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2 de enero de 2009
¿Es que estoy yo verdaderamente entregado “completamente”? ¿Es que le he dado a la Madre celestial todo mi corazón? ¿Estoy seguro que no me he quedado con un resto, con una parte de mi vida en la que voy a mi aire haciendo lo que me viene en ganas? ¿No estaré así actuando bajo mis instintos y dejándome llevar por lo que más me place llegando a estar en contra de lo que Ella me enseña y Dios quiere de mí? ¿No será que yo sigo en mi dureza de corazón porque no me siento aludido cuando leo estos mensajes recriminatorios? ¿Soy realmente merecedor de sus agradecimientos, plenamente merecedor, cuando dice “gracias por haber respondido a mi llamado”? Lo otro que llama la atención y que, según mi opinión, le da al mensaje particular carácter de perentorio, de urgente, es cuando dice “aún en la mayor oscuridad encontrarán el camino”. Aquí caben dos interpretaciones posibles. Una es la de una advertencia eventual, podría ocurrir que en alguna ocasión o circunstancia alguien se encontrase en una gran oscuridad exterior e incluso interior y teniendo a Cristo que es la Luz, estando consagrado a María (habiéndole dado su corazón), encontrará un rumbo a seguir, el de la salvación, que le será mostrado y al que será guiado. La otra interpretación sería que la Santísima Virgen está anticipando un tiempo de gran oscuridad, muy tenebroso, para todos. Entonces, ya no sería una cuestión personal contingente, que podría o no ocurrir, sino un evento futuro al que la humanidad se encamina por haber abandonado a Dios. Personalmente creo que se refiere a esto segundo. ¿Cuál conclusión sacamos de todo lo dicho? Simplemente que estando el mensaje dirigido a todos y advirtiéndosenos que nos esperan tiempos aún más difíciles, debemos abandonarnos plenamente, con absoluta confianza, a la Santísima Virgen, y hacerlo ya mismo. Debemos abrirnos por entero y darle toda nuestra vida, todo nuestro corazón y dejar de pensar que este mensaje no me incumbe. Creo que cada uno debe hacer un examen profundo de conciencia para ver hasta dónde este mensaje va dirigido a su persona y abandonar definitivamente la mediocridad siendo cristianos a medias. No puede uno hacerse su propia ley y luego juntar las manos para pedirle a Dios cuando algo va mal o no va según los propios modelos de vida que ha concebido. Ella nos exhorta a decidirnos por una vida nueva con el nombre de Jesús en los labios. Vendrá el nombre de Jesús a nuestros labios de la plenitud del corazón como oración y también, en momentos de grandes pruebas, como invocación de salvación. La Madre de Dios nos llama a una vida nueva, a “ser santos con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos” (1 Cor 1:2). “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos serás salvo” (Rm 10:9), es decir, serás salvo al nombrarlo como Señor creyendo firmemente que Él está vivo, glorioso, con todo poder y que responde. Nombrar a Jesús es invocar la salvación, porque ése y no otro es el nombre del único Salvador de los hombres. Porque “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4:12). Ya que “al nombre de Jesús toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiesa que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Cf Flp 2:10-11). Ser auténticamente de Cristo, estar seguro de seguir sus pasos y de que nuestros pasos sean por Él guiados, es entregarse completamente a María, con todo el corazón. Entonces sí viviremos en paz aún en medio de grandes guerras, encontraremos siempre el camino en la mayor oscuridad y seremos salvados. Para eso, no nos conformemos con nuestro estado actual diciendo “yo creo, yo escucho, yo promuevo y difundo los mensajes, yo estoy de su lado”, más bien veamos cada uno qué estamos haciendo de los que se nos pide y en cuáles ocasiones seguimos nuestro propio rumbo. Que a todos nos aproveche este mensaje.
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25
de enero de 2009 Toda
oración es buena cuando sale del corazón que anhela a Dios, que lo
busca, que no teme ser purificado, que se sabe criatura que se dirige a
su Creador y Salvador, que es –en fin- humilde. Entre
todas las oraciones hay una en particular, que va dirigida a la Santísima
Virgen como intercesora y Madre nuestra, para que Ella la presente al Señor.
Esa oración es el Santo Rosario, una oración sencilla en la que
contemplamos los misterios de la salvación desde el corazón de la
Virgen. ¿Por
qué tiene tanto poder el Rosario? Lo tiene porque Dios se lo ha dado y
porque, en este tiempo -más que nunca antes y cuando mayor es la
oscuridad- ha reservado para la Santísima Madre del Hijo la misión de
recoger el rebaño de Cristo, protegerlo y guiarlo. La modesta oración
del Rosario que nosotros le ofrecemos –oración que sólo pueden
aceptar rezarla los que tienen espíritu de pobres- va como flecha
disparada a su corazón maternal. Cada Avemaría, cada “ruega
por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”, alcanza al
Corazón de la Virgen de tal modo que Ella asume nuestra pobre oración
como propia y la vuelve simiente que fructifica en intercesión ante su
Hijo, quien especialmente la atiende porque viene de su Madre. En
todo esto hay un misterio que sólo se lo puede vislumbrar cuando nos
volvemos pequeños ante Dios y ante la Virgen Santísima. Misterio que
se manifiesta como prodigio en la grandiosa desproporción entre el
Rosario que rezamos y las ingentes gracias que por él se obtienen. ¡Nada
menos que las gracias de salvación de nuestras almas! El
día en que la Reina de la Paz nos regala este mensaje es el mismo en el
que la Iglesia hace memoria solemne de la conversión de san Pablo.
Saulo de Tarso se convierte en san Pablo, apóstol de los gentiles, a
partir del encuentro con Jesucristo resucitado. Desde aquel fulgurante
encuentro, camino a Damasco, será para Pablo evidente que la salvación
no viene –como antes él creía- por las buenas obras que derivan del
cumplimiento de la Ley sino que la salvación viene de Cristo y sólo de
Él. Por eso, su predicación es la de Cristo, crucificado y muerto por
nuestros pecados, y resucitado. Por
otro camino muy distinto al de Damasco, por el camino de la oración,
del rezo del Rosario, la Madre de Dios también nos lleva, con mano
segura, al iluminante encuentro con el Señor que transforma nuestras
vidas y las conduce a la salvación.
“Deseo,
hijitos, que cada uno de ustedes se enamore de la vida eterna, que es su
futuro, y que todas las cosas terrenales les sean de ayuda para que se
acerquen a Dios Creador” Nosotros
estamos demasiado aferrados a esta vida, enamorados de ella y hemos
perdido el sentido del destino final que debe ser la vida eterna.
Ofuscados, atontados y apegados a las cosas terrenales y haciéndolas un
fin en sí mismas perdemos de vista que nuestro destino es el Cielo, que
fuimos creados para gozar de la eternidad junto a Dios, porque Dios
quiere nuestra salvación. Aunque Dios desee nuestra salvación esa no
es dada así sin más, puesto que debemos alcanzarla queriéndola
nosotros también, poniendo nuestra voluntad en la voluntad de Dios. “Dios
nos destinó para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo,
que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos
con él” (Cf 1 Ts 5:9-10). Él no nos destinó a la muerte ni,
como dice san Pablo en esa carta a los tesalonicenses, a la ira sino a
que alcancemos la salvación, y la salvación viene solamente –es
necesario repetirlo- y únicamente por Jesucristo. Enamorarse
de la vida eterna –como lo pide la Madre de Dios en este mensaje- es
centrar la vida en Cristo y enamorarse de Él. Si no se tiene a Cristo
nada sirve, ni en esta vida efímera porque resultará insulsa y triste,
ni jamás habrá méritos que puedan lograr la vida eterna. San
Pablo exhortaba a los corintios a que dejaran las cosas del mundo,
incluso las más preciadas, por ganar a Cristo y la vida eterna diciéndoles:
“El tiempo apremia...
los que disfrutan del mundo
(vivan) como si no lo disfrutasen. Porque la apariencia
de este mundo pasa” (1 Cor 7:29.31). Las
cosas terrenales, nos recuerda la Virgen, cobran sentido en la medida
que nos acerquen a Dios, que sirvan a la conversión, pero deben ser
rechazadas como perniciosas y hasta perversas cuando nos alejan de Él.
Por ejemplo, todos necesitamos del sano ocio -el espíritu necesita de
solaz y el cuerpo de reposo- y eso es no sólo necesario sino que llega
a ser recomendable para acercarnos al Creador. Pero, si el esparcimiento
se trasmuta en diversión malsana o si nos adormece espiritualmente
entonces la consecuencia es que nos aparta del camino de conversión.
Por el simple efecto de su poder de distracción y por su contenido,
tanto la televisión como Internet pueden ser muy nocivos y ayunar de
una y de otro mucho contribuyen a la salud
y al crecimiento espiritual.
“Yo
estoy tanto tiempo con ustedes porque están en el camino equivocado” Una
vez más nos dice el porqué de su larga permanencia (¡bendita larga
permanencia!) entre nosotros: porque estamos en el camino equivocado. Y
estamos en el camino del error porque los que gobiernan y legislan las
naciones se apartan de Dios con la aquiescencia de los gobernados. Es
decir, la gran mayoría en el mundo expulsa a Cristo de sus vidas, pública
y privada, de las instituciones que una vez se rigieron por los
principios cristianos y de la vida familiar, y lo pueden hacer porque no
hay resistencias. Más aún, a alguno se los recibe como salvador
mientras se convierte en señor de la vida y de la muerte. Cuando
alguien promueve la muerte de seres humanos, los más indefensos y débiles,
cuando alguien pasa por encima de Dios atentando contra la sacralidad y
la dignidad de la vida humana ¿cómo podrá ese alguien traer la paz y
el bienestar si rechaza con sus actos la bendición de Dios? El mundo
está tan adormecido por el opio de los medios de comunicación y la
propaganda que se aplaude el mal disfrazado de bien y para el mal no hay
resistencias. No hay casi resistencias porque por una parte se ha
perdido la noción del mal y el engaño corre veloz, y por el otro,
todos están ocupados y preocupados de las cosas terrenas y del placer,
porque los tienen o porque no los tienen y quieren lograrlo o porque
temen perderlos. Cuando
dejamos a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida nuestro destino es
caer víctimas de las desgracias de la perdición, de la impostura y de
la muerte. Mientras
tanto, porque muy poca es la conversión a Dios, sigue la Virgen
llegando hasta nosotros con la presencia de sus mensajes. Y lo hará
hasta que Dios lo permita, hasta que dure este tiempo de gracia y
misericordia que puso bajo el dominio de la Santísima Virgen. No
dejemos de darle gracias a Dios por la presencia de María Santísima
entre nosotros y de rezar para que esa presencia salvadora se prolongue[1].
“Solamente
con mi ayuda, hijitos, podrán abrir los ojos” Los
ojos suelen estar cerrados por el letargo o porque están encandilados.
Eso ocurre en la vida espiritual cuando no se advierte la realidad de lo
trascendente y eterno por el adormecimiento que provocan las cosas efímeras
o cuando se cae presa del engaño o del error o
deslumbrado ante la mentira de la tentación y la búsqueda del
placer por el placer mismo. Sólo
con su ayuda, nos dice, podremos abrir los ojos. “Sólo con su
ayuda”. Esta frase llama mucho la atención. ¿Es que llegará el
momento -que está ya llegando- en que se apagará la voz de la Iglesia
porque se la amordazará y no podrá hablar? ¿Es que a veces los
hombres de Iglesia callamos o estamos con los ojos puestos en otra parte
y se nos está escapando lo esencial y por eso viene Ella para
advertirnos? La frase da para mucho tema de especulación, pero lo
importante no es eso sino quedarse con la confianza que la Madre de Dios
nos guía y nos guiará aún en medio de la mayor confusión. Tengamos
puestos nosotros los ojos en Ella, escuchémosla, vivamos lo que nos
pide vivir que no desviaremos el camino, ese camino de santidad a la que
nos llama, ese camino de eternidad. [1]
Una
práctica inspirada que sugiero es la de poner los relojes
sincronizados con la hora de la aparición diaria, para todos los días,
a esa hora, elevar las gracias al Señor y a la Virgen por la gracia
de la presencia en Medjugorje y de los mensajes. |
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25
de febrero de 2009
A través de la confesión bien hecha, Dios perdona
nuestros pecados justificándonos, nos purifica y nos sana, y, al mismo
tiempo, nos hace aptos para recibir la gracia santificadora que nos irá
transformando.
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25
de marzo de 2009 Como advertimos en otras
oportunidades, aún cuando estos mensajes son para todo el mundo vienen
dados en Medjugorje y en ciertas ocasiones, como ésta, pueden contener
referencias locales. Así, en este caso, la Reina de la Paz menciona el
tiempo de primavera válido sólo para el hemisferio norte.
No obstante ello, los mensajes no dejan de ser universales. También
en otras apariciones como La Salette o Lourdes o Fátima, la Santísima
Virgen hablaba de situaciones locales, sin embargo, en lo fundamental,
siempre se ha dirigido a todos sus hijos del mundo.
En el presente mensaje la
Santísima Virgen nos está exhortando a despertar del letargo y a
sacudir el alma de la pesadez del sueño que inmoviliza, de ese dañino
dejarse estar que atenta contra la vida espiritual. Ella nos dice que la
oración es el medio para salir de ese sueño porque el alma, como la
naturaleza bajo la acción del sol, va cobrando el calor que viene del
Espíritu y va abriéndose, poco a poco, dando sus frutos.
Nos llama a despertar para disponernos a acoger la luz de la
Resurrección de Cristo. La luz de Jesús resucitado es la que ilumina
la cruz con la victoria sobre la muerte, sobre la aparente inutilidad
del sufrimiento, sobre el pecado que esclaviza al hombre y lo hunde en
el abismo eterno de la muerte del alma, sobre el Maligno, príncipe de
este mundo. Es la luz del amor de Dios que todo lo vence. Es la misma
luz que hace que nuestro sufrimiento -unido a los padecimientos del
Señor- cobre sentido y valor de redención y de amargo se torne dulce. “Que
Él, hijitos, los acerque a su Corazón para que puedan estar abiertos a
la vida eterna” Cuando,
por medio de la oración, nos abrimos a la gracia del Señor propiciamos
el acercamiento a su misericordia y entramos en su vida, que es la vida
eterna. Jesús
tiene su Corazón abierto por nosotros. Es el corazón vulnerable de
todo un Dios que se inclina hacia aquel que clama su misericordia, que
pone su voluntad en conocerlo de cerca, que responde a su llamado. “Estoy a la puerta y
llamo, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con
él y él conmigo”
(Ap 3:20). Hoy, el Señor nos llama por medio de su Madre. Oír
la voz de Cristo es oír la voz de su Palabra, es escucharla también a
través de su Iglesia y, en estos tiempos especiales de grandes gracias,
es oír, seguir, vivir los mensajes que la Reina de la Paz nos trae del
cielo. En este mensaje encontramos dos frases que producen una cierta resonancia y podemos interpretarlas como advertencias que nuestra Madre Santísima nos hace. Estas frases son “recibir la luz” y “sincera conversión”. Por
qué -nos preguntamos- últimamente nos habla de recibir la luz?
