Comentario de los mensajes

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Año 2007

25 de enero de 2007

           ¡Queridos hijos! Pongan la Sagrada Escritura en un lugar visible en su familia y léanla. Así conocerán la oración con el corazón y sus pensamientos estarán en Dios. No olviden que son pasajeros como una flor de campo, que se ve de lejos, pero desaparece en un instante. Hijitos, dondequiera que vayan, dejen un signo de bondad y amor, y Dios los bendecirá con la abundancia de su bendición. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

          La Santísima Virgen piensa en la familia al pedir poner la Palabra de Dios en lugar visible para leerla. En otros términos, a la familia le pide que se acerque a la Palabra. Para aproximarse a la Palabra de Dios es necesario tomar distancia del mundo que –en el mejor de los casos- distrae y que, sobre todo, corrompe el espíritu. Tener la Biblia en un sitio de honor, visible, accesible, supone poder leerla en familia y ello implica poner a Dios en el centro de la vida familiar, desplazando, al mismo tiempo, todo lo que nos aparta de Él y que hoy, lamentable y trágicamente, no viene sólo de afuera sino que está metido en el propio hogar.  

Los hogares son bombardeados por la degradación moral manifiesta en las costumbres que se le proponen por todos los medios. ¡Cuántas vulgaridades y obscenidades, cuánta impudicia y violencia llegan a los hogares por medio de la TV y de Internet, de periódicos y revistas! Y ante ese diluvio de degradación y de ofensas a Dios y a la dignidad humana, las personas pasan de víctimas a ser cómplices pasivos que no saben defenderse y que se muestran incapaces de detener el aluvión que los arrastra y los hunde.

Muchas cosas se han ido tolerando porque “todos lo hacen” o porque se prefiere el mal menor del “y bueno, con tal que no se drogue, etc.”

Las cosas no se llaman más por su nombre sino que se usan mentirosos eufemismos para disfrazar el pecado y tapar la podredumbre. Mientras tanto, el mal en la cotidianeidad, que lo transforma en normal, sigue su obra de pervertir la mente y el corazón de los pequeños y, por cierto, de los adultos también.

La conciencia de los niños y de los jóvenes adolescentes es deformada por la violencia, y las estadísticas muestran cómo esa deformación se convierte a su vez en violencia por ellos cometida.

El cine y la televisión, los programas de dibujos animados, los video games, los video clips, los sitios de Internet, en nombre de la diversión y el esparcimiento -pero en verdad sirviendo a los poderes de las tinieblas- exaltan la violencia, vulgarizan la sexualidad e inducen a todo tipo de perversiones.

Ante toda esa avalancha de atropellos y ataques la familia está desprotegida. Muchos padres desesperanzados, muchas personas de buena voluntad vencidas por esta realidad, han claudicado en una triste resignación. Otros aún se preguntan ¿Cómo se combate todo ese mal que nos rodea y que penetra en nosotros de mil maneras? La respuesta a unos y otros la da nuestra Madre del Cielo: no desesperar, el camino es el del regreso a Dios, es entronizarlo en los hogares, a través de la lectura atenta de la Sagrada Escritura con la oración del corazón que surge de la misma Palabra de Dios.

No lo olvidemos, la Santísima Madre nos pide reaccionar no con cartas indignadas de lectores ni con manifestaciones de ningún tipo (aunque no esté mal hacerlo) sino con la Biblia y la oración.

 

Plantar la Sagrada Escritura en medio de la casa es alojar la Palabra que sana, que está viva y que es eficaz porque hace lo que dice. Es atesorar la belleza con que resplandece la verdad y el amor. Quien desaloja el mal que se disfraza de entretenimiento –porque aunque se filtrara todo lo degradante y venenoso quedaría todavía la distracción de lo esencial, la ocupación de un tiempo que pudiendo ser provechoso pasará sin dejar rastro- por la Sagrada Escritura, está cambiando mal por bien, desgracia por gracia y bendición, vulnerabilidad, daños y heridas por protección, y muerte por vida.

 

En estos días el Papa ha expresado sus deseos para que los cristianos redescubran en sus vidas la importancia de la Palabra de Dios. Decía que se debe tener especial veneración y obediencia a la Escritura para que sea recibida la urgente llamada a la comunión con Cristo. Exhortaba a cada cristiano y también a las comunidades, entre las que incluía la familia, a redescubrir la Palabra de Dios y su mensaje, y a favorecer siempre más el contacto con la Palabra de Dios en la meditación y en la oración.

Hoy nuestra Madre del Cielo, en total sintonía con el Vicario de su Hijo, también vincula, en este mensaje, a la Sagrada Escritura con la oración. Orar con la Biblia, orar desde la Biblia, esto es lo que creo se nos quiere significar en este mensaje por orar con el corazón como consecuencia de la lectura bíblica. Se trata, por ejemplo, de escoger un pasaje del Evangelio y buscar las resonancias de la Palabra en nosotros para responder a la Palabra viva que nos interpela, para dejar que haga en nosotros su camino fecundo y crezca y brote en alabanzas a Dios y en obras de amor.

Como nos lo recuerda la Carta a los Hebreos, la Palabra de Dios ilumina nuestro camino en la peregrinación terrena hacia el pleno cumplimiento del Reino de Dios.

Es urgente cambiar las palabras que llevan a la muerte por aquella que nos da la vida. Sólo Jesucristo tiene palabras de vida.

 

La familia debe replegarse al hogar y reforzar las puertas, las vigas de la casa, con la oración de sus miembros que forman juntos la Iglesia doméstica. “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, nos asegura el Señor (Mt 18:20).

Debe la familia asentarse sobre los cimientos inamovibles de la Sagrada Escritura, porque en ella está presente Dios que nos habla.

Cuando vivimos en la Palabra, cuando nos nutrimos de ella, vivimos en presencia de Dios y nuestras obras, por pequeñas que sean a los ojos del mundo, empiezan a cobrar trascendencia y a dejar huella porque son inspiradas en el amor de Dios.

La Reina de la Paz quiere que seamos conscientes de lo efímero de nuestra vida en la tierra, que pasa y puede pasar sin dejar rastro alguno. Nos invita a alzar la vista al cielo, a la vida que nos espera pero que depende de cómo hayamos vivido el peregrinar en este mundo. Por eso, a continuación de recordarnos que estamos de paso por la tierra -como una flor del campo, que es concreta y visible como lo somos nosotros, pero que es breve su existencia- nos exhorta a que dejemos la impronta del amor y hagamos el bien por donde pasemos. Eso y sólo eso es lo que nos hemos de llevar a la otra vida: lo que dimos, todo aquello que nos hemos desprendido con amor y por amor.

 

La Iglesia, igual que Israel, desde siempre ha rezado con los salmos. Por eso y porque el mensaje de hoy nos llama a la lectura de la Sagrada Escritura y a la oración, es ahora oportuno meditar sobre la fragilidad y la brevedad de la vida, que se acorta y hasta puede aniquilarse por el pecado, y con el salmista orar diciendo:

 

“Señor, Tú sumerges a los hombres en un sueño,

a la mañana son hierba que brota:

brota y florece por la mañana,

por la tarde está mustia y se seca…

 

…Vivimos setenta años,

ochenta con buena salud,

mas son casi todos fatiga y vanidad

pasan presto y nosotros volamos…

 

…Enséñanos a contar nuestros días

…Sácianos de tu amor por la mañana...

...¡La benevolencia del Señor esté con nosotros!” (Salmo 90)

 

La benevolencia para quienes escuchan y viven los mensajes de la Reina de la Paz, se manifiesta en la abundancia de la bendición de Dios.  

 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de febrero de 2007

 

           ¡Queridos hijos! Abran su corazón a la misericordia de Dios en este tiempo cuaresmal. El Padre Celestial desea liberar a cada uno de ustedes de la esclavitud del pecado. Por eso, hijitos, aprovechen este tiempo y a través del encuentro con Dios en la Confesión, abandonen el pecado y decídanse por la santidad. Hagan eso por amor a Jesús, quien con su sangre ha redimido a todos para que fueran felices y estuvieran en paz. No olviden, hijitos, que vuestra libertad es vuestra debilidad, por eso sigan mis mensajes con seriedad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario
           

La Santísima Virgen nos llama a abrir nuestro corazón a la misericordia de Dios que nos permitirá liberarnos de la carga mortal del pecado y experimentar la potencia renovadora del amor de Dios que, no conociendo límites ni medidas, nos da nueva vida.

La Madre de Dios habla para este tiempo, tiempo en que la Iglesia celebra la Cuaresma preparándose para la Pascua.

Las oraciones litúrgicas de los prefacios eucarísticos para la Cuaresma son la mejor expresión de gratitud a Dios y de enseñanza sobre el sentido de este tiempo.

La Iglesia alaba a Dios diciéndole: “has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas”. Y recuerda que “con nuestras privaciones voluntarias” nos enseñas a ver tu providencia y tu misericordia en todas las cosas, “con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa”, y “nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados imitando tu generosidad”.

Es verdad incontestable que la misericordia que mostramos hacia nuestros hermanos es al mismo tiempo prueba y signo de que nos abrimos a la misericordia de Dios. Jesucristo nos advierte que para recibir misericordia de Dios debemos nosotros ser misericordiosos (Cf Lc 6:36-38). Por lo mismo, para abrirnos a la misericordia de Dios, como nos pide nuestra Madre, debemos estar ante todo dispuestos a mostrar entrañas de misericordia hacia el pobre y abatido, hacia el hermano afligido y necesitado.

 

Nuestro Padre Celestial quiere liberarnos de la esclavitud del pecado, nos sigue diciendo la Reina de la Paz.

Con el pecado nace el temor, la inquietud, la angustia, el pánico, el desasosiego, la tristeza, la infelicidad, en una palabra: la esclavitud. El pecado nubla el espíritu, oscurece el corazón y nos hace esclavos de él y del demonio que conoce nuestra debilidad y vuelve siempre a golpear por allí, por esa herida abierta o apenas cicatrizada. En efecto, el pecado nos hace vulnerables a las sugerencias tentadoras del diablo y en nuestra debilidad terminamos, aún sin quererlo, aliándonos con él en contra de Dios, lo que siempre significa acabar en contra de nosotros mismos.

Nuestra realidad es que tenemos dos problemas insuperables: un enemigo, Satanás, al que no podemos vencer, y la ley del pecado que llevamos dentro. Como el apóstol san Pablo, todos tenemos experiencia del conflicto interior entre el bien y el mal. “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Pues no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero… ¡Infeliz de mí!” ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte...? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro...” (Cf Rom 7:19). El conflicto sólo lo puede superar la misericordia divina en Jesucristo, nuestro único Salvador.

Jesucristo derramó su sangre para rescatarnos y a Él debemos decirle que sí, que lo aceptamos en nuestra vida, que lo reconocemos como Salvador y Señor.

El demonio, como decía san Pío de Pietrelcina, tiene una sola puerta por donde entrar y esa es nuestra voluntad. Si yo le cierro la puerta, rechazando el pecado y decidiéndome por la santidad, como me lo pide la Santísima Virgen, entonces ya no puede penetrar. El amor, que nace del reconocimiento a Jesucristo, por todo lo que ha hecho por mí, por mi salvación, será lo que me impulse a la renuncia seria del pecado y a perfeccionar mi amor.

         Tal camino de conversión, de santidad requiere perseverancia y confianza en la misericordia divina. Se ha dicho, y dicho bien, que “santo no es quien nunca cae, sino quien cae y se levanta”, es decir, quien no se queda caído sino que recurre al Señor para que lo vuelva a alzar y así pueda continuar su camino. 

 

Dios nos creó por amor y por amor nos salva, pero esa salvación no es automática. Algunos se confunden a sí mismos diciendo que como Dios es misericordioso todos los hombres se salvan no importando cómo hayan éstos vivido. Los hay también quienes llegan a negar la existencia del infierno, alegando que Jesús murió en la cruz por todos y entonces la salvación está garantizada a todos. Esos son grandes y trágicos errores.

Dios nos ha dado la libertad de elegir nuestro destino final, es decir, nuestra eternidad. Él ha puesto delante de nosotros el bien y el mal, la vida y la muerte (cf Dt 11:26). Si hemos equivocado la elección y hemos pecado siempre su gracia estará disponible, pero con la condición que, arrepentidos, queramos ser perdonados, o sea salvados.  

La gracia no actúa por sí sola a menos que lo queramos.

Por un lado está la gracia, manifestación de la misericordia de Dios, que nos viene de Cristo, y por el otro la responsabilidad en nuestras acciones.

