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Año
2001 |
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Del 25 de
enero de 2001
Queridos
hijos, hoy los invito a renovar la oración y el ayuno
Son
innumerables las veces que la Santísima Virgen, Reina de la Paz, nos
ha llamado a la oración y al ayuno. Ora separadamente ora
conjuntamente como en este mensaje. Lamentablemente quienes basan su
crítica de las apariciones de Medjugorje sobre la gran repetición de
mensajes están desconociendo al menos dos cosas: la naturaleza humana
y que María es Madre de todos los hombres. Y si nuevamente nos repite
que debemos renovar la oración y el ayuno es porque sabe
perfectamente que nuestra oración a veces se vuelve rutina y decae, y
nuestro ayuno se convierte en dieta cuando no se va diluyendo hasta
desaparecer. María es Madre y muy atenta de sus hijos, de estos hijos
que ha decidido conducir a través de los años para prepararlos y
preparar el mundo a un tiempo nuevo, a la primavera del Espíritu, al
triunfo de su Corazón.
La
clave del pedido insistente de nuestra Madre es el amor; ante todo del
amor inconmensurable que Ella nos tiene y luego del amor al que nos
llama a ejercer en nuestras vidas, porque la oración que nos pide
renovar, igual que el ayuno, son ambos del corazón.
Y
agrega:
aún
con mayor entusiasmo, hasta que la oración se convierta en alegría
para ustedes
Apela
a nuestra voluntad para que conscientes de la presencia del Señor con
quien nos comunicamos, y de su propia presencia, nazca en nosotros el
entusiasmo. No se trata de un simple querer sino de un querer “con
todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón”, tal como
le era y le es mandado al pueblo judío en la Torah, el recuerdo de
que el Señor es el Dios de Israel y que debe ser amado con todo el
ser, es el Sh’ ma Israel
(Dt 6, 4-9).
Cuando
ponemos toda nuestra mejor disposición el Señor hace todo el resto y
la alegría no surge como consecuencia de la autosugestión sino de la
gracia.
Nuestra
Madre nos llama a la oración porque sabe que ésta nos conduce por un
camino de felicidad. Recordemos también que en el mensaje anterior
nos decía: “Oro por todos ustedes para que nazca la alegría en vuestros
corazones”. Ahora nos pide la otra parte, la nuestra: la
renovación con el corazón de la oración para que ésta se convierta
en alegría porque el corazón experimenta el verdadero encuentro con
Dios y rebosa de felicidad.
Hijitos,
quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal
Pese
a la insistencia, la oración que nos pide está tan lejos de la
rutina como el Rosario del mantra. Nosotros no oramos para conjurar el
futuro sino para estar más cerca de Dios y cuando estamos más cerca
de Él aprendemos a abandonarnos a su Providencia y experimentamos su
Misericordia. Entonces, no hay lugar para los miedos. El futuro no nos
asusta porque estamos en sus Manos y Dios nos cuida. Por medio de la
oración vivimos la certeza de que el mal no es más fuerte que el
amor y que jamás podrá vencer al bien.
Les
repito una vez más: sólo con la oración y el ayuno hasta las
guerras pueden ser detenidas, las guerras de vuestra incredulidad y de
vuestro miedo por el futuro
La
oración y el ayuno: dos armas formidables en poder del creyente. Con
la oración y el ayuno se detienen ejércitos. Con oración y ayuno no
hay daños que nos puedan infrigir porque el mal se detiene ante el
poder espiritual que Dios ha generado como respuesta. Todo mal, toda
guerra son detenidos.
También
es detenida, nos dice, la guerra causada por nuestra falta de fe, que
nos hace debatir en lucha espiritual. Es decir, quien tiene fe ora y
ayuna pero también quien tiene poca fe, orando y ayunando recibirá
de Dios la gracia de ver aumentada su fe.
Asimismo
podemos, con oración y ayuno, parar la guerra del miedo al futuro que
a tantos lleva a enfermedades como la depresión o sume en angustia
continua. El futuro por medio de la imaginación puede proyectar imágenes
terribles, sombras gigantescas que oscurecen toda esperanza.
Tengamos
en cuenta que la mera lectura de los periódicos, los noticieros
televisivos y una miríada de programas y de publicidad constantemente
atacan a la imaginación. Esta facultad sólo es sanada cuando se le
permite a Dios entrar y tomar el señorío de nuestras vidas. La
puerta de acceso, nos enseña la Santísima Virgen, es la oración y
el ayuno.
En
verdad, todo nuestro ser debe ser sanado y purificado: nuestro
intelecto, nuestros afectos, nuestra memoria, nuestra voluntad,
nuestros sentidos, nuestra imaginación.
Toda
nuestra vida debe cambiar, debe cambiar la tristeza, la preocupación
constante y la angustia por la alegría de quien se siente libre
porque el Señor lo liberó, porque Cristo es el Salvador de su vida,
porque el Resucitado vive en él.
El
camino es único: oración y ayuno del corazón para alcanzar la
felicidad de la vida en Dios.
Por
providencia divina el Santo Padre acaba de tocar el tema del miedo al
futuro. «El miedo al futuro -dijo el Santo Padre- atenaza con
frecuencia a las generaciones jóvenes, llevándoles por reacción a
caer en la indiferencia, a claudicar ante los compromisos de la vida,
al embrutecimiento de la droga, de la violencia, de la apatía». Un
miedo que en la sociedad actual ofusca «la alegría por todo niño
que nace».
«No debemos tener miedo al futuro», reafirma. Es tarea de la Iglesia
apuntar a la esperanza. La cultura auténtica de la libertad –la que
sólo Cristo puede dar- debe ser construida y “al hacerlo, podremos
darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el
terreno para una nueva primavera del espíritu humano”.
Estoy
con ustedes y les enseño, hijitos: es en Dios que está vuestra paz y
vuestra esperanza. Por ello acérquense a Dios y pónganlo en el
primer lugar en sus vidas
Al
decirnos que sólo en Dios está nuestra paz y nuestra esperanza, nos
reitera el llamado a la conversión. Parece muy oportuno recordar que
precisamente en este día, 25 de Enero, en que nuestra Madre nos da
este mensaje, celebramos, como Iglesia, la conversión de San Pablo.
Celebramos la conversión de alguien que por la aparición del Señor,
en su camino a Damasco, cambia su vida y, de lleno de sí mismo, de su
celosa religiosidad y del seguimiento de reglas y preceptos, se
convierte en el gran Apóstol de los gentiles y le da a la Iglesia la
dimensión de la catolicidad. Quien estaba cerrado sobre sí mismo,
sobre su secta, hace a la Iglesia –que hasta ese momento parecía
solamente una secta judía- universal y le abre infinitos horizontes.
Por
aquella aparición el viejo Saulo se convierte en Pablo: el hombre
nuevo. Por esa misma aparición podrá él decir que “si Cristo no
hubiese resucitado vana sería nuestra fe”. Y si da testimonio de
Cristo Resucitado es porque lo vio, por aquella y otras apariciones
que Pablo tuvo del Señor.
Pablo
vio y escuchó. Escuchó que el Señor le decía: “Levántate, ponte
en pie; te he aparecido para constituirte en ministro y testigo de las
cosas que has visto y de aquellas por las que aún he de aparecerte”
(Hch 26,16) .
Y
Pablo obedeció. Él es el Apóstol, el enviado a abrirle los ojos a
los paganos para que éstos pasen de las tinieblas a la luz, del poder
de Satanás a la salvación.
Hoy
María aparece para que demos testimonio de Ella, con nuestras vidas
de conversión, para que podamos abrir los ojos de aquellos que están
cegados por el mundo de corrupción o hundidos en las oscuras
tinieblas de la vida sin Dios. Todo depende de la respuesta que demos
a su llamado.
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Del 25 de
febrero de 2001
Queridos hijos,
este es un tiempo de gracia
Una vez
más la Santísima Madre nos recuerda que estamos en un tiempo de
gracia. Y nos preguntamos qué alcances tiene esa frase, qué
significa un tiempo de gracia, qué más nos está diciendo al
recordarnos esto.
Lo primero que se nos hace evidente es
que nos ha sido concedido un tiempo, cuya duración desconocemos,
estando sólo seguros de que nuestro presente así como nuestro pasado
más o menos inmediato, ha sido signado por la gracia de Dios. No se
trata de la gracia que todos recibimos por ser cristianos, por haber
sido bautizados y recibido el Espíritu Santo, sino de la gracia
actual con la que el Señor prepara nuestro corazón para poder
responder a su llamado de conversión.
Lo segundo que queda muy claro es que, a
juzgar por el estado del mundo, este es un tiempo que nos regala la
misericordia de Dios.
Por otra parte, al recordarnos este tiempo
nos está también diciendo que como todo tiempo tiene un límite, un
fin. Todos nosotros tenemos experiencia del fluir del tiempo, que nada
es permanente en nuestro mundo. En nuestra propia vida experimentamos
distintas vivencias con momentos de alegría que se mezclan a momentos
de tristeza y que muchas veces no dependen tan sólo de nosotros sino
que nos sobrevienen. Toda nuestra vida está tejida por la voluntad
divina.
Siempre ha sido para el hombre un misterio el
tiempo y el acontecer humano en los vaivenes de la historia personal y
de las naciones.
En la Biblia leemos en el Qoelet (Eclesiastés)
que hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para arrojar piedras y
otro para recogerlas, un tiempo para nacer y un tiempo para morir.
Pero, por sobre todo, está Dios que nos da el tiempo, que nos ha
donado la vida, que nos mantiene en la existencia y que –lo sabemos-
desea regalarnos la eternidad.
