Prédicas - Homilías

 
 

DOMINGO V de CUARESMA AÑO A

En este episodio de la revivifación de Lázaro está prefigurada la Resurrección de Cristo, su Pascua. Y aquí se presenta el meollo de la fe. ¿Creemos en los testimonios de los Apóstoles, entre ellos el último: San Pablo, que Cristo resucitó de la muerte? Testimonio que se selló con la sangre. ¿Creemos en los Evangelistas, dos de ellos Apóstoles y tres testigos directos? Si creemos que Cristo resucitó de entre los muertos entonces creemos que Él tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, todo poder. Que es el Hijo de Dios. Que es Dios. Nuestra fe es, entonces, la fe de la Iglesia. Por tanto, también creemos en su presencia real, verdadera, única en cuanto a presencia aquí en la tierra, de Jesucristo en la Eucaristía. Presente en todas las Misas, en todos los sagrarios, en todas las custodias donde es expuesto a la adoración.

Ese poder que manifestó ante Lázaro: “¡sal fuera!”, quitándolo del seno de la muerte, devolviéndolo a la vida, lo tiene en su Presencia Eucarística (porque Eucaristía es Presencia viva y gloriosa de Nuestro Señor). Y también nos dice, en el silencio de esa Presencia que habla, “sal fuera de tu sepulcro, de tus muertes y tus oscuridades. Ven a la luz, a la verdad. Yo soy la Resurrección y la Vida”. ¿Lo crees tú?

Jesús da la vida eterna, la ofrece en cada Eucaristía y la recibimos si verdaderamente participamos de la Eucaristía, si verdaderamente la celebramos, la contemplamos, la adoramos.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,

y yo lo resucitaré el último día.

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6:54-55).

Jesús hablaba de un modo enigmático porque estaba diciendo algo tremendo: ¡comer su carne, beber su sangre! Tan tremendo que sus interlocutores se escandalizan o dicen que es un lenguaje muy duro, muy difícil de entender, y –relata el evangelista- desde ese momento muchos de sus discípulos lo abandonaron. Lo que está diciendo se develará el Jueves Santo cuando, en la Última Cena, partiendo el pan y dándolo a los discípulos dice: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”. Y al final de la Cena, ofreciendo el cáliz dice “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre.” Devela entonces el enigma de aquellas otras palabras, que resultaban incomprensibles o inaceptables, con el misterio sublime de la fe que es el don de sí mismo. El don de sí mismo en la cruz re-presentado (es decir hecho nuevamente presente, actual) sacramentalmente. Jesús anticipa en la noche del Jueves el sacrificio del Viernes. Jesús ya se da a los suyos.

Y ahora, desde su morada eucarística repite: “Ven a la luz, ven a la verdad, ven a la vida”. Y se hace luz y aparece la vida y el que está muerto por el pecado, por el mal que anida en sí o en el que ha sido atrapado, recobra nueva vida.

La Eucaristía es el don de Dios que da la vida, vida en abundancia, vida eterna.

En cada comunión sacramental, queridos hermanos, nos unimos a Cristo que es la Resurrección y la Vida.

Y en cada adoración prolongamos ese encuentro y recibimos vida en abundancia y resucitamos de nuestras muertes. De las muertes del alma que son los fracasos no superados, los dolores profundos y las angustias más hondas y persistentes, las depresiones y tristezas, las soledades infinitas, las situaciones imposibles. De todas las muertes nos resucita el Señor de la Vida, y, por supuesto, nos ha de resucitar de la muerte corporal cuando nos dé un cuerpo glorioso que ya no morirá jamás.

La adoración es también don de Dios. No es algo que nosotros hacemos sino algo que Él permite y nos lo ofrece para nuestro bien. Porque la adoración es encuentro con la Vida, con la Resurrección. Por la adoración me encuentro con Él, estoy cerca suyo, hago la experiencia indispensable de Dios vivo y cercano, de Cristo Resucitado, Señor y dador de vida.

La Adoración Perpetua es la Presencia constantemente adorada. Con la Adoración Perpetua traemos el cielo a la tierra.
Es un don para la ciudad, es un don para ti. Él te llama, debes ir.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE

 

 

DOMINGO XXXIII AÑO B

“En aquellos días” así comienza el Evangelio que se acaba de proclamar. ¿Cuáles días? Pues, como sigue diciendo el Señor “después de esa gran angustia” o sea después de la gran tribulación. La misma a la que hace alusión el libro del Profeta Daniel (1ra Lectura) cuando dice “por aquel tiempo… serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones...” para luego ofrecer la imagen del juicio final en la que los muertos despertarán, unos para la vida eterna, o sea el cielo, y otros para la ignominia perpetua, o sea el infierno.

El Señor describe una conmoción cósmica que precederá a su venida en la gloria como Juez en el juicio final.

Dice que nadie sabe ni el día ni la hora de cuándo todo esto acontecerá, pero eso no justifica decirnos “esto no me atañe puesto que no se sabe cuándo ocurrirá”. No es justificativo a desentenderse de ese tremendo anuncio porque antes dice el Señor que debemos reconocer los signos de los tiempos.

Estamos inmersos en la historia, que no es antojadiza, producto del azar sino que es la historia de la salvación. Esta historia podríamos decir que comienza con la misma creación del hombre, en el momento de la caída, cuando Dios pregunta al hombre dónde está. La respuesta del hombre a Dios parece ser un inicio, pero la culminación es lo contrario: la respuesta de Dios al hombre caído. En esa respuesta de Dios está el camino de salvación que reconoce en sí hitos fundamentales. El primero es cuando Dios elige un pueblo entre todos y esta es la historia de Israel, o sea de la elección de ese pueblo y de la preparación mediante la Ley y los profetas a la venida del Mesías. Cuando esos tiempos llegan a su plenitud aparece el Mesías, el Hijo de Dios, o sea Dios mismo que viene a salvar a toda la humanidad encarnándose, asumiendo la humanidad en la joven virgen judía: María de Nazaret.

Los últimos tiempos comienzan con la Resurrección de Jesús y su Ascensión a los cielos. Esos tiempos tienen un fin, es lo que se llama el final de los tiempos y éstos a su vez concluyen en la llamada consumación de los tiempos.

Los tiempos anteriores al nuestro son fáciles de identificar por el sencillo motivo que ya pasaron. No lo es, en cambio, saber dónde están ubicado ese final, esa consumación.

Sin embargo, como nos dice el Señor, debemos aprender de la parábola de la higuera. Es decir, hay signos que nos hacen detectar dónde estamos o cómo nos vamos aproximando a ese final.

Me atrevo a decir que, observando los signos, estamos ya en el final de los tiempos porque estamos ante dos señales profetizadas en la Sagrada Escritura que lo indican como tales, y éstas son la gran apostasía o apostasía final y la persecución de los cristianos. La apostasía es la negación de la fe y de la verdad de Jesucristo como único Salvador de los hombres. Es negarlo a Dios. Esto lo estamos viviendo hoy y en una escala mundial. Y también la persecución de cristianos. Todos los días matan a cristianos en el mundo por su fe. Son muertos por musulmanes, budistas, hinduistas, animistas, comunistas como en China y en Vietnam (encarcelados y desaparecidos). Y perseguidos en todas partes como aquí en Occidente, en este Occidente que fuera una vez cristiano, en esta sociedad que nació bajo el signo de Cristo, lo que se denominó la cristiandad de Occidente. Hoy este Occidente es apóstata. Es aquí, por ejemplo en Europa, y también ahora en los EEUU, donde se quita el crucifijo de todas partes, donde se penaliza a quien quiera manifestar pacífica y públicamente su fe en Cristo Jesús. Y esta persecución va a más.

Este es nuestro Occidente donde las naciones legislan en contra de la Ley divina. Donde lo primero que se corrompe, cuando decae la moral, es el lenguaje y se habla de “muerte digna”, de “interrupción del embarazo”, de “libre elección”, de “matrimonio” a sus contrarios. Pero, el Señor dice: “mis palabras no pasarán”. La Ley de Dios no es mutable, no se adapta al mundo sino que es eterna. Y Dios dice: “No matarás”. Y Dios dice: “el hombre se unirá a la mujer y los dos serán una sola carne”.

Signos de estos tiempos, finales, son las calamidades morales que vienen de la gran apostasía, y signos son también las otras calamidades, las naturales, consecuencia del pecado del hombre.

Por un misterio de solidaridad el pecado del hombre afecta a la naturaleza. Toda la creación manifiesta el mal en sí misma y toda la creación, como dice san Pablo en la carta a los Romanos, está expectante para ser liberada de la servidumbre de la corrupción, toda ella ahora gime y sufre dolores de parto (Cf. Rm 8:19-22).

