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Nuevo milagro en Medjugorje
Una mujer italiana con esclerosis múltiple volvió a caminar la semana pasada

Septiembre 19, 2014
Otra curación espectacular en Medjugorje.
Medjugorje vio otra curación espontánea inexplicable el sábado pasado cuando Gigliola Candian, de Venecia, Italia, se levantó de su silla de ruedas después de 10 años, recuperada de esclerosis múltiple.

Gigliola Candian, de Venecia, tenía esclerosis múltiple y estaba confinada a una silla de ruedas. En Medjugorje el 13 de septiembre ella vio una gran luz, se dio cuenta que podía caminar, y se puso de pie.

“Para mí, es un milagro”,  dice la mujer a los 48 años, que visitó Medjugorje antes, pero que nunca oró por su sanación.“Para mí, es un milagro. Sentí un gran calor en las piernas y ví una luz. A partir de ese momento me di cuenta que podía caminar”, dice Gigliola Candian al diario italiano  Il Gazzettino.

“En Medjugorje, el Señor me habló y empecé ponerme de pie. Estaba dentro de una pequeña comunidad, estábamos en la iglesia, había otras personas y Jesús me habló”, le dice al periódico Venecia Corriere del Veneto.

“Yo estaba orando y el Señor me preguntó: ‘¿Confías en mi?'”. 
“Le contesté que yo confiaba en Él y Él me dijo: ‘Entonces camina'”.
“Sentí un hormigueo en las piernas, ví la luz y me paré, ante los ojos incrédulos de todos”.
“Nunca estuve arraigada en la fe, pero a menudo fui a Medjugorje porque hay una sensación diferente allí, me siento bien allí. Me siento mimada por la Virgen María”, dice Gigliola Candian. Ella dice que su enfermedad era una tragedia para ella, pero que la había aceptado con serenidad.
“Nunca le pedí a la Virgen María por mi sanidad”  dijo Gigliola Candian aIl Gazzettino.

VOY A PASAR POR LA VIDA UNA SOLA VEZ, POR ESO CUALQUIER COSA BUENA QUE YO PUEDA HACER, O ALGUNA AMABILIDAD QUE YO PUEDA HACER A UN SER HUMANO, DEBO HACERLO AHORA, PORQUE NO PASARE DE NUEVO POR AQUI.
BEATA TERESA DE CALCUTA


Acerca de declaraciones sobre Medjugorje

Como muchas son las personas que me preguntan o directamente me envían artículos sobre los frustrados encuentros del vidente Ivan Dragicevic en los Estados Unidos, me ha parecido oportuno escribir una respuesta única para todos.

Hechos:

-Se había programado, para estos dias, una serie de encuentros de oración en parroquias de los Estados Unidos con la presencia del vidente Ivan de Medjugorje. En ellos se anunciaba además que tendrían lugar apariciones.
Poco antes de la fecha anunciada, el Nuncio Apostólico en los Estados Unidos, a pedido del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), envió una nota (1) a los obispos advirtiendo que no debían ser permitidos tales encuentros porque de hacerlo se estaría implícitamente dando por auténticas unas apariciones que están bajo estudio (2).

-Ya lo mismo había acontecido en el pasado mes de marzo, cuando Ivan debía visitar Argentina y Uruguay y, por idéntico motivo, fueron cancelados todos los encuentros, con la única excepción de la Arquidiócesis de Buenos Aires que los permitió.

Interpretaciones:

A raíz de la nota han llovido interpretaciones cuyos extremos van desde afirmar que la nota implica una condena a las apariciones, al opuesto de decir que las apariciones fueron aprobadas. Y en ambos casos con grandes titulares, con el único resultado de generar más confusión y hasta división.
Quienes hablan de aprobación esgrimen algunos datos que en realidad no dicen nada. Se dice, por ejemplo, que Medjugorje fue incluido entre los santuarios invitados a las jornadas marianas de octubre en Roma y que la delegación fue beneficiada de una ubicación privilegiada muy cerca del Papa, como si hubiese partido del mismo Santo Padre tanto la invitación como la elección del lugar. Afirmar esto es temerario porque, por cierto, el Papa no se dedica a los aspectos organizativos de un evento en sus detalles, y menos asignando lugares. En todo caso, sí habría que pensar que hay personas en el Vaticano que sí creen en la autenticidad de las apariciones.
Es, en cambio, lícito observar que sugestivamente en la visita de Ivan a Sudamérica, la única diócesis que lo recibió fue la de Buenos Aires. Pero, aquí también caben las conjeturas. Es probable que el entonces Cardenal Bergoglio haya dado el permiso en aquel entonces. Probable pero no seguro, ya que en esos momentos entraba en el Cónclave del que saldría como Papa (3).
Contrariamente, afirmar que con la nota se está condenando a las apariciones es una atrevida exageración que en general parte de los detractores de Medjugorje.

Conclusión:

Por una parte, como hecho objetivo está la nota del Nuncio -la cual a su vez es originada por un pedido expreso del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- en la que menciona la declaración de los obispos de la ex-Yugoslavia. Esa ha sido la última y hasta ahora única declaración oficial, la cual no dice que le consta la no sobrenaturalidad de los hechos sino que hasta el momento de las investigaciones efectuadas (o sea hasta abril del 91), no les constaba que hubiera habido sobrenaturalidad en los hechos. Por tanto, esa declaración dejaba la cuestión abierta a ulteriores investigaciones.
Por lo mismo, en 2010 el Papa Benedicto XVI, nombró una comisión ad hoc, bajo la presidencia del Cardenal Camillo Ruini, para estudiar las alegadas apariciones. Esa comisión pasó lo actuado a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual deberá dar su veredicto al Papa, a quien corresponde la decisión final, cualesquiera ella sea.

Por último, es de notar que la notificación que tiene origen en la CDF contrasta con la práctica, establecida en tiempos del Papa Juan Pablo II, que permite las peregrinaciones a Medjugorje acompañadas de sacerdotes, siempre que no sean consideradas oficiales.
¿Podrá esto significar ulteriores restricciones a las peregrinaciones o a la difusión de mensajes? No lo sabemos. Sí sabemos, en cambio, que deberemos acatar las medidas o decisiones que desde Roma se tomen. Al mismo tiempo, aquellos que creemos que verdaderamente la Santísima Virgen se aparece en Medjugorje, debemos mantener la paz en el corazón por la certeza que Ella, la Reina de la Paz, es la que está conduciendo su plan de salvación a cabo, plan que culminará con el triunfo de su Corazón Inmaculado. Mientras tanto, a nosotros nos toca vivir lo que Ella nos pide: ser sus apóstoles de paz que en todo buscan la voluntad de Dios, que aman, oran, perdonan y llevan a Cristo al mundo que no conoce al Salvador, que no conoce el amor de Dios.

P. Justo Antonio Lofeudo
Noviembre 9 de 2013

(1) La nota de Mons. Viganó dirigida a los obispos estadounidenses recuerda que “la Congregación ha afirmado que, con respecto a la credibilidad de la ‘aparición' en cuestión, todos deben aceptar la declaración, con fecha 10 de abril de 1991, de los Obispos de la ex- República de Yugoslavia, que afirma: ‘sobre la bases de la investigación que se ha hecho, no es posible establecer que hubo apariciones o revelaciones sobrenaturales'".
(2) Precisamente en estos momentos por una Comisión de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la misma que da origen a la nota del Nuncio.
(3) Los sostenedores de la autenticidad de Medjugorje ven en ello un ulterior signo a favor, ya que nunca antes había visitado ningún vidente a la Argentina y justo ocurre cuando el Cardenal Bergoglio es elegido Papa.


MUY IMPORTANTE ADVERTENCIA
P. Justo Antonio Lofeudo
El texto en archivo word puede descargarse de: Advertencia falsos mensajes

Queridos amigos:
            Hace ya tiempo que circulan supuestos mensajes celestiales y publicaciones de personas que dicen tener locuciones u otras manifestaciones sobrenaturales. Hasta ahora lo que he visto es falso. ¿Cuáles son los criterios de discernimiento para poder decir que son falsos? Muchos y muy variados. Desde plagios cometidos a verdaderos místicos o a escritores de espiritualidad, a divisiones que los falsos videntes han provocado en grupos marianos establecidos, a que se hayan inmiscuido en apariciones verdaderas, al conocimiento de qué opinan y cómo actúan privadamente, y un largo etc.
            Sin embargo, hay algunos criterios que son de aplicación general . Entre ellos, primero de todo en absoluto si está dando alguna revelación que contraste la doctrina de la fe enseñada y transmitida por el Magisterio de la Iglesia Católica o vaya contra la moral cristiana. En cualquiera de esos casos es de descartar de plano. 
            Es de analizar primero el contenido del mensaje , el lenguaje utilizado , y también el lugar que el vidente ocupa en los mensajes , si de instrumento o protagónico ,  y la coherencia de su vida .
            En cuanto al lugar que el presunto vidente ocupa en el mensaje, si no es un simple instrumento que transmite lo recibido y su lugar es protagónico es un motivo para dudar seriamente de la autenticidad, y más aún cuando en los mensajes hay amenazas del tipo de “¡Ay de aquellos que no escuchen a mi profeta!”.
            Ahora están reapareciendo y con mayor fuerza algunos falsos videntes en tanto otros nuevos se asoman en el horizonte. Entre los nuevos hay dos de Latinoamérica, en cuyos mensajes (en los que he leído no he visto nada objetable, agrego que no los he leído todos) se mezclan anuncios de calamidades. Son tantas las advertencias y los países involucrados que, dada la situación del mundo y también de la frecuencia de cataclismos climáticos, es muy probable que entre tantos casos alguno acierte. Es el método que emplean los adivinos que dan horóscopos para el próximo año. Cuando hay un acierto muchos incautos ven en ellos una confirmación que les hace creer que son auténticos los mensajes. Hay que decir que ese no es el modo que la Virgen se comunica con nosotros. Además, en uno de esos casos la supuesta aparición aparece bajo la advocación de Reina de la Paz. Es el mismo título con que se dio a conocer en Medjugorje. ¿Cómo podría ser algo así? ¿Hacia dónde habría que mirar, cuáles mensajes seguir?
            Todo elemento de confusión viene del Enemigo y el propósito de estos falsos anuncios es confundir, crear caos, aterrorizar, desesperar, y también, cuando se descubre la falsedad, desacreditar las apariciones verdaderas.
No vayan detrás de mensajes que se está ahora dando a diestra y siniestra. No sean víctimas de la curiosidad (muchas veces morbosa). Manténganse, anclados en la fe, en la vida teologal (viviendo la fe, la esperanza y la caridad), fieles a la Iglesia Católica Apostólica y Romana, a su Magisterio. No vayan en búsqueda de cosas nuevas.
Vemos cómo está el mundo, hacia donde va, algo sabemos y por eso intuimos del futuro que nos espera porque la humanidad está cada vez más alejada de Dios. Precisamente sobre esto se apoya el Enemigo porque parte de lo que sabemos e intuimos para confirmarlo, primero, y desviarnos y confundirnos después. Recordemos lo que dijo la Santísima Virgen en uno de los mensajes de Medjugorje: “quien ora no teme al futuro y quien ayuna no teme el mal”.
            Querer saber cómo será el futuro inmediato, dónde ocurrirá qué, no salva a nadie y por lo contrario lo distrae. Lo único que importa es vivir el amor de Dios amándolo y amando al hermano, es decir vivir lo profundo de nuestra fe y para eso hay que purificar el corazón, orar, adorar, ofrecer sacrificios agradables a Dios, acudir a los sacramentos de la Iglesia.
            Antes de reenviar un presunto mensaje piensen, recen si viene de Dios, qué se persigue propagando supuestas calamidades en el mundo. ¿Por qué eso no lo dice la Virgen en apariciones aprobadas y consolidadas y cuando dijo algo no especificó o lo dejó en secretos dados a los videntes? Reenviar mensajes de falsos videntes –aún cuando los mensajes sean buenos- supone siempre promocionar al falso vidente con las consecuencias que eso importa.
            ¡Cuánto habría por hacer simplemente viviendo los mensajes de Fátima! O lo ya dado en Garabandal. Sin embargo, el Enemigo se ocupa en desvirtuarlos. En el caso de Garabandal reducirlo a las fechas del Aviso y del Milagro. Y así aparecen mentes imaginativas que elucubran sobre fechas que luego, por supuesto, nunca se dan. Mientras tanto desvían de lo esencial y desacreditan la aparición porque la gente cree que las fechas vienen de los videntes. En el caso de Fátima circula por la web la “verdad sobre el tercer secreto” con una serie de invenciones y falsedades.
            Cerremos los ojos al engaño, a la falsa luz que encandila y no ilumina, y abramos el corazón para vivir los mensajes de paz, de oración, de amor y reverencia a la Eucaristía , de entrega a Dios y al hermano que nos ha traído la Virgen , en resumen, del Evangelio, y no sólo viviremos con serenidad los acontecimientos, cualesquiera ellos puedan ser, sino que también no estaremos cooperando con el Enemigo a sembrar confusión lo que significa obstaculizar la obra de Dios. 
www.MensajerosdelaReinadelaPaz.org