Es Dios el Señor del tiempo y de la
eternidad, y en esta época en que sobreabunda el pecado Él ha
dispuesto, por puro Amor suyo, ofrecernos un tiempo de misericordia,
de llamado –llamado a la conversión por medio de María- para que
regresemos a Él y no nos perdamos para siempre. Más aún, para que
gocemos desde ahora la felicidad de la vida en Dios.
Ahora cabría preguntarse ¿cómo se está
manifestando este tiempo de gracia del cual nos habla la Santísima
Virgen?
La respuesta inmediata -que a no dudar viene
del Espíritu- es esta: por la presencia de María, y además por lo
que su presencia conlleva: las gracias extraordinarias de conversión.
Pero, también se manifiesta por el año santo del Gran Jubileo que
acabamos de pasar bajo la guía del Santo Padre, él mismo signo de la
gracia, y los frutos que ya está mostrando.
Es conocido por todos que el Papa ha puesto
su pontificado bajo la protección de María, y que no ha dejado de
invocarla en cada ocasión importante para la Iglesia. Durante los
tres años de preparación para el Gran Jubileo, María siempre estuvo
presente y uno de los últimos actos del año santo fue, en unión con
los obispos del mundo, la entrega del milenio. Este tiempo particular
de gracia es ante todo mariano, es de la Madre que viene a gestar a
sus hijos nuevos haciéndolos testigos de Jesús y fieles cumplidores
de la Ley de Dios, y que da batalla por ellos y por todos sus otros
hijos contra el Dragón, la serpiente antigua, satanás.
Por otra parte, este es tiempo en que los
hijos alzan la mirada esperanzada hacia la Madre, en que escuchan sus
mensajes y los viven. Por eso este es tiempo de gracia.
Es a través de María que hoy se renueva la
esperanza y nos llega la paz de Cristo. Es Ella, Madre de la Iglesia,
que nos hace conocer el amor que el Padre tiene sobre la humanidad y
sobre cada uno de nosotros en particular. Para descubrir este amor,
nos enseña, debemos orar.
¿Por
qué nos recuerda que estamos viviendo este tiempo? No será tan solo
para indicarnos que este es tiempo de grandes conversiones, que en
esto se mide la gracia, y de grandes santificaciones sino para algo más.
Es para decirnos que este es tiempo para no perder, sino para
aprovechar avanzando en el camino de conversión personal, en la misión
que a cada uno el Señor nos asigne, misión que sólo conoceremos
mediante la oración intensa y profunda.
Se avanza en el camino del abandono a la acción
de Dios en nosotros, en la docilidad a las mociones del Espíritu, en
la purificación del corazón, la que nos santifica y devuelve la
alegría. No debemos temerle a la purificación porque viene del amor
de Dios.
Al recordarnos que este es tiempo de gracia nos está alertando que ha
de pasar y en esto deberíamos ver una urgencia. Sabemos que la
misericordia de Dios es eterna pero el tiempo por su naturaleza es
finito, tiene un límite, pasa para no volver. Dejará entonces de
estar a nuestro alcance esa gracia actual que nos permita responder al
Señor con apertura de corazón, que nos haga cambiar el rumbo para
seguir sus caminos.
En este tiempo no debemos, entonces, estar
distraídos ni ausentes porque es necesario estar atentos al llamado,
a la escucha, y disponibles para el apostolado.
Este es tiempo de recibir y de dar de lo recibido. Es tiempo de
renuncia de todo lo que nos ata a la tierra, todo lo que nos perturba
el ánimo, de la loca carrera del mundo, para alcanzar la mano de la
Madre que nos conduce por seguros caminos.
Es tiempo de
crecer para ser pequeños, de despojarnos de las cosas para hacernos
ricos.
Aprovechar este tiempo es vivir cada instante
como hijos de Dios. Es darle la espalda al Príncipe de este mundo con
todas sus mentiras y a sus engaños en las cosas que nos atrapan.
Este, por sobre todo, es tiempo de amar con
el amor de Jesús. Amar la vida, amar a los más pobres y abandonados,
a los enfermos, a los ancianos, llevándoles a todos alegría y amor.
Este es tiempo de perdón y reconciliación.
De perdón ofrecido y pedido.
Este es tiempo para descubrir el proyecto de
Dios en mi vida. Tiempo de aceptación del sufrimiento porque en él
se descubre el valor de la cruz, el dolor que redime. Tiempo de
testimoniar con la palabra nuestra fe y con nuestra vida hablar del Señor,
de su misericordia, a los otros.
Ya estamos ingresando en la Cuaresma, en el otro tiempo, el litúrgico
en el cual la Iglesia nos llama a la conversión por medio de la
profundización de la oración, del ayuno, de las obras de caridad y
todo esto no escapa al alcance del presente mensaje de la Reina de la
Paz.
En esos cuarenta días que nos preparan para
al Pascua somos especialmente invitados a la meditación de la Pasión
del Señor, contemplando al crucificado, adorando la cruz, recorriendo
en cada Via Crucis el camino del dolor. La Iglesia y la Madre de Dios
nos exhortan a prepararnos para la Pascua con un corazón renovado en
la reconciliación y en el amor.
Ciertamente, habría otra pregunta con respecto al tiempo que no hemos
formulado: qué pasará después que se agote este tiempo. Ante todo
habría que decir que el tiempo que nos es concedido y lo que vendrá
está vinculado a nuestra propia respuesta. Luego, que siempre en
nuestro horizonte está la esperanza.
Ya en el mensaje del mes anterior aludía
nuestra Madre del Cielo al futuro, nos decía que quien ora no teme al
futuro y que con oración y ayuno podemos detener el conflicto
interno, la propia guerra del miedo al futuro. Porque con oración y
ayuno el futuro se despeja de sombras y se vuelve luminoso, porque
plantados en este tiempo, aprovechando cada instante de gracia que se
derrama sobre nosotros, nos sentimos protegidos y anticipamos la
victoria que vendrá: el triunfo del Corazón Inmaculado de María,
yendo al encuentro de Jesús que viene.
Por eso, oren,
oren, oren hasta que comprendan el amor de Dios por cada uno de
ustedes
Este mensaje, como todos sus mensajes, debe ser leído a la luz de la
totalidad de los que hace casi 20 años nos dirige.
Por medio de sus enseñanzas nos viene
introduciendo en la oración profunda del corazón, la que libera
–por así decirlo- el poder de Dios porque está elevada desde la
fe, desde el despojamiento de lo efímero para revestirnos de
eternidad. Es la oración que responde al amor de Dios con el anhelo
de amarlo más aún, de conocer sus proyectos sobre nosotros.
A través de la oración, personal y comunitaria, recibimos la luz y
la fuerza para comprender el misterio de amor, de nuestra propia
salvación, de la misión que Dios tiene preparada para cada uno de
nosotros, de ser sus enviados santificándonos también en la acción,
ya que a través de la oración y por ella el Señor obra en nosotros
y el Espíritu nos cambia el corazón e ilumina nuestra conciencia.
Orando todo se vuelve más luminoso, más claro y se comienza a
comprender el plan de Dios en la propia vida, el momento que nos toca
vivir.
Con la oración le damos espacio a Dios,
dejamos que Él haga en nuestras vidas y cambiamos nuestros deseos y
anhelos por su voluntad. Nuestros planes cuando no son inspirados por
Dios, cuando no nacen como fruto de la oración entonces son frágiles,
nuestros mejores anhelos se vuelven quimera, se esfuman y todo se
vuelve un correr tras el viento.
Orando en profundidad -porque pidiéndonos "oren, oren,
oren" nuestra Madre nos dice que aumentemos no sólo el tiempo
dedicado a la oración sino también la profundidad de la misma- no
tendremos cuestionamientos sobre acontecimientos para nosotros
incomprensibles. No iremos diciendo "¿por qué el Señor permite
esto o aquello?". No habremos de escandalizarnos de la cruz, sino
que sabremos ver el inmenso, inconmensurable amor de Dios en todas las
cosas y en nuestras propias vidas. Orando en profundidad dejaremos de
pedir tan sólo cosas para nosotros sino que habremos más de
interceder por el mundo y aprenderemos a abandonarnos al amor de Dios,
para que Él haga en nosotros su perfecta y santa voluntad. Y cuando
pidamos habremos de pedir amar, espíritu de abandono y de oración y
sabiduría para comprender las cosas de Dios.
La oración
del corazón a la que nos lleva la Santísima Madre es la que nos
transfigura y vuelve testigos de la gracia.
Según contaba el P. Slavko, en los primeros tiempos la Gospa les había
dado el siguiente mensaje a los sacerdotes de la parroquia de
Medjugorje: "Si ustedes llevan a la parroquia a la oración
del corazón habrá esplendor en los parroquianos y esto bastará para
iluminar a las personas que vengan a Medjugorje".
Al que ora se le nota y su presencia vale
más que todas sus palabras.
Entrar en la oración profunda, en la del corazón, no es tarea tan
ardua, es poner la voluntad en el encuentro con Dios, es encontrar los
propios pecados y arrojarlos fuera, es ser sinceros y orar con corazón
humilde a nuestro Padre, Creador y Salvador, con la confianza de hijos
que son escuchados. Por medio de la oración que nos pide la Santísima
Virgen experimentaremos a Dios que nos ama, que nos salva, que nos envía
a esta Madre amorosa porque nuestra vida es preciosa para Él, de tal
valor que se necesitó la Sangre Preciosísima de Cristo para
rescatarnos a cada uno de nosotros.
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Del 25 de
marzo de 2001
“Queridos
hijos, hoy también los invito a abrirse a la oración”
Estar
abiertos a la oración es estar dispuestos a la comunicación con
Dios, a salir del aislamiento por medio de la oración.
Orar es hablar con
Dios y también escucharlo en el corazón. En tiempos de rumores, de
ruidos y estridencias debemos custodiar el silencio para recuperar la
escucha de Dios, para poder captar las mociones del Espíritu.
