el hombre puede alcanzar la vida divina. ¡Admirable intercambio!

 

     La Virgen y san José contemplan al Niño Dios y nos llaman con su actitud a la contemplación adorante porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. A cada uno de nosotros, se nos ha dado un hermano que nos ha hecho hermanos entre nosotros.

 

     Aquí está Jesús en brazos de la Virgen Madre, en el seno de su familia.

     Jesús es sostenido por María, y desde sus brazos nos bendice. Así comienza el mensaje de esta Navidad.

     María nos presenta al Señor en este Niño, y la Palabra eterna que balbucea, como niño pequeño que es, nos devela la ternura de Dios que nos está bendiciendo con la paz.

     Cuando los niños balbucean y gesticulan, las únicas que pueden interpretar lo que ellos quieren expresar son sus madres. María es la Virgen Madre que nos dice que el Niño Jesús –en su gestos y en su sonrisa- nos está invitando a la paz, a ser aquellos que se vuelven a sí mismos paz.

 

     La Virgen, enviada del Hijo para este tiempo, además nos llama a que seamos intercesores con la oración y con el testimonio de vida.

     La Virgen Madre del Salvador nos pide que no temamos hacer presente a Jesucristo en este mundo tan adverso al mensaje de salvación. Nos exhorta a que lo anunciemos, lo mostremos a todos sin poner reparos a las circunstancias en que debamos hacerlo. Nos invita a que valientemente comuniquemos nuestra alegría de verdaderos cristianos a este mundo triste, oscuro y violento que ignora o rechaza a Jesús el Salvador.

 

     En el mensaje dado a Jakov, en este mismo día de gracia del Nacimiento del Señor, nos recuerda que para orar es menester abrir el corazón. Se podrá orar con los labios cerrados y hasta apretados, pero lo que no podrá hacerse es orar sin abrir el corazón.

     Cuando abrimos el corazón, Dios puede hacer que penetre la luz de la vida y seamos así iluminados por la gracia del amor.

     Por medio de la oración a corazón abierto podemos dejar a Dios que en nosotros obre el milagro de cambiarnos desde dentro, volviéndonos testigos convincentes de su amor, y que no nos atemoricemos al proclamar al mundo que Dios se hizo niño para vivir como hombre y morir por nosotros en la cruz, para rescatarnos y darnos la vida eterna.

 

     A través de Mirjana, en su reciente mensaje del día 2 de diciembre, nos transmite la urgencia del tiempo, la necesidad que tiene de nosotros en cuanto a acompañar su poderosa intercesión con la nuestra, con nuestra actitud reconciliadora para volvernos instrumentos suyos de la paz de Dios.

     Sin reconciliación no es posible orar ni dar testimonio eficaz. La reconciliación debe ser con Dios, con los otros y con nosotros mismos. El perdón tiene dos dimensiones: las de pedirlo y darlo. Debemos perdonar a todos y perdonarlo todo; perdonarnos a nosotros mismos una vez que nos hemos reconciliado con el Señor y obtenido la misericordia de su perdón, y pedir siempre perdón a Dios por cada falta grave o pequeña que cometemos.

 

     Perdón y oración marchan juntos, porque para que la oración sea escuchada -además de pedir con fe algo que consideramos justo- debemos hacerlo con un corazón humilde y purificado de todo sentimiento negativo, reconciliado con Dios, con el hermano y con uno mismo.

 

     Una vez más nos recuerda la Santísima Virgen que está junto a cada uno de nosotros intercediendo. Por eso, éste es un tiempo especial, de gran gracia. Como Madre siempre estará junto a nosotros, pero no de la manera en que ahora lo está. No en esta cercanía en que casi la podemos tocar. En la cercanía de sus mensajes maternales, para todos aquellos que queremos escucharla. Cuando este tiempo de gracia, de extraordinaria misericordia de Dios, concluya, y sólo Él sabe cuándo, entonces no tendremos esta presencia de sus apariciones. Esta cercanía a la que desde hace  más de 23 años nos tiene acostumbrados. No tendremos estos mojones en el, por momentos, arduo camino de conversión.  

 

     Recojamos el mensaje de este tiempo de gracia, el mensaje de María Reina de la Paz, abriendo el corazón a la oración, intercediendo a través de ella y del ejemplo, del testimonio, del anuncio del Evangelio. Estemos alegres de poder hacerlo, compartamos la alegría de la Virgen por la venida al mundo del Salvador de los hombres. Creamos con todo nuestro ser que Dios ha de escucharnos, que sellará nuestro corazón con su paz, y que satisfará nuestros pedidos.

 

     Oremos, no dejemos de orar porque falta nos hace el amor y la fe.

     Al rezar con el corazón la oración se vuelve fecunda. Por medio de la oración entramos en diálogo con Dios que al responder nos transforma cambiando nuestra visión de las cosas, del mundo y de las personas.     Dios nos convierte y nos hace instrumentos de conversión al mismo tiempo, quita el velo del egoísmo -el velo que pone en nosotros la concupiscencia, nuestra condición de pecadores- y hace que veamos en el otro la imagen de Cristo y lo amemos y amemos a Dios con un corazón nuevo.

     Entonces, seremos verdaderamente libres, con la libertad que da el amor, con la libertad de tener a Jesucristo como Señor de nuestras vidas que nos libera continuamente de la esclavitud del pecado.

 

     Seamos, queridos hermanos, esos hijos generosos que busca nuestra Madre, esos hijos capaces de enjugar sus lágrimas, al dejar que Dios nos vuelva instrumentos de conversión de otros que, como muchos de nosotros antes, no conocen la ternura, la bondad, el amor y la misericordia de este Dios que no deja de venir a rescatarnos.

     Si respondemos al llamado de la Madre de Dios, podremos alegrarnos con Ella, porque Dios nace no ya en la oscuridad y en el frío de un pesebre sino en la oscuridad y frialdad, aún mayor, del corazón de los hombres de este tiempo.

 

     Y ahora, inclinémonos todos para recibir la bendición maternal de María, Reina de la Paz.

¡Muy feliz y santa Navidad!

 

P. Justo Antonio Lofeudo MSLBS


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¡Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento de Altar!


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