No será acaso por la necesidad que tenemos, en estos momentos de gran
oscuridad -producto de la gran confusión y del engaño provocado y
también del autoengaño- de recibir la luz del Espíritu, o sea del
sano entendimiento, para no caer en una aparente y falsa conversión?
Si
bien no es posible cuantificar la conversión, es decir saber cuánto
uno se está convirtiendo a Dios, si se puede, en cambio, ver hacia dónde
se está yendo. Para ello es posible confrontar el camino recorrido con
parámetros inequívocos como, por ejemplo, la obediencia a la Ley de
Dios expresada, en lo concreto, en las mismas enseñanzas del Magisterio
(a través de encíclicas y otros documentos y declaraciones y en el
mismo Catecismo de la Iglesia, ese tesoro que nos legó Juan Pablo II) o
las virtudes personales como la humildad, docilidad, simplicidad de vida
o bien la intensidad de la propia vida espiritual. Quien -siguiendo con
los mismos ejemplos- rechaza el Magisterio de la Iglesia, quien no
acepta aunque sea sólo algunos puntos de lo que la Iglesia sostiene y
enseña en materia de fe y de moral, no sólo está lejos en su camino
de conversión sino que no está en comunión con la misma Iglesia. Qué
comunión y qué conversión puede haber cuando se dice: “eso opina el
Papa, pero yo creo que ...”. O, como también se oye decir: “soy un
católico maduro y en materia de contraconcepción o de aborto en
determinados casos opino diferente al Magisterio...”. Cómo si se
tratase de materia opinable! La pregunta es: qué crees? A quién crees? Lamentablemente,
la gran confusión que se manifiesta en “opiniones y creencias
autónomas” que contrastan con la sana doctrina y la moral
verdaderamente cristiana (para entendernos, las que enseña el Papa y
otros Papas han enseñado), no sólo viene de afuera, del laicismo a
ultranza imperante omnipresente gracias a los consabidos medios de
comunicación, sino, lamentablemente, desde dentro de la misma Iglesia.
Por eso, los esfuerzos del Santo Padre para iluminar en esta tenebrosa
confusión provocada por falsos teólogos que niegan la veracidad de los
Evangelios y vacían la salvación diferenciando el “Cristo de la
fe” del “Cristo de la historia” o cuestionan la fe de Cristo como
único Salvador de los hombres. Por eso, también, su empeño en
recuperar la grandeza de la liturgia que reverencia el misterio que
celebramos ante la banalización y la degradación, profanación y
sacrilegio que, al interno de la Iglesia, en tantas partes se cometen.
Mientras los enemigos de Cristo y de su Iglesia tratan, por todos los
medios, de deslegitimar las enseñanzas de su Magisterio, y hasta de
ponerlo en ridículo o hacerlo aparecer como fuera de la época, el
Santo Padre no deja de exhortarnos a profundizar la vida espiritual
recuperando el amor por la Palabra, dando supremacía a la oración y a
la adoración al Santísimo Sacramento. Cuando
el mundo y algunos hasta dentro de la Iglesia intentan apagar su voz, el
Cielo viene en su ayuda y la Madre de Dios llega, por medios que sólo
la gracia puede proveer, a todos sus hijos para alertarlos y guiarlos en
medio de la oscuridad. Grande es la confusión
cuando personas que supuestamente están comprometidas en un camino de
fe envían, por ejemplo, presentaciones (pps que a diario recibo) que
contienen afirmaciones equívocas propias de la New Age, y cuando libros
supuestamente religiosos y de espiritualidad que contienen grandes
herejías se venden como pan caliente y por añadidura en algunas
librerías católicas. Convertirse no es
simplemente creer que estoy adherido a Cristo porque de Él hablo o
pienso durante el día o participo de algún grupo de oración o de
algún movimiento y luego soy autónomo de la Iglesia y cuestiono el
Magisterio del Papa o vivo como mejor me parece sin tener en cuenta la
moral cristiana. Conversión sincera es coherencia de vida, es ser
coherente con lo que digo creer y a quién digo seguir. Hasta cuándo se
ha de renguear de los dos pies?, preguntaba el profeta Elías al pueblo
infiel (Cf 1 Re 18:20). No puede alguien decir que es cristiano y al
mismo tiempo hacer la meditación trascendental (es un ejemplo). Mucho
cuidado con los orientalismos! Al propósito, recomiendo leer los libros
del P. Joseph-Marie Verlinde (“La experiencia prohibida” y otros). Sí,
mucha es la confusión, por eso la Madre de Dios trazó el camino de
conversión del que no hay que apartarse. Ese camino es el de la
oración, pero oración cristiana, sobre todo el Rosario(1)
que es una oración humilde, sencilla, simple, insistente (por lo
repetitiva) y perseverante (porque es diaria). Con el Rosario sabemos
que llegamos a Dios por el camino más breve, corto y seguro que es el
de María. Luego, junto a la oración la adoración y en particular la
adoración perpetua (como lo pidió en Medjugorje el 15 de marzo de
1984). Ese camino de la Reina de la Paz es también el de la Biblia, leída
con la Iglesia, como enseña el Magisterio; es el del Catecismo. Camino
que pasa por el abandono confiado a Dios a través de la Virgen, por la
caridad y misericordia y por la purificación mediante la asidua
confesión sacramental. Camino, en fin, cuya cúspide es la Eucaristía.
Queridos hermanos, aferrémonos
a lo que nos pide nuestra Madre Santísima en sus mensajes. No nos
apartemos del camino por Ella trazado en busca de nuevas
espiritualidades, estemos atentos a la sana doctrina y a la recta moral
que desde siempre enseña el Magisterio de la Iglesia. Cobijémonos y
abandonémonos en la Madre de Dios, consagrándonos y renovando nuestra
consagración a su Corazón Inmaculado y estaremos siempre seguros y
protegidos por su constante intercesión. P.
Justo Antonio Lofeudo (1) Para que se vea cuán grande es la confusión: he conocido a una persona que recitaba el Rosario, como si fuera un mantra que repetía, en posiciones de yoga. Hay que recordar que no hay hinduísmo sin yoga ni yoga sin hinduísmo. Por tanto, no es una gimnástica como se la pretende hacer pasar. Nuevamente, leer “La experiencia prohibida” de J-M Verlinde. |
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25
de abril de 2009 Este mensaje contiene el pedido de una intención particular que es, al mismo tiempo, universal, porque de la paz se trata. La Madre de Dios nos dirige una invitación personal, a cada uno de nosotros sus hijos, pero no queda ahí sino que nos pide, además, que demos testimonio no ya individual sino de familia. El primer ámbito donde debe reinar la paz es la familia, entendida no sólo como familia de sangre sino también como familia religiosa o comunidad de vida. Por tanto, quienes recibimos y acogemos el mensaje estamos siendo llamados además de rezar por la intención de procurar siempre obrar en la concordia y tender puentes de amistad, reconciliación y comprensión entre todos los miembros de la familia o de la comunidad. Y, en la medida de lo posible, propender a que todos recen unidos, puesto que la familia que reza unida recibe el don de la paz y de la unidad. Lamentablemente,
la experiencia demuestra que muchos son los casos en los que no todos
los miembros de la casa están dispuestos a la oración y ni siquiera a
la oración conjunta. ¿Qué hacer en esos casos? Pues, quien o quienes
rezan que lo hagan por los que rechazan hacerlo. Nunca se debe forzar a
nadie a rezar porque debemos respetar la elección del otro y porque se
corre el riesgo de provocar un rechazo aún mayor. Si se actúa con fe y
con paciencia llegará el día en que todos juntos rezarán, al menos un
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria. En esos casos, entonces,
paciencia, testimonio de vida y oración es lo que se requiere junto a
la fe que el Señor obrará movido por esas oraciones. Cuán cierto es que una familia de vida armoniosa -donde se respira la paz, donde todos sus miembros se respetan y donde no se oyen fuertes discusiones ni palabras altisonantes- transmite al mundo el más elocuente mensaje de paz. Ese mensaje testimonial se convierte en ejemplo a emular, en testimonio eficaz de que la paz es posible cuando Dios impera, y que la paz es el mayor tesoro a encontrar, verdadero don divino a conquistar. De
la concordia y mutuo amor de las primeras comunidades cristianas los
paganos quedaban admirados y decían “miren cómo se aman”. A
aquellas comunidades las distinguía el amor y la paz, dones que
necesariamente van juntos porque sin paz no hay amor y sin amor no puede
haber paz. Las comunidades
eran escuela de amor, de piedad que irradiaba paz. Eso lo veían los
paganos, se sentían atraídos y querían emularlos convirtiéndose. Brevemente, nos recuerda que Ella ha venido y viene como Reina de la Paz y porque es nuestra Madre. Esos títulos vienen de su mismo Hijo, Rey y Señor de la Paz, que nos la dio por Madre en la cruz. La misma cruz es la fuente de nuestra paz y el origen de la Maternidad de la Virgen de toda la humanidad. “Deseo
conducirlos por el camino de la paz que solamente proviene de Dios” Por ser nuestra Madre y porque su misión es traer la paz, “por la entrañable misericordia de Dios” que es misericordia y amor maternal en María, nos conduce Ella a su Hijo que vino una vez al mundo “para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte”, “para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Cf Lc 1: 78-79). La paz es don divino y mesiánico, puesto que la paz sólo viene de Dios y es Cristo, el Mesías, quien nos los dijo: “la paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn 14:27). La paz del Señor no es simple tregua ni ausencia momentánea de conflictos o una cierta tranquilidad siempre condicionada, sino plenitud de bienes espirituales, de vida que viene del Amor que libera y plenifica. La palabra hebrea “shalom”, que viene traducida como “paz”, significa plenitud, estar colmado. El corazón del hombre anhela esa plenitud, ese estar colmado de la gracia de Dios que lo hace libre, feliz objeto y sujeto de amor. “Por
eso, oren, oren, oren” Cuando la Santísima Virgen repite oren, oren, oren quiere decirnos que debemos intensificar la oración y también la profundidad de la misma. Ahora nos pide que oremos por la paz, para poder recibir la paz en el corazón y ser instrumentos de paz, extendiéndola a otros e intercediendo por otros para que ellos también reciban esa gracia que es don divino y mesiánico. Por tanto, los primeros en hacer el camino somos nosotros –camino de oración y de testimonio por la paz- dejándonos conducir por nuestra Madre y Reina de la Paz. Éste es su programa: paz en el corazón del hombre, paz en las familias, paz en las naciones. Como recientemente nos recordó el Santo Padre en Lourdes: “María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna”. Seamos obedientes al llamado del Cielo, sigamos a la Santísima Virgen que nos conduce por el camino de la paz y enseña cómo caminar. Oremos, oremos, oremos para que reine la paz y el amor. Familia, unidad, paz están entrelazadas en el mensaje que la misma Reina de la Paz dio en otro lugar, reconocido -por la comisión teológica solicitada por el obispo- como de orden sobrenatural. Me refiero a las lacrimaciones de la Madonnina de Civitavecchia. Una pequeña estatua de yeso venida de Medjugorje y representando a la Reina de la Paz, lloró sangre 14 veces. Quien primero vio a la imagen llorar fue una niña –que en la época, año 1995, tenía cinco años y medio- al salir de su casa con su padre para ir a Misa. La imagen era de propiedad de la familia, de apellido Gregori, y la tenían en una pequeña gruta que el padre había hecho en el jardín para venerar a la Madre de Dios y saludarla al entrar y salir de la casa. A partir de aquel día, 2 de Febrero, día de la Candelaria, toda la familia se vio implicada tanto en las gracias recibidas como en las pruebas a las que fueron sometidos sus miembros. La niña recibió mensajes secretos de la Madre de Dios los que dio a conocer sólo a su Obispo. Las lacrimaciones en la casa de los Gregori fueron 13, la decimocuarta sería con la estatuilla en las manos del Obispo Mons. Girolamo Grillo, quién de juez escéptico se convirtió en testigo convertido. Después de diez años de la mariofanía la niña, ahora adolescente, declara bajo juramento haber recibido otros mensajes en los que la Santísima Virgen habla de “la familia y su unidad, que en estos tiempos es destruida por las insidias del demonio”. Y, como en Medjugorje, también pide oración ante el Santísimo Sacramento, muy frecuentes Misas y muy frecuentes confesiones, rezo del Rosario diario y consagración a su Corazón Inmaculado. Mons. Grillo ha revelado recientemente que el Santo Padre Juan Pablo II en varias ocasiones veneró la pequeña imagen. Hoy la imagen está expuesta en la iglesia parroquial Sant’Agostino de Civitavecchia convertida en santuario mariano. La gente, que viene de todas partes de Italia y del mundo, no va sólo a rezar delante de la Madonnina que lloró lágrimas de sangre sino también a confesarse y a rendir culto eucarístico de adoración o participar de la Santa Misa. Numerosos son los frutos de conversión. Como anotaba el famoso periodista Vittorio Messori, coautor de un libro con el entonces Cardenal Ratzinger y otro con Juan Pablo II; “los frutos de Civitavecchia parecen ser, en una perspectiva de fe, el mayor signo de credibilidad, más que los aún preciosos y necesarios análisis de los expertos”. Oremos todos, queridos hermanos. Oremos por la paz en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en el mundo. Oremos, no dejemos de orar. Recordémoslo cada vez que saquemos la corona del rosario para rezarlo, cada vez que vayamos a la Santa Misa, cuando nos levantamos y cuando nos acostamos. Recordemos rezar por la paz y dar testimonio de paz en y con nuestra familia o comunidad. Y no nos olvidemos nunca de rezar por el Santo Padre que está siendo muy atacado. Él es la cabeza de nuestra Iglesia, de nuestra gran familia eclesial, la Santa Iglesia del Señor. P.
Justo Antonio Lofeudo |
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25
de mayo de 2009
Comentario “En este tiempo, los
invito a todos a orar por la venida del Espíritu Santo …” Este tiempo, después de
la Ascensión, es litúrgicamente el tiempo de Pentecostés. A
partir de Pentecostés se presenta la novedad de
la Iglesia, como fruto de la Resurrección y del don del Espíritu. Es
el Espíritu Santo quien obra toda realidad de salvación y santificación
en la Iglesia y nos introduce en la revelación del misterio de Dios y
del hombre. El
Espíritu Santo, el Paráclito -que significa “el que está junto a
nosotros” para defendernos- es
el enviado del Padre en nombre del Hijo y por el Hijo, y mora en los que
creen en Él. Es el Santo Espíritu el que todo nos revela porque es el
Espíritu de la verdad. Es
quien nos ilumina, a nosotros Iglesia, acerca del misterio de Cristo,
Mesías, Señor e Hijo de Dios y hace que comprendamos la Resurrección
como el cumplimiento del plan de salvación de Dios para todos los
hombres. Pues, si Cristo es la manifestación visible de Dios
–“quien ha visto al Hijo ha visto al Padre”, le dice el Señor a
Felipe en la Última Cena (Jn 14:9)- el Espíritu Santo es quien lo
revela. Por
el Espíritu Santo nos sabemos hijos de Dios dándonos la confianza de
llamarlo Padre, Abbá (Cf. Rm
8:15), y reconocemos que Jesucristo es
el Señor (Cf. 1 Co 12:3). Es
también el Espíritu quien nos impulsa al anuncio de salvación y al
testimonio y nos da la fuerza y el valor para hacerlo sin temer ni a la
persecución ni a la muerte. Fue por el Espíritu Santo, recibido en el Cenáculo
mientras estaban en oración, que los discípulos se volvieron
verdaderos apóstoles (enviados) porque salieron del encierro de sus
miedos a proclamar el Evangelio de salvación a todo Israel y a todo el
mundo conocido. Al
Espíritu que ya vino y que se hace constantemente presente en la
Iglesia, hay que llamarlo porque constantemente lo perdemos y sofocamos.