Se pregunta el Profeta Jeremías “¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y la hierba de todo el campo estará seca? Por la maldad de los que moran en ella han desaparecido bestias y aves, porque han dicho “No ve Dios nuestros caminos””. Es decir el hombre ignora a Dios, cree que Dios no ve la maldad que hace y Dios envía signos antes de castigar, y el mismo castigo es porque no quiere que nadie se pierda sino que todos se salven. Pero, entre la voluntad de Dios, que es la de salvación de todos los hombres, entre su misma obra de salvación obrada en su Hijo, perpetuada a través de la Iglesia, se interpone la voluntad del hombre, de cada uno.

Cristo, como también escuchamos en la Carta a los Hebreos, se ofreció por los pecados una vez para siempre. Un solo sacrificio, el del Gólgota, para siempre.

Y aquí llegamos al meollo de todo lo dicho hasta ahora. Hemos hablado de apostasía, esa apostasía se manifiesta particularmente en la pérdida de fe en la Eucaristía que, a su vez, se pone en evidencia en el trato que se le da. Nuestra fe católica es eucarística, porque la Eucaristía es el signo de la presencia del Señor Jesucristo entre nosotros.

Hemos hablado de los signos que anteceden a la venida del Señor en la gloria, esa venida se la conoce como Parusía y Parusía significa presencia.

Pues, la Eucaristía es el gran signo de salvación: es el signo de la Presencia del Señor, que está con nosotros como está en el Cielo. Sólo que su gloria ahora está velada a los sentidos y se descubre sólo a la fe. Nosotros, por fe, sabemos que la Eucaristía es Jesucristo. La Eucaristía que celebramos en el altar como sacrificio es eso: el único sacrificio de Jesucristo, que no se repite, sino que se perpetúa haciéndose actual cada vez.

Quien ha de venir es quien ya vino, en la Encarnación, y quien está con nosotros todos los días, hasta la consumación de los tiempos, en la Eucaristía. Viene en cada Misa, permanece en cada sagrario y en cada custodia, hasta que se manifieste tal cual es en su última venida en gloria. La Eucaristía es a la vez memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor (es decir de la plenitud de los tiempos y de los últimos tiempos), es la Presencia velada en el signo sacramental pero viva y gloriosa actual y es la que anticipa y prepara la otra Presencia, la última que será en gloria: la Parusía.

La Presencia Eucarística, evidente a nuestra fe, exige de nosotros adoración.

El culto eucarístico es siempre de adoración. La Misa implica adoración y para el fiel el momento culminante es el de la comunión sacramental.

Para la fe, la Eucaristía es un misterio de intimidad. Es la intimidad de cada encuentro en la comunión cuando yo estoy en Él y Él en mí. Este encuentro, queridos amigos, es posible prolongarlo y esto podemos hacerlo fuera de la Misa, cuando exponemos el Santísimo en adoración.

Cuando el Santísimo, que es Jesucristo, Dios y hombre verdadero, está expuesto y nosotros lo adoramos, también nosotros estamos expuestos a su Presencia. Dos presencias que se encuentran por el camino de la fe y del amor.

En la adoración eucarística nos encontramos y profundizamos la intimidad con Dios y ahondamos en el misterio de la Presencia que celebramos. De ese modo, adorando, anticipamos el cielo nuevo y la tierra nueva prometidos y nos preparamos para en el juicio ser acogidos por nuestro Amigo.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


Todos los difuntos

La muerte no tiene la última palabra porque Jesucristo la ha vencido en la cruz. El cuerpo, al final de nuestra existencia en la tierra, muere pero el alma pervive en espera del Juicio y la resurrección del cuerpo para volver a la unidad con que el hombre ha sido creado.

Luego de la muerte física, nos enseña la Iglesia, hay un juicio particular. Para el cristiano la muerte lo abre a la vida, a la vida sin término. Al atravesar el umbral de la muerte se encuentra, como todo hombre, frente a Jesucristo, y ése será el encuentro definitivo. Encuentro definitivo tejido de todos los encuentros que tuvo en su vida con Él. Encuentros en la Palabra; encuentros en los más indigentes, abandonados, sufrientes y necesitados; encuentros en cada Eucaristía, en cada adoración.

Quien elige rechazar a Cristo será eternamente atormentado por haber rechazado su salvación en la persona del único Salvador de los hombres. Jesucristo no rechaza a nadie que se acerque a Él, que busque su misericordia. Quien lo acoge conocerá la dicha inenarrable, el amor eterno.

Es verdad de fe, poco recordada últimamente, que existe un Cielo, un Purgatorio y un Infierno.

Desde hace ya varios años se viene propagando un muy grave error que aceptado como verdad puede resultar trágicamente fatal. Es el de dar por hecho que una persona muerta va al Cielo. ¡Cuántas veces oímos decir, y hasta en exequias, “nuestro hermano que está ya en el cielo”! ¿Cómo puede ser que una misa de difuntos se convierta en una misa de canonización? Pero, ¿qué sabes tú dónde esa persona está? Es decir, cuál ha sido el estado de esa alma al morir, cuál el juicio de Dios. Las misas se celebran en sufragio del alma del difunto, para que si está aún purgando su pasado, por el valor de la santa Misa el Señor le conceda prontamente llegar a la plena bienaventuranza. Sí, porque todas las imperfecciones deben ser purificadas, todas la penas que aún queden pendientes deben ser cumplidas.

Estos son los días en que los cementerios se ven repletos de personas que llevando flores a sus familiares y amigos difuntos van a visitar sus tumbas. Está muy bien y eso se debe hacer: dar una digna sepultura a los muertos, recordar a los difuntos. Pero, sin excluir las flores, lo más importante es rezar y ofrecer Misas por ellos. Rezar para que pasen de la muerte a la vida.

Los romanos, los judíos, y demás pueblos de la antigüedad, enterraban a sus muertos fuera de la ciudad. Lo hacían porque, en el caso de los judíos, el contacto con los muertos era motivo de impureza, o bien porque se temían contagios, infecciones.

Los cristianos, en cambio, enterraban a sus muertos en lugares próximos a donde ellos vivían. En las catacumbas, donde estaban los túmulos celebraban también el culto. Luego, enterraron en las iglesias y en los llamados campos santos, adyacentes a las iglesias. En muchos lugares se ven aún esos campos santos pegados a las iglesias.

Llamaban a esos lugares cementerios. La palabra “cementerio” viene del latín coementerium y ésta, a su vez, del griego koimenterion , que significa lugar del reposo o dormitorio. La palabra que, en cambio, tenían los romanos para los cementerios era necrópolis. Es decir la ciudad o el lugar de los muertos. En esta diferencia de términos se pone de manifiesto la fe y la esperanza cristiana de la resurrección, porque Cristo resucitó y todos han de resucitar con Él. “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6:8).

Todos sabemos, porque lo hemos visto, que en los cementerios nunca faltan los cipreses. El ciprés se alza verticalmente hacia el cielo y por su verdor permanente y por su longevidad se lo llama “el árbol de la vida”.

En Santo Toribio de Liébana se conserva el verum lignum crucis o sea un trozo del verdadero madero de la cruz. Según estudios que se hicieron, se trata de madera de ciprés de la Palestina, de 2000 años de antigüedad. Resulta curioso o providencial este paralelismo entre el ciprés, conocido como árbol de la vida y la cruz del Señor verdadero árbol de la vida. Es por ella que nos viene la vida eterna, que la puerta del lugar de los muertos fue abierta por el Señor. Y abierta para siempre porque en la cruz murió la muerte.

El Señor Obispo de este lugar aludiendo a la Adoración perpetua, dijo que con ella se planta el árbol de la vida en medio de la ciudad.

Reproduzco sus palabras: “El árbol de la vida, que el pecado de nuestros primeros padres nos arrebató, nos ha sido devuelto en el Hijo de Dios. Él nos redimió haciéndose hombre, muriendo y resucitando por nosotros. Ahora continúa esta obra de redención de los corazones quedándose con nosotros todos los días hasta el fin del mundo en el Sacramento de la Eucaristía. Inaugurar la Adoración perpetua es plantar el árbol de la vida en medio de nuestra Diócesis, posibilitar la comunión con Dios, acceder y ayudar a muchos a que accedan al paraíso en la tierra. La amistad con Cristo, realmente presente en este Sacramento, fuente de todo consuelo y de toda bendición, une el cielo con la tierra y nos hace participar ya de la vida eterna.

Este es el mejor modo de comenzar el Año de la fe y de llamar la atención sobre el motor más íntimo y verdadero de la nueva evangelización que es la oración.”

