| Año 1999 / Año 2000 / Año 2001 / Año 2002 / Año 2003 / Año 2004 / Año 2005 / Año 2006 / Año 2007 / Año 2008 /Año 2009 / |
| Año 2006 |
|
25
de enero de 2006
Comentario
Si por una parte, debemos recordar que
Ante esta
situación tan generalizada,
Para
lograrlo,
El
Magisterio de
Cuando,
entonces, creemos en lo que leemos y vivimos lo que creemos
seremos coherentes y creíbles, y aún sin palabras seremos
capaces de invitar a quienes estén alejados de Dios al encuentro
con Quién transforma e ilumina toda vida.
Ante las dificultades y los peligros por los que debemos atravesar,
|
|
25
de febrero de 2006 Lo
primero que la Santa Madre de Dios nos recuerda en este mensaje es que
la Cuaresma es tiempo de gracia. La gracia es don gratuito de Dios, es
decir, don que Él nos hace no por mérito nuestro alguno sino por su
misericordioso amor. La primer gracia de conversión nos permite
responder a su llamado, responder a su amor y caminar por caminos de
santidad, es decir, de unión a Dios Trino y Uno. Dios
llama siempre -y particularmente en este tiempo- a la conversión del
corazón y, puesto que llama, la primera gracia es la del llamado para
dar luego, de acuerdo a nuestra disposición, abundancia de otras
gracias actuales las que a su vez deberían manifestarse en frutos.
Por ello, la gracia para que obre debe ser acogida. La gracia requiere
de nuestro concurso, de nuestra positiva disposición, de nuestra
apertura de corazón a recibirla. Así, por ejemplo, ocurre con los
sacramentos que de por sí son eficaces porque a través de estos
signos sensibles Cristo mismo actúa en ellos comunicando la gracia
que cada sacramento significa (perdón de los pecados, comunión con
Dios y del pueblo de Dios, santificación,...). Sin embargo, no todas
las personas que reciben los sacramentos dan frutos porque los frutos
dependen de la disposición, de la aceptación y acción consecuente
de tales personas. Para
entender mejor cómo obra la gracia podemos recurrir a la historia de
las apariciones en Medjugorje. El 24 de junio de 1981 la Santísima
Virgen se aparece por vez primera a seis jóvenes adolescentes. Ella
que ha realizado, por así decirlo, un viaje infinito -desde la
realidad celestial hasta ésta de la tierra- no se puso justo delante
de los jóvenes sino que los invitó a acercarse desde una cierta
distancia. Sin embargo, el encuentro no se produjo. ¿Por qué? Porque
ellos no dieron los pocos pasos que debían haber dado para estar
frente a frente y comenzar un diálogo o simplemente contemplar la
belleza de María. Sin embargo, sabemos qué ocurrió el segundo día:
esta vez los chicos corrieron hacia el lugar donde se encontraba la
Santísima Virgen produciéndose el primer encuentro, al que le
sucedieron otros hasta el día de hoy. En esta pedagogía divina se
nos presenta la gracia en la presencia extraordinaria de la Virgen,
gracia que se hace efectiva cuando los jóvenes abriendo su corazón,
superan anteriores miedos, se hacen disponibles y aceptan encontrarse
con la Madre de Dios. De aquella primera aceptación y apertura de
corazón vienen estos mensajes y esa presencia extraordinaria de la
Reina de la Paz que tantas conversiones ha generado en estos 25 años. Otro
hecho ilustrativo es que aunque son seis los chicos, tanto el
primero como el segundo día, no son todos los mismos. En
efecto, dos de ellos que estaban presentes el día 24 no fueron al día
siguiente siendo reemplazados por otros dos. Aquellos dos del primer día
no la vieron nunca más. Dios da la gracia, en este caso la aparición
de María, y tan sólo requiere de nosotros que demos esos pocos pasos
de aceptación para que el don no se pierda. En
el Capítulo 15 del evangelio de san Juan, Jesucristo dice a sus discípulos:
“El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto... La
gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto... Permaneced en mi
amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor... Éste
es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os
he amado” (Cf Jn 15:5ss). Para dar muchos frutos es necesario permanecer en
Cristo, en su amor. Permanecer en su amor, nos dice, significa amar a
los demás y, desde luego, amar a Dios fuente de todo amor, manifestándolo
en lo concreto. Permanecer en Cristo es vivir como vivió Cristo (Cf 1
Jn 2:6): “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano
que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede
permanecer en él el amor de Dios?... No amemos de palabra ni con la
boca, sino con obras y con la verdad” (1 Jn 3:17-18). ¿Cómo
abrimos nuestro corazón a la gracia para recibirla y para que dé
mucho fruto? ¿Por dónde empezar? La Reina de la Paz nos da la
respuesta diciéndonos en qué sentido debe obrar la voluntad: el de
la oración y la renuncia. Con la oración y con la renuncia, movidas
ambas por la voluntad, recibiremos el don que Dios quiere hacernos y
estaremos preparando nuestro corazón -como la tierra abierta en
surcos cuando es arada- para recibir la semilla de la gracia que ha de
germinar y fructificar. Hace
muy pocos días, el Santo Padre Benedicto XVI dijo que es preciso
cultivar la unión con Cristo (que es la que permite que demos frutos)
a través de la oración, de la vida sacramental y, en particular, de
la adoración eucarística, de ese modo –agregaba- se puede
realmente testimoniar el amor de Dios (encuentro del Papa con los
diáconos de Roma, del 18 de febrero). Es
interesante observar que esta vez la Santísima Virgen no habla de
ayuno sino de renuncia. Desde luego, la renuncia incluye al ayuno pero
va aún más allá del ayuno. El
ayuno cuaresmal tiene una dimensión física: la abstinencia de
alimento. La renuncia, en cambio, implica además de la privación,
por ejemplo, del tabaco, del alcohol, de ver televisión, la renuncia
al pecado y a todo aquello que es nocivo para nuestro espíritu. La
mortificación de los sentidos, del cuerpo, es signo de la conversión
del corazón, cuando al cuerpo le ponemos límites y no le damos todo
lo que él quiere sino todo lo que contribuye al bien espiritual. Cuando
la Santísima Virgen pide el ayuno siempre debe entenderse que el
ayuno es el del corazón. No se trata de una mera abstinencia sino que
lo que pide es el sacrificio del corazón que ofrece su privación a
Dios. Sabemos muy bien que las personas son capaces de dietas por
motivos médicos o estéticos y hasta de huelgas de hambre por
motivos políticos. Hasta puede darse que por motivos religiosos,
meramente “rituales”, se ayune, pero esto, como toda práctica
religiosa, si no implica el corazón, es decir todo el ser, resulta
hueco. El ayuno, la renuncia, debe reflejar una realidad interior. La
renuncia cuaresmal debe ser signo de que vivimos la Palabra de Dios y
que vivimos la Eucaristía. Si no me nutro de la Eucaristía y de la
Palabra y la practico, entonces mi renuncia es de escaso valor. También
la renuncia tiene una dimensión de expiación y de reparación. San
Juan Crisóstomo decía que “no ayunamos por la Pascua, ni por la
cruz, sino por nuestros pecados...”. Por eso, por sobre todo, la
renuncia debe ser signo de nuestra abstinencia de pecado. Decía San
Agustín: “el ayuno verdaderamente grande, el que empeña a todos
los hombres, es la abstinencia de las iniquidades, de los pecados y de
los placeres ilícitos del mundo...”. Renunciemos
al pecado en todas sus formas. Renunciemos al odio, al rencor, a la
envidia, a los celos, a todo sentimiento negativo, a los pensamientos
frívolos y malévolos hacia los hermanos, renunciemos a las miradas
poco caritativas y a los espectáculos no edificantes. No escuchemos
discursos vanos, obscenos, groseros o insinuaciones malévolas.
Evitemos hablar mal de quien nos hace sufrir o nos humilla o provoca.
Evitemos la pérdida ociosa del tiempo y las charlas inútiles.
Demostremos afecto a quien nos está cerca, sonriamos, consolemos.
Respondamos como María: “Heme aquí”, haciéndonos
disponible a quien tiene alguna necesidad. “Entonces brotará tu
luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente” (Is
58:8). Una
vez más, como lo viene haciendo en este último tiempo,
para darnos un nuevo aliciente y motivarnos a vivir sus
mensajes, la Madre de Dios nos asegura su cercanía y su tierno amor
maternal. Como para decirnos que Ella es nuestra Madre, que va
siguiendo el camino que vamos haciendo y acompañándonos con su amor
que se manifiesta en especial protección e intercesión constante
ante Dios. Tú
sabes, amadísima Madre de Dios y Madre nuestra, que te necesitamos y
que eres nuestro refugio en momentos de necesidad. Que sentimos el
amor de tu presencia y deseamos responder a tu llamado. Ayúdanos a
abrirnos a la gracia sobreabundante de Dios, ayúdanos a que la
palabra de Dios, en tu mensaje, caiga en terreno fértil para que
demos el ciento por uno. Tú tienes la llave de nuestro corazón: ábrelo
e intercede ante nuestro Señor para que podamos dar muchos frutos
para gloria suya. P.
Justo Antonio Lofeudo mslbs |
|
18
de marzo de 2006
Hace
mucho tiempo, hacia el comienzo de las apariciones, la Santísima Virgen
había advertido que aquellos que dan fechas son falsos profetas.
Ahora,
nos muestra no cómo desentrañar el futuro, que está sellado a nuestro
conocimiento, sino cómo reconocer los signos de los tiempos y
conjuntamente el amor de Dios. Sólo con la renuncia interior, nos dice,
esto será posible. Y nos señala el camino: amor, ayuno, oración y
buenas obras. Lo podríamos resumir como el camino del despojo interior
y de la oblación, del ofrecimiento de sí mismo a los demás y a Dios,
al mismo tiempo que de abandono en Él, en su Providencia y en su
Misericordia en constante unión orante.
Desde
luego, nos preguntamos: ¿Por qué nos dice que podremos reconocer los
signos del tiempo en que vivimos? Porque estamos viviendo en un tiempo
de aturdimiento y confusión tales que sólo a pocos, a los que siguen
un verdadero camino de fe y de abandono, les es dado reconocerlos.
Signo
de los tiempos es el diluvio de apostasía que cubre el mundo occidental
manifestado en los gobiernos de las naciones que legislan en total
rebelión a la ley de Dios, y no sólo a la Ley expresada en los
Mandamientos sino aún en la ley que puso en la misma naturaleza. Signo
de los tiempos es el total rechazo a Cristo -en algunos casos ya guerra
declarada- de parte de instituciones mundiales y de personas que eligen
hacerse una religión a su comodidad y relegar la verdadera religión al
ámbito privado. Signo de los tiempos es la persecución que sufren los
cristianos en países de África y de Asia y también la persecución
solapada que están soportando en países occidentales y que amenaza
aumentar. Signo de los tiempos es el avance e intolerancia del Islam
sobre Occidente y que sugestivamente termina en persecución a los
cristianos. Signo de los tiempos son la gravedad de los conflictos que
luego de la caída del comunismo han recrudecido con el peligro de
guerras nucleares. Signo de los tiempos es el reaparecer de
totalitarismos. Signo de los tiempos son las drásticas mutaciones del
clima planetario y la mayor frecuencia e impacto de las calamidades y
catástrofes naturales que asolan la tierra. Signo de los tiempos es la
concentración de poder mundial y el manipuleo de los medios de
comunicación que en la mentira generan una opinión pública uniforme.
Todos signos éstos de la presencia del mal, de la acción de Satanás
sobre los hombres, del misterio de la iniquidad.
Si
por un lado vivimos en estos tiempos profetizados desde antiguo, por el
otro aún nos falta ser testigos de los signos del amor de Dios.