Por eso, la venida del Espíritu implica siempre purificación interior.
Sí,
al Espíritu Santo hay que pedirlo y Dios no lo niega a los que se lo
piden (Cf. Lc 11:13). No importa la fórmula de invocación sino la
intención y fuerza de convicción o de necesidad con la que se pide. El
Espíritu Santo es Padre de los pobres y en la medida que nos
consideremos indigentes ante Dios tendremos la fuerza como para pedirlo. Nosotros lo invocamos,
clamamos su presencia y Él, el Espíritu Santo, nos enseña a orar. "El
Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos
pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con
gemidos inefables" (Rm 8:26). El Espíritu Santo, artífice de las
obras de Dios, es el Maestro de la oración. La Santísima Virgen
en Medjugorje ha dicho: “Queridos
hijos, ustedes no saben pedir. Piden demasiadas cosas y no piden el Espíritu
Santo. ¡Pidan el Espíritu Santo y lo tendrán todo!”. Oremos, entonces, como
nos lo pide nuestra Madre en este mensaje por la venida del Espíritu
Santo. A eso nos invita: “…
a orar por la venida del Espíritu
Santo en cada criatura bautizada” La intención por la
que nos pide orar es para la venida del Espíritu en cada bautizado.
Pero, ¿qué puede significar ser bautizado? O dicho de otro modo: ¿cuál
es el alcance de este pedido? Recordemos que por medio del bautismo se recibe el
Espíritu Santo y que el pecado original y los pecados personales que la
persona pudiera haber cometido son cancelados, se es regenerado como
hijos de Dios e incorporado a la Iglesia. En cuanto al perdón de los
pecados “al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es
tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda
absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las
faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir
para expiarlas... Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la
persona de todas las debilidades de la naturaleza”, por eso la Iglesia
posee otro medio para perdonar los pecados que se cometan, es el
sacramento instituido por el mismo Señor: el de la penitencia que
reconcilia al penitente con la Iglesia y con Dios (CIC 978, 979 y 980). Dios le confiere al bautizado la gracia santificante que lo hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo y le
permite crecer en el bien, además de hacerlo receptor de los dones del
Espíritu Santo. El Espíritu Santo también otorga a
algunos fieles dones especiales para la edificación de la Iglesia, que
son los carismas. En definitiva, a través del bautismo, el Espíritu Santo, nos hace
ricos y capaces de Dios. Uno de los himnos de
la liturgia dice, refiriéndose al Espíritu de Dios: “Esta es la
fuerza que pone en pie a la Iglesia, en medio de las plazas y levanta
testigos en el pueblo”. Ahora bien, después de todo este repaso sobre qué
significa ser bautizado y poseer el Espíritu Santo, nos podemos
preguntar: ¿Qué ha ocurrido con toda esa riqueza que nos ha sido dada?
¿Por qué ahora no salimos a las plazas? ¿Por qué faltan testigos
“para hablar con palabras como espadas”, como sigue diciendo el
himno? La respuesta es: por la misma razón que la Santísima Virgen nos
pide que oremos, es decir porque la llama del Espíritu se ha extinguido
en los bautizados, porque la fe ha perdido su firmeza y leemos la
historia de la Iglesia primitiva con ojos de arqueólogos, no de
creyentes.
Porque “sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo queda en el pasado, el Evangelio resulta letra muerta, la Iglesia
una simple organización, la autoridad un poder, la misión una
propaganda, el culto un arcaísmo y el obrar moral una acción de
esclavos. Pero, en el Espíritu Santo el cosmos se ennoblece por la
generación del Reino, Cristo Resucitado se hace presente, el Evangelio
se vuelve potencia y vida, la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma en servicio, la liturgia es memorial y
anticipación, el obrar humano es deificado” (Atenágoras). Y
mientras hermanos separados no temen proclamar al Evangelio porque no
dejan de invocar al Espíritu Santo nosotros nos atrincheramos en
escepticismos y falsas salvaciones materiales. Nos falta la fuerza para
proclamar al mundo que Jesucristo es el único Salvador de los hombres y
que es el Señor de cielo y tierra, y esa fuerza es el Santo Espíritu
de Dios. Por eso debemos pedirlo, para nosotros y para cada bautizado.
Pedirlo para cada cristiano. Porque si bien el Espíritu Santo está
presente en comunidades eclesiales no católicas no lo está en cuanto
permanezcan separadas y en cuanto no se les haya revelado la totalidad
de la verdad, principalmente sobre tres temas fundamentales: la
presencia verdadera, real y substancial de Jesucristo en la Eucaristía[1]; la identidad y consecuentes prerrogativas y dogmas
de fe acerca de la Santísima Madre de Dios, y la primacía y ministerio
petrino del Papa[2]. ¿Qué es lo que impide esta revelación del Espíritu?
Los prejuicios. Para hacer una analogía que permita comprender esto,
podemos asimilar el Espíritu a la luz y los prejuicios a la pantalla
que no deja penetrar la luz. En la medida que haya prejuicios que
impiden la manifestación de la verdad toda entera se genera un cono de
sombras. Pidamos que el Espíritu Santo penetre los corazones cerrados
por los prejuicios y que los hermanos separados, abiertos totalmente a
su acción, sean iluminados para adorar al Señor presente en el Santísimo
Sacramento; para que como Isabel proclamen ante la presencia de la
Virgen en la Iglesia: “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor
venga hasta mí?”. Y también para que en sus corazones resuenen las
palabras del Señor: “Tú eres Pedro...” (Mt 16:18). El Espíritu desciende
y reposa en el corazón purificado de los bautizados. La Comunión con
el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los
bautizados la semejanza divina perdida por el pecado y les confiere la
unidad. Por eso, para que
revivan los huesos áridos y muertos (Cf. Ez 37:10) debe soplar el Espíritu
sobre la Iglesia de los bautizados. Por eso, si escuchamos a nuestra
Madre del Cielo, no debemos dejar de elevar nuestras plegarias pidiendo
al Padre y al Hijo: “Padre, envíanos el Santo Espíritu. Te lo
pedimos en el nombre de Jesucristo. Señor Jesucristo, manda el Espíritu
prometido. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! Ven para que todos los
bautizados seamos uno, en una sola fe, un solo Señor, un solo
bautismo”. “...
para que el Espíritu Santo
los renueve a todos y los conduzca por el camino del testimonio de
vuestra fe, a ustedes y a todos aquellos que están lejos de Dios y de
Su amor” Sí,
queridos hermanos, no dejemos de invocar al Espíritu, no dejemos de
pedir que nos renueve para hacer de nosotros verdaderos y valientes
testigos de Jesucristo, muerto y resucitado. Si
nos falta el Espíritu la vida pierde calor y color, la llamas de la fe
y del amor languidecen hasta apagarse, y el hombre se hace viejo y ya no
reconoce a su Dios, que es Amor. El
Espíritu falta cuando falta la oración. Por eso, no dejemos de rezar
pidiendo la venida del Paráclito (del otro Paráclito, porque el
primero es Jesucristo) para nosotros y para toda los cristianos. Y hagámoslo
con muchísima confianza, porque junto a nuestra oración, como en el
primer Pentecostés en el Cenáculo, está María, la Madre de nuestro
Señor y Madre nuestra, pero ahora en la gloria intercediendo ante el
Altísimo. Recapitulando:
como hoy nos pide la Santa Madre de Dios y Madre nuestra, Reina de la
Paz, oremos pidiendo con confianza la venida del Espíritu Santo sobre
todos los cristianos para que todos –tanto cercanos como alejados del
amor de Dios, los que conservan la fe verdadera y la que la han perdido-
seamos renovados y podamos dar con valentía y ardor testimonio de
nuestra fe. Ven, Espíritu
divino, manda tu luz desde
el cielo. Padre amoroso del
pobre; don, en tus dones
espléndido; luz que penetra las
almas; fuente del mayor
consuelo. Ven, dulce huésped
del alma, descanso de nuestro
esfuerzo, tregua en el duro
trabajo, brisa en las horas
de fuego, gozo que enjuga las
lágrimas y reconforta en los
duelos. Entra hasta el fondo
del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del
hombre si tú le faltas por
dentro; mira el poder del
pecado cuando no envías tu
aliento. Riega la tierra en
sequía, sana el corazón
enfermo, lava las manchas, infunde calor de
vida en el hielo, doma el espíritu
indómito, guía al que tuerce
el sendero. Reparte tus
siete dones según la fe
de tus siervos; por tu bondad
y tu gracia dale al
esfuerzo su mérito; salva al que
busca salvarse y danos tu
gozo eterno. Amén. (Secuencia
de Pentecostés)
[1]
Es
decir las especies de pan y vino consagradas por un sacerdote, quien
ha recibido la unción, el orden sagrado, por la imposición de un
obispo dentro de la sucesión apostólica. [2] Esos tres grandes amores que san Juan Bosco llamaba las tres blancuras. |
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25
de junio de 2009 Este
mensaje del 28º aniversario compendia varios llamados a la acción y
estos se denotan por los verbos empleados: alegrarse, dar gracias a
Dios, orar, dar testimonio, ser las manos extendidas de la Virgen. “Alégrense
conmigo” Sabemos
muy bien que el motivo de la alegría es su presencia durante todo este
tiempo permitido por Dios. Y nos alegramos porque esta presencia suya,
continua, cercana, amorosamente maternal es un don y porque, además, a
este don lo estamos acogiendo. Sí, lo acogemos, al menos en la medida
en que creemos que la Madre de Dios viene a visitarnos y nos habla, es
decir que también seguimos sus mensajes. Nuestra
Madre nos invita a alegrarnos con Ella porque está inmensamente
dichosa. Ivan, quien también tuvo la aparición el mismo 25 de junio,
decía que no tenía palabras para expresar todo el gozo que manifestaba
la Santísima Virgen. La
invitación a la alegría es el comienzo del mensaje, pero la alegría
de saberla tan cercana a nosotros no estaría completa si no hiciéramos
nada más y todo quedase en el conocimiento, por cierto que
reasegurador, de su presencia y de los mensajes. Puesto que no basta con
creer que viene y nos dirige la palabra si luego no se vive lo que nos
pide. No basta festejar el acontecimiento de un nuevo aniversario, rezar
rosarios, ir en peregrinación, si luego no se hace un camino de
conversión. Por eso mismo, después de invitarnos a la alegría nos
dice: “conviértanse
en alegría y agradezcan a Dios por el don de mi presencia entre
ustedes” Ella,
que viene a que se cumpla en cada uno la salvación de su Hijo, nos pide
convertirnos en alegría, o sea ser nosotros motivo de alegría para
Ella y para los demás y, al mismo tiempo, manifestar nuestra gratitud a
Dios por este don, grandioso e inmerecido, que sólo puede venir del
amor misericordioso de nuestro Señor. Y
para mostrarnos cuál es el medio para la conversión nos recuerda que
debemos orar. “Oren,
para que en sus corazones Dios esté en el centro de su vida” El
propósito de la oración es el de toda conversión verdadera: poner a
Dios como centro de nuestra vida. Ponerlo al centro de nuestra vida
significa estar dispuestos a hacer su voluntad y no la nuestra, abrirse
a la verdad y no a nuestra verdad. Poner a Dios en el centro de la vida
es desplazar al yo que se disfraza de Dios. No son raras las veces en
que pensamos estar haciendo la voluntad divina y en realidad hacemos la
propia poniendo a Dios como excusa. Muchos se engañan a sí mismos
cuando lo que ellos piensan y desean y han ya decidido hacer lo ponen en
boca de Dios. Son quienes dicen “Dios me dijo” o “lo estuve orando
y el Señor me ha dicho…” y a continuación sigue lo que querían
hacer. Podemos preguntarnos ¿es poner a Dios como centro de la propia
vida si se desatiende a la propia familia? ¿Es centralizar la vida en
Dios ir detrás de cuanto evento religioso hay y luego no ofrecer nada,
no comprometerse a nada ni en la parroquia ni fuera de ella? ¿Se puede
tener la mano abierta para pedir gracias y el puño cerrado para dar y
creer que se está con Dios? Y estos son sólo unos pocos ejemplos de
tantos que seguramente todos conocemos o hemos vivido. Saber cuál es la
voluntad de Dios requiere siempre un gran discernimiento, producto de
una oración sincera y una gran honestidad y también aceptar la
corrección cuando esa es hecha en el amor. Para conocer esa voluntad
divina es menester crecer. Para ejemplificar esto último nos puede
servir –como caso eminente- el relato lucano de Jesús, niño de 12 años,
que deja que sus padres se marchen para él quedarse en el templo de
Jerusalén “ocupándose de las cosas de su Padre”. Jesús empieza a
conocer su identidad divina de Hijo de Dios y siente el llamado a su
misión especial, su vocación mesiánica. Sin embargo, seguramente
luego de recapacitar lo que su madre le reprocha, el niño entiende que
esa decisión suya es producto en ese momento de su voluntad humana pero
no de la del Padre, y por eso san Lucas concluye la perícopa diciendo
que Jesús regresa con María y con José –a quienes honra como padre
y madre-, y que a ellos queda sujeto, para crecer como hombre en el seno
familiar en Nazaret (Cf. Lc 2:41s). Se ve, entonces, que la voluntad de
Dios Padre no es apresurar su misión salvadora sino que madure Jesús,
en tanto hombre y que Jesús cumple enteramente con esa voluntad dejando
de lado la suya humana. Esto también nos recuerda la agonía del
Getsemaní cuando en su lucha espiritual finalmente dice en oración al
Padre “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Cf. Lc 22:42) La
euforia de todo comienzo de conversión, que hace que el converso quiera
a todos convertir, puede ser tan sólo fuego de paja si no hace él
mismo un camino de santidad. Puesto que si del fervor no surge el amor
será como campana que repica, que llama a otros pero no a sí mismo.