Un corazón cerrado
no puede orar porque no puede comunicarse ni es capaz de escuchar,
porque carece de sensibilidad. Por eso, la invitación es a la
apertura. Cuando verdaderamente nos abrimos a Dios también logramos
comunicarnos con el otro, y recuperamos nuestra propia unidad.
“Hijitos,
viven en un tiempo en que Dios les da grandes gracias, y ustedes no
saben aprovecharlas”
Si
no estamos abiertos a la oración no podremos aprovechar las gracias
que Dios nos envía a diario porque, ante todo, no seremos capaces de
reconocerlas y porque nuestro espíritu no será capaz de discernir el
bien que Dios quiere hacernos en situaciones que quizás nos contraríen.
Sabemos que este es
un tiempo de grandes gracias. Varias veces dijimos que a este tiempo
de misericordia lo podemos medir por la presencia permanente de
nuestra Madre, que nos nutre y nos guía con estos sus mensajes, así
como por las gracias extraordinarias de conversión que se están
dando en todas partes y sobre todo en los santuarios marianos, entre
ellos preponderantemente en Medjugorje. Podemos también apreciar
estas grandes gracias por el Año Santo, que acaba de terminar en
cuanto a su aspecto temporal, pero no en cuanto a los frutos que ahora
empiezan a recogerse.
Este llamado, en sí
mismo triste, debe hacernos reaccionar porque esas gracias no se han
agotado. Este es el sentido de la admonición de la Virgen: mostrarnos
a qué estamos expuestos para de inmediato repararlo.
“Se
preocupan de todo lo demás, menos del alma y de la vida espiritual”
Las cosas del mundo que han de pasar nos distraen, hay muchos caminos
que desvían y uno solo que lleva a Dios. Aún cuando creamos que legítimamente
debemos preocuparnos por aspectos de nuestra vida, si con ello le
estamos quitando tiempo y espacio al Señor, si no nos conduce a
Cristo, único Camino al Padre, entonces nuestra preocupación pierde
toda legitimidad porque nos está perjudicando espiritualmente.
No en vano la Virgen
nos pide que leamos -todos los jueves- aquel pasaje de Mateo (Mt
6,24-34). Visto con ojos del mundo, con los ojos de aquel que aún
no se ha abierto a la gracia, de quien tiene cerrado el corazón y es
incapaz de orar, ese pasaje le puede parecer escandaloso o excesivo.
Quizás llegue a pensar que es una manera de decir, pero que no quiere
significar lo que allí se dice, que debe ser atenuada su interpretación
para no ser “fundamentalista”. Después de todo, éste es el
pensamiento de esta época postmodernista que nos toca vivir. Sin
embargo, el Señor dice claramente que no debemos afanarnos por
nuestro propio resguardo, preocuparnos por nuestro propio sustento y
protección, sino ocuparnos de nuestra santidad. Si así lo hacemos el
Padre que está en el Cielo, que bien sabe de qué cosas tenemos
necesidad, se ocupará de todo eso.
No podemos, entonces,
excusarnos ante la gravedad de nuestra situación personal, quizás de
falta de empleo, de nuestras vicisitudes financieras o nuestro estado
de salud para decir que no podemos dedicarnos tanto a cultivar nuestra
vida espiritual.
Muy simplemente, Dios
nos ha dado la vida y nos sostiene en ella, debemos nosotros ocuparnos
de la salud de nuestra alma: de ser santos.
El llamado a la
santidad es universal, es para todos y no admite ningún atenuante ni
excepción.
“Despierten
del sueño cansado de su alma y digan a Dios con todas sus fuerzas, Sí.
Decídanse por la conversión y la santidad”
Nuestra
Madre, que nos ve sumidos en un letargo que arriesga ser mortal, debe
despertarnos. Debe, aún con toda su suavidad, sacudirnos y mostrarnos
nuestro estado para llevarnos a dar la respuesta que Ella mismo supo
dar de manera eminente.
Ella, que es nuestro
modelo de humildad, de sumisión a Dios –es decir de auténtica
libertad- nos da este mensaje precisamente en el día de su “fiat”,
de su “Sí” pleno, sin reticencias, sin condicionamientos, sin
debilitamientos sino dado con todas sus fuerzas a Dios. María
iniciaba también con aquel sí su camino ascendente hacia Dios que la
llevaría por pruebas y penumbras, caminando siempre en la fe hasta
alcanzar la gloria.
Debemos
decidirnos por la conversión auténtica, por el proyecto profundo de
conversión a Dios. Por el inicio del camino sin retroceso en el que
damos la espalda al mundo de pecado, de corrupción, de tentaciones, a
satanás y todas sus pompas, para seguir la meta del encuentro con
Dios.
Conversión auténtica
de coherencia de vida, de transformación interior, de testimonio de
amor.
Sólo la gracia puede
lograr lo que nuestra voluntad asiente respondiendo al llamado de Dios
a la santidad. Decía Pascal: “Solo la gracia puede hacer de un
hombre un santo. El que lo dude no sabe lo que es la gracia ni sabe lo
que es un hombre”. Pero, todo comienza con la propia decisión de
dejar la tibieza, las dudas, la mediocridad y hasta la medianía de
quien se ha establecido en la meseta de su vida espiritual. Es preciso
ascender el monte de la santidad sabiendo que no se cuenta con las
solas fuerzas sino con la gracia de Dios. Cuando se es consciente de
esto entonces la subida es en el abandono, porque es el Señor quien
lo va a llevando a uno. Nosotros hemos elegido subir con María
consagrándonos a su Corazón Inmaculado. Es Ella misma quien nos
presenta a la misericordia de Dios para que seamos agraciados por su
particular protección. Desde su Corazón seremos modelados en la
santidad y purificados en el amor.
“Estoy
con ustedes, hijitos, y los invito a la perfección de su alma y de
todo lo que hacen”
Esa
perfección, nos dice por otra parte, se logra en lo concreto por
medio de la oración -cuando nos abrimos al amor- del rezo del Santo
Rosario, de la Santa Misa vivida con toda el alma, de la purificación
del corazón mediante la reconciliación con Dios, en la Confesión
asidua, y con el hermano, de la visita a Jesús sacramentado en
actitud adorante, del ayuno y de todo sacrificio ofrecido a Dios, de
las obras concretas de misericordia, de la aceptación de la cruz de
cada día, de la misión que empieza por la propia casa, por el ámbito
de trabajo, con el ejemplo de amor, de la humildad y de la obediencia
a la Iglesia.
El
Santo Padre nos dice: “¡Naveguen mar adentro!” Implícitamente
nos está diciendo “no echen anclas” sino continúen en procura de
la profundidad de la vida en el Espíritu, de la propia santidad, de
la profundidad de la relación con Dios que se mide en la oración.
Nuestra Madre, con otras palabras, nos está diciendo lo mismo
“despierten del sueño cansado del alma” y “decídanse por Dios,
por la santidad, por la conversión”.
No temamos dar
nuestro sí e iniciemos hoy mismo el camino de perfección trabajando
humildemente y con paciencia sobre los defectos, los vicios -que en la
luz del Espíritu- sabemos tener.
No temamos, nuestra
Madre, Reina de la Paz, está con nosotros..
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Del 25 de
abril de 2001
“Queridos
hijos, también hoy los invito a la oración. Hijitos, la oración hace
milagros”
Cada nueva
invitación de nuestra Madre a la oración es ante todo un llamado a
perseverar en la oración, a no dejarnos ganar por el desánimo o la
desidia.
Todos
tenemos nuestros momentos de aridez en los que la rutina se vuelve
desgano y éste puede llegar a conquistar nuestra alma. Cierto es también
que todos conocemos tiempos de oscuridades en los que nos parece que no
hay respuesta de Dios y nos sentimos solos y hasta a veces desamparados.
Precisamente, en esos momentos, nos dice nuestra Madre que no debemos
abandonar la oración sino renovarla, insistir en ella, porque la oración
–persistente, del corazón- obra milagros. Milagros en los que vemos
resueltos nuestros problemas o en los que nosotros mismos somos
transformados.
“Cuando
estén cansados y enfermos y no sepan cuál es el sentido de sus vidas,
tomen el rosario y oren; oren hasta que la oración se vuelva para
ustedes un encuentro gozoso con vuestro Salvador”
Nos invita
en toda circunstancia a aferrarnos al rosario. “No hay situación
por difícil que sea que no se resuelva con la oración, con el
rosario” nos ha dicho la Santísima Virgen en otro mensaje suyo. Y
esto es así, porque quien resuelve nuestra situación y nos trae la paz
en medio de la tormenta es Aquel para quien nada es imposible. Es
entonces, por medio de la oración, que podemos ser restaurados de
nuestro cansancio, sanados de nuestra enfermedad o bien recibir la
fortaleza que nos sostiene en la adversidad.
Nosotros
solemos creer que salvarse es quitarse los problemas de encima, es ser preservados
del dolor. Jesús hace mucho más que eso, nos preserva en el
dolor. Porque cuando en nuestra vida, aún en el dolor extremo, en
la enfermedad, en el agotamiento de las fuerzas psíquicas y físicas,
encontramos a Jesús nuestra vida está resguardada de todo mal.
Él
es quien nos tiene grabados en la palma de sus manos, en lo profundo de
sus heridas, y quien nos ama con amor eterno.
Y así se
da que al buscar la salvación me encuentro –por medio de la oración-
con el Salvador: un hombre llamado Jesús a quien reconozco como mi
Salvador, mi Dios.
Él
me abre el camino al Banquete eterno. Él me libra de mi angustia, Él y
sólo Él puede dar sentido a mi vida. Él es quien me dice
“ven a Mí cuando estés cansado y agobiado que Yo te aliviaré”.
Entonces,
vivir la oración es experimentar la salvación.