San Agustín decía: “Quien te ha creado sin ti, no te justificará sin ti. Así, pues, creó a quien no lo sabía, pero no justifica a quien no lo quiere" (Serm., 169, 11, 13: PL 38, 923). Quien no quiere aceptar la gracia que Dios le tiende, rechaza su misericordia y se condena. Al negarse a reconocer la culpa, a pedir perdón a Dios, a recurrir a su Iglesia para ser liberado y, también, a perdonar a los demás como lo exige el Señor en la oración que nos enseñó y en sus enseñanzas, el corazón se cierra y la misericordia no puede penetrar en la persona. En cambio, en la confesión del propio pecado, en el arrepentimiento por la falta cometida y en la voluntad de reparar, el corazón se abre a la gracia del amor misericordioso de Dios. 

 

Hay personas que llamándose católicas se niegan a confesarse aduciendo que un hombre no puede perdonar los pecados de otro hombre. Ello es cierto en el sentido que ningún hombre por sí mismo puede hacerlo. Es precisamente lo que ocurre con la psicología o la psiquiatría, que pueden ayudar a descubrir defectos del alma pero no pueden cancelar el pecado que es la raíz del problema. La culpa sólo puede verdaderamente superarla el sacramento, el poder pleno que procede de Dios.

Quien confiesa su culpa en la confesión personal no lo está haciendo ante un ser humano sino ante Dios. En la absolución es Cristo quien perdona y sana, dando la capacidad de renacer a una vida nueva. El sacerdote entonces ya no es un hombre cualquiera sino alguien que actúa en la persona de Cristo, y la autoridad le viene, por medio de la Iglesia, del mismo Señor.

Fue Cristo resucitado quien les confirió a los apóstoles el poder divino de perdonar los pecados cuando les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, quedarán retenidos” (Jn 20:22-23).

En la Iglesia que Jesucristo fundó, nuestra Iglesia Católica, se encuentra la plenitud de los medios de salvación. Jesús confió a Pedro la autoridad de atar y desatar: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16:19). El poder eclesial de atar y desatar significa, entre otros, el de absolver los pecados. 

Por eso, para el pecador arrepentido está siempre disponible la reconciliación con Dios a través del sacramento de la penitencia o confesión.

 

La confesión es el encuentro del penitente con la misericordia de Dios, con Dios mismo que es misericordia.

Por medio de la confesión, el sacrificio redentor de Cristo –su Pasión y muerte en la cruz- y el triunfo de su Resurrección, se hacen presente con todo su poder de salvación. Como recientemente ha dicho el Santo Padre: “(a través de la confesión) se pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor de Dios, amor que vuelve a dar la vida”. 

Cuando al penitente cargado de su mal, abatido, agobiado, le son absueltos sus pecados, siente que el peso que lo aplastaba le ha sido quitado y experimenta la paz que sólo Cristo puede dar, y la luz y alegría del corazón. 

 

Toda persona tiene la necesidad del perdón de Dios y para ello es menester que se reconozca pecadora. San Juan, en su primera carta, exhortaba a los suyos diciéndoles: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad” (1 Jn 1:8-9).

Sin el perdón de Dios no podemos vivir.

La incapacidad de reconocer la culpa hace a la persona esclava de su pecado e incapaz de mejorar, más aún la lleva por caminos de perversión cada vez más profunda. Lo vemos claramente en este tiempo: la incapacidad de la sociedad de reconocer la culpa de pecados graves, como los que atentan contra la vida, la está conduciendo por el abismo de la mayor degradación y destrucción. 

A la culpa se la puede reconocer y soportar cuando hay salvación y sólo hay salvación si hay absolución.

 

No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero, recordaba el Catecismo Romano. Esa es también la esencia de las revelaciones privadas de Jesús Misericordioso y del Sagrado Corazón.

Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna, decía san Agustín. 

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.mensajerosdelareinadelapaz.org


25 de marzo de 2007

         
¡Queridos hijos! 
Les quiero agradecer de corazón sus renuncias cuaresmales. Deseo animarlos para que continúen viviendo el ayuno con un corazón abierto. Hijitos, con el ayuno y la renuncia, serán más fuertes en la fe. A través de la oración cotidiana, encontrarán en Dios la verdadera paz. Yo estoy con ustedes y no estoy cansada. Deseo llevarlos a todos conmigo al Paraíso, por eso, decídanse cada día por la santidad. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

           

Nuestra Madre tiene un modo único de dirigirse a nosotros y ese modo viene de su amor. A todos siempre nos llama “queridos hijos” pese a que somos pecadores y muchas veces no somos hijos buenos ni obedientes ni fieles ni amorosos. Sin embargo, Ella nunca nos acusa sino que nos agradece cuando respondemos a su llamado y ofrecemos algo a Dios por su intermedio. Ahora, nos agradece nuestras renuncias cuaresmales, y para quienes no se han esforzado particularmente no los hace sentir excluidos de su agradecimiento. En ese caso, su amor que agradece tiene el efecto de avergonzarnos por no haber hecho las renuncias pedidas o porque fueron pobres o insuficientes y al mismo tiempo de suscitar en nosotros el estímulo que necesita nuestra voluntad para que, desde ahora, nos decidamos a hacer más y mejor.

Notamos también que en este mensaje, la Santísima Virgen distingue entre renuncias y ayunos.

Hay renuncias que debemos hacer siempre y no son a esas a las que alude, pues siempre debemos renunciar al pecado y a toda ofensa a Dios. En el mismo orden de cosas, se debe renunciar a todo sentimiento negativo, y a situaciones, personas y cosas que llevan por caminos equivocados. A la magia, la adivinación, los horóscopos, el espiritismo y a las supersticiones que se deben absolutamente rechazar, porque todas esas cosas son abominables a Dios (Cfr. Dt 18:10ss). Igualmente debemos renunciar a palabras y gestos obscenos, y a actitudes y vestimentas inconvenientes o impúdicas porque nada de ello es agradable a Dios y porque son causas de ulteriores pecados y de escándalo. Debemos siempre apartarnos de cualquier lectura o visión de todo tema escabroso, inmoral, irreverente, blasfemo y denigratorio para nuestra fe que aparezca en libros, periódicos, revistas, programas radiales, televisivos o películas.

En cambio, a las renuncias que nuestra Madre alude en este mensaje son a cosas que nos gustan y que no constituyen en sí pecado grave. Serían, por ejemplo, algunos vicios que llamaríamos menores, así como apegos y diversiones u otras cosas que puedan atraernos en su banalidad y que –sin darnos cuenta- nos vayan robando el sentido de trascendencia y esclavizando.

A los integrantes del grupo de oración de Jelena, la Santísima Virgen les había pedido que no leyeran diarios ni revistas ni vieran televisión. La bondad o maldad de un medio depende del contenido de lo transmitido y difundido. Hoy la mayor parte de lo que se lee en diarios y revistas y se ve por TV o en films es de contenido moralmente destructivo cuando no perverso. Ésta es una experiencia universal que cualquiera que no tenga la conciencia adormecida puede comprobarlo. Reality shows, programas del corazón, publicidad, telediarios, novelas, música, presuntas obras artísticas, están afectados de morbosidad y corrupción que va de lo sucio a lo decididamente perverso y satánico. Las obras o los programas que transmitan y exalten la belleza, que estén imbuidos de la verdad y de valores morales y espirituales son cada vez más raros. Por ello, quien renuncia a escuchar radio, ver televisión o films y leer periódicos o revistas o ciertos libros y entretenimientos, se preserva espiritualmente y revaloriza ese tiempo cuando lo dedica a la lectura y meditación espiritual, a la oración y a la contemplación.

 

Cuando la Reina de la Paz nos habla de ayuno debemos entender, principalmente, el ayuno a pan y agua, los días miércoles y viernes, porque ese es el ayuno que ha pedido desde los inicios de las apariciones en Medjugorje. Para aquellos que, por motivos de salud, no puedan ayunar de esa manera siempre queda la posibilidad de no tomar comidas o bebidas que sean de su agrado y ofrecer ese sacrificio a Dios.

 

A todos nos anima a hacer más y, en lo específico, a continuar viviendo el ayuno con el corazón abierto, es decir, con amor. Esto nos recuerda que el ayuno no es una mera dieta, ni una rutina -por devota que ella pueda parecer- sino un acto de desprendimiento dado con amor como sacrificio agradable a Dios.

En efecto, hay ayunos y ayunos. Se puede ayunar por razones estéticas, o médicas, o de buena salud, o políticas (las huelgas de hambre), o bien religiosas, pero aún en este último caso sólo se convierte el ayuno en sacrificio cuando es ofrecido con un corazón abierto al amor de Dios.

Al pedirnos continuar con el ayuno del corazón nos está exhortando a no detenernos en la Cuaresma e ir más allá del tiempo litúrgico, porque el llamado de conversión es permanente y urgente.

La Santísima Virgen apela a nuestra voluntad para que consagremos nuestra libertad a Dios y podamos así caminar por el camino de santidad. Por el camino del amor que se recorre, día a día, sostenidos por la fe y la esperanza.

La renuncia y el ayuno nos liberan de la esclavitud de todo aquello que nos ata a lo efímero y nocivo y que nos distrae del hecho fundamental por el que fuimos creados: la vida eterna a la que llegamos por Jesucristo, nuestro Salvador. Nuestra meta es el cielo, allí nos quiere a todos la Madre de Dios y de allí ha venido para conducirnos.

Lo efímero puede tener –y de hecho lo tiene- un gran poder de atracción y por eso gustarnos hasta el punto de esclavizarnos y volverse la razón de nuestra vida. Así pasa con los bienes que provocan ansias de consumo, con la fama, con la gloria de este mundo y otras cosas con las que somos tentados, y en las que una vez satisfecho el deseo sólo queda vacío, gusto amargo y sensación de tristeza. Porque todas esas cosas no llenan la vida de una persona. La verdad es totalmente otra.

Todo apego que nos desvíe de Dios nos debilita espiritualmente. Bloquea y ahoga nuestras fuerzas, las que necesitamos para alcanzar nuestra meta. Esas fuerzas son las virtudes y en particular las teologales: fe, esperanza y caridad. El despojamiento de las cosas terrenales mediante el ayuno y la renuncia tiene el efecto, en cambio, de fortalecerlas. Al aligerarnos de todo lo que es pasajero y, sobre todo, nocivo, que daña nuestro corazón y envenena nuestra alma, podemos caminar más libremente y rápido y ver con mayor claridad el objetivo, que es la vida eterna. Precisamente, ese caminar más firme y ligero y esa visión de mayor luminosidad es lo que constituye la fe en nuestra vida de gracia.

La fe, a su vez, se alimenta de la Palabra y de los sacramentos y a ellos tiende. La fe que suscita la Palabra de Dios se nutre y crece con los sacramentos, es decir, con el encuentro con el Señor a través de ellos. La fe de la Iglesia, nos lo recuerda el Santo Padre en la reciente Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, es esencialmente eucarística. Fe eucarística significa que creemos en la presencia de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en las especies consagradas. La Eucaristía, como dice el Catecismo de la Iglesia (CIC,1327) es “el compendio y la suma de nuestra fe”. Entonces, ayunemos y renunciemos para fortalecer nuestra fe y nutrámosla con los sacramentos: la confesión y la Eucaristía.

 

Nuestro camino de santidad es, a la vez, de desprendimiento y de elevación espiritual. Al desprendimiento contribuyen el ayuno y las renuncias y a la elevación nuestra vida de oración y adoración.

Por medio de la oración de todos los días hacemos que el vínculo con Dios sea permanente y la respuesta es la paz. Este don divino es un estado pleno de felicidad y seguridad, que el mundo anhela pero no conoce.

Quien cada día se decide por la santidad, por ser bueno y mejor ante los ojos de Dios, quien ama y perdona, quien no deja ningún día por ningún motivo de orar, quien es obediente y amoroso hijo de la Iglesia, hijo de María, quien se reconcilia con Dios y vive los sacramentos, es alguien que podrá sufrir las mayores vicisitudes de la vida: la enfermedad, la caída económica, la muerte, pero en todo será preservado y su corazón estará sellado con la paz que impedirá le alcance la desesperación o el pánico o la angustia. Tendrá en Dios su roca y fortaleza, su bastión.

 

Nosotros podremos estar cansados, nuestros corazones apesadumbrados tanto como para no dejar que la gracia fluya en nosotros, como para que el don de Dios se nos escape (Cfr Mensaje del 25/10/06), pero nuestra Madre no está cansada e insiste cada mes dándonos el mensaje que nos reconduce en el camino y la mano que nos lleva. 