Conocemos el camino, ahora nos toca andar. |
|
25
de marzo de 2006
¡Ánimo
hijitos! He decidido conducirlos por el camino de la santidad. Renuncien
al pecado y emprendan el camino de la salvación, camino que mi Hijo ha
elegido. A través de cada una de vuestras tribulaciones y
padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría. Por eso,
hijitos, oren. Estamos cerca de ustedes con nuestro amor. ¡Gracias por
haber respondido a mi llamado! “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”, dice el Señor (Mt 11:29-30). El término “yugo” tiene el sentido bíblico de la imposición de la Ley. El yugo de Jesucristo es la Ley del amor, es el soportar –como hizo él- el mal por amor y amando, respondiendo al mal con el bien. Jesucristo cargó sobre sí todo el pecado del mundo y todos los padecimientos que vienen del mal en la total mansedumbre y humildad de corazón. Es el Siervo doliente de Yahvé, que asume nuestros pecados para redimirnos (Cf Is 42;53) y que pide lo sigamos en el camino de la cruz, es decir, en el de soportar sufrimientos causados por el mal ajeno y también por el propio porque el peso terrible y aplastante ya ha sido soportado por el Señor en el Gólgota. Es Jesucristo quien, Víctima inocente por su sacrificio voluntario en la cruz, alivia nuestros sufrimientos, restaura nuestras heridas, vuelve soportable la tribulación. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos que yo os daré descanso” (Mt 11:28), no deja de repetirnos. Y esto es lo que el mensaje nos dice a continuación: “A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios les mostrará el camino de la alegría”, admitiendo que hay y habrán tribulaciones y padecimientos, pero también alegría íntima en el alma, ese gozo interior que vuelve dulce el sufrimiento. La Virgen no es alarmista pero tampoco esconde la realidad. Hay y habrá mayores tribulaciones y sufrimientos en el mundo en que vivimos. (*) Pero, este camino se hace orando. Orando y despojándose en confiado abandono a Dios para ver muy bien por dónde va el camino y para dejarse conducir por María. Orando para que el Espíritu Santo nos dé la fortaleza necesaria para continuar caminando. Orando para que el Señor vaya desbrozando el sendero, aplanándolo y volviéndolo soportable. Orando para poder entregar cada dificultad, cada problema, cada padecimiento y así quitarle toda amargura y por gracia de Dios convertir el dolor en motivo de inefable gozo. Orando para poder despojarnos de nosotros mismos, de nuestras seguridades, de nuestro egoísmo, de nuestros miedos y así lograr abandonarnos confiadamente a Dios de las manos de María. Orando para abrir nuestra inteligencia, nuestro corazón y así reconocer los signos de los tiempos (*) y –a través de ellos- reconocer quién nos viene a visitar. Orando para recibir del Espíritu Santo la fortaleza y la moción de hacer lo que se deba hacer. Y cuando nos sintamos desfallecer pensemos que el Señor Jesús y su Madre nos aman, que nos envuelven con su amor y que sus ojos están puestos sobre nosotros para que nada verdaderamente malo nos ocurra. Pero, claro está, esa cercanía sólo será posible experimentarla por medio de la oración y en ese silencio contemplativo y adorante que se vuelve Palabra y que nos vuelve a invitar: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos que yo os daré descanso”. (*)
Ver mensaje a Mirjana del 18 de
marzo 2006 y comentario. |
|
2
de abril de 2006
Lo
primero que a muchos ha de impactar en este mensaje será seguramente la
alusión que vuelve a hacer de los signos de los tiempos. Es cierto que
ya hubo una referencia a los signos del tiempo en el dado a la misma
Mirjana el 18 de marzo pasado y ahora vuelve a reiterarlo. Sin embargo,
si lo único que hacemos es detenernos en esa parte corremos el riesgo
de que el resto del mensaje quede oculto. Por
ello, es necesario ir primero al corazón del mensaje y es éste: a
nuestra Madre le urge que reaccionemos para volvernos no meros
espectadores curiosos sino actores en el amor que salva. La Reina de la
Paz viene todos los días 2 de cada mes para orar y darnos el ejemplo de
que también nosotros debemos interceder suplicando por quienes son
indiferentes al Dios que los ama y viven una vida alejada y a espaldas
de su Creador y Salvador. Debemos
responder honestamente si estamos siguiendo su ejemplo, si seguimos el
camino que va trazando, al orar por los que no han llegado a conocer el
amor de Dios, no porque Dios no se los muestre o no les ofrezca las
gracias sino porque están, en el mejor de los casos, distraídos con
las cosas del mundo, afanados por sus problemas, cerrados en sí mismos,
ensoberbecidos o indiferentes al llamado divino. Y también por todos
aquellos que han caído en un abismo de pecado y han perdido toda
conciencia del mal. A todos ellos, la gracia extraordinaria que les
pueda abrir el corazón vendrá por nuestra intercesión unida a la de
la Madre de Dios. Urge
que “los pobres pecadores”, como los llamaban los pastorcitos de Fátima,
se conviertan porque no saben qué les espera. Hay una urgencia en el
tiempo de la vida sobre la tierra que Dios le dio a cada uno, pero también
hay una urgencia en estos tiempos preñados de signos, acontecimientos
ya graves que presagian otros inminentes aún peores. Por eso nos
pregunta: “No reconocen los signos de los tiempos?”. ¿Cuáles
son los signos de este tiempo? No hay duda alguna que estamos ante
grandes acontecimientos y que señales no faltan. Como señales no
faltaron en otras épocas de grandes cambios para la humanidad. Así
como en la plenitud de los tiempos, el Hijo eterno de Dios se encarnó
en María para asumir nuestra humanidad y hubo signos de su aparición
sobre la tierra, en profecías que desde más de un siglo antes hacían
inminente su venida, así también nos dice la Sagrada Escritura, habrán
señales que anticipen su venida o Parusía. Ahora
bien, las señales de la primera venida no estuvieron solamente
circunscriptas al pueblo elegido sino que también en el mundo pagano
fue dado a conocer que un niño Dios nacería y que sería el Salvador.
Baste recordar en tiempos de Augusto o anteriores a las sibilas, la de
Cumas o la tiburtina o la délfica u otras más de las que hablaban los
Padres de la Iglesia y aparecían en la liturgia medieval -como semillas
del Verbo entre los paganos- en la predicción de la venida de Dios en
la carne y hasta el Juicio Final por él conducido. En ese mismo orden
de cosas se ubica la señal de la estrella que apareció a los Magos
venidos de Oriente, posiblemente de la Mesopotamia y seguidores de
Zoroastro, para indicarles el evento único del nacimiento de aquel Niño
al que venían a adorar. Como
hay quienes hablan del final de los tiempos, es importante recordar qué
nos dice la Escritura y el Magisterio de la Iglesia sobre ese tema. Cuando
se habla del final de los tiempos, en la escatología cristiana, se
refiere a la venida de Cristo en gloria para restaurar toda la creación
recapitulando en sí todas las cosas, las de cielo y las de la tierra.
Quiere esto decir que toda la creación tendrá a Cristo como cabeza, le
estará sometida. Y entonces será un nuevo cielo y una nueva tierra,
una nueva realidad de armonía y vida en Dios. El
Reino de Dios ya está aquí desde que Dios se encarnó y reveló su
rostro en Cristo Jesús, en la plenitud de los tiempos. Pero este
Reino no ha llegado a su total cumplimiento sino que debe manifestarse
en pleno al final de los tiempos. Entre
aquella plenitud de los tiempos que se inició con el nacimiento
de Jesús hasta el final de los tiempos, nos ubicamos nosotros en
este tiempo que nos toca vivir. Para
quien no cierre los ojos resulta evidente que el tiempo en el que
vivimos se caracteriza por grandes y graves acontecimientos actuales e
inminentes, algunos de los cuales hacen presagiar momentos que pueden
ser terribles para la humanidad o para la mayor parte de ella.
Pero,
antes de tocar el tema cabe advertir que muchos hablan de inminencia del
final de los tiempos y otros hasta del fin del mundo y que este tema
debe manejarse con suma prudencia para evitar exaltaciones y caer en las
redes de falsos profetas. Cuando
se habla del presente que tiene proyecciones hacia un futuro inmediato
existe el peligro de querer desentrañar sucesos que sólo Dios conoce.
Esta advertencia de ser prudentes es muy necesaria en épocas revueltas
como la nuestra en la que aparecen muchos que se autoproclaman
iluminados profetas y en la que pululan falsas apariciones,
especialmente cuando se habla de urgencias, de grandes acontecimientos y
más aún cuando están en juego, como en Medjugorje, secretos que aún
deben realizarse. En
el mensaje se nos dice “si no hablamos acaso nosotros de los signos de
los tiempos?”. Ciertamente,
hablamos de los signos de estos tiempos cada vez que decimos “¡Esto
nunca se ha visto antes!” refiriéndonos a calamidades de verdad nunca
antes vistas. Calamidades de índole moral, espiritual, físico,
natural. De todo eso se habla pero no se reconocen tal vez como señales
de que debemos cambiar de vida porque vamos al encuentro de la destrucción
total. A través de estos mensajes, de esta presencia de la Virgen, Dios
nos advierte que el pecado es el causante de todo lo malo que nos
pasa y que el remedio a todo esto es la oración de un corazón que se
vuelve a Él. Los
signos de los tiempos son también signos en sí mismos de que ya no
queda tiempo, que estamos al final de una época que no da más, que
debe terminar porque sino todos moriremos. A esto podríamos llamarlo
sino final de los tiempos ciertamente final de una era. El
Señor le decía a la gente: “Cuando ven que una nube se levanta
por occidente, al momento dicen: ‘Va a llover’ y así sucede. Y
cuando sopla el sur, dicen: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas!
Saben explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no explorar
pues, este tiempo?” (Lc 12,54-56). Jesús se refería al tiempo de
su venida, a su tiempo como el del Mesías. Cada prodigio, cada milagro
era un signo que hacía para que ellos descubriesen –según las
Escrituras- que él era el Mesías y que el tiempo mesiánico, del Reino
de Dios, de la salvación de los hombres, había llegado. ¿Qué
vemos nosotros en el horizonte de nuestra época? Tremendos cambios climáticos
y desastres por éstos provocados. Enfermedades desconocidas. Armamento
nuclear devastador al que ahora tienen acceso países que amenazan con
la guerra y que escapa a todo posible control. Terrorismo que aumenta su
capacidad de destrucción y de muerte y que puede disponer, si no lo
dispone ya, de artefactos nucleares. Una situación mundial de guerras
en cercano y medio Oriente que se revierten sobre Occidente. Persecución
a cristianos por doquier. Poderosos medios masivos de difusión que
manipulan la información y con ella a la llamada opinión pública, que
son notoriamente contestes en posiciones contrarias a Cristo y que
muchas veces promueven la blasfemia presentada como obra de arte o como
verdad o hallazgo histórico. Centros de poder políticos y económicos
que se disputan la hegemonía y una marcha hacia la concentración y
unificación de poder global. Poder que rechaza declaradamente a Cristo
y lo expulsa de la sociedad, de aquellas sociedades que se han llamado
cristianas, y que en las otras persigue y asfixia a los cristianos que
emigran, en el mejor de los casos, o que son violentamente acallados,
encarcelados y aniquilados. Publicidad y música al servicio de la
seducción al pecado y la inmoralidad. Destrucción de la familia y por
consiguiente de la sociedad, mediante leyes que equiparan la unión
homosexual al matrimonio y que promueven la cultura de la muerte a través
de la eugenesia, los abortos, la eutanasia. Experimentación con
embriones humanos. Y esta lista se puede aún alargar... En
definitiva, este es el tiempo de la apostasía general, nunca
antes vista, que templa los tiempos del Anticristo. Vale
la pena repetirlo, todos son hechos observables y evidentes para quienes
aún no han perdido la conciencia de pecado y son capaces de rezar, de
adorar, de ser Iglesia. Son
señales de los tiempos esta subversión de los principios fundamentales
de la naturaleza, este pisotear la ley no escrita que Dios puso en el
corazón de cada hombre y, por supuesto, la Ley de Dios, la Ley del Amor
que Cristo vino a enseñarnos. Cuando esto ocurre, lo vemos, la tierra
se vuelve un infierno y sólo una intervención divina puede cambiar las
cosas. María viene a evitar el castigo que merecemos para persuadirnos
a cambiar de vida, llamándonos a la conversión y luego a unirnos a su
intercesión por aquellos que corren peligro de muerte eterna, de ir al
infierno por toda la eternidad. Porque, no lo dudemos, habrá un juicio
de Dios inapelable. El
Señor también nos advierte que las calamidades no le ocurren sólo a
algunos que son más pecadores que otros. “En aquel mismo momento
llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había
mezclado Pilato con la de sus sacrificios.
Les respondió Jesús: “Piensan que esos galileos eran más
pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas
cosas? No, se los aseguro; y si no se convierten, todos perecerán del
mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de
Siloé y los mató, ¿piensan que eran más culpables que los demás
hombres que habitaban en Jerusalén? No, se los aseguro; y si no se
convierten, todos perecerán del mismo modo”. Si no se convierten
todos morirán del mismo modo. La tragedia, la calamidad, tienen como
origen el pecado aunque no por eso los que mueran sean todos grandes
pecadores o lo sean más que los que no la sufren. Dios castiga en el
tiempo para salvar en la eternidad. A muchos hombres de Iglesia les
resulta irritante que se hable de castigos de Dios. Sin embargo, la
Biblia sí habla de castigos y hasta habla del Día de Dios o de la ira
de Dios. Dios es Padre que corrige y que corrige porque ama y no quiere
que ninguno de sus hijos se pierda. Dios es Justo y Misericordioso pero
quien no se acoge a su Misericordia debe sufrir todo el peso de su
Justicia. Dios nos advierte, una y otra vez, en el tiempo pero el tiempo
tiene su límite. Este límite puede ser el de la duración de nuestra
vida aquí en la tierra o el de la historia. Mientras
tanto, toda la Iglesia clama, en la alegre esperanza que venga nuestro
Salvador Jesucristo: Marana-thá. ¡Ven Señor Jesús! Es la
tensión escatológica de la expectativa que venga el Hijo de Dios
nuevamente, su Parusía puesta al fin de los tiempos. Cómo será
exactamente y cuándo será no lo sabemos. Vendrá, dice la Escritura,
sobre las nubes, quiere decir en la gloria. Las nubes representan la
presencia de la gloria de Dios. San
Ireneo de Lión, y no sólo él, habla de una segunda venida pero no
para el fin del mundo. Quizás se trate de una presencia, que esto
significa “parusía”, evidente para nuestros sentidos como no lo es
la Eucaristía, en la que –según palabras de Pablo VI- honramos y
adoramos en la Hostia consagrada que nuestros ojos ven a la Palabra
Encarnada, el Hijo de Dios hecho hombre, que nuestros ojos no ven. ¿Cuáles
son los acontecimientos o signos precursores de la segunda venida de
Cristo, cuando venga a restaurar todas las cosas? De la Sagrada
Escritura surge que serán: -
la apostasía general, -
la proclamación del Evangelio al mundo entero, -
la persecución de los cristianos, ya que la Iglesia, que representa el
Reino de Dios en la tierra, sufrirá un último asalto por las fuerzas
del mal revelándose así el misterio de la iniquidad, la
impostura religiosa que culminará con la aparición del Anticristo
y el abominio de la desolación, -
el reconocimiento e iluminación de todo Israel que Jesús de Nazaret es
el Mesías, -
la
conmoción cósmica. En
Lucas 21:10 ss leemos: “Se levantará nación contra nación y
reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en
diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo. Pero,
antes de todo esto, les echarán mano y los perseguirán, los entregarán
a las sinagogas y cárceles y los llevarán ante reyes y gobernadores
por mi nombre; esto les sucederá para que den testimonio. Propongan,
pues, en sus corazones no preparar la defensa, porque les daré una
elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir
todos sus adversarios. Serán entregados por padres, hermanos,
parientes y amigos, y matarán a algunos de ustedes. Todos los odiarán
por causa de mi nombre. Pero, no perecerá ni un cabello de sus cabezas.
Con su perseverancia salvarán sus almas.”