San Sebastián de Garabandal-Los 2 Mensajes

INTRODUCCIÓN

San Sebastián de Garabandal, la pequeña aldea cantábrica de las apariciones marianas de los años sesenta, fue testigo de miles de apariciones de la Santísima Virgen refrendadas por tantísimos signos de orden sobrenatural y prodigios.
Los signos son eso: signos. Son señales que indican otra realidad. En este caso la presencia del divino. El signo no es dado para quedarnos en él sino que apunta al mensaje que vino a darse.
Ciertamente, el primer mensaje es la presencia amorosa de la Madre de Dios y la cercanía que manifiesta mostrándose madre comprensiva y atenta al más mínimo detalle, a la menor preocupación o sufrimiento y también alegría de sus hijos.
Ella es Madre universal, de todos los hombres, y de cada uno en particular. Así la conocieron y transmitieron las niñas en Garabandal.
Pero, además de mostrarnos su imagen maternal y por ese mismo motivo, la Santísima Virgen vino a decirnos cosas muy importantes y urgentes para nosotros, para nuestra salvación, para la salvación del mundo.

Para una mejor comprensión conviene situarse en el tiempo de estas apariciones. Estamos al comienzo de la década del 60, cuando pocos meses después el Papa Juan XXIII convocará a un nuevo Concilio, el Concilio Vaticano II. Estos años son también los del comienzo del espíritu de protesta y rebelión que signarán toda la época y en los que se daban los primeros pasos hacia la cultura de la muerte, la pérdida de valores como la familia y la instrumentalización del sexo. La década del 60 es la del existencialismo y del apogeo comunista, la de la construcción del muro de Berlín y de la guerra fría, la de la crisis de misiles en Cuba y el asesinato del presidente Kennedy. También la de la contracultura del movimiento hippy y de la predominancia de las ideologías, la de la píldora anticonceptiva.

La Madre de Dios vino a hablarnos en ese tiempo, que es nuestro tiempo. Nos habló con su presencia, con sus palabras y también con signos y prodigios.
Mucho se ha escrito y dicho sobre Garabandal y muchas veces nos hemos detenido, diría excesivamente, sobre los signos. Se explica: en un tiempo como éste de gran escepticismo, donde la inmanencia desplazó a la trascendencia, donde en la misma Iglesia se ha extendido e impera el racionalismo mientras se ha pedido el sentido de lo sobrenatural, los signos han sido la respuesta que nos permite recuperar el sensus fidei. Sin embargo, signos y prodigios deben llevarnos adonde apuntan: los mensajes. Si los signos han servido para llamarnos la atención hacia lo que estaba ocurriendo en Garabandal y fueron también dados, para quien supo verlos como sobrenaturales, como sello de autenticidad de los acontecimientos; ahora, con el transcurso del tiempo, vemos que los mismos mensajes nos muestran la verdad de estas manifestaciones.
Por todo ello, conozcamos en profundidad los dos mensajes y esforcémonos en vivirlos porque estos son los que nos llevan por el camino de salvación.

MENSAJES

Veamos ahora el primer mensaje del 18 de octubre de 1961:

“Tenemos que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia, visitar al Santísimo, pero antes tenemos que ser muy buenos y si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande.”

“Tenemos que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia …”
Detengámonos en estas primeras palabras. Por ser primeras y por lo que implican dan idea de la urgencia y la seriedad del mensaje.
Lo primero que llama la atención son los adverbios “muchos, mucha”. Ya en Fátima la Santísima Virgen pedía sacrificios y penitencia. ¿Por qué? Lo explicará luego en el mismo mensaje. La humanidad estaba yendo muy mal, apartándose de Dios. Lo que nosotros no veíamos el Cielo sí lo veía y venía, en la persona de nuestra Madre, a advertirnos. Era un fuerte llamado de atención.
Ahora, pasados cincuenta años de Garabandal, vemos cómo las grietas que separaban al mundo de Dios se han vuelto abismos. Cómo la apostasía se ha convertido en un diluvio que envuelve la tierra y cómo los cristianos están o desapareciendo o siendo brutalmente perseguidos.
Sin embargo, la tribulación más grande de la Iglesia no viene de afuera sino de dentro, de la gravedad de los pecados cometidos, donde escándalos y apostasía de la fe, tienen un efecto devastador sobre la Iglesia de Cristo y socaban sus cimientos. El Santo Padre reclama penitencia y también lo hace recordando el tercer secreto de Fátima, tal cual fue revelado. Pide el Papa purificar la vida. Sólo los sacrificios y la penitencia, junto a la oración y sobre todo a la adoración, han de detener o mitigar las consecuencias de este caminar hacia las tinieblas.
Muchos sacrificios, mucha penitencia, dice el mensaje. Tanta es la gravedad que nuestra Madre apela, ante quienes verdaderamente la escuchan y amándola están dispuestos a satisfacer su pedido, a la toma de conciencia que sólo una vida penitente y ofrecida puede revertir la situación.

Sacrificio es hacer algo sagrado ofreciéndolo a Dios. Algo que nos pertenece y lo damos a Dios en reconocimiento de su divina majestad, de su gloria y también de su amor. En tal sentido el ayuno, por ejemplo, es un sacrificio en cuanto nos privamos de algo legítimo, como es la comida, para ofrecerlo amorosamente a nuestro Dios. Hay otras muchas maneras de sacrificar además del ayuno.
La penitencia, en cambio, es la respuesta al mal cometido en reconocimiento de ese mal y como reparación o resarcimiento del mismo. En el Antiguo Testamento leemos cómo hasta reyes vestían de saco y echaban cenizas sobre sus cabezas en signo de penitencia.
Los sacrificios y las penitencias son movimientos contrarios al hedonismo de la sociedad que sólo busca el placer del individuo. Mortificarse para la salvación de la propia alma y de otras almas es un acto de humildad y de abnegación que combaten los efectos mortales de la búsqueda egoísta del propio placer al precio de quebrantar la ley de amor de Dios.
Esas palabras, sacrificio y penitencia, son impronunciables en este mundo. Nadie quiere oirlas. Sin embargo, la Santísima Virgen, todavía busca hijos que la escuchen y respondan a su llamado. Empecemos por ofrecer sacrificios y hacer penitencia y luego ocupémonos de aumentarlos.

“(tenemos que) visitar al Santísimo …”
Se visita al Santísimo porque se reconoce la presencia verdadera, real de nuestro Señor Jesucristo en este sacramento. Se lo visita para adorarlo, reconociendo su gloria oculta pero absolutamente cierta. Se lo visita, en fin, para alabar, bendecir y dar gracias por el don infinito de su permanencia entre nosotros y también para reparar ante su presencia el mal cometido contra su divinidad y todo lo que es santo. Quien visita al Santísimo Sacramento da ante el mundo testimonio de fe y de amor hacia la Eucaristía.
La Santísima Virgen, que apareció en Garabandal como Nuestra Señora del Monte Carmelo o del Carmen, vino a llevarnos a su Hijo resaltando la presencia eucarística del Señor en medio de su Iglesia no sólo por medio de estos mensajes sino también por los gestos de adoración y reverencia que les hacía hacer a las niñas, por las comuniones místicas que recibían del ángel y por el milagro del 18 de julio de 1962 en el que la sagrada Hostia, dada por el Arcángel san Miguel a Conchita, se hizo visible en su boca.

La presencia de Jesucristo en la Santa Eucaristía es presencia real, corporal, sensible, localizable, plena, total. Es la presencia del Emmanuel, Dios con nosotros y por nosotros, que cumple su promesa de no abandonarnos, permaneciendo con nosotros hasta el fin del mundo (Cfr Mt 28:20).
Visitar al Santísimo es responder al Señor abriéndole la puerta de nuestra intimidad y entrando en la suya. “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). El que adora abre la puerta de su corazón a Dios y lo hace entrar en su vida y Él le comparte el secreto de su ternura y la verdad de su misericordia.
“Venid a mí vosotros que estáis fatigados y agobiados, Yo os aliviaré” (Mt 11:28), decía el Santo Padre Juan Pablo II que esas dulces palabras reciben plena confirmación delante del Santísimo Sacramento del altar. Es Jesucristo que nos llama desde su morada eucarística a su presencia que salva, sana y consuela.
Quien adora el Pan eucarístico posee ya la gracia de la adoración, tiene en sí la vida de la gracia y conoce la gracia de la vida. Quien adora, pregusta las delicias del Cielo. Pues adora al Señor que da la vida, la vida verdadera, la vida en abundancia, la vida eterna. Adora a quien tiene el poder de recrear la vida cuando se muere a la gracia. Él es Dios, ahí presente, y nosotros lo adoramos.

