| Del
25 de abril de 1999
El pasado mes éramos invitados a la oración del corazón y
en este mensaje nuestra Madre vuelve sobre lo mismo, sobre la
necesidad de la oración. Sabemos ya que cuando nos pide oración
nos está diciendo oración del corazón y no otra. Esta oración
que atrae la gracia de Dios, es la que se manifiesta en la
paz, en el amor, frutos ambos de conversión de quien por orar
recibe. Y quien recibe la paz de Dios no puede ocultarla
porque irradia lo recibido. Entonces, sin que la persona
siquiera lo note, los demás perciben la paz que lleva de modo
tal que la transmite. También el amor que se recibe de Dios,
por su propia naturaleza es don que es dado, pero de manera
activa, porque se da en la medida que se va hacia el otro, en
la medida que se da de sí mismo. Por eso, transmitir la paz y
dar amor nos convierten en portadores de esas gracias y el
bien hace su camino y las vidas, ya no sólo las nuestras sino
las de los que encontramos a nuestro paso, o la de los que
buscamos, se iluminan.
Ya en el anterior mensaje como en este mismo, la Reina de la
Paz nos habla de búsqueda. Ciertamente la fe, el amor, la paz
son dones, son gracias que vienen de Dios, pero deben ser
buscadas, deben ser conquistadas por medio de la oración, y
no solamente de la oración -nos dice la Virgen- sino de la
oración acompañada del ayuno. El don debe ser conquistado.
La búsqueda, en verdad, no es únicamente la de las gracias
sino de quien las da: Dios mismo.
Entendemos que cuando nos dice "oren y busquen" no
está diciendo o invitando a cosas diferentes sino que la búsqueda
debe ser por medio de la oración, con toda la fuerza de
nuestra voluntad dirigida en la oración a la paz, buscando el
amor y algo más...la alegría. En varios mensajes la Reina de
la Paz nos invita a la alegría, nos exhorta a que seamos
testigos alegres de la Resurrección, de la paz y del amor.
Pertenecer a María debe ser motivo más que suficiente de
gozo. Alegría no significa esforzarse siempre por sonreir,
aunque si lo que lo motiva es la caridad lo convierte en
virtud, sino en hacerse conscientes de esa pertenencia, de ser
amados por Dios, de ser hijos de su misericordia, de sentir la
paz del abandono en Dios. La santidad consiste en eso, en
abandonarse a Dios, permaneciendo en Él, buscándolo con todo
nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas puestas de
manifiesto en la oración y en los sacrificios –pequeños o
grandes- que nos aproximan, que nos purifican y liberan, para
que Él nos vaya cambiando, convirtiendo, y podamos llevar a
los otros hermanos los bienes recibidos.
Ser cristianos es algo grande y que compromete, es nada menos
que seguir las pisadas del Maestro y Señor, que decidirse por
el amor hasta el extremo de amar al que nos hace mal, es amar
como Él nos amó. Nuestra experiencia nos enseña que sin la
gracia nada de esto es posible con las propias fuerzas, por más
heroísmo que alguien pueda tener en sí mismo. Pero nuestra
debilidad se ve fortalecida no sólo con la gracia sino con el
auxilio de la intercesión poderosa de nuestra Madre del
Cielo. Ella intercede por nuestra conversión, por la conversión
no sólo de todos los hijos sino de cada uno en particular.
Finalmente, la Santísima Virgen nos hace tomar conciencia de
qué significa conversión, en tanto comportamiento
permanente. "Oro e intercedo por ustedes. para que sus
vidas y sus comportamientos sean cristianos" Ser de María,
ser de Cristo es vivir como Cristo nos pide que vivamos. Es
ser conducidos por María por el camino de luz hacia la vida
eterna.
Del
25 de mayo de 1999
La Madre nos trae la
Buena Nueva de la paz. La paz es posible, no sólo deseable.
Dios la da a todos los hombres de buena voluntad, a todos los
que lo aman. Esos son los benditos de Dios, los que Él sella
- en su Amor- con el signo de la paz.
María es Reina de
la Paz, porque nos lleva por el camino que Jesús nos marcó.
Ella jamás podría llevarnos por un camino distinto,
simplemente porque no existe otro camino. Cristo es el Camino.
Cristo es la Paz. Él nos da la paz. Él nos dice qué debemos
hacer para alcanzarla. Es lo que nos repite su Madre, que es
su Enviada, en estos tiempos de su Misericordia. "Hagan
lo que Él les ha dicho, lo que yo vengo a recordarles".
"Escuchen mis mensajes, vívanlos".
Si acudimos al
llamado de la Santísima Virgen, si aceptamos sus
invitaciones, iremos al encuentro de Dios. Encontrando a Dios
encontramos la paz. Pero, para encontrarlo es necesario antes
buscarlo. Si buscamos, por donde la Madre nos lleva, nos
encontraremos con Dios, en la persona de Cristo, y en Él
estará nuestra paz. La paz que el mundo no conoce, que sólo
Cristo Jesús puede dar a aquellos que se esfuerzan por
complacerlo, por hacer lo que Él pide y enseña.
Entonces, prestando
atención a su Madre, escucharemos la voz del Maestro, que nos
dice cuál es el primer mandamiento del amor. Es aquel que
Dios le había dado a Moisés en el Horeb, para que el pueblo
hebreo lo observase. Es el que los judíos repetían y repiten
en su oración principal, el Sh´ma Israel (Escucha Israel):
"Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor.
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas
palabras que yo te dicto hoy…. " Ése - nos dice Jesús-
es el primer mandamiento, y el segundo, agrega, es similar al
primero: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". De
estos dos derivan toda la Ley y los profetas.
En el mensaje de
hoy, La Reina de la Paz hace eco a las palabras de su Hijo.
Ella nos dice: "Crean con mayor fuerza en Dios…amen a
Dios por sobre todas las cosas". Para alcanzar esa fe
firme, esa cúspide de amor, nos enseña la Virgen, es
necesaria nuestra voluntad; pero no la que se apoya en las
meras fuerzas de nuestras naturalezas caídas, sino la
voluntad de quien se decide por abrirse a la gracia, abriendo
el corazón a Dios y poniendo lo mejor de sí para seguir en
el camino de conversión. Es la voluntad que busca la gracia
divina por donde no alcanza la naturaleza, empobrecida por el
pecado.