En esa capilla como en todas las capillas de Adoración perpetua del mundo, acuden creyentes pero también quienes se dicen agnósticos. Todos son llamados por el Señor. Allí quien ha errado el camino en la vida encuentra a Jesucristo que es el Camino. Allí descubren las personas la verdad sobre ellas mismas y sobre Dios Creador y Salvador. Allí se encuentran con quien es la Resurrección y la Vida. Encuentran la vida, abundante, eterna. Allí se accede a la fuente del amor, se adquiere o se fortalece la fe, se ahonda en el misterio de intimidad con Dios, se avanza en el camino de la conversión del corazón, se encuentra la paz y la alegría que sólo Él puede darnos. Allí, en el silencio adorante, en el estupor del encuentro ante Aquel que es el Amor, infinito y eterno, no sólo se contempla sino que se celebra la victoria de Cristo, glorioso y presente, sobre la muerte, se celebra la vida.

Justo Antonio Lofeudo MSE


DOMINGO XXX AÑO B

¡Qué simpática la figura de este Bartimeo! Él no se amilana, no se rinde. Quieren hacerlo callar porque molesta y él sigue. Lo impulsa la fe. No hay dudas. Porque veamos qué clama: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”.

Bartimeo pide insistentemente. Su pedido es machacón, perseverante. Y en ese pedido hay toda una declaración de fe. Él está confesando que Jesús de Nazaret, quien está pasando y él no puede ver, es el Mesías esperado. Hijo de David, es el título del Mesías. Pidiendo piedad del Mesías está reconociendo que Jesús tiene poder, un poder divino, que es el único poder capaz de devolverle la vista. Porque nada hay imposible para Dios y su Mesías. El suyo es todo un acto de fe.

Bartimeo gritaba sin imaginar que con los siglos esa oración de petición se convertiría en parte importante de la mística de la Iglesia de Oriente. Paradojalmente, es la llamada oración del corazón que se hace para alcanzar la paz interior en el silencio y la quietud, en unión mística con Dios. Parece que esa oración, en el silencio del corazón y siguiendo los ritmos de la respiración, a partir del siglo IV era practicada, en la soledad, por los Padres del Desierto. Es lo que se llama hesicasmo. Lo siguen haciendo algunos monjes del Monte Athos y ha sido esto recopilado en la Filocalia. Quienes hayan leído “Relatos de un peregrino ruso” encontrarán también allí esta oración inspirada en este Evangelio. Dice, con ligeras variantes, lo mismo: “Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Pues sí, esa es la oración insistente, perseverante, como nos enseña el Señor en las famosas parábolas de la viuda que clama justicia del juez inicuo y del amigo inoportuno que pide pan en medio de la noche. Esa es la oración de Bartimeo.

Cuando Bartimeo escucha que Jesús lo llama da un salto. Como diríamos, no lo piensa dos veces y acude de inmediato. Y, nos hace notar el evangelista san Marcos que hace algo más: arroja el manto. ¡El manto! ¿Sabéis qué significa el manto para un mendigo y encima mendigo ciego? Todo. Su abrigo, su casa. Es decir que con el manto está arrojando su seguridad, que se despoja de su protección porque ya nada importa. Nada humano. Aquel salto es el de la fe, que lo hace poner de pie, que lo hace dejar el borde del camino, la marginalidad, para encontrarse con el Señor. Ese es el gran acontecimiento, dejar la marginalidad en la que estaba sumido, al borde del camino que es símbolo de la vida, para encontrarse con el Salvador. Ese es el cristiano, aquel que se encuentra con Jesús. Parecería que es Bartimeo el primero en llamar y a gritos, suplicando compasión, pero es siempre el Señor quien llama. Bartimeo, en todo caso, responde con su fe. No una fe ciega sino luminosa, de un ciego que por su fe, que no se rinde ante las adversidades, dejará de ser ciego. El ciego de Jericó nos ofrece un modelo de oración y nos da una enseñanza. El creyó y porque creyó vio. “Creer para ver”, y no lo contrario, tan manido, de “ver para creer”.

“¿Qué quieres que haga por ti?” “Rabbuni, que vea de nuevo”. También a nosotros nos pregunta el Señor. Quiero también yo, queremos nosotros ver, Señor. Porque somos ciegos a tus signos, a tu Presencia en la Palabra y en la Eucaristía. Cuando estamos lejos de ti, estamos como Bartimeo, ciegos y al borde del camino, al margen de la vida verdadera. Ven, Señor, a dar color a nuestras vidas que se han vuelto grises por la falta de fe. Queremos, como Bartimeo, ver para contemplarte, por eso te pedimos que nuestra fe sea firme y no se rinda ante las contrariedades. Que podamos ver con la fe que te contempla en adoración porque tiene la certeza de la verdad de tu Presencia en la Eucaristía. Necesitamos que nuestra fe sea ante todo fe eucarística. Será desde la adoración que nuestros ojos se vuelvan luminosos, que cobremos nueva sensibilidad ante las cosas de Dios y podamos discernir las del mundo. Por nuestros momentos de intimidad contigo, Señor, podremos también, como Bartimeo, saber despojarnos de nuestras seguridades y seguirte.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


DOMINGO XXIX AÑO B

Nosotros, como canta el salmista, tenemos puesta nuestra confianza en el Señor porque sabemos que es misericordioso. Esa es nuestra fe y por eso nos acercamos con seguridad a Dios, para alcanzar misericordia y encontrar la gracia que nos auxilie cuando la necesitamos (2da lectura Hebreos).

Creemos en Jesucristo. Creemos que por su Pasión y Muerte recibimos justificación, perdón por nuestras miserias.

Jesús de Nazaret es el Mesías profetizado por Isaías (1ra lectura), el Siervo Sufriente de Yahvé que cargó sobre sí nuestros crímenes. Él es el Salvador, el único Salvador. Es quien bebió el cáliz de dolor, de su Pasión hasta las heces.

¡Qué lejos estaban aquellos hijos de Zebedeo de comprender la misión de Jesucristo! De entender en qué consistía la salvación y quién en verdad era aquel Jesús, aquel Maestro. ¡Quién podía imaginar al Dios encarnado que venía a morir para salvar a los hombres! Sin embargo, llegaría el momento en que lo comprenderían y dieran ellos también la vida. Santiago fue el primer Apóstol en recibir el martirio. El mismo Santiago patrono de España. El último fue Juan, su hermano.

El Hijo del hombre, el Mesías, Jesucristo, no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por todos. Por todos los que lo acepten como su Salvador.

Y para que nadie se confunda, para que se entienda el sacrificio que estaba a punto de ir al encuentro, muestra en la Última Cena, en el gesto del lavado de pies a los Apóstoles, que vino a servir. Lo hace en esa misma Cena en la que se da sacramentalmente en los signos del pan y del vino. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo… tomad y bebed este es el cáliz de mi sangre”. Lo hizo en la primer Misa de la historia cuando también consagró los primeros sacerdotes de la Nueva y Eterna Alianza. “Haced esto en memoria mía”, fue su mandato, el de perpetuar el sacrificio y con él su presencia y el banquete sacro de comunión.

Fue en esa ocasión que se arrodilló ante los suyos, que es como decir ante nosotros. Él, el Señor de Señores, el Rey de Reyes. Nosotros, ante Él, nos arrodillamos ahora. Lo hacemos ante esa presencia eucarística porque es todo Él, en su humanidad y en su divinidad que permanece con nosotros hasta el fin del mundo. Y así lo honramos, le damos gracias por todo lo que hizo por nosotros, por su amor, respondiendo con nuestro amor. Lo hacemos para imitarlo, seguirlo y recibir sus gracias para poder servir y amar a los demás.

La misma adoración perpetua es una escuela de servicio en la que se aprende a servir al Señor sirviendo luego al otro. Oportunas son las palabras de la Beata Madre Teresa de Calcuta: “Nosotras las Misioneras de la Caridad pasamos primero nuestra Hora Santa en adoración ante Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento para luego tenerla frente al Cristo en el pobre”.

De capillas de adoración perpetua han nacido grandes servicios y ahora mismo tengo in mente la del Hospital de Reggio Emilia, donde los adoradores ante la penuria de las personas sin techo que pasaban la noche sin tener donde ir y sin abrigo establecieron casas para hospedarlos.

Que, también nosotros, adorando al Señor aprendamos a servir como sirvió Él.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


DOMINGO XXVIII AÑO B

“¿Qué haré para heredar la vida eterna?”, pregunta el hombre rico a Jesús. Detrás de esa pregunta vislumbramos un deseo de perfección, de mayor santidad, puesto que al señalarle el Señor los mandamientos como la vía a la santidad, dice que todo eso lo cumple desde muy joven.

“Dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme ”, es cuanto agrega Jesús. Le está diciendo: “aligérate de tu yo, de tus posesiones, de tus seguridades terrenas. Transfiere tus riquezas terrenas al cielo dejando todo a los que nada tienen. Despójate de ti mismo y entonces sígueme”.

Las seguridades terrenas a las que nos aferramos vienen de nuestros miedos. Los miedos al futuro hace que se ponga la confianza en el dinero, en las cosas, en los otros y no en Dios. ¿Dónde tienes tú puesta tu confianza? No se puede tener dos amos, o Dios o el Dinero, nos dice el mismo Señor (Cf. Mt 6:24).

Ahora, que asistimos al colapso económico-financiero, que los valores materiales se volatizan y que muchas personas pierden ya no sólo sus ahorros sino su trabajo, se pone en evidencia sobre qué fundamentos está nuestra vida. Si ha sido puesta sobre los valores materiales, perdiéndolos se pierde todo y cunde la desesperación. Si, en cambio, estamos sostenidos por la fe en Dios, que se manifiesta en confianza en su providencia y en su misericordia, la paz del corazón no se verá afectada por las condiciones adversas.

Ésta, como todas las crisis, debe servir para revisar dónde tenemos puesta nuestras seguridades, nuestra confianza. Muchos no ven el momento de salir de la crisis, sin darse cuenta de dónde proviene la verdadera crisis. La crisis madre de las demás crisis es la de la fe y con ella también la de los valores morales.

Sabemos, por otra parte, que Dios es el único capaz de revertir el mal en bien y que- como dice el Señor en el Evangelio de hoy- no hay imposibles para Dios. Por ello, quien en la tribulación dirige su mirada a Dios y le suplica con corazón sincero será rescatado del abismo. La respuesta, ayer y hoy, a toda crisis, existencial primero y social después, es Jesucristo. Es seguirlo a Él.

Seguir a Jesús supone haberlo antes encontrado, creer en Él como único Salvador y Señor. Supone depositar toda la confianza en su persona. Seguirlo, también supone saber dónde está.

Y, ¿dónde lo encuentro yo para seguirlo?¿Dónde tengo vida eterna? La respuesta la encontramos en Cafarnaún, en la sinagoga (cap.6 del Evangelio de san Juan). Allí está el Señor disputando con los judíos, entre los que también están sus discípulos. A quienes le piden signos alegando que Moisés les dio el maná, responde el Señor afirmando que es Él el Pan bajado del Cielo, que es el Pan de Vida. Y para significar de qué vida se trata, no de esta terrena y pasajera sino de la que trasciende, dice después: “Todo el que vea al Hijo y crea en él (es voluntad del Padre que) tenga vida eterna y yo lo resucite el último día” . La condición para tener la vida eterna es creer en Jesucristo como único Salvador y Señor. Y para que no quepa duda alguna continúa: “ El que cree ( que yo soy el Pan de Vida , el Pan bajado del Cielo) tiene vida eterna ”. Pero, no se detiene ahí sino que, claramente, agrega: “ Si uno come de este pan vivirá para siempre , y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo”. Les está diciendo que Él se dará a sí mismo para que ellos y todos tengamos vida eterna.

A este punto el discurso se vuelve cada vez más contundente y, para aquellos interlocutores, duro. “ El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.

Fijémonos en dos cosas: Primero que no habla en tono alegórico sino que dice comer su carne –esto escandaliza a muchos discípulos que, a partir de ese momento, lo abandonan - y segundo que utiliza el tiempo presente. El que come su carne y bebe su sangre, tiene “ahora” la vida eterna. No es una promesa al futuro sino que quien come su carne tiene ya la vida eterna. Esto unido a la fe en su persona. En modo análogo agrega: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”.

¿Qué podemos decir de todo esto? Que nos habla de la fe en el único Salvador, que dará su vida para que el mundo se salve. Se salva quien cree en Jesucristo. Y que la vida eterna viene de ese “comer su carne” que, evidentemente, es entrar en comunión eucarística con el Señor.

La vida eterna viene de la Eucaristía porque la Eucaristía es la presencia viva, real, única de Jesucristo entre nosotros. Y esa vida eterna se da aquí, ya, en la tierra tras los velos eucarísticos que nuestra fe de-vela, des-cubre. El Señor está tan real y vivo y glorioso como en el Cielo donde, por tener la vida eterna, lo veremos tal cual es, en su gloria.

Esta presencia eucarística nos permite encontrarnos con Él y permanecer en su presencia y en su amor. Y cuando nos encontramos con Él, que es Dios, lo adoramos.

Su presencia eucarística exige de nosotros adoración. La adoración es más que un deber, es una necesidad existencial, es un reconocimiento también de seguimiento, de fe rotunda en su palabra, de confianza en su prometida providencia.

La adoración perpetua que proponemos nos permitirá ahondar el misterio del amor de Dios que, por el sacrificio de su humanidad, nos da la vida eterna en cada comunión sacramental.

Por la adoración perpetua podremos encontrarnos en cualquier momento con Aquel que es la Resurrección y la Vida , con Aquel que nos ama de amor eterno y dar consecuente respuesta de adoración a su amor por medio de nuestra de fe y de nuestro amor a su presencia permanente entre nosotros.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


Domingo XXVII Año B

El vínculo que une al hombre y la mujer es superior a cualquier otro vínculo humano, incluso a aquel con los padres, que en los mandamientos viene inmediatamente después del mandamiento de las relaciones con Dios.

Es íntimo y profundo, en el cuerpo y en el espíritu, como para formar un solo ser.

La indisolubilidad del matrimonio es dar al amor la ocasión de mostrar ser más grande y duradero. De ver que hay un amor que no se muere, que supera las dificultades, que tiene la fuerza de Dios. En esto hay un misterio de comunión.

Y aquí también encontramos una analogía de algo aún más profundo. El amor esponsal, nupcial es figura de otro: el de Cristo con su Iglesia. Lo dice san Pablo en la carta a los efesios (Cf. Ef 5:31) al citar el mismo pasaje que cita el Señor en el Evangelio de hoy (Gn 2:24: “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”. Dice entonces el Apóstol: “Grande es este misterio, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia ”.

Es Cristo íntimamente unido a nosotros. Nosotros debemos estar unidos a Él. El Señor quiere esa intimidad, esa unión y eso es lo que viene de la contemplación, de la adoración. De ese estarse ahí con Él; de estar expuestos a Él y Él a nosotros, en su Presencia Eucarística. Esto es adoración.

La adoración no es un lujo, es una prioridad (Benedicto XVI). No es un optional. Es un deber y más que eso, una necesidad.

La adoración perpetua es por eso un don. No es algo que viene de nosotros, de nosotros es la respuesta, viene de Dios. Es el don de poder adorar al Señor día y noche. Es poder tener una iglesia, una capilla, abierta día y noche, a toda hora, todos los días.

Todas las horas y todos los días están disponibles, por eso es fácil encontrar una hora a la semana para estar con el Señor y entrar en intimidad con Él y profundizar esa intimidad. En unión estrecha con nuestro Creador y Salvador.

La adoración perpetua nos permite mejor descubrir la belleza y la riqueza de esos encuentros. Y, al mismo tiempo, recibir continuamente gracias, bendiciones, protección así como paz, amor, respuestas y luz ante tanta oscuridad. Y esto en cualquier momento y siempre.

Nos permite construir una cadena que no se rompe, de alabanzas, adoración, al mismo tiempo que interceder, reparar y dar gracias a Dios. No somos agradecidos, no sabemos responder la gratuidad del amor de Dios con nuestra gratitud. Que debe ser constante.

Nos permite, como diría san Gregorio Nacianceno, elevar himnos de silencio. Porque la adoración perpetua es en silencio. Vivimos en medio del ruido y necesitamos ser restaurados en el silencio. Pero, no en cualquier silencio sino en el silencio pleno de la presencia del Señor. De esa Presencia que le habla a nuestro silencio. De ese silencio que supera el ruido interior para volverse escucha de la Palabra.

Por la adoración perpetua somos transformados y nos volvemos en instrumentos de transformación. Aprendemos a ser Iglesia, o sea a ser verdaderamente una comunidad eucarística. La Eucaristía hace a la Iglesia porque es la Presencia viva y operante de Jesucristo en medio de nosotros. Y aprendemos que para ser Iglesia cada uno tiene que dar lo suyo. Aquí damos muy poco, pero con ese poco –que es una hora a la semana- podemos hacer el todo, que es adorar a Dios sin interrupción y de este modo traer el cielo a la tierra, entrar en perfecta comunión con la Iglesia Celestial.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


DOMINGO XXIII T.O. AÑO B
"Quién adora la Eucaristía adora a Aquél que es la Palabra"

El gesto de Jesús y su misma palabra Efetá, es repetido por la Iglesia en el rito bautismal. Mientras el sacerdote celebrante toca la boca y el oído del bautizando dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda pronto escuchar su palabra y profesar tu fe para alabanza y gloria de Dios Padre”. La fe se alimenta de la escucha de la Palabra y se transmite proclamándola.