En
cuanto a las señales, cierto es que algunas ya se vienen dando desde el
tiempo de los primeros cristianos. Han sido prefiguraciones hasta que
llegue la figura final. Por ejemplo, ha habido persecuciones y
Anticristos hasta que venga el Anticristo por antonomasia y una última
persecución. Así,
en el pasaje antes citado, está el Señor también anunciando la
persecución terrible que hubo contra los cristianos, es decir, aquellos
judíos que habían creído que él era el Mesías de Israel así como
los paganos convertidos a Cristo. De las sinagogas los judíos que seguían
a Jesús y lo reconocían como el Mesías de Israel, fueron expulsados
por el Concilio de Iamnia del año 90 y muchos murieron mártires bajo
distintos emperadores: Nerón, Marco Aurelio, Diocleciano, Valeriano...
También anuncia el asedio y destrucción de Jerusalén que tuvo lugar
hacia el año 70. Luego,
predice el Señor señales de conmoción cósmica: “Habrá
señales en el sol, en la luna y las estrellas; y en la tierra, angustia
de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los
hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las
cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos
se tambalearán. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube
con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren
ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lc 21,
10 ss). Y advierte: “Cuiden
que no se emboten sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y
por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre
ustedes, como un lazo, porque vendrá sobre todos los que habitan t oda
la faz de la tierra. Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para
que tengan fuerza, logren escapar y puedan mantenerse en pie delante del
Hijo del hombre” (Lc 21,34-36). Por
su parte, tratando de la venida de Cristo y antes del Anticristo, aunque
no lo mencione con ese nombre, escribe san Pablo en su Segunda Carta a
los Tesalonicenses: La
venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda
clase de milagros, signos, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades
que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el
amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía
un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean
condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la
iniquidad”. Antes
de que regrese el Señor, dice san Pablo, vendrá el Anticristo a quien
él llama el Hombre impío, el Hijo de la perdición, el Adversario. Y,
advierte el apóstol, creerán en la mentira aquellos que no han querido
creer en la verdad. ¡Cuántos creen las patrañas que se escriben, como
en “Código da Vinci” o en el que vuelve a reaparecer, el llamado
“Evangelio de Judás” que ni es evangelio ni es de Judás, en los apócrifos
y en esoterismos o en el gnosticismo, todos estos antiquísimos y
vueltos a reciclar, y no creen en el Evangelio, que es Palabra de Dios! En
la Carta a los Romanos, san Pablo habla de los judíos en el capítulo
9. Expresa su profundo dolor porque no han reconocido al Mesías en Jesús:
“(mis hermanos, los de mi raza según la carne) son
israelitas, de ellos es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la
legislación, el culto, las promesas y los patriarcas, de ellos también
procede Cristo según la carne, el cuál está por encima de todas las
cosas, Dios bendito por los siglos. Amén (Rom 9:4-5). Dice también
Pablo que Dios no ha rechazado a su pueblo (11:1) profetizando que el “endurecimiento
parcial (porque un resto sí creyó en Jesús) que sobrevino a Israel
durará hasta que entre la totalidad de los gentiles” (11:25). Reconocer
las señales de los tiempos en que vivimos no nos debe llevar al
inmovilismo, ni a la desesperación, ni a la malsana curiosidad. Debemos
responder con la propia conversión que nos abre a ocuparnos de los demás,
a orar y a ofrecer para que otros se salven. La salvación no es
aventura personal porque el camino de santidad implica a muchos. En la
medida en que me voy convirtiendo a Dios voy haciendo, por acción, por
presencia testimonial e intercesión, que otros también encuentren el
camino que lleva a Jesús Salvador. Qué
estos signos nos abran a escuchar lo que Dios nos quiere decir y desea
que hagamos, a través de su enviada para estos tiempos. Qué estos
signos nos adviertan de la urgencia de conversión porque el tiempo se
va agotando y las advertencias han sido muchas. Que
no nos pase como a Jerusalén sobre la que Jesús se lamentó y lloró.
Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: “¡Si
también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha
quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus
enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por
todas pares, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén
dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has
conocido el tiempo de tu visita” (Lc 19,41ss). Quiera
el Señor, por su infinita misericordia que reconozcamos el tiempo en
que somos visitados por María, Reina de la Paz. Y sigamos el ejemplo de
María intercediendo por los que desconocen el mensaje de paz. P.
Justo Antonio Lofeudo mslbs |
|
25
de abril de 2006 La
confianza hacia Dios se mide por el grado de abandono que cada uno
demuestra frente a su providencia y misericordia. La
confianza en la Madre de Dios refleja la certeza que se tiene de su
poderosa intercesión, de su cercanía y de su misericordia. La
confianza es la expresión no solamente de una fe viva sino también de
esperanza, de humildad, de perseverancia y de actitud filial y amorosa
hacia el Señor. Quien
cree que Cristo murió por él y que resucitó y está en la gloria y en
su Iglesia con todo poder, puede confiar y abandonarse serenamente en su
amor. Quien
cree que la Virgen María compartió la Pasión del Hijo y entregó su
sufrimiento a Dios en unión al sacrificio redentor de Jesús; quien
comprende que si Jesús invitó a cada uno a cargar con su cruz y a
seguirlo, la cruz de la Virgen fue entonces nada menos que la cruz de su
Hijo; quien cree que al seguirlo hasta el Calvario aceptó que su corazón
fuese traspasado por el dolor más intenso que criatura alguna pueda
soportar y volverse Madre de todos los hombres, quien todo eso cree puede
entregarse en confiado abandono a la Madre de Dios. Quien
habitado por el Espíritu Santo descubre en sí mismo la filiación
divina, y a Cristo como su Señor, y a María como Madre suya de
misericordia, puede dejarse guiar con total confianza por la Palabra del
Señor, y por los mensajes de revelaciones que cree, aunque sea con fe
humana, que vienen del Cielo y son la ayuda para el tiempo en que vive. La
Virgen nos pide que confiemos más. Este presente llamado a la confianza
tiene una cierta resonancia con el mensaje del mes anterior que comenzaba
con aquel “¡ánimo!” y que nos recordaba las palabras del Señor: “Les
he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán
tribulación. Pero, ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16:33).
Palabras aquéllas y éstas de aliciente. Si por un lado nos hacía ver
las señales de este tiempo, que no son nada halagüeñas, por el otro nos
mostraba que también es signo de este tiempo su presencia, su cercanía.
Esta misma presencia tan cercana es la que nos da ánimo y confianza que
seremos cubiertos por la misericordiosa protección de nuestro Salvador,
porque suyo es el poder y la gloria, y de nuestra Madre celestial que en
estos tiempos viene a visitarnos. Por
eso, ahora nos recuerda que Cristo es el vencedor de la muerte y Señor de
la vida y esto debe ser motivo de mucha alegría para nosotros. “Les
he dicho estas cosas para que tengan paz en mí”, parece repetir el
Señor por boca de su Madre. Que es como decir: “para que confíen
en mí”. “Si confían en mí tendrán paz. Si creen que yo he vencido
al mundo y a la muerte tendrán paz y participarán de mi gozo” “Yo
les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie los arrebatará de mi
mano” (Jn 10:28) Por
otra parte, puede resultar significativo que este mensaje del 25 de abril
fue dado a sólo dos días de la Fiesta de la Divina Misericordia y que en
esta devoción la confianza en la misericordia de Dios es elemento
esencial y una de las dos condiciones para obtener de Cristo misericordia.
En
el Diario de santa Faustina Kowalska leemos que el Señor le dice: “Deseo
conceder gracias inimaginables a las almas que tienen confianza en mi
misericordia... Que todas las almas... se acerquen con gran confianza a
este mar de misericordia...” (263 y 504 del Diario). “Las gracias de
mi misericordia se alcanzan con un solo recipiente y éste es la confianza.
Cuanto más confianza tiene un alma más obtiene (de mi misericordia)”
(519). Dice también: “El alma que confía en mi misericordia es
la más feliz porque yo mismo cuido de ella” (427). “Tengo una
particular predilección por el alma que tiene confianza en mi bondad”
(508) No
debe olvidarse que la otra condición puesta por Jesús para beneficiarse
de su misericordia es que nosotros seamos también misericordiosos. Quien
no es misericordioso con otros no puede pretender recibir de Dios
misericordia.
La Sagrada Escritura elogia
también la confianza en Dios y exhorta a ella. En uno de los libros
sapienciales, el Sirácide (o conocido también como Eclesiástico)
leemos: “Confía en el Señor y él te ayudará, endereza tus caminos
y espera en él”. Vemos que la confianza está vinculada también a
una conversión, a un enderezamiento de camino, y al santo temor de Dios,
principio de la sabiduría, porque luego agrega: “Los que temen al
Señor, esperen bienes, gozo eterno y misericordia” (Si 2,6-8). Y
se pregunta Ben Sirá: “¿Quién confió en el Señor y quedó
defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién le
invocó y fue desatendido?” (Si 2,10-11). Nos hace así reflexionar y
ver que no seremos abandonados, que Dios tendrá cuidado de nosotros y que
si muchas veces no nos preserva del dolor sí nos preserva siempre en el
dolor. También
el salmista aconseja: “Confía a Yahvé tu peso, él te sustentará;
no dejará que para siempre sucumba el justo” (Slm 55:23). O bien: “Ofreced
sacrificios justos y confiad en Yahvé” (Slm 4:6) En
su primera carta, san Pedro -después de exhortar a los fieles a la
humildad- porque “Dios resiste a los soberbios”, les aconseja: “confíenle
todas sus preocupaciones, pues él cuida de ustedes” (1 Pe 5,5.7) “Hoy los invito a tener más confianza en mí y en mi Hijo. Él ha vencido con su muerte y resurrección...” Ésta
es la verdad cardinal de nuestra fe y de nuestra esperanza, es el evento
fundante de nuestra religión: la Resurrección de Cristo. Si el Señor no
hubiese resucitado de la muerte vana sería nuestra fe y nosotros seríamos
dignos de compasión y los seres más infelices de la tierra (Cf 1Cor
15:17-19). Cristo
verdaderamente resucitó y éste es el grito del primer Domingo de Pascua
cuyo eco se extiende por los siglos de los siglos. En
la plenitud de los tiempos Dios se hizo hombre en Jesucristo, quién nos ha
revelado cómo es Dios. Dios no es solamente nuestro Creador sino sobre
todo nuestro Salvador. Dios es Jesús muriendo en la cruz y resucitando
para nosotros, para nuestra salvación. Jesús,
en su muerte y resurrección, revela el amor misericordioso de Dios su
Padre, que es Padre nuestro. ¡Cuánto nos ama Dios! Desde
aquella Pascua de Resurrección las puertas de la vida han sido abiertas
de par en par y Dios Creador recrea una nueva humanidad en Cristo, que
nace para no morir jamás porque la muerte ya no tiene poder sobre
nosotros. Toda
vez que hago mía la Pascua de Cristo, las tinieblas se disuelven ante la
Luz: es Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, de toda muerte, que me
lleva a la vida y de la esclavitud del pecado a la libertad de hijo de
Dios. Ante
Cristo Resucitado, con la Iglesia nacida del parto doloroso del Gólgota,
cantamos: ¡Aleluya! Porque grande es el gozo de saber que Dios te ama y
te ama con amor eterno, y porque te ama te salva. Nuestra
Madre no quiere que nos dejemos abatir por el mal, que nos deprimamos, que
nadie desespere porque debemos ser conscientes de la victoria de Cristo,
de su presencia salvadora y porque Ella está junto a nosotros
intercediendo por cada uno de nosotros. Nos pide, eso sí, que recemos,
que no dejemos de rezar porque ese es el único modo que tenemos de
experimentar la cercanía de Dios. El
Señor nos ha llamado “amigos” (Cf Jn 15:15) y toda amistad
necesita ser cultivada. Toda amistad requiere de diálogo, comunicación,
cierta vigilancia, ocuparse del otro, visitarlo. Orar es dialogar con Jesús,
es escucharlo en el silencio cuando el silencio se vuelve escucha y la
escucha Palabra. Visitarlo es ir a su encuentro ante el Santísimo
Sacramento y quedarse con Él donde Él está. Es tener una Hora Santa,
una hora de adoración a la semana o frecuentemente, en la que la
Presencia de Jesús en la Eucaristía le habla a nuestro silencio
adorante. El
Señor nos invita a acercarnos. Lo ha hace en la Palabra cuando nos dice “Vengan
a Mí...” (Cf Mt 11:28), lo hace ahora llamándonos a través
de la Santísima Virgen, Madre nuestra, Reina de la Paz. Intercede,
Madre nuestra, para que el Señor nos dé una fe firme, una fe que se
vuelva confianza plena en Él y se manifieste en total y sereno abandono
en Cristo victorioso, para así participar de su gozo y de la alegría de
la Iglesia que ante el Resucitado canta: ¡Aleluya!