Convertirse es dejar
que Dios actúe en uno. Convertirse es - por esa misma razón-
acercarse a Dios, o lo que es lo mismo, acercarse a su Amor.
Es experimentarlo en la entrega confiada, en el abandono que -
como decía Santa Teresita - es el fruto delicioso del árbol
del amor. Entonces, si me angustio es porque no me abandono lo
suficiente, y por ese motivo no puedo experimentar a Dios que
me ama y me protege, que me preserva aún en el mal, y que es
mi Padre providente que de todo lo mío se ocupa porque yo me
ocupo de su Reino, o que soy hijo de su Misericordia.
Ya en meses pasados
éramos invitados a la oración del corazón y en este mensaje
vuelve - otra vez- sobre lo mismo, la oración. La oración a
la que alude nada tiene que ver con determinadas prácticas
sino con un mismo fondo, el corazón.
En este mensaje,
además, nos dice que no sólo basta la oración, tampoco vale
buscar la paz si todo se resuelve en la superficie. Es preciso
sumergirse y alcanzar el propio corazón para abrirlo. Es
preciso decidirse por Dios amándolo para, por medio del
abandono en Él, alcanzar entonces la oración del corazón
que siente la cercanía de su Creador y Salvador. La verdadera
oración, que atrae la gracia de Dios, en la que se manifiesta
la paz, y se experimenta el amor, se da cuando nos decidimos a
amar a Dios por sobre todas las cosas, a abrirle el corazón
para que lo llene con su Amor.
Advertimos que el
mensaje de hoy está dirigido a quienes oyen el llamado de la
Virgen; sin embargo, no por ello excluye a los demás hijos,
sobre todo a aquellos que más preocupan a la Madre de Dios y
a Dios mismo, los que están aún muy alejados. En efecto, en
cada mensaje la Reina de la Paz toma algún tema en particular
para que prestemos atención y trabajemos sobre el mismo.
Sabiendo esto deberíamos vincular el actual mensaje con los
dos anteriores, en los que éramos llamados a ser portadores
alegres de paz y de amor en este mundo sin paz y también
intercesores por los que no aceptan el amor de Dios. El punto
de unión, entre todos ellos, es que necesitamos ahondar
nuestro empeño en nuestra propia conversión para poder luego
transmitir a los demás los frutos de esa conversión, porque
a nadie podremos llevar lo que antes no hayamos recibido de
Dios.
La razón de la
permanencia de la Sma. Virgen entre nosotros, nos lo recuerda
nuevamente, es acercarnos al Amor de Dios. Que podamos ser
esos hijos dispuestos y generosos que la Madre de Dios busca.
Que podamos ser merecedores de su agradecimiento "por
haber respondido a su llamado".
Del
25 de junio de 1999
Alguna vez nos hemos preguntado a quiénes van dirigidos los
mensajes. La respuesta más inmediata es: a todos los hijos de
la Virgen. En ese sentido, todos somos sus hijos y nadie queda
excluido, porque María es Madre de toda la humanidad. Por
ello, el mensaje es universal.
Sin embargo, es posible ver en estas exhortaciones de la Reina
de la Paz algunos matices que, necesariamente, hace que los
mensajes sean personales. Ante todo se debe considerar quién
lo recibe, porque si bien están dirigidos a todos, no todos
saben de ellos ni a todos les interesa de igual manera. Es así
que aquellos que se sienten especialmente interpelados no sólo
se afanan por saber cuál es el contenido de cada mensaje,
para vivirlo, sino también por -de alguna forma- hacerlo
conocer a los demás. Y, entonces, aunque los mensajes van
dirigidos a todos, es particularmente a esos hijos que la
Madre de Dios parece decirles "gracias porque viven mis
mensajes y con sus vidas dan testimonio de ellos."
El agradecimiento de la Virgen abarca, seguramente, también a
aquellos que, sin aparentes grandes logros, se esfuerzan por
responder a su llamado porque lo importante es el empeño y la
seriedad con que cada uno está dispuesto a seguir el camino
que la Santísima Virgen nos propone. En tal sentido queda
claro que seguirla a Ella es decidirse a ser suyo. Por eso
agrega: "Sólo así cada uno de ustedes será mío y yo
los guiaré por el camino de la salvación". Es como
decirnos: "son míos cuando hacen lo que yo les pido,
cuando me siguen. Así podré ir avanzando con ustedes y
conduciéndolos por el único posible camino de salvación, el
que lleva a Dios". Sabemos, a este respecto, que hay
quienes deciden llegar hasta Dios sin María, quienes confían
en sus propias fuerzas o reposan en la guía de otros.
Nosotros, en cambio, hemos elegido el más seguro y más corto
de los medios para acercarnos y llegar a Dios. Al Padre se
llega sólo por el Hijo, es cierto, pero para llegar al Hijo
nadie mejor que la Madre. Y esto, más que nuestro privilegio,
es la gracia misma. Pero la gracia necesita de nuestro
esfuerzo, de nuestra decisión firme.
En el mensaje anterior nuestra Madre nos decía: "Crean
con fe firme", ahora nos dice: "Sean fuertes",
y también "oren para que la oración le dé
fuerzas". ¿Qué nos quiere significar con estas
exhortaciones a la fortaleza? Ante todo que tenemos necesidad
de ser fuertes, de afirmarnos ante la adversidad que se nos
presenta o se nos pueda presentar. Luego, que el ser fuertes
depende ciertamente de nuestra voluntad, de la decisión de
querer ser fuertes, pero que la fortaleza solamente se alcanza
por medio de la gracia que se pide en la oración. Lo mismo
ocurre con la alegría. No es la primera vez que nos invita a
la alegría. La Virgen nos quiere alegres, testigos gozosos
del amor de Dios. El pecado nos provoca tristeza. El pecado
lleva a la persona al fracaso, porque en ella no se cumple el
designio de Dios, y a la tristeza. Cuando ejercemos nuestra
libertad en contra de la Voluntad de Dios esta libertad hace
de nosotros absolutos, provocando que el egoísmo se enquiste
en el corazón, que la mezquindad se vuelva norma de conducta,
que continuamente nos sintamos heridos, por lo que debemos
defendernos de todo y la defensa se vuelve -sin darnos cuenta-
agresión.