En el episodio evangélico, el que no podía ni oír ni hablar luego del encuentro con el Señor oye y habla. Oye la voz del Señor y proclama sus maravillas, lo alaba, le da gracias. Desde el momento que el hombre empieza a vivir en Dios lo alaba, proclama su amor y misericordia, le da gracias, lo bendice y pide su bendición.

La Escritura cuando habla de los ídolos y de los que creen en ellos y no en el Dios verdadero, dice que esos son como aquellos a quienes adoran: tienen oídos y no oyen, tienen boca y no hablan. Son sordos y mudos a la verdad de la fe. Parecen vivos pero en realidad están sin vida, están muertos a la gracia.

La fe viene de la escucha atenta de la Palabra y de su anuncio y proclamación. El paso de la incredulidad a la fe es siempre una sanación a nuestro mutismo y sordera.

En la celebración de la Misa la Palabra conduce al sacramento eucarístico. Palabra y Eucaristía están íntimamente unidas. Así como la Palabra lleva a la Eucaristía , la Eucaristía también lleva a la Palabra.

El que adora la Eucaristía está adorando a Aquél que es la Palabra. Y Aquél que es la Palabra le habla con su Presencia a su silencio. Porque la Palabra es siempre elocuente y eficaz, aún cuando parezca silenciosa; nunca muda. Es en el silencio que se desarrolla el diálogo inefable del corazón.

Ese encuentro de adoración sostiene la vida del creyente, la enriquece y lo hace testigo de la Palabra hecha carne en Jesucristo, en la Eucaristía.

La fe se manifiesta particularmente en la adoración. Chesterton decía que el hombre es más grande de rodillas ante Dios, cuando lo adora. Cuando el hombre se celebra a sí mismo, cuando la humanidad ignora a Dios y deja de adorarlo pierde su humanidad porque en su naturaleza está la adoración a Dios, que es su Creador y Salvador. Por eso, la adoración es camino de restauración y de sanación de la humanidad. Por eso, donde hay adoración hay transformación y por eso cuando se instaura la adoración eucarística perpetua hay un antes y un después.

La adoración perpetua es adorar al Señor en la Eucaristía, sin cesar. Es darle el mayor tributo que podemos darle como culto, junto a la Misa. Es traer el cielo a la tierra porque en el cielo se adora incesantemente a Dios. “Así en la tierra como en el Cielo”, y esto es cumplir con la voluntad del Padre, es cumplir con el primer mandamiento de todos y recibir de él, de la adoración, la fuerza para poder ir al encuentro del otro en el amor, para amar al prójimo, para hacer del que está lejos un prójimo, un próximo. Para acercarse a todo el que lo necesita. Por eso, la adoración perpetua está abierta a todos y el que adora no sólo se beneficia a sí mismo en cada encuentro íntimo con el Señor sino que ayuda a que otros se acerquen, sobre todo aquellos que estaban lejos de Dios.

La capilla de adoración perpetua es el signo de los brazos siempre abiertos de Cristo para acoger a todos en su misericordia. Así son las puertas de la capilla donde se adora día y noche. Abiertas a todos, sin exclusión de ninguno, excepto del que se quiera excluir.

La capilla donde se adora incesantemente al Señor es el lugar del encuentro, es oasis de paz, es el ámbito de salvación y de sanación, es la puerta que se abre al cielo y que permanece siempre abierta. Es también escuela de silencio y por tanto de escucha, escuela de crecimiento. Donde recuperamos la escucha y donde sacamos las fuerzas para anunciar a Cristo en el mundo.

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


Predicación y Meditaciones ante el Santísimo
Vigilia de adoración ante universitarios en Bolonia-1º de noviembre de 2011

Algunos se preguntan ¿por qué adorar? ¿Tiene Dios necesidad de ser adorado? En estas preguntas ciertamente impregnadas de racionalismo podría también ocultarse un germen de rebelión contra Dios. Sería como decir ¿Por qué deberé yo adorar? Que se traduce como “no tengo necesidad de adorar”. Negarle a Dios el debido culto de adoración es renegar de Él. Quien así piensa se erige él mismo en el lugar de Dios, y se equivoca porque sólo quien abre el corazón es capaz de comprender que para ser grande hay que hacerse pequeño ante Dios. Pequeño como un niño, pequeño porque la puerta del Cielo es estrecha y en el Cielo sólo podrán entrar los pequeños.

Para tener la respuesta auténtica, llena de verdad. hay que partir del creyente. Creyente es quien cree no sólo que Dios existe sino que cree en Dios, en su Palabra, en la plenitud de su revelación dada al hombre por medio de Jesucristo. Cree que Dios se manifestó verdaderamente en Cristo.

Cristo es la Palabra . “Una palabra pronunció el Padre y fue su Hijo, y esta Palabra habla siempre en eterno silencio que debe ser escuchada por el alma” (S. Juan de la Cruz ).

Si quisiéramos buscar razones para adorar a Dios, ante todo diremos que Dios es Dios y yo no. Dios es el Creador y yo su creatura. Él es mi Salvador y yo el objeto de su misericordia. Él es todo y yo nada. Dios se reveló como Padre y yo soy su hijo, en el Hijo. Por todo esto yo lo adoro. Y también porque Él me ama y me ha mostrado su amor sin límites en el Hijo. Y a este amor respondo con adoración en el amor.

Porque, sí, la adoración es mi respuesta inmediata, espontánea, natural a Dios porque es Dios. Es también la respuesta de amor. Y cuando adoro descubro que a amar se aprende adorando al Único Dios verdadero.

Dios, en su éxtasis salió de Sí mismo para mostrarse en el Hijo. Para mostrarnos su perfecta imagen en Jesucristo de Nazaret. Su Palabra, que por amor vino a nosotros los hombres para salvarnos y enseñarnos qué significa amar, qué es amar hasta el extremo.

Yo me arrodillo ante Él, que fue el primero en arrodillarse ante nosotros para lavarnos los pies sucios por el camino de la vida.

Jesús, el Hijo, nos ha enseñado a amar y a adorar. Él pasaba noches enteras en adoración y en oración al Padre. Y ahora, nosotros te adoramos Jesús, en tu presencia eucarística, porque Tú eres Dios, Tú eres el Camino, el único Camino al Padre, a la Verdad (Tú eres la misma Verdad) y a la Vida (Tú eres la Vida ). Tú eres también la Puerta de acceso a la Santísima Trinidad , porque en ti, Dios, no hay divisiones.. Eres ¡Uno!

¿Tienes necesidad de ser adorado? Ciertamente no, como Dios que eres no tienes necesidad de nada. En cambio, es nuestro dulcísimo deber adorarte. Tú, Señor, tienes el derecho de ser amado y adorado. Nuestra respuesta a tu Divina Majestad es la adoración a tu Persona.

A la pregunta que te habían hecho los fariseos acerca del pago del tributo, Tú, Señor, le habías respondido con otra pregunta. “¿De quién es esta imagen?” Ellos habían respondido “De César”. Y Tú les dijiste “Dadle entonces a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”.

Ahora, Tú nos pides que miremos, en el espejo de la verdad, cuál es la imagen que tenemos en nosotros.

Dios creó el hombre a su imagen y semejanza , así nos lo revela el primer libro de la Biblia , el Génesis.

¿Tenemos tu imagen en nosotros? Querido hermano, querida hermana, ¿cuál imagen tienes en ti?

¿Hemos conservado la imagen que se nos dio en el bautismo? O bien la hemos deformado, oscurecido y quizás cancelado? Queremos Señor restablecer esa imagen en nosotros. Queremos que sea restaurada, descubrirla, redescubrirla porque estaba cubierta de tantas manchas. Sólo Tú puedes hacerla resplandecer, puedes hacer resplandecer en nosotros tu luz, tu imagen; puedes hacer reaparecer la inocencia con la gracia de tu perdón y así podremos rendirte el tributo, absolutamente tuyo, el honor de la adoración.

“Dadle a Dios lo que pertenece a Dios”. ¡A Ti la alabanza, el honor, la gloria, la adoración!

Tú, Señor, elegiste permanecer en nosotros, y con nosotros, en la Eucaristía. Hasta el fin del mundo.