 

        Tú, Madre nuestra, nos agradeces por las renuncias cuaresmales y, siempre, por responder a tu llamado; nosotros queremos darte gracias, también siempre, porque vienes hasta nosotros, porque no te cansas de llamarnos y porque nos acompañas en este camino cuyo destino es el cielo. Y junto a ti, Madre de eterna y sublime belleza, dar gracias a Dios, nuestro Creador, Señor y Salvador, porque te envía y permite que estés con nosotros en este tiempo de oscuridad para traernos la luz que nos ilumina y el amor que nos rescata.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de abril de 2007

          ¡Queridos hijos! También hoy los invito nuevamente a la conversión. Abran sus corazones. Éste es tiempo de gracia, mientras estoy con ustedes, aprovéchenlo. Digan: “Éste es el tiempo para mi alma”. Yo estoy con ustedes y lo
s amo con un amor inconmensurable. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

           

La conversión del corazón es el trasfondo de todos los mensajes y todos apuntan a ese fin. Cambiar de vida, comenzar el camino de acercamiento a Dios, reconciliarse con Él y con los demás, santificar la propia vida, poner como meta de nuestro peregrinar el encuentro con Dios, comenzar a vivir el cielo desde la tierra, éstas y muchas más son expresiones de una misma realidad a la que nuestra Santísima Madre nos llama y atrae, y por la que Ella no deja de visitarnos desde hace casi 26 años. Es la Madre que de mil maneras llama a sus hijos a la salvación y a la santidad.

Es urgente la conversión y la urgencia es múltiple: urge enmendar el pasado purificándolo y restableciendo la salud moral y espiritual; urge la conversión en este presente que vivimos cargado de fuerzas malignas, en abierta rebelión a Dios y que han generado la cultura de la muerte y la inmoralidad general en la que estamos inmersos; es urgente convertirse por el futuro que nos espera si no hay conversión, y también lo es en la vida de cada uno porque nadie tiene la vida comprada y Dios lo puede llamar en el momento en que menos se lo piensa.

La conversión no es obra nuestra sino es Dios quien obra en nosotros dándonos “un corazón nuevo, infundiendo un espíritu nuevo, quitando de nuestra carne el corazón de piedra” (Cf Ez 36:26). Pero aunque es Dios quien nos convierte a Él, nosotros no somos sujetos pasivos sino que, habiéndonos Dios creado libres, depende de nuestra libre voluntad aceptar el llamado a la conversión y responderle. La respuesta primera es la apertura hacia la acción de Dios en nosotros. 

Para permitir que el Espíritu Santo haga su obra es necesario abrirle el corazón, que se manifiesta concretamente en el deseo de purificarnos, de estar limpios, de tener una buena confesión sacramental para que el Señor, por medio de su representante en la tierra, el sacerdote, nos perdone y cancele las manchas del pecado. 

Porque para que la promesa se cumpla, es decir para que se nos infunda el espíritu nuevo, lo primero es quedar purificados de todas nuestras impurezas, de todas nuestras miserias (Cf Ez 36:25).

 

Toda vez que nos cerramos a la gracia impedimos al Espíritu Santo entrar en nosotros. Es como cuando cerramos una habitación a la luz del sol. Todo queda en la oscuridad. Basta abrir una hendija para que la luz haga su camino y descubramos la realidad oculta. Cuanto más abrimos más luz penetra hasta que queda todo iluminado. 

San Cirilo de Jerusalén escribía que “basta un solo rayo de luz para que todo adquiera color”. Sin embargo, agregaba, “si uno es ciego y no acepta la gracia, que no acuse al Espíritu, sino a su propia incredulidad”. 

Es la gracia, que viene del Espíritu Santo, la que realiza en el alma la transformación. La gracia -dice el Catecismo- “se parece a un resplandor o a unos rayos que destruyen todas las manchas del alma y le comunica luz y belleza”.

 

Los prejuicios, el escepticismo, la falta de fe, la búsqueda sólo del placer con el consecuente rechazo del sacrificio y de la cruz, los vicios arraigados, la contumacia en el pecado grave, la práctica de cultos esotéricos y el ocultismo, son todos impedimentos al paso de la gracia. Todos ellos deben abandonarse con firme decisión, sabiendo que para vencerlos está la gracia extraordinaria de este tiempo, cuyo signo es la presencia de la Santísima Virgen entre nosotros de un modo tan especial. Cuando Ella no esté con nosotros como lo está ahora, es decir con estas apariciones cotidianas, será cuando esa gracia extraordinaria habrá llegado a su fin.

Tiempo éste, entonces, de gracia. Tiempo para aprovechar. Es el tiempo que no podemos dejar escapar. Es el tiempo para vivir lo que nuestra Madre nos pide y así nacer a la gracia de la conversión, recibir la paz que viene de ella y avanzar en el camino de crecimiento espiritual.

 

“Yo estoy con ustedes y los amo con un amor inconmensurable”.

Ella, Madre y Reina nuestra, nos ama con amor inconmensurable. Con un amor que no es posible medir. La medida del amor, decía san Agustín, es amar sin medida. Pero ¿quién puede hacerlo? ¿Quién puede amar infinitamente sino Dios y nuestra Madre, que nos ama con el amor de Dios? Éste es amor que no se puede contener y ese amor es la misma perfección de su belleza.

Jesucristo nos amó hasta el extremo. Así nos presenta san Juan los últimos momentos del Señor en la Última Cena con sus discípulos. Es el preludio de su Pascua, de su Pasión y muerte en la cruz. Es la noche del ofrecimiento de sí mismo en la Eucaristía.

La Eucaristía: éste es el signo del amor que ama hasta el extremo, que ama sin medidas. Es el signo del amor que redime. De ese amor participa nuestra Madre, por eso el Papa Juan Pablo II llamaba a la Virgen “Mujer Eucarística”.

Nuestro actual Papa, Benedicto XVI, en la Exhortación “Sacramentum Caritatis”, en el capítulo dedicado a la Eucaristía y la Virgen María, recuerda la Constitución Dogmática Lumen Gentium y escribe: “(en la cruz) sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima… María es aquella que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte.. Ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos “hasta el extremo” (Jn 13:1).

Y prosigue el Santo Padre: “Por eso, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia” (Sacramentum Caritatis n. 33).

 

El amor de María es comparable al de su Hijo. El amor de Cristo es redentor y el de su Madre corredentor. Es el amor que no conoce medida ofrecido en la cruz en la más estrecha unión de corazones que podamos imaginar. Si el Señor puso al discípulo, para seguirlo, la condición de tomar la cruz, en el caso de su Madre no hubo una cruz diferente a la suya. Ella abrazó la misma cruz del Hijo, en perfecta unión oblativa con Jesucristo. Él es el único Redentor, Ella la Corredentora por antonomasia.

 

Por ese mismo amor desciende la Virgen hasta nosotros y está con nosotros y permanece con nosotros.  Con ese amor nos llama a la conversión porque nos quiere cerca, porque no quiere que nos perdamos, porque nos espera en el Cielo y para eso viene a mostrarnos el camino, a regalarnos las gracias que obtiene de Dios y a llevarnos a Aquél, su Hijo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (ver mensaje a Mirjana del 18 de Marzo del 2007).

 

La Reina de la Paz nos conduce a su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, donde Él está: en el sacramento del amor. Toda conversión debe llevar a su culmen, la Eucaristía. Eucaristía creída, celebrada, vivida y adorada. De ella nos nutrimos, de ella sacamos fuerzas para el camino, de ella nos viene el amor que nos transforma en continuo crecimiento espiritual, en continua conversión.

 

Que cada uno pueda decir: Éste es el tiempo para mi alma, éste es tiempo que debo aprovechar para cambiar mi vida, para acercarme a Dios, para crecer en la fe y en el amor. Que cada uno así lo viva, porque ello será verdaderamente dar respuesta al llamado de la Reina de la Paz.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de mayo de 2007

          ¡Queridos hijos! Oren conmigo al Espíritu Santo para que, en el camino de vuestra santidad, los conduzca en la búsqueda de la voluntad de Dios. Y ustedes que están lejos de la oración, conviértanse y busquen en el silencio de su corazón, la salvación de su alma; y aliméntenla con la oración. Yo los bendigo a cada uno con mi bendición maternal. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

           

Este mensaje tiene dos partes bien delimitadas. La primera va dirigida a quienes siguen su mensaje y están ya haciendo su camino de conversión o, como lo llama en su mensaje la Santísima Virgen, su camino de santidad. Son quienes oran, quienes han aprendido o están aprendiendo o desean orar, con el corazón. A esos los llama a unirse a su oración invocando al Espíritu Santo. Como en aquella preparación a la venida del Espíritu en el primer Pentecostés de la Iglesia, la Santísima Virgen está orando junto a los que siguen a Jesús  para que la promesa del Padre que viene por el Hijo se haga presente.

El Señor, antes de regresar al Padre, les había mandado no salir de Jerusalén y orar para que el Paráclito viniese a darles la fuerza de lo Alto y hacer de aquellos discípulos, valientes testigos de su Resurrección y portadores del Evangelio. La Madre del Señor estaba con ellos en oración.

"Todos perseveraban unánimes (como un alma sola) en la oración... con María la madre de Jesús.. Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar", nos narra Hechos de los Apóstoles.

El Espíritu Santo que esperaban, aunque no había llegado con todo su poder, ya en la misma unidad de la oración, signo de la unidad de la Iglesia, en torno a Pedro y a María, estaba anticipando su venida. Por eso, la Santísima Virgen cuando llama, ante todo llama a ser Iglesia.

Rezamos ahora nosotros con Ella, para que el Espíritu Santo nos ilumine, haciéndonos conocer la perfecta voluntad de Dios en nuestras vidas, nos asista, nos otorgue la fuerza y la unidad que necesitamos para que el Reino de Dios se haga presente en nosotros y en el mundo.

Oramos junto a la Virgen para que esa soberana voluntad se manifieste tal cual lo rezamos diariamente en cada Padrenuestro: "Que se haga tu voluntad". Esto significa: que se haga primero en mí tu voluntad.

 

Ocurre que aunque repitamos la oración que el Señor nos enseñó, tantas veces no somos conscientes que pocas veces nos preocupamos en saber cuál es esa voluntad divina sobre nosotros. Más bien cuando tenemos planes sobre nuestras vidas o anhelamos algo, sea esto material o espiritual, recurrimos a Dios para que nos lo otorgue, para que eso que tanto deseamos se realice, sin saber si es lo que Dios quiere para nosotros. Y -nos podemos preguntar- cómo saberlo? Cómo saberlo si no recurrimos a la luz que nos da el Espíritu Santo?

 

Cuando la persona está alejada de Dios ni siquiera le pide nada porque simplemente ignora a Dios en su vida. Caminar en la santidad implica saber que lo que Dios quiera de nuestras vidas es absolutamente lo mejor. Ciertamente que a lo largo de nuestra existencia deberemos siempre escoger entre el bien y el mal, pero no es la única elección que se nos presenta cuando emprendemos la vía de la perfección, porque habrán muy buenas ideas, muy buenas, al menos aparentemente, inspiraciones, y entonces deberemos elegir entre lo que es bueno y lo que es mejor, o sea entre lo que pensamos es bueno y aquello que Dios quiere en y para nosotros. Por eso mismo, para saberlo, elevamos nuestra oración al Santo Espíritu, y siendo dóciles a sus inspiraciones seremos conducidos hacia la divina voluntad e iremos realizando el proyecto que tiene sobre cada uno de nosotros.

 

La segunda parte del mensaje va dirigido, precisamente, a los hijos que no oran y que, sin embargo, se están interesando por sus mensajes, que sienten íntimamente que son verdaderos, que de algún modo escuchan a la Reina de la Paz porque la gracia extraordinaria de este tiempo de misericordia los ha atraído hacia Ella. A ellos los llama a la conversión. Es lo primero que hace, es lo primero que hizo al llegar a Medjugorje. Llama a convertir el corazón, a cambiar la manera de vivir y de pensar, a volver no solamente la mirada sino toda la vida hacia Dios. Y les pide algo que no es fácil lograrlo: el silencio interior, el silencio del corazón. Difícil, muy difícil en estos tiempos en que todo es aturdimiento y que ni siquiera hay silencio exterior que favorezca el silencio del corazón. Casi imposible... sino fuera porque nuestra Madre ha conseguido esa gracia: la que, aun para aquellos alejados de Dios pero que ahora están escuchando este llamado, puedan lograr ese silencio en el que Dios habla, en el que el Espíritu Santo se manifiesta a través de la voz de la conciencia, llamando a la salvación.