|
|
25
de mayo de 2006 La exhortación, que resume a otras muchas que nos viene haciendo, es “decídanse por la santidad”, que es como decirnos “sean santos”, y para hacernos presente adonde lleva la santidad, agrega: “piensen en el paraíso”. Santidad es unión con Cristo. Ser santo y ser feliz son dos cosas que van juntas. Todos estamos llamados a la santidad: “Sed santos porque Yo, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19:2), dice el Señor a su pueblo. Dios nos llama y atrae a la santidad porque sólo en la santidad podremos estar junto a Él y gozar de toda su belleza y amor, y esto es el paraíso. Todos somos llamados a la santidad porque el Cielo es nuestro destino. Dios nos creó no para caer bajo su cólera sino para ser salvados por Jesucristo, su Hijo (Cf 1 Ts 5:9). Pero, la salvación depende de nosotros, de nuestra decisión, de nuestra aceptación de Cristo, de nuestro deseo de agradar a Dios y de no ofenderlo. Por eso, nos dice la Virgen: “decídanse por la santidad”. Está dicho –y bien dicho- que la única tragedia del hombre es no ser santo. Lo que significa que la tragedia es no haber llegado a su destino. Muchas cosas pueden ocuparnos e inquietarnos en la vida pero sólo una es necesaria: contemplar a Dios y vivir la enseñanza del Señor que es Vida, Verdad y Camino (Cf Lc 10:41-42). No importa lo que nos afanemos en la vida para conseguir los objetivos que nos hayamos propuesto si no tenemos como meta el encuentro con Dios. Esa meta es la de un camino a recorrer y ese camino es el de la santidad. El camino de y hacia la santidad es el de la perfección en el amor y, por ello mismo, es un camino de donación de sí mismo. El camino de santidad se hace esforzándose por cooperar con la gracia que Dios siempre nos dispensa. Hoy, la gracia extraordinaria es la presencia de la Santísima Virgen en Medjugorje con sus mensajes. Debemos, entonces, vivir estos mensajes de llamado a la conversión, de oración y penitencia, de vida sacramental, de escucha y vida de la Palabra. La santidad de vida es consecuencia de una permanente y continua comunicación con Dios por medio de la oración y de la contemplación adorante, por las que recibimos de Dios el don de la paz. La paz es el gran don que viene del Corazón traspasado de Jesús en la cruz. La paz es don pascual con el que el Señor nos saluda y nos sella, como cuando se aparece a los discípulos y les dice: “La paz con vosotros” (Jn 20:21). En una reciente carta del Papa al prepósito general de los jesuitas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, escribía el Santo Padre que la contemplación del costado traspasado del Redentor nos pone de manifiesto todo el amor de Dios en Jesucristo, y que por medio de esa contemplación podemos conocerlo verdaderamente y hacer experiencia profunda de su amor. Y agregaba que “es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible (cuando se está ante) con una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración”. La adoración, decía, nos hace ver a Dios que quiere salvarnos y nos hace capaces de confiar en su amor y en su misericordia además de suscitar en nosotros el deseo de participar en la obra salvífica convirtiéndonos en instrumentos de Dios. La paz que viene de Dios nadie ni nada es capaz de dárnosla, ni nosotros podemos autoprovocarla porque no hay técnica alguna que consiga crearla. La paz, don de Dios, es diferente a la tranquilidad de ánimo que pueda proponer el mundo. Porque ésta está condicionada a una serie de circunstancias favorables como el gozo de la salud -propia y de las personas que amamos-, bienestar económico, ausencia de conflictos exteriores, etc., que rara vez se dan todas juntas y aún cuando así fuera siempre queda el temor de la pérdida de alguna de estas condiciones y, sobre todo, la angustia de la muerte y del dolor propio o de las personas que más queremos. En cambio, la paz que Dios nos da es bien otra cosa. No depende de ninguna circunstancia. Valga como ejemplo el recuerdo de la terrible guerra de Bosnia: cómo a pesar de la guerra Medjugorje seguía siendo un oasis de paz. En aquella época, un periodista había comentado: “Resulta verdaderamente irónico que tantas personas vayan a un país en guerra para encontrar la paz”. Aquella paz que encontraban los peregrinos era y es el don de Dios para aquellos que se acercan a Él en oración, con espíritu humilde y apertura de corazón. La paz verdadera, que viene de Cristo, no puede ser cancelada. Nada ni nadie puede destruir esta paz. Solamente la persona que pierde la gracia por el pecado puede perderla. La paz del corazón es el signo y el sello más evidente de la conversión de una persona. Una vez en México, una persona totalmente alejada de Dios, que durante décadas no ponía pie en una iglesia, se presentó durante un mes, una hora cada semana, frente al Santísimo. Lo hacía como un favor hacia una adoradora, pariente suya, que había debido ausentarse y que tenía como compromiso una hora semanal de adoración. Este hombre simplemente estaba allí, sin ser adorador ni entender qué significaba el serlo, ni siquiera quién era el Señor que tenía delante suyo en el Santísimo Sacramento. Él sabía tan sólo que era, en esa hora, un custodio. Cuando su pariente retornó de sus vacaciones este señor dijo que él también sería adorador y se anotó para su hora santa semanal, porque “la paz que aquí he encontrado jamás la había antes conocido”. Buscando
la santidad se encuentra la paz. Somos llamados a ser portadores y propagadores de paz en un mundo que no conoce la paz porque no conoce a Dios. Así sí seremos bienaventurados porque seremos llamados hijos de Dios (Cf Mt 5:9) y triunfará la paz sobre el odio y la guerra y será todo para gloria de Dios.
|
|
25
de Junio de 2006 En
este 25º aniversario de las apariciones de Medjugorje nuestra Madre ha
querido regalarnos un mensaje pleno de esperanza y de emocionado
agradecimiento. Y todos nosotros lo hemos recibido con enorme alegría.
De muchos he escuchado que es el mensaje más bello que nuestra Madre,
Reina de la Paz, nos haya jamás dado. Seguramente, es motivo de mucha
dicha el hacer feliz a nuestra Madre, que tanto nos ama y, porque nos
ama, nos sostiene y auxilia en momentos de presente oscuridad y de
futuro amenazante. Si
bien al final de cada mensaje mensual –y esto se sucede desde el mismo
comienzo de las apariciones- nuestra Santísima Madre acostumbra darnos
las gracias por la respuesta que damos a sus llamados, esta vez el
mensaje en sí es todo de agradecimiento y es, además, portador de gran
esperanza, ya que alude a un futuro de recompensa divina. La
inmensa alegría que nos manifiesta es por las oraciones ofrecidas por
sus intenciones y por la respuesta dada durante todos estos 25 años, en
los que Ella no ha dejado de llamarnos a la conversión del corazón. Rezar
por las intenciones de la Santísima Virgen, dejando momentáneamente de
lado nuestras propias necesidades, supone gran confianza y abandono en
la sabiduría y en el amor de María. Ciertamente, Ella conoce mejor que
nosotros quiénes son las personas más necesitadas y cuáles las
situaciones más urgentes por las cuales dirigir las oraciones al cielo.
Por otro lado, nuestra fe en su amor maternal nos asegura que nuestras
intenciones estarán de algún modo incluidas en las suyas. Ella
está muy contenta por el acto de generosidad que significa postergar
las propias intenciones ofreciendo súplicas por las suyas y, al mismo
tiempo, sabe –y nos lo dice- que seremos recompensados, porque a Dios
nadie puede superarlo en generosidad. Por eso, nos asegura que no nos
arrepentiremos porque Dios nos bendecirá con grandes gracias, no sólo
a nosotros sino que alcanzarán también a
futuras generaciones. De ese modo, nos manifiesta un futuro
promisorio que va más allá del sufrimiento de este tiempo. Saberlo
aumenta nuestra esperanza y es de gran consuelo para nuestras almas.
Sobre todo cuando nos habla de la promesa que trasciende toda dicha
terrena: la vida eterna. ¡Cuál puede ser mejor augurio! Ante la
angustia de la muerte, de una muerte irreversible y definitiva, que es
el horizonte del hombre sin Dios, nuestra dicha inconmensurable y toda
nuestra esperanza está en la felicidad sin confines de la vida eterna,
que viene de la fe en la salvación por Jesucristo, nuestro Señor. Veinticinco
años de apariciones diarias en Medjugorje es la evidencia que, para
tiempos extraordinarios de general apostasía, la misericordia divina ha
dispuesto con la presencia extraordinaria de la Madre de Dios, porque
“donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5:20). ¿Cómo
sería posible negar la gracia extraordinaria que desde hace 25 años
opera en Medjugorje? Porque ¡cuántos por Medjugorje han comenzado un
camino de conversión orando, ayunando con el corazón, recibiendo
frecuente y hasta diariamente la Eucaristía, reconciliándose
asiduamente con Dios mediante la confesión sacramental, leyendo la
Sagrada Escritura, escuchando y practicando la Palabra de Dios, adorando
a Dios en su presencia eucarística, intercediendo y extendiendo los
brazos hacia los más necesitados, siendo instrumentos de unión y
aprendiendo a ser Iglesia, siendo portadores de paz y del amor
misericordioso de Dios y testigos de Cristo Resucitado! Todo
este tiempo de permanencia sensible con nosotros (porque aún cuando no
seamos videntes como para poder verla ni tocarla, percibimos su
presencia y nuestra comunicación con Ella se ha vuelto dialogal) nos ha
dado la medida de la cercanía de María Santísima en nuestras vidas. Y
Ella lo vuelve a manifestar al decirnos: “Yo estoy cerca de
ustedes”. Éste es el don del Señor para este tiempo: la cercanía
de la Madre que acompaña a sus hijos en momentos difíciles, muy difíciles,
para toda la humanidad. María está cerca de nosotros con sus
oraciones, con su protección, con su guía maternal y segura, con su
amor desbordante que rodea y sustenta nuestras vidas. La
cercanía de la Reina de la Paz, de su presencia en las diarias
apariciones de todos estos años, verdadera bendición para nuestros
tiempos, es uno de los principales mensajes de Medjugorje y lo que
constituye su exclusividad en el concierto de las apariciones marianas a
lo largo de la historia. “Dios,
que te ha creado sin ti no te salva sin ti”, decía san Agustín. Por
ello mismo, la Virgen, enviada del Señor para ayudarnos de un modo muy
especial en estos tiempos, nos asiste con una condición: nuestra propia
colaboración y empeño. Ella, que todo lo podría con su poderosa
intercesión, necesita sin embargo de nosotros, de nuestras oraciones,
de nuestros sacrificios, de nuestros testimonios de vida. Por
eso mismo, este mensaje en cierto modo nos confronta porque cada uno de
nosotros puede preguntarse a sí mismo en qué medida es acreedor de su
agradecimiento y en qué medida ha contribuido a su alegría aceptando,
viviendo verdadera y no declamatoriamente sus mensajes. Sigamos
confiados de ser protegidos y preservados, a pesar de las tribulaciones
y obstáculos, en el camino de santidad, de conversión diaria, y de
paz, diciéndole con nuestras vidas a Dios y a nuestra Madre: ¡Gracias,
gracias, gracias por tanto amor y misericordia! P.
Justo Antonio Lofeudo mslbs La
demora en este comentario tiene su explicación y en cierto modo es
testimonial por lo que deseo compartir el testimonio que sigue. Cuando
estaba dispuesto, hacia mediados del mes, a partir hacia mi próxima
misión en Rumania, inesperada y felizmente supe que me esperaban en
Medjugorje para, desde allí, partir en misión. Esto quiere decir que,
sin esperarlo, pero desde luego queriéndolo, todo concurrió para que
pudiera celebrar el festejo del 25º aniversario en Medjugorje. A partir
de ese momento se dieron una serie de circunstancias sumamente
agraciadas por las que pude viajar, en momentos en que era muy difícil
encontrar pasaje, y alojarme cerca de la iglesia de Santiago Apóstol.
Me encontré con hermanos muy queridos de mi país y de muchos otros países
que no veía desde hacía mucho tiempo y pude celebrar la Santa Misa el
25 de Junio, junto a otros hermanos sacerdotes, en la capilla de la
Adoración, repletísima con peregrinos de Hispanoamérica, los Estados
Unidos, España y también de Brasil. Ese
día, en la Misa vespertina, fueron más de 300 los sacerdotes
celebrantes y por encima de 50.000 las comuniones dadas. Toda la noche
anterior había sido de vigilia en adoración al Santísimo Sacramento,
primero guiada, hasta la medianoche, y luego en silencio dentro de la
iglesia. El
lunes 26 por la noche, partimos de Medjugorje en dos pullman, el Padre
Ioan y yo con 106 peregrinos rumanos, dando iniciada la misión a partir
de aquel momento. Entre los peregrinos había varios ortodoxos y eran
todos de distintas partes de Rumania. En
la mañana del 27 nuestro pullman sufrió una avería y quedó detenido.
Fue en Croacia, no muy lejos del límite con Hungría. Allí quedamos
parados, bajo un sol implacable y fortísimo calor, durante 13 horas. El
viaje que debería haber sido de no más de 17 horas terminó siendo,
para los que iban más cerca de la frontera húngara de Rumania, de 30
horas y para los otros, como los de Bucarest y otras regiones, de más
de dos días ya que habían perdido las conexiones. Muchos de los que
estén leyendo este relato, llegados hasta aquí, podrían imaginar que
fue una gran desgracia la nuestra. Algunos hasta podrían escandalizarse
pensando: “¡Cómo! Venían de la peregrinación de Medjugorje, de
festejar 25 años de apariciones y después de recibir un mensaje en que
la Virgen prometía que vendrían grandes gracias de Dios, y les ocurre
todo eso!”. Pues, después de haberlo vivido puedo afirmar, como también
lo pueden hacer todos los otros peregrinos, que recibimos una gracia
enorme, mayor aún que si nada de eso que nos pasó nos hubiera
ocurrido. Explico porqué: el lugar de la detención del pullman fue
justo frente a un cementerio. El poblado había sufrido la guerra de
Bosnia y muchos seguramente habrán muerto llenos de odio y de rencor.
Por eso, lo primero que el Padre Ioan y yo, simultáneamente, recibimos
como inspiración fue rezar por las almas de todos esos difuntos. Fue así
que les dedicamos, con todos los peregrinos, un Rosario entero, es decir
la serie de los 4 misterios. Luego, P. Ioan hizo que rezáramos, en acción
de gracias, otro Rosario completo, 4 serie de misterios más, por las
gracias recibidas en Medjugorje. Como estábamos cerca de una iglesia,
de la que el P. Ioan conocía el párroco, hacia las tres de la tarde
fuimos a ella y pudimos celebrar la Misa. A esta altura se comprenderá
que fue todo un día de oración y que muchas almas se beneficiaron por
esas oraciones. Pero, lo más extraordinario y visible de la gracia fue
comprobar que ninguno de nosotros estaba molesto en lo más mínimo. No
hubo lamentos, quejas, discusiones, manifestación de contrariedades, ni
siquiera resignación. Nada, absolutamente nada y sí una gran paz que
se manifestaba en la aceptación de lo ocurrido, en la serenidad y en
las sonrisas de todos los rostros. Una de las señoras ortodoxas estaba
emocionada hasta las lágrimas y me lo decía (nos comunicábamos en
inglés) porque era evidente la gracia. Los únicos nerviosos, que no
paraban de fumar, eran los dos chóferes. Uno de ellos le decía al P.