“…pero antes tenemos que ser muy buenos.”
Siempre he visto en esta frase un inconfudible sello de autenticidad. La Virgen no ha pedido sólo sacrificios, penitencia y visitar el Santísimo, sino que ha agregado algo muy importante: antes hay que ser muy buenos. Si hubiera hablado de un camino de conversión muchos no la habrían entendido. Si hubiera dicho ser santos, muchos se habrían desalentados pensando que la santidad es para pocos; cuando en realidad es para todos, porque todos estamos llamados a la santidad, a colmar la capacidad de santidad que cada uno tiene de acuerdo a cómo fue creado y a su circunstancia particular. No dijo nada de eso, sino “ser muy buenos”. Todos entendemos qué quiere decir ser buenos y qué “ser muy buenos”. Todos sabemos cuándo hacemos algo que no está bien, que no es precisamente bueno a los ojos de Dios. Aunque muchas veces lo ocultemos, lo sabemos.
“Ser muy buenos” es una frase de gran alcance. No bastan las penitencias, los sacrificios, los actos de devoción si antes no hay un corazón que se deje purificar. No se puede contemplar a Dios con los ojos contaminados por el mundo. No es posible alabar a Dios y hablar con Dios con los mismos labios que profieren improperios, que mienten, que murmuran, que difaman, que calumnian. No se puede escuchar a Dios con el oído que se complace en oir maledicencias, historias sucias, palabras que ofenden al Señor, que nuestra Madre reprueba y la hace entristecer.
Los ojos deben ser claros, reflejos de un alma límpida y de un corazón puro. Los labios deben bendecir aún a aquellos que nos maldicen. El oído debe estar atento a la Palabra y al llamado del Rey y Señor nuestro.
Por ello, para ser muy buenos, debemos purificar nuestros ojos para que contemplen a Dios. La mirada no debe distraerse en las vanas cosas de este mundo y mucho menos enturbiarse en la impureza. La boca debe ser purificada como lo fue la del profeta, para hablar con Dios y de Dios. El oído debe escuchar al Señor aún cuando el ruido del mundo quiera cancelar su voz.
Somos muy buenos cuando el corazón es purificado para responder con prontitud el llamado de Dios. Este corazón nuestro tiene que ser humilde y manso como el Corazón de Cristo, para hacer su voluntad y para que amemos como el Señor quiere que amemos.

“…y si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa y si no cambiamos nos vendrá un castigo muy grande.”
La advertencia es muy seria. La gravedad del mal enquistado en la humanidad y en la misma Iglesia era ya en aquel tiempo terrible. Es la época del neomodernismo que invade la fe, que corroe la sana doctrina de la Iglesia, que vanifica la liturgia y banaliza la Eucaristía y que hará que el Concilio Vaticano II sea interpretado falsa, contrariamente a lo querido por los padres conciliares. La teología que aparace como dominante no está al servicio de la verdad, el espíritu no es el Santo Espíritu sino el del mundo. Las corrientes existencialistas y nihilistas junto al avance del marxismo en el plano político y cultural dominan el panorama. El alejamiento de la luz de la verdad, la renuncia a la trascendencia, la rebelión contra Dios invaden los espíritus y la mancha negra se va extendiendo por todo el Occidente que deja de ser cristiano. En esos años es posible identificar el nacimiento o al menos el recrudecimiento de la actual apostasía. El llamado a cambiar no admite dilaciones. La destrucción está a las puertas. Sin embargo…

Ante la sistemática negación de la Iglesia local en admitir ni siquiera la mera posibilidad de la sobrenaturalidad de los hechos. Ante el rechazo al mensaje, cuatro años después, tuvo la Madre de Dios que dar, no Ella sino el Arcángel San Miguel, el siguiente mensaje:

Mensaje del 18 de junio de 1965

“Como no se ha cumplido mi mensaje del 18 de octubre y no se lo ha dado a conocer al mundo os diré que éste es el último. Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición y con ellos van muchas más almas. A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira de Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con vuestras almas sinceras Él os perdonará. Yo, vuestra Madre, por intercesión del ángel san Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación.
Pedidnos sinceramente y Nosotros os lo daremos.
Debéis sacrificaros más. Pensad en la pasión de Jesús.”

“Antes la copa se estaba llenando, ahora está rebosando.”
Cuatro años después la situación ha empeorado al punto que ha desbordado. Ya no hay cauce que detenga la precipitación del mal. Y, como veremos, no sólo en el mundo sino sobre todo en la misma Iglesia. En efecto,

“Muchos cardenales, obispos y sacerdotes van por el camino de la perdición y con ellos van muchas más almas…”
Esta parte del mensaje fue aún más difícil de aceptar por algunos miembros de la Iglesia que eran los que debían dar un juicio sobre la autenticidad de los mensajes. ¿Cómo era posible –se decía- que la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia, pudiese hablar en esos términos? No se quería ver el fondo de la verdad de lo que estaba ocurriendo. Los escándalos y los gravísimos errores en la doctrina se iban expandiendo y abarcando enteras regiones.
Por paradoja de la historia hoy esta parte del mensaje es la que le da mayor credibilidad a las apariciones.

En las famosas meditaciones del Via Crucis del 2005, el entonces Cardenal Ratzinger advirtió acerca de la descomposición al interno de la Iglesia. En la novena estación dijo: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!...(Está presente en su Pasión) la traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre (comuniones sacrílegas y también había mencionado las celebraciones eucarísticas indignas), es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison Señor, sálvanos…”
En la oración, que siguió a la meditación, agregó: …“Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia... Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.

Últimamente, Benedicto XVI estableció el Año Sacerdotal para reavivar en los sacerdotes de Cristo el amor por la misión y la fidelidad a los compromisos asumidos incluyendo la castidad. Tomó como modelo de sacerdote al Santo Cura de Ars, un humilde cura rural en la Francia anticlerical del siglo XIX que supo acoger a los pecadores y llevarlos al perdón del sacramento de la reconciliación. El modelo de sacerdote, para el Santo Padre, es el hombre de oración, adoración, amante de la Eucaristía, con amor que contagie a la parte del pueblo de Dios que le ha sido confiada y que pase mucho tiempo en el confesonario.

El Santo Padre es consciente que los mayores peligros que debe afrontar la Iglesia no vienen de afuera sino de dentro de la misma, y no sólo por los escándalos del arribismo, del dinero y del pecado contra el sexto Mandamiento, en su forma más perversa y execrable, sino –sobre todo- por el mayor de todos los peligros: la pérdida de la fe. En muchas casas de estudio y de formación la falsa teología continúa haciendo estragos provocando, en el mejor de los casos, confusión cuando no abierto escepticismo en jóvenes píos y creyentes. En seminarios, psicólogos y sociólogos han tomado el lugar del director espiritual. En universidades católicas muchas son las cátedras que sirven a corroer la fe insinuando incertezas. Sobre todo, a través de estudios de la Biblia que tratan a la Palabra de Dios no como inspirada por el Espíritu Santo sino como un cadáver a diseccionar. Mientras se exponen meras conjeturas como si fuesen verdades inapelables por provenir de un saber supuestamente científico, a los dogmas de la fe se los pone solapadamente o incluso abiertamente en duda. Por ejemplo, en esas universidades, algunas pontificas, se cuestiona la verdad histórica de la Resurrección y hasta se pone en duda la misma divinidad de Jesucristo. El llamado método histórico-crítico es, para esta teología, la única medida de la verdad y evidencia.

“A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia. Debéis evitar la ira de Dios sobre vosotros con vuestros esfuerzos. Si le pedís perdón con vuestras almas sinceras Él os perdonará.”
La Eucaristía es el tesoro de la Iglesia, es el don infinito que el Señor hizo de sí mismo. La Eucaristía hace a la Iglesia y no hay Iglesia sin Eucaristía. Toda la vida espiritual de la Iglesia reconoce su fuente y su cúlmine en la Eucaristía.
La Eucaristía es signo sacramental de la Presencia del Señor, de su Sacrificio y de Comunión en el Banquete místico. Todas esas dimensiones están íntimamente unidas. La presencia alude a la presencia única, real, verdadera, substancial de la Persona divina de Cristo. El único sacrificio del Gólgota se vuelve a hacer presente, es decir se hace actual, en el momento de la celebración cuando su cuerpo es entregado y su sangre derramada por nosotros.
Por la Eucaristía nos unimos íntimamente, en comunión, con Dios y entre nosotros a través suyo.

Con bellísimas palabras el entonces Cardenal Ratzinger iluminaba el misterio diciendo: “¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía?
No habría Iglesia, no habría sacramento, no habría sacerdocio, no habría presencia, esa presencia única de la Persona de Cristo, no habría sacrificio redentor”.
“... El sacerdote abre el cielo para que Cristo venga a la tierra.
El sacerdote no obra por sí mismo sino que se ha revestido de Cristo y no sólo por fuera sino también y sobre todo por dentro. El Señor ha tomado posesión de él y él no se pertenece, por eso el Señor actúa y obra por medio del sacerdote”.
“El Señor está presente y pronuncia por boca del sacerdote las palabras santas que transforman cosas terrenas en un misterio divino”.
“…La Misa no es sólo un banquete. El sacrificio se hace presente en la Misa. Él se hace presente”.
“El sacrificio del amor de Dios que rasgó el velo del templo, que partió en dos el muro que separaba a Dios y el mundo, eso es la Misa. Este es el acontecimiento de la Eucaristía. Esta es su grandeza.
La redención se hace presente porque el amor crucificado se hace presente.
La lanza del soldado romano penetró en lo hondo del Corazón de Dios. Cristo ha rasgado el cielo en la hora de la cruz y siempre lo vuelve a rasgar en la hora de la santa Eucaristía”.

El Señor nos dio la Eucaristía en la Última Cena para que fuera celebrada y contemplada. Pues, ¿qué ha estado ocurriendo, sobre todo desde el momento que la Santísima Virgen nos dio este mensaje? Que a la Eucaristía se la banalizó, se la degradó a un mero banquete convival protestantizado, de carácter puramente horizontal, donde la presencia, por la vanificación litúrgica, se volvía (aunque no se lo dijera) simbólica. Se perdió el estupor del misterio, se perdió la dimensión contemplativa alegando que la Eucaristía fue dada para ser comida y no adorada, cuando la Santa Misa es en sí mismo el acto más sublime de adoración. El Santo Padre más de una vez ha recordado las palabras de san Agustín: “Que nadie coma de esa carne (que nadie comulgue) sin antes adorarla.. porque si no la adorásemos pecaríamos”.

La Eucaristía y el sacerdocio, ambos don y misterio que nos dejó el Señor antes de su Pasión, se reclaman mutuamente. Nacieron juntos y van juntos: no hay sacerdocio sin sacrificio eucarístico ni Eucaristía sin sacerdocio ministerial. Por eso, también, a medida que se da menos importancia a la Eucaristía decae el sacerdocio y se va degradando. Se degrada por la mala práctica, consecuencia de la aludida mala teología y por la contaminación litúrgica que horizontalizó la celebración desplazando el centro, que es y debe ser siempre Dios, hacia el sacerdote y los fieles. Así se ha ido perdiendo toda dimensión de trascendencia, toda reverencia y estupor ante el misterio llegándose, en muchas partes del mundo, a la anarquía del culto. El sacerdote se volvió protagonista, el sagrario se ocultó, los altares de pasar a ser la parte más alta fueron rebajados. Algunas iglesias parecen más un anfiteatro que una iglesia. En definitiva, “las cosas sagradas fueron dadas a los perros y las joyas echadas a los cerdos” (Mt 7:6).
Quienes están por esas reformas son los mismos que se burlan de quienes sostienen, con todo el peso de las Sagradas Escrituras y del Magisterio, que Dios es Justo y temible su justicia. “La ira de Dios”, dicen, es un cuento para asustar almas crédulas y temerosas. Se ve lo diabólico de este plan que, por una parte, hace vano el misterio, quitándole a la Eucaristía su dimensión sacrificial y por tanto salvífica y desconociendo la presencia real del Señor, al mismo tiempo que degrada el ministerio sacerdotal volviendo la santa Misa una mera mesa de comunión fraterna. De ese modo se ofende a Dios no rindiéndole el culto con la reverencia y unción debidos y, al mismo tiempo, desacredita la vía del arrepentimiento porque Dios, aseguran, no se puede ofender en razón de su impasibilidad y porque además es misericordioso. Trágica falacia que conduce a la perdición eterna.