Tú estás presente en todo el creado, estás presente más allá de este mundo, más allá de todo lugar, tiempo, cosa. Tú estás presente en todo y más allá de todo, por inmensidad ; pero estás en modo particular donde Tú mismo elegiste estar presente y permanecer siempre con nosotros: en la Eucaristía.

Este pan consagrado no es pan sino signo de tu Presencia concreta y localizable entre nosotros. Es justamente aquí, delante de esta Santa Hostia, que concretamente te adoramos. Te adoramos y te decimos: ¡Señor, Tú estás aquí! Este es nuestro primer acto de fe: creer que Tú, Dios, estás verdaderamente, singularmente, realmente aquí.

Señor Dios, Señor Jesús, te amamos, te adoramos y esperamos en Ti. Tenemos la esperanza que un día te veremos como Tú realmente eres, contemplaremos tu Rostro y nos saciaremos de tu Presencia.

“Te he llamado por nombre, tú me perteneces ”, así habla Dios por boca de su profeta Isaías. Tú nos has creado personalmente no anónimamente, nos has llamado por nombre. No somos hijos del azar, de la casualidad, de las fuerzas ciegas sino del misterio de tu amor. Te pertenecemos y llevamos en nosotros la impronta del día en que nos volvimos tus hijos en Tu Hijo, el día de nuestro bautismo.

Te adoramos en esta presencia tuya, porque Tú estás aquí, en el Santísimo Sacramento. Oculto a nuestros ojos, tras los velos eucarísticos, pero develado a nuestra fe. ¡Tú estás aquí! Tú eres la Eucaristía.

La Eucaristía es el signo visible, eficaz, de tu Presencia entre nosotros. Tú lo dijiste: “Esto es mi Cuerpo”, y Tú eres la Palabra que crea. Tu Palabra es eficaz y hace aquello que dice. También dijiste: Haced esto en conmemoración mía”. Nos diste la Eucaristía y el sacerdocio. Por esto es que estás aquí así, delante de nosotros, en este pan consagrado. En esta Santa Hostia que nuestros ojos ven te adoramos, Señor Dios nuestro, a Ti a quien no podemos ver.

“Dadle a Dios lo que es de Dios”. Acepta, Señor Jesucristo, Hijo de Dios Padre, que eres Dios, el tributo de la adoración de esta noche.

Adorándote descubrimos nuestra filiación, nuestra dignidad, nuestro centro, el sentido de nuestra vida, de nuestra naturaleza o sea nuestra humanidad. Descubrimos tu imagen en nosotros.

Tú eres el Camino, el único Camino al Padre, pero también Tú eres el Camino al otro, a quien Tú nos enseñaste a hacerlo cercano, prójimo: a quien sufre, está enfermo, abandonado, desconsolado, deprimido, esclavo. Contemplándote, mirándote, contigo y en Ti comprendemos qué significa amar: caminar hacia el otro, llamarlo de la lejanía a la cercanía del hermano, donarse sin esperar nada en cambio. Comprendemos qué quiere decir: Dios es Amor.

Para llegar hasta Ti, al Amor, necesitamos fe. Es por la fe que atravesamos el umbral del misterio.

Por eso, Señor que estás aquí, nosotros –como los Apóstoles- también te pedimos: ¡Aumenta nuestra fe! Auméntala porque queremos amar más, porque queremos sacar amor de la fuente del Amor –que eres Tú- en cada Eucaristía celebrada y contemplada.

Tú te diste todo a nosotros. Descendiste del Cielo para hacerte hombre como nosotros. Desciendes del Cielo en cada Eucaristía para traernos el Cielo...y llevarnos al Cielo. A cambio pides nuestra fe. ¡Cuántas veces dijiste: tu fe te ha sanado, tu fe te ha salvado! Ante la fe de quien venía a Ti, respondías con la sanación del alma y del cuerpo. También hoy es así. Cuando nos llegamos hasta tu Presencia con nuestra fe, esta Hostia Sagrada pierde toda su vulnerabilidad, toda su fragilidad para descubrirte, Dios Omnipotente, velado en la Eucaristía. ¡Señor, aumenta nuestra fe!

Acojamos a Dios por la fe y con corazón puro y recibamos el don de su gracia que nos sana y nos salva.

De aquí, de cada Presencia tuya en la Eucaristía , parte un camino de Luz que atrae al alma para encontrarte donde te encuentras, donde Tú elegiste permanecer. Por ello, tus suaves palabras: “Venid a Mi, todos vosotros que estáis agobiados y fatigados, Yo os restableceré” reciben plena confirmación ante el Santísimo Sacramento. Aquí, precisamente aquí.

Estás aquí llamando, restaurando y sanando los corazones afligidos, las mentes atormentadas y adormecidas. Estás siempre cerca de nosotros, cerca de todo sufrimiento, de toda tribulación, de toda pobreza y miseria.

Un joven, después de toda una vida de alejamiento de Dios, toda una vida de pecado y de muerte, antes de morir dijo: “viví toda mi vida como un muerto, ahora muero vivo porque te he conocido Dios mío”. Te había encontrado en la Eucaristía y supo que Tú eres la Resurrección y la Vida. “El que come de mi carne y bebe de mi sangre, tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Aquel muchacho sabía que en su muerte física iba hacia la vida.

Tu Presencia, Señor, es un vórtice que arrastra al alma. Un vórtice de amor. Presencia que habla a nuestro silencio.

Aquí, sobre el altar, Tú emerges glorioso de la cruz porque quien te busca pueda encontrarte. Lo habías dicho: “Cuando sea alzado, atraeré todos hacia Mi”. Tú estás ahí, Tú inventaste ese estar “ahí”, en la Sagrada Forma de la Eucaristía , no sólo para que pueda yo ir a tu encuentro, sino porque tu deseo es el de estar “aquí”, en mi alma.

No debemos esperar a ningún otro porque Tú ya estás acá, con nosotros. Nuestra certeza es también nuestra esperanza: contemplar tu Santo Rostro. Tú eres quien eres, Tú eres quien ya vino, Tú eres quien ya está aquí con nosotros, Tú eres quien vendrá en la gloria

Sí, Tú vendrás pero estás ya aquí. No viniste en el trueno, ni en el fuego, ni en la tempestad, cuando te manifestaste a Elías, sino en la brisa mostrando así tu amistad, tu intimidad a tu profeta. A nosotros, Dios encarnado, Amor hecho Pan, te presentas en el suspiro del Amante. Este suspiro es el Espíritu Santo que nos hace capaces de amar y de alabarte y adorarte. ¡Señor, Dios nuestro, te amamos, alabamos, adoramos!

P. Justo Antonio Lofeudo MSE


“¿Qué has visto de camino, 
María, en la mañana?”. 
“A mi Señor glorioso, 
la tumba abandonada”

 

Aquel que venció a la muerte, Jesucristo, vence nuestra muerte y nos da la alegría del Paraíso reencontrado. Vence toda muerte, porque su Amor es más fuerte que el mal y su Vida se vuelve en nosotros plenitud y eternidad.

 

Como María de Magdala vayamos alegres, muy alegres, a decirle al mundo que Cristo resucitó, verdaderamente Él resucitó y que está entre nosotros.

 

¡Muy feliz y Santa Pascua de Resurrección!

Cristo resucitó, verdaderamente resucitó.

Pascua de Resurrección


Cristo resucitó, verdaderamente resucitó.

Hay resurrección porque hubo una muerte.

Una muerte que fue vencida definitivamente

y con ella su causa: el pecado

y su causante: Satanás con su soberbia y envidia,

espíritu perverso, pervertido y pervertidor.

(¡Oh, muerte seré tu muerte! ¡Oh, infierno seré tu ruina!)

Hubo una Muerte y una Pasión, la de Cristo,

porque la Muerte fue en la Cruz y tras tremendos suplicios

y afrentas.

Y hubo, sí, un Viernes, pero también un Jueves.

En el atardecer y la noche

del primer Jueves Santo de la historia,

Jesucristo anticipó sacramentalmente su Muerte en la cruz

y su Resurrección,

en el pan y el vino que consagró.

Y en ese misterio nos dio su Presencia, la Eucaristía,

y el sacerdocio.

Por eso, todo está perfectamente unido.

Sacerdocio y Eucaristía.

Inseparablemente juntos,

puesto que no hay sacerdocio sin Eucaristía

ni Eucaristía sin sacerdocio.

Perfectamente unidos

Eucaristía y Memoria-Presencia de la Pasión, Muerte, Resurrección.

En el misterio eucarístico están contenidos

los misterios pascual y de la Encarnación.

