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Del 25 de enero de 2003
Resulta más que llamativo que en el arco de un mes nuestra Santísima
Madre haya dado tres mensajes (ver más abajo)
en los que nos invita a orar por la paz y a dar testimonio de ella. Esta
insistencia nos hace ver dos cosas muy importantes: que estamos ante
acontecimientos presentes e inmediatos futuros de extrema gravedad, y que
esos acontecimientos pueden ser evitados por medio de la oración.
La guerra es como la peste, una vez que se desata se va propagando sin límites,
rompiendo contenciones, infectándolo todo, sembrando la muerte a su paso. |
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Del 25 de febrero de
2003
La Reina de la Paz nos dice una vez más que la paz es don de Dios, don
precioso que debemos no sólo atesorar y preservar sino también llevar
a los demás. Nuestra actitud hacia la paz no debe ser la de un mero
pacifista sino la de un hijo de Dios –pacífico y pacificador- que
vive la paz en sí mismo, que es él mismo paz para quienes lo
rodean.
La paz nos ha sido prometida por el mismo Señor, es un don mesiánico.
Junto a la promesa del envío del Espíritu Santo, Jesús, al finalizar
la Cena, antes de partir hacia el Getsemaní, les dijo a los suyos: “Les
dejo la paz, les doy mi paz; no se la doy como la da el mundo” (Jn
14:27). Es la paz verdadera, la única posible, la que no proviene
de tratados ni de negociaciones entre los poderosos de este mundo sino
de la gracia de Dios por la cruz del Redentor. Es la paz de Cristo para
su Iglesia, para cada uno de nosotros.
La Iglesia nos llama nuevamente a la paz, y lo hace por medio de María,
Madre de la Iglesia, y de Juan Pablo II, quien al ocupar la Sede Apostólica
de Pedro es cabeza en la tierra de la Iglesia de Cristo. Por eso, es muy
oportuno recordar las recientes palabras del Santo Padre en ocasión del
Angelus del mediodía del domingo 23, en la Plaza de San Pedro: Recordemos que la Reina de la Paz pide de nosotros oración y ayuno, todos los miércoles y viernes (a pan y agua), por la paz. Y que el Santo Padre ha llamado a todos los católicos y cristianos de buena voluntad a una jornada de oración y ayuno por la paz, el próximo miércoles 5 de marzo, Miércoles de Cenizas, día en que se inicia la Cuaresma. |
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Del 18 de marzo de
2003 Este tiempo santo- como lo llama nuestra Madre- es tiempo de preparación para el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad: la muerte y Resurrección de Jesucristo que nos trajo la salvación. Nos preparamos orando, haciendo penitencia, ayunando, abriéndonos más a las personas que nos rodean para ver sus necesidades y acudir en el amor. Éste es tiempo de introspección y de purificación, de revisión de nuestro camino de itinerantes en la fe. En este tiempo de 40 días de preparación cuaresmal, vamos hacia la Pascua así como Israel marchaba desde su Pascua -la liberación que Dios había obrado en Egipto- a través la purificación de los 40 años en el desierto, con un destino: la tierra prometida.