Ioan que en sus 38 años de conductor nunca había presenciado algo como
eso: que después de tantísimas horas, bajo un calor insoportable,
habiendo muchos de ellos perdido las conexiones, estuvieran todos con
tanta paz. No salía de su asombro. Sin
dudas que fue una prueba de la que todos salimos fortalecidos en la fe y
en la experiencia que Dios conduce todo para el bien de los que ama ya
que nos había preservado en medio de las dificultades. Al mismo tiempo,
todo había concurrido para su mayor gloria ya que habíamos rezado todo
el tiempo por quienes más lo necesitaban, elevado la acción de gracias
mediante la Santa Misa y el Rosario, y en fraterna unión con fieles
ortodoxos. ¡Buen comienzo de misión! ¡Alabado y adorado sea Jesucristo! ¡Venerada y amada sea su santa Madre! |
|
25
de julio de 2006 En
momentos de guerra, como la del Líbano, muchos quizás esperaban que la
Santísima Virgen nos llamase a la oración y al ayuno y, en cambio,
Ella nos presenta este mensaje. Sin embargo, el pasado 23 de junio,
antes que se desatara el conflicto, en la aparición a Ivan sobre el
Podbrdo, había recordado y advertido: “Yo he venido a este lugar
como Reina de la Paz y les he pedido orar por la paz. Únanse a mis
oraciones por la paz. ¡Paz, paz, paz!” Desde el mismo comienzo de las apariciones y muchas veces luego, nos enseñaba que a la paz se la gana con la oración y el ayuno. Oración y ayuno que alejan las guerras o detienen a las ya iniciadas. El Santo Padre, exactamente un mes después de aquel mensaje, el domingo 23 de julio, pidió no ya sólo a los católicos o a los cristianos sino a todos los creyentes unirse ese día en una jornada de oración y penitencia por la paz en el Medio Oriente. Y había precisado “por el derecho de los libaneses a la integridad y soberanía de su país, el derecho de los israelíes a vivir en paz en su estado y el derecho de los palestinos a tener una patria libre y soberana.” La vasta realidad abarca todo tipo de situaciones y junto a la guerra en una parte del mundo, en otras la vida parece seguir regularmente su curso. Junto a la tragedia de unos la rutina y despreocupación de otros. El mundo sigue la guerra por las pantallas de la televisión y en las páginas de los diarios y sin dudas el dolor ajeno toca a muchísimos corazones, pero eso no impide que el ritmo de la vida sigue adelante. En el hemisferio norte es tiempo de verano, de vacaciones. Las actividades ordinarias del año por un lapso de tiempo se detienen y cada uno busca cómo solazarse. Millones de personas se mueven de un sitio a otro buscando cambiar de aire, de paisaje, de circunstancias, divertirse o simplemente reposar quizás admirando aquello que le ofrece la naturaleza. La Madre de Dios nos llama la atención para que ese tiempo sirva a un fin trascendente, sirva al bien de las almas no sólo de los cuerpos, y que no sea sólo tiempo efímero que pasa, provocando tal vez un goce momentáneo, sin dejar traza. Nuestra Madre nos llama a aprovechar la interrupción momentánea del trabajo o del estudio para, dejando de lado lo que era o creíamos que era urgente, nos ocupemos de lo esencial, de la salud del alma. Y así, en este mensaje, la Santísima Virgen invita al silencio en esta época en que para muchos lo que debería ser momentos de descanso suelen ser de aturdimiento. Todos vivimos sumergidos en el ruido y cuesta entrar en el silencio interior porque dentro sigue habiendo mucho rumor. Es necesario llegar a ese silencio en que Dios habla al corazón del hombre y obra en él. Aún cuando en el silencio la persona descubra su pobreza espiritual y le resulte angustiante esa experiencia, debe vencer la tentación de llenarse con ruido y aturdirse. Dicen los orientales que el hombre que quiera custodiar la propia alma debe hacerse guardián de su propia lengua, y esto no sólo se refiere a evitar pecar con la lengua murmurando y hablando mal de otros sino, sobre todo, sabiendo hacer silencio. El silencio exterior restituye al cuerpo, a la mente y al espíritu la calma necesaria para recuperar el silencio interior. El silencio interior es el lugar donde encontramos a Dios y -con Dios y en Dios- a nuestro prójimo. Sólo en el silencio del corazón logramos ser vigilantes ante nosotros mismos, ante los demás y ante Dios. En el silencio el Espíritu obra y nos revela el verdadero sentido de las Escrituras. Porque el silencio es escucha y siendo escucha se hace Palabra, eco del Verbo. Debemos alcanzar ese silencio pleno, habitado por Dios, el silencio del abandono confiado en el que se permite que el Espíritu Santo obre en la intimidad cambiando la mentalidad, provocando la conversión del corazón. Es en el silencio del corazón que se alcanza la contemplación adorante. Adorar es contemplar en el silencio a Aquel que es Inefable, ante Quien no caben ya palabras. Por eso, Isabel de la Trinidad había escrito que la adoración es una palabra del cielo más que de la tierra, que es un éxtasis de amor. La oración es obra del corazón, no de los labios. Es cuando Dios escucha y en el silencio habla y, en nuestro abandono, obra transformándonos desde nuestro mismo interior. La Santísima Virgen nos pide que le permitamos obrar al Espíritu Santo. El silencio en sí mismo no basta si en nosotros no existe la voluntad de querer cambiar, de querer dejarnos forjar por el Espíritu. Porque hay silencios y silencios. El silencio que cultivaban los Padres del desierto era el silencio de la humildad, el de no hablar de sí mismos (¡qué difícil es encontrar este silencio en tiempos de tanto protagonismo!). Era el silencio que le quitaba las palabras al egoísmo, a la soberbia, al amor propio. El silencio del amor, de quien no juzga a su prójimo, de quien no habla mal de los otros, el silencio de la fe que se confía en el Totalmente Otro y de quien se pone completamente en sus manos. Hay, en cambio, silencios que impiden la acción del Espíritu Santo. Son aquellos plenos de acusaciones y de juicios malévolos, de críticas y de autosuficiencia. Según la experiencia de los Padres del desierto es necesario hablar con las obras y no con la lengua. Decía el abad Isaías: “no debe ser tu lengua la que hable sino tus obras, y que tus palabras sean más humildes que tus obras”. Las obras son los frutos de conversión. Hay obras en la medida que hay conversión, y hay conversión en la medida de nuestra docilidad al Espíritu Santo, de nuestra entrega a Dios, en el silencio orante y adorante. Si alguien piensa que es difícil lograr ese silencio interior que no se preocupe ni desaliente porque a su voluntad de hacer silencio, para dejar entrar a Dios en su vida, la precede la misma gracia de Dios. También debe saber que no está solo en su esfuerzo: a nuestro lado está la Madre de Dios ayudándonos e intercediendo por cada uno de nosotros en este camino de conversión, de acercamiento al Señor, en éste que es el camino verdadero de la paz. Por
último, que nadie piense que este mensaje no le atañe porque nadie
puede decir “yo estoy convertido”. Todos tenemos necesidad de
constante y continua conversión. A este respecto vale recordar lo que
escribió Thomas Merton: “El gran problema
es la salvación de aquellos que, siendo buenos, piensan que no tienen más
necesidad de ser salvados e imaginan que su tarea es hacer a los demás
tan buenos como lo son ellos.” ¡Alabado
sea Jesucristo! P.
Justo Antonio Lofeudo mslbs |
|
25
de agosto de 2006
¡Queridos
hijos! También
hoy los invito: oren, oren, oren. Solamente en la oración estarán
cerca de mí y de mi Hijo, y se darán cuenta de cuán breve es esta
vida. En su corazón nacerá el deseo del Cielo; la alegría reinará en
su corazón y la oración fluirá como un río. En sus palabras habrá
solamente agradecimiento a Dios por haberlos creado, y el deseo de la
santidad llegará a ser realidad en ustedes.
¡Gracias
por haber respondido a mi llamado! “Oren, oren, oren” primariamente significa un aumento del tiempo de oración, una dedicación más atenta, una primacía de la oración sobre cualquier actividad, pero también significa un enriquecimiento y profundización de la oración que viene por la misma oración incesante. Para llegar a la profundidad de la oración y de la misma contemplación es necesario tener un alma pura, un corazón puro iluminado por el Espíritu Santo. Decía Casiano que es imposible que el alma impura obtenga el don de la ciencia espiritual ya que no se confía a un recipiente fétido y corrupto un perfume de gran estima ni un precioso licor, ni un excelente manjar. Así es con el corazón humano y los tesoros espirituales que derivan de la vida de oración. La insistencia en la oración que encierra cada mensaje y éste en particular, el énfasis que pone la Santísima Virgen sobre la necesidad que tenemos de rezar, es el signo de la primacía de la oración en la vida, para que la vida sea verdadera y plena, para que sea dirigida hacia la santidad en el camino de auténtica conversión. San Juan Crisóstomo escribía: “La oración es el puerto en la tempestad, el ancla de los náufragos, el bastón de los titubeantes, el tesoro de los pobres…; refugio de males, fuente de ardor, causa de alegría, madre de la filosofía”. También la llama “luz del alma”, fuente de salvación, muro de protección de la Iglesia, arma contra los espíritus malignos. Así como el cuerpo necesita cubrir sus necesidades también el espíritu lo hace. ¿Cómo? Orando, contemplando, adorando. Por la oración respira el alma y se alimenta y sacia su sed la vida espiritual. Uno de los Padres de Oriente decía que durante la oración se abren las profundidades de nuestro corazón y se dilata nuestro espíritu elevándose hacia Dios para recibir el don que le permite unirse a Él, y el don recibido de Dios penetra luego todo lo que hay en nosotros y vivifica todo nuestro íntimo. La verdadera oración es, antes que nada, don de Dios que Él lo da a quien ora. Por la oración comenzamos a conocer más a Dios y, por ello mismo, a nosotros mismos. La oración es mucho más que una ayuda, un recurso, es el instrumento por excelencia de nuestra salvación. El hombre con la oración deja que Dios lo vaya gestando, esculpiendo y se va volviendo sabio, porque la oración es coloquio con Dios. Es por eso que la oración, siendo sabiduría cristiana, es –como decía san Juan Crisóstomo- madre de la filosofía. El hombre no puede salvarse por sí mismo. Ésta es la comprobación de nuestra propia vida cuando vemos cuán míseros y pobres somos, cuánto es lo que nos separa de Dios. Como el Apóstol podemos decir: “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero...” porque estoy habitado por el pecado (Cfr Rm 7:19 s). Por ello mismo debe constantemente el hombre comunicarse con Dios para exaltarlo en la alabanza, para pedirle una y otra vez perdón por sus pecados, para suplicarle pidiendo por sus necesidades y aquellos bienes convenientes, para darle gracias por todos los bienes recibidos y entre ellos la propia vida, para interceder por otros y por el mundo, para -como nos enseña nuestra Madre Santísima en este mensaje- experimentar la cercanía de Dios y de Ella, para aliviar su corazón, aligerar su alma, elevar su espíritu. Pero, no es que la Virgen nos diga ahora que debamos centrarnos en la corrupción de nuestra naturaleza sino que más bien nos llama a ser conscientes de la vida divina a la que estamos llamados, de la participación a la vida trinitaria que vuelve a la plegaria diálogo eficaz. La oración es la búsqueda del Paraíso perdido, de las cosas del Cielo a la que estamos llamados y por las que fuimos creados. Los
efectos de la oración, según nuestra Madre en este mensaje, son el de la cercanía a Ella y a
Dios, lo que nos espera la eternidad, por lo tanto, el de reconocer la
brevedad de esta vida que necesariamente es pasajera, y las
consecuencias del anhelo del cielo y la alegría de sabernos destinados
a esas realidades superiores y eternas. Cuando somos conscientes de todo
ello cabe la gratitud del corazón que se expresa en la alabanza y la
acción de gracias a Dios que nos ha creado no para la muerte, no para
las tribulaciones y penurias de esta vida sino para la felicidad de
participar de su misma vida divina que no tiene fin. Y, claro está,
surge como consecuencia la necesidad, junto al deseo, de santidad, único
medio para alcanzar tales metas. La
santidad se forja y alcanza orando. Para llegar a la santidad, que es la
felicidad verdadera y la perfección en el amor, no hay caminos
alternativos ni atajos. La oración es por donde se comienza y por donde
se sigue. En este caso Dios no es objeto de estudio sino de diálogo. La
oración nos lleva a hacer experiencia de Dios y de su cercanía. Dios
es Padre, Dios es nuestro Salvador, y todo esto verdaderamente no lo
conocemos como una noción intelectual sino como experiencia vital que
viene de la oración. Jesucristo
nos invita a dirigirnos a Dios como un hijo que pide a su padre, que
confía en él. Y nosotros somos verdaderamente hijos de Dios, hijos en
el Hijo en el Espíritu Santo. La oración cristiana se distingue por la familiaridad, en sentido estricto, con Dios. Dios no sólo es el Dios de los Ejércitos, el Omnipotente, el Creador, el baluarte de salvación y la roca inexpugnable sino simplemente el Padre nuestro que está en el cielo. San
Juan Clímaco nombraba una serie de otros efectos de la oración como
“el sostén del mundo y reconciliación con Dios, madre o hija de las
lágrimas y propiciación por los pecados, defensa de las tentaciones y
baluarte contra las tribulaciones, victoria en la luchas,... alegría en
la espera, actividad que no tendrá más fin y luz de la mente,...