La Madre de Dios nos urge a iniciar un verdadero camino de conversión exhortándonos a arrepentirnos, a honrar y adorar la Sagrada Eucaristía y a pedir el perdón de Dios sabiendo que es Justo y que nosotros podemos sólo ofrecer como mérito propios su infinita misericordia.

“Yo, vuestra Madre, por intercesión del ángel san Miguel, os quiero decir que os enmendéis. Ya estáis en los últimos avisos. Os quiero mucho y no quiero vuestra condenación.”

El tiempo que queda para que se manifiesten grandes acontecimientos es muy breve. En rigor de verdad, estos acontecimientos ya han comenzado. Basta sólo querer ver la apostasía general, la rebelión de las naciones contra la Ley de Dios, la persecución a los cristianos que no es otra cosa que la guerra al Cordero, la gran oscuridad que se cierne sobre el mundo. Pero, el Señor no nos deja solos. Él prometió que estará con nosotros hasta el fin del mundo y que las puertas del Infierno no prevalecerán sobre su Iglesia (Cfr Mt 28:20 y Mt 16:18).
La verdadera Iglesia es perseguida y deberá ocultarse pero aunque en algún momento parezca que ha desaparecido no desaparecerá. Este es el tiempo también que el Cielo se hace presente a través de estas apariciones marianas para advertirnos y también para consolarnos con la presencia maternal y tan cercana de la Madre de Dios. Este es el tiempo que quiere el Señor que el don inefable e infinito de la Eucaristía sea más conocido, amado, adorado y en adoración perpetua. La adoración que no termina, la adoración perpetua, es la gracia sobreabundante en momentos en que el pecado todo lo invade, la perversión se impone por leyes y las tinieblas envuelven la tierra.

La Santísima Virgen nos ofrece su protección especial. Recordamos que vino a Garabandal como Nuestra Señora del Carmen. Bajo idéntica advocación se había mostrado en Fátima, el 13 de Octubre de 1917, cuando finalizó la serie de apariciones a los tres pastorcitos. Y ya anteriormente, en Lourdes, la última aparición fue un 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. Estas no son meras coincidencias sino signos.
En esta antigua advocación, la del Monte Carmelo, la Santísima Virgen ofrece el escapulario como señal de su protección y prenda que nos asegura el Paraíso. El escapulario no es un talismán sino el sello de un pacto de amor.
Ella vino y viene a protegernos con la condición que la escuchemos y hagamos lo que nos pide hacer.
Por eso, el escapulario es signo también de nuestra entrega, nuestra consagración a la Madre de Dios. Signo que estamos dispuestos a enmendarnos y cambiar de vida haciendo un camino de conversión cuya meta es el encuentro con Dios.
El escapulario que nos ofrece es acogido en la medida que lo son sus mensajes. Revestirnos de la protección y la guía de la Santísima Virgen y merecer su promesa implica comprometernos a vivir sus mensajes de sacrificio, penitencia, vida sacramental.

“Pedidnos sinceramente y Nosotros os lo daremos.
Debéis sacrificaros más. Pensad en la pasión de Jesús.”
Palabras éstas de gran consolación. El Señor no rechaza un corazón sincero y humillado, un espíritu quebrantado no lo desprecia (Cfr. Sal 51). La Santísima Virgen habla en plural porque es Ella nuestra Abogada y Medianera de todas las gracias.
La contemplación profunda de la Pasión del Señor debe llevarnos a sacrificarnos más, a imitar su amor.
Contemplar, meditar, hacerlo como la Virgen que todo lo guardaba en su corazón (Cfr Lc 2:19;51).
Contemplar es tocar el Corazón traspasado de Jesucristo, es tocar sus llagas con nuestra fe. Cuando nosotros meditamos y nos adentramos en la profundidad del misterio del Dios hecho hombre muriendo en la cruz y comenzamos a vislumbrar toda la anchura, la altura y la profundidad de este amor, somos transformados. Lo somos porque el Señor toca nuestras heridas, las que son producto del pecado, propio o de otros, y somos transformados de gracia en gracia.
Al fijar nuestra mirada contemplando al Crucificado conocemos a Dios: “Así es Dios. Éste es Dios”. Porque “quien ha visto al Hijo ha visto al Padre” (Cfr Jn 14:9). Y somos sanados. “Por sus llagas somos sanados” (Is 53:5). Cristo nos muestra sus llagas gloriosas que nos hablan de su amor y nos enseña qué significa amar.
En la Eucaristía celebrada, memorial de su Pasión, recordamos el precio de nuestra salvación y el amor infinito de Dios por cada uno de nosotros, y en la adoración al Santísimo nos ponemos ante la presencia real, verdadera, única, tangible, corpórea de Cristo en la Eucaristía, es decir ante Cristo mismo que nos consuela, que nos sana, que nos da la vida verdadera y nos llena de paz. Es Dios que se hizo no sólo hombre sino pan para darnos la vida eterna.
Meditando la Pasión del Señor recibimos la luz para reconocer nuestros pecados y encontrarnos en la confesión con el perdón del Señor en el sacramento de la reconciliación. Con el perdón que nos libera y nos vuelve capaces de recibir las gracias. Meditando su Pasión comprendemos el valor infinito del sacrificio de Cristo y la unión total con el de su Madre Santísima en la cruz y porqué Ella es verdadera Madre nuestra, que busca nuestra salvación llevándonos a su Hijo. Por medio de la meditación recibimos la fuerza para llevar Cristo, el único Salvador, al mundo y para resistir los ataques y persecuciones a los que seremos expuestos.

Como decía aquel gran adorador y predicador que fue Mons. Fulton Sheen: “Tendrás que combatir muchas batallas, pero no te preocupes porque al final ganarás la guerra ante el Santísimo Sacramento”.

P. Justo Antonio Lofeudo mss


Misericordia: “dejarse amar” por Dios

El legado de Juan Pablo II

 

            ¡Cómo pasa el tiempo! El 2 de abril se cumplen tres años del fallecimiento de Juan Pablo II. Eran las 21.37 de la tarde, a punto de concluir aquel primer sábado de mes –día consagrado al Corazón Inmaculado de María- y adentrados ya en la solemnidad de la Divina Misericordia, instituida por el mismo Juan Pablo II, en el segundo domingo de Pascua.

            Creo sinceramente que durante aquellos días, la Iglesia Católica vivió una gran lección de confianza en la Misericordia de Dios, así como de abandono en su Providencia. Los meses y años previos a la muerte de Juan Pablo II habían resultado muy duros, especialmente en lo que se refiere a las noticias y comentarios transmitidos por la mayoría de los medios de comunicación occidentales: ¿era prudente en los tiempos actuales, siempre preocupados por la cultura de la imagen, mantener en el máximo cargo de la Iglesia a un hombre tan enfermo y desgastado? Los cálculos de las estrategias humanas hacían temblar y sufrir a muchos en el seno de la Iglesia. Sin embargo, todas aquellas desconfianzas y temores se esfumaron cuando el mundo fue testigo de que la enfermedad, la agonía y la muerte de Juan Pablo II, se convertían en un acontecimiento de gloria. ¡Cuántas lecciones pudimos aprender aquellos días!

 

“Pedro, ¿me amas?” (Jn 21:16):

            Aunque en la teoría teológica, los cristianos tenemos aprendida la lección de que “nada podemos sin la gracia de Dios” (Jn 15:5), en la práctica corremos el peligro de fundamentar nuestra confianza en las cualidades y capacidades personales. Por ello, Dios nos suele purificar en momentos determinados, de forma que quede patente ante nuestros propios ojos y ante los de quienes nos rodean, que es su Misericordia y no nuestros méritos, la que nos justifica y nos hace eficaces.
            Que no nos quepa duda de que el acto más determinante realizado en el largo recorrido de Juan Pablo II, fue su amor a Jesucristo y a todos y a cada uno de nosotros, por amor a Él. Como nos sucederá también a nosotros, al atardecer de su vida fue examinado del amor, el cual autentifica el valor de nuestras obras: “Aunque repartiese todos mis bienes con los pobres, y me dejase quemar vivo, si no tengo amor, no me sirve de nada” (1 Cor 13:3).

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte”
(2 Co 12:10):

Dos mil años después, se repetían las palabras de Jesucristo al primer Papa: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme»”  (Jn 21:18-19). Siempre me he preguntado qué momento de la vida de Juan Pablo II pudo ser más eficaz en su obra evangelizadora, ¿el Karol Wojtyla atlético y pletórico de cualidades y de proyectos, o tal vez un Juan Pablo II ya anciano, tan débil como confiado en la Misericordia de Dios? Algún día lo sabremos, aunque algo podemos intuir por aquellas palabras de San Pablo: "Mi fortaleza se realiza en la debilidad... cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Cor 12:9-10).

 

“Déjenme ir a la casa del Padre” (Últimas palabras de Juan Pablo II):

            Juan Pablo II había predicado abundantemente –tanto de palabra como de obra- a lo largo de todo su Pontificado. Y, sin embargo, le quedaba un paso fundamental y decisivo: el testimonio de la buena muerte. De la misma forma que Cristo mostró en su muerte la plena confianza y el abandono en Dios Padre (“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” Lc 23:46); así también el Vicario de Cristo en la tierra vivía el momento de su muerte como el tránsito a la casa del Padre. Su paz y serenidad proclamaban ante el mundo la veracidad de las palabras del salmista: “Tu gracia vale más que la vida” (Salmo 63).

 

Han pasado ya tres años. Es de suponer que la memoria colectiva irá olvidando inexorablemente este aniversario, como tantos otros. ¡Es ley de vida! Sin embargo, dirigimos nuestra oración a este Siervo de Dios, para que siga pastoreando desde el Cielo a su Iglesia, de forma que nunca olvidemos tantas enseñanzas aprendidas durante su vida y… también en sus momentos finales.

 

+ José Ignacio, Obispo de Palencia.