La historia de nuestra salvación y de Dios con el hombre.

La Eucaristía es el mismo Verbo Encarnado, Muerto, Resucitado.

Él asumió nuestra carne

para llevarnos a la gloria de la vida eterna.

Nosotros asumimos la Eucaristía

y tenemos, según su promesa, vida eterna.

Asumir la Eucaristía significa celebrarla y adorarla.

Porque también es perfecta la unidad del culto eucarístico:

Celebración y Adoración.

No hay verdadera celebración sin adoración.

La Eucaristía es Presencia,

de Cristo glorioso y de su sacrificio

y es comunión

en el Banquete Sacro al que Él nos invita.

Comunión es encuentro con su Presencia.

Por tanto, adoración.

La Eucaristía más que luminosa es Luz.

Porque Él es la Luz.

Cuando sobre aquel Jueves Santo se cernieron las tinieblas,

cuando Judas, entrando Satanás en él, salió del Cenáculo

y afuera se hizo noche,

la Eucaristía que acababa de nacer

brillando sobre las tinieblas,

anticipando la Victoria

de la Cruz y la Resurrección,

engendraba a la Iglesia.

La Adoración Perpetua es respuesta a la eternidad de Dios

y a su amor eterno

que permanece para siempre con nosotros en la Eucaristía.

La Adoración Perpetua es permanente encuentro,

constante comunión con el Señor que es adorado

así en la tierra como en el Cielo.

Cada adorador es renovado testigo de la Resurrección y la Vida

y verdadero profeta de la Eucaristía,

porque en el silencio elocuente de su adoración

clama al mundo: ¡Dios existe, éste es el Emmanuel!

nuestro Señor y Salvador.

Sí, Cristo ha resucitado, verdaderamente resucitado.

Aquí está Él. Venid a adorarlo.

 

                                                            P. Justo Antonio Lofeudo MSE

Cena del Señor. Misa vespertina del Jueves Santo

 

    Hoy comienza el Triduo Pascual a partir de la Cena del Señor.

    Conocemos lo acontecido en la Última Cena desde dos perspectivas complementarias, según leamos la versión de los sinópticos y de Pablo o la de Juan. Hoy tenemos ambas en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios y en el Evangelio de San Juan.

    San Pablo y los sinópticos nos relatan la memoria de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. Es decir, dos grandes misterios nos son dados por el Señor como don, el don de sí mismo y el don del sacerdocio.     En el ámbito de aquella comida pascual judía Jesucristo se ofrece sacramentalmente en el pan y en el vino anticipando el sacrificio de la cruz, al que voluntariamente irá al encuentro al día siguiente, para nuestra redención. Y los Apóstoles son constituidos ministros del sacramento de salvación. Por eso, en el misterio eucarístico está contenido todo el misterio pascual.

    Juan, en cambio, nos relata lo que se llama el lavatorio de los pies, donde el Señor con su gesto y su ejemplo nos da el mandamiento del servicio en la caridad. Es el Amor, es Dios, quien primero se inclina para elevarnos purificándonos de nuestras miserias. Él se arrodilla para lavarnos los pies sucios por el camino de la vida. Y nos da el nuevo mandamiento de amarnos con donación total, como Él nos ha amado, hasta el extremo. Es el gesto último e inseparable del pan y vino que bendice y transforma sacramentalmente en sí, en la donación de su Persona en los que resume toda su misión salvífica por amor y en el amor junto a los mandatos de hacerlo hasta el fin del mundo en su memoria y de imitarlo en su amor de oblación.

    Jesús se anonada hasta el extremo del total despojamiento de sí y la entrega al sacrificio para que seamos salvados y al mismo tiempo enseñándonos el camino de salvación, del amor incondicional. Por eso, como maravillosamente escribe san Pablo en su carta a los Filipenses, porque no tuvo en más su condición divina y se rebajó hasta la muerte ignominiosa de la cruz, el Padre lo exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo. 

    Así vemos cómo se vincula la Eucaristía como sacramento de salvación y de caridad, como vínculo de unión entre el Señor y los suyos, cómo su entrega se abre a toda la humanidad, a través del mandato “Haced esto en conmemoración mía” aparece el sacerdocio que perpetuará el único sacrificio haciéndolo siempre presente. Vemos también porqué la Eucaristía, en cuanto Presencia del Señor, debe ser adorada. Jesús fue exaltado a la gloria del Padre, y la Eucaristía es su Presencia viva del Verbo hecho carne, muerto y resucitado.

    La Eucaristía fue dada para ser celebrada y adorada. Como nos recuerda el Cardenal Piacenza (mensaje de Jueves Santo de este año 2011 a todos los sacerdotes): “Celebrar y adorar deben coincidir y no ser dos modos diferentes de unir el culto eucarístico. Se celebra la Eucaristía adorándola y se la adora celebrándola”.

    Eucaristía y sacerdocio generan la Iglesia (que nace precisamente ese primer Jueves Santo de la historia). Generan la Iglesia en la que y desde la cual son celebrados los sacramentos. La Iglesia nace de la Eucaristía, de ella recibe su unidad y su misión. Eucaristía y sacerdocio ministerial son absolutamente inseparables y por eso, el menoscabo de uno va en desmedro del otro. Si decae la liturgia decae el sacerdocio y viceversa.

    “La Iglesia ve nacer en su seno a la Eucaristía y de ella, sin embargo, totalmente depende” sigue recordándonos el Prefecto para la Congregación del Clero.

    La Misa es el acto más sublime de adoración. Fuera de la Misa, la adoración intensifica, profundiza, prolonga y prepara lo acontecido en el acto celebrativo, en la Misa.

    Cerraremos el Jueves Santo con la adoración en recuerdo de la agonía del Getsemaní que padeció el Señor esa misma noche. Desde esa agonía nos interpela: Es que no habéis sido capaces de velar ni siquiera una hora conmigo.

    Nosotros no queremos adorarlo una hora sino siempre, así en la tierra como en el cielo. Traer el cielo a esta tierra, a este lugar: la Adoración Perpetua. Pedimos sí una hora, una hora semanal para hacer este proyecto de amor, este don también inconmensurable, la Adoración Eucarística Perpetua, posible. Con lo poco de cada uno lo lograremos. Lograremos rendirle culto de adoración sin interrupción; lograremos elevar himnos de silencio día y noche; lograremos entrar en su intimidad y crecer y recibir gracia sobre gracia y también la gracia de la protección. Cuántas bendiciones, cuántos llamados que el Señor hará! La capilla de Adoración Perpetua será un oasis de paz, una escuela de silencio, un lugar para encontrar alivio y consuelo, para recobrar las fuerzas y recibir respuestas. Por medio de la Adoración Perpetua daremos testimonio de fe y de amor al mundo que no lo conoce. Abriremos las puertas para que otros vengan.


Día de María Santísima Madre de Dios
1 de Enero

     Comenzamos hoy el 2011 bajo la protección de María Santísima, Madre de Dios. Este título, Madre de Dios, viene oficialmente proclamado, del Concilio de Éfeso, del 431. Los padres conciliares la proclamaron Theotokos, lo que el pueblo ya desde mucho antes clamaba y reclamaba, y para todos aquella ocasión fue la de una grandísima fiesta. Todos los demás títulos y prerrogativas de la Virgen Santísima derivan de éste; Madre de Dios, Theotokos. El Concilio designa a la Virgen con ese nombre dando por terminada una disputa. Nestorio decía que María era Madre de Cristo, Christotokos y no Madre de Dios porque Dios no podía tener madre. Cirilo de Alejandría, en cambio sostenía que era verdaderamente Theotokos, Madre de Dios. Sin embargo, no se crea que la discusión era en torno a la Virgen, pues lo que estaba en juego era si había dos personas o sea dos sujetos en Jesucristo o sólo uno. Para Nestorio eran dos: uno el hombre Cristo y otro el Verbo. San Cirilo y con él el Papa y la mayoría del Concilio, decía que la persona de Cristo era única, la divina del Verbo que había asumido la carne en María. Por eso, desde siempre, cuando se ataca a la Virgen se termina atacando a Jesucristo.
     María es Madre de Jesucristo que es Dios, por tanto es Madre de Dios (no de la divinidad sino de la persona de Jesucristo que es Dios).
     Hoy, comenzamos un nuevo año. Es natural que midamos el tiempo por años. El año solar es el tiempo de la órbita aparente del sol alrededor de la tierra. Es el tiempo también medido por las estaciones, es el tiempo cósmico que atravesamos con nuestra existencia, con nuestros tiempos particulares. Porque hay un tiempo psicológico, un tiempo que percibimos y cada uno de acuerdo a sus propias experiencias, dentro del tiempo común, del tiempo histórico.
     Alguien dice que estamos hechos de tiempo, otros deshechos por el tiempo. Al tiempo algunos lo perciben en términos de evolución, pero no todo es evolución porque hay creación y fin. El tiempo es el cambio, o en términos físicos el movimiento. Lo contrario del tiempo no es la eternidad sino el congelamiento absoluto, el cero absoluto donde no hay movimiento, donde no hay tiempo (el cero absolutísimo habría que decir porque en torno al cero absoluto –y se ha llegado muy pero muy cerca de él- hay comportamientos totalmente ajenos a nuestra experiencia y a las leyes conocidas las suplantan otras leyes) no habría quietud total. Por eso, lo contrario del tiempo es la falta de cambio pero no la eternidad. ¡Sino sería aburridísima! La eternidad es la plenitud que pertenece a Dios que resume todos los bienes. La eternidad es todo amor, toda belleza, todo bien.
     A medida que vivimos y envejecemos nos parece que poco o nada nuevo hay para conocer o para ver. No hace falta haber tenido una experiencia de las cosas para saber de ellas. Al menos de su naturaleza y consecuencias. No hace falta que me drogue para saber qué significa la droga y a qué lleva. Por eso, se podría repetir con el Qohelet “Nada nuevo hay bajo el sol”.
     Nihil novum sub sole. “Una generación va y otra generación viene, mas la tierra permanece para siempre. El sol sale y el sol se pone (es decir pasan los días y los años), a su lugar se apresura, y de allí vuelve a salir. Todos los ríos van hacia el mar, y el mar no se llena; al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir. Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol”.
     Parecería esta una visión escéptica, cansada ya de la vida, puesto que nada nuevo hay que esperar. Sólo resignarse.