Conversión es un camino de perfección en las virtudes y en el amor. Nadie
puede decir “yo me convertí”, primero porque quien convierte los
corazones es Dios y luego porque la conversión no es un estado, yo
“no estoy convertido” sino en camino siempre de conversión. Por
eso, junto a orar para que Dios sea el centro de nuestras vidas, la Santísima
Virgen pide luego que demos testimonio. “Hijitos,
testimonien (con sus vidas) para que cada criatura pueda sentir el amor
de Dios” Si
la oración es el medio insustituible para la conversión, el testimonio
de amor es fruto de conversión. Conversión
es camino de santidad y la santidad no es mera aventura individual sino
que siempre implica y compromete a otros. Dar
testimonio de vivir según la voluntad de Dios, de seguir lo que Jesús
nos manda en el Evangelio, de lo que la Iglesia nos pide, de lo que
nuestra Madre del Cielo, pacientemente, nos va inculcando en todos estos
años, es dar a otros el amor recibido, es compartir los dones que el
Cielo derrama sobre nosotros, es abrir el corazón a todos los demás
empezando por los de la propia casa. Así seremos verdaderos hijos
buenos que ayudan a la Madre a que otros hijos sientan, a través de
nuestras actitudes, gestos y acciones, el amor de Dios en ellos. “Sean
mis manos extendidas para que cada criatura pueda acercarse al amor de
Dios”,
concluye diciendo. Como
para explicitar mejor lo anterior ahora nos ofrece la imagen de sus
manos, esas manos que se abren hacia sus hijos trayendo las gracias que
antes ha implorado a Dios para ellos. La imagen vívida que todos
tenemos en nuestro corazón de Santa María de las gracias, de la
Medalla Milagrosa, de la estatua de Tihaljina. Son las manos que se
ofrecen como sostén a quien está caído o débil en la fe, que a todos
acoge sin excluir a nadie, las que llaman a no tener miedo y acercarse a
Dios. Porque cuando Dios llama no es para quitar nada bueno ni bello
sino para dar y dar por medio del Corazón y de las manos de María que
ahora se extienden a las de sus hijos, aquellos que viven sus mensajes.
Las manos extendidas de la Madre de Dios son también las que nos
impulsan a salir de nosotros mismos para ir a evangelizar al mundo, son
las manos de la misión. Por
medio de la oración acerquémonos también nosotros cada vez más a
Dios. Por medio de la adoración entremos en su intimidad y seamos sus
amigos, aquellos que cumplen con su ley de amor. Por medio de la oración
alcancemos la alegría de hijos de María e hijos de Dios, convirtiéndonos
cada día a Dios, al Amor, para que también otros alejados e ignorantes
del amor de Dios puedan experimentar en nosotros ese amor y se acerquen
a él. Seamos los enviados de la Reina de la Paz a este mundo de perdición,
acojamos el don que es más fuerte que el mal y no cesemos nunca de dar
gracias a Dios por esta presencia de la Santísima Virgen entre
nosotros. Hagámoslo, sin dilaciones y recibamos humildes su bendición. |
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2
de julio de 2009 Uno de los motivos de la gran importancia que reviste este mensaje es que la Santísima Virgen no sólo nos llama sino que agrega un perentorio: “los necesito”. ¿Por qué tal necesidad? Porque ha llegado el momento de la gran batalla y, siendo ésta una guerra espiritual, el ejército de la Madre de Dios debe contar con bravos combatientes. La Madre llama a los hijos que estén dispuestos y prontos para dar todo de sí y para no medrar en sacrificios, hijos a quienes no los ocupe las cosas de este mundo que pasa sino que tengan su corazón puesto en Dios. La Reina de la Paz te llama a ti, me llama a mí, para que otros se salven, y sin ti, sin mí no podrá hacer que les alcance a ellos la salvación porque esos otros no conocen a Dios, no lo aman y lo ignoran o lo desprecian. Por ello mismo, la Santísima Virgen hace su apelación a quienes prestan atención a sus mensajes y los viven porque creen que son auténticos y que Ella misma está presente en estos tiempos. Este mensaje de la Madre de Dios debe interpelarnos fuertemente, porque es un llamado a la luz de la verdad, a la que nos exponemos para ver si realmente somos esos hijos más cercanos dispuestos al amor y al sacrificio sin medidas por los demás, porque Ella nos lo pide.¿Me siento llamado? ¿Estoy dispuesto al sacrificio y a la total entrega? Es comprensible que en muchos de nosotros se plantee el dilema de la aceptación total, porque es necesario primero el sí para que después comience el obrar de Dios en cada uno, a través de la Virgen. La duda es hija del miedo de “¿qué me irá a pedir Dios?”. Dios no te ha de pedir nada que antes no esté dispuesto a darte. Ésta tiene que ser nuestra confianza en Dios y en este llamado que la Santísima Virgen nos hace ahora. Ahora
bien, si estamos dispuestos
a seguirla ¿cómo conseguir hacer lo que nos pide? La Santísima Virgen
nos lo dice: abriendo el corazón, que para eso está viniendo, para que
pueda derramar a raudales las gracias que Dios le ha dado para nosotros.
Pero, prestemos atención, Ella nos dice que para seguirla debemos antes
despojarnos de todo el pesado lastre que impide tal entrega y que no
deja que la gracia penetre en nosotros. Por eso, su exhortación va
dirigida a descargar las vanidades del mundo y ahondar en el camino de
la humildad y a purificar además el corazón mediante el perdón. En
una palabra: a aligerarnos para el combate. Nadie es santo porque no peca, puesto que esto sería imposible. Se empieza a ser santo cuando se pide y se experimenta el perdón de Dios y junto a ese perdón todo su amor. El perdón libera, tanto el perdón que se pide a Dios, y también al hermano, como el perdón que se da a quien nos ha ofendido. Para poder seguir a la Virgen hay que dejar el peso de las culpas. Hay que perdonar para recibir el perdón de Dios que liberándonos trae la paz y alivia el corazón y lo abre a la gracia. Y también hay que perdonarse a sí mismo, cosa que no debe confundirse con autoindulgencia. Jesús murió por todos y cada uno de nosotros, porque todos y cada uno es precioso ante sus ojos. Nosotros también debemos estar dispuestos a morir a nosotros mismos en todo lo que nos aparta de Dios, en el pecado primero y luego morir al mundo, a sus vanidades. En eso consiste el amor a la propia persona. Ese amor requiere una mirada severa sobre todo lo que ofenda a Dios para rechazarlo o para acudir prontamente a su misericordia en busca del perdón. Pero, luego, aquella vieja culpa ya perdonada no debemos dejar que nos aplaste. Por eso, la Santísima Virgen habla de perdonarse a sí mismo para llegar a amarse a uno mismo. Se ama a sí mismo el que no está dispuesto a traicionar la verdad, el que es hasta capaz de renunciar a todo por no ofender a Dios y alejarse de su amor. La renuncia no tiene valor en sí misma, también los budistas saben renunciar, la renuncia cobra su valor cuando es por el Reino de Dios, por amor a Cristo. Esa es una de las razones del pedido de ayuno que la Reina de la Paz hace en Medjugorje. Por medio del ayuno aprendemos a desprendernos de las cosas, a ser esenciales y a disciplinarnos para poder rechazar las vanidades. La gran mística francesa Marthe Robin, fallecida en 1981 y en vías de ser beatificada, amó inmensamente, hasta sacrificar toda su vida por la salvación de otros. A propósito de dar testimonio y de interceder por los que no creen, decía lo siguiente: “Para los que no creen, que están perdidos, no sirven palabras. Necesitan virtudes que resplandezcan, que los ilumine, que los atraiga. Los ejemplos de una vida cercanísima a la santidad poseen una fuerza de seducción y de persuasión incomparable. Hay que ser un pequeño rayo en la tierra para ser una luz inmortal. Es necesario querer ser una lámpara en la Iglesia militante para volverse una estrella en la Iglesia triunfante”. Y
rezaba, ofreciéndose como hostia viva, tomando sobre sí el sufrimiento
de todos diciendo: “Dame, Señor, dame sobre todo un amor ardiente y
la llama necesaria para cumplir dignamente mi sublime misión de
portadora de la luz y del calor. Que yo sea, sin parar, un pequeño
brasero siempre ardiente”. El
seguimiento a la Virgen es de adoración a su Hijo. Somos llamados a adorar
a Dios en Cristo Jesús, confesando que Él es Dios y que la Eucaristía
es la Persona de Cristo corporalmente presente, y somos llamados a
adorarlo además en reparación por los que no lo aman y en lugar de los
que no lo conocen[1]. Sí,
este mensaje resulta perentorio. Hay una urgencia antes no manifestada,
signo que entramos en un tiempo de grandes batallas espirituales. Por
ello, la Madre de Dios lanza este llamado a quienes la quieran seguir.
No va dirigido a todos sino a los que entiendan cuál es el tiempo que
estamos viviendo y se animen a seguir a
la Virgen, sin condiciones ni condicionamientos, al combate
escatológico de la Mujer y su descendencia contra el Dragón y los
suyos. Nuestras armas son un corazón purificado y la adoración al Señor. [1]
Ya
que el Cielo lo enseñó, bueno es repetir ante el Santísimo –en
reparación e intercesión- las palabras que el Ángel les dio a los
pastorcitos de Fátima: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os
amo. Os pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no
esperan y no os aman”, y también “Santísima Trinidad, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el
preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor
Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra en reparación
por todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él
mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Sacratísimo
Corazón y del Corazón Inmaculado de María os ruego la conversión
de los pobres pecadores”. |
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25
de julio de 2009 Cuando se dice primacía de la oración, nunca debe entenderse primacía como exclusión: la oración sí y la acción no. Oponer la acción a la oración es una artimaña del demonio. Lo que simplemente se significa es que la oración antecede, en cuanto nutre e impulsa a la acción humana confiriéndole la fuerza y la bendición divinas. En el mensaje, aunque tan breve, hay algo más que merece ser comentado y esto es la mención de “este tiempo”. “Este tiempo” puede ser entendido de varias maneras. Así, puede referirse a este tiempo en el que estamos inmersos y en el que parece no haber contención para el mal. Tiempo terriblemente difícil para educar en las virtudes y para vivir sin ser tocado por la contaminación exterior que busca negar a Dios y corromper al alma. Pero, también “este tiempo” puede significar el tiempo de gracia que nos regala el cielo, el tiempo de la misericordia de Dios que se manifiesta por estas apariciones de la Santísima Virgen que nos reasegura con su presencia maternal. Sin duda alguna, éste es el tiempo en que el Señor nos viene preservando de la autodestrucción y que nos envía a su Madre para que nos guíe e ilumine el camino en medio de las tinieblas del mundo. “Este tiempo” tiene también una resonancia peculiar para cada uno de nosotros. Es el tiempo de nuestra vida hoy. Es el de nuestra circunstancia y estado de gracia. Y, entonces, escuchar además de la necesidad de la oración, que la Santísima Virgen nos hable de “este tiempo”, tiene el efecto de interpelarnos para recapacitar sobre el sentido que le damos a esta vida, lo efímera que es, y a aprovechar la gracia –mediante la oración- para profundizar la conversión a Dios. Finalmente, “este tiempo”, hace referencia al tiempo de ocio que deriva de las vacaciones estivales en el hemisferio norte. En cualquier caso, nuestra Madre quiere que despertemos al hoy de nuestra vida para vivirlo en la intensidad de la conciencia que de Dios venimos, por Él existimos, en Él nos movemos y a Él iremos. Por tanto, no se puede seguir ignorando la verdad de nuestra condición de creaturas y nuestra necesidad de ser salvadas por Dios. No se puede no aprovechar el tiempo, este tiempo, para encontrarnos con nuestro Creador y Salvador por medio de la oración. Esto es lo primordial, el resto vendrá por añadidura. Sí, el tiempo que nos toca vivir es terrible, por eso la Virgen Santísima en este mensaje nos está diciendo: “vayan a lo esencial, no pierdan más tiempo y oren, oren, oren”. Una hermana recordaba que en la época de la guerra en los Balcanes la Virgen había dado un mensaje similar. Simplemente decía: “Oren, oren, oren”. Sí, este es tiempo de gracia, gracia que Dios nos ofrece, cuando las oraciones más fácilmente se abren camino hacia el cielo porque los corazones, siempre por la gracia de Dios, se abren a su conversión. Y se abren por medio de la oración. Para aquellos que están ya de vacaciones o por empezarlas, el mensaje advierte que éste es tiempo para no distraerse con las cosas del mundo y mucho menos perderse en ellas. Es el tiempo para aprovechar aún más del ocio intensificando el tiempo y la profundización de la oración. En
todos los casos, aprovechemos nuestro tiempo uniéndonos a Dios en oración. |
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25
de agosto de 2009 Los santos han sido hombres y mujeres para admirar e imitar. El caballero guerrero Ignacio, luego de ser herido en el asalto a Pamplona, se abre a la gracia de la conversión leyendo vidas de santos en su convalecencia en Loyola. (¡Cuántas aparentes “desgracias” se ve después que han sido en realidad gracias! Si no hubiera sido herido en el sitio de Navarra no se hubiera detenido en su carrera militar y no habría tenido esa oportunidad brindada por la Providencia). “La única tragedia del hombre es no ser santo” sentencia el gran Pascal y también observa que “sólo la gracia puede hacer de un hombre un santo, y el que lo dude no sabe qué es la gracia ni qué es un hombre”. Pero, esa gracia nuestro Creador y Salvador la pone a disposición de todos los hombres. Cada uno de nosotros ha sido creado con una distinta capacidad de santidad. Lo importante es que cada uno llene esa capacidad. Como nos recuerda Santa Teresa del Niño Jesús (Teresita de Lisieux), hay algunos que Dios los creó para ser grandes santos y que no podían haber sido más que santos, con tantos dones como los adornó y otros que emergen desde su pequeñez a la santidad. La santidad es la unión con Dios, es el goce de los bienes celestiales ya en la tierra, es la vida verdadera en el amor, para el amor. Es la felicidad que no es pasajera mas que perdura y ya sabe a eternidad. Es verdad de fe que hemos sido creados para ser salvados por Cristo y gozar luego de la eternidad, pero el destino final depende de nosotros, de qué hacemos con nuestra libertad. En cada momento estamos decidiendo nuestro destino, de condena eterna, de dolorosa purificación o de aquella felicidad inenarrable porque “ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana pudo concebir lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman” (Cf. 1Cor 2:9). La santidad se irradia. Los santos no van en busca de la gente para hacerse ver sino que son las personas que van en procura de ellos. ¿Por qué? Porque irradian santidad, porque desde lejos se ve que son amigos de Dios, porque irradian paz, amor, alegría, salvación. Sino cómo se explica que millones de personas se llegasen hasta un confín de Italia para ver y escuchar a un pobre fraile capuchino, que nunca había salido de su convento, que pasaba sus horas rezando, confesando y celebrando Misa. Así fue con San Pío de Pietrelcina y así con tantos otros santos. Pensemos en los ermitaños o los padres del desierto o tantos otros. En tiempos más actuales todos tenemos fijos en nuestras mentes la imagen de la Madre Teresa de Calcuta o de Juan Pablo II, todo su pontificado y aquellos días últimos de su vida. Así viven y mueren los santos y la gente lo percibe y se siente atraída por sus figuras, por sus vidas, por sus ejemplos. Es lo que se llama sensum fidelium, el reconocimiento por parte de los fieles de lo que viene de Dios. Pues, nuestra Madre nos llama a la santidad, sólo así serviremos a su plan de salvación, es decir sólo en la medida que podamos irradiar la paz, el amor, la verdadera alegría, la vida en Dios que el mundo no conoce. Sólo así otros serán rescatados. Al conocido adagio de san Agustín “Dios que te creó sin ti no te salva sin ti” se lo puede alargar diciendo que Dios quiere hacer de ti instrumento de salvación para otros, porque la salvación no es aventura personal. No termina en uno como tampoco termina en uno la santidad. Esforzarse para ser santo es lo más abnegado y altruista que pueda imaginarse, lo menos egoísta del mundo. Y ¿cómo se trabaja en la conversión, para que Dios lo vuelva a uno santo? ¿Qué parte nos toca? La respuesta es simple: la oración y la voluntad no sólo para orar sino para amar, obedecer, hacerse humilde. La voluntad que co-opera con la obra divina que viene de la gracia. Por eso, “oren, oren, oren y trabajen en la conversión personal”. Es decir, no dejen nunca de orar, sean persistentes y perseverantes en la oración y pongan todos sus deseos y apertura de corazón al servicio de la gracia de conversión. No dejen de purificar sus corazones, sigue diciendo la Madre de Dios en sus mensajes, por medio de la confesión sacramental, ni de participar vivamente del sacrificio de la Santa Misa ni de adorar a mi Hijo en el Santísimo Sacramento. Enamórense de la Eucaristía. Adorando al Santo se comprende que hay que ser santo, porque su presencia nos interpela y nos invita a su intimidad, a ser sus amigos observando su mandamiento de amor.