 

Sin embargo, el mensaje de la Reina de la Paz no termina allí sino que agrega algo muy importante: "alimenten, nutran ese llamado a la salvación con la oración". La gracia que Dios da es don pero también requiere de nosotros la conquista, el obrar de acuerdo a esa gracia respondiendo, en este caso, con la oración. Sin oración no hay comunicación con Dios. Sin oración hacemos a Dios ausente, lejano. Por eso, sin oración no hay salvación.

 

Una vez más, la Santísima Virgen nos muestra que viene como Madre y como Maestra. Madre que cuida de todos sus hijos, cercanos y alejados, y los hace crecer, y Maestra que les va enseñando el camino de salvación instruyéndolos y llevándolos al conocimiento de Dios.

 

Querida Madre nuestra, Santísima Virgen Maria, Madre de Pentecostés, oramos contigo al Espíritu Santo para que sople sobre nuestras vidas, y nos ilumine y nos haga arder de amor, para que nos conduzca a la voluntad de Dios que nos creó y nos ama y quiere siempre lo mejor para nosotros. Ruega, Madre, por nosotros para que el Espíritu se manifieste con poder.

Ven Espíritu Santo! Ven, en el nombre de Jesucristo! Por María, ven Señor! Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


Secuencia del Espíritu Santo

 

Ven, Espíritu Santo,

y envía desde el cielo un rayo de tu Luz.

Ven, Padre de los pobres,

ven a darnos tus dones,

ven a darnos tu Luz.

 

Consolador lleno de bondad,

Dulce Huésped del alma,

suave alivio de los hombres.

Tú eres descanso en el trabajo,

templanza de las pasiones,

alegría en nuestro llanto.

 

Penetra con tu Santa Luz

en lo más íntimo del corazón de tus fieles.

Sin tu ayuda divina

no hay nada en el hombre,

nada que sea inocente.

 

Lava nuestra dureza,

elimina con tu calor nuestra frialdad,

corrige nuestros desvíos.

 

Concede a tus fieles, que confían en Ti,

tus Siete Dones Sagrados.

Premia nuestra virtud,

salva nuestras almas,

danos la eterna alegría.

Amén.  


25 de Junio de 2007

¡26 Aniversario de las Apariciones!

          ¡Queridos hijos! También hoy, con gran gozo en mi corazón, los invito a la conversión. Hijitos, no olviden que todos ustedes son importantes en este gran plan que Dios guía a través de Medjugorje. Dios desea convertir el mundo entero y llamarlo a la salvación y al camino hacia Él, que es el principio y el fin de todo ser. De manera especial, hijitos, los invito a todos desde lo profundo de mi Corazón, a abrirse a esta gran gracia que Dios les da a través de mi presencia aquí. Deseo agradecer a cada uno de ustedes por sus sacrificios y oraciones. Estoy con ustedes y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

            Veintiséis años que la Belleza nos visita. Veintiséis años son un grandioso capítulo de esta larga historia de amor que comenzó un cierto día, cuando a la Bella Muchacha de Nazaret le fue anunciado, de parte del Altísimo, su maternidad virginal y divina. Aquel cierto día marcaba la plenitud de la historia.

De aquella plenitud de los tiempos a estos tiempos finales el amor misericordioso de Dios se ha venido manifestando de mil modos. Mil modos sí, pero de todos ellos ha habido uno único e insuperable: la prolongada presencia de la Santísima Virgen en sus apariciones y sus mensajes.

Medjugorje es el culmen de esta gracia. Es el pequeño espacio de una aldea que se ha dilatado al mundo. Es el lugar del encuentro con la gracia extraordinaria que millones de peregrinos han llevado y siguen llevando al mundo. Porque esto comunican al mundo: hemos recibido una grande gracia, nos hemos encontrado con el Amor y la Belleza que restaura, sana, salva.

 

Medjugorje, desde aquel verano del 81, no ha dejado de clamar al mundo que Dios existe, que Dios nos ama, que María es la Madre amorosa de todos los hombres, que el Señor nos legó en el Calvario y que ahora viene para que abracemos a la Iglesia de Cristo, caminando por el camino de nuestra conversión.

La Madre del Señor, que desde un principio se manifestó como Madre nuestra y Reina de la Paz, viene a rescatarnos del error, de la oscuridad del pecado y de las sombras de muerte y a enseñarnos el camino del encuentro con Dios en la riqueza de la oración, del sacrificio, de la penitencia.

Viene Ella a devolvernos la fe y la esperanza y a enseñarnos a amar.

Viene para que recuperemos la Palabra y vivamos los sacramentos. ¡Cuántas veces ha dicho vayan y vivan la Misa! Y nos ha dicho que debemos enamorarnos de Jesús en la Eucaristía y debemos también adorarlo y adorarlo sin interrupción. Porque el camino que Ella nos propone es un camino de ascensión a las realidades celestiales y últimas.

Como Madre nuestra que es, nos quiere ver limpios y preservados de todo mal por eso nos lleva a purificar nuestros corazones y a revestirnos de la dignidad de hijos de Dios por medio de la confesión sacramental.

Ella es Reina de la Paz y desde su primer mensaje nos ha mostrado que a la paz se llega por la reconciliación. Con Dios y con los demás. Que sin perdón no puede haber paz en el corazón. El perdón buscado, pedido y ofrecido es el primer paso que nuestra Madre nos hace dar en el camino de conversión, y la respuesta de Dios es la paz con la que sella nuestro corazón.

 

Este tiempo de las apariciones en Medjugorje es el de una generación, por eso es tan largo. Es el tiempo de la gestación de los hijos nuevos que le dicen sí a Dios, dispuestos a seguirlo y cumplir su Voluntad. La generación de los que siguen y se afanan en vivir los mensajes de María; de aquellos que están dispuestos a emprender la vía del amor, que es amar y dejarse amar, y a vivir bajo la gracia y hacerla fructificar.

Este tiempo de su permanencia entre nosotros, de estos agraciadísimos 26 años, es el del llamado al abandono confiado en la guía segura y amorosa de María, que es la misma conducción de Dios a través suyo.

 

Ciertamente, no han de ser la política, la militancia, el compromiso humano, por loables que ellos sean, los que han de salvar el mundo del abismo en que ha caído. No son los debates, manifestaciones, congresos, instituciones o sesiones de Naciones Unidas o de cualquier otro ente, los que han de abrir un nuevo horizonte a la humanidad perdida, sin esperanzas y con terribles amenazas de destrucción, sino sólo la acción de la gracia divina que la Santísima Virgen nos dispensa y enseña cómo alcanzarla, participar de ella y hacer que se multiplique a través nuestro.

La gracia no puede detenerse porque si se detiene se vuelve infecunda, es la sal que pierde su sabor (Cf Mc 9:50), es el agua que se estanca y pudre (Cf Ez 47:11). Por eso, porque estamos llamados a responder a la gracia transmitiéndola con el testimonio de nuestras vidas e intercediendo junto a la Madre de Dios por el mundo, es que cada uno de nosotros es importante en el plan de salvación que Dios está ejecutando en Medjugorje, por medio de la Santísima Virgen.

 

Este tiempo de gracia extraordinaria, signado por estos 26 años de apariciones ininterrumpidas, es de un mundo que pasa y otro que está naciendo en cada uno que decide en su corazón escuchar y responder a la Reina de la Paz. Toda vez que responderle a Ella es responder al Evangelio, a su Hijo, a la Iglesia.

 

En este mensaje Ella dice que también hoy siente un gran gozo en el corazón. Es la alegría inmensa de la Madre que se encuentra con sus hijos, que es traída por su amor y con la belleza de su amor los atrae a sí.

Así como nuestra Madre nos abre su Corazón así también quiere que nosotros abramos el nuestro a la gracia extraordinaria que sigue fluyendo a raudales desde Medjugorje.

 

Ella llama desde su amor. Por ello mismo, debemos leer y entender sus mensajes desde este amor. Quizás, al leer cada palabra, nos sirva imaginar su voz, la más melodiosa de las voces que nos acaricia y nos arropa. Leer como si fuera Ella la que pronuncia esas palabras, y escucharlas como si escucháramos el susurro del Espíritu Santo en nosotros, sentirlas como la brisa que acariciaba a Elías en el Horeb (Cf 1 Re 19:12).

Es siempre su amor que nos invita a la gracia de la conversión, a decirle que sí a Dios que quiere salvarnos. Que quiere que todos los hombres se salven y que ninguno perezca, porque Dios no hizo la muerte ni goza de la destrucción de los vivientes. Él todo lo creó para que subsista (Cf Sab 1:13-14).

 

Dios quiere que cada uno de nosotros, al permitirle convertirnos el corazón a Él, seamos a la vez instrumentos de conversión para otros que se han apartado o rechazan su gracia.

 

La Santísima Virgen nos recuerda que Dios es el principio y el fin de todo ser, del ser de toda la creación. Él “es”, el único que “es”. Existimos, nos movemos y vivimos en Dios que nos sostiene en la vida.

Dios es el Eterno, el que Vive. El Único, en el misterio de su Trinidad. “Así dice Yahvé, el rey de Israel, y su redentor, Yahvé Sebaot: “Yo soy el Primero y el Último, fuera de mí, no hay ningún dios” ” (Is 44:6).

No hay nadie que pueda crear, nadie que pueda dar el ser. Solamente y únicamente Él. Y Él, que nos ha creado, un día ha de llamarnos.

“Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin”, dice el Señor en el libro de la Revelación (Cf Ap 21:6; 22:13; 1:8). Así como en Cristo, Palabra Eterna, está el principio de los principios, la vida misma (“La Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada” (Jn 1:1-2)), así también en Él todo tendrá su conclusión y perfeccionamiento, cuando Cristo recapitule todas las cosas en Sí (Cf Ef 1:10).

Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Al llamarnos a sí, al llamarnos de este modo privilegiado, de gracia extraordinaria, a través de su Madre en Medjugorje, nos está llamando a la vida e indicando el camino: Él mismo. María nos enseña a caminar tomándonos de la mano.

 

Y aquí está precisamente la clave de Medjugorje. Medjugorje es, sin lugar a dudas, el lugar de la presencia de la Virgen pero, por eso mismo (y esto es otro indicio inequívoco de autenticidad), Jesucristo es el centro de Medjugorje y todo lleva a Él y converge en Él.

 

Las últimas palabras del mensaje son de agradecimiento por las oraciones y sacrificios, que podemos entender tanto de todos los 26 años pasados como también los que se hicieron en la novena por el aniversario. Se despide luego bendiciéndonos. Es su bendición maternal de la alegría “para que Dios sea para nosotros todo en la vida” (mensaje del 25-7-88).

 

Madre Santísima: simplemente gracias, eternamente gracias, por todos estos años de tu presencia entre nosotros, por cada mensaje, por cada sonrisa y mirada y lágrima tuya por nosotros, que aunque no hemos podido verlas las hemos sentido en nosotros, como sentimos tu compañía y tu presencia que nos ampara, nos sostiene, nos guía y nos consuela.

Gracias, a ti, Señor y Dios nuestro, por permitir que tu Madre venga a nosotros.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de julio de 2007

          ¡Queridos hijos! Hoy, en el día del Patrono de su parroquia, los invito a imitar la vida de los santos. Que ellos sean ejemplo y estímulo para la vida de santidad. Que la oración sea como el aire que respiran, y no una carga. Hijitos, Dios les descubrirá su amor, y ustedes experimentarán el gozo de ser amados míos. Dios los bendecirá y les dará gracias en abundancia. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

 

Comentario

           El 25 de julio es el día en el que la Iglesia celebra la fiesta del Apóstol Santiago el Mayor1, a quien está dedicada la iglesia parroquial de Medjugorje. Es por ello que la Santísima Virgen dice que ese día 25, en que ha dado su mensaje, es el del patrono de la parroquia. Al mismo tiempo nos está recordando lo que dijo al comienzo de sus apariciones: que sus mensajes van dirigidos en primer lugar a la parroquia y luego al mundo.

 

Santiago, hijo de Zebedeo, hermano de Juan, conocido como el Mayor, ya que había entre los apóstoles otro del mismo nombre (el Menor, autor de la epístola), fue el primero de los apóstoles en entregar su vida como mártir, apenas una decena de años después de la muerte del Señor.

Imitar la vida de los santos –como pide la Madre de Dios en este mensaje- es imitar sus virtudes heroicas y el testimonio que dieron de Cristo, de la verdad.

“Queridos hijos –decía la Santísima Virgen en su mensaje del 25 de noviembre del 97- los estoy guiando en este tiempo de gracia para que se vuelvan conscientes de su vocación cristiana. Los santos mártires morían dando testimonio: ‘soy cristiano y amo a Dios sobre todas las cosas’. Hijitos, hoy también los invito a regocijarse y a ser cristianos llenos de gozo...”.