Cuando
el antiguo pueblo de Dios estaba por cruzar el Jordán, para entrar en la
tierra de la que manaba leche y miel, Yahveh hace saber al pueblo cuál es
la senda de la vida: seguir el camino que Dios ha trazado al hombre. Dice
Yahveh: “Mira, yo pongo hoy ante
ti vida y felicidad, muerte y desgracia... te pongo delante vida o muerte,
bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu
descendencia”. A nosotros también nos habla Dios por medio de María, quien nos recuerda que Él nos creó libres y en nosotros está la elección de la vida o de la muerte. Pero, ¿en qué consiste la vida? ¿qué es la vida de la que habla la Escritura y la Santísima Virgen en este mensaje? La vida es guardar los mandamientos, es amar a Dios, escuchar su voz, vivir unido a Él (Cf Dt 30:15ss), sabiendo de antemano que todo lo que Dios pide que el hombre haga no está fuera de su alcance. Nada ha de pedir el Señor que antes no esté dispuesto a dar. El Señor llama al corazón del hombre para que éste responda, pero también le da las fuerzas que haga posible esa respuesta. En esto consiste la gracia. Hoy Dios nos llama por medio de María. Hoy es Ella quien nos invita a hacer la elección que nos lleva a la vida: escuchar sus mensajes con el corazón. No simplemente prestar una atención adecuada a lo que nos viene transmitiendo, sino comprometer todo nuestro ser en vivirlo. La mayor libertad del hombre es hacer la voluntad de Dios. La mejor elección posible es consagrarle nuestra libertad. La Reina de la Paz nos recuerda que sin Dios nada podemos hacer. Y esto –nos dice- debemos grabarlo muy bien en nuestros corazones. La advertencia de nuestra Madre se hace eco a las palabras del Señor: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada” (Jn 15:5). Nada, absolutamente nada podemos lejos de Dios, ningún fruto daremos separados de Cristo. Quizás lo que más llame la atención de este mensaje de nuestra Madre son las palabras con las que nos exhorta a seguir el camino de la vida. No ha hecho como otras veces cuando –también como lo leemos en el Evangelio- utilizaba la analogía de la flor para mostrarnos que debemos tender a las cosas del cielo y no poner nuestra vida en las de la tierra, que son pasajeras, sino que lo hace con una expresión más contundente: nuestra realidad terrenal que termina con la muerte. Venimos de la tierra y a la tierra volveremos en cuanto a nuestra dimensión de materia. Pero nuestra alma fue creada por Dios inmortal y todo nuestro ser espera la resurrección de la muerte en el último día. Porque si el cuerpo terrenal sufre la corrupción y ha de volver a la tierra, en la resurrección de la muerte nos ha de ser dado un cuerpo glorioso, y esto por virtud de la Resurrección de Cristo. Gozaremos de la resurrección, de la vida eterna, si permanecemos y morimos a esta vida unidos a Cristo. Porque sin Él no sólo nada podemos, sino que nada somos. Esa es la muerte eterna, la condenación: “Y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio (la condenación)” (Jn 5:29). “No irriten a Dios sino síganme a mí hacia la vida”, nos dice finalmente nuestra Santísima Madre. A Dios lo irritamos con nuestras rebeldías, con nuestras elecciones de muerte, con nuestra indiferencia hacia la salvación obrada por Cristo. Así como la Palabra eterna de Dios se encarnó en el seno de la Virgen para guiarnos como Buen Pastor hacia la felicidad eterna, así también nuestra Madre desciende hasta nuestra mísera realidad para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Amén. |
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Del 25 de marzo de
2003 Después del reciente mensaje dado por medio de Mirjana, que tanto nos conmovió por su contundencia en su llamado a decidirnos por la vida, recibimos ahora este otro mensaje que nos abre a la esperanza. Antes de entrar en la reflexión del mensaje actual, es conveniente retomar el anterior del 18 de marzo para entender mejor ambos, uno a la luz del otro. Es así que la semana pasada, ante la inminencia de la guerra, nos alertaba, con severidad, que Dios pone ante nosotros la vida y la muerte y que nuestro destino depende de una u otra elección. Ésta es la realidad de nuestra libertad, la de que somos nosotros los que elegimos el camino a seguir. No obstante, hay casos que parecen no depender directamente de nosotros, y son aquellos en los que otros deciden por nuestras vidas. Sin embargo, nos dice ahora, que aún en ese caso no debemos perder la esperanza porque la elección de Dios es el amor hacia nosotros y porque la vida está en Él. Es más, Dios está comprometido a la salvación del hombre –en una alianza nueva y eterna- en Cristo Jesús. Porque Dios ama al hombre el Verbo eterno se encarnó en el seno de la Virgen. Y es Cristo signo irrevocable de la voluntad de salvación del Padre. No, no debemos perder la esperanza porque podemos influir –y mucho!