     ¡Pues no es así! Hay una grandísima novedad y ésta es ¡Cristo! Dios hace en Cristo nuevas todas las cosas, da nueva vida porque recrea por la gracia que viene del Hijo.
     Para tener nueva vida, vida plena, vida gozosa y de paz y amor es necesario encontrarse con el Señor. Si te has encontrado verdaderamente con Él estás alegre, lleno de paz, desbordante de amor. Si te has encontrado con Él anhelas reencontrarte en cada Eucaristía, en cada adoración. Has escapado a la rutina y a la falsa religiosidad.
     Estoy seguro que, porque te has encontrado con Jesucristo, eres un adorador inscrito de la adoración perpetua. ¡Cómo podrías estar sin Él? ¿Cómo podrías dejar de visitarlo y ser instrumento para que otros lo conozcan y lo amen como tú? ¿Cómo no abrirle las puertas, ser un eslabón de la cadena sin interrupción de fe y de amor –que se suceden unos a otros las 24 horas del día- que permite que la capilla esté siempre abierta?
     Quien se ha encontrado con el Señor y adora para profundizar cada vez esos encuentros, en lugar de dudas para no ir tiene el motivo para no tener más excusas.
     Que tu año nuevo sea profundamente eucarístico. Entonces será un año muy feliz y santo.

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


Domingo IV Adviento Año A

     Los profetas lo han anunciado y el misterio se devela: Dios estará con nosotros, entre nosotros. El signo revelador del Emmanuel es la Virgen que será madre. Han dicho ellos, los profetas, que la venida del Emmanuel es liberadora para todo aquel que crea en Él.

     El Mesías será de la estirpe de David, será del pueblo de Israel, pero no salvará sólo a su pueblo sino a todos los hombres. Esta promesa de Dios se cumple en Jesús de Nazaret nacido en Belén de Judá. 

     Dios entra en la historia en primera persona y de un modo nuevo: viene a nuestro encuentro encarnándose. Para ello cuenta con la obediencia de José y el “sí” de María. Cuenta con el acogimiento amoroso de la Virgen en su consentimiento total a la voluntad del Padre.

     Y el Verbo Eterno se hizo carne, se hizo hombre en el seno de María, y vino a habitar entre nosotros.

     La Eucaristía es el nuevo signo de la presencia de Dios, Dios hecho hombre, entre los hombres que por amor se hace Pan de Vida eterna.

     La Eucaristía es el Emmanuel, Dios con nosotros y por nosotros.

     La Eucaristía es el don de sí mismo que nuestro Señor nos hizo en la Última Cena. "Tomó pan… y lo dio a sus discípulos diciendo ‘esto es mi Cuerpo’… Tomó el cáliz de vino…  diciendo: ‘este es el cáliz de mi Sangre’…". Junto a la Eucaristía y unida a Ella para siempre nos dio el sacerdocio, que hace posible su presencia en el tiempo y en el espacio, cuando al final dijo: “Haced esto en conmemoración mía”.

     Dios escogió esa morada para quedarse y nosotros nos volvemos su morada para que Él habite. Nuestra morada es nuestro corazón y la puerta de ella es nuestro acogimiento al don de su presencia. “A los que lo recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios”.

     Adoración es encuentro y Eucaristía es respuesta de Dios hacia el hombre que reclama, a su vez, respuesta del hombre. Respuesta de fe y de amor, respuesta de adoración en cada encuentro, en cada comunión sacramental. 

     Si no hay adoración no hay encuentro. Dios está siempre con nosotros, sigue siendo el Emmanuel, pero si no hay adoración quiere decir que nosotros no estamos con Él. Nos ha faltado la fe para reconocer el signo de su presencia en la Eucaristía.

     Como María y José debo yo también acoger al Señor que viene, “que está a la puerta y llama”. Como ellos, debo hacer la voluntad del Padre. Y su voluntad es que el Hijo sea adorado “así en la tierra como en el Cielo”. En el Cielo es adorado sin interrupción, constantemente. Esto, el adorarlo en la tierra sin interrupción, siempre, se llama adoración perpetua.

     La adoración perpetua es la respuesta constante (día y noche, todos los días) de fe y de amor hacia quien nunca deja de ser Dios y de amarnos de amor eterno.

     Adorar es dejarse penetrar, abarcar, abrazar y abrasar por el amor del Señor. Es la presencia del Amor en nuestras vidas que exige la adoración incesante.

     Nuestros modelos de adoración perpetua son, en primer lugar, Jesucristo en su perfecta humanidad y María Inmaculada y luego el mismo san José, el primer adorador junto a la Virgen Bendita.

     Nosotros logramos adorar en todo momento, siempre, como y en tanto Iglesia, es decir como comunidad adorante, como fraternidad eucarística.

     Somos Iglesia en la medida que adoramos ya que la adoración no es facultativa sino respuesta de fe. Si creo adoro. No adoro si no creo. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace a la Eucaristía.

     La adoración perpetua es posible con lo poco de cada uno cuando todos estamos unidos en unión de fe y de amor hacia nuestro Creador y Salvador. Si cada uno, con lo poco, poquísimo que se pide (1 hora semanal) lo ofrece (en verdad se lo regala a sí mismo) entonces podremos fácilmente cubrir las 168 horas que tiene la semana y así conformar una cadena inquebrantable en torno a Jesús Eucaristía. En esa cadena tú eres un eslabón importante.

     Una hora de nuestro tiempo no es nada y, sin embargo, puede convertirse en tanto. Todo depende de nuestra voluntad. Una hora ofrecida al Señor tiene otra medida. Ya no son sesenta minutos, para quien adora, sino bendiciones, gracias, paz, consuelo, protección, sanación, intimidad con Dios, crecimiento espiritual, alegría, fortaleza, carga de amor para llevar al mundo, respuestas y tantos y tantos beneficios.

     Esos beneficios se extienden a otros y sobre todo a los que están más alejados, porque adoración perpetua significa: Dios siempre adorado e iglesia siempre abierta.

     Que Dios sea siempre adorado implica incesantes intercesiones por el mundo y también reparación por él. Por tanto, muchas personas recibirán las gracias por esas intercesiones.

     A su vez, la capilla siempre abierta permite que el Señor atraiga con su gracia a muchos personas que están lejos y puedan encontrarse con su Salvador. La capilla que está abierta día y noche es el símbolo de los brazos siempre abiertos de Jesús que a todos espera para abrazarlo con su misericordia. Especialmente aquellas personas heridas por el pecado propio o por el mal que atravesó sus vidas se encontrarán con Aquél que es la Resurrección y la Vida, que es el Redentor y tiene el poder de hacer nuevas sus vidas y conducirlos a la salvación.

     ¡Qué mejor Adviento entonces, qué mejor espera del Señor que viene, que contribuir a que permanezca con nosotros y nosotros con Él en todo momento, en adoración perpetua!                                                    

P. Justo Antonio Lofeudo MSS


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