Pero, la
pregunta es ¿cuál oración? La oración que clama la venida de Dios a
la propia vida, de su amor y su misericordia. La oración del corazón
que nace de la humildad y del perdón pedido y otorgado. El rezo del
Santo Rosario, en cuanto es oración del corazón, en el que desgrano
Padrenuestros y Avemarías porque dirijo mi plegaria al Padre y lo hago
desde los labios de mi Madre, mientras medito la historia de la salvación.
Es
que de todas las oraciones la más importante es la interior, la del
corazón. Ésa para la que
es necesario cerrar la puerta
del cuarto, la puerta de nuestro
corazón que da al mundo, aún al mundo de los afectos cercanos de
la casa. La oración del corazón es la oración de Jesús.
Tomar el
rosario y rezarlo es poner en movimiento nuestra voluntad de ir hacia la
gracia del Señor que hace –como nos pedía en el pasado mensaje
nuestra Madre- que “despertemos del sueño cansado de nuestra
alma”.
La
oración le da el verdadero ritmo a nuestra vida. No obstante, el
comienzo del ejercicio de la oración es difícil.
Debemos,
entonces, superar la tendencia a dejar caer la oración tanto en cuanto
a la práctica diaria como a la profundidad o la atención dedicada a la
misma. Debemos resistir a la tentación de pensar que Dios no nos
escucha, que está lejos. Hay oraciones, como la de algunos profetas,
que no nacen de la presencia de Dios sino de su lejanía. Y son esas
oraciones las que traen de nuevo a Dios.
No
debemos tener sólo momentos de oración algunos días sí y otros no
tanto, y no buscarla solamente en momentos especiales o cuando tenemos
tiempo o ganas.
Esta
constancia en la oración que solicita de nosotros la Reina de la Paz,
es la misma que nos pide Jesús en los Evangelios y la que, nos asegura,
ha de ser escuchada: “Pedid y
se os dará, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá”,
dice el Señor.
Oración
simple y martillante que abre el corazón de Dios. Oración de niños,
abandonados en los brazos del Padre.
La Virgen
no se cansa de repetirnos que debemos
orar. No podemos dejar de orar. Orar sin cesar. Orar con mayor
recogimiento. Con mayor profundidad. Orar hasta que la oración se
vuelva encuentro y en ese encuentro esté nuestra alegría. Pero, atención
que cuando nuestra Madre nos habla de un encuentro gozoso con el Señor,
no se trata en modo alguno de ir detrás de las emociones y sensaciones
o de provocarlas. No se trata de estados de ánimo sino de un gozo íntimo
por el encuentro en sí, el gozo provocado por la fe, la certeza de ese
encuentro.
La oración
que finalmente nos lleve al encuentro no es tanto la de súplica como la
que abre el camino a la contemplación del misterio. La que ha de
volvernos “adoradores en espíritu y
verdad”.
Jesús
mismo nos vuelve a decir que el Padre, que busca esos adoradores, está
también dispuesto a darnos el mayor regalo si se lo pedimos: el Espíritu
Santo. “Si ustedes que son
malos saben dar buenas cosas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre
Celestial dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo piden!”(Lc
11,13). Y el Espíritu nos da la alegría de reconocernos hijos en
el Hijo y de llamar a nuestro Dios “Abba”, padrecito.
Orar
verdaderamente con el corazón es vivir el encuentro gozoso con Dios,
Trino y Uno, que me protege, me escucha, me salva.
El
Señor se vale así de nuestra oración para llegar con sus gracias a
las zonas más oscuras de nuestras vidas y darnos vida nueva.
En
esta experiencia trinitaria en la que recibo el Espíritu y reconozco a
Dios como Padre, Jesús es mi Salvador, mi Señor, y es quien encierra
toda la vida dentro de sí. Fuera de Él no hay vida, no hay verdadera
alegría.
También
nuestra Madre nos llama a la oración comunitaria, a formar grupos
de oración para que las personas maduren juntas en la fe y en el
amor. Que no se encierren sino que se abran al Espíritu, al Amor, para
poder dar sus frutos. Viene a formar cenáculos –personas que rezan
juntas el Rosario- cenáculos orantes y expectantes del Espíritu que
viene a destrabar las puertas de los miedos, del egoísmo, de la falsa
religiosidad autocomplaciente, de la autojustificación, del orgullo y
la soberbia, de la mezquindad, de la envidia, de los celos.
Si bien es
cierto que por la oración recuperamos nuestra identidad, ante todo como
hijos de Dios, no lo es menos que también por la oración nos
reconocemos en el otro, que de próximo se vuelve hermano.
Sin
oración no hay comunidad, no hay Iglesia. Sin oración tampoco hay
sentido de la vida porque no puedo conocer la Voluntad de Dios en mi
historia y en el mundo.
Finalmente,
recordemos que habrá oración en la medida de nuestra disposición al
encuentro con Dios porque sino podrá ocurrir lo que la Santísima
Virgen le dijo a Jelena: “Hay
muchos que terminan sus oraciones sin haber entrado nunca en ellas”.
“Estoy
con ustedes e intercedo y oro por ustedes, hijitos”
Esto así
expresado en palabras es lo que nos muestra nuestra Madre Santísima con
sus visitas diarias a Medjugorje, en las que ora junto a nosotros, con
nosotros, y por nosotros.
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Del 25 de mayo
de 2001
Queridos hijos, en este
tiempo de gracia los invito a la oración
La
gracia es regalo de Dios, es su favor, su auxilio enteramente gratuito
que Él mismo nos da para que podamos responder a su llamado, para que
podamos salvarnos, para que podamos ser hijos en el Hijo, para que
podamos participar de la vida eterna, de la vida de Dios mismo.
La gracia es algo
inmenso, inconmensurable que no podemos del todo entender ni menos medir
porque viene del amor de Dios que es infinito. Él desde su eternidad
nos agració con la vida, vida de hombre que nos dio, con esa misma
naturaleza que Él asumió en la persona del Verbo. Y Él, el Señor,
ahora desde su eternidad penetra nuestro tiempo para darnos esta
sobreabundancia de su favor y no sólo rescatarnos sino hacernos santos.
Este llamado de nuestra
Madre es antes que nada un llamado a la santidad. Una invitación que
contiene otra: la de la oración. Porque sólo es posible responder a la
gracia de Dios mediante la comunicación de la oración. Porque sin la
oración no se alcanza la santidad. De la oración nace el resto, toda
acción santificante. Por ello mismo, nos dice a continuación:
Hijitos, trabajan mucho
pero sin la bendición de Dios
Es
decir, toda actividad es vana sin la oración. Con la oración,
dialogando con Dios, al que no vemos pero que sí nos escucha, obtenemos
de Él la gracia de la bendición. Puesto que orando preparamos nuestro
corazón para acoger la gracia, la bendición que Dios quiere darnos,
para que Él complete en nosotros lo que Él mismo comenzó. Comenzó
desde el primer momento de nuestra concepción cuando sopló la vida y
nos dio el acto de ser. Acto de ser que continúa dándonos a cada
instante ya que nos sostiene en la vida. Obra que sigue ejecutando día
tras día, la mayor de las veces sin que lo notemos porque estamos
sumidos en actividades que no dejan ver al Creador. Lo curioso y
lamentable es que esto también se aplica para quien trabajando para el
Reino, y descuidando la oración, sumergido en voraz activismo por
ocuparse de las obras del Señor, se olvida del Señor de las obras.
Bendigan y busquen la
sabiduría del Espíritu Santo para que los guíe en este tiempo, a fin
de que comprendan y vivan en la gracia de este tiempo
La
gracia es principalmente don del Espíritu Santo. El Espíritu que nos
justifica, nos santifica y que también derrama en nosotros sus dones
para que cooperemos en la salvación de nuestros hermanos y seamos
constructores de su Iglesia. Bendecir la sabiduría y buscarla, nos dice
María que es Sede de Sabiduría, es ser conducidos por el Espíritu que
nos muestra la verdad toda entera, la verdad de la gracia de este tiempo
y que hace que nosotros no seamos meros testigos ajenos de ella sino que
la vivamos. Que nuestro testimonio ante un mundo en tinieblas sea el
resplandor de esa gracia que pasa por nosotros. Pero, sólo se bendice y
se busca en la oración al Espíritu.
Recordemos lo que
nuestra Madre nos ha dicho en Medjugorje: “Ustedes piden muchas cosas
pero no piden lo más importante: el Espíritu Santo. Si piden el Espíritu
lo tendrán todo”. En el Espíritu recibimos la sabiduría que nos
permite reconocer las inspiraciones de Dios que nos conducen, en la
docilidad al Espíritu, por el justo camino en tiempos que –para
aquellos que no aceptan la gracia- son de gran extravío. Quien vive el
tiempo de gracia a nada debe temer por oscuro que se pueda presentar el
horizonte.
Conviértanse, hijitos,
y arrodíllense en el silencio de vuestro corazón
Aunque
es Dios quien nos convierte, aunque es obra del Espíritu Santo cambiar
nuestro corazón de piedra por uno de carne, soplar en nosotros un nuevo
espíritu para hacer de cada uno un ser nuevo que dirija su mirada a
Dios, sin nuestra actitud interior, sin nuestro consentimiento a la
gracia recibida no puede haber conversión.
¡Qué bella expresión
es la de nuestra Madre Santísima! Nos llama al recogimiento interior, a
arrodillarnos no tan sólo como manifestación exterior sino sobre todo
interior. Casi en la intimidad del cuarto, cuando estamos solos frente a
nuestro Dios, allí, en esos momentos, inclinar todo nuestro ser en el
silencio para recibir de Dios las gracias, sus bendiciones, para ser
abrazados por su amor.