- sobre los acontecimientos en la medida que llamemos a Dios a restablecer la paz. Nuestra arma poderosísima para revertir lo que parece un destino insalvable es la oración. Por eso, nuestra Madre nos invita hoy nuevamente a orar por la paz, porque la paz sigue siendo posible, porque Dios puede actuar si clamamos lo suficiente con el corazón abierto a su voluntad de darnos ese don precioso que es la paz. Con la oración podemos remontar el abismo, con la luminosidad del Rosario escapar de la oscuridad de la muerte y ser salvados por el Señor, que “ama a sus criaturas”. Porque “tú amas todo lo que existe y nada desprecias de cuanto has creado. Si hubieses algo odiado no lo habrías siquiera creado. ¿Cómo una cosa podría subsistir si Tú no quieres? ¿O conservarse si Tú no la hubieses llamado a la existencia? Tú conservas todas las cosas porque son todas tuyas, Señor, amante de la vida, porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas” (Sab 11:24-26). La voluntad de Dios es que todos se salven, y ésta es la razón profunda por la que envía a la Reina de la Paz en este tiempo y por la que su tiempo de permanencia entre nosotros, con esta presencia de sobreabundante gracia, es tan grande. Sin embargo, la salvación no depende sólo del querer divino ni del deseo ardiente de la Madre sino también de nuestra voluntad, de nuestro obrar. Por eso es que en el mismo libro de la Sabiduría la Palabra de Dios nos alerta y recuerda: “No provoquen la muerte con los errores de sus vidas, no atraigan la ruina con las obras de sus manos, porque Dios no creó la muerte y no se complace por la ruina de los vivientes. Él todo lo creó para que exista” (Sab 1:12-14ª). Es, nuevamente, por medio de la oración que nos abrimos a la voluntad salvífica de Dios, y escuchamos los mensajes de la Reina del Cielo con el corazón pudiendo entonces discernir qué es lo que debemos hacer en toda circunstancia y cómo encontrar el camino de la vida. Es por medio de la oración que compromete todo nuestro ser, que avanzamos por el camino de santidad, que no es otro que el de la perfección en el amor. Es por medio de la oración que conocemos qué desea Dios de nosotros y por ella también podemos responder, diciéndole: “Señor, yo quiero todo lo que Tú quieres y no quiero nada de lo que Tú no quieres.” |
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Del 25 de abril de
2003 Este es un nuevo llamado a decidirnos seriamente por Dios abriendo nuestros corazones a la oración.
Para comunicarme con Dios, como también para empezar a entender su amor y
ser consciente de los múltiples beneficios y gracias que continuamente
Dios me regala y de los signos que ayudan mi fe, debo abrir mi corazón a
su acción. Si no abro mi corazón no podré orar verdaderamente, no podré
suplicarle que atienda mis ruegos porque la distancia entre Él y yo me
parecerá insalvable y toda oración inútil. Perderé el gusto por las
cosas de Dios, en general por todas las cosas, y no sabré entender el
lenguaje de Dios que se expresa por medio de la creación y, en especial,
de las personas. No me daré cuenta que crea porque ama, ni que porque me
ama es capaz de recrearme, de darme un corazón nuevo, de infundir en mí
un espíritu nuevo.
La Cuaresma ha sido tiempo de preparación para el mayor acontecimiento de
la historia de la humanidad: la muerte y Resurrección de Jesucristo. En
la Cuaresma nos preparamos para la Pascua, orando, haciendo penitencia,
ayunando, abriéndonos más a las personas que nos rodean para ver sus
necesidades y acudir en el amor.
Ha sido un tiempo de introspección y de purificación, un tiempo en el
que hemos conocido un poco más nuestra frágil condición de pecadores y
nuestra necesidad de ser salvados.