El pecado nos vuelve tremendamente vulnerables, debilita aún
más nuestra naturaleza y los miedos nos acosan. La cizaña
del corazón se resiste a ser arrancada y se vuelve a caer
siempre en los mismos vicios y defectos porque ya los
mecanismos de reacción interna se disparan al mínimo estímulo
y las consecuencias se repiten. Por no reconocer nuestras
miserias nos instalamos en nuestros celos, envidias, ánimos
de venganza y vamos rumiando cabizbajos nuestra tristeza sin
lograr salir de esos estados. Esta tristeza, esta debilidad
producida por el pecado, es la que nuestra Madre desea que
desaparezca de nosotros.
El camino de la oración del corazón es el de la purificación
porque nos ilumina la conciencia y nos hace ver lo que antes
no veíamos, la raíz del mal en nosotros mismos. Es el camino
de la salvación porque atrae sobre nosotros la gracia
necesaria para superar nuestras debilidades. Y finalmente,
cambia nuestra tristeza en alegría.
Lo más extraordinario de todo esto es que es posible
conseguirlo desde un pequeño espacio, ese rincón del cuarto
o de la casa donde nos ponemos a orar todos los días. Desde
ese lugar donde abrimos el corazón al infinito para que Dios
nos conceda las gracias que la Reina de la Paz nos viene a
traer. Las gracias transformantes que nos vuelvan testigos
alegres del amor de Dios. Cuando la persona es tocada por esa
gracia no es necesario que vaya proclamando los mensajes por
donde va, aunque no está mal que así lo haga, simplemente es
suficiente su paso para que los demás noten que en el origen
del cambio está Dios.
Del
25 de julio de 1999
En
cada mensaje renovamos nuestra alegría: la de tener con
nosotros a la Madre de Dios, la de recibir de Ella sus
palabras de aliento, de consuelo, de esperanza y de enseñanza.
Ella también se regocija de poder comunicarse con nosotros y
no sólo nos participa de su gozo -lo que nos da aún mayor
alegría- sino que desea compartir su agradecimiento a Dios
por tan grandes gracias recibidas a través de su venida y
permanencia en Medjugorje.
Estos 18 años de Apariciones son la prueba más elocuente de
la misericordia de Dios que actúa a través de María,
dispensadora de tales gracias. Ni los más escépticos, ni
siquiera aquellos que abiertamente combaten a Medjugorje
porque descreen de esta presencia salvífica, se atreverían a
negar la espiritualidad que allí se respira. Nadie podría
dejar de reconocer que esta aldea croata de la Bosnia
Hergezovina es, desde el comienzo mismo de las Apariciones y
por sobre todas las cosas, un lugar de oración. Quienes
siguen de cerca los acontecimientos agregan a esa primera
evidencia otra: allí se ha formado una verdadera escuela de
oración. Es decir, que no se trata simplemente de un lugar en
el que se ha desarrollado una devoción particular y donde las
personas van a orar sino que Medjugorje ha engendrado algo más
profundo, algo que la simple voluntad humana no es capaz de
lograr por sí misma. A partir de Medjugorje experimentamos,
por medio de la oración del corazón, la acción del Espíritu,
o -con más precisión- recibimos la luz de la gracia que
ilumina nuestro camino de conversión y que nos pone en marcha
hacia el encuentro con el Señor.
Sin embargo, los beneficios no se agotan en estas realidades y
por tal razón la Santísima Virgen desea que tomemos
conciencia de un designio superior, el que Medjugorje sea más
que un lugar de oración, más aún que la escuela de la oración
del corazón, ¡mucho más! Por importante que pueda ser una
escuela de oración ésta no deja de ser un medio -aunque
fundamental- de salvación. Lo que la Reina de la Paz viene
ahora a decirnos es que Medjugorje es más que eso, no es sólo
medio sino meta, lugar de encuentro. Es nada menos que el
lugar escogido por Dios y puesto bajo la conducción de María,
para que nuestros pobres y frágiles corazones se encuentren
con los Sagrados Corazones del Señor y de su Madre.
Juan Pablo II, profeta de nuestro tiempo, meditaba así el
misterio de los Sagrados Corazones: "Cristo dijo en la
cruz: "Mujer, he ahí a tu hijo". Con estas palabras
abrió, de una manera nueva, el Corazón de su Madre. Poco
después la lanza del soldado romano traspasó el costado del
Crucificado... El Corazón Inmaculado de María, abierto por
la palabra "Mujer, he ahí a tu hijo", alcanza
espiritualmente el Corazón de su Hijo, abierto por la lanza
del soldado. Un mismo amor al hombre y al mundo abre ambos
corazones en el Gólgota, en el momento de la redención que
el Cordero cumple con su muerte. "Confiar el mundo al
Corazón Inmaculado de María significa acercarnos, gracias a
la intercesión de la Madre, a la Fuente misma de la vida...
Esta Fuente brota sin interrupción y es permanente fuente de
vida nueva y de santidad."
María es Reina de la Paz porque en Ella reposa plenamente la
paz de Cristo y esta paz que viene a regalarnos no es otra que
la que procede del Corazón traspasado en la cruz, junto al
suyo abierto a la maternidad de todos los hombres.
Si entre la Madre y el Hijo siempre hubo unión de corazones,
es en el momento mismo de la redención, en la cruz, que los
dos se vuelven perfectamente uno. Ahora, la Madre de Dios nos
exhorta a que nuestros corazones se fundan con el suyo y el de
Jesús. Nos está llamando así a unirnos también en unión
perfecta al amor de Cristo que Ella plenamente comparte. Este
deseo es de tal trascendencia que merece meditarlo en
profundidad. Porque no nos está simplemente diciendo que su
propósito es una más íntima amistad de corazones, es decir
que busca la concordia entre nosotros, su Hijo y Ella. Su
invitación -que expresa como deseo- es algo aún más
exigente y grandioso: la Santísima Virgen quiere la fusión
de corazones. Es ésta otra expresión de la misma perfecta
unión que Jesús pedía a sus discípulos el Jueves antes de
su Pasión. Él les decía: "Permanezcan en Mí como Yo
permanezco en ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis
mandamientos permanecerán en mi amor. Les he dicho esto para
que mi gozo sea el de ustedes y ese gozo sea perfecto. Este es
mi mandamiento: Aménse unos a otros como yo los he
amado" (Juan cap. 15).