El significado original de la palabra “mártir” (martyr) es el de “testigo”, fue con el correr del tiempo que se la identificó con “aquel que da testimonio de Cristo hasta el derramamiento de su sangre”. A aquellos que sufren persecuciones y tribulaciones sin llegar a dar el testimonio de su sangre se los llama “confesores de la fe”.

Nuestra Madre vincula el testimonio, aún el testimonio que se da hasta el extremo del martirio, con la alegría. La alegría acompaña y es parte de la fuerza que Dios da para poder ser sus testigos ante un mundo hostil y enemigo de Dios. 

Imitar la vida de los santos es seguir el camino de perfección que ellos han debido transitar. Los santos no nacen santos sino que van recorriendo un camino, que en algunos es breve pero en otros es largo y tortuoso.

Cuando leemos en la Sagrada Escritura que Santiago, junto con su hermano Juan, pedían para sí los puestos más importantes buscando una gloria humana (no habían aún comprendido cómo era ese Reino que anunciaba el Maestro) (Mt 20:20ss)  o cuando querían él y su hermano, que cayese fuego del cielo para aniquilar a aquellos samaritanos que no los recibían (Lc 9:54) o cuando con los otros discípulos huyó en el momento de la cruz (Mc 14:50), y luego sabemos hasta qué grado de heroicidad confesó el Nombre de Cristo, vemos entonces que tuvo que recorrer un largo y estrecho camino para llegar a la gloria de la santidad y alcanzar nada menos que la palma del martirio.

¿Cómo logró Santiago, cómo logran los santos alcanzar la santidad? Dejando que Cristo viva en ellos, abandonándose con total confianza y recibiendo la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo que es Espíritu de santidad.

Recordemos las palabras que el Señor les dirigió a Santiago y a todos los que serían sus enviados, antes de su Ascensión: “No os vayáis de Jerusalén, sino aguardad la Promesa del Padre… el Espíritu Santo (Hch 1:4). Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto (Lc 24:49)”. Sabemos, además, que esa espera fue en oración (cf Hch 1:12). El Espíritu -que hizo de aquellos discípulos apóstoles, es decir enviados a los confines de la tierra para proclamar la Buena Noticia y ser testigos del Resucitado- vino entonces y viene siempre por la oración (Cfr Lc 11:13).

El 25 de mayo del 2003, la Reina de la Paz invitaba a la oración pidiendo especialmente al Espíritu Santo, para poder orar con el corazón. A través de esa oración, la del corazón que viene por el Espíritu, nuestros corazones se convierten a Dios y cuando nosotros somos tocados por esa gran gracia extraordinaria, podemos volvernos testigos, aún silenciosos, y suscitar en otros el cambio profundo de vida que lleva a la salvación.

Es por eso mismo que, una vez más, nuestra Madre del Cielo insiste en la importancia de la oración. La oración es insustituible. No bastan las obras de caridad y misericordia por grandes que parezcan si no hay oración porque acaban siendo obras humanas. La oración es insustituible e indispensable, como lo es el aire para respirar. Así como nuestro cuerpo no puede vivir sin respirar así tampoco el alma vive sin la oración. Sin oración languidece y muere espiritualmente. La oración llena la vida, más aún es vida.

Por la oración viene la luz. Es la iluminación divina que nos revela nuestra verdadera identidad, nuestra misión y el llamado personal de Dios. “Hijitos, crean que con la oración sencilla se puede obrar milagros. Por medio de la oración ustedes abren el corazón a Dios y Él obra milagros en sus vidas. Al observar los frutos, el corazón de ustedes se llena de gozo y de gratitud hacia Dios por todo lo que Él hace en sus vidas y, a través de ustedes, en los demás” (25 de octubre de 2002).

Por sobre todo, por la oración descubrimos que Dios nos ama, que Dios es amor, que somos los bienamados de Dios y de la Virgen Santísima. Por eso mismo, porque descubrimos ese amor que nos llena de inefable gozo, en uno de sus mensajes, la Reina de la Paz nos exhortaba a orar, orar y orar hasta que la oración se vuelva alegría. Y en otro nos decía: “en la oración conocerán el gozo más sublime” (28 de marzo de 1985).

Es la oración la que nos cambia, puesto que cuando viene de un corazón que anhela ser cada vez mejor, agradar y ser más cercano a Dios, Él bendice a esa alma con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Y de la abundancia de su gracia daremos testimonio de su amor como han hecho todos los santos.


P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


1 Santiago es el único nombre que ya contiene la palabra santo en sí mismo, por lo que es una redundancia decir San Santiago. En efecto, Santiago viene de Sant’ iago o jaco. El nombre es Jacobo o sea que San Jacobo se volvió Santiago, y este nombre es el mismo que Diego y Jaime.  


25 de agosto de 2007

          ¡Queridos hijos! También hoy los invito a la conversión. Hijitos, que su vida sea un reflejo de la bondad de Dios y no del odio ni de la infidelidad. Oren, hijitos, para que la oración se convierta en vida para ustedes. Así podrán descubrir en su vida la paz y la alegría que Dios da a aquellos que tienen el corazón abierto a Su amor. Y ustedes, que están lejos de la misericordia de Dios, conviértanse para que Dios no desatienda sus oraciones y no sea tarde para ustedes. Por eso, en este tiempo de gracia, conviértanse y pongan a Dios en el primer lugar en su vida.
¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario
          

Toda la creación refleja la bondad y la belleza de Dios. La vida humana, en particular, recibe además su única dignidad, de la que ni siquiera los ángeles gozan, y es la que viene de la asunción de la humanidad por parte de Dios en la encarnación.

El gran amor de Dios, inconmensurable e inconcebible, se manifestó al rescatarnos de nuestra condición de criaturas caídas para llevarnos a la dignidad de hijos, que lo somos desde ahora aunque lo que seremos no ha sido aún revelado (Cfr 1 Jn 3:1) ya que ni ojo vio ni oído oyó, ni penetró en el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman (Cfr 1 Cor 2:9).

Hemos sido creados para dar gloria a Dios con nuestras vidas, y para ser salvados en Jesucristo (Cf 1 Tes 5:9). El cielo es nuestro destino, puesto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y ninguno se pierda. Pero, nuestro destino está en nuestras manos, en nuestra libertad, en lo que voluntariamente hagamos de nuestras vidas.

Dios nos llama a la santidad. Sean santos porque Dios es santo, exhorta san Pedro en su primera carta (cfr 1 Pe 1:16).

 

A través de todas las épocas la humanidad ha sido llamada a la conversión, al cambio radical de vida caminando hacia el encuentro con Dios.

“No persigáis la muerte con vuestra vida perdida” dice Sab 1:12 y recuerda que “Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes” (Sab 1:13).

Yahvé habla por boca de su profeta Ezequiel diciendo: “que Yo no me complazco en la muerte del malvado sino que el malvado se convierta de su conducta y viva… Convertíos, convertíos...” (Ez 18:32).

El mismo Señor concluye su parábola de la oveja perdida anunciando que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15:7).

 

Si siempre Dios llamó a la conversión, es a partir de la venida de Cristo que el llamado se hace ante la inminencia del Reino de Dios, más aún ante la llegada de ese Reino en la persona de Cristo. Así lo anunciaba el Bautista y el mismo Jesucristo al comienzo de su vida pública: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Cfr Mt 3:2; 4:7), llamando al arrepentimiento y a la penitencia.

En muchas otras ocasiones el Señor y sus discípulos y también el apóstol san Pablo claman la conversión de los hombres.

 

El Reino ya se hizo presente en Cristo. Ahora, la misericordia divina nos ha dado un tiempo de gracia y es en este tiempo, signado por la presencia de María entre nosotros, que a través de Ella somos todos llamados nuevamente a la conversión.

Nuestra Santísima Madre, de distintos modos pero con un mismo fin, ha pedido nuestra conversión. En su primer mensaje habló de reconciliación con Dios y luego también de la necesidad de cambiar de vida, de poner a Dios en el primer lugar en nuestras vidas.

Llama a todos, los que están cerca y los lejanos. Y nos dice cómo abrir nuestro corazón a Dios para que Él nos convierta: con la oración, la oración y el ayuno. Oración profunda, continua y perseverante, nos pide. Vivir en la oración y de la oración para comunicarnos con Dios y abrirnos a sus gracias, a su bendición, a su protección.

 

Cuánta gente de buenas intenciones se queja por el mal que se respira, pero no se da cuenta que el mal anida en su corazón igual que en los demás y que no basta con odiar el mal, es necesario sí pero no suficiente. Se debe amar el bien y sólo se ama el bien si se ama a Dios.

Aprender y comenzar a amar a Dios es conversión.

El corazón que deja que Dios lo convierta hace al hombre y a la mujer diferentes. Ya sus puntos de vista, sus gustos no son los del mundo. Ya no le interesan las frivolidades y detesta todo aquello que ofenda a Dios directa o indirectamente. Ya ve el pecado como grave ofensa, a lo que los otros llaman experiencias o simples errores. Y aprecia la vida, su vida, toda vida. Ve en cada persona el reflejo del Creador y la sangre del Salvador. No odia sino que perdona y trata de amar aún a aquel que es su enemigo. Y encuentra paz, mucha paz donde antes había conflicto, inquietudes, miedos, sentimientos negativos. Y encuentra alegría, el gozo íntimo de saberse amado por Dios y de saber que su destino está más allá de estos apretados horizontes.

La paz es, en fin, el signo de la conversión con la que el Señor sella nuestros corazones.

 

En este mensaje llama mucho la atención que por vez primera se dirija directamente a aquellos que “están lejos de la misericordia de Dios”. Son los que no se ponen al alcance de la misericordia, no porque Dios no tenga misericordia para ellos, porque hemos visto que no es así, sino porque ellos mismos han elegido apartarse de Dios, porque no lo aceptan o son indiferentes y tibios o no confían en Dios y su misericordia o porque abiertamente lo rechazan o son apóstatas. Dice Pablo, que si nosotros lo negamos (se refiere a Cristo) él también nos negará (Cfr 2 Tim 2:12). Quien niega a Cristo niega la salvación y se excluye él mismo de la misericordia por su libre voluntad. “Quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos”, dijo el Señor (Mt 10:33).

La Santísima Virgen agrega algo muy fuerte que debería hacer reaccionar a estas personas: los exhorta a convertirse, a no demorar la decisión, para que Dios no desatienda sus oraciones, no sea sordo a ellas y sea ya demasiado tarde.

Esto nos dice dos cosas muy importantes: primero, que llegará un momento en que los que están lejos rueguen a Dios, y pensamos que serán por circunstancias especialmente dramáticas, pero no serán entonces oídas esas oraciones porque no se han arrepentido de sus malas acciones y sólo clamarán, desde la soberbia y ante el peligro y el miedo aterrador, a un Dios que no conocen y acuden como medio de salvación y no como el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. La soberbia aparta de la gracia de Dios. Y porque quien, además, en su vida no es capaz de misericordia hacia los otros no obtiene misericordia de Dios y no es escuchado.

Lo otro que nos dice esta parte del mensaje es que parecería advertir que los tiempos se acortan, habida cuenta que nadie conoce cuál es el tiempo de su vida sobre esta tierra. Una advertencia para tener muy seriamente en cuenta.

 

Una vez, alguien inspirado escribió la siguiente admonición acerca del rezo del Padrenuestro:

No digas "Padre", si cada día no te portas como hijo.
No digas "nuestro", si vives aislado en tu egoísmo.
No digas "que estás en los cielos", si sólo piensas en cosas terrenas.
No digas "santificado sea tu nombre", si no lo honras.
No digas "venga a nosotros tu Reino", si lo confundes con el éxito material.
No digas "hágase tu voluntad", si no la aceptas cuando implica dolor.
No digas "el pan nuestro dánosle hoy", si no te preocupas por la gente con hambre.
No digas "perdona nuestras ofensas", si guardas rencor hacia tu hermano.
No digas "no nos dejes caer en la tentación", si tienes intención de seguir pecando.
No digas "líbranos del mal", si no tomas partido contra el mal.
No digas "amén", si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

 

No olvidemos, para todos, cercanos o alejados de Dios, es el llamado a la conversión, de cada día. No posterguemos ni un minuto el responder al llamado de salvación de la Reina de la Paz.

 

P. Justo Antonio Lofeudo
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de setiembre de 2007

          
¡Queridos hijos! También hoy los invito a todos a que sus corazones ardan con el amor más intenso posible hacia el Crucificado; y no olviden que por amor a ustedes dio su vida para que ustedes se salvaran. Hijitos, mediten y oren para que su corazón se abra al amor de Dios. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario

          

Lo que nuestra Madre nos pide es lo que Dios nos manda: amar a Dios por sobre todas las cosas, amarlo con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra alma, con todo nuestro corazón (Cfr Dt 6:5).