anuladora de la tristeza y tesoro de los monjes,... espejo de progreso y
revelación del justo medio, indicadora de las condiciones en las que
nos encontramos y preanunciadora de las cosas futuras...”. “Oren, oren, oren” es también un llamado a la oración incesante. La oración incesante de los cristianos tuvo el poder de liberar a Pedro encadenado (cf Hch 12:5 s) porque la oración incesante posee la fuerza del reclamo perseverante e insistente a Dios que obra el prodigio de las más grandes liberaciones. Quién tiene en su corazón el deseo continuo de Dios aunque no exprese su oración ni vocal ni mentalmente, está orando desde lo más íntimo de su ser y esto es oración incesante. Pero, hay otro modo de oración continua y es aquella de la comunidad. La adoración eucarística perpetua es el mejor y mayor ejemplo de oración permanente comunitaria, cuando una comunidad orante forma una cadena ininterrumpida de adoración, en torno a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, en la que los adoradores se van sucediendo en el rendimiento de honor de su hora santa como eslabones de esa cadena de amor. Si
la oración, especialmente la de contemplación, diviniza porque vuelve
a Dios presente en el corazón, la adoración hace de la presencia de
Dios en el Santísimo Sacramento experiencia transformante. Quién adora
responde al Padre que busca adoradores en espíritu y verdad, responde
al Hijo que lo invita: “Ven a Mí” y al Espíritu Santo que lo mueve
a vivir la realidad celestial aquí en la tierra. Algunos hermanos preguntan, pero ¿cuál es la oración a la que se refiere la Santísima Virgen cuando pide oración, hay alguna que prefiera en particular? En Medjugorje y en otras apariciones ha pedido el rezo diario del Santo Rosario y sabemos que es la oración más recomendada por Ella, seguramente porque en cualquier parte y situación es posible rezarla usando solamente la memoria y sabiendo que en la contemplación de cada misterio de la salvación de Cristo lo estamos haciendo desde el corazón de María. Sin embargo, toda vez que sea posible, es recomendable complementar el diario Rosario que nos ha pedido con otras oraciones de la Iglesia. Así por ejemplo, la oración litúrgica de las horas, la oración de acción de gracias y las peticiones de la Santa Misa, la oración que se hace con las Sagradas Escrituras en la Lectio Divina. De estas oraciones algunas son eminentemente comunitarias y otras más bien personales. En los mensajes dados en Medjugorje, junto al llamado permanente a la oración, la Madre de Dios también ha pedido la lectura de la Biblia. La lectura asidua y la meditación continua de las Escrituras no tienen ningún otro fin que el de procurar en nuestra memoria el nacimiento de pensamientos divinos, escribía Casiano. Y agregaba que para que la lectura de la Biblia lleve a la oración y eventualmente a la contemplación, depende en gran parte de nosotros, de elevar el tono de nuestros pensamientos y hacer que sean santos y espirituales y no terrenos y carnales. La lectura de las Sagradas Escrituras alimenta la oración, la ilumina, la ilustra, la eleva y purifica. Leyendo la Palabra de Dios nos ponemos a la escucha de Dios que habla, mientras que con la oración hablamos con Dios una vez que nos dejamos interpelar por su Palabra, para poder -llegados a la contemplación- encarnar la Palabra. La Biblia debe ser leída, releída, meditada, rumiada, asimilada y orada. De ese modo la Escritura se convierte en camino a la oración continua y a la contemplación de Dios porque hasta el vagabundear de la mente llega a ser santa e incesante meditación de las cosas del cielo. Casiano escribía que la verdadera ciencia de las Sagradas Escrituras se adquiere con una gran humildad de corazón. Esa humildad que lleva al verdadero conocimiento, no a la ciencia que infla sino a la que ilumina a través de la consumación en la caridad. La oración y la caridad van juntas. La oración sin obras de caridad es sólo declamación, árbol sin frutos. La verdadera oración lleva a la caridad. La caridad sin la oración es estéril. Ésta es la explicación a aquellos quienes, ante los mensajes que desde hace más de 25 años nuestra Madre va dando en Medjugorje, se preguntan porqué habla siempre de la oración, porqué raramente de obras de misericordia o nunca de compromiso social, de acción social en obras de caridad. La caridad que no esté fundada en la oración, que no sea precedida y seguida de oración, no es verdadera caridad sino filantropía. Quién no pone a Dios en el primer lugar, quién no privilegia la relación con Dios sobre cualquier otra, se pone a sí mismo en el primer lugar nunca al otro. La fuerza y la intensidad de la caridad vienen de Dios que es la fuente de todo amor, más aún, que es Amor. Por lo tanto, no se puede tener ni dar lo que antes no se haya recibido en oración. Esto quiere decir que toda obra de misericordia llevada a cabo personalmente o comunitariamente viene necesariamente de la relación con Dios, de la oración. Cuando esto no se comprende y se niega se cae en el dominio de la ideología o del activismo, no de la religión. A propósito del exceso de actividades al que somos tentados en desmedro de la oración, cuando se resta tiempo y espacio a la oración para dárselos a las obras y, como se suele decir, por ocuparnos de las obras del Señor nos olvidamos del Señor de las obras, el Santo Padre Benedicto XVI en estos días recordaba la recomendación de san Bernardo, la de privilegiar la oración y la contemplación para no caer, por efecto de las actividades no sustentadas por la plegaria, en el endurecimiento del corazón. Cuando el corazón se endurece no es que falte la oración del corazón, lo que no hay es simplemente oración y esto es la muerte del espíritu. Entonces la brevedad y los dolores de la vida se convierten en tragedia, jamás en la alegría que -como nos dice nuestra Madre- reina en el corazón cuando sí hay oración. |
|
25
de setiembre de 2006 ¡Queridos hijos! También hoy estoy con ustedes y los invito a todos a una conversión total. Decídanse por Dios, hijitos, y encontrarán en Dios la paz que busca vuestro corazón. Imiten la vida de los santos, y que ellos sean un ejemplo para ustedes; yo los alentaré todo el tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
En este mensaje aparece algo nuevo que puede pasar al principio desapercibido. Se trata del llamado a la conversión total. ¿Por qué total? ¿Qué es conversión total? Algunos han entendido el término conversión como un cambio de vida que una vez hecho es definitivo, como algo de una vez para siempre. Pero esto no es conversión porque conversión no es un estado sino un camino, un continuo “ir hacia”, y no se puede confundir un momento de respuesta a la gracia como respuesta definitiva porque el camino se hace cada día y porque nosotros somos débiles y pecadores. Conversión es un proceso de perfeccionamiento, un continuo acercarse hacia la meta que es el encuentro con Dios. La conversión es total cuando la intención de poner la vida en manos de Dios es seria y decidida e implica la totalidad de la vida. Por esto mismo, el llamado a la conversión es para todos sin excepción y no sólo para aquellos que, por ejemplo, no son católicos o no son practicantes por estar lejos de la Iglesia y sus sacramentos. Conversión total es la que va a lo profundo y no se queda en las márgenes. Es aquella en la que ninguna área de la propia vida, absolutamente ninguna, se deja fuera del señorío de Cristo. Conversión total quiere también decir no quedarse parados creyendo “que ya está bien”, conformándose con uno mismo porque todo lo que uno hace “está bien”, porque ahora “se está con Dios” ya que se reza, se va a Misa los domingos y solemnidades, se confiesan los pecados, etc. Quienes así piensan suelen ser aquellos que en la vida pública y en la privada actúan contrariamente a la voluntad de Dios, que no siguen al Magisterio porque “son personas adultas que no necesitan que nadie les diga qué tienen que hacer”. Entre éstos hay quienes terminan aprobando el aborto y aberraciones morales porque los confunden con derechos y tolerancia democrática. Conversión es un camino de perfección seguramente con altibajos, con caídas y hasta recaídas pero con la certeza que tenemos a Alguien que cuida de nosotros y cada vez que caigamos nos ha de levantar. Bueno es darse cuenta, entonces, que la conversión total es asunto muy serio porque en ello nos va nada menos que el destino que damos a nuestra vida desde ahora, en la tierra, para la eternidad. Después del llamado de la Madre viene siempre la vía que hay que tomar para alcanzar lo que Ella pide. Aquí nos dice: “decídanse por Dios”. La elección es a cada paso, y es aquí y ahora. No es una elección a postergar porque nadie sabe cuándo será llamado por Dios. Dios quiere darnos lo mejor y la fe está precisamente en creer que quiere darnos lo mejor. Que no quiere quitarnos nada de lo bueno sino darnos eso, lo mejor para nosotros. Decidirse
por Dios es decidirse por la vida plena, por la verdadera vida. La Santísima Virgen nos pide luego imitar a los santos. Los santos ejercen en sí un gran poder de atracción porque en ellos está el poder de atracción de Dios a quien reflejan. El santo no va llamando a la gente, y si no es un predicador no las convoca con palabras, sino que son las mismas personas, que viniendo de todas partes, se llegan hasta ellos aún cuando estos puedan estar encerrados en un convento, como ocurrió con el santo Padre Pío, o vivan en zonas paupérrimas y remotas, como la Beata Madre Teresa de Calcuta. Multitudes se ponen en movimiento y van a buscarlos porque proclaman la santidad con sus vidas. El
santo refleja la verdad. Las personas intuyen que lo que ellos viven es la
verdad. Nuestra Madre nos pide ir más allá de la devoción y de la
admiración para llegar a la imitación. ¿Para qué imitarlos? Para
llegar en algo ser como ellos, santos. ¿Por qué? Porque sólo en la
santidad se alcanza el cielo y el cielo es el destino último para el que
fuimos creados, donde no habrá más llantos ni penas ni muerte (Cf Ap 21:4). Para imitarlos hay que conocerlos, conocer sus vidas leyéndolas. Si Cristo es la luz de la perfección, los santos son su reflejo en el agua. Y los ojos débiles del hombre pueden ver con mayor seguridad el reflejo en el agua que la luz directa del sol. Aún cuando, como decía san Juan Clímaco, leyendo la biografía de un santo nos sentimos como pobres que han visto el tesoro de un rey, luego lo deseamos, porque hemos conocido nuestra miseria pero también la riqueza común con nuestros hermanos santos. Hemos nacido no para quedarnos en esta tierra sino para pasar por ella camino del cielo. Pero al cielo hay que ganarlo y la conquista del cielo se llama santidad. Sólo siendo santos alcanzaremos el fin para el cual hemos sido creados. San Pablo, en su carta primera a los cristianos de Tesalónica dirá: “Dios no nos ha destinado para la ira, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5:9). Quiere decir que Dios no nos ha creado para la condena sino que Él quiere que todos los hombres se salven (Cf 1 Tim 2:4), pero en la salvación media nuestra libertad, nuestra voluntad de ser o no salvados. No debemos desalentarnos porque todos estamos llamados a la santidad –“Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”, dice el Señor (Mt 5:48)- y cada uno en la medida de su capacidad. Lo importante es colmar nuestra medida de santidad. La santidad es particularmente favorecida en el entorno familiar. La santidad es la aventura del amor compartido a la que Dios nos está constantemente llamando. Cuando entendemos que la santidad es la
recuperación de la felicidad perdida por el pecado acabamos por amar la
idea de crecer en santidad. La santidad no es una abstracción sino que se
vuelve algo muy concreto en personas que han alcanzado esa perfección en
el amor, que han amado a Dios por encima de todas las cosas y, por eso
mismo, han podido recibir de Dios gracias inmensas, la primera el amor,
con el que han amado a los demás. Esas personas concretas han sido los
santos. Ellos deben ser nuestros modelos, a ellos debemos emular. Dice
luego la Reina de la Paz:
“yo los alentaré”. Quiere decirnos que estará con nosotros porque
alentar habla de presencia, ya que a continuación agrega: “todo el
tiempo que el Altísimo me permita estar con ustedes”. Ya en el 94 decía
“el Altísimo me ha concedido estar junto a ustedes para
instruirlos y para guiarlos en el camino de la perfección.”
Hablando así nos hace conscientes de que este es un tiempo de gracia que
hay que aprovechar porque llegará el momento, no sabemos cuándo, en que
ya no vendrá y no tendremos el privilegio de esta guía y de esta
presencia constante. Nosotros
recibimos el aliento, el estímulo, la fuerza que viene de su presencia.
Nuestro caminar será más fácil en la medida que sepamos que Ella está
allí, en Medjugorje, todavía apareciendo, hablándonos, alentándonos
con sus palabras, consolándonos con su cercanía. Algunos seguramente
objetarán que esta forma de expresarse, que estos sentimientos y esta fe
no es madura porque la Madre de Dios ejerce su maternidad desde cualquier
parte y está siempre cerca de quien la llama o acude a Ella para que lo
auxilie. Sí, pero aquí no se trata de fe madura sino de acompañamiento
en la vida cuando la vida se ha vuelto oscura o se está poniendo difícil.