Seguramente durante el período cuaresmal habremos intentado penetrar en
algo el insondable misterio de Dios encarnado, que se hizo Cordero para
ser inmolado por nuestra salvación.
En ese itinerario revivimos el misterio sublime de Dios que se acerca a su
creatura más allá de todo límite imaginable para el hombre. Porque
Cristo, “siendo de condición divina, no retuvo para sí el ser igual
a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre;
y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”
(Flp 2:6-8).
Si por un lado, la abismal grandeza de la misericordia de Dios y las
miserias de nuestra alma nos hacen conscientes de toda nuestra pequeñez,
por otro lado, la magnitud de la obra de salvación frente a nuestra
propia nada pueden parecernos términos contradictorios que desafían
nuestra fe.
Nos damos cuenta que nuestra fe es pequeña, que nuestra fe es frágil,
insuficiente y no se sostiene cuando la prueba parece grande. Es entonces
cuando desconfiamos, dudamos de la providencia divina y a veces también
de la misericordia de Dios. Y más que el misterio, son nuestros miedos
los que nos superan. Si la barca es agitada por el viento y parece
zozobrar, percibimos que el Señor duerme y somos presa de la angustia y
del temor. Si
las aguas se agitan nos hundimos.
Por otra parte, cuántas veces oímos frases tales como: “Ah, yo no
tengo fe” o bien “¡Qué suerte que tienes en tener fe!”. La fe es
un don, pero un don que hay que pedir. Como los Apóstoles, debemos
clamar: “¡Señor, aumenta nuestra fe!”.
Dios y nuestra Madre quieren que nuestra fe sea firme como la roca y no un
mero conocimiento de algo por ahora oculto.
Tal vez tengamos muchas dudas sobre muchas cosas y esas dudas se nos metan
muy hondo y, por eso, no logremos abandonarnos.
Quizás no hayamos tomado aún seriamente los mensajes de nuestra Madre
Santísima y sólo nos complazcamos en enterarnos qué ha dicho pero no
nos comprometamos ni los practiquemos.
Quizás nuestros ayunos sean meras dietas, o digamos no tener fuerzas para
ayunar, o nuestras oraciones sean mecánicas y no broten del corazón. Si
es así debemos a empezar o recomenzar a abrirnos a Dios, a hacer ese acto
de la voluntad que es el decidirnos por Dios, a abrirle por lo menos una
hendija para dejar que pase Su luz, para que Su luz nos ilumine por dentro
y nos atraviese.
Decidirnos por Dios es hacernos disponibles a la gracia, la gracia de
aprender a orar y amar, a ser iluminados por el Espíritu Santo y
adentrarnos, al menos un poco, en el misterio del amor de Dios y en el
propio misterio de quiénes somos realmente nosotros.
De la oración del corazón nacerán actitudes de conversión porque Dios
obrará en nosotros transformándonos y haciéndonos instrumentos suyos de
salvación, porque a través nuestro el Señor alcanzará otras vidas, hoy
alejadas de Él. Y nos hará sus testigos, convirtiéndonos en aquellos
que llevan a Jesús a los demás. No a un Jesús simplemente histórico
sino al Señor de nuestras vidas, al Cristo vivo, Resucitado, triunfador
de la muerte, del pecado y de satanás.
Porque el mundo no conoce a Dios, a su amor, es que no tiene paz. Todos
anhelan la paz y así, sin muchas veces sospecharlo, anhelan a Dios.
Todos, absolutamente todos, tenemos necesidad de Dios. Con San Agustín
podemos afirmar: “Señor, Tú nos has creado para ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que no reposa en ti”.
Señor, reconocemos la debilidad de nuestra fe y por eso te pedimos: ¡Aumenta
nuestra fe! Danos una fe firme, que no vacile ante las pruebas. Que, por
lo contrario, salga siempre más fortalecida. Una fe grande en tu
providencia y en tu misericordia, que haga posible nuestro confiado y
total abandono en tus brazos. Que nunca dudemos de tu amor, bajo ninguna
circunstancia.