Que nuestros corazones ardan de amor al Crucificado es esencialmente lo mismo que amar ardientemente a Dios, porque en Cristo Jesús, en el momento en que su corazón se abre y de él fluye sangre y agua, nos es revelado el Padre en la mayor profundidad.

En Jesucristo reconocemos quién es verdaderamente Dios, cómo es su amor. Porque el amor de Dios se ha manifestado sobre todo en la entrega que Cristo hizo de sí mismo en la Cruz por nosotros, por nuestra salvación.

La contemplación de su sufrimiento y de su muerte nos ilumina acerca del amor infinito de Dios por todos y por cada uno de nosotros en particular: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

La contemplación en la adoración del costado traspasado de la lanza, al reconocer la voluntad salvífica de Dios, nos vuelve capaces de confiar en su amor misericordioso que nos salva.

 

Amarlo como nos pide la Santísima Virgen significa responder al amor inconmensurable de Cristo que para salvarnos entrega su vida por nosotros.  

La respuesta al mandamiento del amor se hace posible sólo con la experiencia que este amor ya nos ha sido dado antes por Dios (Cf. encíclica «Deus caritas est», 14).

La oración y la meditación ante Cristo muriendo en la Cruz suscita en nosotros la respuesta al mandamiento del amor porque, por la contemplación del Crucificado, del abismo abierto en su corazón traspasado penetramos la anchura, la largura, la profundidad abismal del misterio de su amor. 

Su costado, decía el Papa Benedicto XVI al recordar la devoción del Sagrado Corazón, es el «manantial» al que hay que recurrir «para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor». «De este modo, podremos comprender mejor qué significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo, manteniendo fija la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás». Fijémonos que de la oración meditada en la profundidad del corazón, es decir de la contemplación, surgen el conocimiento y experiencia personal del amor de Dios que ha de vivirse y el dar testimonio a los demás. Puesto que la respuesta a su amor, que viene precisamente de la contemplación adorante, nos lleva del amor a Dios al amor a los otros.
          A su vez, el Papa Juan Pablo II decía que «junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo -y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo» («Enseñanzas», vol. IX/2, 1986, p. 843).

         La Santísima Virgen nos llama, al pedirnos meditar y orar, a la contemplación para que podamos abrirnos a la gracia del amor a Dios. Y al invitarnos a la contemplación del amor que se hace visible en la Cruz, en el Cristo exangüe, indirectamente nos invita a la Eucaristía, porque en ella se hace presente el sacrificio del Señor.

A partir de la contemplación adorante del Crucificado, a través de la adoración Eucarística, recibimos la gracia de amar. Pero, como recuerda el Santo Padre en la carta sobre el culto del Sagrado Corazón, el amor nunca se da por concluido y completado por lo que la apertura a la voluntad de Dios, al llamado a su amor, a dejarnos amar y amar nosotros -en primer lugar a Él- debe renovarse en todo momento. Por ello mismo y porque Dios no deja de invitarnos a acoger su amor, nuestra adoración debe ser incesante, nuestra oración humilde permanente y grande nuestra apertura y disponibilidad. En palabras del Santo Padre en la carta aludida: “Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración”.

Y todo esto es camino a hacer, paso a paso, día a día. El camino por el que nos dejamos llevar de la mano segura y amorosa de la Reina de la Paz.

 

En nombre y a gloria de Dios, Uno y Trino,

que te ha querido Madre de Cristo Salvador

y Madre de la humanidad a salvar, a ti,

enviada del Altísimo, Reina de la Paz,

nos dirigimos para que, con el amor divino

con que nos amas, podamos nosotros aprender

a amar con corazón ardiente a tu Hijo,

que por nosotros murió en la Cruz.

Llévanos por estos caminos que sólo tú conoces,

para que seamos transformados

de modo que nuestras vidas sean tocadas por la gracia

y amemos con corazón puro,

desinteresado, humilde.

Para que nuestra vida sea don y bendición para los hermanos.

Enséñanos, Madre de los silencios profundos,

a contemplar el misterio de Dios que ama infinitamente,

y a tener un corazón puro y humilde,

abierto a las gracias de Dios

que tú nos traes. Amén.

P. Justo Antonio Lofeudo
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de octubre de 2007

          
¡Queridos hijos! Dios me ha enviado entre ustedes por amor, para conducirlos por el camino de la salvación. Muchos de ustedes han abierto sus corazones y han aceptado mis mensajes, pero muchos se han extraviado en este camino y nunca han conocido, con todo el corazón, al Dios del amor. Por eso los invito: sean ustedes amor y luz donde hay tinieblas y pecado. Estoy con ustedes y los bendigo a todos. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!


Comentario


            La Madre de Dios manifiesta que Ella es la enviada del Señor para estos tiempos. Tiempos que, por otra parte, están signados por su presencia única y extraordinaria. Pues, nunca antes como ahora hubo tantas apariciones suyas, en cantidad e intensidad. Dios la ha enviado por amor hacia nosotros, porque cuando abunda el pecado del mundo, cuando la apostasía alcanza todas las sociedades y todos los estamentos sociales, sobreabunda la gracia divina.

Quien quiera interpretar el porqué de estas apariciones, el porqué de tantas manifestaciones, el porqué de repeticiones que no son más que insistencias ante la gravedad de estos tiempos que vivimos, deberá hacerlo desde la misericordia divina.

El amor de Dios envía a la Madre entre sus hijos y estos mensajes vienen del amor de la Madre que quiere que sus hijos se salven. De este modo, por su presencia y la voz de los videntes -que son sus instrumentos escogidos- nos conduce por este camino que viene trazando con perseverante ternura desde hace 26 años y 4 meses. Es su camino de salvación, su manera maternal de llevarnos hasta Jesús, el Salvador.

 

Se lamenta nuestra Madre que muchos se han ido fuera de este camino y nunca llegaron a conocer al Dios del amor, porque nunca han tenido un encuentro personal con Jesucristo, con Aquél que nos amó hasta el extremo, con Aquél que es Uno con el Padre. Nunca se detuvieron a contemplar su rostro ni meditaron su Pasión y por eso mismo, nunca alcanzaron a ver el rostro de Dios que ama infinitamente con amor eterno.

A los hijos que experimentan la misericordia divina los exhorta a ser amor y luz, a darse a los demás y por los demás y a iluminarlos con el testimonio de vida, como lo hizo su Hijo, para que puedan salir de las tinieblas y del pecado en el que están inmersos, y ser rescatados para la eternidad.

Si nos preguntamos qué hacer o cómo ser “amor y luz” para el mundo que no conoce y que rechaza a Dios, recorriendo los mensajes de la Reina de la Paz tendremos las respuestas. Veremos cómo Ella ha insistido en que debemos purificar el corazón mediante el perdón que se pide, a Dios sobre todo, y que se da a los otros. Porque nuestra Madre pide que la oración y el ayuno sean del corazón, éste debe ser purificado por medio de la reconciliación y del amor.

Veremos también que ha llamado a vivir y practicar no sólo el sacramento de la Eucaristía sino la misma adoración. Todos los que han ido a Medjugorje saben que parte esencial del programa vespertino, que fue diseñado por la misma Virgen, es la Eucaristía y son las varias adoraciones de la semana y que ahora se ha agregado la adoración al Santísimo durante toda la noche de cada 25.

Ya desde los comienzos de las apariciones pidió la adoración eucarística perpetua cuando dijo: “Queridos hijos, adoren a Jesús en el Santísimo Sacramento, sin interrupción(mensaje del 15 de marzo de 1984).

 

Santo Tomás decía que debíamos contemplar para poder luego llevar a los otros aquello que habíamos contemplado. Para llevar la luz hay que contemplar la Luz, para llevar y ser amor hay que nutrirse contemplando el Amor.

Necesitamos contemplar a Dios y su misterio, vivir el amor de Dios en el encuentro con Jesucristo, para poder luego dar de lo recibido.

Contemplar es mirar, largamente y en profundidad, con recogimiento. Ejemplo de contemplación lo daba aquel hombre a quien el Santo Cura de Ars, viendo que pasaba largo tiempo frente al Santísimo, le preguntó qué hacía y aquél le contestó “yo lo miro y Él me mira”.

Esas miradas contemplativas requieren la serenidad del espíritu que atesora el silencio.

Vivimos en un mundo lleno de ruidos, un mundo vociferante, constantemente alborotado y barullero en el que las personas no se comunican y mucho menos se lo escucha a Dios. Es necesario hacer silencio y detenerse en la carrera frenética que nos aleja de Dios, de nosotros mismos y de los otros y que a nada bueno nos lleva. La salud del alma exige detenerse en el camino agitado de cada día y escuchar qué nos dice Dios.

A Dios se lo escucha en el silencio del corazón. Por ello, la adoración silenciosa es el ámbito ideal para la escucha atenta. “Si alguien escucha mi voz y me abre iré a él”, dice el Señor. Si tú escuchas la voz del Señor y le abres, Él entrará en tu vida.

El Señor está a la puerta y te llama, me llama. En este tiempo, que está bajo su misericordia, está llamando a través de su Enviada. Es en la Virgen que Dios llama y nos invita a acercarnos a la gracia con la ternura de estos mensajes de la Madre.

 

La confusión en la que se vive impide encontrar el recto camino de vida. Alguien debe guiar al que está perdido, alguien debe iluminar su oscuridad, alguien debe decirle con o sin palabras que no todo está perdido y que la vía a la felicidad es uno, porque Uno es el Camino. Y ese “alguien” es cada uno de nosotros, cada uno de los hijos de la Mujer que escuchan y ponen en práctica sus llamados.

Nuestra Madre no quiere que nosotros llevemos críticas o acusaciones hacia quienes se pierden, que juzguemos y condenemos sino que la ayudemos siendo portadores de sus mensajes, sobre todo con el ejemplo de la propia vida y con la intercesión y reparación de nuestras oraciones, adoraciones y sacrificios. Una vida de santidad es mucho más elocuente que todas las meditaciones y transmisiones de mensajes que podamos hacer. Es más, para quien no aprecia la profundidad del llamado estos mensajes les parecerá reiterativos y hasta pobres. Para quienes, en cambio, entienden el porqué de la venida de la Santísima Virgen y, aunque no escuchen su voz, sientan la resonancia de su dulce amor en sus corazones encontrarán suficiente motivación como para ya mismo acoger la invitación a la corredención. 

Ésta es nuestra maravillosa tarea. No la de preocuparnos y frustrarnos, quizás deprimirnos por las atrocidades que se cometen, sino la de dar testimonio de nuestra fe y nuestro amor por Dios y por nuestra Madre, tomando gracia del Señor de toda misericordia, rezando, ayunando, adorando y viviendo el amor en cada circunstancia.


P. Justo Antonio Lofeudo

www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


25 de noviembre de 2007

         
¡Queridos hijos! Hoy, cuando celebran a Cristo Rey de todo lo creado, deseo que Él sea el Rey de sus vidas. Solamente a través de la entrega, hijitos, pueden comprender el don del sacrificio de Jesús en la cruz por cada uno de ustedes. Hijitos, dediquen tiempo a Dios para que Él los transforme y los llene con su gracia, de tal manera que ustedes sean gracia para los demás. Yo soy para ustedes, hijitos, un don de gracia de amor que proviene de Dios para este mundo sin paz. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!

Comentario

      

Que Cristo sea Rey, o sea Señor de nuestras vidas, se manifiesta en mi obediencia a su mandato de amor y de perdón, a su seguimiento e imitación y a la honra y honor que tributo a su gloria adorándolo.

Para comprender el valor del sacrificio de Jesús en la cruz -nos dice nuestra Madre- debemos aprender a entregarnos. La donación de uno mismo es imitación de Cristo, es secuela de Cristo. Si alguno quiere venir en pos de mí, dice el Señor, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16:24). Negarse a sí mismo es despojarse del egoísmo que aísla y reseca el espíritu; es entregarse, abandonarse y darse al Amor. La donación de sí exige siempre caminar hacia la perfección del amor cuyas huellas fueron marcadas por el Señor.

También nos exhorta la Santísima Virgen a darle tiempo a Dios. Tenemos necesidad de detenernos frente a Dios en el silencio del corazón. Necesidad de escucharlo y dejarnos penetrar por su presencia. Necesitamos contemplarlo y adorarlo. Nada hay más propicio que un ambiente de adoración en silencio, para detenerse y encontrar a Dios presente en el Santísimo Sacramento. De la contemplación del Santísimo, como santa Teresa del Niño Jesús, podemos aprender a ser pequeños como lo es el Señor en la pequeña Hostia Sagrada, donde la santa encontraba su cielo. Contemplándola podemos aprender a ocultarnos del mundo y a ser humildes y darnos a los otros volviéndonos Eucaristía: pan, vida que se ofrece con amor para la salvación de otros. Aprendemos, también, a ser pobres, sencillos, esenciales.