Clamorosa reapertura del caso de Civitavecchia

“También Juan Pablo II veneró la estatuilla de la Virgencita de Pantano”
(San Agustín en Pantano es la parroquia de la diócesis de Civitavecchia)

Juan Pablo II a los obispos: “Sois demasiados dubitativos”


MONS. GRILLO: ”LA IGLESIA DIGA SÍ A LA MADONNINA.
HA LLORADO VERDADERAMENTE SANGRE EN MIS MANOS”

          Exorcismos y secuestros, misteriosas llamadas telefónicas e inquietantes coincidencias. Un “diario secreto”. Después de años de silencio reaparece clamorosamente el caso de la Madonnina de Civitavecchia que lloró no sólo en el jardín de la familia Gregori sino también en la casa del obispo, en las propias manos de Mons. Girolamo Grillo.
          Lejos de los ojos de los medios, el Papa Wojtyla veneró la estatuilla. “Un día revelarás al mundo este gesto mío de veneración” dirá al obispo de Civitavecchia.

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Por Giuseppe De Carli

          “¡Qué fea historia esa de las Vírgenes que lloran. Siempre hay algún burlón que se toma el trabajo de embadurnar objetos sacros. Pobres de nosotros, en qué nos vemos! junto con el párroco don Pablo Martín que también sigue tras estas estupideces. Mater boni consilii, ora pro me! (del Diario del Obispo, 5 de febrero 1995). Así abre su Diario el Obispo. El Obispo es Monseñor Girolamo Grillo, ahora obispo emérito de Civitavecchia, a quien encontramos en Tarquinia. Habla después de años de silencio. Habla con permiso especial de la Santa Sede.

          Es en sus manos (¡en las manos de un obispo!) que el 15 de marzo de 1995 la Madonnina de Civitavecchia llorará lágrimas de sangre. Será la décimo cuarta lagrimación luego que la estatuilla, quitada a la familia de Fabio y Anna Maria Gregori, llega a la casa del pastor de la diócesis y es tenida bajo llave para impedir que alguien la robase. Vírgenes que aparecen, que hablan, que lagriman como la de Siracusa. Niños ignorantes y personas humildes, nunca un obispo se ha visto que sea un protagonista. Un obispo o verdaderamente aquel que debería -según el riguroso procedimiento de la Iglesia especialmente, si se trata de presuntos milagros o de apariciones de la Virgen- autenticar o no la veracidad del fenómeno sobrenatural. En efecto, sobre un obispo recae una gravísima responsabilidad: desenmascarar a los impostores y a los visionarios (y han sido miles a través de los siglos), limpiar el campo de toda sospecha valiéndose de testigos verídicos y de pruebas científicas también ciertas. Es lo que ocurrió en el caso de los dos santuarios más famosos del mundo, el de Lourdes y el de Fátima. Pero, Civitavecchia sale de la norma. Un sucesor de los Apóstoles es testigo del hecho “extraordinario” y no explicable naturalmente, y juez más alto e inapelable de su fundamento.
          Esto ya está diciendo mucho acerca de la excepcionalidad de los acontecimientos que, quien escribe, por un extraño concatenarse de circunstancias, ha podido leer a través del “diario personal” de Mons. Grillo. Páginas aún secretísimas que contienen reflexiones intensas, impactantes, episodios inéditos. Hechos que ven involucrarse un Papa, Juan Pablo II, en una medida hasta ahora inimaginable.
          ¿Es que se deberá reabrir clamorosamente el “expediente de la Madonnina de Civitavecchia”? Los presupuestos están todos. El testimonio que dio Mons. Grillo –lo confieso– me ha alterado profundamente. Es el de un hombre que pasa de un escepticismo al estado puro a una suerte de progresiva iluminación. A una conversión, para decirlo claramente. Y del testimonio oral, vuelto a tomar por la TV y exhibido en el programa Uno Mattina de RAIUNO, y de la lectura del diario se viene a saber que el Papa Wojtyla, en el tercer piso del Palacio apostólico (el 9 de junio de 1995), veneró en gran secreto a la Madonnina; se sabe también de llamadas telefónicas del entonces Secretario de Estado de la Santa Sede, el Cardenal Angelo Sodano, a su hermano obispo de Civitavecchia (“No se preocupe -le dirá Sodano a Girolamo Grillo– Pedro está de su parte”), así como de una visita privadísima de la entonces presidente de la Cámara, Irene Pivetti, a la localidad de Pantano de Civitavecchia; y de una, quizás dos visitas, también privadísimas, del mismo pontífice a Civitavecchia, durante una de las tantas fugas “in incognito” que el pontífice polaco amaba hacer fuera de la “prisión dorada” del Vaticano. Más aún, en una carta al Sumo Pontífice (del 8 de octubre del 2000) Mons. Grillo agradece a Juan Pablo II por el Acto de Entrega de toda la Iglesia a la Virgen “acogiendo así una propuesta mía en tal sentido, presentada a Vuestra Santidad a continuación de la lagrimación de sangre de la Virgen”. La carta contiene el solemne juramento de Mons. Grillo ante la Trinidad. El obispo declara “haber visto, el 15 de marzo 1995 a las 8,15 lagrimar en mis manos a la estatuilla de la Virgen proveniente de la parroquia de San Agustín en Civitavecchia”. Más no podemos revelar. Bastará agregar que Juan Pablo II, de su puño firma la carta del obispo, casi como para poner un sello no sólo de recepción sino además de aprobación del contenido.
          En fin, de parte del Papa Wojtyla está la consigna del silencio. El obispo debe callar sobre el acto de veneración, hecho fuera de los reflectores, en el Vaticano. “Un día –le dice el Papa a Mons. Grillo- revelarás al mundo este gesto mío”. Y el momento probablemente ha llegado.

Excelencia, usted pasó del escepticismo a la sorpresa.
Sí. El 11 de Febrero de 1995, a nueve días de la primera aparición, recibo hacia medianoche una llamada telefónica del Cardenal Angelo Sodano. Me invita a no ser demasiado desconfiado y a abrirme también a otras hipótesis interpretativas.

Una extraña llamada…
Que me dejó bastante pensativo. También en el Vaticano –reflexiono- no tienen otra cosa en qué pensar; ¡ven también la TV! El 23 de febrero, siempre el Secretario de Estado, me agradece -a nombre del Papa- por haber sido más posibilista en una entrevista, comentada por Enzo Biagi, a propósito de las lágrimas de sangre vertidas por la Madonnina.

La irrupción de Juan Pablo II en este asunto es misteriosa... Del Papa que ha derramado su sangre en el atentado de Plaza San Pedro, el 13 de Mayo de 1981. Ahora comenzamos a comprender porqué no haya subestimado Civitavecchia. ¿Y usted?
Mis convicciones comenzaban a desmoronarse. Un Papa como Juan Pablo II que irrumpe en la cuestión y que irrumpe en mi vida, no había contado con ello. Pienso: estará en conocimiento de algún secreto. ¿O el Papa ha también enloquecido?
Mientras tanto, los análisis de sangre revelan que se trata de sangre masculina. ¿Será la sangre del Hijo de María? Mah (expresión que indica quién lo sabrá?). La Madonnina es radiografiada en el Policlínico Gemelli. Hasta le hacen una TAC.

Hospitalizada como una paciente. De ella se interesa el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Excelencia, ¿no le ha ocurrido pensar que en todo lo que estaba ocurriendo pudiese estar metida la pata del diablo?
Oh, sí. Hicimos hacer muchos exorcismos. Me puse en contacto con el exorcista de la diócesis. Hasta di órdenes que los curas estuviesen alejados de este asunto. El obispo Grillo -lo afirmo por vez primera- hasta había ordenado que la estatuilla ¡fuese destruida!

Usted ha encontrado también al padre Gabriele Amorth, que de demonios sí que entiende.
Amorth excluyó una influencia satánica. No se podía tratar de alucinaciones por obra diabólica. Don Amorth agregó que un alma de Florencia, por él dirigida espiritualmente, le había dicho que la Virgen habría de llorar lágrimas de sangre en Civitavecchia. Se lo dijo ocho meses antes! Lágrimas con tristes presagios para el futuro de Italia.
Elección en el mes de junio, victoria de Prodi y atentado al premier, guerra civil en nuestro país. Un presagio funesto que se podía parar con una gran oración. El mensaje de Amorth lo comunico yo a mi hermana.

Quien queda profundamente alterada, leo en su diario. La mañana del imprevisible 15 de marzo.
Había apenas terminado de celebrar la Eucaristía. Mi hermana me dice: “No he dormido en toda la noche. He meditado las palabras del padre Amorth. Antes de volver a Roma, ¿me dejas rezar ante la Virgen?”, me implora.

Ella vivía en la villa San Francesco, en su residencia.
Así es. Yo pensé: rezar no hace mal. Llamo a una de las dos Hermanas, sor Teresa, rumana, y le pido que saque del armario, donde estaba encerrada con llave, a la estatuilla. Conmigo estaban entonces, mi hermana, mi cuñado, la religiosa.

¿Qué rezaron?
Sin antes ponernos de acuerdo, recitamos la misma oración, la “Salve Regina”. Yo en latín. Había llegado a las palabras: “illos tuos misericordes oculos ad nos converte”, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos… Cuando mi cuñado me da un codazo: “No ve que vuelve a llorar!!”.

¿Qué estaba pasando?
Una lágrima descendía por el ojo derecho de la estatuilla como si fuese un fino cabello. La lágrima descendía casi como una lágrima normal, pero deteniéndose antes de la mejilla formaba como una pequeña perla de rubí, la cual quería superar la mejilla, para volver a hacer el trazado de aquella precedente que fuera llevada al policlínico Gemelli. Empalidecí tanto que mi hermana se puso a gritar: “auxilio, auxilio”, manchándose el dedo con la sangre por su estado de agitación. A su grito corrieron Sor Mariana y mi sobrino Angelo que estaba durmiendo. De inmediato llamaron al médico jefe cardiólogo del hospital civil, el profesor Di Gennaro, quien pudo ver tanto sea el grave estado de shock en que me encontraba como la nueva lágrima de sangre aún fresca…

¿Nunca tuvo dudas? ¿Una alucinación, una percepción desviada, algo de patológico, una sugestión?
Pero, ¡si éramos cuatro! Que luego se hicieron seis! ¿Cuál broma? ¿Qué alucinación o sugestión colectiva?
Alucinación o percepción equivocada podían ser las de Lourdes o Fátima… Allí, niños vieron a la Virgen. Yo no vi nada. He visto la sangre correr y permanecer. ¿Ha entendido? El hecho es un hecho constatable, verificable, no una visión. Cuántas veces fui preso de escrúpulos. Torturado: “¿Es posible que una Madonnina haya llorado?”. “Excelencia –me reprochaba Sor Teresa, que entonces tenía 25 años- es una fea tentación la suya! Un mal pensamiento. ¡Quíteselo de la mente!


Mons. Girolamo Grillo con la Madonnina

Entonces, a distancia de 13 años, usted puede afirmar con total seguridad que…
¡Que la Madonnina ha llorado en mis manos! Estaba puesta en un pequeño cesto en mis manos. Y era sangre! Hay poco para agregar. ¡Era sangre! ¡Ésta es la verdad!

¡Impresionante! Monseñor Grillo, la noticia de la décimo cuarta lagrimación en su casa (como las estaciones del Via Crucis) dio la vuelta al mundo. El 22 de mayo viene hasta usted, en gran secreto, la presidente de la Cámara de Diputados, la honorable Irene Pivetti. El 25 de mayo encuentra al Papa al término del encuentro con los obispos italianos. ¿Qué le preguntó el Papa?
Noticias sobre la Madonnina. Ante mi titubeo al responder, Juan Pablo II salió con una frase cortante: “¡Ah! Vosotros obispos italianos tenéis la cabeza dura y siempre estáis dubitativos”. Ahora creo que tenía razón.