Y así como las llamas o el humo son signo del fuego, la santidad es el
signo que indica que Dios existe y que su amor está presente y
operante.
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2
de setiembre de 2009 El
tema del perdón es uno de los más difíciles para nosotros pobres
criaturas pecadoras y egoístas. La etimología de la palabra perdonar
da la razón de la dificultad. Viene del latín per
y donare. Es decir dar,
pero dar en grado mayor porque es dar algo que es lo más íntimo que se
pueda dar. No se trata de dar cosas materiales sino de dar de sí mismo,
de lo más profundo que es la herida del corazón. Cuando nos hieren nos
cerramos en nosotros mismos y no solemos querer salir de la ofensa para
volver a abrir el corazón. El corazón está herido y se retrae. Lo ha
lastimado una burla, un desprecio, una agresión, algún tipo de ofensa.
Se puede ser muy generoso con las cosas pero no con el perdón. Sin
embargo, el Señor nos llama a perdonar y tan importante es el perdón
que debemos dar, que lo ha puesto como condición para nosotros recibir
su perdón por nuestras ofensas hacia Él. Lo recitamos en cada
Padrenuestro. La necesidad de perdonar y la condición para
reconciliarse con Dios están en repetidos pasajes del Nuevo Testamento.
En el evangelio según san Mateo, Jesús luego de enseñar a sus discípulos
a orar, dándoles la fórmula del Padrenuestro, les dice: “si
perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros
vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco
vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6:14-15)[1]. No
deja el Señor de exhortarnos a tener misericordias como Él mismo la
tiene con nosotros: “sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no
seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis
perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán
en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida
con que midáis” (Lc 6:36-38). De diversas maneras no cesa de
decirnos: “no pidáis justicia,
dad misericordia”. En
una palabra, en este mensaje nuestra Madre nos recuerda lo que tantas
veces nos repite el Señor. Sin embargo, parece haber algo más, pues no
escapa a nuestra atención que de todas las ofensas posibles Ella
mencione específicamente “las injusticias, persecuciones y
traiciones”. Esto parece no tener que ver con
relaciones interpersonales o con situaciones familiares sino más bien
con otro tipo de cuestiones de mayor envergadura. Por el tono de este
mensaje y de otros dados anteriormente a Mirjana ¿está acaso indicándonos
una gravedad inminente? ¿Quizás acontecimientos que puedan
manifestarse en persecuciones mayores que las ahora conocidas y en
profundización de injusticias (baste tomar como ejemplo lo que se
pretende legislar o se legisla en materia de eliminación de la patria
potestad y en los ataques a la vida)? La traición siempre alude a un
quebrantamiento de la confianza, de quien o de quienes se esperaba
lealtad o fidelidad. Ciertamente que como categorías de personas
quienes sufren injusticias y persecuciones son fundamentalmente los
verdaderos cristianos que están dispuestos a vivir su fe. En
todos los casos posibles el perdón debe ser total e incondicional y no
hay injurias por graves que sean que no deban ser perdonadas. Sabemos
que existen situaciones en las que se vuelve muy difícil perdonar
cuando, por ejemplo, se trata de un grave daño infligido a una persona
inocente y muy querida. Supongamos el caso extremo de una madre a quien
han asesinado salvajemente a un hijo. A ella también el Señor le pide
que se una a su cruz y perdone. ¿Es
que Dios nos pide imposibles? Desde luego que no. Nos pide
fundamentalmente una cosa: nuestra voluntad de perdonar y de aceptar la
gracia del amor. Porque el perdón total, ese que llega hasta a amar al
enemigo es sólo don de Dios, la gracia con que sella nuestra voluntad
de perdonar. Por eso, la Madre de Dios nos llama a que oremos por el don
del amor, porque el amor no toma en cuenta el mal, ya que todo lo
perdona y todo lo soporta. Dos
reflexiones adicionales. La primera es que este mensaje, como todos, va
primero dirigido a la parroquia de Medjugorje, pero luego se extiende a
ese Medjugorje universal, del cual muchísimos formamos parte. La
segunda a tener en cuenta es que nuestra Santísima Madre habla siempre
para el momento actual, pero no sólo porque también se adelanta a los
hechos. Ella ve nítidamente lo que nosotros recién percibimos cuando
lo padecemos. Así fue con sus pedidos de oración y ayuno para
ahuyentar la guerra. Así puede ser ahora también. Sabemos que hay
persecuciones, que hay ataques muy severos y agresivos contra Medjugorje
y que se cometen injusticias, pero también cabe la advertencia de un
tiempo por venir. Y no sólo para Medjugorje sino para toda la Iglesia
universal. En
el mensaje está el consuelo que la tribulación nos hace más cercanos
a Dios y a su amor. Podemos, con el Apóstol, también nosotros decir
que ni la tribulación, ni la angustia, ni los peligros, ni ninguna
criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús
Señor nuestro (Cf. Rm 8:35 s). Sólo
el amor cubre una multitud de pecados, sólo el amor vence al mal. Ante
el mal que desborda, la cruz –verdadero icono del amor- es la única
respuesta. Desde su Cruz, pero más allá de ella, en la victoria en la
Resurrección, el Señor nos llama a seguirlo. Nos llama por medio de su
Madre a recorrer el camino del amor, ese que sí pasa por la cruz pero
no se detiene en ella. Nuestra
Santísima Madre y Reina de la Paz con este mensaje complementa el del 2
de junio pasado. Lo recordarán, ese en que por cuatro veces dijo “los
necesito”. En una parte del mismo clamaba: “Necesito
corazones preparados para un amor inmenso. Corazones que no estén
apesadumbrados con lo vano. Corazones que estén prontos a amar como
ha amado mi Hijo, que estén dispuestos a sacrificarse como se ha
sacrificado mi Hijo. Los necesito. Para poder venir conmigo perdónense
ustedes mismos, perdonen a los demás y póstrense en adoración
ante mi Hijo”. Ese
amor inmenso es el del perdón de corazón que no mide la profundidad de
la herida ni la injusticia cometida ni el dolor indecible de la traición.
Para entablar batalla contra el mal, Ella no necesita de palabras sino
de hechos (Cf. mensaje a Ivan del 28/8/09)[2], es decir de corazones que
sean símiles al de Jesús. Nuestro declarado amor a la Virgen Santísima,
nuestras oraciones deben volverse hechos concretos para no terminar todo
en mera declamación. El
mensaje de junio tenía el agregado de perdonarse a sí mismo. Lo que no
quiere decir autoindulgencia. Ahora se vuelve evidente que la Madre de
Dios tiene necesidad de hijos con corazones purificados para la gran
batalla que deben emprender bajo su guía. Un camino que se hace de
rodillas, frente al Santísimo, porque de allí viene la purificación y
las fuerzas para avanzar siguiendo al Señor. Queridos
hermanos, hay un camino por delante antes de llegar al encuentro
definitivo con Dios. Un camino accidentado, de persecuciones, de
traiciones, de injusticias. Nuestra
Madre del Cielo nos llama a prepararnos para ese camino de dolor, de
tribulación comenzando ya por perdonar de corazón porque sólo así
podremos ser verdaderos discípulos de nuestro Señor y seguirlo en el
amor hasta el encuentro con el Padre, que tendrá un juicio de
misericordia porque fuimos misericordiosos, mientras quien no tuvo
misericordia, como dice el apóstol Santiago el menor, “será
juzgado sin misericordia; la misericordia está por encima del juicio”
(Cf. St 2:13).
“Queridos hijos, hoy también
los llamo especialmente a que acepten mis mensajes, renueven mis
mensajes. Queridos hijos, hoy, más que nunca, necesito sus obras, no
sus palabras. Por ello, queridos hijos, vivan mis mensajes para que la
luz pueda iluminar y llenar sus corazones. Hijos queridos, sepan que la
Madre está orando con ustedes. Gracias, hoy también queridos hijos,
por haber aceptado mis mensajes y por vivirlos. Oren para ser mi
signo". |
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25
de setiembre de 2009 “Queridos hijos,
trabajen con alegría y arduamente en su conversión” La
conversión es obra de todos los días. Cada día debemos, con
tenacidad, cooperar con la gracia divina por medio del esfuerzo de la
voluntad. Aunque esta vez no esté dicho de manera explícita sabemos
que en este camino hacia Dios lo primero es la oración. Sin oración y
oración diaria no puede haber conversión. Repetidas veces nos ha dicho
la Madre de Dios: “oren, oren, oren”. Y nos explicó que no sólo
aludía al aumento de la oración sino también a su profundización.
Nos pide rezar cada día el Santo Rosario y a la oración vocal sumar,
en el silencio del corazón, la meditación que eleva el espíritu y nos
acerca aún más a Dios. Aún
siendo lo más importante, la oración es necesaria -como medio
insustituible- pero no suficiente para avanzar y completar la conversión.
Por eso mismo, nuestra Santísima Madre a través de todos estos años
nos ha ido enseñando y conduciendo al perdón de Dios y a perdonar a
quienes nos han ofendido (no en vano su primer mensaje fue de
reconciliación como condición de paz), a la misericordia dada y
obtenida de Dios, a la renuncia a todo sentimiento negativo como
purificación también del corazón. Y, puesto que lo que la Reina de la
Paz quiere de nosotros es ante todo el corazón, cuando pide ayunos,
sacrificios, ofrecimientos y desprendimientos nos dice que siempre ellos
deben venir del corazón. Convertirse exige, además, de cada uno la
atenta escucha de la Palabra de Dios y su lectura y su cumplimiento en
la vida de cada día. Por eso también nos exhorta a leer y meditar la
Sagrada Escritura cada día. Y nos llama a vivir la Santa Misa, amando a
la Eucaristía y respondiendo con el culto de adoración, incluso la
adoración incesante o perpetua. Y si nos urge a la conversión es no sólo
por nosotros mismos sino también para que a través de nosotros a otros
llegue la salvación. Este mismo mensaje es otro llamado sin dilaciones
a trabajar arduamente por la conversión personal. Nos
puede ocurrir y nos ocurre que muchas veces no nos vemos avanzar en la
vida espiritual y que la conversión se percibe como atascada. Suele
pasarnos que la oración se vuelva árida, monótona y que tenga más de
monólogo que de diálogo con Dios. Es muy común que veamos que
seguimos confesando los mismos pecados e idénticos vicios que no acaban
de ser erradicados. Estos y otros motivos hacen que pueda cundir en
nosotros el desaliento y la tristeza y hasta, en algunos casos, una gran
aflicción rayana con la desmotivación. Por eso, nuestra Santísima
Madre agrega en este mensaje “trabajen con alegría”. Alegría
porque el Reino es gozoso, porque estamos caminando, aunque nos parezca
que no, que nos detenemos o hasta a veces retrocedemos, hacia todo bien.
Porque el Cielo conoce nuestros esfuerzos, nuestras pruebas pero también
ve nuestra perseverancia en medio de la adversidad y ello será muy
recompensado. Porque cuando estamos en el camino todo lucra para nuestro
bien, todo es ganancia espiritual para la eternidad. Porque sabemos que
en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Cf. Rm
8:28). Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? ¿Quién nos
separará del amor de Cristo? Nada ha de separarnos del amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Cf. Rm 8:35.38). Cristo es
nuestra alegría. Él no sólo es nuestro destino sino nuestro compañero
en esta vida. Y esto nos lo recuerda nuestra Madre cuando dice: Es
decir que en el Corazón de Cristo está nuestra alegría. Y esa alegría
nuestra en Cristo Jesús no depende de las condiciones objetivas que nos
toque vivir. Ya en el mensaje dado el 25 de marzo de 2006 nos decía la
Reina de la Paz: “A través de cada una de vuestras tribulaciones y padecimientos, Dios
les mostrará el camino de la alegría”. Al
Corazón de nuestro Señor Jesucristo somos conducidos por María su
Madre y Madre nuestra. Precisamente a esto viene a visitarnos a
Medjugorje. Y así nosotros nos acercamos al Señor por medio de su
Inmaculado Corazón, verdadero altar de Dios, a quien ofrecemos nuestras
ofrendas de amor y todo cuanto nos acontece, bueno y malo. Le ofrecemos
a Dios, por medio de la Santísima Virgen, las tristezas de nuestra
pobre vida cada vez que a Ella recurrimos, que le hablamos de nuestros
sufrimientos y pedimos su intercesión maternal, y –sobre todo- cada
vez que se las ofrecemos a Ella, a quien Cristo hizo Madre nuestra en la
cruz. Así como las tristezas, también nuestras alegrías debemos ofrecérselas
para no quedarnos con el mérito ni con el goce egoísta. De ese modo
todo lo nuestro será de Dios por medio de María. Nunca
se ha de repetir lo suficiente la importancia que tiene para Dios el
sufrimiento ofrecido. Es la cruz de Cristo la que le da sentido a todas
nuestras cruces dándole un valor enorme: el poder de corredención. Esa
palabra –corredención- a algunos suele producirles escozor,
especialmente si van referidas a la Madre de Dios. Por eso, veamos qué
se quiere significar con ella. Si bien nada faltó a la Pasión de
Cristo porque fueron, son y serán su sacrificio y su mediación
perfectos, sin embargo quiso el Señor, en su infinita sabiduría y
bondad, hacernos participar de su plan de salvación. Y así no sólo
por medio de oraciones o de buenas acciones podemos intervenir en la
propia salvación y en la de otros
sino también por medio del sufrimiento ofrecido unido a la Pasión del
Señor. Ese y no otro es el sentido de la famosa frase de san Pablo de
su carta a los colosenses, cuando dice: “me
alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi
carne lo que le falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su
cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24). El
Padre José Luis de Urrutia, sacerdote jesuita, que sufrió lo indecible
tanto física como espiritualmente decía: “El problema no es sufrir más...
para ser santo no tienes que sufrir más, tienes que sufrir mejor… El
sufrimiento que más vale es el sufrimiento aceptado… La Pasión de
Cristo no fue un sufrimiento buscado: “Padre, que pase de mi este cáliz”,
llegó a pedir. Pero, luego lo
aceptó: “Hágase tu voluntad”… Constantemente en la vida nos están
viniendo sufrimientos que... desaprovechamos (porque no los
aceptamos)… Vale tanto un poco de tu sufrimiento unido al de Cristo,
que con él hará maravillas… En concreto ¿qué sacrificios tendrás
que aceptar? (y sólo enuncia
algunos)... el sacrificio que te cueste cumplir con la ley de Dios,
desde el ir a Misa los domingos hasta el guardar la castidad según tu
estado; el de mantener tu honradez ante la tentación de un negocio
sucio; el practicar los actos de piedad: oración, comunión frecuente,
etc... Ese vivir en cada momento al servicio de los demás... superando
las antipatías y rencores, olvidando las ofensas... Por fin lo que
independientemente de tu voluntad tienes que padecer, sea una
enfermedad, dificultades económicas, la falta de cariño, las
injusticias, la soledad… (hasta las mil contrariedades de la vida de
cada día)”. El sufrimiento aceptado, unido al de la Pasión del Señor,
ese sí que es fecundo y tiene valor para el que lo sufre y para otros
que marchan hacia la perdición. Nos
da la razón última de su venida y también la de estos tiempos. No es
audaz pensar que en la reiteración al llamado a la conversión y en la
mención a la eternidad, además de despertarnos a la necesidad de
dejarnos guiar por el camino de conversión hacia las realidades eternas
que cada día decidimos como elección de vida aquí en la tierra, haya
algo de perentorio por acontecimientos por venir. No en vano, Ella misma
nos ha invitado a reconocer los signos de estos tiempos. Aunque los
tiempos se muestren terribles por las gravísimas ofensas a Dios, por el
desborde de mal, por las persecuciones en ciernes, nada deberemos temer
en la medida en que sepamos desprendernos de las ataduras a las cosas
terrenales (Cf Mens. 25/10/06), nos confiemos a la guía de la Madre de
Dios y sigamos sus enseñanzas. Para
finalizar recordemos sus enseñanzas a propósito de conversión; de la
vida eterna y del temor al futuro. El 25 de marzo del 2008 nos dijo: “Hijitos,
transcurran el mayor tiempo
posible en oración y adoración a Jesús en el Santísimo Sacramento
del altar para que Él los cambie y ponga en vuestros corazones una fe
viva y el deseo de la vida eterna. Todo pasa, hijitos, sólo Dios
permanece”. Y el 25 de enero del 2001 había dicho: “Hijitos,
quien ora no teme el futuro y quien ayuna no teme el mal”.