Pongan a Dios en el
centro de vuestro ser, para que puedan en alegría testimoniar las
bellezas que Dios les da continuamente en vuestra vida
Somos
templos del Espíritu y habitados por Dios. Esa es su voluntad. Hemos
sido introducidos en la intimidad de la vida trinitaria por el Bautismo
que nos hace partícipes de la gracia de Cristo. Y de la plenitud de
Cristo –como nos dice san Juan- recibimos gracia tras gracia. La
primera de ella el don del mismo Espíritu que hace que reconozcamos a
Jesús como Señor y llamamos “Abba”, “Padre” a Dios.
Somos deudores del amor
de Dios y lo menos que debemos hacer es complacer su voluntad de estar
en nosotros. Jesús nos dice: si ustedes observan mis mandamientos
permanecen en mi amor, así como yo cumplí con el mandamiento del Padre
y permanezco en su amor. Permanecer en el amor de Cristo es recibir
todos los frutos de su amor. Para permanecer en su amor y dar muchos
frutos es necesario cumplir con su ley de amor, (cf Jn 15,7ss) y
dejarnos penetrar por su Palabra. Cuando así hacemos estamos centrando
nuestras vidas en Dios. Entonces, son palabras de Jesús, lo que pidamos
nos será dado. Si sus palabras permanecen en nosotros haremos, como
Cristo, la voluntad del Padre y el Padre nos mostrará todo su amor que
hará de nosotros testigos alegres y agradecidos de toda la belleza de
Dios reflejada en nuestra vida.
Leamos
una vez más el mensaje de la Reina de la Paz y roguemos su intercesión
para recibir la plenitud de la gracia de este tiempo que nos es regalado
por la misericordia de Dios.
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Del 25 de
Junio de 2001
Estoy
con ustedes y los bendigo a todos con mi bendición maternal
La Madre está
con sus hijos. Desde hace 20 años en Medjugorje con su presencia
ininterrumpida, confirma, día tras día, esto que hoy nos dice: está
con nosotros. Estar con nosotros para la Madre de Dios significa estar
junto a nosotros, más aún, venir por nosotros.
En
este aniversario no podemos dejar de evocar la aparición de aquel
primer día, 24 de Junio de 1981. Aquella vez, como lo hace toda vez
que viene a encontrarnos, recorrió el infinito que separaba dos
realidades, la nuestra terrena y la suya celestial, el tiempo y la
eternidad.
Ella había dado el gran salto al que el amor la impulsaba, había
sobrepasado el abismo que no es posible medir sino por la gracia y el
amor, pero había escogido ubicarse a una cierta distancia de los
videntes, desde donde los invitaba a acercarse mientras tapaba y
destapaba al niño que tenía entre sus brazos. Esa Mujer con su Niño,
envuelta en la luz, era el signo de que Cristo estaba allí y de que
Ella era María, su Madre. María es el signo de Cristo, de su
presencia porque es la Madre de Dios. Y con su gesto elocuente - en el
silencio - mostraba que venía desde el Cielo a traernos protección.
La
Virgen invitaba a acercarse pero esa tarde nadie acudía a su llamado.
Por lo contrario – lo sabemos - todos, uno tras otro, huyeron. Ella
había hecho todo el camino, a los chicos les bastaba dar algunos
pasos para que el encuentro se produjese, sin embargo eso no ocurrió.
Recién
al siguiente día acudieron a la invitación y desde entonces, porque
la voluntad de aquellos videntes se unió a la voluntad de Dios, está
la Virgen plenamente junto a nosotros.
Con
todo lo ocurrido se nos vuelve evidente que el estar o no con nosotros
depende más de nuestra voluntad, del ejercicio correcto de nuestra
libertad, que de los deseos de la Santísima Virgen.
Cuando
la Madre viene es algo grande, cuando la Madre es recibida es algo
mucho mayor porque es recién entonces que se reciben las bendiciones
que luego han de fructificar.
La
Madre viene para traernos su bendición, la bendición eficaz que nos
lleva a la santidad, la bendición que vence los obstáculos que
nosotros ponemos a la acción de Dios, la bendición que
verdaderamente nos hace libres porque nos libera de miedos. La bendición
que nos aproxima a su corazón y nos ayuda a caminar en el camino de
santidad.
Hoy
especialmente, cuando Dios les da abundantes gracias, oren y busquen a
Dios a través mío
En
esta parte del mensaje querríamos detenernos en la primera palabra:
hoy. Hoy puede entenderse de una manera continua, es decir, que en
este tiempo Dios nos da gracias abundantes, pero también, como una
referencia al mismo día del aniversario. Creemos que ambas
interpretaciones son verdaderas porque Dios derrama grandes gracias en
las celebraciones especiales y también porque Dios nos está
regalando este tiempo, marcado por la presencia de la Santísima
Virgen entre nosotros de ese modo tan especial, que es tiempo de
gracia. De gracia actual, de gracia santificante, de gracia de Cristo
que obra en nosotros la conversión y sana nuestras heridas
consecuencia del pecado.
A
continuación nos indica, una vez más, el camino, qué debemos hacer
para aprovechar este exceso de generosidad de la misericordia divina:
orar y buscar a Dios por medio de María.
La
oración es la manifestación de nuestra voluntad de querer
encontrarnos con Dios y – por sobre todo - encontrarlo buscándolo
por medio de nuestra Madre del Cielo. Porque este tiempo de
misericordia, de gracia, está puesto bajo María. Ella es la Enviada,
quien ha venido para que no erremos el camino, quien ha venido a
allanar los senderos, a conducirnos de manera segura al Salvador.
Orar
es también rezarle a nuestra intercesora para que Ella una su oración
a la nuestra, para alcanzar la paz que viene de la reconciliación con
el Señor. Como dijo en otro aniversario: "Oro
por ustedes e intercedo por ustedes ante Dios, para que comprendan que
cada uno de ustedes es portador de paz. No pueden tener paz si sus
corazones no están en paz con Dios. Por ellos, hijitos, oren, oren,
oren porque la oración es el fundamento de su paz".
Dios
les da grandes gracias, por eso hijitos, aprovechen este tiempo de
gracia y acérquense a mi corazón para que pueda conducirlos a mi
Hijo Jesús
Con
estas palabras explicita lo que antes nos dijo. Y nuevamente estamos
ante la aproximación. La Reina de la Paz está con nosotros, junto a
nosotros, nosotros hemos aceptado aproximarnos a Ella y permanecer
junto a Ella, pero aún tenemos que estar más cerca, cerca de su
corazón. ¿Qué significa esto? Que debemos consagrarnos a su Corazón
Inmaculado entregándole todo lo que somos y todo lo que nos
pertenece. Entregarle nuestro pasado con todo lo que fue, nuestro
presente con todo lo que es y nuestro futuro con todo lo que será.
Todo nuestro ser debe estar en María para que podamos ser todo de
Dios. Acercarse a su corazón es un acto de abandono, de confiada
entrega de todo aquello que nosotros no podemos llevar a cuestas, para
que Ella lo transforme por la acción del Espíritu.
Es
la Sabiduría divina la que ha dispuesto este camino corto y eficaz
para llegar a Dios puesto que por este mismo camino Dios llegó a los
hombres cuando el Verbo Eterno asumió la humanidad en el seno de María.
El
fin de la consagración es el amor, amar con amor divino, amar a Dios
con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón, amarlo
en su presencia eucarística y también amarlo en el hermano y en la
creación.
Jesús
es el Camino al Padre, es el Pontífice que une la divinidad con la
humanidad, y María es el caminito, el atajo que Dios nos regala en
estos tiempos para llegar a Jesús.
Recordamos
particularmente un mensaje de la Reina de la Paz dado otro 25 de
Junio: "Queridos hijos, estos son tiempos especiales, y por
ello estoy con ustedes para amarlos y protegerlos, para proteger sus
corazones de satanás y acercarlos a todos, siempre más, a mi Hijo
Jesús. Hijitos, los invito a que se abran a mí y se decidan por la
conversión. Nuevamente los invito a que se abran a la oración, a fin
de que en la oración el Espíritu Santo los ayude, para que sus
corazones se vuelvan de carne y no de piedra".
Desde
el Corazón de María recibamos su bendición y las abundantes gracias
que Dios nos está regalando en este tiempo.
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Del 25 de
julio de 2001
Queridos hijos, en este tiempo de gracia los
invito a acercarse aún más a Dios a través de la oración personal
“En
este tiempo de gracia”, así comienza este nuevo mensaje. Cabe
entonces muy bien preguntarse: ¿Por qué tan a menudo nuestra Madre
nos recuerda que éste es un tiempo de gracia? Seguramente la
respuesta debe pasar por el hecho de que tendemos muy rápidamente a
olvidar que éste es verdaderamente tiempo de gracia. Las
tribulaciones particulares ante la enfermedad, la falta de
trabajo y ante otras adversidades que se abaten sobre las sociedades y
recaen en las personas, hacen a veces pensar más en que se viven
desgracias y no que se está en tiempos en que Dios da abundantes
gracias; y ahí está el error. Es el error de ver los efectos del mal
sin ver la acción de Dios que viene a rescatar al hombre de la
situación de la que es prisionero.
Este no es un tiempo de castigo
sino de misericordia. Este es el tiempo en que Dios nos llama, y nos
llama a acercarnos a Él.
Este es el tiempo en que
gracias especiales son dadas para nuestra conversión, y la principal
–sin dudas- es la misma presencia de María y sus frecuentes
visitas, y estos llamados que mes a mes nos viene haciendo desde hace
ya más de 20 años. Este es un tiempo que a pesar de la noche en
ciernes es particularmente iluminado. Pero, no hay que olvidar –y
esto es lo que nos recuerda la Santísima Virgen- es tiempo de elección, o sea, de respuesta al llamado. Es
ahora, en este tiempo que nos es dado,
que debemos escoger la luz para que, cuando acabe, las
tinieblas no nos envuelvan.