Jesús nos manda amar, María nos muestra el camino y nos trae
la gracia que hace posible cumplir con ese mandamiento. El
camino es el de la apertura del corazón a la oración, por la
que desciende la gracia de Dios que nos transforma desde
dentro, y la meta es el encuentro de corazones hasta sentir y
amar como uno solo.
Nuestra Madre del Cielo nos recuerda que en este camino hay
obstáculos. De todos modos, por más que el enemigo quiera
interponerse a estas gracias, sembrando la cizaña de la
confusión y trayendo intranquilidad, no debemos por ello
inquietarnos. Ella nos invita a la alegría y a seguir orando.
Dios ha elegido las manos suaves pero firmes de esta Mujer
para que arranque la cizaña que satanás -aprovechando la
oscuridad del mundo- planta en nuestros corazones. Nuestra
esperanza se apoya en la fe cierta de que siguiendo a María
somos conducidos por el camino del amor, en la paz de Dios.
Señor, Dios nuestro, elevamos hacia Ti nuestra gratitud, en
unión con nuestra Madre del Cielo, por todas las abundantes
gracias que desde hace 18 años vienes dando al mundo por su
intermedio. Te pedimos ahora, Dios nuestro, la gracia de
permanecer en tu amor. Que todos nosotros seamos uno, como Tú
y tu Madre son uno, en perfecta unión y en un único corazón
de amor y de paz. Amén.
Del
25 de agosto de 1999
Este nuevo mensaje
es peculiar en un doble sentido. Primero porque, aún cuando
no es la primera vez que lo hace, la Santísima Virgen emplea
imágenes tomadas de la naturaleza para llamarnos a la reflexión
y a la consecuente respuesta. En alguna oportunidad había
usado la semejanza entre la flor y nuestra alma para hacernos
entender que así como la flor necesita todos los días del
agua para vivir, así también nuestra alma se marchita sin la
oración de todos los días. Lo segundo tiene que ver con las
figuras que emplea y que – a diferencia de otras veces- no
se circunscriben a la experiencia actual en Medjugorje o en el
hemisferio norte, porque ya los días del verano se están
yendo (el trigo es cosechado en julio) y el otoño avanza. En
tal sentido los ejemplos tomados vienen a demostrarnos la
universalidad del mensaje.
Nuestra Madre en su
renovada invitación a la oración nos pide que dejemos que ésta
brote en nosotros como el agua de un manantial, es decir, sin
impedimentos, libremente. Parecería una exhortación a quitar
en nosotros todo impedimento y en cierto modo lo es, pero es
también más que eso. Es dejar que Jesús nos dé, Él mismo,
de beber, que nos dé el agua de su gracia, el agua de la
purificación que limpia nuestro corazón y permite que esa
gracia derramada siga su curso benéfico sobre nuestras vidas
y sobre otras. ("El agua que yo le daré se volverá
en él manantial que brota para la vida eterna" le dice
Jesús a la samaritana, Jn 4,13). Pero, esta gracia
debemos pedírsela al Señor en la oración.
Un corazón orante
puede descubrir, mediante la gracia recibida, signos de la
belleza y del amor de Dios en la naturaleza . Por ello, también,
vuelve ahora sobre la oración, esa oración que nace de la
vida ("que sus vidas se vuelvan oración" nos había
dicho) y con la que se da gloria a Dios. Este mensaje es,
entonces, un llamado a reparar –apoyados en la oración- en
la creación, para reconocer en ella la bondad y la belleza
del Creador y a encontrar su causa en el amor de Dios.
Dios ama y crea. En
el relato bíblico de la creación se nos muestra que Él
llama a la existencia y todo lo que surge es bueno. La bondad
de la creación tiene su fuente en la bondad del Creador, y la
creación en el amor de Dios. Al inicio, nos dice el Libro del
Génesis, el Espíritu –que es Espíritu de Amor, por ello
Creador- aletea sobre las aguas primordiales. La Palabra -que
no sólo es expresión de la voluntad divina sino que es
eficaz, porque Él dice y lo que dice se hace- se pronuncia y
crea. Todo lo que es, lo es por voluntad y amor divino. En la
narración simbólica Dios da su conformidad con lo creado al
"ver que es bueno". Pero, si toda la creación es
bendecida por Dios, en modo muy especial lo es el hombre. En
él es en quien más se complajo, porque "vio que era muy
bueno"
"Dios creó al
hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; hombre y mujer
los creó. Dios los bendijo y les dijo..." (Gen 1,27) A
partir de ese momento ya Dios no dice sino que "les
dice". El Creador ahora dialoga con su creatura. Desde
entonces, desde el mismo acto de nuestra creación como
hombres, Dios nunca ha dejado de comunicarse con nosotros.
Antes de la caída, el diálogo entre Dios y el hombre había
sido directo. Después, fue a través de ángeles y profetas.
Llegada la plenitud de los tiempos, Dios habla por medio de su
Hijo. En este tiempo nos llama por medio de nuestra Madre del
Cielo y Ella, a su vez, nos invita en este nuevo mensaje a
agudizar nuestra sensibilidad para entender lo que Dios nos
expresa por medio de la naturaleza.
La Santísima Virgen
escoge ejemplos sencillos para hacernos ver que no hay nada
hecho por el Padre que sea superfluo ni producto de las
fuerzas ciegas del azar. Hasta la más pequeña flor tiene un
sentido y es producto del amor divino.
Dios puso la
naturaleza a nuestro servicio y puesto que al crearnos nos dotó
de cuerpo y espíritu, es que nuestros sentidos pueden
deleitarse en la contemplación y nuestro cuerpo alimentarse
de los frutos de la naturaleza. "Les doy toda hierba que
produce simiente y que está sobre toda la tierra y todo árbol
que contiene fruto y que produce semilla. Ellos serán
vuestros alimentos" (Gen 1,29). Él, que hace salir el
sol sobre malos y buenos es también quien, por su
misericordia, hace brotar el trigo y el agua para saciar todo
hambre y apagar toda sed.