El día inolvidable para usted es, sin embargo, el 9 de junio.
Sí, fui invitado a cenar por el Santo Padre, quien quiso –cosa que hasta ahora nadie lo sabe- que le llevase a la Madonnina. Le informé de mis contactos con los cardenales Sodano, Ratzinger y Ruini. El Papa citó varias veces, a propósito del llanto, al gran teólogo Hans Urs Von Balthasar. El llanto de la Virgen es una invitación a la conversión. Al final de la cena rezamos largo tiempo ante la Madonnina.

Y después?
La veneró, la besó, la bendijo, le impuso sobre la cabeza una corona de oro que había traído conmigo y le puso un rosario colgando de una mano.

El sello de Pedro sobre aquel acontecimiento?
Es probable. Al final de aquellas horas, que nunca olvidaré, el Papa me impuso el silencio sobre lo que había acontecido.

¿Con cuáles palabras?
Tiemblo aún al recordarlas. “Un día –me dijo el Papa– usted lo hará saber al mundo; es decir, hará conocer a todos este acto mío de veneración”. Luego agregó: “Pongamos todo en las manos de Ratzinger…”. Al día siguiente el Cardenal Sodano me hizo saber la satisfacción del Santo Padre. “Para la Madonnina –exclamó- se puede proceder sin titubeos. ¡Pedro está con usted!”.

Esta señal de sangre deja sin palabras. Muchos lo interpretaron como un preanuncio de calamidades para Italia y para la humanidad.
No puedo dejar de buscar el equilibrio. La Virgen no puede no seguir de cerca el camino de sus hijos en el tiempo, sus afanes y sus preocupaciones. El creyente no debe descartar algunas hipótesis, para quien no cree…. No querría estar en los paños de un teólogo que deba dar alguna explicación por una estatua de María que llora sangre masculina. Un día el entonces Cardenal Ratzinger me dijo: “Los teólogos, si esto es cierto, tendrán que discutir mucho sobre la naturaleza de la sangre de María”.

Usted, un hombre de fe, naturalmente. Es un obispo. Ha tocado aquella sangre… podría ser la sangre de Cristo. ¿Esto no lo trastorna?
La verdad es que no la he tocado. Mi hermana la ha tocado. Usted sabe que la Comisión Diocesana sobre la cuestión ha dado diez opiniones positivas sobre once. Siete de estas se inclinaban por el evento no explicable, por un evento sobrenatural.

Se han detenido sobre el umbral (y no entiendo porqué), ni un juicio positivo ni uno negativo. Casi como queriendo archivar el hecho, a mandarlo en el olvido de la historia.
Yo no había preguntado si el fenómeno era sobrenatural, sólo si la Madonnina había llorado. Y la respuesta que le di es que, sí, la Madonnina lloró, pero no sé qué pueda ser!

Este presionar de lo eterno sobre el mundo arrolla toda certeza humana, positiva. Monseñor, este hecho ¿le ha procurado alegrías o sufrimientos?
(Se queda dudando largamente) No digo nada!

El obispo de antes, después del acontecimiento, no existe más.
No. La lagrimación ha desbaratado mi vida y todo se ha vuelto efímero, caduco. Es como si tuviese una percepción nueva de las cosas y de la vida.

Sé que toco cuerdas muy íntimas. Su devoción mariana se ha robustecido…
Esto sí. Siempre fui devoto de la Virgen. Muchos me preguntan: ¿cuándo piensas en la Madonnina? La pregunta debería ser dada vuelta: ¡cuándo no pienso en la Madonnina!

Quizás haya una lección a extraer de todo esto. Es necesario tener el coraje de no rechazar el misterio de Dios.
Sin embargo, Dios ama la libertad. Ha creado libre al hombre, libre aún de negarlo. Abrirse al misterio de Dios significa dejarse tocar por Dios. Ser disponibles. Rezo mucho para que las mujeres y los hombres de nuestro tiempo sientan, como un don, el ser tocados por Dios.

Civitavecchia con su Madonnina corren el riesgo de “damnatio memoriae” (la condena de la memoria). Usted no quiere. Usted, autorizado por el Secretario de Estado, el Cardenal Tarcisio Bertone, después de tantos años, ha finalmente hablado. Usted, quizás, querría algo más de la Iglesia, un paso menos dubitativo…
Puede que haya llegado el momento de parte de la Iglesia de decir su sí a Civitavecchia. Tengamos en cuenta el milagro de las conversiones, de las familias que se recomponen, de las personas que se sienten atraídas por este misterio de luz. En Civitavecchia esa Madonnina, es increíble, atrae, llama.
“¡Monseñor, después de haber turbado Francia ahora no habla más!” me dijo un poco bruscamente el rector del santuario de Lourdes. Estaba acompañado por Mons. Massimo Camisasca. “Que yo hable –le respondí– no importa, habla Ella, la Virgen. Lo demuestra el hecho que sin ser invitado he venido aquí porque he sentido una fuerza misteriosa. La he encontrado sin quererlo. Luego, menos se habla -agregué- y más habla Ella”. Esperemos que después de esas palabras mías continúe a hablar. Ésta es mi esperanza.

DE MEDJUGORJE A CIVITAVECCHIA

          La Virgen de Civitavecchia tiene una altura de 43 centímetros y una base de 6 centímetros. Pesa poco más de dos kilogramos y fue realizada en el taller de un artesano croata, Sqepan Vlaho, en una aldea de las cercanías de Medjugorje. Fue comprada en 1994 por don Pablo Martín, párroco de Civitavecchia, y regalada a los esposos Anna Maria Accorsi e Fabio Gregori.

          El 2 de Febrero de 1995, Jessica Gregori, (de cinco años), hija de Annamaria e Fabio, se da cuenta que sobre las mejillas de la estatuilla colocada en el jardín, corren lágrimas de sangre.
          Las lagrimaciones se repiten también delante de diversos testigos. El 5 de febrero comienza el “Diario del Obispo” que anota impresiones de los acontecimientos. Monseñor Girolamo Grillo es escéptico y tiene sospechas.
          Los primeros análisis de la sangre confirman que se trata de líquido biológico. La estatuilla es sometida a exorcismo y llevada al Policlínico “Agostino Gemelli” para hacerle radiografías y una TAC.

          El 28 de febrero estalla la noticia de que se trata de sangre humana con características masculinas. El obispo va al Vaticano a ver al Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se pone en marcha la magistratura para cerciorarse que no hubieran eventuales trucos y la estatuilla es secuestrada. El 15 de marzo a las 8,15 la lagrimación de sangre en las manos del mismo obispo Girolamo Grillo. El extraordinario hecho se conocerá sólo veinte días después.

          El 22 de mayo, privadamente, la presidente de la Cámara de Diputados, Honorable Irene Pivetti, reza junto a Mons. Grillo delante a de la Madonnina. Recitan el rosario por Italia.

          El 9 de junio es el mismo Juan Pablo II quien reza delante de la estatuilla. Estamos en su departamento. Con el Obispo Grillo está el secretario personal del Papa, Stanislao Dsziwisz. La Madonnina vuelve definitivamente al barrio de Pantano el 17 de junio dando comienzo a la peregrinación de fieles que aún hoy continúa. Y el 17 de junio se cierra el “Diario del Obispo”.

          El 8 de octubre del 2000, Mons. Girolamo Grillo envía una carta a Juan Pablo II con un solemne juramento a Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y a María Madre de Dios. Afirma haber visto lagrimar sobre las manos la estatuilla de la Madonna proveniente de la parroquia de S. Agustín en Civitavecchia. “De este hecho –escribe el Obispo– he sido testigo ocular y por tanto no puedo ni mínimamente dudar de su realidad”.


Si la Virgen llora hay que consolarla

          Si la Virgen llora "públicamente", en una imagen expuesta, es para llamar la atención de su dolor por el mundo. El Santo Padre Juan Pablo II, refiriéndose a la imagen de Civitavecchia dijo, cuando le preguntaron qué hacer: "Si la Virgen llora hay que consolarla". La Virgen llora por todo el mal en el mundo.

          Según relatan muy allegados a Sor Lucía, de Fátima, que ésta en los últimos tiempos había visto llorar a la Madre de Dios. La vidente, que siguió gozando de manifestaciones privadas de la Santísima Virgen hasta el fin de su vida, interpretaba si que la Virgen lloraba era porque aún debe cumplirse el mensaje de la reparación de los 5 primeros sábados para que el triunfo del Corazón Inmaculado sea completo.
          La respuesta al llanto de la Virgen debería llevarnos del fenómeno en sí, las lágrimas que se han manifestado en la imagen, a la causa del dolor que produce el llanto: el pecado del mundo y reparar por ese pecado e interceder por aquellos que más lejos están de Dios. Marja, la vidente de Medjugorje, cuando recibió el primer mensaje de la Reina de la Paz, aquel 26 de junio de 1981, cuenta que veía a la Virgen delante de la cruz en amargo llanto, mientras repetía: “Paz, paz y sólo paz. Debe reinar la paz entre el hombre y Dios y entre los hombres. ¡Reconcíliense, conviértanse!”. Desde entonces no ha cesado de llamarnos a la conversión y de darnos los medios para avanzar en ese camino cuya meta es el encuentro con Dios. El ppdo. 2 de diciembre de 2004, nos decía en el mensaje a Mirjana: "Los necesito! Yo los estoy llamando! Necesito la ayuda de ustedes! Reconcíliense con ustedes mismos, con Dios, con su prójimo. De ese modo me ayudarán. Sean instrumentos de conversión para los que no creen. Enjuguen las lágrimas de mi rostro!".

          Queremos consolar a María, nuestra Madre. Por eso, propongámonos reparar todas las ofensas que se cometen contra su Corazón Inmaculado por medio de los 5 primeros sábados reparadores del Corazón Inmaculado, tal cual lo pidió a Sor Lucía, y mantengamos una vida de oración, una vida sacramental confesándonos con frecuencia, viviendo cada Santa Misa, amando y perdonando como nos pide el Señor, nutriéndonos de la Palabra de Dios, ofreciendo nuestros sacrificios.

Nota: La Devoción de los 5 primeros sábados
          Nos ha pareció importante recordar el pedido que le hicieron el Niño Jesús y la Santísima Virgen a Sor Lucía cuando estaba en el convento de Pontevedra, en 1925. Ver: La Virgen María y la Devoción de los cinco primeros sábados


Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2008
«Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8,9)

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13).
La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).
En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha», dice Jesús, «así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra. Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que «Dios ve en el secreto» y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. «La caridad -escribe- cubre multitud de pecados» (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: «Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo» (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo «todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.
Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a «entrenarnos» espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la «batalla espiritual» de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007
BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción distribuida por la Santa Sede © Copyright 2007-Libreria Editrice Vaticana]

UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE

 

Declaración de la Comisión Permanente (23 de agosto de 2006)

 

A los hermanos que creen en Dios
y a todos los hombres de buena voluntad:

Como pastores de la Iglesia, les escribimos con la preocupación y la esperanza del amor que les debemos.