Para poder entender estas apariciones, estas manifestaciones de la
misericordia divina, es necesario recibir la luz que viene del Espíritu
Santo.
Este es, entonces, tiempo para no perder, para
hacer lo que nuestra Madre nos pide. Y hoy Ella dice: “los invito
a acercarse aún más a Dios a través de la oración personal”.
Es Dios quien quiere estar cerca nuestro, más aún quiere habitar en
nosotros y Él mismo ha elegido acercarse o acercarnos por medio de
María. Por eso, también nuestra Madre nos llama a la oración, al
encuentro personal por medio de la disposición del corazón al diálogo
con el Señor. Esa oración que abre el corazón
sobre todo a la escucha de Dios. Esa oración personal que nos
vuelve atentos a las mociones divinas, dóciles a sus inspiraciones.
María es la escogida para esta misión de
acercamiento porque en Ella misma se da el encuentro entre Dios y el
hombre en su Hijo Jesús, Verbo Encarnado en su seno.
Que todo ello es así lo prueba el mismo mensaje del mes
anterior, en que nos decía: “oren y busquen a Dios a través mío.
Dios les da grandes gracias,... aprovechen este tiempo de gracia y acérquense
a mi corazón”.
Acercarse a su Corazón Inmaculado, paso previo a la consagración, es
el modo que la divina providencia ha dispuesto para que esas gracias
se reciban en plenitud.
Aprovechen el tiempo de reposo y den a su
alma y a sus ojos el reposo en Dios
En esto nos da una suerte de programa muy sencillo
y es el del reposo del alma, el espíritu debe aquietarse y buscar la
calma, predisponiendo el corazón a la contemplación que es búsqueda
de Dios. Porque sólo en Dios está nuestra paz, sólo en Él nuestro
corazón encuentra sosiego, el bullicio se acalla y las inquietudes se
aquietan. Esta es una forma concreta de aprovechar el tiempo de
gracia.
Y, además, agrega:
Encuentren la paz en la naturaleza y descubrirán a Dios
Creador, a quien podrán agradecer por todas las creaturas; entonces
encontrarán gozo en sus corazones
A veces basta bajar la mirada para elevarse a Dios. Quizás en la
contemplación de una delicada florecita que apenas despunta del suelo
o de una mínima gota de rocío que refleja todo un sol, veamos la
belleza, la bondad, el amor de Dios que los ha creado y que nos creó
a nosotros y a ese mismo momento de nuestra contemplación.
Recién cuando hayamos dejado atrás el
aturdimiento de lo que nos propone el mundo, cuando la presión por la
actividad o por la inactividad deje lugar al abandono confiado en Dios
y dirijamos nuestra mirada a la naturaleza, que sigue armoniosamente
sus ritmos, nuestro corazón se elevará en gratitud al Creador,
nuestro Padre y se colmará de alegría por tanta maravilla.
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Del 25 de
agosto de 2001
Este mensaje es continuación de los anteriores en los que nos recordaba
que estamos viviendo un tiempo de gracia. Un tiempo de gracia es tiempo
de llamado y de respuesta a ese llamado para alcanzar la gracia. Es
tiempo de reconciliación, es decir, de perdón en sus dimensiones:
darlo y recibirlo. Es tiempo de acoger el don, de aceptar la paz y de
transmitirla. Es tiempo de cumplir con el amor, que es la ley de Dios.
Es, en fin, el tiempo de decidirse por Dios, por lo tanto, es tiempo de
seguimiento de Jesús por medio de María.
Hoy
nos dice:
“los invito a todos a
decidirse por la santidad”
Este
llamado a la santidad no es nuevo, no es otro que el llamado a la
conversión que se extiende por más de 20 años ya.
Decidirse
por la santidad es lo mismo que decidirse por Dios, lo único que varía
es el punto de perspectiva. Es la decisión que compromete a la persona
de tal modo que la transforma desde lo más profundo de su interior y la
impulsa por el recto camino.
El
mundo está lleno de caminos desviados que no llevan a ninguna parte. La
decisión por la santidad es decirse a uno mismo: “yo quiero ser
santo. Yo quiero colmar la capacidad de santidad que Dios puso en mí al
crearme”. Porque Él nos ha creado para la vida eterna, para ser
salvados por Cristo.
Es
así que, con la invitación a decidirnos por la santidad, nuestra Madre
nos está diciendo que no sólo la santidad es posible sino que para
nosotros debe ser deseable. En ese sentido, entonces, decidirse es
caminar hacia la gracia que Dios generosamente nos ofrece.
Y
luego agrega:
“Que para ustedes, hijitos, la santidad esté siempre en primer lugar
en sus pensamientos y en cada situación, en el trabajo y en las
palabras”
También esta exhortación a poner a la
santidad como primer objetivo, en el primer lugar, es equivalente a sus
otros mensajes en los que nos pedía poner a Dios en el primer lugar.
Nuevamente, esta vez la lectura es en clave personal, es decir, no
dirigiendo la mirada hacia Dios sino hacia nosotros mismos. Acá tenemos
el pedido concreto de no dejar espacios vacíos. La santidad debe
comprometer toda la vida y cada circunstancia concreta de la existencia.
No se puede escoger el camino de santidad y
luego pensar, hacer, decir cosas que lo contradigan. No debemos prestar
oído, ni vista a lo sucio que nos propone el mundo, a la invasión
constante de publicidad y de programas groseros, procaces, blasfemos.
Debemos preservarnos apagando el televisor o cambiando de emisora o no
leyendo material ofensivo. Tampoco debemos pronunciar palabras soeces ni
asumir actitudes que ofenden el corazón de Dios.
Nuestro pensamiento, nuestra memoria, nuestro
corazón, nuestra voluntad deben ser purificados y esta es obra del Espíritu
que necesita de nuestra disposición a hacerlo.
Por supuesto, la mayoría de nosotros está aún
lejos de la perfección, pero esto no debe desanimarnos. Ciertamente, el
camino de santidad no está exento de caídas y aún de recaídas, pero
lo importante es la decisión de levantarse, de extender la mano hacia
Aquel que puede y quiere alzarnos.
“Así, lo pondrán en práctica poco a poco, y paso a paso la oración
y la decisión por la santidad entrarán en sus familias”
Una vez decididos por la santidad,
decisión que es menester renovar diariamente, el camino es gradual, con
la seguridad de que se va afirmando y decantando poco a poco, en un
camino en el que el corazón está puesto en Dios.
También nuestra Madre nos recuerda la oración
porque el viandante ante todo es el orante. Sin oración no es posible
la santidad.
En esta parte del mensaje parece también
decirnos que esa decisión, y lo que hacemos no es sólo para nosotros,
no es aventura individual, sino que a través nuestro la familia se
santifica. Esto es lo que quiere el Señor: ¡familias santas!
“Sean verdaderos con ustedes mismos y no se aten a las cosas
materiales sino a Dios”
Una vez más somos llamados a hacer una
opción fundamental, a escoger dónde poner nuestra seguridad, si en
Dios o en las cosas materiales. “Nadie puede servir a dos señores;
porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y
despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24).
No podemos jugar a dos puntas, poniendo un poco de nuestra seguridad en
las cosas y otro poco en Dios. La opción es radical. O Dios o las cosas
del mundo material. Sabemos bien que para hacernos acreedores a la
providencia divina debemos abandonarnos confiadamente en el Señor y
ocuparnos de nuestra propia santidad. “Busquen primero el Reino de
Dios y su justicia y el resto vendrá por añadidura”, nos dice el
Señor en el mismo pasaje de la Escritura (Mt 6,33). Es decir:
“busquen ser santos y todo lo que necesiten Dios se los dará”.
“Y no olviden, hijitos, que la vida de ustedes es pasajera como una
flor”
En el libro de Job se dice que “el
hombre es como la flor que brota y se marchita, que huye como la sombra
sin pararse”, esto para mostrar la fugacidad de la vida en esta
tierra. Nuestra Madre nos hace meditar, desea que reparemos en que hemos
sido creados para la eternidad y que allí debe estar puesto nuestro
corazón, todo nuestro ser. No debemos entretenernos con las cosas de
este mundo perdiendo la eternidad.
San Agustín escribió: “Desdichada es
el alma esclava del amor de lo que es mortal”. Más drástico, León
Bloy afirmaba: “la tragedia del hombre es no ser santo”. Pero, por
sobre todo están las propias palabras del Señor: “¿De qué le
sirve al hombre ganar el mundo entero si él mismo se pierde?”(Lc
9,25).
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Del 25 de
setiembre de 2001
¡Queridos
hijos! También hoy los invito a la oración, especialmente hoy cuando
Satanás quiere la guerra y el odio
Sabemos que
nuestra Madre habla para el tiempo que nos toca vivir y esta invitación
a la oración va dirigida a los acontecimientos que estamos padeciendo
hoy.
Como otras veces antes, menciona al
enemigo –tal el significado del nombre Satanás- de Dios y
del hombre, enemigo que alimenta el odio y suscita la guerra.
La lucha entre el bien y el mal no es en
primer lugar la de los hombres porque el bien y el mal están más allá
de cualquier alineamiento humano. Este combate es el del Cielo, es
decir el de María -enviada en estos tiempos por Dios como Reina de la
Paz- contra el Infierno, contra Satanás y todos los espíritus del
mal.
Es la lucha entablada entre los que
escogen la destrucción y el aniquilamiento, instigados por quien es
homicida desde el principio y padre de la mentira (Jn 8,44), y
los que escuchan y responden al llamado a la oración que hace quien
es Madre de todos los hombres y todos los pueblos. Hoy, nosotros,
estamos especialmente invitados a la oración.