Dios no cesa de
crear porque no deja nunca de amar. Toda la creación es acto
continuo del amor de Dios, porque si dejara de amarnos nada de
lo que es sería. Así es expresado en las Escrituras: Dios
creó todo para que exista, Él no creó la muerte y no goza
con la ruina de los vivientes (Sap 1,13-14)(Ez 18,32). Él ama
todo lo que existe y no desprecia nada de lo que ha creado,
porque si algo hubiese odiado no lo hubiera creado. Nada puede
subsistir si no lo quiere ni nada conservarse si no lo llama a
la existencia (Sap 11,24ss).
La belleza y la
bondad están en Dios y son reflejadas en la naturaleza, pero
el hecho mismo de poder captarlas es posible porque Dios, al
habernos creado a su imagen y semejanza, nos ha dotado del
alma que es capaz de percibirlas, contemplarlas, maravillarse
y plasmarlas.
"Darle gloria
por los colores en la naturaleza" es alabar la riqueza de
su creación, es darle gracias por el universo colorido que
cada día nos regala, y por los sentidos y dones que nos
permiten percibirlos y gustarlos. Porque Dios nos ama no nos
dio un universo gris sino que la morada del hombre la hizo
bella, más allá de las condiciones que hicieran posible la
vida en la tierra, y la creó exuberante adornándola con toda
clase de especies de seres y de cosas y sopló su Espíritu
sobre el hombre.
La invitación que
la Virgen nos hace es a abrir la inteligencia para descubrir
la belleza del amor de Dios y su misericordia en todo lo
creado. Pero, ante todo, nos exhorta a salir de nosotros
mismos para entonces poder ir hacia la naturaleza y recibir de
ella la evidencia de que aún la flor más pequeña, esa que
hoy está y mañana marchitará y será echada al fuego, ha
sido creada por amor, que su belleza es reflejo de la belleza
del Creador, y que si ella fue creada y por tanto amada, cuánto
más cada uno de nosotros es amado por Dios. Es también
invitación a ver que en nosotros mismos hay una belleza y
bondad que deben emerger o ser restauradas. Decía Lutero:
"Dios no nos ama porque somos buenos y bellos sino que
porque nos ama nos hace buenos y bellos."
La mera observación
racional si no está iluminada por la fe, si no es conducida
por un corazón abierto y sensible a la acción de Dios, no
puede reconocer ni el amor, ni la misericordia, ni la bondad y
belleza del Creador. Por ello, nuevamente la Reina de la Paz
nos pide oración. Un corazón orante disipa las tinieblas de
la inteligencia y se vuelve receptivo hacia las personas y las
cosas, hasta acogerlas en el amor y percibir la elocuencia de
las pequeñas cosas que nos rodean, cual signos que nos hablan
de Dios. Cuando empezamos a reparar en lo que nuestro Creador
hace por nosotros, en cuánto nos ama, en el porqué nos creó,
en todo lo que nos da, la respuesta -que la Santísima Virgen
pide de nosotros- es la que debe surgir espontánea : no dejar
de darle gracias a nuestro Padre que está en el Cielo.
Nuestra acción de gracias será en el diálogo de la oración,
que nos vuelve a la belleza y la bondad original en la que
fuimos creados.
Del
25 de setiembre de 1999
Es conveniente recordar el mensaje anterior en el cual la Santísima
Virgen nos invitaba a observar la naturaleza para descubrir en
ella la bondad y la belleza, y encontrar su causa en el amor
de Dios.
Meditábamos, entonces, en la riqueza e infinita y
colorida variedad de lo creado diciendo que, porque Dios nos
ama, no nos dio un universo gris sino que la morada del hombre
la hizo bella, más allá de las condiciones que hicieran
posible la vida en la tierra, y la creó exuberante adornándola
con toda clase de especies de seres y de cosas y en el culmen
sopló su Espíritu en el hombre.
La recta razón no nos permite dudar que toda la creación es
reflejo y producto de su amor y que ella es bendecida por
Dios. Bendecida por la presencia de su gracia y por la gracia
de su presencia. Bendecida -hasta más allá de lo expresable-
en nosotros, hombres, que por Cristo somos hechos hijos suyos.
Puesto que nos ama infinitamente, más allá de todo
pensamiento y sentimiento humano, es que Dios se conmueve con
la humanidad caída y viene en su rescate. Entonces, Dios no
es sólo Creador sino Padre y Salvador.
En tanto Padre Creador, nos creó a imagen y semejanza suya.
En tanto Salvador, desde la plenitud de los tiempos nos llama
a restaurar esa semejanza en la santidad, mostrándonos en
Cristo la imagen perfecta a la que debemos imitar y dándonos
en Él la justificación, el Nombre y la Persona por la que
somos salvados. Esa es nada menos que la obra del Espíritu
que María viene a completar en nosotros. Y lo hace por medio
de estas invitaciones suyas, de estos llamados del corazón,
de esta presencia y permanencia entre nosotros que ponen de
manifiesto lo que ahora expresa en este nuevo mensaje: que
Dios nunca estuvo más cerca nuestro que ahora.
Se habla que Dios está ausente, y se oye aún decir que es el
gran ausente. Según de donde se mire habría dos modos
posibles de concebir la ausencia de Dios, una es la del mundo
que ignora a Dios, que hace de cuenta que Él no existe y
parecería que dándole las espaldas provocase su alejamiento.
Sin embargo, la ausencia no es tal puesto que la miseria del
corazón del hombre es la que llama a la Misericordia de Dios.
En palabras del Apóstol: "donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia."
La otra forma de ausencia es también aparente: la de quien sólo
mira con los ojos de la carne y no del espíritu y
escandalizado se pregunta: ¿Dónde está Dios? Es de quien no
es capaz de descubrirlo en la cruz, en todo aquel que sufre:
en el desnudo y desamparado, en el hambriento y encadenado, en
el enfermo y abandonado.
Bien
visto, entonces, cualquier lejanía no es atribuible a Dios
sino al hombre. A la falsedad de la presunción y a sus
consecuencias responde la Madre de Dios diciéndonos que el Señor
está junto a nosotros, y ésta es razón de su venida a la
tierra: hacernos evidente esa proximidad y provocar el
encuentro.