Cuando al Señor le reprochaban que se reunía con publicanos y pecadores,
a quienes así lo criticaban les respondía: “No son los sanos
quienes tienen necesidad del médico sino los enfermos.. No he venido a
llamar a los justos sino a los pecadores” (Cf Mt 9:12,13). La Madre
de Dios no ha venido para aquellos que tienen o dicen tener una fe firme y
una espiritualidad crecida sino para aquellos que estaban y están lejos
de Dios y sigue también viniendo para los que humildemente quieren seguir
el camino que les va trazando. Por eso, para ellos y para muchos más no
es lo mismo saber que la Santísima Virgen está próxima a cada uno por
el conocimiento de la fe que hacer experiencia de esa fe por la gracia de
reconocer la presencia de la Virgen en estas apariciones, gracia
extraordinaria y sobreabundante que se revela al corazón (sensus
fidelium) que vuelve evidente aquello que no se ve. La Virgen en sus lugares de apariciones atrae fuertemente hacia Ella y esto pese a que nunca elige sitios cómodos donde visitarnos. Algunos se vuelven cómodos con el tiempo por obra -y no siempre por la bondad- del hombre, generalmente gracias a intereses de lucro. Pese a las incomodidades, al menos originales, grandes multitudes se mueven y se acercan a esos lugares de apariciones porque allí resplandece la gloria de la Santísima Virgen y esa gloria habla de cielo y de maternidad divina y porque esa Mujer gloriosa que aparece es Madre de cada uno de nosotros, pobres pecadores. En esos lugares resplandece la santidad de la Virgen, que luego de la de Cristo está por encima de toda otra santidad. Resplandece la maternidad celeste que cobija a sus hijos de la tierra y que viene a sanarlos para que puedan emprender el camino al Cielo. Medjugorje en los años 80 era una aldea perdida en un país comunista que no figuraba en ningún mapa. Los peregrinos éramos alojados en las casas de los campesinos en las que no había agua caliente ni buena calefacción en invierno. Pero, nadie se quejaba porque no se iba por el paisaje ni por el confort sino porque allí se estaba apareciendo la Madre de Dios y nos traía mensajes del cielo que reforzaban nuestra fe, la fe de la Iglesia y alimentaba nuestra esperanza. Los que iban como peregrinos no se sentían soberbios como para decir que la Virgen no venía a decir nada nuevo y que todo eso ya estaba en las enseñanzas de la Iglesia (en todo caso después lo descubrirían) sino que con humildad venían a recibir las gracias que la Madre traía para ellos. Eran y son muchos de ellos, heridos por la vida, desencantados, desesperados, descreídos y desechados. Ahora mismo y pese a algunos trabajos que se hicieron para amortiguar las durezas de la topografía no se puede decir que el Kricevac o que el Podbrdo sean lugares cómodos. Sin embargo, desde esos sitios los peregrinos se sienten llamados y ascienden aún enfermos y ancianos porque son atraídos por la fuerza de una gracia extraordinaria. Esas subidas a la colina y la montaña son metáfora de la vida en la tierra en camino hacia el cielo, del hombre viandante que aún tropezando sigue avanzando para alcanzar la meta. Es la metáfora de la purificación, porque hay aceptación del sacrificio al emprender la subida, para llegar al punto más alto. Ese punto más alto al que nuestra alma anhela y quiere merecer, por gracia de Cristo y condescendencia de María dispensadora de las gracias del Señor, que llamamos cielo. Una
experiencia repetida por los peregrinos que van a Medjugorje sin prejuicio
de ningún signo, con el corazón abierto, es verificar que allí hay algo
distinto a otros lugares. Algo que casi se respira. Advierten la presencia
de “Alguien” que los está llamando a cambiar de vida, que los atrae
hacia sí, que los lleva a la oración. Advierten que en Medjugorje pueden
concentrarse en la oración y en la adoración y que el centro de
Medjugorje está en la iglesia, en los sacramentos y en la adoración
eucarística. Estas son sus experiencias transformantes. En
Medjugorje es la presencia de la Santísima Virgen, que viene en las alas
del Espíritu, que hace a las personas dejar banalidades para penetrar el
misterio de la salvación y querer conocer a Dios y dialogar con Él y
adorarlo. Estas experiencias no son mensurables por aparato alguno ni hay
análisis fuera del de la iluminación del Espíritu Santo que pueda
detectarlas. No
es posible negar lo que ocurre a diario en Medjugorje sentenciando que
donde se reza y donde están los sacramentos se obtienen los mismos
resultados de conversión y los mismos frutos, porque esto olvida el porqué
se reza y porqué las personas acuden a los sacramentos en Medjugorje. En
cambio habría que preguntarse porqué no se da lo mismo en otros lugares,
en otras parroquias y diócesis en la misma medida. ¿Por qué, en primer
lugar, se reza con tanta intensidad y fervor, por qué se adora con tanta
unción y participación, por qué las personas se sienten impulsadas a
confesar sus miserias pasadas y alcanzan la alegría del perdón de Dios?
¿No será que la gracia que se manifiesta en Medjugorje es
extraordinaria? ¿No será acaso la diferencia entre lo que acontece en un
lugar cualquiera donde la Iglesia está presente y la Iglesia en
Medjugorje la misma que media entre la gracia ordinaria y la
extraordinaria? Roguemos por quienes deban ahora juzgar acerca de los frutos de Medjugorje para que el Espíritu Santo los ilumine y los guíe a la verdad. Roguemos por nosotros todos para ser fieles a la Madre Iglesia en obediencia y humildad. P. Justo Antonio Lofeudo mslbs www.mensajerosdelareinadelapaz.org |
|
25
de octubre de 2006
La
paz y el amor que todos anhelamos, que el mundo dice querer y hasta
promover, sólo pueden venir de Dios porque todo lo que se nos prometa sin
Él es falso y acaba malamente. Y Dios, por medio de María Santísima,
nos está ofreciendo esta paz y este amor. La
paz que Dios nos da va más allá de la ausencia de violencia y aún de la
ausencia de todo mal. La paz que sólo Dios puede darnos, la paz que viene
de Cristo, es un estado pleno de felicidad y seguridad. Además,
la paz -que procede de la reconciliación con Dios- es el don de conversión
con el que el Señor sella los corazones. Quien
conozca lo que este mundo llama paz, es decir la tranquilidad y la
seguridad que puedan dar las cosas terrenas, intuye que éstas no son ni
definitivas ni absolutas. Quien pone toda su confianza en el dinero debería
saber que no posee un seguro contra todo mal. En primer lugar porque puede
perder el dinero por cualquier razón que esté fuera de su control, luego
porque el dinero no podrá pagar los valores más preciados, el amor, la
amistad, la vida. Una
persona que no pone su confianza en Dios puede llegar a tener todo el éxito
del mundo, una buena posición económica, lo que se llama fama o una óptima
carrera, además a todos sus seres queridos y ella misma gozando de óptima
salud, pero, si es consciente de las limitaciones de la existencia
terrena, sabrá también que nada es para siempre porque mantenerse en una
posición requiere de esfuerzos y porque siempre está expuesta a la
competencia, muchas veces despiadada, que la fama o la carrera puede
perderse en un momento, que se puede enfermar, y la muerte propia o de los
que quiere siempre estará al acecho. Entonces, tendrá cierta
tranquilidad momentánea que es paz aparente, puesto que nada podrá
quitarle su estado profundo de angustia existencial. En cambio, quien confía
en Dios, quien ha puesto su vida en sus manos, ese tiene paz en su corazón
por más que su situación objetiva no sea buena, que esté enfermo, que
tenga enfermos en su familia, que le falte dinero. Tal la gran diferencia
que reconoce de inmediato quien ha comenzado un camino de conversión. Éste
dirá, como lo hemos escuchado más de una vez: “la paz que ahora tengo
no la había conocido en toda mi vida anterior”. Dios,
a través de su Enviada, la Santísima Virgen María, nos está ofreciendo
la oportunidad de alcanzar la verdadera paz encontrando la verdadera
seguridad en Él. Debemos entender que éste es un llamado de amor, que
Dios no deja de insistir porque nos ama y que nuestra Madre no se cansa de
repetir su reclamo de vivir en Dios y para Dios porque Ella también nos
ama con amor divino. “Mira
que estoy a la puerta y llamo; si
alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con
él y él conmigo”, dice el Señor (Cf Ap
3:20). Ese pasaje del Apocalipsis dirigido a la iglesia de Laodicea es un
llamado a la intimidad con Jesús, que está golpeando a la puerta del
corazón para primero ser escuchado y luego para que se le responda abriéndose
a su gracia, gracia que aquí se presenta como un banquete. Ese banquete
lo asimilamos al de la Mesa de la Eucaristía, en el que entramos en
comunión con Dios, y también alude al banquete definitivo de las últimas
realidades. Por
medio de la conversión del corazón a Dios se entra en la vida de la
gracia, en la vida en Dios que conduce a la vida eterna. Conversión y
comunión son términos que van juntos. Quien se convierte a Dios entra en
comunión con Él hasta alcanzar la comunión sacramental en la Eucaristía.
Toda
comunión es un encuentro, un encuentro entre dos personas, entre el
comulgante y Quien es su Creador y Salvador, como recordaba hace poco
nuestro Papa Benedicto XVI. De
la comunión con Dios viene en primer lugar la intimidad con Él, el
conocimiento de su amor y la paz. Hubo
uno que dijo: “de algo estoy seguro, cuando me muera me han de sobrar
dos cosas: dinero y pecados”. El primero de dejar y los otros a llevar. El
Señor nos advierte: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque aunque alguien posea
abundantes riquezas, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12:15).
En el mismo pasaje del Evangelio Jesús les dice a sus interlocutores una
parábola sobre un hombre que ya rico se ve beneficiado por grandes
cosechas. Recuenta éste sus sobreabundantes bienes y se está regodeando
de ellos pensando que deberá agrandar sus graneros, hacer otros silos, en
definitiva planea su futuro y su solaz, ignorante que esa misma noche
tendrá que entregar su alma. ¿Para quiénes servirán todas esas
riquezas?, se pregunta el Señor. Verdad
inmutable es que todo lo que hemos acumulado en bienes materiales un día
deberemos dejarlo y para siempre, sólo nos llevaremos con nosotros
aquello que hayamos sido capaces de dar. Dar
-cuando lo que se da es amor- es acumular riquezas en el Cielo, “donde
no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y
roben.” (Cf Mt 6:20). Nuestro
paso por esta vida, como reconoce el salmista (“sólo
un soplo es el hombre que se yergue, mera sombra el humano que pasa, sólo
un soplo las riquezas que amontona” (Slm 39). “Vivimos
setenta años, ochenta con buena salud, mas son casi todos fatiga y
vanidad, pasan presto y nosotros volamos” (Slm 90)) y los libros
sapienciales, y como lo demuestra nuestra experiencia una vez que
atravesamos el umbral de la adultez, es breve. Todo en torno de nosotros
habla de caducidad. En palabras de Bossuet: “la naturaleza nos declara y
nos muestra a menudo que no puede por mucho tiempo dejarnos aquel poquito
de materia que nos presta… Los niños que nacen parece que nos empujan
para decirnos: ‘Retiraos, ahora nos toca a nosotros’ ”... Y agrega:
“¡Oh, alma, llena de pecado, temes con razón la inmortalidad que haría
eterna tu muerte!” . Ante
lo efímero de esta vida, la Santísima Virgen antepone la eternidad para
la que fuimos creados y por la que hay que vivir para alcanzarla. La
eternidad cuyas puertas fueron abiertas por nuestro Salvador Jesucristo al
rescatarnos de la muerte. También
Bossuet exhortaba: “mira a Jesucristo en persona, la
resurrección y la vida; quien cree en él no morirá; quien cree en
él vive ya una vida espiritual, interior… que trae consigo la vida en
la gloria”. Y aunque “el cuerpo entrará por poco tiempo en el reino
de la muerte, sólo quedará en poder de la muerte lo que es mortal”
porque “Dios deja derrumbarse esta carne débil por el pecado y las
pasiones, para luego rehacerla a su modo y según el primer diseño de su
creación”. La
llave de la eternidad es la cruz de Cristo, es el mismo amor que nos
redime y nos invita a responderle, porque “en el ocaso de nuestras vidas
seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz). Cuando
así vivimos, cuando nos abrimos al don de Dios, cuando nos dejamos
conducir por el camino que nos traza nuestra Madre, podemos decir con
Santa Teresita: “yo no muero, entro en la vida”. Ciertamente
que hay un camino para alcanzar esa eternidad a la que viene a llamarnos
la Madre de Dios, y este camino es el de la oración y el ayuno. Es camino
a la vez de desprendimiento y de elevación del espíritu hacia el
Creador, Todopoderoso y Misericordioso. El
ayuno nos ayuda a desprendernos y desatarnos de las cosas terrenales
porque con el ayuno nos desprendemos de algo que es importante para
nosotros para ofrecerlo a Dios. El ayuno también tiene el efecto de hacer
más profunda y atenta, menos distraída, nuestra oración. Por otra
parte, la oración nos ayuda a ayunar, por lo que oración y ayuno van
juntos. Con
la oración nos elevamos, y tanto más en la medida de nuestra humildad,
hacia el Altísimo que es Padre nuestro. Como
lo recordaba la Santísima Virgen en el mensaje del 2 de Octubre a Mirjana,
la oración y el ayuno nos ayudarán a abrirnos y a amar y –agregamos- a
vivir desde ahora nuestra eternidad. Este
mensaje nos llama a la reflexión. ¿Dónde pongo mis seguridades? ¿En
quién? ¿Me estoy dejando guiar por la Madre de Dios u opongo
resistencias? Señor
Dios nuestro, quiero a partir de hoy cambiar de vida, quiero dejar de
mirar hacia abajo, de preocuparme por las cosas que pasan y caducan y
poner mi mirada más allá del horizonte de esta vida terrena. Pongo toda
mi confianza en Ti, Creador y Padre mío. Quiero abrirme a los dones que
tienes preparados para mí. Quiero recibir todas las gracias que Tú me
das en este tiempo por medio de tu Enviada, la Reina de la Paz. Sólo Tú
tienes el poder de transformar una vida, más aún de dar vida donde antes
había muerte. Te ruego, no apartes tu mirada de mí y dame la vida en Ti
que me lleve a la vida eterna. Sella mi corazón con tu paz. Envía el
Santo Espíritu que sople sobre todas mis tinieblas y traiga en mí la luz
de la vida y del amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Queridos hijos, vengo en este vuestro tiempo para llamarlos a la
eternidad. Éste es el llamado de amor. Los invito a amar, porque
solamente a través del amor llegarán a conocer el amor de Dios. Muchos
piensan que tienen fe en Dios y que conocen sus leyes. Tratan de vivir de
acuerdo a ellas pero no hacen lo que es lo más importante, no lo aman a
Él. Hijos míos, oren y ayunen. Éste es el camino que los ayudará a
abrirse y a amar. Sólo por medio del amor de Dios se gana la eternidad.
Estoy con ustedes. Los conduciré con amor maternal. Gracias por haber
respondido. www.mensajerosdelareinadelapaz.org |
|
25
de noviembre de 2006
La oración nos permite entrar en
intimidad con Dios, hablar con Él como con un amigo. Cristo llamó a los
suyos “amigos”, les dijo: “Ya no os llamo siervos sino amigos” (Cf
Jn 15:15). Nosotros queremos ser amigos de Cristo, amigos de Dios, claro
que sí. A un amigo lo visitamos y hablamos con él y si así no hiciéramos
no seríamos amigos de esa persona. Pues, al Señor debemos visitarlo en
su Iglesia, tener nuestros momentos de adoración y hablarle, que es orar.