Que así sea.
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2
de octubre de 2009 Para tratar de dar respuesta a quienes ya están haciendo un camino y han sentido cierta perplejidad ante este mensaje y además querrían hacer algo para aliviar el dolor de la Santísima Madre, así como a los que no saben porqué pero de pronto se enteran de estas apariciones y leen lo que la Virgen está diciendo, he decidido ofrecer las presentes reflexiones.
Sabemos,
porque se han comunicado con nosotros, que muchos se han desconcertado
con este mensaje. La primer pregunta surge espontáneamente: “¿Es a
nosotros a quienes se dirige? ¿A quienes estamos tratando de vivir los
mensajes?”. La respuesta es: “No, no lo es en la medida no que hemos
dejado de ser pecadores sino en la que nos esforzamos o al menos
tratamos de vivir una vida acorde a lo que Dios nos pide y, en
particular, seguimos los mensajes de nuestra Madre”. Entonces,
si no es a nosotros a quienes va dirigido y siendo nosotros los que los
leemos ¿qué podemos hacer para aliviar el dolor de nuestra Santísima
Madre? Para
responder a estas y otras preguntas, lo primero es recordar que los días
2 de cada mes la Santísima Virgen los dedica, por medio de Mirjana, su
instrumento, a los que están alejados de Dios, a los que viven como si
Dios no existiese. El 2 es el día de oración de intercesión y de
ofrecimiento por todos los ateos, esos
hijos a los que nuestra Madre de misericordia llama “los que aún no
han conocido el amor de Dios”. Esto quiere decir que a ellos va
primordialmente dirigido su llamado. Entonces, sigue la otra cuestión:
se dirige a ellos pero ellos no leen estos mensajes. Bueno, esto no lo
sabemos. Puede que algunos sean llevados misteriosamente por la gracia a
leerlos, que hayan comenzado a interesarse o a dar como posibilidad, al
menos eso, que Dios exista, que además pueda haber vida más allá de
la muerte y que desde ese más allá alguien, que ama, alguien con
clamor maternal los esté llamando y esté tratando de comunicarse con
ellos. La
Santísima Virgen habla de su dolor ante el pecado. Ella llama las cosas
por su nombre. Debemos admitir que nosotros hemos perdido la noción del
propio pecado, del mal que uno mismo comete. No es desconocimiento del
mal sino del mal cometido a otro, no así, en cambio, del mal sufrido
que alguien nos infiere. ¡Cuántas
confesiones son de los pecados de otros pero no de los propios! Hace
ya mucho, el Papa Pío XII denunciaba que el mal de nuestro tiempo era
la pérdida de la noción de pecado. Y hoy causa estupor ver cómo
muchas personas, sobre todo jóvenes pero no sólo ellos, piensan que no
cometen pecado cuando en realidad están viviendo situaciones
pecaminosas y muchas veces muy graves. La
premisa inicial es que todos somos pecadores y todos necesitamos
constantemente del perdón de Dios. Pero, hay situaciones en las que se
vive constantemente en pecado. Por ejemplo, aquellos que conviven sin
estar casados, o el consentimiento a las atracciones desordenadas
contrarias a la naturaleza, o las relaciones sexuales antes del
matrimonio. En todos estos últimos casos los involucrados se justifican
y, peor aún, otros los justifican diciendo que se trata de relaciones
de amor o que es necesario conocerse y tener experiencias para evitar
futuros fracasos. La ley de Dios es muy clara al respecto, como lo es,
para poner otro ejemplo común, en el caso de la contraconcepción. Todo
eso es pecado y hay que llamarlo por su nombre. Precisamente, el juego
diabólico es el poner al mal otros nombres, o sea eufemismos, así la
cosa no suena mal y termina pasando como normal. Siempre en la línea de
ejemplos, típico es llamar al aborto “interrupción del embarazo”,
como si luego de abortar, de cancelar una vida, se podría luego
reanudarla. El pecado es pecado, sin más, y hay que enfrentarlo
cortando con él y retornando a Dios. También
viven ofendiendo a Dios y denigrándose como personas los que son presa
de los vicios de la droga, del alcohol y de otros. Nuevamente, es común
ver personas que se drogan, pongamos por caso, con marihuana o ingieren
alcohol hasta perder el sentido pero no se consideran adictos porque
todavía lo hacen de una manera esporádica. Y no caen entonces en la
cuenta que están pecando. Todo vicio abre el camino a otros pecados y a
más pecado. Están
inmersos en el pecado los que guardan rencor y no acaban de perdonar
porque su orgullo está herido, porque rechazan ser humildes y
misericordiosos, como lo están los que blasfeman o continuamente
critican a los demás y los difaman. Todos cometen grave pecado. Vive
en el pecado quien ha hecho un hábito de la consulta a adivinos o
nigromantes porque eso es abominable a Dios. Y,
¿la moda? ¡Cómo y cuánto se ofende a Dios por medio de la moda en
que se ostenta el cuerpo -que cada vez más se desnuda- para ser
codiciado! ¡Cuánto motivo de pecado es cierta moda femenina que
provoca deseos impuros! Y lo peor es que se lo ve como “normal” y
hasta se acude a iglesias y santuarios sin el mínimo decoro, con
atuendos provocativos y desvestidos. ¿Cómo el Señor no va a estar muy
ofendido y nuestra Madre triste? La
lista es muy larga y no es mi pretensión agotarla. Si
la conciencia ha sido ahogada, por la contumacia en el pecado, si el Espíritu
Santo que nos convence de pecado está apagado en uno, entonces claro
que no habrá noción de mal cometido. Mientras
tanto, la Santísima Virgen a todos nos dice: ¡despierten! El pecado
mortal lleva a la muerte, pero a la muerte eterna. El pecado es asunto
muy grave. La ofensa a Dios es cosa muy seria. El Señor no aceptó ser
crucificado y morir en la cruz por nada. El pecado del hombre le costó
la vida al Hijo de Dios. La
Virgen llora por tu pecado, por mi pecado y no cesa de llorar cuando se
vive en el pecado. Decía
el gran filósofo Jacques Maritain que “las
lágrimas de la Reina del Cielo significan el soberano horror que Dios y
su Madre sienten ante el pecado y su soberana misericordia por la
miseria de los pecadores”. El mismo Maritain había dicho que “si
los hombres supieran que Dios sufre con nosotros (sí, hay dolor en
Dios porque Él es Amor) y mucho más
que nosotros por todo el mal que devasta la tierra, muchas cosas cambiarían,
sin duda, y muchas almas quedarían liberadas”. Y nuestro amado
Juan Pablo II, en el aniversario de las apariciones de La Salette,
recordando que la Santísima Virgen se les había mostrado a los niños
Maximin y Melanie llorando, dijo: “… nos ha mostrado con sus lágrimas su tristeza ante el mal moral
de la humanidad. Con sus lágrimas nos ayuda a comprender mejor la
dolorosa gravedad del pecado, del rechazo a Dios, pero también de la
fidelidad apasionada que su Hijo siente ante sus hermanos. Él, el
Redentor, cuyo amor está herido por el olvido y el rechazo”. Nadie
puede excusarnos a quienes tenemos que hablar de estas cosas, a quienes
tenemos el deber de predicar y anunciar la salvación, el omitir la
causa de la condena que es el pecado. No hay excusas, no las hay, para
omitir la existencia de la condenación eterna del Infierno. Quienes
desvirtúan al Concilio Vaticano II y creen y hacen creer, que a partir
de allí nació una nueva Iglesia en la que se ha reemplazado “el
temor servil del Infierno por el amor misericordioso y que la cruz quedó
anulada porque fue absorbida por la resurrección” hay que recordarles
que el Concilio no eliminó al Evangelio donde se habla del fuego eterno
del Infierno, donde se lo nombra a Satanás y donde interviene
constantemente y donde la cruz redentora en la que fue alzado el
Inocente para rescatar a la humanidad sigue siendo, como decía Jean
Guitton, “el fondo del drama”. Mira
tú, hermano, tú, hermana –como pide la Santísima Virgen- miremos
todos, al Crucificado. Contémplalo desde el suelo. Arrodíllate y fija
tu mirada en Aquel que te abraza desde la cruz con su amor, que exhala
su espíritu y derrama toda su sangre y se deja atravesar por la lanza
para salvarte. ¡No lo rechaces porque todo lo ha soportado y ofrecido
al Padre por ti! Tu salvación está en la aceptación de tu condición
actual de pecador, de tu reconocimiento del pecado y en tu aceptación
de Jesús como tu Salvador. Arrepiéntete, enmiéndate, y pídele perdón
y fuerzas también para no seguir en ese estado. Él te las dará, te
dará la gracia para resistir. Mira que te va en juego nada menos que la
eternidad. Te
habían hecho creer que porque Dios es misericordioso no puede existir
el Infierno y que todo se resolvía nada más que por un paso por el
Purgatorio y listo. ¡Qué mentira asesina! Vuelve a mirar a Jesús en
la cruz. Medita en el infinito dolor de su Pasión. Un dolor que no
termina. ¿Tú te crees que ha sido por nada? ¿No te das acaso cuenta
cuánto le ha costado al Señor tu pecado? La justificación de Dios no
es automática. Tú debes pedir perdón, tú debes querer dejar esa vida
que estás haciendo y que te lleva al abismo, tú debes arrepentirte y
alzar tu mano para que Él te levante. Él murió por ti para que tú
tengas vida eterna. Si no respondes a este llamado, el último que Dios
te hace por medio de su Madre, entonces ya no habrá posibilidad de vida
porque te espera la muerte eterna, allí donde habrá llantos y rechinar
de dientes, de donde no se sale nunca más. A
ti, a mí, que intentamos seguirlo a Cristo dejándonos conducir por María,
su Madre y Madre nuestra, sabemos que siempre debemos enfrentarnos con
la tentación, con la caída y recaída, sabemos también que cuanto más
nos acercamos al Señor, que es la Luz, más vemos las manchas de
nuestros pecados. Tenemos el gran consuelo y la esperanza viva, plantada
en la fe, que si grande es nuestra distancia a Dios por nuestras
miserias, cerca, muy cerca, está Él por su misericordia. Y a ella
apelamos, confiando, amando, siendo misericordiosos, humildes,
sencillos. A ti, a mí, también va dirigido este mensaje porque
nosotros, si nuestra Madre llora y tiene contraído del dolor el corazón,
podemos siempre consolarla, y expiar ofreciendo nuestros sufrimientos y
reparar por tanto mal que se comete. Podemos ser siempre más
y mejores penitentes y más y mejores adoradores. A todos, pecadores contumaces y ocasionales, grandes y pequeños, nuestra Madre nos llama, más que nunca, a vivir sus mensajes de salvación. Dejémonos ayudar y guiar por Ella hasta su Hijo, nuestro Salvador.
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25
de octubre de 2009
Muchos
son los caminos que conducen a la salvación, todos los que llevan a
Cristo. Sin embargo, hay uno privilegiado por el mismo Dios y ese es la
Santísima Virgen María, la Madre de nuestro Señor. Jesucristo
reveló la ulterior misión salvífica de su Madre cuando Él mismo nos
la dio como Madre nuestra en la cruz. Ya allí, en la terrible tarde del
Gólgota, comenzó este camino de salvación con el sí definitivo de la
Virgen. Al pie de la cruz se ofrecía Ella y ofrecía a su Hijo en
perfecta unión al sacrificio redentor que el Señor hacía de sí mismo
al Padre. Cuando oscurecía la tarde, cuando Jesús daba su último
grito y ya muerto la lanza atravesaba su costado, cuando el velo del
templo se rasgaba, el Corazón de la Virgen, puro, inmaculado, era también
atravesado en sacrificio de corredención. Junto
al Hijo muerto el Corazón de la Madre se partía de dolor, alumbrándonos
a nosotros, a cada uno de nosotros. Porque todos estuvimos esa tarde de
ese Viernes Santo allí en el Calvario y nacimos como hijos de esta
bendita Madre. Allí empezó ese camino que Dios dispuso para nuestra
salvación: el más perfecto, más corto, más seguro, más rápido y
bendecido que conduce a Jesucristo, el Salvador. Ese
camino nos ha sido nuevamente mostrado, como nunca antes, a partir de
estas apariciones de Medjugorje. Y allí, nuestra Santísima Madre y
Maestra nos ha venido enseñando que para alcanzar la salvación hay que
abrir el corazón a la gracia y tener fe firme en Cristo. Fe que es
alimentada por la confianza que tenemos en Ella, por el reconocimiento
de que está presente, junto a nosotros en este tiempo tan difícil para
todos. Porque Ella viene a conducirnos en medio de la oscuridad y la
confusión general y su sola presencia nos habla de cielo, de eternidad,
de confirmación de todos los artículos de nuestra fe. Desde
el inicio de las apariciones nos ha estado enseñando que debemos orar y
ayunar. Que la oración debe ser de todos los días y que, aunque las
distintas modalidades y tipos de oraciones son buenas el Rosario tiene
su preferencia. Debemos también, nos lo ha repetido, ayunar. A pan y
agua, miércoles y viernes. Nadie está exceptuado de orar, pero sí
puede estarlo de ayunar a pan y agua si está enfermo con alguna
enfermedad que desaconseje el ayuno o ese tipo de ayuno. En esos casos
siempre es posible algún sacrificio que se ofrezca a cambio. ¡Cuánto
debemos ayunar de televisión y de lecturas y vistas que no son
edificantes! Nuestro
corazón debe estar colmado de oración, nos dice. La oración debe ser
tal que se vuelva incesante. Debemos ampliar y profundizar nuestros
momentos de oración y tener siempre un constante anhelo de Dios. En
momentos en que no es posible rezar, por ejemplo un Rosario, siempre es
posible decir mentalmente alguna oración corta, como la llamada oración
del corazón que practican los cristianos de oriente y repiten en cada
ritmo respiratorio: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí
(pecador)”. O bien alguna jaculatoria conocida. Son esas formas
breves de rezar que se adaptan muy bien a una oración silenciosa en
momentos de actividad. La clave es tener siempre puesto el pensamiento
en Dios. Orar
es hablar con Dios. Es tratar con Él, es entrar en su intimidad, es
profundizar la amistad, es contemplar o sea meditar el secreto del amor
de Dios, es pedirle lo que creo necesitar, es interceder por otros, es
alabarlo y darle gracias, pedirle su bendición y bendecir su nombre, es
consolarlo reparando y desagraviando por las blasfemias y sacrilegios
que se cometen, es contarle mis alegrías y mis tristezas y -no
olvidarlo nunca- saber hacer silencio para escuchar qué le dice a mi
corazón, para encontrar luz y sentir sus mociones en el espíritu. Es
todo eso y más, todo lo que voy descubriendo en cada oración de cada día.