Para reconocer y gozar de la cercanía de Dios, para poder
llevar a otros la gracia recibida, para cumplir con la misión
encomendada –ser portadores de paz a un mundo ateo, por
tanto sin paz- sólo la oración resulta medio eficaz. Sólo
por la oración viene la luz que hemos perdido por la falta de
esperanza y de amor, por la falsa fe en nosotros mismos -trágica
autosuficiencia- que vacía al hombre de su propia humanidad y
lo extravía en su camino.
En el anterior mensaje la Reina de la Paz también nos
invitaba a que dejásemos que la oración brotase en nosotros
como agua de manantial, sin obstáculos, espontánea, límpida.
Fresca y renovada, desde un corazón purificado. Hoy, agrega
esta otra invitación: que la oración sea en familia y apoyándonos
en la Sagrada Escritura. Más de una vez la Virgen ha indicado
la familia como primer y mejor cenáculo de oración,
insistiendo en la bondad de la oración en el seno familiar
como fuente de bendición y protección de todos sus
integrantes.
Con respecto a la lectura bíblica, bueno es recordar que de
los innumerables mensajes, que nos ha venido regalando desde
hace más de 18 años, sólo hay dos en que nos pide los
convirtamos en práctica diaria. Ellos son: la oración, sobre
todo del Santo Rosario, y la lectura bíblica. Ella desea que
encontremos al Dios vivo en su Palabra viva que es también
Palabra de vida, y a que a través de la lectura en el Espíritu
aprendamos cómo Dios nos ama y cómo da sus gracias a
aquellos que las buscan.
El pedido de lectura bíblica podemos hacerlo también
extensivo a la magnífica práctica de la liturgia de las
horas, que es la oración de la Iglesia. En ella están
contenidos los salmos con los que se alaba y da gloria a Dios
y con los que también se elevan súplicas al Altísimo, y las
lecturas de la Palabra de Dios para su meditación. Asimismo,
se podría incluir la lectio divina que resulta de
concentrarnos en algunos pasajes del Evangelio para luego
meditar qué dice la Palabra, qué me dice a mí
en particular y luego qué le digo, cuál ha de ser mi
respuesta al particular y personal llamado del Señor.
Renovemos, entonces, la oración para poder ser por ella
transfigurados por medio de la gracia del Señor que nos
vuelve portadores de paz, esos que la Madre del Cielo busca, y
también para experimentar el enorme gozo de la cercanía de
Dios que nos ama de un amor infinito.
Que así sea.
Del
25 de octubre de 1999
Este llamado a la
oración, como respuesta al tiempo de gracia que Dios nos ha
concedido, haría todo comentario innecesario. Sin embargo,
para seguir el camino por el que la Madre de Dios nos viene
guiando y ahondar el sentido de su pedido, resulta conveniente
recordar mensajes anteriores. El mes pasado la Reina de la Paz
nos invitaba a ser portadores de su paz a un mundo que siente
que Dios está lejos. Pero, nos decía la Santísima Virgen,
la lejanía es solo equívoca apariencia, porque Dios nunca
como ahora ha estado tan cerca de nosotros. Su misericordia es
atraída por la miseria de este mundo de pecado. Esa es la razón
de su cercanía, Dios –Redentor eterno- llega hasta cada una
de nuestra vidas para rescatarnos. Jesús es el Pastor que va
en busca de cada oveja perdida. Jesús está a la puerta de
cada corazón y llama para regalarle vida eterna, para
llenarlo de amor y de paz.
Jesús es quien en
este tiempo nos envía a su Madre para que atendamos a su voz
y alcancemos la salvación. Por ello este es tiempo de gracia,
por ello este es tiempo de misericordia.
Nunca estuvo Dios más cerca nuestro, nunca nuestra Madre del
Cielo estuvo por tanto tiempo con nosotros. Ella es la Mujer a
quien el Hijo le ha dado las alas del águila para que vuele
desde la eternidad hasta el tiempo de nuestros días, que eran
aciagos y que por su presencia se han vuelto luminosos. Ella
es quien nos llama al refugio preparado por Dios, el de su
Corazón Inmaculado.
María es la Madre que nos viene guiando –particularmente
desde Medjugorje- y asistiendo en cada paso que damos.
Recordamos, en este sentido, anteriores mensajes suyos:
Del
25 de julio de 1992
Agradezcan
a Dios el don de mi presencia con ustedes, porque les digo
"Esta es una gracia".
Del
25 de octubre de 1992
Queridos
hijos, escuchen y vivan lo que les digo, porque para ustedes
es importante- cuando no esté más con ustedes- recordar mis
palabras y todo lo que les he dicho.
Del
25 de noviembre de 1992
Queridos
hijos, ésto -que Yo pueda estar con ustedes- es una gracia.
Por ello, por el bien de ustedes, acepten y vivan mis
mensajes. Los amo y por eso estoy con ustedes para enseñarles
y guiarlos hacia una vida nueva; la de la renuncia y la
conversión.
Del
25 de junio de 1993
Queridos
hijos, éstos son tiempos especiales, y por ello estoy con
ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus
corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi
Hijo Jesús.
Del
25 de agosto de 1993
Lean
la Sagrada Escritura, vívanla y oren para comprender las señales
de este tiempo. Este es un tiempo particular y por ello estoy
con ustedes para acercarlos a mi Corazón y al Corazón de mi
Hijo Jesús.
Sí, este es tiempo de gracia, tiempo de misericordia. Sabemos
que la misericordia de Dios no tiene límites, que es
infinita, que es eterna. Pero el tiempo sí lo tiene. Todo
tiempo tiene un término y éste –nos lo recuerda la Madre
de Dios- también lo tendrá. No significa que, luego, se nos
han de cerrar las puertas de la misericordia divina, porque
siempre habrá un camino, una brecha abierta. Será
seguramente mucho más difícil, tal vez no haya tiempo y no
estarán las gracias especiales a nuestro alcance como lo están
ahora.
¿Cómo aprovechar entonces este tiempo? Nos responde la
Virgen: orando, orando, orando. Aumentando el tiempo de oración,
perseverando en la oración, afianzándonos en Dios a quien
encontramos o con quien nos mantenemos unidos por la oración,
pero –por sobre todo- aumentando la profundidad de la misma.
Elevando nuestra oración hasta alcanzar la contemplación.