Modélanos, Señor,
según tu perfecta voluntad y haznos testigos convincentes y alegres de tu
presencia viva entre nosotros. De tu presencia verdadera y substancial en
la Eucaristía, de tu permanencia con nosotros hasta el final de los
tiempos. Madre de Bondad, Reina de la Paz, intercede ante tu Hijo por nosotros para que nuestra fe sea fuerte, grande nuestra esperanza y generoso nuestro amor. Que podamos ser esos testigos alegres de Jesús Resucitado que tanto necesita el mundo para ser salvado. Amén. |
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Del
25 de mayo de 2003 En el Evangelio de San Mateo, Jesús opone la oración personal no a la comunitaria sino a la de los fariseos, que gustaban mostrarse píos y devotos para ser admirados por la gente y no buscaban la gloria de Dios ni su amor de amistad. Es por eso que, en realidad, estaban lejos de Él y no lo conocían y no pudieron reconocer al Hijo. Es oportuno recordar las palabras del Señor en cuanto reflejan la importancia de la oración personal. Él nos dice: "Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que esta allí, en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto te recompensará" (Mt 6:6). Esta es la intimidad que busca Dios para sus hijos: ese diálogo hecho de palabras y silencios en los que experimentamos su presencia, en los que recibimos como recompensa las gracias de conversión, de paz, de alegría, de fortaleza, de fe, y de amor .
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Del 25 de Junio de
2003 Queridos hijos, yo estoy siempre con ustedes. Abran sus corazones para que entre el amor y la paz. Oren por la paz, paz, paz (Mensaje a Ivanka durante aparición anual en el aniversario de las apariciones).
Los días 25 de Junio son dos los mensajes de la Reina de la Paz: el que
la Santísima Virgen da Marija -como todos los 25 de cada mes- y el
mensaje anual dado a Ivanka. |
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Del
25 de julio de 2003 |
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Del 25 de
agosto de 2003
En este mensaje nuestra Madre nos llama la atención sobre dos momentos,
dos movimientos de los cuales uno es consecuencia o respuesta del otro.
El primero es el descendente, originado en el amor de Dios y se trata de
la gratuidad de los bienes, los dones, las gracias que el Señor da a
cada uno. El otro es el ascendente: la gratitud que como respuesta
debemos manifestarle. Esta gratitud la expresamos como acción de
gracias y por medio de la alabanza, el honor, el amor, la gloria, la
reverencia que le damos en nuestra oración y adoración. |
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Del 25 de setiembre de 2003 ¡Queridos hijos! También hoy los invito a acercarse a mi corazón. Únicamente así comprenderán el don de mi presencia aquí entre ustedes. Deseo, hijitos, conducirlos al corazón de mi Hijo Jesús, pero ustedes se resisten y no quieren abrir sus corazones a la oración. Los llamo nuevamente, hijitos, a que no sean sordos sino que comprendan mi llamado que es la salvación para ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
Acercarse al corazón de la Virgen, acercarse al corazón de Jesús, es
acercarse a sus personas, acercarse a su amor. |
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Del 25 de octubre de 2003
¡Queridos hijos! Nuevamente los invito a consagrarse a mi corazón y al corazón de mi Hijo Jesús. Deseo, hijitos, conducirlos a todos por el camino de la conversión y de la santidad. Solamente así, a través de ustedes, podemos llevar el mayor número posible de almas por el camino de la salvación. No tarden, hijitos, sino digan con todo su corazón: deseo ayudar a Jesús y a María para que muchos más hermanos y hermanas conozcan el camino de la santidad. Así sentirán la satisfacción de ser amigos de Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!