Yo
los invito de nuevo, hijitos: oren y ayunen para que Dios les dé la
paz
Ya
desde el inicio de estas apariciones de Medjugorje, varias veces
nuestra Madre nos dijo que con la oración y el ayuno se evitaban las
guerras o se detenían aquellas ya iniciadas. Hoy, ante la inminencia
de los acontecimientos, nos lo vuelve a recordar. Y agrega: "para
que Dios les dé la paz". La paz es un bien, la paz es un don
que sólo Dios puede dar. La paz viene de la Cruz de Cristo. Él es
quien nos da la paz, la misma que María viene a traernos, pero no
como la que da el mundo. Él es quien ilumina a los que habitan en
tinieblas y sombras de muerte y quien guía nuestros pasos por el
camino de la paz. Pero, esta gracia que Dios nos da requiere de
nosotros oración y ayuno. Oración y ayuno del corazón. Porque
inmediatamente después nos dice:
Testimonien
la paz a cada corazón y sean portadores de paz en este mundo sin paz
Testimoniar
la paz significa ser paz para el otro. Sólo en la oración recojo la
paz que Dios me da y la mantengo en mi corazón. Esa oración es la
del corazón purificado, la oración del corazón que perdona y que no
guarda sentimientos negativos porque con la gracia de Dios los
erradica.
Ser
portador de paz es trabajar para la paz desde el ámbito en que cada
uno se mueve. Y trabajar para la paz es una bienaventuranza:
"¡Bienaventurados los que trabajan
por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios!" (Mt
5,9).
Nuestra Madre nos llama a la
bienaventuranza, a la dicha de vivir en la tierra un anticipo del
Cielo. Felicidad que no termina en nosotros sino que se derrama a
nuestro paso, llevando el bien de la paz allí donde no hay paz.
Yo
estoy con ustedes e intercedo ante Dios por cada uno de ustedes
¡Cuánta
seguridad transmiten estas palabras de nuestra Madre y Reina de la
Paz!
Ella no nos abandona. Ella nos sostiene
con su presencia orante. ¡Cómo esta Madre ha de abandonar a sus
hijos en momentos de peligro, cuando el enemigo está al acecho? ¡Imposible!
A aquellos que objetan la veracidad de las apariciones, por el largo
tiempo de permanencia de la Madre de Dios entre nosotros dando
mensajes, los acontecimientos que estamos viviendo y a los que podríamos
ir al encuentro deberían servirles de respuesta. También dan la razón
de porqué ha venido con este título: Reina de la Paz.
María Reina de la Paz incansablemente
intercede por nosotros. Y ese "nosotros" no debemos entenderlo
como un pronombre genérico sino que debemos traducirlo por el nombre
concreto de cada uno. María intercede por cada hijo en
particular y está cerca de cada uno. Es por eso que subraya: "intercedo
ante Dios por cada uno de ustedes".
Y
no teman, porque quien ora no teme el mal y no tiene odio en su corazón
Cuando oramos y hacemos lo que nuestra
Madre del Cielo nos pide, sentimos su protección. Cuando oramos como
Ella nos pide, con el corazón, no podemos guardar odios ni rencores.
El Santo Padre, en perfecta sintonía
con la Santísima Virgen, acaba de decir: "El odio, el fanatismo
y el terrorismo profanan el nombre de Dios y desfiguran la imagen auténtica
del hombre". Esa imagen es la que María viene a restaurar para
hacer de nosotros, por medio del camino que traza con sus mensajes,
verdaderos hijos de Dios.
Para aquellos que, aún después de
estos acontecimientos, puedan preguntarse porqué tanto tiempo de
apariciones, roguemos para que el Señor les haga ver la luz y
reconozcan que todo lo que pasa en Medjugorje, en el oasis de paz de
Nuestra dulce Gospa, viene directo del Cielo. De lo contrario, ya habría
desaparecido.
Oremos también para que otros conozcan
en este día el Mensaje de Paz.
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Del 25 de
octubre de 2001
Queridos hijos,
también hoy los invito a orar con todo el corazón y a amarse los
unos a los otros
Orar con todo el corazón es querer comunicarse con Dios por la fuerza
del amor, “hablar de amores” como decía Santa Teresa de Ávila.
Es tener necesidad constante de Dios, de su presencia. Por eso, quien
ora con todo el corazón es porque ama a Dios con todo el corazón y
éste es el primer mandamiento. Luego viene el otro mandamiento del
amor: amarnos los unos a los otros. Es decir, hacernos hermanos,
acercar al que teníamos lejos en nuestro corazón y en nuestra mente
atrayéndolo para hacerlo cercano, prójimo, en nuestras vidas.
Debemos proponernos despojar nuestro corazón de enemistades y
perdonar. Dejar de ser jueces de los otros y amarlos tal como son.
Cuando oramos con todo el corazón, porque amamos a Dios con todas
nuestras fuerzas, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y cuando
nos amamos entre nosotros, estamos cumpliendo con la Ley de Dios, con
el mandamiento del amor.
Hijitos, ustedes han
sido elegidos para testimoniar la paz y la alegría
El ser elegidos para tan noble misión nos llena de gran alegría y de
consuelo y alimenta nuestra esperanza. “Porque muchos son los
llamados, mas pocos los elegidos”, dice el Señor (Mt 22, 14).
Y nos preguntamos: ¿quiénes son los elegidos? Son aquellos que
responden al llamado. Por eso al finalizar el mensaje nuestra Madre
agradece a quienes han acogido con seriedad la oración y la viven.
Son los que viven los mensajes.
Orar con todo el corazón es vivir seriamente el llamado, vivir la
oración. Es recoger con el corazón abierto el don que nuestra Madre
nos trae del Cielo, y este don es la oración misma por la que se
alcanza la gracia de la paz. Esa paz que no termina en uno sino que,
por lo contrario, comienza en uno y debe irradiarse.
Pero, no se es escogido solamente para ser portador de paz, para dar
testimonio de ese gran don recibido y por tanto dado, sino también
para vivir en la alegría de hijos de Dios, que se da por medio de María.
Cuando somos conscientes que, pese a toda nuestra fragilidad y pequeñez,
estamos respondiendo al llamado, siguiendo los mensajes, esforzándonos
por vivirlos, ello debe ser, en sí mismo, motivo de una gran alegría,
porque Dios tiene puestos sus ojos en nosotros, porque nuestra Madre
nos escoge para enviarnos al mundo a llevar los dones recibidos por
medio de la oración.
La Santísima Virgen usa el término paz, el mismo con el que comenzó
a hablarnos en Medjugorje aquel 26 de junio de 1981. Paz en hebreo es
“shalom”, que significa estar colmado de todos los bienes
espirituales y temporales, y –en un sentido cristiano- colmado de
todos los bienes mesiánicos. Por eso ser portador de paz es ser
portador de Cristo. No se trata de llevar una buena intención de no
beligerancia, de tolerancia. No, es infinitamente mucho más, es
llevarlo a Cristo, es dar testimonio de Aquel por quien viene toda paz
y todo bien al mundo.
Si no hay paz, oren
y la recibirán
Muy sencillamente nuestra Madre nos está diciendo que la paz se
alcanza con la oración. Es el bien que Dios nos da como fruto de la
oración de súplica.
Con la oración de súplica nos reconocemos necesitados, dependemos de
Dios, pero también con ella reconocemos que Dios es capaz realmente
de hacer aquello que le imploramos, darnos la paz.
Por medio de ustedes y de su
oración, hijitos, la paz comenzará a fluir en el mundo. Por ello
hijitos, oren, oren, oren porque la oración obra milagros en el corazón
de los hombres y en el mundo
Dios –y esto viene a recordarnos la Reina de la Paz- no quiere hacer
nada sin nosotros. Santa Teresita decía que “el Creador del
universo está aguardando la oración de un alma pequeña y pobre para
salvar a los demás, que fueron rescatados lo mismo que aquélla al
precio de su propia sangre” (LT 135/ 19-08-1892).
Por medio de nuestras obras, de nuestras acciones, cooperamos con la
Providencia de Dios. Por medio de nuestra oración podemos cooperar
para que Dios obre algo todavía más grande de lo que nosotros somos
capaces de lograr. Aquí está la grandeza de la oración. Por eso el
gran don de la paz, que sólo viene de Dios, viene por medio de la
oración. Pero, para entender qué es la oración, qué poder se
oculta en ella, es necesario volverse pequeño, pobre. Pobre de espíritu,
que es aquel que –como decía San Francisco de Sales- no tiene el
corazón en las cosas ni las cosas en el corazón. Sólo tiene a Dios
y todo lo espera de Él.
Éste, debemos entenderlo, es tiempo de gracia. Tiempo de llamado y de
envío de los que acogieron la gracia del llamado con su respuesta
generosa.
Éste es un tiempo particular de intenso llamado a la oración para
que los hombres se conviertan.
Desde la venida del Verbo, la Pasión y Resurrección de Cristo,
estamos viviendo el tiempo mesiánico. Pero, en la historia de la
salvación, este hoy es muy singular porque está caracterizado por la
constante presencia de la Madre de Dios entre nosotros y por su búsqueda
incesante de esos hijos generosos que respondan al llamado, para
convertirse en instrumentos de salvación mediante sus ofrecimientos,
su vida ejemplar y su oración del corazón.
Es por medio del don que nos
convertimos en don, en portadores de paz y en intercesores.
Es la oración la que libera el poder de Dios que obra el milagro de
la conversión, que trae la paz al mundo sin paz.
Yo estoy con ustedes
y doy gracias a Dios por cada uno de ustedes que ha acogido con
seriedad la oración y la vive
Palabras éstas de gran consuelo. La Madre de Dios está con nosotros,
junto a nosotros. Ella agradece a Dios por los hijos que han dado su
respuesta al llamado. Ahora, nuestro compromiso debe ser orar con todo
el corazón, amar y dejarnos ser instrumentos de María, nuestra Madre
Santísima, para dar testimonio de paz y de alegría al mundo.