Es necesario detenerse para rumiar la Palabra que debe penetrar y encarnarse. La lectura del Evangelio nos lleva a la esencialidad del amor que salva. Sí, debemos dedicarle tiempo a Dios para meditar la inmensidad vertiginosa del Verbo que se hizo carne: el Verbo de Dios, la Palabra, por quien todo existe, se hizo carne en el seno de una virgen, por tanto la belleza se hizo carne, la bondad se hizo carne, la justicia se hizo carne, el amor, la vida, la verdad se hizo carne, el mismo Ser se hizo carne para habitar entre nosotros.

Debemos detenernos a meditar la Pasión del Señor para descubrir el abismo infinito de la Misericordia divina en el Corazón traspasado que se entrega en cada Eucaristía. Contemplando el misterio aprendemos qué significa misericordia y también fidelidad. 

Démosle tiempo a Dios meditando cada misterio del Santo Rosario, desgranando en las cuentas la historia de la salvación, que es salvación personal, de cada uno. Es menester darle espacio al Rosario y dejar el automatismo de la recitación que lo vuelve como un cuerpo sin alma cuando no se meditan los misterios.

Debemos consagrar nuestro tiempo, dándole un nuevo valor, un valor inconmensurable, en la oración y la adoración.

Debemos detenernos en el agitado camino de la vida para poder ver en el otro la impronta divina y la dignidad a la que ha sido llamado por su Creador. Debemos detenernos para tenderle la mano, y más que la mano, cuando en el otro la imagen de Dios se hace irreconocible.

Sí, debemos detenernos y pasar tiempo con Dios, acogerlo en nuestra intimidad, en nuestra vida. ¡Cuántas cosas inútiles para la vida verdadera se hacen todos los días! ¡Cuánto tiempo se pierde! ¡Cuántas veces se corre tras el viento: “no tengo tiempo... más tarde, más tarde...” y se deja de lado lo esencial! Y esto lo hacemos todos.

       

Darle tiempo a Dios significa detenernos en la carrera desenfrenada de cada día. La adoración silenciosa frente al Santísimo permite hacer una parada en el camino y escuchar a Dios. Dios que es la Palabra que se adora y que habla a nuestro silencio. Cuando yo me detengo en adoración, cuando le doy tiempo con la oración y la meditación, Él me modela colmándome con sus gracias y bendiciones.

Como ha recordado el Santo Padre, Dios no nos llama para quitarnos nada bueno ni bello. Por lo contrario, nos llama para darnos paz, alegría, para reforzar nuestra fe y esperanza, para darnos el Espíritu Santo en sus dones que edifican al hombre interior y nos vuelve testigos portadores de paz, de amor de donación, de fe, de alegría.

 

La gracia extraordinaria de la misericordia de Dios ha dispuesto que la Santísima Virgen nos auxilie. Quienes seguimos sus mensajes tenemos el deber de ser testigos del Paraíso, debemos dar testimonio de la verdad. Debemos combatir al Dragón -que no pudiendo destruir al Creador pretende destruir al hombre y a toda la creación- con las armas que nuestra Madre nos da en cada mensaje. La batalla es sobrenatural y las armas deben ser sobrenaturales: sacrificio, oración, ayuno, adoración. Satanás busca la guerra porque en la guerra el odio homicida se agiganta. María la Mujer vestida de sol, es decir revestida de Cristo, es la Reina de la Paz y nos dice que la oración, del corazón que se purifica y el ayuno, también del corazón, evitan las guerras y detienen a las ya iniciadas. Hoy, que la guerra ya estalló en el corazón del hombre, no debemos esperar que vengan más conflictos armados o que la violencia aumente en las calles y en los hogares para hacer lo que María nos pide.

El espíritu demoníaco que impera en el mundo es el del odio, de la lujuria, de la mentira al que combatimos con el amor, con la verdad que resplandece en Cristo y con la castidad y el verdadero amor de donación.

La Virgen vino para vencer. Su venida es el gran don de la misericordia hacia la humanidad, que Dios nos hace en el momento más peligroso de su historia. Pero, como Ella misma tantas veces nos lo ha repetido, la victoria es con nosotros. Por eso, nos necesita y nos quiere como apóstoles de paz y de amor. Quiere, como nos lo dice en este mensaje, que acojamos la gracia, que nos dejemos colmar por la gracia de Dios, para poder llevar esa gracia a los demás.

Seamos, entonces, portadores de paz y de fe, de felicidad y de vida, sabiendo que contamos con la presencia de María que nos protege y nos guía a la victoria. Éste es el tiempo de la misericordia, es el tiempo en que, en momentos de tremenda gravedad para la humanidad, el Cielo no ha enmudecido. ¡Nuestra Madre está con nosotros!

¡Bendito sea Dios!

Misercodias Domini, in aeternum cantabo. ¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor!


P. Justo Antonio Lofeudo

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2 de diciembre de 2007

    
La Virgen estaba muy triste. Durante todo el tiempo de la aparición tenía los ojos con lágrimas:

     Queridos hijos, mientras miro vuestros corazones, el mío se llena de dolor y se estremece. Hijos míos, deténganse por un momento y miren en sus corazones. Está Mi Hijo, vuestro Dios, verdaderamente en el primer lugar? Son sus leyes verdaderamente la medida de vuestras vidas? Nuevamente les advierto: sin fe no hay cercanía con Dios, no está presente la Palabra de Dios que es la luz de la salvación y la luz del buen sentido.

     Agregó Mirjana: -con dolor le rogué a la Virgen que no nos dejara, que no quitara las manos de nosotros. A mi pedido, Ella hizo una sonrisa dolorosa y se fue. Esta vez no dijo “gracias”. Nos bendijo a todos y a los objetos religiosos-.

Comentario


          Me atrevo a asegurar que a todos los que leemos este mensaje nos golpea el llanto de nuestra Madre. Seguramente de modo diverso, de acuerdo a la sensibilidad y al camino de cada uno, pero pienso que unánime es el sentimiento.

          La Santísima Virgen llora porque Ella ve lo que nosotros no somos capaces de ver, ni en los otros ni en nosotros mismos.

          Ya no nos podemos preguntar qué significado tendrán esas lágrimas, porque no es el mensaje implícito y silencioso de una imagen o una estatua que llora, sino que Ella misma nos lo dice. Mirándonos, penetrando en lo más secreto de nuestros sentimientos y pasiones, de nuestros pensamientos y deseos y de nuestra imaginación y memoria, en una palabra entrando en nosotros, siente profundo dolor y se estremece su corazón.

          Sabemos, entonces y no podemos ocultarlo, porqué llora nuestra Madre. No preguntemos por quién llora ni porqué llora, llora por nosotros.

          Por los que están alejados y seguramente no les llegará este mensaje ni siquiera se molestarán en leerlo si alguien se los da, pero también por ti, por mí, que no estamos siempre viviendo como Dios nos pide vivir, porque no cambiamos de vida, porque no ponemos en todo y siempre a nuestro Señor en el mismo puesto, porque tal vez

arrastramos viejos pecados o vicios. Porque hablamos de amor y conocemos muchas cosas pero no las vivimos, porque somos egoístas, mezquinos, calculadores, porque tenemos dobleces, porque el amor a Cristo y de Cristo no está en nosotros.

          Por esto llora nuestra Madre.

          En aquel 25 de junio del 81, cuando dio su primer mensaje, también lloró. Lloró pidiendo reconciliación con Dios y entre nosotros, para alcanzar la paz de Cristo que venía a traernos. No vino a presagiar calamidades ni guerras, que luego sí vinieron por no cumplir con sus pedidos, no vino a eso sino a que las evitáramos.

          María lloró a La Salette. Lloró por el pecado de los hombres que no paraban de blasfemar y anunció que, de no mediar arrepentimiento y reconciliación con Dios, las cosechas se perderían y los niños morirían en los brazos de sus padres. Lamentablemente, no hubo respuesta a tantas lágrimas ni a tantas serias palabras de advertencia. Los hombres siguieron ofendiendo a Dios y todo lo que la Virgen quería evitar finalmente ocurrió. Grande fue la hambruna en Europa y la mortandad de niños por una fiebre desconocida.

          En Fátima también la Santísima Virgen vino a advertirnos que no debíamos más ofender a Dios, que se debía hacer penitencia y rezar. Pidió el rezo diario del Rosario, de “un terzo” o sea la corona de cinco misterios. Anunció el pronto fin de la guerra, pero advirtió que si no había arrepentimiento y conversión vendría otra guerra aún peor. Y, también lamentablemente, así fue: no hubo conversión y sobrevino la II Guerra Mundial.

          Si la conversión del corazón es sellada con el don de Dios que es la paz, donde no hay conversión no se puede gozar de la paz. Las violencias, las terribles inseguridades que se viven no sólo en las ciudades, las guerras, las calamidades, son provocadas por el mal que se ha radicado en el corazón del hombre que vive sin Dios y no quiere dejarlo entrar en su vida para que tome señorío.

          Sí, la Virgen llora porque mucho peor que la peor de las calamidades en la tierra es la muerte eterna de quien se pierde para siempre. ¡Para siempre!

 

          Para quien sospeche que su vida está sumida en la oscuridad, que es hora de cambiar y buscar la luz, que no se puede vivir sin misterio, sin Dios, para quien quiera decirle basta a la carrera desenfrenada de los vicios que lo lleva al abismo, para quien se dé cuenta que los años le han carcomido el alma y el suyo es un pasar hacia la nada, para quien esté harto de sí y de los demás y piense que debe haber una vida que merezca ser vivida, en fin, para aquel que decida encontrar la paz y la alegría que el mundo no ha podido darle, para ellos y para todos el camino empieza por la fe que lleva a la oración y de la oración a Dios que salva en Jesucristo. Empieza por la fe, aún por esa fe tímida y casi apagada, ese atisbo de fe molecular, que es casi una sospecha de que Dios debe existir, por esa se comienza a caminar. Es cuando se clama a Alguien para que lo saque de la desesperación o del hastío o del absurdo y siempre del mal. Y ese Alguien es el Crucificado. Es a Él, a Cristo, que entonces deberá escuchar y seguir. Cristo, la Luz que ilumina el mundo, la Luz que vence las tinieblas y las sombras de la muerte, la Luz que resplandece en los santos, esos testigos del amor y de la fe.

          Para los que ya han iniciado un camino pero se han quedado en la rutina de oraciones cada vez más frías y menos recitadas, para quienes se les va endureciendo el corazón y no son coherentes en sus vidas con lo que dicen creer, para los que su fe es declamada pero no practicada, para aquellos que dicen ser cristianos pero ignoran la Palabra y viven de acuerdo al mundo y no de acuerdo a Dios, para todos ellos también el camino es el de renovar la fe. Pero, atención, ninguna fe puede ser renovada ni ninguna salvación buscada si antes no nos detenemos a ver cuál es el estado real de nuestra alma. Una conciencia sofocada por la contumacia en el pecado, aún en los pecados no considerados graves (en realidad la marca de la gravedad a medida que se vive con y como el mundo cada vez baja más hasta desaparecer), una vida vivida en la autoindulgencia, no podrá ver la razón para cambiar, y terminará viviendo al margen de la fe, y por tanto de Dios, del amor y de la esperanza.

          Escuchemos qué nos dice la Virgen con sus palabras y sus lágrimas. Entendamos que la situación es grave, muy grave. Pidamos la luz del Espíritu y de la Palabra para que nos ilumine y para que ilumine las conciencias ofuscadas.

          La Virgen llora, llora lágrimas de corredención porque si nos tocan nos purifican, porque suplican piedad y brotan del dolor de ver ofendido a Dios y condenándose a quien lo ofende. Son lágrimas de Madre. Lágrimas de Virgen Pura, Santa, Inmaculada vertidas por el pecado del mundo.  

          La Virgen llora. Está en nosotros ahora consolarla respondiendo a este llamado.