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Del
25 de noviembre de 2003
El primer Adviento de la
historia fue íntimamente y especialmente de María. Desde cuando, llegada
la plenitud de los tiempos, dio su sí incondicional a Dios, respondiendo
el Anuncio del Arcángel san Gabriel, y –por obra del Espíritu Santo-
concibió al Hijo de Dios, hasta el momento de darlo a luz en Belén.
Durante esos nueve meses de gestación María vivió intensamente el don
inefable de Dios, oró y meditó contemplando el misterio que tomaba forma
en su cuerpo. En el seno de María resonaba la Palabra Eterna de Dios.
A la gestación de la
carne se unía, más aún precedía, la gestación en el corazón, de
donde había salido aquel sí al plan de salvación divino.
Ahora Ella nos llama a
aprovechar este tiempo para aumentar la oración, para renovarla y
profundizarla de tal modo que Jesús se haga presente en nosotros. Nos
invita también para que el Señor -que estaba fuera de las vidas de
muchos- pueda nacer, y que en aquellos que vivían en tinieblas y en
sombra de muerte pueda penetrar la Luz.
Debemos prepararnos al
nacimiento de Cristo, Dios que ha asumido la humanidad para salvarla, para
mostrarle todo su amor. Y para ello debemos orar.
La oración tiene como
fin principal alabar, glorificar a Dios, darle gracias por todos sus
beneficios y también pedirle lo que consideramos es un bien para nosotros
o para otros.
Orar es tratar con Dios,
hacerlo por medio de la persona de Jesús, y tratar como tratamos con un
amigo, con el mejor amigo.
Mientras más lo tratemos
más lo conoceremos y cuanto más lo conozcamos más lo amaremos.
Estamos tratando,
dialogando, con una persona que nos ama, que es Quién más nos ama en el
mundo. Ante Dios no tenemos que hacer antesalas, Él siempre nos escucha.
Por eso nuestra oración debe ser sencilla, así ha de ganar en
profundidad.
San Juan de la Cruz decía
“tanto vales cuanto vale tu oración”.
Cuentan que una vez una
jovencita decidió viajar para visitar a un santo sacerdote con el propósito
de que éste le enseñara a orar. Era una joven sencilla, de gran humildad
y temor de Dios, y de sincera devoción: -¡Sí,
cómo no!, le dijo el santo. Te voy a enseñar a orar. A ver, ponte de
rodillas. Muy bien. Ahora cierra los ojos, piensa en Dios y háblale. Así
hizo ella, mientras el anciano sacerdote sacaba su breviario y rezaba en
silencio su oficio. Cuando hubo terminado le dijo: -Bueno,
pues esa es la oración. Así debes hacer siempre.
A orar se aprende orando.
No importa cuál sea
nuestro estado de ánimo, debemos ponernos frente al Señor y “hablar de
amores” –como diría santa Teresa de Ávila- o simplemente hablarle, a
corazón abierto.
Así Jesús no sólo
nacerá en nuestros corazones sino que crecerá en nosotros. Es decir,
nosotros creceremos espiritualmente. Y nada mejor para el crecimiento
espiritual que hacerlo en el clima de la Eucaristía, a través de la
adoración silenciosa al Santísimo Sacramento. Contemplándolo,
dialogando ante su presencia eucarística.
“Contemplar y dar de lo
contemplado”. Recibir a Jesús para poder llevar a Jesús a los demás,
al mundo que no lo conoce y porque no lo conoce no lo ama.
Recibir su amor, su alegría,
la alegría íntima de su amistad y la paz que sólo Él puede dar, para
llevar estos dones al mundo triste, frío, que vive sin conocer la paz.
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Del
25 de diciembre de 2003 ¡Queridos hijos! Hoy, cuando Jesús desea especialmente darles su paz, los invito a orar por la paz en sus corazones. Hijos, sin la paz en sus corazones no pueden sentir el amor y la alegría del nacimiento de Jesús. Por eso hijitos, especialmente hoy, abran sus corazones y comiencen a orar. Sólo mediante la oración y el abandono total, el corazón de ustedes será lleno del amor y de la paz de Jesús. Los bendigo con mi bendición maternal (Mensaje a Jakov del 25 de diciembre de 2003).