Hace pocos días una señora se presentó a un sacerdote con una hija discapacitada y con profunda alegría le dijo: “Gracias, padre, hace unos años usted me ayudó a ver claro. Yo estuve a punto de abortar ante la evidencia de las malformaciones de mi hija cuando estaba en mi vientre. Usted me ayudó a no hacerlo. Hoy esta hija es la que da sentido a mi vida. Aún con su discapacidad es la alegría de nuestra familia”.

Nuestra experiencia eclesial puede mostrar miles de situaciones como ésta. ¿Cuál fue el móvil de ese sacerdote al ayudar a esa mujer? ¿Cuál es nuestro móvil al dirigirnos a las autoridades, a nuestros representantes y a todo el pueblo tratando de apostar por la vida e impedir la legalización del aborto? Créannos: sólo nos mueve el profundo amor de Dios por todos nosotros. Sólo nos mueve el deseo de valorar cada una de las vidas que se engendran y que ya son un ser constituido en el vientre de la madre.

Todos apreciamos lo que hizo la Madre Teresa por cada uno de esos seres débiles, olvidados de la sociedad, excluidos, moribundos en las calles. Esa mujer, de quien nadie puede dudar que sólo era impulsada por el amor, puso tanto empeño en ocuparse de los moribundos como en impedir que las madres cayeran en el gravísimo error de abortar a sus hijos.

Muchas veces se nos quiere hacer aparecer como retrógrados o fundamentalistas ante el tema del aborto. Se acepta y valora el trabajo de la Iglesia en favor de los pobres, pero se nos descalifica cuando defendemos el derecho a la vida. ¿Qué nos pasa como sociedad? Toda la tradición judeocristiana basada en los mandamientos de la Ley de Dios por miles de años consideró que el aborto es un crimen. ¿Qué luces ha recibido esta nueva cultura, qué revelaciones se nos han manifestado para descubrir que lo que siempre fue un mal tan grande hoy ya no lo es? También en otros tiempos hubo abortos, pero siempre se consideró que era un mal a desterrar. Las culturas cambian, pero los fundamentos esenciales de las personas permanecen. La Ley de Dios y el sentido común nos han enseñado que la vida es un gran bien que debemos preservar desde el momento que comienza.

Seguramente muchos de ustedes han visto la película en la que se ha filmado un aborto (El grito silencioso). La técnica nos permite apreciar que no hay ninguna diferencia entre destrozar el cráneo de esa pequeña criatura ya gestada o cometer el homicidio de un niño que camina por la calle.

En nuestros días se ha reavivado la polémica sobre la despenalización del aborto con motivo de situaciones muy dolorosas que afectan la vida de una joven discapacitada y de un ser inocente por nacer. Lo trágico de esta situación no puede hacernos olvidar que podemos asesinar a un inocente.

Esta polémica no es una discusión más entre tantas. Es una cuestión de fondo. Nunca, como en este caso, puede decirse que es una cuestión de vida o muerte. Tan es así, que involucra a todos los ciudadanos de cualquier credo o condición social. ¿Cuál será la opción de los argentinos? Cada uno en su conciencia debe discernir si quiere una sociedad que respete la vida de todos los seres engendrados. Los que creemos en Dios debemos darle ante todo a Él la propia respuesta. A los que no creen, los invitamos a que consideren qué les dice el sentido común frente a un ser ya engendrado que es verdadero sujeto de derechos humanos. A todos les pedimos, es más, les rogamos asumir este tema con la seriedad que se merece.

Los cristianos, como nos enseña San Pablo, no entristezcamos a Dios: no sembremos la cultura de la muerte en nuestra sociedad. Por el contrario, sembremos la esperanza y la alegría que provienen del amor de Dios por sus criaturas. Así nos lo enseñó Jesús, quien pidió al Padre que no se pierda ninguno de los hermanos.

María, que en Belén alumbró al Hijo de Dios, nos ayude a optar siempre por la vida.

 

Buenos Aires, miércoles 23 de agosto de 2006

144ª Reunión de la Comisión Permanente de la
Conferencia Episcopal Argentina


Testimonio de María Vallejo-Nágera a su regreso del sur de la India
(Reproducido con permiso de la autora)

 

Mis queridos amigos:
          Ya estoy de vuelta de la India. Esta vez hemos estado en la selva del Sur, en Kerala, en la zona del padre Manjakal. No sabes lo que me ha impresionado la selva, la espantosa pobreza, pero sobretodo la felicidad de esas gentes que no tienen NADA DE NADA. Y nosotros en Madrid preocupados por bobadas sin ninguna importancia.

          No he hecho más que pensar en la Madre Teresa, lo que debió sufrir allí y lo valiente que fue. Nosotros hemos bebido agua de botella todo el viaje y aún así una de mis amigas se ha puesto super malita. La Madre jamás bebió de botella, sino de lo que podía, y duró casi 90 años. Cuando Cristo está cerca, Él se encarga de todo: de purificar el agua, de que no mueras con la malaria de los mosquitos (por cierto, nos han abrasado a pesar de llevar Aután). Este viaje ha puesto la guinda en mi corazón que me faltaba. Estoy alucinada del poder de Jesús.

          En plena selva nos topamos inesperadamente con una pequeña misión de monjitas de clausura que tenían los restos de un santo indio, católico. Te llevaré fotocopia de su historia y de su cara para que puedas pedirle un favor del cielo. Brutal santazo, desconocido en España, pero que salvó cientos de vidas en plena selva. Se llama: BLESSED KURIAKOSE ELIAS CHAVARA (1805-1871).
          La gente de la India no es católica, ya que profesan otras religiones: Crishna, Buda, Shiva, etc... Sólo un 2% de la población es católica. ¡¡¡Pero qué católicos!!! Wow! La gente orando con un fervor alucinante, descalzos, (dejan sus chanclitas en la entrada de la iglesia, como se hace en el resto de los templos de otros dioses). Respeto, respeto, respeto hasta el final.
          Así el padre James alucina cada vez que viene por aquí y se le ponen los pelos de punta del susto.

          España va a pagar muy caro el daño que está haciendo a Cristo. No se está dando cuenta de la sangre que se ha derramado en el mundo entero para llevar a Cristo a los pobres. Tenemos que perseverar con más ferocidad que nunca.
          Tenemos una labor impresionante entre los nuestros. No podemos desfallecer. Lo digo con convencimiento y con el corazón.
          Tenemos que comenzar a orar en familia con más fuerza que nunca. Que nuestros pequeños sepan de Dios, de lo que les ama, de lo que les da y sobretodo, de las cuentas que tendrán que dar PORQUE TIENEN DE TODO. No saben lo que es pasar hambre, ni que cada día se trate de supervivencia.
          Esos niños llevan penurias bestiales en los ojos, pero también una felicidad que ya la querría el hombre rico. Nada se puede expresar con palabras. Hay que verlos y estar con ellos para entender lo que os digo.

          Las misiones de la selva me han dado la lección de religión y humildad más grande que he recibido desde mi conversión en Medgugorje. ¡Tenemos mucho que aprender del pobre!
          Ya te contaré más despacio, pues la información y los sentimientos que traigo en mi maleta son como para escribir otro libro.
          Quizá el resumen más escueto que podría hacer de lo vivido sería este: Jesús va ahí donde le llamamos, pues nunca nos abandona. Y Él se encarga de TODO, de todo, de verdad. Controla a los mosquitos, la malaria, las enfermedades, el hambre... Donde está El, está el triunfo del Amor verdadero, de la protección de un Padre de amor infinito, inmenso.
          Nada debemos temer, porque ahí donde estemos, si le llamamos, Él vendrá.
          Quizá enfermemos, quizá muramos en el intento, pero hay que pensar en todo momento que es Él quien obra y quien dirige el barco. Nosotros sólo tenemos que decirle: "Lo que tú quieras, cuando tu quieras y moriré cuando tu quieras". 

Muchos besos,
María Vallejo-Nágera


La Nochebuena es nuestro futuro

Entrevista de la revista Alba al P. Jozo

Por Jesús García

        El padre Jozo Zovko valora su reciente visita a Barcelona y habla sobre la Navidad. El padre Jozo Zovko, tras preparar la llegada de la Navidad con sus hermanos franciscanos del monasterio de Siroki Brijeg (Bosnia-Herzegovina), ha valorado para ALBA su reciente visita a Barcelona –que congregó a miles de fieles- hablando sobre el significado de estos días de Navidad.

        Como ya informó ALBA, el padre Jozo Zovko pasó cuatro días en Barcelona profundizando en la espiritualidad mariana de los grupos Reina de la Paz. Tras su visita y en plena Navidad, valoró ambas circunstancias para ALBA.

Ha visitado Barcelona después de diez años, ¿ha encontrado diferencias en esta ciudad y en esta Iglesia?

-          Barcelona es maravillosa, como un jardín de flores: armoniosa, bonita, viva. En esa ciudad del noble y santo Gaudí, la arquitectura está empapada de la Biblia, “la luz divina”. En la arquitectura, se convierte en historia bíblica, escrita con las eternas líneas de piedra, los caminos que llevan hacia “lo más bello” que es Dios. Pero se siente una gran carencia. Mirar los fantásticos templos, la ciudad empapada en arquitectura sacra, sin la presencia visible de los hábitos religiosos y sacerdotales, es increíblemente imperfecto. En cierta manera, se ve en todo un museo y no el templo vivo. ¿¡Cómo sería una ciudad sin alumbrado!? Sería oscura. ¿Cómo sería sin semáforos? El caos. Sin la presencia religiosa y sacerdotal en el pueblo, la ciudad está sin la señal sagrada.

Cuatro mil personas escucharon sus meditaciones y oración durante cuatro horas. Entre los asistentes había muchas lágrimas, ¿por qué llora el cristiano de hoy cuando le hablan abiertamente de Dios o de nuestra Madre?
 

-          Es  una gracia pronunciar entre lágrimas las palabras del hijo pródigo: “Padre, te pido que me perdones …”. Las lágrimas son el don y la señal que acompañan un sincero encuentro de dos personas después de mucho tiempo. Nuestros encuentros con Dios se  han hecho cortos en la liturgia y la oración, sin calidez. Este encuentro de cuatro horas y media ha sido el banquete del Hijo y del Padre. 

Usted lleva una profunda espiritualidad mariana por todo el mundo, ¿nos podemos creer en España aquello que decía Juan Pablo II, “España, tierra de María”?

-          Tiene que creerlo, y además, hacer algo respecto a ello. Vuestros santos, místicos, movimientos que cambiaron el mundo nos han endeudado a todos. Hoy España puede despertar a sus hijos adormecidos con una voz materna, encontrar y reunir hijos perdidos con un amor materno. Esa gracia, como una capa de agua subterránea que se ha acumulado a lo largo de la Historia , tiene que fluir como un manantial fresco, dar de beber a una nación grande y cansada. España es, por los santuarios marianos y la devoción, la más rica en la Iglesia. La Madre está llamando a su España.