Y es también quedarse sin palabras, sin saber qué decir o algunas
veces no sentir particular gusto por la oración. Orar, orar siempre. A
eso estamos llamados, a llenar la vida con oración, que es llenarla de
Dios. San José María decía:
“¿Que
no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a
decir: "Señor, ¡que no sé hacer oración!..."-, está
seguro de que has empezado a hacerla”. “Mira qué conjunto de
razonadas sinrazones te presenta el enemigo, para que dejes la oración:
"me falta tiempo" -cuando lo estás perdiendo continuamente-;
"esto no es para mí", "yo tengo el corazón seco"...
La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se
ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga
nada”. Ciertamente,
la adoración, el estar frente a la presencia eucarística única del Señor
es un modo privilegiado de oración, de encuentro con Él. Es un
encuentro iluminante que vuelve radiante nuestra vida. ¡Qué
maravilloso y elocuente testimonio de fe damos cuando estamos adorando
en silencio! No hace falta más para decir tanto. Estamos diciéndole al
mundo: “aquí está Él. Éste es Dios, el Emmanuel, el Dios con
nosotros y por nosotros. Por eso, estoy aquí de rodillas en adoración
y tú también estás invitado. Es Jesucristo que te llama”. Como nos
pidió nuestra Madre: “Enamórense de Jesús en la Eucaristía”,
“Adoren a mi Hijo sin interrupción”. Me atrevo a pensar que
entre los muchos de los que seguimos a Medjugorje varios hemos alguna
vez descuidado el ayuno. En ese caso debemos recuperarlo, junto a la
oración. La experiencia es que ayunando, la oración se vuelve más
concentrada, mucho menos distraída y, por tanto, más profunda. Y también
que rezando es más fácil ayunar. Oración y ayuno se reclaman
mutuamente. También puede que
estemos hablando más de Dios que con Dios y que queramos convencer a
nuestros conocidos a través de nuestras palabras. Más los
convenceremos cuando por la adoración o la oración profunda reflejemos
algo de la luz de Dios, es decir demos convincente testimonio de vida.
En lugar de hablar tanto de Dios con el amigo debemos hablar más a
menudo a Dios del amigo. Y todo con alegría, con la alegría que da la
fe en Dios y la confianza en nuestra Madre. Con la alegría que grande
es nuestra esperanza porque nuestra Madre está aquí con nosotros y no
nos deja. Porque pese a que no faltan quienes la rechazan, no creen, se
burlan y tratan de desacreditar las apariciones para acabar con estas
verdaderas epifanías de la Madre de Dios, Ella, en cambio, permanece
con nosotros. Viene todos los días a manifestarnos su cercanía, a
rezar con nosotros y a mostrarnos que nada tenemos que temer porque,
siendo Ella quien es -la Enviada para estos tiempos- Dios mismo está
con nosotros. Y si Dios es
por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Cf. Rm 8:31). Ese es el gran motivo
de alegría. Hemos perdido la alegría
que da testimonio de nuestra fe, porque esa alegría es fruto del Espíritu
Santo, y no predicamos la necesidad de estar alegres. Por eso, la Santísima
Virgen viene a recordárnoslo. San Pablo no se
cansaba de exhortar a los primeros cristianos de las comunidades de
Galacia, de Filipos y de Tesalónica diciéndoles: “Estad siempre
alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. “Estad siempre
alegres. Orad constantemente”. (Cfs. Flp 4:4; Ga 5:22; 1 Ts 5:16). La
alegría se nutre del corazón colmado de oración. Esta nueva invitación
a la conversión no es a permanecer en el mismo lugar del camino, sino a
crecer espiritualmente avanzando por él. Al mismo tiempo que nos invita
nos da la manera de crecer: intensificando la oración y el ayuno con la
alegría de la fe en Dios que es más poderoso que todas nuestras
contrariedades y enemigos. Vivamos en la alegría, nuestra Madre está aquí y nos bendice.
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25
de noviembre de 2009 La
Santísima Virgen primero nos vuelve a recordar que éste es tiempo de
gracia. Precisamente, por ser tiempo de gracia se aparece y nos da estos
mensajes que van marcando nuestro camino. Inmediatamente después nos
pide renovar la oración en familia, es decir hacerla nueva, profunda,
como la que hemos experimentado comunitariamente en Medjugorje o que ha
nacido de un encuentro con la gracia, que la Reina de la Paz viene a
traernos. A
este punto deberíamos decir que Medjugorje es más que un lugar. Son
muchas las personas que no han ido y que quizás no puedan hacerlo en el
futuro, pero que viven esta espiritualidad: la de seguir los mensajes de
la Madre de Dios, porque saben en su corazón, con la certeza de la fe,
que Ella verdaderamente les está hablando. Así
como hay fieles al llamado de la Santísima Virgen en Medjugorje que no
han salido de sus casas, también puede haber entre nosotros quienes
hemos estado y poco o nada hayamos cambiado. Éste es el misterio de la
libertad del hombre y de la resistencia que pueda oponer a la gracia de
Dios. Importante
es, por tanto, la apertura de corazón y también la humildad. Si cierto
es que a Medjugorje o al mensaje debemos aproximarnos en la humildad y
abiertos al don por recibir, más importante es que regresemos o nos
vayamos transformando en personas aún más humildes y acogedoras. Nuestra
Madre quiere que hagamos nueva nuestra oración o porque la habíamos
dejada arrinconada dándole el último espacio y tiempo (y eso cuando lo
hay) o porque la hemos ignorado. Orar
es primordial, es la actividad primera en el tiempo de nuestra vida. La
oración debe abrir el día, empezando por la entrega de la jornada a
Dios y el pedido que llene nuestros vacíos con su gracia y bendición,
y debe acompañarnos durante las distintas horas hasta el momento del
descanso. Pero,
no es la oración en abstracto a la que va dirigida el mensaje sino –y
éste es ahora el punto- a la familia que debe orar en unidad. ¡Qué
bueno es romper la inercia de la rutina, apagar el televisor, hacer caso
omiso, por ejemplo, al telenoticiero y toda la familia ponerse a rezar el
Rosario! No
por muy sabido y antiguo, aquel adagio “la familia que reza unida
permanece unida” ha perdido actualidad o certeza. Es más cierto y
comprobable que nunca. Importante
es que todos estén de acuerdo en rezar juntos, pues a nadie se lo debe
forzar. Y a los niños, que ellos sí deben obedecer, no conviene
agobiarlos con muchas oraciones. Sabemos
que en muchas familias resulta extremadamente difícil que padres e
hijos adolescentes convengan en tener una oración conjunta. Sin
embargo, con buenas maneras y buena voluntad, se podría al menos llegar
a rezar un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria con ellos. Y si aún
así no fuese esto posible, pues rezar por y en lugar de los que se
oponen. Basta un solo miembro que reza por todos para que esa oración
tenga valor de oración familiar. Tengamos
siempre en cuenta que ante las negativas y aún en el caso de soledad
nunca hay que desesperar ni quejarse. La desesperación refleja falta de
fe en la Omnipotencia de Dios, y la queja aleja aún más a quienes se
pretende integrar.
Nuestra
amadísima Reina de la Paz, como Madre de la Iglesia que es, siempre
respeta y sigue el tiempo litúrgico y por eso ahora, al iniciar este
tiempo de Adviento, nos invita a prepararnos con alegría para la
Navidad. Adviento
es tiempo de espera y de esperanza. Con toda la Iglesia nos preparamos
al encuentro de la Navidad, haciendo memoria de la primera venida de
nuestro Señor, encarnado en la Virgen y nacido en Belén de Judá, y
alzamos la mirada en la esperanza del mismo Señor que vendrá en gloria
y majestad. Por eso, a través de todos los siglos clamamos: “¡Ven Señor
Jesús!” “No tardes en venir”. Nuestra
alegría es porque creemos en Jesús, como Hijo de Dios y Salvador
nuestro, que una vez vino en el despojamiento, la humildad y el dolor, a
quien pocos lo reconocieron y aún hoy lo reconocen. Nuestra alegría es
porque Aquél que hace más de 2000 años se encarnó, Dios Todopoderoso
y de eterna misericordia, es el mismo que está con nosotros –según
su promesa- hasta el fin del mundo en cada Eucaristía. Nuestra
alegría es plena porque nuestra fe lo reconoce y alimenta nuestra
esperanza en su segunda venida, cuando por todos será visto regresando
en poder y majestad. Pero,
tal alegría, para ser verdadera y permanente debe brotar de la pureza y
la amplitud del corazón. Ya que bienaventurados seremos y grande será
nuestra dicha en la medida que puro sea nuestro corazón, porque veremos
a Dios con los ojos de la fe (Cf. Mt 5:8). Todo
lo malo que nace del corazón lo hace impuro y todo lo que lo cierra
impide el acogimiento y por tanto el amor y su fruto que es la alegría.
Corazón
puro es el que, como María, acoge la Palabra y la practica hasta sus últimas
consecuencias. Dice
el Eclesiástico: “Hijo, si te decides a servir al Señor prepárate
para la prueba” (Ecl. 2:1). Las pruebas que Dios nos envía o los
males que atravesamos por nuestra culpa o circunstancia, siempre que no
nos separemos del Señor, son de purificación. Ante
el mal que cometemos la Iglesia -que dispone de todos los medios de
salvación- nos ofrece -siempre que acudamos arrepentidos a la búsqueda
del perdón- purificarnos, reconciliándonos con Dios y también con las
otras personas a las que hemos dañado, por medio del sacramento
penitencial y la reparación a la que nos compromete. La
gracia divina está siempre pronta a restaurarnos y rescatarnos por
medio de la Iglesia. Un
corazón puro es necesariamente sencillo, humilde, misericordioso y
acogedor. Es el que desea liberarse del pecado, amar cada vez más y
mejor, y anhela vivir la paz de Dios. El
juicio condenatorio y acusador, la soberbia y el orgullo, y la falta de
perdón cierran al corazón del hombre y lo vuelven impuro porque no es
ni misericordioso, ni humilde, ni acogedor. El
que no acoge a quien está próximo, el que emite juicios inapelables
sobre los demás, el que proyecta sus miedos, hace de sus imágenes
abstractas y de sus prejuicios su propia realidad y siendo esclavo del
error no puede experimentar alegría ni paz permanente ni está
preparado para recibir el amor de Dios. Por eso, todos debemos
confrontarnos con nuestra realidad y ver hasta dónde nuestro corazón
es puro y acogedor. Seguramente todos, también, descubriremos, en
sincero examen de conciencia, que mucho nos falta para aproximarnos al
pedido de la Santísima Virgen. Sobre esas falencias debemos trabajar
para poder cumplir con lo que Ella nos pide y prepararnos con alegría
al encuentro del Señor.
Como
exhortaba san Juan en su primera carta, no se ama de boca y con palabras
sino con obras y según la verdad. Si no amas a tu hermano a quien ves
no puedes amar a Dios a quien no ves, porque lo desconoces (Cf. 1 Jn
4:20). Dicho
de otro modo, si no nos abrimos acogiendo primero a nuestros amigos y
familiares y luego a los demás, si guardamos rencores y albergamos
sentimientos negativos, si nuestras actitudes son carentes de
misericordia, de perdón o de desprecio o de suficiencia, no correrá el
amor por nosotros, y seremos incapaces de dar a otros lo que sí
recibimos de Dios, pero que con nuestras actitudes pecaminosas hemos
bloqueado y estancado. No podremos entonces dar amor. Tendremos
primero que aceptar acercarnos a la misericordia de Dios y anhelar tener
un corazón como el suyo, manso y humilde, para luego con ese corazón
amante llegar a los que están alejados del amor de Dios.