Hablar de amores, llamaba a la oración, santa Teresa de Jesús. Dios nos muestra su cercanía porque
si bien es cierto que Dios es un Dios oculto (Cf Is 45:15) también es no
menos cierto que es Dios revelado que se deja encontrar para quien lo
busca con sincero corazón. "Buscad
al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca" (Is
55:6), dice el Profeta Isaías. “Que
el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos;
que vuelva al Señor, y él
le tendrá compasión, a nuestro Dios, que es generoso en perdonar”
(Is
55:7). Hay
momentos en que el ocultamiento de Dios, de quien es toda iniciativa, se
debe a nuestro pecado y entonces no habla. Hubo un largo tiempo en que
Israel no tuvo profetas, ya que Dios no les hablaba por motivo de la
infidelidad de su pueblo. Otras veces, ocultándose prueba nuestra
voluntad y nuestra humildad. Dios
se oculta pero se revela en Cristo Jesús que es la imagen perfecta del
Padre. Quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, le dice el Señor a
Felipe cuando éste le pide que le muestre al Padre (Cf Jn 14:9). Es el
Hijo quien nos revela el Padre. “Nadie
conoce al Hijo, sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel
a quien el Hijo lo quiera revelar” (Cf Lc 10:22). Sólo
por Cristo podemos acudir a Dios. Pero,
aún en Cristo la revelación de Dios tiene mucho de escondimiento porque
Dios no ha querido imponerse a nuestra libertad y por eso muchos pueden
rehusarse a creer. Dios en Cristo está lo suficientemente oculto para que
se lo busque y lo suficientemente cerca para que se lo encuentre. Pascal
escribió: “hay suficiente luz para quienes desean sólo ver y
suficiente oscuridad para los que tienen una actitud contraria”.
Pero
hay además otro aspecto de la cercanía y del ocultamiento de Dios:
conociendo los otros mensajes de la Reina de la Paz, nos podemos dar
cuenta que esta cercanía de Dios es una gracia especial de este tiempo
que ha de llegar a su fin, que si bien no sabemos cuándo intuimos que el
momento no está demasiado lejos. ¿Acaso en el mensaje del pasado mes de
octubre no nos decía la Madre de Dios: “Hoy
el Señor me ha permitido que les diga nuevamente que viven en un tiempo
de gracia. No están conscientes, hijitos, de que Dios les da una gran
oportunidad para que se conviertan?”. Las
apariciones, esta larga permanencia de María Santísima, son también una
manifestación de la cercanía de Dios, que se “deja encontrar”. Y
cuando encontramos a Dios encontramos el verdadero sentido de la vida,
encontramos la paz con la que Él sella nuestro corazón y la certeza que
esta vida es un peregrinar hasta la vida eterna, que somos trashumantes,
itinerantes sin morada fija porque nuestra morada está en el cielo, y
anhelamos la eternidad que ya está presente en nosotros porque el hombre
–aún sin ser consciente de ello- es el ser nostálgico de infinito y de
eternidad y hasta que no encuentra a Dios, su Creador y Salvador, no
reposa su corazón. En
el mensaje anterior nos recordaba que el tiempo es breve. Seguramente aludía
al tiempo que queda para que grandes acontecimientos contenidos en los
secretos comiencen a desencadenarse, pero también se refería al tiempo
de nuestra vida en la tierra. Sobre la muerte el mundo de hoy muestra distintas actitudes negativas. Una es tratar de conjurarla burlándose, invocándola por medio de distintos medios y esto se da sobre todo con la mayoría de la juventud a través de las vestimentas, de lo que leen y ven, y especialmente de lo que escuchan. Música satánica que no sólo habla de muerte sino que incita a la muerte, al homicidio y al suicidio. La otra actitud es la de querer disfrazarla y alejarse de ella cuando se trata de muerte real y no imaginada. Hacer de cuenta que no existe. Finalmente, la otra forma de encararla, igualmente negativa, es la indiferencia acerca del “después” de la muerte tratando de pasar (si fuera esto posible!) los días sin pensar y ahogando en el ruido, en el ofuscamiento, en la diversión constante toda posibilidad de interpelación, o bien buscando en religiones absurdas explicaciones mentirosas como la transmigración de las almas o la reencarnación. A
Dios lo encontramos en la oración, en la contemplación adorante, lo
encontramos en los sacramentos de la Iglesia, porque “el
Señor está cerca, está cerca de los que lo invocan de verdad”
(Slm
145:18). Al
acercarnos a Dios entramos en contacto con lo trascendente, con lo
infinito y eterno. La
Santísima Virgen, al recordarnos nuevamente que éste es tiempo de
gracia, lo expresa diciendo que es un tiempo en que podemos hablar
más de Dios y hacer más por
Dios. Es que hablar de Dios y hablar con Dios son gracias que Él nos
da, así como la de trabajar para su Reino. Vemos, entonces, cómo todo
está contenido en este tiempo de gracia, de misericordia, en el que
estamos viviendo y que debemos aprovechar porque está en la naturaleza
del tiempo el tener un término.
Por eso, la Madre de Dios nos pide que no nos resistamos a tanta gracia y
que dejemos que Dios haga en nosotros su obra, que nos guíe, nos modele,
nos cambie. Que le permitamos que –como profetiza Ezequiel- cambie
nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, que infunda en
nosotros un espíritu nuevo (Cf Ez 36:25). Nos pide que usemos nuestra
libertad, con la que Dios nos creó y que Él mismo respeta, para que nos
dejemos conducir confiadamente por Dios, como lo hacen las ovejas que van
tras el pastor. Cuando consagramos nuestra libertad a Dios es cuando somos
verdaderamente libres, libres de todo mal, libres de toda mentira. Nuestra
Madre, como el Señor, quiere que sus hijos gocen de una vida en plenitud,
que ya comiencen a degustar las delicias del Cielo en esta tierra, y
quiere encontrarlos en la vida que no tiene fin, en ese Reino de los
Cielos que su Hijo vino a establecer en la tierra y que ha de venir con
gloria y con poder. www.mensajerosdelareinadelapaz.org |
|
25
de diciembre de 2006
Dios hecho hombre, que no deja por eso de ser
Dios, nace en la pobreza, entre el desprecio y el egoísmo de los
habitantes de Belén. Curiosa y -al mismo tiempo- significativamente, Jesús
nace como muere, fuera de la ciudad, rechazado por los suyos, en la
pobreza más tremenda y en la casi desnudez. Sólo lo envuelve el calor
del amor de los suyos más suyos: siempre el de su Madre; san José cuando
nace y las mujeres que lo seguían junto al discípulo que el Señor
amaba, en la cruz. Este Niño pide nuestro amor y nos llama,
desde los brazos de su Madre, para que lo sigamos. Este Niño es Rey, pero no viene con grandezas
sino en lo oculto de su majestad y su divinidad para que nos acerquemos y
en la adoración del corazón lo descubramos. Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)
escribió que frente al pesebre se dividen los espíritus. Hoy ese Niño,
que es Rey de Reyes y Señor de Señores, es rechazado por muchos y ya no
solamente por individuos sino por sociedades enteras porque, aunque no
todos estén de acuerdo con lo que dictan sus gobiernos, nadie o casi
nadie se alza para defender al Rey de la gloria. Y hoy ya no sólo molesta
a muchos el crucifijo sino también el pesebre. En Europa, por ejemplo, en
muchos lados están explícita o tácitamente proscriptos los pesebres o
belenes, y en algunos lugares se ha llegado hasta arrojarlos a la basura o
se los ha quemado. Esto ocurre porque el pesebre como la cruz interpela y
quien anda en las tinieblas no puede aceptarlo. Pero, “la luz brilla en
las tinieblas…”. La paz es una elección pero una elección que
no va referida simplemente a la buena voluntad sino hacia una persona:
Jesucristo. Por eso, en este mensaje la Santísima Madre nos llama a
elegirlo a Jesús. Elegir a Jesucristo es elegir la paz. Él es mi paz y
Él es quien puede darme la paz verdadera, muy diferente de la paz del
mundo. Todos los días se reciben mensajes de buena
voluntad que nos auguran la paz y la felicidad, la red está llena de esos
mensajes comúnmente acompañados por bellas imágenes y por música, pero
he notado que muchos de ellos se basan sobre el voluntarismo humano y
encierran errores o ignoran lo más importante: que sólo Dios puede dar
la paz y que Jesucristo es el único capaz de dárnosla. De voluntarismo
humano está llena las Naciones Unidas y ¿qué resulta de todo ello?
Tratados que no se cumplen, acuerdos que generan conflictos aún mayores
porque están preñados de injusticia y de falsedades. Es cierto que
debemos contar con la buena voluntad humana para que el mundo cambie a
mejor pero con la condición que no sea la sola voluntad de los hombres la
que realice el cambio, puesto que eso desconoce el mal que cada uno lleva
adentro. Para comprobarlo no necesito ir muy lejos, basta que mire en mi
interior y vea todo el mal que hay en mí. El Santo Padre, en su mensaje navideño, le recordó al mundo que “a
pesar de tantas formas de
progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa
entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su
intimidad, en lo que la Biblia llama el "corazón", donde siempre
necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita
quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha
vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su
integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo
ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del
mundo?”. La paz del mundo, es decir, lo que el mundo
entiende por paz, está condicionada a muchas circunstancias y aún en el
improbable caso que se dieran todas juntas, sabemos de antemano que nunca
serán duraderas. Para el mundo la paz
es: ausencia de conflictos armados en el orden de las naciones, y
en el personal la tranquilidad que venga de una situación económica
holgada, de la buena salud propia y de las personas allegadas, de la
ausencia de litigios en el hogar y en el ámbito laboral, y en general
relaciones tranquilas con todas las personas. ¿Es esto posible cuando
Dios está ausente de las vidas o cuando se lo relega a la esfera
solamente personal, lo que suele suponer que no es lo primero tampoco en
la vida ordinaria de las personas? Aún en el presupuesto que todas
aquellas condiciones favorables se diesen, al no estar Dios presente al
hombre lo carcome la angustia ante la pérdida de alguna de ellas, como la
enfermedad y muerte de las personas que quiere, su propia decrepitud y su
muerte o mucho más simplemente la incertidumbre que le significa el
futuro en la posible pérdida de un trabajo o de su posición económica.
Por otra parte, es sobreabundante la realidad de guerras y conflictos por
todas partes de la tierra, de amenazas cada vez más seria de destrucción
del planeta por una guerra nuclear o por calamidades climáticas. En
muchas partes pueblos se levantan en armas y en Occidente tanto como en
Oriente hay que contar con terroristas con medios de eliminación cada vez
más letales y con la perspectiva cierta que puedan acceder a armamento
nuclear, el cual –por otra parte- es ya incontrolable. En medio de ese panorama, las familias están
destrozadas desde dentro y también desde fuera porque quienes deberían
defenderla –los estados con sus leyes- la atacan fieramente y la
equiparan a formas de uniones manifiestamente depravadas. Palabras como
“familia”, “amor”, “amistad”, “derechos” dejan de tener su
significado que hablan de la dignidad del hombre para representar
aberraciones y confusión, porque cuando se pervierte una sociedad una de
las primeras cosas que se prostituye es el lenguaje. Por otra parte, qué
pueden significar, incluso la palabra “hombre” cuando se ha quitado
del lenguaje y de la vida a la Palabra, a Dios. A pesar de los progresos también la salud de
las personas se ve bajo asedio, cada vez más expuesta a enfermedades,
comenzando por las espirituales y psíquicas y continuando por las viejas
y nuevas plagas y por el envenenamiento de alimentos y del ambiente. Cuando falta Dios en el horizonte de la vida
de las personas las relaciones se contaminan con el odio, la
incomprensión, el resentimiento, la mezquindad, la búsqueda egoísta del
placer a toda costa, la lucha despiadada por alcanzar o mantener un
status,… Quien, en cambio, es bendecido por el don de
la paz del Señor puede estar en la situación más difícil personal,
familiar, social, incluso en medio de una guerra, pero nada le hará
perder ese estado de gracia que porta en su corazón y que le da serenidad
ante la adversidad y no llega a minar su fe ni hace decaer su esperanza. Suelo recordar el comentario de un periodista
a propósito de Medjugorje en los años de la guerra, que escribió “¡Qué
ironía! Ver personas que llegan a un país en guerra para encontrar la
paz”. Y era y es así: desde hace 25 años y medio la Reina de la Paz
viene a traernos el don invalorable de la paz de Cristo. La paz de Cristo es diferente, porque es don
divino que viene de la Pasión, muerte y resurrección del Señor. Su paz
es pascual y por tanto celestial y eterna. Es un sello que pone en el
corazón de quien cree y se confía en Él y se decide por Él. Es la paz
que cantan los ángeles a los amados de Dios, es la paz que trae el
Cordero a los hombres de buena voluntad, a los pequeños, a los humildes,
a los que se asoman a la gruta del recién nacido, envuelto en pañales y
en brazos de su Madre, para adorarlo. Por lo mismo que al encontrar a Jesús lo
primero que hicieron pastores y magos fue adorarlo, ahora nuestra Madre
nos llama ante todo a la adoración que ya en sí supone elegir a Jesús
como nuestro Dios y Rey de la paz. La Santísima Virgen nos
invita a que lo elijamos a Él, a que nos decidamos por el Señor de la
vida que nos muestra –Niño en Belén- que podemos confiar en la ternura
de su amor. Él, que es la Luz, vino a iluminarnos con la verdad y el
amor, vino a traernos el bien, todo bien, vino a regalarnos el don de la
paz. Inclinemos nuestras cabezas para recibir la
bendición de la paz que Jesús nos trae de brazos de María, y dejemos
que la Virgen nos estreche en un abrazo que es su bendición maternal. A todos, queridos hermanos, una ¡muy feliz,
santa, bendecida Navidad! MENSAJE DEL 25 de DICIEMBRE de 2006 dado a través de Jakov
Queridos hijos, hoy es un gran día de gozo y de paz. Regocíjense
conmigo. Hijitos, los invito especialmente a la santidad en sus familias.
Deseo, hijitos, que cada una de sus familias sea santa y que el gozo
divino y la paz, que Dios especialmente hoy les envía, reinen y moren en
sus familias. Hijitos, abran hoy sus corazones, en este día de gracia.
Decídanse por Dios y pónganlo en el primer lugar en sus familias. Soy la
Madre de ustedes. Los amo y les doy mi bendición maternal. www.mensajerosdelareinadelapaz.org |
| SUBIR. |
|
¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar! |
|
|