Por eso, la Madre de Dios nos lleva al encuentro eucarístico:
en la celebración de la Santa Misa y en la adoración a Jesús
en su presencia en el Santísimo Sacramento:
Del
25 de enero de 1997
Queridos
hijos, Ustedes están creando un mundo nuevo sin Dios, sólo
con sus propias fuerzas, y es por ésto que no son felices y
no tienen la alegría en el corazón. Este tiempo es mi
tiempo, por ello, hijitos, los invito nuevamente a orar.
Del
25 de agosto de 1997
Queridos
hijos, Dios me concede este tiempo cual don para ustedes, para
que pueda instruirlos y conducirlos en el camino de la salvación.
Ahora , hijos queridos, ustedes no comprenden esta gracia pero
pronto ha de venir el momento en el que añorarán estos
mensajes. Por ello, hijitos, vivan todas las palabras que les
he dado en este período de gracia y hagan revivir la oración
hasta cuando ella se vuelva alegría.
Del
25 de abril de 1997
Queridos
hijos, Dios me envía entre ustedes por amor, para ayudarles a
comprender que sin Él no hay ni futuro ni alegría, y, por
sobre todo, no hay salvación eterna. Dios se da a aquel que
lo busca.
Deseo
guiarlos hacia la oración del corazón. Solamente así
comprenderán que sin la oración la vida de ustedes es vacía.
Descubrirán el sentido de sus vidas cuando hayan descubierto
a Dios en la oración.
Del
25 de abril de 1998
Queridos
hijos, hoy los invito a abrirse a Dios a través de la oración,
acepten el don de la conversión. Hijitos, únicamente así
comprenderán la importancia de la gracia en estos tiempos y
Dios estará más cerca de ustedes.
Del
25 de setiembre de 1992
Por
tanto, hijitos, oren, oren, oren para comprender todo lo que
el Señor les da a través de mis venidas.
Del
25 de noviembre de 1994
La
oración es alegría. La oración es lo que desea el corazón
humano. Por ello, acérquense, hijitos, a mi Corazón
Inmaculado y descubrirán a Dios.
Del
25 de setiembre de 1995
Queridos
hijos, hoy los invito a enamorarse del Santísimo Sacramento
del altar. Hijitos, ¡Adórenlo en sus parroquias! Así, estarán
unidos al mundo entero. Jesús será su Amigo y ustedes no
hablarán de Él como de alguien a quien escasamente conocen.
Oremos: Señor Jesús, amado amigo y Salvador nuestro, te
ofrecemos nuestro corazón y estos deseos profundos de
aprovechar el tiempo de gracia que en tu infinita bondad nos
regalas. Alabamos tu misericordia, la que nos muestras en tu
Corazón traspasado por amor a nosotros. Que todo el mundo
alabe tu eterna misericordia, la que hoy manifiestas rescatándonos
del abismo al enviarnos a tu Madre, a quien desde tu cruz
hiciste también Madre nuestra. Te damos gracias porque no sólo
le permites venir hasta nosotros sino que la envías para enseñarnos
y guiarnos por el camino que habíamos perdido y que nos
conduce hasta ti. En tu Madre, Reina de la Paz, sentimos tu
protección. Ella nos une a tu Corazón haciéndonos uno en el
amor. Tú eres Dios, que vives y reinas junto al Padre en la
unión del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve
a la vida eterna. Amén.
Del
25 de noviembre de 1999
La Santísima Virgen nuevamente nos invita a la oración y
nuevamente, también, nos recuerda que este es tiempo de
gracia. Pero, agrega, debe ser la cruz el signo que indique el
amor y la unidad, ya que es por la cruz que nos llega la paz.
En
esas pocas palabras están encerradas algunas enseñanzas que
merecen ser comentadas.
Ante todo debemos recordar que nuestra Madre nos está
preparando para la Navidad, esto es que este mensaje es de
Adviento, y –habría que agregar- de un Adviento muy
especial, el que ha de desembocar en la Navidad con que inicia
el Gran Jubileo.
Podría, entonces, llamarnos la atención que al prepararnos
para revivir el Nacimiento de Jesús con la Iglesia Universal
nos hable de la cruz. Sin embargo, sabemos que este tiempo litúrgico
de preparación está signado por la penitencia y así quedaría
aclarado el motivo. Pero, si miramos bien, no es el único. En
tal sentido distinguimos al menos tres razones por las que nos
exhorta a reparar en la cruz:
La primera es que en el Nacimiento de Jesús está el
principio de la redención que ha de consumarse en el Gólgota,
por lo que la cruz –por ser signo de salvación- es
inseparable de la misión por la que el Salvador vino al
mundo.
En segundo lugar, porque la cruz de Cristo no es accesoria ni
accidental como pretenden algunos sino central y esencial en
la salvación. Sin la cruz la muerte no habría sido
derrotada, el pecado no habría sido vencido, la deuda
infinita del hombre con Dios no habría sido saldada. Sin la
cruz no habría brotado la fuente de vida del costado de
Cristo, no habríamos sido purificados ni perdonados y el
Cielo continuaría cerrado. Por la cruz de Cristo nos viene la
paz que Él conquistó para nosotros. En ella sufrió la
muerte voluntaria por amor al Padre, para satisfacer la
Justicia que la Misericordia clamaba, y por amor a cada uno de
nosotros. En la cruz fue el maligno vencido y el hombre
liberado. Por ella nos unimos a Dios en el Hijo. De ella nace
la Iglesia, cuando Cristo entra en la Gloria. En la cruz el
Hijo hace de María nuestra Madre, y de ese origen viene ahora
este tiempo en el que Ella misma nos visita para ofrecernos el
camino de salvación.
Podemos entender, entonces, que al querer para nosotros la paz
que provienen del amor y de la unidad nos está, al mismo
tiempo, recordando que la verdadera fuente de todo ello es la
cruz de su Hijo.
Pero, asimismo, cabe una tercera razón y es aquella por la
que también nos indica que nuestra propia cruz, asociada a la
del Redentor, nuestro sufrimiento aceptado y entregado, es
también signo de amor y de unidad por la que nos llega la paz
verdadera.