 

     Nochebuena: entre un mar de regalos y fiestas, muchos cristianos no saben bien qué se celebra. ¿Qué es la Nochebuena desde el conocimiento de los mensajes de María y del Evangelio?

-          “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa” (Ap 3:20). Las voces que son más fuertes que las de los escaparates y la del hambre de consumo son las de Jesús y la Madre. La Navidad es la Madre con su Niño. ¡Ánimo a abrirse a ellos y buscarles el lugar en nuestra propia familia! Ellos traen la paz, la bendición, la luz. Son la plenitud de todo. Emmanuel: Dios con nosotros. Él tiene tiempo y se dirige al hombre. Nochebuena es reconocer a Dios en el hombre y su visita al hombre, que tanto lo necesita, que lo busca, que confía en Él. Al que le hace feliz. No ponerles obstáculos al Señor y a su Madre es la última llamada de la Reina de la Paz en el Adviento: permitir al Señor que me cambie, que me abra los ojos. La Nochebuena es nuestro futuro.

¿Cómo se celebra la Navidad en su monasterio?

-          Es una fiesta familiar, para la que toda la familia se prepara en el Adviento. Las misas con cantos al alba del día llenan las iglesias. Sacerdotes confiesan durante horas. Toda la familia, con ayuno y oración, con la lectura de la Escritura, se prepara para la venida del Señor. Nuestro monasterio es la parroquia más grande en la diócesis. Está siempre llena y exige mucho trabajo. Hemos visitado a los pobres, les hemos llevado regalos. Hemos visitado a los enfermos y ancianos y los hemos preparado con los sacramentos para esta gran fiesta.

¿Un deseo para la Navidad?

-          A todos los lectores del querido periódico ALBA, feliz y bendita Navidad, y un 2007 lleno de gracias y de paz, con los más sinceros saludos y bendiciones de vuestro fiel padre Jozo.


Benedicto XVI explica cómo María enseña a encontrar a Jesús
Homilía del Papa durante la Santa Misa en la Plaza del Santuario de Altötting

ALTÖTTING, martes, 12 septiembre 2006 (ZENIT.org).-Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este lunes al celebrar la eucaristía en la plaza del Santuario mariano de Altötting.

¡Queridos hermanos y hermanas!

En la Primera Lectura, el Salmo Responsorial y el Evangelio de hoy, tres veces y de tres formas diferentes, vemos a María, la Madre del Señor, como una mujer de oración. En los Hechos de los Apóstoles la encontramos en medio de la comunidad de los Apóstoles reunidos en la habitación superior, rezando que el Señor, ahora ascendido al Padre, realice su promesa: «Dentro de unos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo» (1, 5). María lidera la naciente Iglesia en oración; ella es, como lo fuera en persona, la Iglesia en oración. Y así, con la gran comunidad de los santos y al centro de ellos, ella permanece incluso ahora delante de Dios intercediendo por nosotros, pidiéndole a su Hijo nos envíe su Espíritu una vez más sobre la Iglesia y renueve la faz de la tierra.

Nuestra respuesta a esta lectura es cantar con María el gran himno de alabanza que ella eleva después que Isabel la llamara bienaventurada a causa de su fe. Es una oración de acción de gracias, de alegría en el Señor, de bendición por sus obras poderosas. El tenor de este himno es claro desde sus primeras palabras: «Ni alma magnifica –engrandece– al Señor». Engrandecer al Señor significa darle un lugar en el mundo, en nuestras vidas, y permitirle entrar en nuestro tiempo y en nuestra actividad: finalmente, esta es la esencia de la verdadera oración. Donde Dios es engrandecido, los hombres y mujeres no son empequeñecidos: hay demasiados hombres y mujeres que se han hecho grandes y el mundo está lleno de su luz.

En el pasaje del Evangelio, María pide a su Hijo un favor para unos amigos en necesidad. A primera vista, esto podría aparecer como una conversación enteramente humana entre una Madre y su Hijo y sería, efectivamente, un diálogo rico en humanidad. María no se dirige a Jesús como si fuera un mero hombre con cuya habilidad y utilidad ella puede contar. Ella confía una necesidad humana a su poder –a un poder que es más que capacidad y habilidad humana. En este diálogo con Jesús, la vemos realmente como una Madre que pide, una que intercede. Como escuchamos en el pasaje del Evangelio, vale la pena ir un poco más profundo, no solo para entender mejor a Jesús y María, sino también para aprender de María la manera correcta de rezar. María realmente no pide algo de Jesús: ella simplemente le dice: «Ellos no tienen vino» (Juan 2, 3). Las bodas en Tierra Santa eran celebradas durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por consiguiente, se consumía mucho vino. La pareja de novios se encontraron en problemas, y María simplemente le dijo esto a Jesús. Ella no le dice aquello que tiene que hacer. Ella no le pide nada en particular, y ciertamente no le pide realizar un milagro para hacer vino. Ella simplemente le hace saber el asunto a Jesús y lo deja decidir aquello a hacer. En las directas palabras de la Madre de Jesús, por lo tanto, podemos apreciar dos cosas: por un lado su cariñosa preocupación por la gente, ese cariño maternal que la hace estar atenta a los problemas de los otros. Vemos su cordial bondad y su voluntad de ayuda. Esta es la Madre a la que generaciones de personas han venido aquí a Altötting a visitar. A ella se confiamos nuestros cuidados, nuestras necesidades y nuestros problemas. Su maternal disposición para la ayuda, en la cual nosotros confiamos, aparece aquí por primera vez en las Sagradas Escrituras. Pero además de este primer aspecto, con el que estamos todos familiarizados, hay otro, que podríamos ver fácilmente: María deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, ella entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38). Y esta continúa siendo su actitud fundamental. Así es como ella nos enseña a rezar: no para buscar afirmar nuestra propia voluntad y nuestros propios deseos ante Dios, sino para permitirle que decida aquello que Él quiera hacer. De María nosotros aprendemos el gusto y disposición para ayudar, pero también aprendemos la humildad y generosidad para aceptar la voluntad de Dios, en la confiada convicción de que lo que sea que él diga como respuesta será lo mejor para nosotros.

Si todo esto nos ayuda a entender la actitud de María y sus palabras, todavía encontramos difícil entender la respuesta de Jesús. En primer lugar, no nos gusta la manera como él se dirige a ella: «Mujer». ¿Por qué no le dice «Madre»? Sin embargo, este título expresa realmente el lugar de María en la historia de la salvación. Señala al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre» (Cf. Juan 19, 26-27). Ello anticipa la hora cuando él hará de la mujer, su Madre, la Madre de todos los discípulos. Por otro lado, el título «mujer», recuerda el relato de la creación de Eva: Adán rodeado por la creación en toda su magnificencia, experimenta como ser humano la soledad. Así Eva es creada, y en ella Adán encuentra la compañía que buscaba; y le da el nombre de «mujer». En el Evangelio de Juan, así, María representa la nueva, la definitiva mujer, la compañía del Redentor, nuestra Madre: el nombre, que parecía muy falto de afecto, realmente expresa la grandeza de la misión de María.

Menos aún nos gusta la otra parte de la respuesta de Jesús a María en Caná: «Mujer, ¿que tengo que ver yo contigo? Aún no ha llegado mi hora» (Juan 2, 4). Nosotros queremos objetar: ¡tú tienes que hacer mucho con ella! Fue María quien te dio la carne y la sangre, quien te dio su cuerpo, y no solo su cuerpo: con su «sí» que pronunció desde las profundidades de su corazón ella te engendró en su vientre y con su amor maternal te dio la vida y te presentó a la comunidad del pueblo de Israel. Si esta es nuestra respuesta a Jesús, ya vamos por buen camino para entender la respuesta de Jesús. Porque todo esto debería hacernos recordar que en las Sagradas Escrituras encontramos un paralelismo entre el diálogo de María con el Arcángel Gabriel, en el que dice: «Hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1,38). Este paralelismo se encuentra en la Carta a los Hebreos que, con palabras traídas del Salmo 40 nos narra el diálogo entre Padre e Hijo –aquel diálogo en el que da inicio la encarnación. El eterno Hijo dice al Padre: «Tú no quieres sacrificios ni ofrecimientos, en cambio me has preparado un cuerpo… Yo vengo… para hacer, Dios, tu voluntad». El «sí» del Hijo: «Vengo para hacer tu voluntad», y el «sí» de María: «Hágase en mí según tu palabra» –este doble «sí» se convierte en un único «sí», y de esta manera el Verbo se hace carne en María. En este doble «sí» la obediencia del Hijo se hace cuerpo, María le dona el cuerpo. «¿Qué tengo yo contigo, mujer?». Aquello que en lo profundo tienen que hacer el uno con la otra, es este doble «sí», en cuya coincidencia se ha realizado la encarnación. Es en este punto de su profundísima unidad que el Señor mira con su palabra. Ahí, en este común «sí» a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. Debemos encaminarnos también nosotros hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a nuestras preguntas.

Partiendo desde ahí comprendemos también la segunda frase de la respuesta de Jesús: «Aún no ha llegado mi hora». Jesús no actúa jamás solamente por sí; jamás por gustar a los otros. Él actúa siempre partiendo del Padre, y es justamente esto que lo une a María, porque ahí, en esta unidad de voluntad con el Padre, ha querido depositar también ella su pedido. Por esto, después de la respuesta de Jesús, que parece rechazar el pedido, ella sorprendentemente puede decir a los siervos con simplicidad: «Haced lo que Él os diga». Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un acontecimiento del todo privado. Él pone en acción un signo, con el cual anuncia su hora, la hora de las bodas, de la unión entre Dios y el hombre. Él no «produce» simplemente vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las bodas divinas, a las cuales el Padre invita mediante el Hijo y en las cuales Él dona la plenitud del bien. Las bodas se convierten en imagen de la Cruz, sobre la cual Dios lleva su amor hasta el extremo, dándose a sí mismo en el Hijo en carne y sangre- en el Hijo que ha instituido el Sacramento, en el cual se dona a nosotros por todos los tiempos. Así la necesidad es resuelta en modo verdaderamente divino y la pregunta inicial largamente sobrepasada. La hora de Jesús no ha llegado aún, pero en el signo de la transformación del agua en vino, en el signo del don festivo, anticipa su hora ya en este momento.

Su «hora» definitiva será su regreso al final de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora en la Eucaristía, en la cual viene siempre ahora. Y siempre de nuevo lo hace por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en las oraciones eucarísticas: «¡Ven, Señor Jesús!» En el Canon la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la «hora», pide que venga ahora y se done a nosotros. Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de las gracias de Altötting, por la Madre de todos los fieles, hacia la «hora» de Jesús. Pidámosle el don de reconocerlo y de comprenderlo cada vez más. Y no dejemos que el recibir sea reducido solo al momento de la Comunión. Él permanece presente en la Hostia santa y nos espera continuamente. La adoración del Señor en la Eucaristía ha encontrado en Altötting en el viejo cuarto del tesoro un lugar nuevo. María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor. ¡Santa Madre de Dios, ora por nosotros, como en Cana has orado por los esposos! ¡Guíanos siempre hacia Jesús! ¡Amén!

[Traducción distribuida por Analisisdigital.com
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]


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