Grande es su señorío y la paz no tendrá fin... sobre su reino” (Is 9:5-6ª) Es así como profetiza Isaías al niño que ha de nacer de la virgen madre. Grande es su señorío. Es el Señor de la paz, el que va a traer la paz al mundo. La única paz posible. “Les dejo la paz, mi paz les doy. No se las doy como la que da el mundo” (Jn 14:27) son palabras pronunciadas por Cristo Jesús antes de su partida, antes de cumplir su misión en el Gólgota. La paz nace en Belén y se derrama sobre el mundo, desde la cruz, en Jerusalén. El Príncipe de la Paz se ha vuelto Rey absoluto de la Paz, de tal modo que no hay ni puede haber otra paz más que la de Cristo. Para el mundo paz es otra cosa, es no beligerancia, es reposo transitorio, es falsa tranquilidad pero no verdadera paz del corazón. Jesús nos quiere dar su paz. La Virgen Madre, Reina de la Paz, nos la ofrece. Nos ofrece a Jesús Niño. Para recibir la paz que viene de Dios, debemos disponer nuestros corazones a este don. Disponer los corazones significa abrirlos, abrirnos nosotros a la gracia, acogerlo a Él con todo nuestro ser. “A todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre...” (Jn 1:12). Poder llegar a ser hijos de Dios es el cúlmen de la gracia. Nuestros corazones deben ser corazones orantes porque orar con el corazón –que es a lo que constantemente nos invita nuestra Madre- significa antes que nada limpiar el corazón para que pueda dialogar con Dios. Muchas veces surge la misma pregunta: “¿cómo orar con el corazón?”. Esta oración no tiene una fórmula definida, no se trata de una nueva o vieja devoción, no hay palabras que la identifiquen porque la oración del corazón no está centrada en palabras ni en modos sino en el corazón. Para orar con el corazón la primera condición es que el corazón esté purificado o que uno esté dispuesto a dejar que Dios lo purifique. Todo aquello que lo manche debe ser removido. En otras palabras, para orar con el corazón antes hay que renunciar al odio, al rencor, al resentimiento, a los celos, a la envidia. Santo Tomás de Aquino definía a la envidia como “tristeza por el bien ajeno”. Hay algo peor que esto, un tipo aún más perverso de envidia: la alegría por el mal ajeno. Pues, a todo esto es necesario renunciar para poder orar con el corazón. Para orar con el corazón hay que estar dispuesto a perdonar y también a saber pedir perdón. Ante todo reconciliándonos con Dios, mediante ese sacramento que llamamos precisamente de reconciliación o confesión. Nuestra casa debe estar limpia para recibir al Señor. Para recibir la paz debemos abandonarnos a su misericordia, a su fidelidad, a su ternura, la ternura de Dios manifestada en el Niño de Belén. No debemos temer nada, no debemos temerle sino confiarnos totalmente en Él. Recibir la paz significa transformarnos en dadores de paz, en aquellos bienaventurados que serán llamados hijos de Dios (Cf Mt 5:9). En el otro mensaje dado por la Santísima Virgen en Medjugorje, el transmitido por medio de Jakov, Ella nos dice que “sólo mediante la oración y el abandono total el corazón de ustedes será lleno del amor y de la paz de Jesús”. Oración del corazón, corazón orante y abierto a Dios y abandono total son las condiciones para recibir el amor y la paz que el Niño Dios abundantemente y graciosamente nos regala esta Navidad. Si así lo hacemos este tiempo de Navidad seguramente ha de ser muy pero muy feliz. Que así sea. P. Justo Antonio Lofeudo, MSLBS |
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Alabado sea Jesucristo! |
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