Ciertamente que al mencionar la cruz nos está significando
todas y cada una de las interpretaciones. Jesús nos dice:
"Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados
que yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan
de mí porque soy manso y humilde de corazón y así encontrarán
alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt
11,28-30). Nuestra Madre, con otras palabras, nos invita a lo
mismo, a aceptar la cruz con amor, en unión con Cristo para
ser sellados con la paz, y volvernos apóstoles de la paz. Ser
apóstoles de la paz significa ser enviados a un mundo que
busca la alegría, la paz, la felicidad por el camino del
placer. A un mundo que rechaza el sacrificio, que repele el
dolor no sólo el propio sino el ajeno, o –más bien- que
hace que todo dolor sea siempre ajeno. Por tanto, a un mundo
sin paz.
La cruz, para ese mundo, sigue siendo motivo de escándalo,
piedra de tropiezo porque supone que todo bien sólo proviene
de la satisfacción de apetitos y de la posesión de cosas y
de condiciones de vida cómoda. Nuestra Madre, Reina de la
Paz, viene a decirnos algo muy diferente: la paz nace donde
nace Jesús, porque Él es la paz. Y Jesús nace donde se lo
llama, donde hay un corazón dispuesto, donde se cultiva la
oración del corazón. Sólo allí. El gozo, la paz son frutos
de la presencia de Cristo.
Del
25 de diciembre de 1999
María Reina de la Paz viene a decirnos que "la paz es
posible". Que en el mundo no hay paz ya lo sabemos. No es
necesario recurrir a los medios de información para saber que
el mundo no conoce la paz. Familias quebradas, vidas a la
deriva, ancianos y niños abandonados, criaturas asesinadas en
el seno de sus madres, violencias, destrucciones, todo eso y más
lo conocemos por experiencias cercanas.
No hay paz porque no hay amor, porque Dios está ausente en la
vida de la mayoría de las personas. La paz es el fruto que
resume otros bienes, es consecuencia de la vida en Dios. Donde
hay amor allí está Dios, allí hay bondad, hay salvación y,
por lo tanto, hay paz.
Ninguno de esos bienes es producto de una aventura
individual. El hombre solo es aquel que se cierra en su
egoismo, es quien no se decide a salir del encierro que el
mismo ha creado en el pecado porque no busca al Salvador.
La salvación sólo viene de Dios y con ella la paz.
María Madre de Jesús y Madre nuestra nos ofrece a
Jesús y a Jesús Niño. Nos ofrece toda la ternura y la
inocencia de Dios porque El no conoce el mal, y al dárnoslo
nos dice: "les doy la posibilidad de decidirse por la
paz". Es decir, "acepten a Jesús porque El es la
paz verdadera. Si desean la paz acepten al Salvador".
La paz se vuelve real, es posible cuando la persona
consiente en encontrarse con Jesús. Aceptar a Dios significa
decidirse a vivir como hijo de Dios por el Hijo, en el amor y
la obediencia. También quiere decir que si quiero la paz para
mí debo hacer todo lo que esté a mi alcance para que el
otro, aquel a quien encuentro en mi diario caminar, tenga paz.
Para recibir la paz hay que estar dispuesto a darla y a
llevarla al mundo. Debemos, entonces, convertirnos en
instrumentos de paz renunciando al odio, a la venganza, al
rencor y aún a la justicia, como es entendida por nosotros
los hombres.
Dios debe estar siempre presente en nuestras vidas y
nosotros en su corazón. Para ello debemos escucharlo en
Cristo que es la Palabra. Escuchar no es acto pasivo sino
comprometido. Porque escuchar a Dios implica obedecerlo
obrando en consecuencia. Debemos hacerlo como lo hacía María,
meditando y atesorando la Palabra en el corazón para que
crezca y dé sus frutos.
Toda decisión por la paz debe convertirse en camino
hacia la fuente que se recorre en el amor. Dios es la meta y
el compañero del camino. No es suficiente odiar el mal sino
que es necesario amar el bien y sólo se ama el bien si se ama
a Dios, con todas las fuerzas y con todo el corazón. Así, sólo
así llegará la paz al interior del corazón. Y desde allí sí
surgirán palabras de amistad, de comprensión y paciencia, de
consuelo, de amor, de comunicación de la Buena Nueva. La
Buena Nueva que es la bellísima noticia que Dios nos ama
profundamente. Que en su amor está la razón por la que nos
creó y por la que nos engendra día a día y nos salva de la
muerte regalándonos la vida eterna.
El mundo que no conoce a Dios intercambia
declamaciones, que son efímeras palabras, sin obras
arraigadas en el verdadero amor. Las falsas obras y buenos
deseos de este mundo son apariencias, egoismos disfrazados de
virtudes y de bienes deleitables. Hay, entonces, una decisión,
una elección que aún es posible realizar
porque han de ser tomadas en cuenta y la gracia las hará
realidad.
Este es el tiempo que Dios nos concede para darnos
aquello que El mismo nos invita a pedir. Este tiempo es el de
la Iglesia guiada por el Espíritu. Tiempo que abre a la
esperanza del Año Jubilar: año de gracia del Señor.
Retengamos las palabras que el Santo Padre pronunció al abrir
la Puerta Santa y con ella el año jubilar: "Tú, Cristo,
hijo del Dios viviente, sé para nosotros la Puerta. Sé la
Puerta que nos introduce en el misterio del Padre. Haz que
ninguno sea excluido de su abrazo de misericordia y de
paz!".
Jesús, quién vendrá como Juez, ahora se ofrece Niño de los
brazos de su Madre. Es Dios que se ha hecho Niño y con sus lágrimas
ha venido a lavar el pecado de los hombres, que con su sangre
ha cancelado la deuda que pagaríamos con la muerte. Este es
el misterio de amor que debemos contemplar. Aceptemos
abrazarlo, abrazar a este niño que nos ha sido dado y que es
el Cristo, el Señor. No temamos acercarnos y abrirle nuestro
corazón. El desea mostrarnos cuánto nos ama el Padre y que
regalos tiene preparado para nosotros. Digamosle sí, decidámonos
por la paz y abracemos la salvación. Sepamos que María,
aurora de tiempos nuevos, está con nosotros para ayudarnos a
dar nuestros pasos y acompañarnos en nuestra decisión. Dios
pone a nuestro alcance la gracia de este hoy que abre el
tiempo del júbilo y de la esperanza.
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