P. Justo Antonio Lofeudo

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La filmación de la aparición a Mirjana del 2 de diciembre puede verse en:
www.dmisericordiamed.it/Mirjana2Dic07.htm


25 de diciembre de 2007

¡Queridos hijos! Con gran alegría les traigo el Rey de la Paz, para que Él los bendiga con su bendición. Adórenlo y dediquen tiempo al Creador, a quien anhela vuestro corazón. No olviden que son peregrinos en esta tierra y que las cosas les puedan dar pequeños gozos, mientras que a través de mi Hijo les es donada la vida eterna. Por ello estoy con ustedes, para guiarlos hacia aquello que anhela vuestro corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! (dado por medio de Marija)

¡Queridos hijos! Hoy los invito especialmente a abrirse a Dios y a que cada corazón de ustedes se vuelva el lugar donde nace el pequeño Jesús. Hijitos, a través de todo este tiempo que Dios me permite estar con ustedes, deseo conducirlos a la alegría de sus vidas. Hijitos, la única verdadera alegría de vuestra vida es Dios. Por ello, queridos hijos, no busquen la alegría en las cosas de la tierra sino que abran sus corazones y acepten a Dios. Hijitos, todo pasa, sólo Dios permanece en vuestro corazón. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! (dado por medio de Jakov)

Comentario
      

Llama la atención que pudiendo la Santísima Virgen dar mensajes diferentes a cada uno de los videntes - como lo hizo en otras ocasiones-, haya querido esta vez, con distintas palabras, insistir en lo mismo: recordarnos que la vida sobre esta tierra pasa y nuestra meta es la eternidad, en y con Dios.

Nos está diciendo que no podemos aferrarnos en lo que es mero tránsito, que todo lo puramente terreno es efímero, y si acaso nos provoca un placer ese placer no dura. Los motivos de alegría, por lícitos que sean, cuando sólo son de acá, son de un momento y no dejan huella que trascienda. El gozo verdadero, la verdadera alegría sólo está en Dios.

 

“Los nudos se desatan solos porque la cuerda se consume. Todo se va, todo pasa, el agua corre y el corazón olvida”. El pensamiento es de Gustave Flaubert. La vida es frágil, todo fluye, todo envejece, la pasión de hoy mañana se apaga, la herrumbre devora los tesoros de la tierra, todo pasa.

El poeta expresa de un modo tocante lo que es parte de la enseñanza bíblica. Pero, no debemos quedarnos tan sólo con la imagen triste de un pasado irrecuperable sino que debemos ir hacia el llamado divino de la abundancia y la eternidad de los bienes dados al hombre por la gracia del amor de Dios. Hay algo que no sólo permanece sino que es un verdadero tesoro a conquistar. Y en tal sentido, es el Señor quien nos alerta y muestra qué debemos hacer: “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón” (Mt 6:19-21).

La verdadera riqueza es tener a Dios por amigo haciendo su voluntad. La verdadera riqueza es preparar en el fondo de mi alma, en lo más noble y alto de mi ser, en lo profundo de mi corazón, una morada al Señor. Es dejar que Jesús nazca en mí y tome señorío de toda mi vida. Esa es la verdadera riqueza: la de quien se despoja de sí, de su orgullo, de sus seguridades humanas y de sus temores sobre el futuro para abandonarse confiado en su Creador y Salvador. En fin, es la riqueza de quien se hace pobre ante Dios. Por eso, en uno de los libros sapienciales nos es dicho: “Hay quien presume de rico y no tiene nada; hay quien pasa por pobre y tiene gran fortuna” (Pr 13:7).

Ser rico ante Dios es darle un nuevo valor a las cosas, al mismo dinero. Como, muy concretamente, escribió Ben Sirá: “Por el hermano y el amigo pierde tu dinero, que no se te enroñe inútilmente bajo una piedra” (Si 29:10). El apóstol Santiago el Menor, en su epístola advertía severamente que la plata, el oro atacados por la herrumbre, las riquezas acumuladas y carcomidas que sólo se supieron atesorar egoístamente, serán acusatorias el día del juicio (Cfr St 5:2-3). Porque ¿de qué sirve todo lo acumulado –que inexorablemente quedará después de nuestra partida de este mundo- cuando no hemos sido capaces de dar a quien tenía necesidad de recibir? ¿Cuál ha de ser el rédito de lo gastado en placeres efímeros, cuando fuimos egoístas pensando sólo en nuestro placer momentáneo? ¿Qué otra cosa hemos de llevarnos sino todo lo que hemos dado en amor?

La búsqueda del tesoro del cielo se la hace teniendo a Dios en el corazón: en el amor.

 

Nuestro corazón tiene nostalgias de eternidad, de infinito y esto no puede venir de la experiencia sino del anhelo de Dios, que Él pone en nuestro corazón. Es de san Agustín la tan recordada frase: “nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en Ti, Señor”.

Todo pasa, sólo Dios queda. Sólo Dios puede dar la plenitud y colmar toda esperanza.

Solemos estar muy atrapados por las cosas del mundo, muy preocupados por distintos problemas: de subsistencia, de realización personal, de responsabilidades familiares… Cierto es que el mundo circundante nos resulta hostil, sobre todo por ese magma cultural y moral en que estamos inmersos y donde no hay cabida para nada trascendente. Un mundo que puede presionar hasta el agobio y que trata de confundirnos cuando no puede convencernos. Un mundo que corroe al punto que muchos llegan a claudicar de sus valores y a ser infieles a Dios, justificándose diciendo: “y bueno, todos lo hacen”. 

Nada, en cambio, nos debe verdaderamente preocupar, más bien la solución que trae la luz y la paz en cada situación es ocuparnos de las cosas de Dios. El Señor nos exhorta a dejar las preocupaciones sobre el futuro y a vivir el hoy de Dios y en Dios, ocupándonos del Reino, porque si así lo hacemos todo lo demás vendrá por añadidura (Cf Mt 6: 33-34). En una palabra: ocuparnos hoy de Dios para no preocuparnos por el mañana, porque de ese mañana Él se ocupará.

 

Ocuparnos de Dios es dedicarle tiempo, consagrándolo a la meditación y a la adoración (“dedíquenle tiempo y adórenlo”, nos dice nuestra Madre, en el mensaje de este mes). Ocuparnos de Dios es rumiar la Palabra hasta asimilarla y encarnarla, dar un tiempo a las oraciones y realizar las obras de amor que se nutren y construyen desde la adoración.

Ese es, entonces, tiempo que cobra nuevo valor, el valor de la eternidad, de la trascendencia y de la paz, del gozo que ha de perdurar. Y ese tiempo será multiplicado por Dios.

La tentación diabólica es que ése, el tiempo dedicado a adorar, a meditar la Palabra, a rezar, es tiempo perdido. Satanás sabe muy bien que si nos acercamos más a Dios seremos más protegidos y Dios nos volverá más fuertes a sus ataques y tentaciones. Sabe el demonio que dedicando tiempo a Dios encontramos claridad y luz verdadera mientras él trata de confundir y encandilarnos.

El tiempo dado al Señor es tiempo de salvación para nosotros y para otros por los que intercedemos y, en adoración, reparamos en su lugar.

Debemos ser conscientes que cuando adoramos a Jesús en el Santísimo Sacramento, lo estamos adorando a Él presente, en persona. Saber que estamos adorando a Dios en espíritu y en verdad. Ser conscientes que Él está ahí, frente a nosotros, en el silencio y la simplicidad de la Hostia consagrada.

¿Cómo lo sabemos? Porque Él mismo lo ha dicho al instituir la Eucaristía en la Última Cena: “...esto es mi cuerpo… éste es el cáliz de mi sangre...”, e instituyendo también el sacerdocio nos ha mandado a actualizar el misterio de su presencia, al decirnos: “Haced esto en memoria mía”. Mandato que se actualiza en el sacrificio eucarístico de cada Misa.  

Lo sabemos porque es la fe de la Iglesia.

Lo sabemos porque el Señor, a través de la historia de la Iglesia, ha ayudado a nuestra fe regalándonos innúmeros milagros eucarísticos. Uno de los más renombrados es el de Lanciano, en Italia. Allí, hace casi 1300 años atrás, ante las dudas del sacerdote celebrante, en el momento de la consagración, la hostia se transformó en carne y el vino en sangre. Pese a que la carne y la sangre del milagro han estado expuestas a agentes atmosféricos y biológicos y hasta químicos, durante más de un milenio, aún hoy se los puede ver. Exámenes hechos en la década del 70 demostraron que la carne es humana, del endocardio, es decir del corazón y la sangre es del mismo grupo que la de la Sábana Santa de Torino. Además, la sangre tiene todas las características de la apenas extraída.

Pero, quizás menos conocidos son otros milagros eucarísticos del siglo pasado y no menos convincentes. Son los que conciernen a tres místicas, una de ellas Beata de la Iglesia y las otras dos en vías de serlo: Marthe Robin, Teresa Neumann y Alexandrina da Costa.

Marthe Robin, francesa, muerta en 1981, vivió nada menos que 53 años, postrada en su lecho, sin comer ni beber nada y ni siquiera dormir, la sostenía la Eucaristía que recibía una vez a la semana. Marthe decía: “Cristo es mi alimento sobreabundante”.

Jean Guitton, amigo del Papa Pablo VI, el único laico que participó de sesiones del Concilio Vaticano II, filósofo y miembro de la Academia Francesa, escribió un libro sobre esta gran mística conocida y consultada por intelectuales y altos prelados de la Iglesia. Marthe Robin es fundadora de los Foyers de Charité.

Todos los viernes sufría grandemente porque participaba de la Pasión de nuestro Señor y quedaba como muerta hasta el domingo. ¡Cómo no maravillarnos ante tal milagro al ver a una persona de tal fragilidad, que además de deber ser consumida por la falta total de alimentos y sueño y de sufrir los grandes padecimientos de la Pasión hasta la total extenuación, pudiese sobrevivir y esto por la sola Eucaristía! 

            Parecido es el caso de Teresa Neumann, alemana, muerta en 1962, quien vivió 36 años con la Eucaristía que recibía todos los días como único alimento. Jamás probó comida ni bebida alguna. Por otra parte, recibió las llagas del Señor y cada viernes tenía su “pasión”. Muchísimas personas fueron testigos y vieron la sangre que salía copiosa de sus heridas y que empapaban sus vestidos, mientras expresaba gran sufrimiento espiritual y físico. La diócesis de Ratisbona instituyó una comisión de especialistas que tuvieron bajo estricto y continuo control a Teresa durante 15 días. Al término de esos días los médicos dictaminaron la autenticidad de los estigmas y confirmaron que ninguna sustancia había sido ingerida durante esos 15 días. Teresa, hay que repetirlo, no comía nunca, no bebía nunca, perdía grandes cantidades de sangre y se sostenía con la sola Eucaristía. 

 

Alexandrina da Costa, portuguesa, muerta en 1955, proclamada Beata por la Iglesia, no tenía estigmas visibles, pero durante treinta años permaneció inmovilizada en su lecho. A menudo revivía la Pasión del Señor y era tanto el sufrimiento que quienes asistían quedaban fuertemente impresionados. Durante 13 años y 7 meses no asumió alimento o bebida algunos. Sólo se nutría de la Eucaristía que recibía diariamente. Jesús le había dicho: “No te alimentarás más en la tierra. Tu alimento es mi carne. Tu sangre: mi sangre. Grande es el milagro de tu vida”. Los médicos, que en aquel tiempo eran casi todos ateos declarados, querían desenmascarar lo que para ellos era un fraude y lograron convencer a Alexandrina someterse a un control científico en ambiente hospitalario. Alexandrina aceptó con una condición: poder recibir todas las mañanas la comunión. Así fue admitida en un hospital cerca de Oporto y puesta bajo la cura de un profesor miembro de la Real Academia de Medicina de Madrid. Allí permaneció aislada durante 40 días, bajo estricto control de un equipo, que la vigilaba día y noche. Los incrédulos debieron finalmente concluir que se encontraban frente a un hecho absolutamente inexplicable. 

 

“Yo soy el Pan de Vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá sed” (Jn 6: 35).

¿Cómo dudar, entonces, que el Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente en la Eucaristía?

 

Nuestra Madre nos guía -nos lo dice y lo comprobamos- en este camino hacia Dios, llevándonos hacia su Hijo. Él es la Vida, Él ha venido a que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Cfr Jn 10:10). Él nos ha donado la vida eterna (Cfr Jn 10:28).  Si creemos en Él tendremos la vida eterna (Cfr Jn 6:47). 

 

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6:54).

 

Este camino de apertura del corazón se transita de un solo modo: orando, adorando y haciendo la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Que de este pequeño niño en brazos de su Madre, Rey de la Paz apenas nacido en Belén, recibamos todos su bendición, y crecido en nosotros podamos llevarlo al mundo para que el mundo sea también bendecido con la salvación y la vida eterna. Amén.

 

A todos: ¡Muy feliz y santa Navidad!

P. Justo Antonio Lofeudo mss
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


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¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar!


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