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Del 25 de
noviembre de 2001
Queridos
hijos, en este tiempo de gracia los invito nuevamente a la oración
Una vez más la Madre invita a sus queridos hijos –¡y todos somos
hijos muy queridos de la Santísima Virgen!- a la oración, recordando
–también nuevamente- que este es tiempo de gracia. El llamado
universal a la oración se explica porque la oración es esencial para
cualquier actividad de nuestra vida. La Madre de Dios nos enseña, desde
esta escuela de espiritualidad que es Medjugorje, que antes que nada está
la oración. Luego, en cada mensaje, nos irá diciendo por cuál intención
y propósito debemos orar. Por otra parte, ya nos ha dicho cómo orar:
con el corazón o –como agregó en el último mensaje- con todo el
corazón.
Hijitos,
oren y preparen sus corazones para la venida del Rey de la Paz
El motivo por el que ahora debemos orar es para recibir a Jesús en
nuestros corazones. Al orar nos comunicamos con Dios y Dios va obrando
en nosotros, va sembrando las semillas del Reino. Oramos para que Dios
actúe no sólo en nosotros sino también a través nuestro. Por eso, a
continuación agrega:
de
modo que con su bendición Él dé la paz al mundo entero
Es decir, la oración es además de intercesión por el mundo. Oramos
por nosotros, para ser receptivos a la gracia de Dios que nos sustenta y
oramos para que el mundo reciba la paz que es bendición del Señor. Sólo
de Él podemos recibir ese gran don que es la paz y que el mundo es
incapaz de dar.
El llamado a la oración es personal y eclesial. Es el llamado que la
Reina de la Paz hace a cada uno de sus hijos y a todos en conjunto.
Cuando Ella comenzó a dirigir el grupo de oración de Jelena, en
Medjugorje, les pidió que rezasen con el corazón, individualmente y
como grupo. La oración, de todos ellos juntos, debía ser como la de un
solo corazón que palpitara.
En Hechos de los Apóstoles leemos que “todos
ellos (los apóstoles) perseveraban
en la oración, con un mismo espíritu (es decir, como un solo corazón),
en compañía de algunas
mujeres, y de María
la madre de Jesús...” (Hch 1,14). La Virgen viene a
recrear aquella Iglesia, y hoy miles y miles en todo el mundo, siguiendo
sus mensajes, se unen en una sola oración que se eleva a Dios. Este es
el milagro de Medjugorje. Estos son los frutos: los grupos de oración,
empezando por las familias, que procuran orar con el corazón, y hacer
en sus vidas lo que la Madre de Dios les pide.
Este plan de María, que lleva ya 20 años y 5 meses, se inició con
apenas 6 chicos, a los que luego se unió toda la parroquia y el mismo párroco.
Este es el milagro de María que signa el tiempo de gracia. Esta es la
gracia que Dios nos regala por medio de nuestra Madre del Cielo.
Ha
comenzado a reinar la inquietud en los corazones y el odio rige en el
mundo
Aquí nos describe la situación del mundo, un mundo que no conoce la
paz, que es presa del temor y del odio. Por eso debemos orar, por eso
debemos clamar al Cielo para que Jesucristo, Rey de la Paz, cambie el
odio por amor y el temor por la paz.
Sólo
Jesús puede restaurar o traernos ese Reino que es “justicia y paz y
gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17).
Por
eso, ustedes que viven mis mensajes sean luz y manos extendidas hacia
este mundo sin fe, para que todos puedan conocer al Dios del amor
La acción a la que nos exhorta es fruto de la oración. Solamente por
medio de la oración es posible recibir la gracia que nos reviste de
hijos de la luz y nos nutre de amor y de fortaleza para ser testigos de
la fe y del amor del Señor en medio de un mundo ateo y en rebelión
contra Dios.
Nuestras vidas, aún sin mediar palabras, deben hablar de Dios. Como
nada podemos dar sin antes haberlo recibido, oremos para ser iluminados
por el Espíritu, para poder reflejar la luz en las tinieblas del ateísmo.
Oremos para recibir el don del amor y poder tener entrañas de
misericordia hacia el que está triste y desamparado, hacia el que no
conoce el amor de Dios, hacia el que está sumido en sombras de muerte.
Nuestra Madre, Nuestro Señor quieren tocar todas esas vidas y cuentan
con nuestras manos para alcanzarlas.
Finalmente, porque sabe muy bien que lo necesitamos, nuevamente nos
repite:
No
lo olviden, hijitos, yo estoy con ustedes y los bendigo a todos
Que ante las pruebas, a las que estamos continuamente sometidos, no
olvidemos estas palabras tan consoladoras que provienen del Corazón
Inmaculado de María. Ella está con cada uno de nosotros, sus hijos, y
a cada uno nos está bendiciendo con su bendición de Madre, de Madre de
Dios.
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Del 25 de
diciembre de 2001
Queridos
hijos, hoy los invito y los animo a la oración por la paz
Nuestra Madre no sólo conoce nuestro presente sino que anticipa el
futuro al que podemos ir al encuentro. Ella ve dónde hay mayor
necesidad, dónde hay mayores peligros. Hoy la Madre de la Iglesia pide
por la paz.
El Santo Padre también pide oración y ayuno por la paz.
El Espíritu Santo que actúa en la Iglesia clama por la paz.
Somos llamados a orar por la paz en esta más que invitación, porque
nos dice “los invito y los animo”, es decir, nos exhorta, nos
estimula a orar por la paz.
Ocurre que estamos rodeados de noticias y acontecimientos inquietantes,
sumergidos en ambientes sin fe y en un mundo en el que se respira
injusticias, agresión y odio. A veces nos vemos acosados por nuestros
propios problemas, por preocupaciones que parecen atraparnos. Y Ella
entonces nos dice: “los invito y los animo” a orar por la
paz. Es como si nos dijera: “No se dejen vencer ni arrastrar por lo
que los rodea, no se desanimen, dirijan, en cambio, la mirada hacia el
Cielo y pidan por la paz con todo el corazón”.
En estas circunstancias orar no sólo es signo de fe sino también de
esperanza. Quien ora no tiene quebrada la esperanza porque sabe que sus
ruegos serán escuchados. Como dice el salmista: “Muéstranos, Señor,
tu misericordia y danos tu salvación. Escucharé qué dice Dios, el Señor;
Él anuncia la paz para su pueblo, para sus fieles, para quien vuelve a
Él con todo el corazón” (Sal 85,8-9).
Los
invito especialmente hoy, cuando traigo en mis brazos a Jesús recién
nacido, a unirse a Él por la oración y volverse un signo para este
mundo sin paz
La Virgen Santísima, al presentarnos a Jesús recién nacido, revive la
primer Navidad. Es el mismo misterio que se renueva eternamente. Quien
ha nacido es hijo suyo y al mismo tiempo Hijo de Dios. Es Dios en brazos
de su Madre. Ella nos invita a ser uno con Jesús, a unirnos íntimamente
al recién nacido, al Hijo de
Dios hecho hombre. Y esa unión se da por la oración, por la que se
recibe la gracia de ser signo de paz. Esto –el ser signo de paz para
otros- se puede desear y hasta favorecer pero no podemos provocarlo por
nosotros mismos. Sólo se es signo en un mundo sin paz por la gracia que
desciende de Dios.
En esta Navidad Él ha querido que esa gracia venga del Niño de Belén
en los brazos de María, su Madre. Y esto nos evoca la imagen de Nuestra
Señora del Huerto, en la que se ve a la Madre sosteniendo la manecita
del Divino Niño con la que Él nos bendice. Así es ahora también.
Desde las manos de María estamos recibiendo la bendición, la gracia de
Dios que nos transforma, que nos convierte en señal en el camino de los
que andan en tinieblas. Nosotros, en algún sentido, debemos volvernos
un poco como María: ser portadores de la Luz que es Cristo.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los
que vivían en tierra de sombras ha brillado una gran luz” (Is 9,1). Son
palabras del profeta Isaías que habla también para este tiempo. Los
que no conocen el amor de Dios recorren caminos de tinieblas hasta que
de pronto descubren la luz, la gran luz. Esa luz que descubren, se nos
pide, es por la acción e intercesión de aquellos que han recibido la
gracia.
Anímense
los unos a los otros, hijitos, a la oración y al amor. Que su fe sea
para los otros un estímulo para creer más y amar más
La comunión orante, la comunión de vida, la comunión de hijos de Dios
e hijos de María es la que sostiene al que está vacilante, débil en
la fe, a los que están pobres en el amor y morosos en la oración.
Debemos ante todo orar, y orar mucho, con fervor, para que nuestro amor
sea desbordante y nuestra fe firme.
El mensaje guarda una cierta resonancia con las palabras del Apóstol
San Pablo, cuando en su segunda Carta a los Corintios dice: “Por lo
demás, hermanos, alégrense; tiendan a la perfección, anímense
mutuamente, tengan los mismos sentimientos, vivan en paz y el Dios del
amor y de la paz estará con ustedes” (2Co 13,11).
Y también con aquella otra dirigida a los Filipenses: “No
se inquieten por nada, antes bien en toda necesidad presenten a Dios sus
peticiones, mediante la oración y la súplica acompañadas de la acción
de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiará
sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús” (Flp 4,6-7). Como
aquellos cristianos somos llamados a animarnos mutuamente y a aunar
nuestras oraciones, nuestras acciones de gracia, nuestras eucaristías
para el bien de todos, creciendo en la fe y en el amor. Es experiencia
de vida que amor, fe y oración se contagian.
Los
bendigo a todos y los invito a estar más cerca de mi Corazón y del
Corazón del Niño Jesús
La Madre con su Niño en brazos nos bendice. El mismo Niño nos bendice
con su Madre. Que esta bendición nos acerque aún más a los Sagrados
Corazones.
¡Muy
feliz Navidad!
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