Porque
en Medjugorje aparece la Virgen, acuden hijos de todas partes del mundo
quienes, regresando a sus lugares, extienden la gracia recibida a sus
parroquias y ambientes. Todos ellos, los que fueron y regresaron, así
como los que recibieron gracias sin moverse de su lugar, son las manos
tendidas con amor de la Virgen Santísima hacia todos aquellos que
deambulan extraviados por la vida porque nula es su fe y perdida su
esperanza. La
prolongación de las manos extendidas de nuestra Madre son las que se
alzan en alabanza a Dios por los que no lo alaban; las que se juntan en
súplica intercediendo por los que no conocen su amor; las que acogen y
que abrazan al perdido y herido por la vida; las que acarician al que no
ha conocido el amor en esta tierra; las que aprietan y sujetan
fuertemente para unir y sellar lo que peligra dividirse y quebrarse; las
que dan palmadas para reconfortar al desconsolado; las que se tienden
para alzar al caído; las que sostienen a la vida recién nacida y a la
madre que había decidido abortar; las que tienden puentes de amistad y
comprensión donde hay odio e incomunicación; las que dan de comer en
la boca al anciano abandonado y desilusionado de todo; las que enjugan
las lágrimas del que está triste y deprimido; las que trazan la señal
de la cruz sobre la frente de la joven con sida que ha sido rechazada
por los suyos y vive de limosnas en la calle; las que se abren siempre
dadivosas; las que empuñan el Rosario; las que sueltan la piedra y se
abren al perdón. Manos que acarician y bendicen, que dan y reciben, que
abrazan y sostienen, manos
que expresan amor. P. Justo Antonio Lofeudo
Acerca de los ataques a Medjugorje
Medjugorje
es Iglesia. Iglesia abierta a todos. El llamado es universal y
Medjugorje trasciende sus propios límites parroquiales. Es por eso que
nadie, ninguna persona o grupo puede arrogarse monopolio o pertenencia
exclusiva alguna. Carismática es su esencia, porque procede de un don
extraordinario de Dios conferido, a través de la Santísima Virgen, a
unos videntes. Pero -no hay que olvidarlo- al ser Iglesia es también
jerárquica y por más que en lo que atañe a Medjugorje no haya
coincidencias de apreciación con el ordinario del lugar, siempre se
deben respetar sus decisiones en lo que hace a su jurisdicción
diocesana, y, demás está decirlo, a lo que el Santo Padre en cualquier
momento disponga. Desviaciones
de sostenedores y problemas eclesiales de antigua data, en mucho
anterior a la venida de la Virgen, han servido a los detractores, a
quienes están convencidos que todo se trata de un fraude, para
descalificar y negar la autenticidad de estas epifanías marianas o,
como otros gustan llamar, mariofanías. La
respuesta a quienes le niegan veracidad a las apariciones se puede
condensar en preguntas y éstas son algunas: ¿Cuál es el mayor
acontecimiento eclesial que hoy se oponga con más fuerza al mal que,
como nunca, arrastra al mundo? ¿Cuál es esa fuerza, ese
acontecimiento, cuando el Magisterio es ignorado y ridiculizado y la
sabia e iluminada voz del Santo Padre es acallada o maliciosamente
interpretada por casi todos los medios masivos de comunicación? ¿Puede
el cielo dejar de auxiliar a la Iglesia en tiempos en que todo el
ministerio magisterial es hostigado por el espíritu del mundo y
contestado impúdicamente por los personajes conspicuos que se llaman a
sí mismos “católicos adultos” y con ello justifican la no
obediencia a la Iglesia de Cristo, Madre y Maestra? ¿Cuál es esa
fuerza que se oponga y detenga tanto mal, cuando ningún documento
pastoral es tenido en cuenta, ni siquiera leído y sí, en cambio, son
repetidas hasta el cansancio las acerbas críticas que difunden los
medios quitando y agregando lo que maliciosamente les conviene o cuando
por todos son vistas, leídas y creídas las infamias que difunden
libros y películas ante la verdad de Cristo y su Iglesia? Todas estas
preguntas van dirigidas a mostrar lo que, para nosotros, es evidencia:
que ante la abundancia del pecado en el mundo, la Divina Providencia ha
dispuesto la gracia sobreabundante de las apariciones en Medjugorje como
de algunas otras gracias extraordinarias para este tiempo de verdadera
apostasía general. Por
no ser un argumento convincente tampoco es admisible explicar el llamado
“fenómeno Medjugorje” diciendo que “donde se ora hay
conversiones” y que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.
No es posible querer así dar explicación a los millones de
conversiones radicales que vienen ocurriendo por estas apariciones. Más
bien cabe preguntarse ¿A qué van tantas personas a Medjugorje año
tras año sin siquiera interrumpir el flujo de peregrinos durante la
guerra bosníaca? ¿Van acaso a ver un paisaje? ¿Van a oír a grandes
personajes? ¿Van tal vez en búsqueda de soluciones mágicas engañadas
por una perversa o hábil propaganda? Nada de eso las atrae. Acuden a un
llamado y responden rezando, confesándose, adorando al Señor, la mayoría
haciendo su primera experiencia de Iglesia, en abandono confiado a la
Virgen que los ha convocado para que Dios les dé verdadero sentido a
sus vidas cuando le abren el corazón. Medjugorje
es llamado, y con justicia, “el confesonario del mundo”. El gran teólogo
Von Balthasar, quien creía en lo que acontecía en Medjugorje,
aconsejaba a los sacerdotes que visitaran el lugar y se dedicaran a
confesar. En el confesonario podrían verificar la autenticidad de las
apariciones. Medjugorje
no admite explicaciones que no se aplican en ninguna otra parte porque,
sencillamente, Medjugorje no es un mito, porque, muy simplemente, la
Santísima Virgen verdaderamente se aparece allí. Si
replicar Medjugorje fuera tan sencillo, es decir convocar a las personas
a rezar y convencerlas de confesar todo su pasado y descargar el mal
acumulado y hacer sus vidas totalmente nuevas, en Dios; si tan sólo se
necesitara algunos niños o jóvenes que digan que ven a la Virgen
(nunca olvidar que al comienzo de las apariciones el país era ateo
comunista y sufrieron persecuciones tanto ellos como el párroco, el P.
Jozo, que fue torturado y encarcelado) y montasen una farsa (¡menuda y
peligrosa farsa aquella!) entonces ya debería haber ocurrido lo mismo
en muchas partes del mundo donde pululan los falsos videntes. Si
por la oración de algunos se pudiese convocar a millones, si esto fuera
así, habría entonces que esperar que en todas partes del mundo nos
dedicásemos sólo a impulsar a la oración (lo que es muy necesario y
sería muy loable). ¿Por qué no se insiste sobre la primacía de la
oración como lo hace el Santo Padre en toda oportunidad y ante
diferentes audiencias? O ¿por qué donde si se exhorta a la oración la
respuesta es tan escasa y no hay conversiones masivas como en Medjugorje?
Como
vemos, aquellos argumentos no se sostienen. La explicación es una sola:
en Medjugorje se reza intensamente porque allí está la gracia para
hacerlo, porque quienes allí van se encuentran con la gracia, porque la
presencia del Espíritu Santo es grande, enorme. No es porque se reza
que hay conversiones sino que porque hay conversiones, de los que acuden
al llamado, rezan los que nunca antes lo habían hecho o lo hacían sólo
en circunstancias extremas para pedir algún auxilio y después seguían
en su indiferencia. Es
la gracia extraordinaria presente en Medjugorje la que precede la oración
intensa en la parroquia y se extiende fuera de los límites porque los
peregrinos llevan luego a sus lugares de origen la oración y la adoración
antes inexistente o escasa. Es esa gracia extraordinaria que se irradia
desde allí la que alcanza a tantas personas que forman grupos de oración
y adoración y que nunca pisaron aquel suelo. ¡Cuántas
vocaciones a la vida consagrada, al sacerdocio, a la fundación de una
familia han nacido en Medjugorje! Ésta es la experiencia de muchísimos
y es mi propia experiencia. Si esta obra hubiera sido cosa de los
hombres ya habría fracasado, pero siendo de Dios no podrá ser
destruída (Cf. Hch 5:38-39). El
agnóstico que va a Medjugorje no se impresiona tanto porque otros recen
sino porque descubre una presencia, la misma que lo ha estado invitando.
Generalmente no sabe porqué llegó hasta ahí y de pronto descubre que
nuestra religión es la verdadera: que Dios existe, que Jesucristo es el
Salvador y es Dios, el hijo de la Virgen María y que Ella está
precisamente en ese lugar. De un modo misterioso y repentino se le
empieza a develar la fe católica y a descubrir los sacramentos y la
necesidad imprescindible que tiene de ellos. Comprende que la Iglesia
Católica es la Iglesia de Cristo y se siente Iglesia, y la abraza, la
ama y la defiende. Y se le hace conciente también que la realidad no
está limitada por sus sentidos y su razón sino que hay otra realidad
mucho más profunda, trascendente, que da respuestas a lo que hasta ayer
para él era motivo angustioso del absurdo: la vida humana y la muerte. En
Medjugorje se reza, queridos hermanos, y se descubre quién es la que
viene a visitarnos por la presencia fuerte del Espíritu Santo (Cf. Lc
1:41-43). No es la voluntad de rezar la que atrae a la gracia sino la
gracia la que hace que recemos y recemos con el corazón y añoremos
esas experiencias cuando no estamos allí. Que
nada de lo malo, hecho o denunciado, nos haga perder el equilibrio y la
gracia y que nunca las
sombras nos oculten la luz, la inmensa luz que -desde hace casi 30 años-
se irradia desde Medjugorje a todo el mundo. |
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25
de diciembre de 2009 Isaías
(el segundo Isaías), en forma para muchos velada -tan velada que se
rehusaron a reconocerlo como Mesías y que aún hoy es motivo de escándalo-
presenta además la figura mesiánica en la misteriosa del Siervo
Doliente de Yahvé (Is 53). “El
castigo que nos devuelve la paz cayó sobre él y por sus llagas hemos
sido curados”,
habla Dios por medio del profeta (Is 53:5). Es
Cristo, el Siervo Doliente, que en la Pasión de la cruz, en el momento
de mayor oscuridad, nos alcanza la victoria y nos trae la paz. Ya
no es el sacrificio ritual del templo por el que se consigue la expiación
de los pecados. El sacrificio aceptado por Yahvé es el de la vida,
voluntariamente entregada, de su Mesías, y el verdadero templo ya no el
de piedra sino su cuerpo lacerado. De aquel templo no quedará piedra
sobre piedra, apenas el Muro de los Lamentos. En
la hora de la muerte de Jesucristo, el velo del templo, el que estaba
ante el Santo de los Santos, se rasga porque Dios ya no habita en él y
porque el verdadero sacrificio acaba de ser consumado. El sacrificio es
el de la vida del Hijo de Dios, de ese Salvador que ahora recordamos
nació en la ciudad de David, de Él, el Mesías, el Señor.
Es
el Rey de la Paz, el mismo Siervo de Yahvé que nos trae la paz, el que
–como relata el cuarto canto de Isaías- será llevado a la muerte “con violencia e injusticia”, “herido de muerte por los pecados de
su pueblo”, “contado entre los malhechores, él que llevaba los
pecados de muchos e intercedía por los malhechores”. El Justo e
Inocente que será desfigurado y despreciado a causa de sus
sufrimientotes es nuestro Rey de la Paz. Rey de la Paz porque “el
castigo, precio de nuestra paz, cae sobre él”. Cristo
es la respuesta de Dios al dolor, a la muerte. Cristo es el único que
transforma el escándalo del sufrimiento en misterio y misterio de
salvación. Una
sola es la Persona de Cristo, Persona Divina, una sola la historia de la
salvación, por eso la Navidad está unida a la Pasión y a la Pascua.
Nació para morir por nosotros y resucitar para nosotros, para que
tengamos la vida eterna. Es por su Pasión que nos llega la paz, la
reconciliación con Dios y la victoria sobre la muerte. ¡Cómo no va a
ser ésta la Buena Noticia! ¡Cómo no alegrarnos en esta y en toda
Navidad! No
hay ninguna paz verdadera fuera de la de Dios, que es la de Cristo Jesús.
El mundo no la conoce, suyas son sólo falsas paces. En épocas no
lejanas se acuñaron slogans, meros slogans, que decían “hagan la paz
no la guerra” o “haga el amor (entendiendo por sexo) no la
guerra”. El típico irenismo, o sea pacifismo fácil, propuestas
voluntaristas mentirosas que de pacíficas no tienen nada. No acaso de
esas “revoluciones pacíficas” salió la muerte de la droga, la
promiscuidad sexual, la degradación humana. Huecas y devaluadas
palabras –paz, amor, vida- y gestos falsos de “todos nos amamos,
somos buenos, nos deseamos la paz”. Ninguna paz es posible cuando el
hombre está dividido en sí mismo y no tiene paz en su interior, cuando
la libertad es la de un estilo de vida contrario a la moral, cuando está
en guerra con Dios. Porque cuando se excluye a Dios de la vida, cuando
sociedades que habían conocido al Salvador reniegan ahora del crucifijo
-¡si es precisamente del Crucificado que nos viene la paz!-,
cuando se dictan leyes abominables a Dios y se rebosa la copa de
la ira divina haciendo del delito de aborto un derecho (es la ley que se
acaba de promulgar en España), ¿qué paz pueden tener tales
sociedades? ¿Qué paz puede dar quien mata y promueve la muerte? Ninguna
voluntad puede ser buena cuando va dirigida a la iniquidad y justifica
la muerte del que no puede defenderse y vende ideologías maltusianas
para promover muertes masivas bajo el eufemismo de control de la población.
Corromper
el lenguaje es lo primero que hace Satanás. A las cosas no las llama
por su nombre sino que les da nombres que tapen la oscura realidad. Y así
se llama “interrupción del embarazo” al aborto, “muerte
asistida” a la eutanasia, “tolerancia” a la perversión y
complicidad con el mal, etc. El
salmista expresa la sed que el alma humana tiene de Dios (salmo 42) y
luego dice “un abismo llama a
otro abismo”. Es el abismo del amor de Dios, el anhelo que tiene
del hombre que llama al otro anhelo inextinguible: el del hombre por
Dios. Porque si el hombre anhela a Dios y tiene sed de trascendencia, no
menos cierto es que Dios tiene también sed del hombre, de las almas que
ha creado. Jesús anticipa en el diálogo con la samaritana –“dame
de beber”- lo que manifiesta acabadamente en la cruz: “Tengo
sed”. Esa sed que sirvió como programa de vida y de santidad a
Teresa de Calcuta, hace eco a la sed de cada uno de nosotros por una
vida que no acabe, por la recuperación del Edén perdido que nos
devuelva la cercanía de Dios. Es la sed de paz del corazón humano y
esa paz sólo puede darla Jesucristo. Ningún personaje de la historia
sea religioso, de la filosofía o político ni ninguna deidad puede
darnos la paz que Cristo nos ofrece. Solamente Él puede sellar nuestro
corazón con esa plenitud que llamamos paz. La paz plena de Dios es la
gran diferencia que hace a la conversión. Quien no se ha encontrado aún
con Jesucristo no puede conocer la paz verdadera. La paz de quien
responde al llamado a la conversión que Dios le hace, es la experiencia
del corazón reconciliado con su Creador y Padre, por la Sangre del
Cordero. Convertirse,
o más propiamente dejarse convertir el corazón por Dios, es acercarse
a Jesucristo. Por eso y a eso nos está invitando maternalmente nuestra
Reina de la Paz en este mensaje. A recibir la paz del único que nos la
puede dar, a recibir su bendición divina. Acercarnos
al Señor es acercarnos al Cristo total, a toda su vida, toda su
historia humana y su gloria divina y todo ello está encerrado en su
presencia en la Eucaristía. La Eucaristía nos revela la plenitud del
amor de Dios y nos lleva a responder a ese amor. En la Eucaristía está
la encarnación, la muerte, el misterio pascual y la salvación. Es Dios
que se ofrece a sí mismo. Es el don más sublime. Es “el sacramento
en el que Cristo ha querido concentrar para siempre su misterio de
amor”. Descubrir
el misterio de la presencia del Señor en la Eucaristía es no dejarla
nunca más y emprender un camino diario de conversión, de paz, de íntimo
gozo del corazón. Al
ofrecernos al Niño, la Santísima Virgen nos está ofreciendo la
Eucaristía, es en María la Iglesia que ofrece el sacramento de salvación
a la humanidad. La Eucaristía es la prolongación de la Encarnación.
La Eucaristía es pan partido y compartido. Dios
nos bendice en cada aproximación que hacemos a Él, en cada Eucaristía,
en cada adoración, en cada oración del corazón, en cada acto de amor.
Y en cada bendición suya recibimos nosotros su paz, la paz que nos
sella. Su bendición infunde en nosotros amor, generosidad, bondad. El
amor, la generosidad, la bondad impulsan a no quedarse con el don sino a
multiplicarlo dándolo, compartiéndolo. Respondiendo
a este llamado de nuestra Madre del Cielo recibiremos paz y bendición y
seremos nosotros también paz y bendición para los otros. Que
de la plenitud de Jesús recién nacido ofrecido por su Madre, recibamos
todos paz y bendición.
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.¡Bendito, Alabado y Adorado sea Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar! |
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